RAMIRO II de León. ?, c. 900 – ¿León?, VI. 951. Rey de León (931-951).

Fue uno de los más grandes monarcas del Reino de León, pues recibió de notarios y otorgantes los pomposos títulos de imperator y rex magnus, que ni él ni su chancillería nunca utilizaron, al surgir ahora el llamado “imperio leonés”, con un propósito hegemónico de León sobre los demás Reinos cristianos en su lucha contra los ejércitos del ahora flamante califa cordobés.

Nacido hacia el año 900, hijo de Ordoño II y de Elvira Menéndez, parece que gobernó con prerrogativas casi regias el territorio portugués, desde Viseo, en los años 926 a 930. Participa activamente en la repoblación de estas tierras situadas al sur del río Limia, con las que se queda tras el reparto del Reino realizado por los hermanos Ordóñez, pues su vinculación a la familia del conde Diego Fernández y de su esposa Onega fue decisiva en el porvenir del infante que arrastró en su favor la influencia y el poder de este prestigioso clan gallego.

En 931 ocurre un suceso inesperado: Alfonso IV, que acaba de perder a su mujer, Oneca Sánchez, fallecida en los últimos días de junio, abandona el trono, se retira como monje a Sahagún y cede el Reino pacíficamente a su hermano Ramiro que, de inmediato, se entroniza en León. Pero, algún tiempo después, el Rey Monje rectifica su decisión, abandona el monasterio y después de apoderarse de Simancas, logra entrar, con el apoyo de linajes asturianos, así como de los Ansúrez y de los Beni Gómez, en la ciudad de León, de la que estaba ausente Ramiro. Es en este momento cuando emerge en la historia la destacada figura del conde Fernán González que recibe del Monarca leonés el gobierno de los territorios orientales del Reino cuyos condes debieron de posicionarse en las filas de Alfonso IV, precisamente el contendiente derrotado en el campo de batalla. Puede hablarse desde este momento de un agrupado y fuerte Condado de Castilla fusión de todos los condados anteriores (Primorias, Trasmiera, Carranza, Sopuesta, Losa, Mena, Valdegobía, Treviño, la Bureba, etc.) más el de Muñó por el oeste y Lantarón y Cerezo por el este que va a conformar poco después un nuevo Reino. Ramiro, después de haber terminado definitivamente con las veleidades de su hermano Alfonso IV de recuperar el trono que había abdicado en favor suyo, es coronado solemnemente el 6 de noviembre de 931, e inicia inmediatamente la lucha contra los musulmanes tomándoles, en julio de 932, el castillo de Madrid. Al año siguiente, abril de 933, derrota a las tropas de Abderramán III delante de los muros de Osma.

Protegido por estas mismas murallas resistió al año siguiente una nueva embestida del Califa, que hubo de contentarse con desmantelar Burgos y otras fortalezas menos guarnecidas.

Ramiro II busca y consigue poco después la sumisión del señor árabe de Zaragoza Abu Yahya Muhammad b. Hashim y con ella logra concertar una alianza entre León, Zaragoza y Navarra, gracias a la cual pudo obtenerse el gran éxito de Simancas, donde los ejércitos aliados de Ramiro II, de Toda de Navarra y de Fernán González de Castilla derrotaron por completo a las tropas de Abderramán III el 1 de agosto de 939, cogiendo prisionero a Abu Yahya, que había hecho defección de su compromiso. Según los Anales Castellanos Primeros y Sampiro, la derrota se completó en una segunda batalla, en Alhándega, cerca del actual pueblo de Albendiego en las cercanías de Atienza (Guadalajara) donde la ligera caballería musulmana, considerablemente gastada por el largo camino recorrido desde El Algarbe, Córdoba, Murcia o Valencia fue destrozada en el choque masivo de la caballería cristiana, mucho más lenta pero más poderosa. Estos éxitos permitieron un cambio en la mentalidad política de los líderes del Reino Leonés: rápidamente se pasó de una posición defensiva a una política expansiva hacia el sur con la intención de someter a soberanía cristiana los llanos de la Meseta situados entre el curso del Duero y el Sistema Central.

Y así, mientras el propio Ramiro II se ocupa de la repoblación del valle del Tormes: Salamanca, Ledesma, Baños y otras localidades, Fernán González, el gran conde castellano cumple su cometido incorporando a Castilla las tierras de Sepúlveda al sur del “Gran Condado”.

