Reino de León

ORDOÑO III. ?, c. 926 – Zamora, 956. Rey de León.

Ordoño III nació de la unión del leonés Ramiro II y la dama gallega Adosinda Gutiérrez, hija de los condes Gutierre Osóriz e Ildonza Menéndez. Sus primeros años de vida transcurrieron en las tierras portuguesas cercanas a Coímbra y Viseo sobre las que ejerció su gobierno su progenitor, después del reparto realizado por éste y sus hermanos a la muerte de Ordoño II. Su vinculación con las estirpes gallegas y portuguesas, además de su propia presencia en los espacios fronterizos desde la infancia, le permitieron servirse de estos conocimientos y alianzas personales a lo largo de su reinado.

La primera alusión diplomática a este príncipe se localiza en un documento datado en la primavera del 932. A partir de esta aparición se pueden registrar otras en las que acostumbraba a confirmar los documentos siempre detrás de un hermano mayor, Vermudo Ramírez. Este príncipe, primogénito de Ramiro II, desapareció del panorama político hacia el 941-942, y el joven Ordoño se convirtió en heredero de su padre, a quien sucedió en el 951.

El cronista Sampiro informa de que el nuevo soberano leonés es “varón prudente y muy capacitado para organizar ejércitos”. De ambas cualidades dio cumplida prueba a lo largo de su reinado, pues pronto surgieron ciertos problemas de la mano de su propio hermanastro: el infante Sancho Ramírez, nacido de la segunda unión de Ramiro II.

Dedicó buena parte del 951 y 952 a recorrer las tierras de Galicia y la frontera portuguesa y leonesa, tal y como atestiguan numerosos documentos de este período. A finales del mismo, y a lo largo del 953, se produjeron algunos ataques cordobeses, acaudillados por Galib, gobernador de la Marca Media, e Ibn Ya’la, wali de Badajoz, que culminaron rematados por el éxito para las armas andalusíes.

Estos sucesos y la ambición de su hermanastro favorecieron la rebelión del infante Sancho, que contó con el apoyo del conde Fernando González de Castilla, a cuya hija quería repudiar Ordoño III, además de la alianza de otros notables, sin olvidar a la familia materna del insurrecto cuyos lazos últimos llegaban hasta el propio califa de al-Andalus.

El ejército de los insurgentes se dirigió contra León desde Sahagún. Pero el Rey, que ya conocía esta noticia, ordenó a los condes de Cea, Vermudo Núñez y de Monzón, y Fernando Ansúrez, que frenaran su avance en el río Cea, como de hecho aconteció, por lo que el intento terminó en fracaso. Desbaratada esta amenaza, pronto surgió una nueva complicación nobiliaria, en esta oportunidad nacida en Galicia.

Algunos autores han pretendido establecer una cierta relación entre ambos acontecimientos. Sin embargo, la crisis en Galicia estaba más relacionada con las ambiciones de poder de las principales estirpes de aquella tierra que con los sucesos narrados. De hecho, el principal responsable de la misma, Jimeno Díaz, a quien el Soberano llamó filius canis, se había caracterizado por sus constantes enfrentamientos con la familia de san Rosendo, a la que pertenecía por parentesco la madre del Monarca.

Acompañado de Fernando Ansúrez y de otros nobles y obispos, Ordoño III consiguió sofocar este peligroso conato entre abril y mayo del 955, a continuación acudió a Celanova para visitar a San Rosendo y confiar en él la administración del espacio antes vinculado a Jimeno Díaz y los demás revoltosos.

Estos sucesos provocaron una cierta basculación de poder hacia las familias condales leales, cuyos patrimonios y territoria se localizaban entre los ríos Esla y Carrión, y a cuya cabeza se encontraban los magnates Vermudo Núñez de Cea y Fernando Ansúrez, que comenzó a aparecer en los diplomas de estos momentos calificado de dux. Se trataba de una dignidad que lo definía por sus valores militares y que testimonia este rango y el favor del propio Monarca. No puede pasar desapercibido el hecho de que estos espacios administrativos se consolidasen, en cierta manera, como una especie de limes interior, capaz de refrenar las ambiciones del conde de Castilla —como en los sucesos que se acaban de describir— y que esta misma característica confiera a las estirpes que los gobiernan una capacidad de maniobra mayor que a otras casas de la aristocracia leonesa.

Ese mismo año, 955, el rey de León rompió la frontera y llegó hasta Lisboa, una operación militar que le produjo un rico botín y numerosos prisioneros, pero que ocurrió en el mismo momento en que, desde Medinaceli, un ejército andalusí irrumpió en Castilla. Fernando González solicitó la ayuda de su señor, Ordoño, quien se la proporcionó, y juntos derrotaron en San Esteban de Gormaz a los invasores, si bien el verdadero triunfo de las armas cristianas ha de ponerse más en relación con las negociaciones emprendidas por el Monarca con el embajador Ibn Husayn y Uasday ben Shapruţ meses más tarde y que fueron jubilosamente recibidas en al-Andalus.

La paz entre León y Córdoba en absoluto parecía definitiva a los ojos de Ordoño III pues, según el cronista Sampiro, el príncipe se disponía a congregar a su hueste en Zamora, señalada plaza de la frontera, para iniciar una nueva incursión en el 956. De hecho se encontraba a la cabeza de su Ejército cuando fue aquejado de una desconocida dolencia. Sus hombres estimaron conveniente permitirle un descanso en Zamora antes de emprender la marcha por territorio enemigo y, allí, encontró la muerte a comienzos del otoño del 956, entre mediados de septiembre y mediados de octubre, si se parte de los datos que aportan los documentos coetáneos.

En el momento de su desaparición contaba con unos treinta años de edad. De su unión con Urraca Fernández de Castilla, hija del conde Fernando González y de la infanta navarra Sancha, dejaba al menos un hijo: Vermudo Ordóñez, a quien privó de la sucesión su tío el infante Sancho Ramírez, que fue coronado como monarca de León contando con el apoyo del Reino de Pamplona. Una circunstancia ésta que provocó el descontento entre la elite social, laica y eclesiástica, del noroeste.

Aunque se distinguió, a lo largo de su etapa de gobierno, por la protección dispensada a los monasterios gallegos y portugueses, como Lorvão o Celanova, y su favor a otros cenobios vinculados al espacio propiamente leonés, lo cierto es que, según el cronista Sampiro, el cuerpo de Ordoño III fue trasladado desde Zamora a la capital de sus territorios. En León recibió sepultura en el Monasterio familiar de San Salvador de Palat de Rey, fundado por su padre Ramiro II, que allí descansaba.

TORRES SEVILLA-QUIÑONES, Margarita, «Ordoño III», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, https://dbe.rah.es / biografias/7301/ordono-iii)