FRANCISCO I de Navarra. Francisco Febo. ?, 1467 – Pau (Francia), 30.I.1483. Rey de Navarra.

Se desconoce su lugar de nacimiento, pero todo apunta a que debió de ser la villa de Foix, capital de los dominios de su abuelo paterno, el conde Gastón IV, casado con la princesa Leonor de Navarra.

A la muerte de ésta (12 de febrero de 1479 y cuya condición de Reina apenas había durado dos semanas), el heredero al trono navarro era su nieto primogénito, conocido como Francisco Febo, hijo del malogrado Gastón V, príncipe de Viana, y de Magdalena de Valois, hermana del rey de Francia. Al inicio de su reinado apenas contaba con once años. En su calidad de tutora, confirmada y jurada en las Cortes del 6 de abril de 1479, la regencia fue ejercida por su madre, que ya había demostrado su buen sentido y prudencia en la administración de la herencia de su marido al otro lado del Pirineo. El advenimiento de Francisco Febo al trono de Navarra supuso la implantación en el viejo reino de una destacada estirpe familiar, originaria del Midi francés, como era la casa condal de Foix. Se trataba, por tanto, de una dinastía extraña al reino —pese a la larga lugartenencia de Gastón IV—, cuya aportación territorial incluye un amplio conjunto de señoríos, sujetos, a excepción del vizcondado de Bearne, a la soberanía eminente del rey de Francia. A través de estos dominios, el monarca francés tratará de presionar e influir en los reyes de Navarra. Desde hacia medio siglo, este reino seguía abocado a ser regido por soberanos extraños y cuyos intereses primordiales estaban fuera de sus fronteras.

Además, una realeza limitada por el vasallaje siempre era campo abonado para el conflicto y la inestabilidad.

La Monarquía navarra dependía, por tanto, de las buenas relaciones que puedan existir entre sus poderosos vecinos. Los Reyes Católicos, enfrentados con Francia, trataron por todos los medios a su alcance de neutralizar la influencia francesa en la zona.

El instrumento más eficaz de esta política sería el sutil juego de alianzas con los partidos navarros o tratados de amistad que, en definitiva, supusiesen el ejercicio de un verdadero protectorado. Protectorado francés e hispánico o castellano, si se prefiere, pues Luis XI de Francia presionaba sobre su hermana y sus consejeros, en especial sobre su cuñado el cardenal Pedro de Foix, que desde 1479 gobernaba Navarra con el título de virrey; mientras que Fernando el Católico contaba con la facción beaumontesa como fuerza de choque en el interior del reino para frenar las posibles injerencias francesas. Una situación tan delicada e inestable llevó a la nueva dinastía a ser prisionera de afanes contrapuestos de Francia y España.

Con todo, los Soberanos de ambas Monarquías estaban empeñados en mantener la paz interna del reino de Navarra, frecuentemente alterada por las violencias entre agramonteses y beaumonteses, sin escatimar gestos de buena voluntad hacia el Rey y su madre.

Uno de estos gestos pudo favorecer que el cardenal de Foix, en su condición de virrey, convocase las Cortes para el tercer día después de la festividad de Todos los Santos de 1480, al tiempo se procuraba la venida del Rey, considerada por amplios sectores de la población como necesaria para la pacificación del reino.

Las Cortes aprobaron los gastos derivados del traslado del Rey y su séquito de la sede condal de Pau, en el Bearne, a la capital del reino, Pamplona.

Después de vencer no pocas dificultades e indecisiones, Francisco Febo hizo su entrada solemne en dicha capital el 21 de noviembre, miércoles, de 1481, orando acto seguido en la catedral, para encaminarse más tarde a sus dependencias palaciegas, donde se daría acogida a un numeroso y brillante séquito, formado por unas mil quinientas lanzas, al mando de Gaspar de Villemur, senescal de Foix, y un nutrido número de gentileshombres y de soldados de a pie.

Pronto se iniciaron los preparativos que conllevaba el ritual de la coronación. El día 8 de diciembre, sábado y festividad de la Concepción, el Rey se dirigió a la catedral para hacer vigilia, según mandaba el Fuero, y acompañado de gran algarabía de gentes, con mucha “luminaria” y sonido de trompetas. Al día siguiente, domingo, tuvo lugar la ceremonia de unción, coronación y elevación sobre el pavés. Este último acto estuvo a cargo de los ricos hombres, Luis de Beaumont, Pierres de Peralta (cabecillas de sus respectivos clanes), el señor de Luxa y Agramont, Felipe de Beaumont, el señor de Ezpeleta, el de Domezaín, el mariscal Felipe de Navarra, Carlos de Lacarra y Carlos de Artieda. Como era habitual después de estas celebraciones, al día siguiente, el Rey armó caballeros a una decena de ilustres representantes de los principales linajes de la alta nobleza. En ambos casos, habían participado los más destacados miembros de los dos bandos enfrentados.

Una vez celebrados los actos de la coronación, el Monarca se dispuso a recorrer las cabeceras de merindad y demás buenas villas del reino, al objeto de confirmar sus fueros y privilegios. Era un viaje obligado y necesario para conocer la realidad de su reino, desconocido en su realidad física y también en sus usos y costumbres, dada su casi exclusiva educación francesa. El 18 de diciembre se documenta su presencia en Olite, alojado en el palacio de dicha villa; la Nochebuena la pasó en Tudela, donde juró los fueros y ordenó el traslado a Tafalla de los restos de su abuela Leonor, conforme a la voluntad testamentaria de ésta.

