Sancho II Garcés. Abarca. ?, c. 936 – Navarra, 994. Rey de Pamplona. Conde de Aragón

El tercer monarca de la dinastía denominada de los “Jimena” o, más propiamente de “Sanchos” o Banu Sanyo, los descendientes de Sancho I Garcés, como constan en textos coetáneos de los analistas árabes. La cronística medieval, que lo confunde con su abuelo, le atribuyó legendariamente el sobrenombre de Abarca, aceptado sin mayores reparos por la historiografía moderna.

Figura a la cabeza de los confirmantes como hijo del monarca en la documentación regia a partir de 943 y cuando su padre García I Sánchez había repudiado ya a su madre, Andregoto de Aragón, para tomar como nueva esposa a Teresa, hija de Ramiro II de León. Cuando ocupó el Trono pamplonés (22 de febrero de 970) contaba unos veinticuatro años de edad y ya había contraído matrimonio con su prima hermana Urraca Fernández (963), hija del conde Fernán González de Castilla, y viuda sucesivamente de los reyes Ordoño III y Ordoño IV de León. Con semejante enlace conyugal debió de corroborarse la reconciliación entre el monarca pamplonés y el conde castellano, enfrentados durante unos meses por su apoyo a uno y otro de los dos candidatos al Trono leonés, Sancho I el Craso y el mencionado Ordoño IV respectivamente.

Poco antes de empezar su reinado, con la pérdida de la antigua ciudad episcopal de Calahorra y el valle del Cidacos (968), notable contracción de los dominios riojanos ganados por Sancho I Garcés, se había abierto una larga generación de abrumadora supremacía musulmana a partir sobre todo del ascenso de Almanzor, a las funciones de hayib y mandatario todopoderoso del califa cordobés (978). Paralelamente la Monarquía leonesa iba a seguir prácticamente paralizada en medio de las sucesivas pugnas por el poder regio y, aunque este tipo de conflictos interiores cesaría a partir del desplazamiento de Ramiro III por Vermudo II (982-985), los consiguientes resentimientos y discordias entre las diferentes facciones nobiliarias impidieron una verdadera recuperación militar de aquel gran reino. Fueron así, por ejemplo, las milicias castellanas del aguerrido conde García Fernández las que, junto con las pamplonesas y la cooperación ocasional de los contingentes musulmanes del rebelde Galib, plantaron cara, aunque sin fortuna, al ejército de Almanzor en un paraje soriano, “al pie del castillo de Sant Bishant”, identificado con Torrevicente, entre Atienza y Berlanga (9 de julio de 981). Además del citado general Galib, allí sucumbió el caudillo de los refuerzos pamploneses, Ramiro Garcés “el de Viguera”, hermanastro y principal adalid de Sancho II Garcés en el eje fronterizo oriental del reino desde Sos hasta Viguera.

Al año siguiente las tropas de Almanzor remontaron al parecer el curso del Ebro hasta alcanzar y abatir varios castillos, entre ellos el de Qastiliya, quizá Carcastillo o, más probablemente, el recinto murado de la población de Cantabria, situada frente a Logroño como bisagra primordial entre los dominios pamploneses de una y otra orilla de aquel río. En todo caso, el monarca pamplonés procuró capear el vendaval que amenazaba su reino, recurrió a la negociación y se doblegó (982) poniendo a una de sus propias hijas en manos de Almanzor, quien engendraría de ella un vástago llamado Abderramán, conocido más tarde por el apodo un tanto sarcástico de Sanchuelo, el pequeño e insignificante Sancho. Se logró así desviar durante más de un sexenio las expediciones musulmanas que en este intervalo siguieron castigando sin pausas los dominios cristianos de León, Castilla y el condado de Barcelona, pero transcurrido el citado plazo, volvieron en romperse las hostilidades en la frontera pamplonesa. La nueva campaña cordobesa (989) que devastó, al parecer, diversas posiciones castellanas y alavesas, apenas debió de rozar algunas plazas pamplonesas de la ribera del Ebro, como con seguridad y gran estrépito ocurrió dos años después (991). Padecieron en esta ocasión el azote sarraceno Nájera y varias poblaciones riojanas de la ribera derecha del Ebro como Briones y Cenicero, en la otra orilla fue expugnada de nuevo la fortaleza de Castiliya o Cantabria según se ha apuntado, y el enemigo aún siguió adelante para destruir luego muchos otros castillos en “el país de los Vascones”. Y en la cresta más alta de la marea bélica, el hayib debeló al siguiente año el recinto murado de Uncastillo, se internó a continuación en el territorio pamplonés y debió de atravesarlo “hasta llegar a Galis” o, según otro testimonio casi coetáneo, “los confines meridionales de las Galias”, es decir la Galia del gran condado de Gascuña, regido por Guillermo Sancho, casado con Urraca, hermana del rey de Pamplona.

