Fortún I Garcés. El Monje, El Tuerto (al-Anqar). ?, s. t. s. IX – Navarra, c. 905. Tercer “rey de Pamplona” según la historiografía tradicional.

Primogénito sin duda de García Íñiguez, hacia el año 882 le sucedió como caudillo del singular “principado” cristiano de la región de Pamplona (arva o terra Pampilonensis), es decir, los valles y oquedades de la mitad septentrional de la actual Navarra. La historiografía tradicional le atribuyó el sobrenombre de “El Monje”, mientras que en ciertos textos árabes consta como “El Tuerto” (al-Anqar). Sus principales nexos familiares están bien documentados, pero sobre su trayectoria política —y en igual o en mayor medida que las de su padre y su abuelo Íñigo Arista— apenas existen noticias coetáneas dignas de crédito. En gran parte solo cabe conjeturar que siguió maniobrando a la sombra de sus parientes muladíes, los hijos y nietos de Muza b. Muza, el más famoso descendiente del “conde” hispano-godo Casio que, convertido al islam en los primeros momentos de la invasión árabe, había conservado y transmitido a su linaje (Banu Qasi) el “señorío” local sobre las riberas navarras del Ebro y sus aledaños aragoneses y riojanos. A ellos precisamente se refiere casi en su totalidad el primer sector de noticias consignadas en los mínimos retazos analíticos pamploneses insertos hacia el año 990 en el llamado Códice Rotente (Biblioteca de la Real Academia de la Historia, cód. 78).

En vida todavía de su progenitor, Fortún Garcés había sido sorprendido y apresado en una fortaleza identificable con Carcastllo (860) y durante el curso de una de las campañas de castigo del emir cordobés Muhammad I por los confines meridionales de los dominios pamploneses. Los autores árabes reseñan que permaneció en Córdoba unos veinte años, probablemente en calidad de rehén y como garantía de la lealtad política y el tributo anual en metálico que su padre García Íñiguez, su abuelo Íñigo y los anteriores “príncipes” pamploneses estaban obligados a ofrecer a las autoridades musulmanas de al-Andalus como contrapartida por la conservación de sus tradiciones socio-jurídicas, culturales, religiosas y sus propios instancias locales de gobierno.

Poco tiempo después de su regreso y quizá nada más suceder su padre (c. 882) a la cabeza del “principado” pamplonés, se desconoce si tomó partido o más bien procuró inhibirse en las discordias surgidas entonces entre los hijos de Muza b. Muza, enfrentados con la autoridad cordobesa, y de otro lado Muhammad b.

Lope, nieto del mismo Muza, que les arrebató Zaragoza y la rindió al emir andalusí (883). Una vez reconocido como valí de la región, el mismo Muhammad, amigo antes tanto de Fortún Garcés como de su padre, se volvió ahora contra los dominios pamploneses, mermados ya en su borde meridional somontanos y altas riberas de los ríos Aragón, Arga y Ega. Tras haber destruido (882) el castillo de Aibar (Navarra), principal atalaya pamplonesa en la encrucijada fluvial de Sangüesa para vigilar las incursiones musulmanas por el valle del río Aragón, abatió poco después (891) en la misma zona el castillo de Sibrana, próximo a Luesia (Zaragoza) y uno de los contrafuertes de la línea defensiva de Valdonsella marcada por los taludes exteriores de la sierra de Santo Domingo. Fortificó Caparroso y Falces y desde el castillo de San Esteban (Monjardín), que también había ganado, debió de favorecer la reanudación de las correrías sarracenas contra Álava. Sin embargo, Muhammad b. Lope acabó enemistado con el nuevo emir Abdallá, que había encomendado al linaje árabe de los Tuyibíes el gobierno de Zaragoza (890). Precisamente en el cerco de esta ciudad fue muerto a traición (898), cuando se estaba negociando su posible coalición con el muladí Umar b. Hafsun, el célebre cabecilla de la gran insurrección contra el régimen cordobés en las propias tierras andaluzas.

