RAMIRO III de León. ?, 961 – ¿Astorga (León)?, 26.V.985. Rey de León.

Hijo de Sancho I de León y de su esposa Teresa Ansúrez, de la Casa condal de Monzón (Palencia), sucedió a su padre siendo un niño de cinco años de edad.

Esta circunstancia, que había apartado de la línea del trono a otros príncipes, no se mostró en su caso como un grave inconveniente para recibir el cetro de sus mayores, en buena medida debido a los excelentes oficios de su propia madre, la reina viuda, y de su tía paterna, la infanta Elvira Ramírez, cuyo carácter fuerte y estable alaban las crónicas cristianas y recuerdan las musulmanas.

Podríamos dividir su período de gobierno en tres etapas: la primera de ellas abarcaría desde su elevación al solio hasta el final de la regencia de doña Elvira; la segunda, desde entonces hasta 982, cuando su primo Vermudo Ordóñez es coronado en Compostela, y la tercera y última, desde entonces hasta el año 985, fecha de su muerte, que se caracteriza por mostrarse con las características de una confrontación civil entre los partidarios del legítimo Monarca y los del recién ungido.

No fueron fáciles los años primeros, pues en el 968, naves normandas fueron avistadas en Galicia. Se trataba de una nueva incursión vikinga, frecuentes en el litoral cantábrico y atlántico del Reino desde el s. IX.

En esta oportunidad comandaba la expedición de saqueo un caudillo de nombre Gunther, o Gunderedo según las crónicas leonesas. Llegaron alrededor de cien naves, una elevada cantidad, quizás fruto de una exageración de las mismas fuentes que nos recuerdan estos sucesos. Fueran un centenar o una cantidad menor, atacaron Galicia y saquearon a su placer la tierra del apóstol. Incluso dieron muerte a Sisnando, obispo de Compostela, que les salió al paso persiguiéndoles hasta Fornelos. Allí, debido a una imprudencia, encontró la muerte el 28 de marzo de 968, según la Crónica Compostelana. Durante algo más de doce meses recorrieron a su placer las tierras galaicas. Incluso se acercaron a las inmediaciones del monte Cebrero, una proximidad demasiado peligrosa para dejar de considerar la perentoria necesidad de frenar su avance definitivamente.

Allí, en este enclave geográfico, les atajó el conde Guillermo Sánchez, que en las crónicas aparece como Guillén. Por su nombre, ajeno al espacio leonés, se ha deducido que se trataría de un magnate pirenaico al servicio de Ramiro III. Algunos autores apuntan la posibilidad de que se tratara del cuñado gascón de Sancho II Garcés, señor de Pamplona y, por tanto, pariente del Rey-Niño. Este caballero, a golpe de espada, arrojó a los piratas de nuevo al mar, matando a su jefe e incendiando la mayoría de sus embarcaciones.

Las mismas sagas nórdicas recogen este episodio de Gunther, aunque silencian ciertas partes de la historia: las que menos les favorecían. Gracias a Ibn ‘Iďārī se conocen sus posteriores actividades, entre 970 y 971, en el Duero y en el Algarbe.

Las consecuencias de estas devastaciones fueron el abandono de algunos lugares costeros, el cautiverio de numerosos gallegos, la desolación, especialmente relevante en la comarca de Tuy y en la propia sede del apóstol. Tal y como narra en un diploma el obispo de Iria, Pedro, no quedaron de algunos monasterios e iglesias sino las “solas piedras incendiadas”.

Por lo que se refiere a las relaciones con al-Ándalus, durante los reinados de Sancho I y de Ordoño IV se había llegado a establecer una estrecha relación que deberíamos de calificar como de paz inestable basada en la delicada posición de ambos monarcas, que obedecía a la división de intereses de los distintos partidos nobiliarios, siempre dispuestos a apoyar la causa de aquel príncipe que más y mejor les favoreciera. Fruto de estos turbulentos años fueron diversos choques civiles o insubordinaciones aristocráticas, como la que terminó con los días de Sancho I, padre del actual Monarca quien sentía una cierta malquerencia por la élite gallega, a la que pertenecía el asesino de su progenitor, o, al menos, el instigador directo de su muerte, según las fuentes. Esta tirantez de formas y maneras tendrá, como veremos más adelante, nefastas consecuencias para el joven Soberano.

Una debilidad que contrastaba con la potencia del califato. Por eso, la infanta Elvira Ramírez, en nombre de su sobrino, envió en diversas ocasiones sucesivas embajadas a Córdoba, con fortuna desigual en cuanto a los resultados obtenidos por éstas. Junto a estos diplomáticos solían presentarse en la Corte de al-Hakam II otros, en este caso en nombre de sus respectivos señores: los condes de Saldaña, Monzón, Castilla, o ciertos magnates gallegos. Todos ellos buscaban renovar sus propios compromisos con el señor de al-Ándalus.