Para mitigar probablemente los efectos de tan reiterados y crecientes ataques, en el último de los cuales sucumbió probablemente Ramiro Sánchez, segundogénito del rey, Sancho II Garcés tuvo que desplazarse, como diez años antes, a través del espacio peninsular para solicitar personalmente la paz en el propio palacio cordobés de Almanzor en el que se presentó el 4 de septiembre del año 992. Conoció de este modo a su nieto Abderramán Sanchuelo y, ya en la sala de audiencias, hincado de rodillas, besó el suelo y luego el pie y la mano de su yerno el hayib antes de entablar conversación sobre los términos de una tregua humillante y sin duda gravosa. Así lo resalta con todo énfasis uno de los poemas dedicados a Almanzor por el poeta áulico Ibn Darray: “y he aquí que el gran jefe de los fetichistas ha venido para someterse y te ha tendido las manos para que tú lo juzgues”. La confirmación de la tregua así acordada requirió además como garantía la permanencia en Córdoba (993) de un miembro de la familia regia, en este caso Gonzalo Sánchez, segundón del monarca, encargado de conquistar el cariño del hayib y dar prueba de obediencia.

En suma, no había sido ciertamente Sancho II Garcés un monarca aguerrido y capacitado para las empresas bélicas como las que habían encumbrado a su abuelo Sancho I Garcés, instaurador del reino pamplonés. Lo pone de manifiesto el hecho de que, ya durante la primera década de su reinado y según se ha indicado, hubiera descargado sus responsabilidades personales como caudillo nato de las huestes armadas del reino en su mencionado hermanastro Ramiro Garcés, el llamado “de Viguera”, su intrépido lugarteniente en las refriegas y cabalgadas fronterizas que le depararon una muerte prematura y heroica (981), como se ha referido más arriba. Conservó, en cambio, el soberano hasta el final de sus días una notable pericia política, capacidad de maniobra para negociar con el régimen cordobés en los momentos de mayor apuro, conseguir sucesivas treguas y preservar, en suma, la identidad de su reino aún a costa de la cautividad y pérdida de miembros muy queridos de su familia. Parece, sin embargo, que en cuanto entrevió algunas perspectivas de éxito, irremisiblemente frustradas luego, no vaciló en coaligarse con el monarca leonés y sobre todo con el conde de Castilla para combatir al gran enemigo común.

La solidaridad de fe religiosa y los objetivos políticos comunes entre las dos dinastías regias, se había reforzado desde un principio mediante lazos de parentesco. En esta línea se había situado personalmente Sancho II Garcés antes ya de reinar, al añadir mediante su citado matrimonio una especial vinculación familiar con el nuevo y pujante linaje condal de Castilla, la gran circunscripción territorial del reino de León formada a lo largo y ancho de su fachada oriental hasta el curso superior del río Duero. Como ya se ha apuntado, en torno al año 963 o poco después y en vida, por tanto, de su padre había tomado como esposa a Urraca, hija del conde Fernán González. Viuda esta sucesivamente de los reyes leoneses Ordoño III y Ordoño IV, iba a desempeñar después, en los primeros años de la vida y aún del reinado de su nieto Sancho el Mayor, un papel sin duda relevante que recuerda en cierto modo al de su abuela materna Toda, la primera y longeva reina pamplonesa —muerta poco después de 970— a la que presumiblemente llegó a conocer y tratar con bastante frecuencia. Más adelante, a Urraca Fernández se deberían al menos en parte la iniciativa y las gestiones para ajustar la unión conyugal (c. 987-988) de su primogénito, el futuro García II Sánchez con Jimena, de distinguida alcurnia leonesa como hija del conde Fernando Vermúdez de Cea y nieta por su madre Elvira del conde Diego Muñoz de Saldaña.

