Sancho I de León

Datos biográficos

Dinastía : Astur-Leonesa
Rey de León: 956-958/960-966
Sobrenombre: el Craso
Fallecimiento: 966
Predecesor: Ordoño III
Sucesor: Ordoño IV
Sucesor: Ramiro III
Padre: Ramiro II
Madre: Urraca Sánchez
Consorte: Teresa

Biografía

Hijo de Ramiro II de León y de la infanta navarra Urraca Sánchez, hermana de García II Sánchez de Navarra (925-970) e hija de Sancho I Garcés de Navarra (905-925) y de Toda Aznárez. Sucedió en el trono leonés a su hermanastro Ordoño III (951-955), frente a los derechos que pudiera tener el único hijo de este, por entonces un niño, el futuro Vermudo II (982-999) —que a la sazón, vivía recluido en Galicia—, en uno de los momentos históricos de mayor inestabilidad del reino asturleonés.

Así, consta que en vida de su padre, este lo envió en 944 a Castilla como gobernador, después de que hubiera desposeído de sus dominios y encarcelado al conde castellano Fernán González (932-970), quien poco antes se había rebelado contra el poder central leonés. A pesar de que, en 945, Ramiro II se vio forzado, ante las señales de belicosidad que de nuevo había dado el califato andalusí, a poner en libertad al conde castellano, Sancho continuó en Castilla hasta la muerte de su padre (951).

Nada más acceder al trono su hermanastro Ordoño III —habido de las primeras nupcias de su padre con una dama gallega, doña Adosinda—, una conspiración orquestada por su abuela Toda de Navarra, que contó con el apoyo navarro y castellano, así como de algunos magnates gallegos, intentó destronarlo en favor de Sancho. Una expedición militar conjunta de castellanos y navarros llegó a las puertas de la ciudad de León (953), donde Ordoño III consiguió derrotarlos y poner freno a la sublevación dinástica. En consecuencia, Sancho se vio obligado a refugiarse en la corte navarra.

La enfermedad repentina que acabó en Zamora con la vida de Ordoño III (956) supuso no obstante, la entronización pacífica de Sancho I, ya que, al parecer, nadie defendió los derechos del hijo de aquél, el futuro Vermudo II . Sin embargo, pronto iban a tomar forma los profundos problemas que afectaron su reinado: por una parte, la oposición de algunas zonas periféricas del reino, que en algunos casos ya resultaba atávica, como la de Castilla o la de buena parte de los magnates gallegos; por otra, la enemistad que, al parecer, surgió entre la nobleza leonesa más cercana por el carácter del nuevo monarca —que Ibn Jaldun, en el s. XIV, relataba como vano, orgulloso y belicoso, carente de habilidad y tacto político.—

No menos importante, finalmente, era el desprestigio que le generaba la práctica imposibilidad, debido a su obesidad, de subirse a un caballo y encabezar sus tropas, como puso de manifiesto ante la incursión andalusí que en verano de 957 anduvo por León y derrotó fácilmente a sus tropas; esta aceifa tuvo su origen en la negativa de Sancho I a cumplir las estipulaciones del tratado de paz que Ordoño III había suscrito con Abderramán III (912-961), en lo referente a la entrega o desmantelamiento de diez fortalezas cristianas en la línea del Duero.

De este modo, una nueva conspiración, fomentada por algunos magnates leoneses y gallegos y que contó con el apoyo del conde Fernán González, que veía con preocupación las buenas relaciones con Sancho y su abuela Toda, derrocó fácilmente al rey, que se vio obligado a refugiarse, nuevamente, en la corte navarra, mientras la nobleza leonesa y castellana elegía como nuevo rey a su primo Ordoño Adefonsiz, hijo de Alfonso IV el Monje que reinaría como Ordoño IV el Malo (958-960). No obstante, la reina abuela Toda no se resignó a ver a su nieto exiliado y olvidado, así que decidió, entonces, buscar la ayuda del califa Abderramán III, a la sazón pariente suyo, al que pidió apoyo militar para recuperar el trono, así como la resolución de los problemas de obesidad extrema que padecía su nieto.

Una embajada de la que formaban parte la reina Toda, su hijo García II Sánchez de Navarra y el propio sancho se trasladó a Córdoba (958) para entrevistarse con el califa, quien accedió a sus dos peticiones —mientras el dignatario y médico judío Hasday b. Saprut proporcionaba una acertada dieta alimenticia al rey Craso, Abderramán III organizaba un contundente ejército—, a cambio de que Sancho se comprometiera a la entrega definitiva de aquellas diez fortalezas defensivas de la línea del Duero. La expedición andalusí penetró fácilmente por tierras leonesas, tomando Zamora (959) y León (960), mientras tropas navarras atacaban Castilla.

Después de la toma de Zamora, Sancho I logró la adhesión de la zona del Duero y de gran parte de la nobleza leonesa, encabezada por Fernando Ansúrez, conde de Monzón, con cuya hermana Teresa casó, logrando así usurpar el trono; mientras, los apoyos de Ordoño IV en el interior de su reino se habían debilitado, al parecer a causa del difícil y sanguinario carácter del monarca, y los señores leoneses fueron reconociendo uno tras otro a Sancho, por lo que Ordoño, que había huido precipitadamente a Asturias, se vio obligado a trasladarse a Burgos, donde contaba aún con el apoyo castellano.

No obstante, Fernán González acabó cayendo prisionero del ejército navarro en las proximidades de Nájera (La Rioja), por lo que se vio forzado a retirar su apoyo a Ordoño, y obligó al derrocado monarca a exiliarse a territorio andalusí, donde pidió (961) al nuevo emir al Hakam (961-976) la misma ayuda que Sancho I había recibido de su padre. Ante estas noticias, Sancho I se apresuró hacer ver que cumplía con lo pactado con el califa, por lo que Ordoño IV fue olvidado y murió al poco tiempo (962).

Mientras, Sancho I pactaba una coalición cristiana con Navarra, con Fernán González —ya puesto en libertad después de comprometerse a abandonar a su suerte a Ordoño IV— y con los condes de Barcelona Borrell II (947-992) y Miró (946-966); sin embargo, una incisiva expedición andalusí, que en tierras castellanas supuso la pérdida de San Esteban de Gormaz, obligó a aquéllos a enviar embajadas en solicitud de tregua. Quedaba de manifiesto con ello, la supremacía diplomática y bélica del califato ante los reinos cristianos de la Península, debilitados por intrigas internas.

En política interior, Sancho I no pudo eliminar de raíz la actitud levantisca de Fernán González, ni la rebeldía larvada que existía entre buena parte de la nobleza gallega y portuguesa, antigua aliada de Ordoño IV. Así, se vio obligado a desplazarse, al frente de una nutrida expedición (966), a tierras gallegas, que consiguió apaciguar hasta la línea del Duero, por entonces frontera con el condado de Portugal. Una vez allí, el conde portugués Gonzalo Muñoz, ante la inferioridad militar de sus tropas, fingió prestar su lealtad y vasallaje a Sancho I y, tras ganar su confianza, según relata Sampiro, envenenó al monarca con una pieza de fruta.

Sintiéndose enfermo, Sancho I decidió volver a León, pero la muerte le sorprendió tres días más tarde, seguramente en las cercanías de Chaves (Portugal), entre mediados de noviembre y diciembre. A su muerte le sucedió su hijo Ramiro III (966-985), que por entonces tenía cinco años de edad, bajo la regencia de su madre, Teresa Ansúrez, y de su tía Elvira.

PARRA CABEZA, Francesc, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XIX págs. 9462-9463.