A finales de enero de 1482 estaba de nuevo en Olite, donde tuvieron lugar las Cortes generales, pero días más tarde (antes del 12 de febrero) debió de partir para el Bearne, dejando una vez más la lugartenencia en manos de su tío Pedro de Foix.

No se conocen bien los motivos exactos de este repentino regreso a sus dominios bearneses, pero todo apunta a la inseguridad, alentada por el recrudecimiento de las banderías. Aunque tampoco hay que olvidar las dificultades económicas, ya que el dinero concedido por las Cortes apenas permitía el pago de los salarios de los oficiales reales. Asimismo, el rey de Francia, que había permitido la coronación como Rey del conde de Foix, mostró gran interés y no poca prisa en sacar al joven Rey de sus dominios navarros.

Temía su posible adaptación a la mentalidad e intereses hispánicos y que, en definitiva, se dejase influir por los sutiles argumentos de Fernando el Católico.

No cabe duda de que una inestabilidad en sus estados meridionales, gobernados por una dinastía que exhibe su dignidad real, era motivo de preocupación para Luis XI. Existen, no obstante, otros motivos que explicarían la rápida marcha del Rey: los proyectos para su matrimonio que se tramaban tanto en la Corte de Francia como en la de Castilla, y que su madre deseaba tenerlo a su lado, al abrigo de todo compromiso. Se ha creído —según apunta Lacarra— que Luis XI apoyaba la candidatura de Juana la Beltraneja y su consiguiente propósito de reconocer sus derechos al trono de Castilla; de igual modo, favorecía el posible enlace de Catalina, hermana del rey Febo, con su primo Gastón de Foix, fiel servidor del rey de Francia. Una y otra opción contrariaban la voluntad de Magdalena, que veía en esta maniobra de su hermano un motivo de ruptura con el Rey Católico; al tiempo que temía sus inevitables consecuencias en el interior del reino, cuyas Cortes nada sabían de los manejos de Luis XI y siendo, además, potestad de las mismas conocer y sancionar todo lo referente al matrimonio del Rey.

La dificultad de tales propuestas era conocida por la “diplomacia” francesa, y es quizás por ello por lo que utilizaría ahora, como su baza fuerte, la vieja reivindicación de don Juan, vizconde de Narbona, tío de Francisco Febo y cuñado de Magdalena. Dicha reivindicación consistía en reclamar para sí los títulos real y condal, dada su condición de segundo hijo varón de Leonor y Gastón IV, vivo en el momento de la sucesión, pues su hermano Gastón V (padre del Rey) había muerto (1470) antes que sus padres, a consecuencia de las heridas sufridas en el torneo celebrado en la ciudad de Libourne. Aunque semejante demanda no se ajustaba a los principios sucesorios de la Monarquía navarra, que salvaguardaba los derechos de la primogenitura, Luis XI no dejaría de utilizarla en su provecho, según las circunstancias de cada momento.

Durante años, esta reclamación, hábilmente manejada por parte francesa, condicionaría la política de los últimos soberanos de Navarra.

Por su parte, Fernando el Católico ofrecía sus propios proyectos matrimoniales para el rey de Navarra, casándolo con su segunda hija, Juana —la futura Juana la Loca—, que luego sería su propia heredera.

Una boda con una princesa castellana venía a completar los planes de los monarcas hispanos, tratando de erradicar la siempre poderosa influencia francesa en Navarra. La disparidad de tales proyectos y la delicada salud del Rey aconsejaron a su madre a que abandonase tierras navarras pese a lo necesario de su presencia.

Una vez en el Bearne, cumplidos los quince años, prestó juramento ante sus Estados, reunidos en Pau, el 24 de noviembre de 1482.

Francisco Febo murió de forma inesperada, en el castillo de Pau, el 30 de enero de 1483. Al parecer, la causa de su fallecimiento fue un proceso infeccioso, pero una versión antigua dice que murió a causa de un veneno colocado en la flauta que solía tocar, administrado por orden de Fernando el Católico. El día anterior a su muerte había hecho testamento, en el que utilizó por última vez todos sus títulos (rey de Navarra, duque de Neamours, de Gandía, de Montblanc y Peñafiel, conde de Foix, señor de Bearne, conde de Bigorra y de Ribagorza, señor de la ciudad de Balaguer, vizconde de Castelbó, Mortaign, Gavardan Nebouzan y, entre otros, par de Francia); dispuso en primer lugar que fuese enterrado en la catedral de Pamplona, delante del altar de Nuestra Señora, donde había sido coronado Rey. Su deseo no se cumplió y se le dio sepultura en la catedral de Lescar, cerca de Pau.

El resto de las disposiciones testamentarias, aparte de la sucesión a favor de su hermana Catalina, de trece años, incluye a sus tíos paternos: el virrey de Navarra e incluso a Juan de Foix, vizconde de Narbona, a quien, en caso de muerte sin herederos de su hermana Catalina, debería corresponder el trono de Navarra y los señoríos franceses de Foix-Bearne. La muerte del rey Febo daría paso a una nueva etapa de conflictos y crisis en Navarra, al tiempo que propiciaría la intromisión de los reyes de Francia y Castilla en los asuntos de las casas de Foix y Albret.

CARRASCO PÉREZ, Juan, «Francisco I», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, https://dbe.rah.es/biografias / 13595/francisco-i-de-navarra)