Durante una de estas empresas, los legados de Elvira Ramírez fueron acusados por el Califa y sus ministros de presentar su exposición “en términos que delataban cierta insolencia”. Por esa razón, el andalusí “desaprobó al punto dichos términos, apartó y rechazó al intérprete, y dio orden de que se retiraran de su presencia los embajadores”, según relata al-Razi.

A tan abrupta ruptura de las negociaciones se sumó pronto un nuevo error, en este caso fruto de una no del todo calibrada acción militar en la frontera castellana, que llegó a los oídos de los cordobeses mientras los emisarios de la infanta regente hablaban palabras de paz. Esta desafortunada acción no fue la única que fracasó estrepitosamente. Aprovechando una ausencia del gobernador musulmán de la Marca Media, el conde de Castilla, García Fernández, atacó el castillo de Deza. Algún tiempo más tarde, con la ayuda del Rey de León y la colaboración de otros nobles, como los condes de Saldaña y Monzón, y del monarca de Navarra, sitiaron, en el 975, la fortaleza de Gormaz.

A la cabeza de esta hueste cristiana se encontraban el joven Ramiro y su tía Elvira Ramírez. Pero no bastó su presencia para concluir con éxito una campaña que terminará en un rotundo fracaso y una sonora derrota para los leoneses y sus aliados, especialmente dura para el conde castellano, a quien golpeará la mano de al-Ándalus con singular fuerza. Durante esta fatídica campaña perdió la vida, entre otros magnates, el mayordomo real, Ansur Gómez. Y no mucho tiempo después se retirará de la vida pública la infanta Elvira, permitiendo el caminar en solitario de su sobrino.

Tampoco gozó de mayor fortuna Ramiro III en los años siguientes, por lo que se refiere a los musulmanes.

Unos años en los que comenzaba a destacar, con inusitada fuerza, un nombre y una personalidad: Muhammad b. Abu Amir, pronto conocido como al-Manurr bi-llāh: Almanzor. Sus aceifas contra el limes cristiano se suceden: Baños, Cuéllar, Salamanca, Ledesma, Atienza.

Cuando el hijo de Sancho I toma definitivamente las riendas del poder corría el año 980. Contaba unos diecinueve años de edad. A comienzos del otoño de ese año, según un diploma de Sahagún, ya había desposado con Sancha. La filiación de esta mujer real ha sido discutida, aunque, como ya hemos demostrado en otras ocasiones, se trataría de una Beni Gómez, hija del conde de Saldaña y Carrión Gómez Díaz y de su mujer Muniadomna Fernández de Castilla. Este enlace garantizaba al joven príncipe un sistema de alianzas lo suficientemente estable para mantenerse en el trono con garantías de firmeza y continuidad. A él se encontrarían vinculados por parentesco, a partir de esta unión, las principales estirpes del territorio leonés y castellano. Los Beni Gómez, en cuyas manos se encontraba el gobierno delegado de los territorios entre el Cea y el Pisuerga y desde la Liébana a la frontera del Duero y, por supuesto, los condes de Castilla. Si a éstos sumamos los Ansúrez de Monzón, familia de su madre la reina Teresa, entenderemos mejor los sucesos que desgarrarán León durante los años 982-985.

Por aquellas mismas fechas, en al-Ándalus la mano firme de Almanzor cada vez se percibía con más fuerza desde la muerte (978) de al-Hakam II y la entronización del niño Hisam II. Tanta que su propio yerno, el general de la Marca Media Galib, con la ayuda de algunos condes leoneses como el castellano García Fernández, trató de detener sus ambiciones de la única manera posible: con las armas. El 10 de julio de 981 ambos ejércitos, el de Ibn Abu Amir y el del padre de su esposa, con el apoyo cristiano, se enfrentaron en Torrevicente. La muerte de Galib, la desbandada posterior de sus tropas, la huída de los castellanos y el repliegue general en la línea del Duero se convirtieron en nuevos factores que aumentaron la inseguridad.

Será a partir de este momento cuando los ataques de Almanzor se recrudezcan, sometiendo a los cristianos a más de veinte años de durísimas aceifas, como la de Zamora aún en el verano de 981.

Sus éxitos militares se sucedían hasta el extremo de atreverse, en el verano de 982, a realizar una nueva incursión conocida como la Campaña de las Tres Naciones, pues sus objetivos se centraban en León, Castilla y Navarra, tradicionales aliados leoneses y navarros contra el Islam. Los musulmanes llegaron a establecer un campamento en el Esla, asolando la región comprendida entre este río y la ciudad de León.

Ramiro III presentó batalla y sólo una hábil decisión táctica de Almanzor impidió el triunfo total de los leoneses. Pero este contratiempo tuvo su equilibrio.