Este clima de fiel colaboración del conde castellano con su señor el rey leonés debió quebrarse unos años más tarde. En el 944 tenemos noticia de la prisión de Fernán González a manos del Monarca sin que se nos aclaren las causas y naturaleza del conflicto previo a tal situación. Lo más probable es que el celoso conde calculara erróneamente los efectos y alcance de alguna actuación suya y saliera malparado del trance, tal como puede deducirse de la solución dada al problema: la libertad de Fernán González y su reposición al frente del condado castellano e incluso la cesión de una hija suya, Urraca Fernández, para que contrajera matrimonio con el infante Ordoño —hijo ahora primogénito del monarca leonés pues acababa de morir su hermano Vermudo—. La reconciliación entre el Rey y el conde resultó eficaz y duradera hasta el final del reinado de Ramiro II, quien, no obstante, tuvo que hacer frente a la mayor potencia de las aceifas cordobesas, que se suceden entre los años 944 a 950 y ensombrecen los últimos años del reinado, aunque todavía pudo apuntarse un último éxito cerca de Talavera en el verano de 950, tras reanudar las tropas leonesas la actividad guerrera que había paralizado el Rey desde hacía casi once años.

Y entonces —a su regreso de Talavera en el otoño de 950—, “Ramiro determinó ir a Oviedo”, tal como nos relata Sampiro (ciudad que le evocaría los mejores momentos de su infancia) “y aquí —continúa— enfermó gravemente”. Los últimos días del Monarca manifiestan la dimensión humana y profundamente religiosa del Rey que, ante la persistente enfermedad, decide convocar en su Corte a los principales magnates, obispos y abades que más habían colaborado con él, a lo largo de su reinado entre los que cabe destacar a: los condes Vermudo Núñez y Guisuado Braóliz (dado que ya habían fallecido Osorio Muñoz y Asur Fernández, sus más directos y leales colaboradores); los obispos Oveco, de León, y Salomón, de Astorga, y los abades de importantes monasterios leoneses —San Marcelo, San Claudio y Palat de Rey (que él había erigido o reconstruido), Sahagún, San Isidro de Dueñas, San Pedro de Montes, Compludo o Santiago de Peñalba (que el propio Rey acompañado de sus hijos había inaugurado en 937)—, además de otros cenobios gallegos, asturianos y castellanos y haciendo ante ellos confesión pública de sus pecados abdica solemnemente el 5 de enero de 951.

En el mismo acto, pero en la iglesia de Palat de Rey, contigua al palacio, que él había mandado construir en recuerdo de la ovetense del Salvador se despoja de los signos de la realeza y derrama con sus manos la ceniza ritual sobre su cabeza, pronunciando las palabras de Job: “Desnudo salí, Señor, del vientre de mi madre y quiero volver a ti también desnudo. Tú eres mi ayuda y nada puedo temer de parte de los hombres”. A partir de ese momento vive retirado en su palacio hasta que fallece a mediados de junio del mismo año, siendo enterrado junto al atrio de la iglesia de El Salvador (de Palat de Rey).

Durante el reinado de Ramiro II hay frecuentes menciones documentales de “imperator” y de “imperium”, como signos debidos a su personalidad política. Entre estos términos, los referidos a “imperium” —tales como “imperante principe ranemiro” u otros semejantes— contienen, pensamos, simplemente un sentido genérico, equivalente a mando, gobierno o potestad, atributos que unas veces aparecen ligados a su condición de príncipe, otras derivadas de su condición de rey, y que fueron bastante utilizados en estos y en tiempos inmediatamente anteriores para transmitir la idea de un mero ejercicio de la potestad y del mando regios. En cambio, es preciso resaltar que el término de imperator aplicado a este monarca se utiliza sólo en cuatro ocasiones y aparece siempre en boca de notarios y otorgantes sin que la atribución imperial se muestre ni una vez en la “intitulatio” o en la “suscriptio regias”, tal como ha puesto de manifiesto A. García Gallo. Esta situación se produce con Ramiro y se mantiene con la mayoría de los reyes leoneses. Los títulos de “imperator”, “rex magnus”, “princeps magnus” “domnisimus imperator” o “rex imperator”, atribuidos a los reyes de León, contienen una clara sobrevaloración y una resuelta aspiración hegemónica que no llegó a cuajar en ningún esquema jurídico o institucional y que quizás se utilizaron para contraponerlos a la definida y perfilada idea de califa, título que utiliza en este momento en la España musulmana Abderramán III. El llamado imperio leonés es, en palabras del principal estudioso de este reinado, J. Rodríguez, “un propósito hegemónico sostenido en León sobre los demás Reinos cristianos, una idea de primacía sobre el ámbito hispano, sostenida sobre el supuesto hereditario de un ordenamiento y una proyección hispanogodos” pero que no llegó a erigirse ahora en poder superior ni se hizo acatar moral y políticamente sobre el resto de los Reinos cristianos.

De un primer matrimonio con Adosinda Gutiérrez, tuvo Ramiro a Vermudo (muerto en 944) y al que iba a ser Ordoño III. Después desposó con la princesa navarra Urraca, hija de Sancho Garcés I y de la reina Toda, de la que nació el infante Sancho, futuro Sancho I el Craso.

ÁLVAREZ ÁLVAREZ, César, «Ramiro II», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, https://dbe.rah.es/biografias / 10885/ramiro-ii-de-leon)