ALFONSO I ENRIQUES, el Conquistador. Coimbra (Portugal), 1108-1109 – 6.XII.1185. Rey de Portugal.

No se conoce la fecha exacta de su nacimiento, que podría situarse, con mayor probabilidad, en los años 1108-1109. Menor es la certidumbre en lo que respecta al lugar de su nacimiento, si bien la mayoría de los historiadores defienden que este se habría producido en el término del castillo de Coimbra. Era hijo de Enrique de Borgoña y de doña Teresa, hija ilegítima del rey de Castilla y León Alfonso VI. Pasó su infancia y su adolescencia en tierras del condado Portucalense.

Durante la ausencia de su madre su educación estuvo a cargo de Soeiro Mendes y de su mujer, señores de Ribadave, por lo que se supone que su formación transcurrió entre esa localidad y Guimarães. Este noble era uno de los principales representantes de una nobleza regional que desde los tiempos de Fernando Magno poseía un sentimiento autonomista muy arraigado.

En el año 1120, bajo la dirección del arzobispo de Braga, Paio Mendes, hermano de su tutor, que representaba una postura política opuesta a la de su madre, apoyó a su tía doña Urraca, enfrentándose de este modo al bando de los Travas, partidarios de su primo Alfonso Raimundes. Obligado a abandonar Portugal, el arzobispo bracarense se dirige a Zamora, acompañado por el joven infante. Este hecho ocurrió el 14 de mayo de 1122, cuando la edad de Alfonso andaría por los trece o catorce años. En la catedral de Zamora se armó caballero por sus propias manos. Restablecida la paz, volvió Alfonso a Portugal al año siguiente.

Alfonso se enfrentó con los partidarios de su madre en San Mamede el 24 de junio de 1128; pasó desde entonces a gobernar el condado Portucalense, sin que su autoridad volviese a ser puesta en duda hasta finales de 1130, año de la muerte de su madre. Hasta 1140 se intitula, conforme lo revelan las cartas otorgadas, “Portucalensium Princeps” o “Portugaliae Princeps”.

Desde 1130 el territorio de Limia pasó a ser uno de sus objetivos militares. Alfonso VII, a su vez, contraría las incursiones ocurridas en Galicia en los años 1130, 1132, 1133 y 1137. Mientras tanto, las incursiones almorávides en la frontera meridional obligan a Alfonso a renunciar a los combates en el norte con su primo. En 1137 se firma la paz de Tuy, resultante de una tregua de dos años intermediada por Alfonso I de Aragón. En conformidad con las cláusulas del tratado firmado, Alfonso se ve obligado a reconocer la autoridad del emperador Alfonso VII y se compromete a ayudarle en los combates contra los musulmanes.

En 1139, en una acción simultánea con Alfonso VII, que desarrolla una acción militar en la frontera de Toledo con la ocupación de Oreja, Alfonso vence a los moros en Ourique en el norte de Santarém. El triunfo de las armas cristianas tiene lugar el 25 de julio de 1139, y Alfonso pasa desde entonces a intitularse rey de Portugal, de lo que dan fe las fórmulas “Ego rex Alphonsus Portugalensium princeps” o “Ego egregius rex Alphonsus totius Portugalensius provincie princeps”.

Los primeros años que se siguen a 1140 se traducen en algunos conflictos militares. Así ocurre en Valdevez en 1141, contra Alfonso VII o con las invasiones de los musulmanes que conducen a la toma del castillo de Leiria en 1140, el cual había sido mandado edificar por Alfonso en 1135.

Un paso importante en las relaciones entre los reinos resulta de la conferencia de Zamora, ocurrida en octubre de 1143, mediante la cual el emperador Alfonso VII reconoce la realeza de Alfonso, gracias a la intervención del cardenal legado Guido de Vico. Alfonso coloca el nuevo reino bajo la protección del papado, reconociendo su autoridad mediante el pago de cuatro onzas de oro. Más tarde se produjo una ofensiva militar que perseguía fijar la frontera del territorio en la línea fluvial del Tajo. Alfonso conquista en 1147 el castillo de Santarém, a lo que se sigue, en octubre de ese año y con la ayuda de los cruzados, la ocupación del castillo de Lisboa. Las principales plazas militares que circundan esta ciudad son conquistadas o se entregan, lo que sucede con Sintra, Almada, Palmela y Sezimbra.

Nuevo empuje gana la ofensiva militar a partir de 1459 con la conquista de Alcacer, en el río Sado, lo que abre paso a un avance sobre las plazas fuertes de Alentejo. Muchas de estas iniciativas pertenecen a aventureros como es el caso del famoso homiciano Geraldo, el cual se apodera del castillo de Évora. Estos actos provocan malestar con el rey de León Fernando II, lo que impone una clara definición de la frontera que delimita la separación de León y de Portugal. Las contiendas entre estos dos reinos se reanudan en la frontera septentrional durante los años 1163-1165.

Años después, el rey portugués intenta conquistar un punto clave cuando ataca Badajoz en 1169, lo que redunda en un desastre militar. Su objetivo consistía en dominar la línea del Guadiana. Alfonso se destroza una pierna en esta campaña y queda en manos de su yerno Fernando II. A cambio de su libertad, tuvo que proceder a la devolución de las tierras de Toroño y Limia que antes había ocupado. Cabe resaltar que este hecho resulta tanto más grave en la medida en que coincidía con la reorganización del poderío musulmán bajo el imperio almohade, lo que ocurre a partir de 1170. El dominio de Alfonso al sur del Tajo sufrió un revés con la toma, por parte de los almohades, de la casi totalidad de los castillos de Alentejo. La amenaza de los musulmanes obligó a los reinos cristianos a reunir sus fuerzas y aumentar sus alianzas, lo que resultó beneficioso para el joven reino de Portugal.

Después de continuados esfuerzos diplomáticos, la diplomacia portuguesa, con mención especial para el arzobispo de Braga, Joao Peculiar, obtuvo el reconocimiento de su autonomía política a través de la bula Manifestis Probatum, en 1179, con la atribución del título de rey a Alfonso. Perteneció esta iniciativa al papa Alejandro III. Disminuido por el accidente ocurrido en Badajoz, el rey Alfonso se recluyó durante los últimos años de su vida en Coimbra, capital del reino, delegando en su hijo Sancho el gobierno de Portugal desde el año 1172. Gracias a la ayuda de Fernando II los portugueses pudieron soportar el ataque del sultán de Marruecos ocurrido en 1184. El rey falleció el 6 de diciembre de 1185, con setenta y seis años de edad, después de un largo gobierno de más de medio siglo. La tradición impuso a partir del siglo XIV que se añadiese a su nombre el apellido Enriques, de lo que resulta que dos siglos después de su muerte pasase a ser designado como “Alfonso Enriques”.

BAQUERO MORENO, Humberto, «Alfonso I Enriques», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, https://dbe.rah.es/biografias / 17670/alfonso-i-enriques)