Aparte de sus infortunios bélicos y claudicaciones ante los musulmanes Sancho II Garcés se había distinguido como un hábil negociador, pero sobre todo como un hombre ser un hombre estudioso, reflexivo y clarividente. Las derrotas y obligadas avenencias avivaron, sin embargo, en la mente de Sancho II Garcés como parece demostrarlo cumplidamente el sólido y cuantioso rearme ideológico de la joven monarquía que sin duda impulsó personalmente. Se trata de una labor compleja e inteligente de acopio de textos, figuras y signos que solo pudo realizarse a instancias suyas en los polos culturales riojanos del reino por los equipos de monjes y clérigos dirigidos sucesivamente por el abad Vigilán de San Martín de Albelda y el obispo Sisebuto de Pamplona. En un breve lapso de tiempo, apenas tres lustros, se reunieron y compendiaron ordenadamente los subsidios textuales necesarios para intentar fijar en la memoria colectiva fundamentos jurídicos, antecedentes históricos, objetivos proyectos y horizontes universales de la joven formación política de máximo rango. Y esta tarea minuciosa y bien meditada se llevó a cabo en medio precisamente de los reveses militares y bochornos políticos y viene a representar en cierto modo una gallarda respuesta de alientos vitales y esperanzas frente a las angustias de las desdichas y humillaciones.

Cuando, perdida Calahorra (968) y vencido y ahuyentado poco después (975) por los sarracenos el infante Ramiro, hermano y brazo armado de Sancho II Garcés, volvía a sufrirse la abrumadora prepotencia del califato cordobés, el monje Vigilán, su colega Sarracino y su discípulo García elaboraban en San Martín de Albelda una primera recopilación de textos que situaban el reino pamplonés y su corto trayecto histórico en su cauce genético de largas tradiciones. En sus 429 folios el llamado “Códice Vigilano” o “Albeldense”, terminado en el año 976, comprende principalmente sendas copias de dos extensas obras de carácter normativo, prueba inequívoca de la recuperación expresa de un caudal de ideas y pautas de convivencia hasta entonces latentes, pero nunca desmentidas en la sociedad pamplonesa: primero, denominada “Colección Canónica Hispana” referente a las formas de comportamiento en la vida religiosa, y a continuación los preceptos sobre las relaciones civiles hispanoromano-godas compiladas en el Liber Iudiciorum o “Fuero Juzgo”. Los copistas cerraron significativamente este segundo repertorio con el conocido miniado cuyo principal argumento figurativo contempla al monarca reinante, Sancho II Garcés, como una especie de encarnación de los lejanos arquetipos hispano-godos del soberano dispensador leyes y justicia.

De modo indirecto, pero simbólicamente muy expresivo se ofrecía además así una réplica de la reinstauración ovetense del “orden gótico” que había atribuido a Alfonso II la llamada “Crónica Albeldense” y, desde esta perspectiva, se trataba de subrayar que el reino pamplonés hundía igualmente sus más profundas raíces en la fenecida Monarquía hispano-goda. El propio monje Vigilán no resistió la tentación de exornar el principio y el final del mismo códice con unas sugerentes muestras de su estro literario, los intrincados poemas figurativos que en algunos de sus pasajes abonan la sagrada legitimidad cristiana de la familia regia al impetrar los favores celestiales para Sancho II Garcés, su esposa la reina Urraca y su hermanastro Ramiro como trasuntos terrenales de Cristo Salvador, Santa María y el príncipe de la milicia angélica san Miguel respectivamente. Además de opúsculos de santos padres y sobre todo de san Isidoro, el mismo códice recoge una copia de la citada “Crónica Albeldense”, epítome ovetense de la tradición historiográfica romana, cristiana, hispano-goda y asturiana y al que ahora se añade la reseña escrita de la genuina memoria histórica pamplonesa, una “Adición” que describe con concisa vehemencia la súbita manifestación o “epifanía” del héroe epónimo: “en el año 905 se alzó en Pamplona un rey llamado Sancho [I] Garcés”, cabeza del nuevo linaje de reyes, tal como era percibido por la generación de su nieto.

