El reino de León

Historia del Reino de León

Reyes de León

García I, 910-914
Ordoño II, 914-924
Fruela II, 924-925
Alfonso Froilaz, 925-926
Alfonso IV el Monje, 925-932
Ramiro II, 932-951
Ordoño III el Bueno, 951-956
Sancho I el Craso, 955-965
Ordoño IV el Malo, 958-960
Ramiro III, 965-984
Vermudo II el Gotoso, 981-999
Alfonso V el Noble, 999-1028
Vermudo III, 1028-1037
Fernando I el Magno, 1029-1065
Alfonso VI el Bravo, 1072-1109
Urraca I, 1109-1126
Alfonso VII, 1126-1157
Fernando II, 1157-1188
Alfonso IX, 1188-1230

Historia del Reino de León

El reino de León tuvo existencia independiente en tres periodos distintos de la Edad Media. Fue el primero en el siglo X (910-1037), como heredero del reino de Asturias, y dura hasta el advenimiento de Fernando I, que era ya rey de Castilla al subir al trono de León, o sea aproximadamente siglo y cuarto. A la muerte de este rey se inaugura un nuevo periodo (1065 1072) de independencia leonesa, con Alfonso VI, hasta la batalla de Golpejera. El último, de casi tres cuartos de siglo (1157-1230), comprende los reinados de Fernando II y Alfonso IX, hasta la unión definitiva con Castilla, en 1230.

Nace el reino de León en 910, al repartirse los hijos de Alfonso III los dominios de su padre. La repoblación de su territorio la había empezado Ordoño I, en las ciudades de León y Astorga, mediando el siglo IX, y fue proseguida tenazmente por su hijo Alfonso III, en los Campos Góticos, primero, y después en el mismo Duero. Él fue también el iniciador de la política de atracción mozárabe que caracterizará la historia leonesa del siglo X.

El reino leonés, en su sentido más estricto, tuvo brevísima existencia, ya que muerto García I en 914, su hermano Ordoño II une a los territorios propiamente leoneses los de Galicia, y, a su muerte, vienen a incorporarse también los asturianos, al subir al trono el tercer hermano, Fruela II. Pero ya el centro de gravedad del reino se ha desplazado definitivamente al sur de las montañas, trasladándose la capitalidad definitivamente al antiguo campamento de la legio VII Gemina.

Formaban el nuevo reino diferentes territorios con características regionales acusadas: Asturias, Galicia, León propiamente dicho, y dos marcas fronterizas; al occidente, Portugal, y al oriente, Castilla. En este periodo del siglo X, cuya historia nos es aún mal conocida en sus detalles, se forjan los antagonismos que darán ocasión más tarde a la posición hegemónica de Castilla y la separación de Portugal como reino independiente.

En lo político, se corrobora en León la conciencia de continuidad, con relación al reino visigodo de Toledo, y como consecuencia la tímida afirmación de un imperio leonés, en posición superior a la de los demás reinos peninsulares, que acatan generalmente esta hegemonía puramente teórica. Sin embargo, la exaltación imperial solo en breves periodos coincide con un efectivo poderío, como sucede en los reinados de Ordoño II (914-924) y Ramiro II (931-950).

Después, el auge cordobés contribuye a provocar un periodo de luchas intestinas, durante el cual uno y otro bando acude a Córdoba en busca de arbitraje y apoyo, y al que siguen las devastadoras campañas de Almanzor, a cuyas huestes musulmanas acompañan contingentes cristianos.

Cuando, desaparecidos este y sus hijos, se produce en Andalucía la anarquía que termina con el Califato, y León parece recobrarse bajo el Gobierno prudente de Alfonso V, cuya obra restauradora de la legalidad culmina en los decretos de 1017 —Fuero de León—, la preponderancia navarra de Sancho el Mayor prepara la ruina del reino leonés, dando el triunfo a su rival castellano con la muerte de Vermudo III (1037), en lucha con Fernando I, ya entonces rey de Castilla.

Sin embargo, la influencia de la reina Sancha, hermana del último rey leonés, hizo que su reinado no acentuase su castellanismo, y, a su muerte, el reparto entre sus hijos pone a León en manos de su hijo Alfonso [VI], aunque por breve tiempo, ya que Sancho II le despoja de él en la batalla de Golpejera, no volviendo a recobrarlo hasta que la traición de Zamora, con la muerte de su hermano, se lo devuelve junto con los Estados de este.

Tras la conquista de Toledo, Alfonso VI se titulará Imperator Toletanus, y aunque su nieto Alfonso VII celebrará todavía en León solemnemente su coronación imperial, cuando este reino adquiere de nuevo, a su muerte, una personalidad independiente, el título imperial no vuelve a usarse por sus monarcas ni tampoco les es aplicado por otros.

En este último periodo el reino de León se encuentra encerrado entre la potencia cada vez mayor del reino de Castilla y el empuje del nuevo reino de Portugal, sin que cuente dentro de sus fronteras con recursos que le permitan soñar en una expansión hegemónica. Su nobleza díscola y prepotente cuenta ahora con el respaldo castellano; sin embargo, tanto Fernando II como Alfonso IX saben desarrollar una sabia política de repoblación en la Extremadura leonesa, origen de la actual. En algún momento, la repoblación de Ciudad Rodrigo provoca los recelos y disgustos del poderoso concejo de Salamanca, contra cuyas milicias tuvo que luchar el propio Fernando II.

La minoría de Alfonso VIII coloca al monarca leonés en situación favorable, que este aprovecha sin escrúpulos en beneficio propio, llegando a titularse Hispaniarum Rex. Portugal se inquieta también ante la actitud leonesa, aunque el matrimonio de Fernando II con Urraca Alfonso sienta la base para un arreglo seguro.

La reconquista avanza, bajo Fernando II, con la toma de Alcántara y el auge de las Órdenes militares; pero cuando los portugueses ponen sitio a Badajoz, el rey leonés no duda en prestar apoyo a los musulmanes sitiados. La cuestión de la frontera castellanoleonesa es fuente inagotable de disputas, que unas veces se resuelven por acuerdos pacíficos y otras por las armas, sin que nunca se llegue a una situación estable.

Las dos características de la política constructiva de Fernando II, la repoblación y el apoyo a los concejos frente al fraternal disolvente de la nobleza díscola, son acentuadas por su hijo Alfonso IX; pero, durante su reinado, prosiguen también las discordias con Castilla y con Portugal, causa de que León esté ausente en la jornada gloriosa de las Navas de Tolosa, como antes provocara también muy posiblemente el desastre de Alarcos. Castilla y León no llegan a ponerse de acuerdo para una acción conjunta reconquistadora, aunque Alfonso IX le dedicara, por su parte, una atención preferente a lo largo de su reinado, y con la toma de Cáceres, Mérida y Badajoz prepara las brillantes campañas andaluzas de Fernando III.

VÁZQUEZ DE PARGA, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 688-689.