Mientras los cristianos se refugiaban rápidamente tras los muros romanos de su capital, una violenta tormenta de granizo y de lluvia estorbó tanto a los ejércitos musulmanes que éstos hubieron de abandonar sus propósitos de asedio.

Después de esta advertencia crudísima del poder amirí, cuenta la crónica Silense que diversos condes cristianos, temerosos de sufrir un nuevo castigo, decidieron favorecer a Almanzor en detrimento de su verdadero señor: Ramiro III. Sampiro y Pelayo de Oviedo calificaron en sus obras a este Monarca como varón de escasa inteligencia, engreído y embustero.

Se trata de unos historiadores no excesivamente favorables al Monarca, pues en el caso de Sampiro hemos de recordar que se trata del obispo de Astorga que, durante el reinado de Vermudo II fue notario del Monarca enemigo de Ramiro III.

Fueran o no auténticas las acusaciones que le realizan los prelados, sus choques con la nobleza gallega fueron constantes a lo largo de su etapa personal de reinado. Un descontento que irá aumentando. Tensiones que encontrarán mayores argumentos para incrementarse ante las cada vez más frecuentes incursiones musulmanas que rompen la frontera y saquean las tierras al norte del Duero, como la campaña de Simancas, entre otras que se suceden durante los últimos años de gobierno del príncipe.

Consecuencia directa de todo este descontento, poco tiempo después del episodio que acabamos de narrar y que culmina con la amenaza de la capital en el verano de 982, algunos magnates gallegos, a los que se suman los obispos de Coimbra, Lamego y Viseo, elevan al solio a Vermudo Ordóñez en Compostela.

Se trata del hijo de Ordoño III, primo, por tanto, de Ramiro III como hijos ambos de dos hermanos. Estos sucesos tuvieron lugar el 15 de octubre de 982 y pronto la nobleza de todo el Reino se dividió en dos grandes partidos: mientras gallegos y portugueses cerraban filas en torno a su candidato al trono, asturianos, leoneses y algunos castellanos continuaban fieles a Ramiro, no faltando, en este tablero de juego la neutralidad de García Fernández, conde de Castilla, que pronto se inclinará por la causa de su sobrino Vermudo Ordóñez.

A comienzos de 983 los dos príncipes, acaudillando sus propias mesnadas, se enfrentaron cerca de Monterroso, en el lugar llamado Portilla de Arenas. Una batalla que no resolvió nada, pues ninguno de los bandos pudo reclamar para sí la victoria. Ramiro III decidió regresar a León, seguido por Vermudo. A comienzos de la primavera de 984 será expulsado de la capital por las tropas de su adversario, replegándose a Astorga. Tales éxitos de las armas rebeldes se debían al apoyo prestado por Almanzor a su causa, tal y como nos indican las fuentes musulmanas. Conocedor de esta alianza, Ramiro III trató de emular a su padre, Sancho, durante los turbulentos sucesos de la crisis que le enfrentó con Ordoño IV. Así, pactó con el amirí una tregua en la frontera que le permitiera concentrarse en sus problemas interiores.

Y mientras se sumaban partidarios a la causa de Vermudo, Ramiro III enfermó en Astorga. Según los Anales Castellanos Segundos el jueves 26 de mayo de 985 murió, recibiendo sepultura en el cercano monasterio de San Miguel de Destriana, un cenobio que había sido fundado por su abuelo homónimo: Ramiro II. Años después, ya en el siglo XI, sus restos serían trasladados a León y enterrados en lo que hoy conocemos como San Isidoro. Desaparecido el legítimo monarca, el camino hacia el poder de Vermudo II quedaba definitivamente liberado.

Aunque de la reina viuda, Sancha Gómez, no conservamos noticia a partir del fallecimiento de su esposo, sabemos que su madre Teresa Ansúrez le sobrevivió hasta el 996 retirada en Oviedo, acogida a la vida religiosa en San Pelayo, monasterio del que llegó a ser abadesa. Su tía, la infanta Elvira Ramírez, también sobrevivió a su protegido, desapareciendo de la documentación en el año 986.

Quedaba al menos un descendiente del matrimonio real: Ordoño Ramírez, a quien encontraremos en las tierras de Asturias, quizá refugiado allí buscando la protección de su abuela paterna. Allí desposó con la infanta Cristina Vermúdez, hija de Vermudo II, a comienzos del siglo XI, según Sánchez Candeira entre el 1000 y el 1016. De su unión proceden los Ordóñez y buena parte de los linajes más distinguidos de las tierras de Asturias y León durante las siguientes centurias.

TORRES SEVILLA, Margarita, «Ramiro III», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, https://dbe.rah.es/biografias / 10886/ramiro-iii-de-leon)