Por añadidura y justo el mismo año en que Sancho II Garcés se prosternaba ante Almanzor en su palacio cordobés (992), el obispo pamplonés Sisebuto, un notario del mismo nombre y el escriba Belasco daban fin en el Monasterio de San Millán de la Cogolla al llamado “Códice Emilianense”, prácticamente una copia del “Vigilano”, y es muy probable que el mismo prelado hubiera dirigido también poco antes la confección del llamado “Códice Rotense”, conservado actualmente en la Real Academia de la Historia (Códice 78). Con este último se pretendió agotar, en cierto modo, la memoria específicamente historiográfica del reino pamplonés. Todos sus elementos y no solo los textos considerados expresamente “navarros” constituyen un sonoro mensaje intelectual de evidente intencionalidad política. Tomando como grandioso marco la visión más acreditada y difundida de las vicisitudes, desdichas y esperanzas de la humanidad a través de los tiempos, la “Historia” del clérigo hispano-romano Paulo Orosio, el compilador fue guiando gradualmente la atención del lector, como en círculos concéntricos, hasta el punto nuclear de su argumento, la glorificación de Pamplona y de su reciente casta de soberanos.

A la citada “historia universal” sigue, en efecto, la obra histórica de san Isidoro de Sevilla, concebida como una exaltación del pueblo godo y de Monarquía hispana y, sin solución de continuidad, se pasa a las crónicas ovetenses, la ya citada “Albeldense” y la denominada “Crónica de Alfonso III” o “de Sebastián”, también de finales del siglo IX, y como punto nuclear de la compilación, se transcribe un elogio de Pamplona, compuesto seguramente por los propios recopiladores del códice y que viene a ser una especie de cántico en prosa de los inmensos valores divinos y profanos de la ciudad y su ilustre abolengo romano, al proclamar que “la fuerza que la opulenta Roma pudo comunicar a los Romanos, no deja de infundirla Pamplona a los suyos”, una palmaria declaración de romanidad, cuyos ecos traspasaron la frontera hasta llegar a oídos del mencionado poeta Abu Umar b. Darray. Demuestra en suma la memoria, viva todavía, tanto de los lejanos antecedentes municipales romanos de Pamplona, como de su larga trayectoria como santuario cristiano incontaminado por el islam, digno de haber comunicado su nombre a un reino al final prodigiosamente nacido y preservado. Constituye un matiz muy significativo que se sobreañadía al “neogoticismo” en su versión asturiana.

En los primeros meses del año 994 fallecía Sancho II Garcés en circunstancias desconocidas y cabe suponer que recibiría cristiana sepultura en San Esteban de Deyo (Monjardín), donde, con toda certeza, yacían los restos mortales de sus dos antecesores al frente de la Monarquía pamplonesa. De su matrimonio con la reina Urraca Fernández había tenido al menos tres hijos varones, su primogénito y sucesor García II Sánchez, el mencionado Gonzalo, rehén en Córdoba (993), y Ramiro, muerto probablemente en la campaña musulmana que atravesó todos los dominios pamploneses (991) como se ha reseñado más arriba. La hija de que se tiene noticia fue entregada a Almanzor (982) en las circunstancias también indicadas y en el palacio cordobés tomó al parecer el nombre de Abda. No es seguro que fuese también hija la domna Sancha Sánchez que figura como confirmante detrás de sus primos Sancho y García Ramírez en un diploma de 991.

MARTÍN DUQUE , Ángel, «Sancho II Garcés», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, https://dbe.rah.es/biografias / 7431/sancho-ii-garces)