Se puede presumir que Fortún Garcés no quedó totalmente al margen de estos acontecimientos y debió de prestar algún tipo de apoyo a Muhammad b. Lope y esa última inversión de su postura política en la región zaragozana o “Marca Superior” del emirato cordobés.

Quedaba ahora Lope, el aguerrido hijo de ben Muhammad, como único mandatario de los dominios de los Banu Qasi, ampliamente desparramados por la cuenca central del Ebro desde Lérida, por ejemplo, hasta la línea fronteriza con el reino leonés en los confines altorriojanos. Le correspondía, por tanto, la vigilancia del “principado” cristiano de Pamplona y, por supuesto, la contención de las incursiones asturleonesas desde los reductos castellanos del alto Ebro.

Entre tanto y arrinconado en los valles y cuencas interiores de la “Navarra primordial”, Fortún Garcés debió de permanecer de momento a la expectativa, aunque es probable que por fin facilitara algún apoyo a Alfonso III (c. 900) en su profunda penetración hasta las cercanías de Tarazona, rechazada victoriosamente por Lope b. Muhammad. Este mismo repelió además otro amago astur-leonés contra Grañón, reducto extremo- occidental de sus señoríos y al servicio ya totalmente del emir cordobés y el istam, que iba a desarrollar una ofensiva implacable ahora contra todos los poderes cristianos de las fronteras vecinas.

Perdida, como se ha señalado, buena parte de la barrera meridional de bastiones que resguardaban la región propiamente pamplonesa, se desvanece totalmente la figura de Fortún Garcés, estigmatizado acaso por su largo cautiverio en Córdoba y, sobre todo, desprestigiado probablemente entre las filas de su propia clientela de nobles guerreros por su inoperancia y la continuidad de las connivencias de parentesco y veleidades políticas de su linaje con el régimen del islam.

En esta tesitura, los estímulos políticos de la Monarquía astur-leonesa, cuya pujanza ofensiva estaba alcanzando la línea del Duero, debieron de prender por fin en la sociedad pamplonesa, radicalmente cristiana, cuya propia aristocracia halló y alzó en su seno a un nuevo y joven caudillo (905) capaz de enfrentarse sin concesiones con el islam para abrir así los horizontes programáticos del pequeño “principado” basado hasta entonces en una política de mera supervivencia, reiteradamente condicionada por sus parientes los Banu Qasi, volubles gendarmes del emirato cordobés en su “Frontera Superior”. Parece que después de este decisivo giro aún vivió Fortún todavía algún tiempo, retirado quizás en el monasterio de San Salvador de Leire y presumiblemente en buena relación con el primer verdadero rey pamplonés, Sancho I Garcés, que tomó significativamente por esposa a una nieta del anciano “príncipe”, la futura reina Toda.

Como informan puntualmente las “Genealogías de Roda” recogidas en el aludido Códice Rotense, del matrimonio de Fortún Garcés con Oria, de filiación desconocida, nacieron al menos cuatro varones y una mujer. Enneco, el primogénito, casó con Sancha, hermanastra de Sancho I Garcés y unida luego en segundas nupcias con el conde Galindo II Aznar de Aragón.

Tanto el propio Enneco como sus hermanos Aznar, Belasco y Lope dejaron abundante descendencia y estaban integrados plenamente en la alta nobleza pamplonesa como cabe deducir por los matrimonios de sus hijas con magnates de la misma región. La única hija conocida, Onneca, se había unido, según se ha indicado, con el emir cordobés Abdallá (888-912) de quien nació Muhammad, padre del futuro califa Abderramán III, pero de su otro marido, cristiano, el noble pamplonés Aznar Sánchez de Larráun, nació la mencionada reina Toda.

MARTÍN DUQUE, Ángel, «Fortún», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, https://dbe.rah.es/biografias / 9815/fortun-i-garces)