Independencia de Portugal

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Preliminares
La Guerra 1640-1658

Preliminares

La política de contemporización seguida en Portugal en tiempos de Felipe II y por Lerma en el reinado de Felipe III fue sustituida al subir Olivares al poder, por sus ideas centralistas. Pensaba el Conde-duque, y con razón, que una unificación completa de los diversos reinos que formaban la Península tendría que ser beneficiosa a España; pero equivocó el método a seguir, queriendo emplear la fuerza. Pronto los nobles portugueses fueron llamados a Castilla donde se les repartieron cargos importantes, mientras Olivares anunciaba su propósito de unificar las Cortes, idea que se acogió en Portugal con la natural hostilidad. El malestar llegó a su punto máximo cuando, agotados los recursos para sostener la guerra de los Treinta Años, se extendió a Portugal el impuesto del 5 por 100 sobre todos los bienes, ya existente en Castilla.

En torno a los duques de Braganza empezó a cristalizar un fuerte partido nacionalista. El duque era nieto de doña Catalina, pretendiente al trono portugués cuando este quedó vacante al morir el cardenal don Enrique, y su esposa la duquesa doña Leonor de Guzmán, era hermana del gobernador de Andalucía, duque de Medina-Sidonia, además de pariente de Olivares. Los nacionalistas conspiraban. Braganza se mantuvo al principio, alejado de la conspiración; pero su esposa y su mayordomo Pinto Ribeiro, eminencia gris de la independencia portuguesa, trabajaron con afán para levantar al pueblo, tarea no demasiado difícil, dada la poca simpatía que, después de Felipe II, habían despertado los españoles en Portugal.

Desempeñaba por aquella época el virreinato doña Margarita de Saboya, prima de Felipe IV por ser hija de la infanta Catalina hermana de Felipe III y el duque Carlos Manuel de Saboya. El gobierno de Portugal estaba en realidad en manos de Miguel de Vasconcellos, hombre fiel a los designios de Olivares, a quien avisó para prevenirle del peligro de una sublevación. El Conde duque quiso atraerse a Braganza ofreciéndole el virreinato de Milán.

Ante la actitud negativa del portugués, le conminó a que se presentara en la corte para acompañar a Felipe IV en su viaje a Cataluña, que acababa de sublevarse. Este llamamiento se hizo extensivo a toda la nobleza portuguesa, y fue entonces cuando se decidió en firme la sublevación: el 1 de diciembre de 1640 los conjurados atacaron el palacio de la virreina y asesinaron a Vasconcellos (motín de Lisboa). Doña Margarita creyó en un principio que la acción se limitaba a su ministro, al que ella nunca consideró mucho; pero pronto le hicieron comprender que no se trataba de una cuestión de política interna o venganza personal: fue recluida en un convento y de allí trasladada a la frontera, con gran consideración, pues gozaba de generales simpatías.

La Guerra

Inmediatamente y sin lucha ninguna, ya que la mayor parte de las tropas habían sido rápidamente trasladadas a Cataluña, fue proclamado Braganza rey de Portugal, bajo el nombre de Juan IV. La noticia tardó en llegar a Madrid más de una semana y el valido pretendió engañar al rey presentando la sublevación como una chiquillada de Braganza. Pero Felipe IV, ya disgustado por el cariz que tomaba el problema catalán, despidió a Olivares con duras palabras, exigiéndole una rápida solución del asunto. Pronto se inició el ataque de nuestras tropas, que pusieron infructuoso sitio a Olivenza, mientras los portugueses devastaban el sur de Galicia.

Las antiguas colonias portuguesas, excepto Ceuta, prefirieron seguir la suerte de la metrópoli, mientras Inglaterra, Holanda, Francia, Dinamarca y Suecia, que estaban en guerra con España, se apresuraban a reconocer y a apoyar al nuevo Gobierno. Algunas posibilidades hubo de acabar con esta sublevación, pero se vieron frustradas por las traiciones de diversos miembros de la familia española de la nueva reina de Portugal; el arzobispo de Braga, fiel a España, tramó una contrarrevolución, que fue descubierta por el marqués de Ayamonte, pariente de doña Leonor, quien envió los papeles a Portugal; mientras MedinaSidonia, gobernador de Andalucía, no solo demoró intencionadamente la orden de acudir con tropas a Portugal, sino que, incluso, pretendió, siguiendo el ejemplo de sus hermanos, proclamarse rey de Andalucía. Desde aquel momento la independencia de Portugal estaba prácticamente conseguida.

Tantas desgracias acumuladas tenían que provocar la caída de Olivares (1643), sin que por ello mejorara la situación general. En junio de 1644 quedó indecisa la batalla de Montilla y, después de un nuevo asedio infructuoso a Olivenza (1645), la situación quedó estabilizada los años siguientes, pues España se veía en la más completa impotencia ante las guerras que asolaban no solo nuestras posiciones europeas, sino el propio territorio nacional.

Muerto Juan IV, heredó el trono su hijo Alfonso VI (1656), bajo la tutela de su madre. Si en 1657 conseguían las tropas españolas apoderarse de Olivenza, en 1658 los portugueses ocupaban Badajoz y derrotaban a España en Elvas. La Paz de los Pirineos (1659) no impidió a Luis XIV seguir ayudando a Portugal, y allí fue enviado el mariscal Schomberg. Una hermana del nuevo rey, doña Catalina, casó con Carlos II de Inglaterra, y desde entonces la ayuda inglesa se hizo bien patente con el envío de un cuerpo expedicionario.

Un último esfuerzo hizo España en 1663, y se atacó por Extremadura, Castilla y Galicia, siendo los generales españoles don Juan José de Austria, el duque de Osuna y el marqués de Viana: aunque se conquistó Evora, nuestras tropas fueron sucesivamente derrotadas en las batallas de Ameyxial (1663), Castel-Rodrigo (1663) y Montesclaros (1665). La muerte de Felipe IV complicó aún más la situación.

Los gobernantes españoles no supieron aprovechar las discordias internas de la corte portuguesa. Peleado el rey Alfonso con su madre, la obligó a retirarse a un convento, mientras se producía una violenta reacción contra el soberano, al que el pueblo odiaba por sus continuos desmanes y los de su valido Castel-Melhor. Al fin, Alfonso se vio obligado a retirarse a las islas Terceras (1667), mientras su esposa María Isabel de Saboya, hija del duque de Nemours, conseguía la anulación de su matrimonio y casaba en segundas nupcias con su cuñado Pedro II, que sucedió en el trono a su hermano.

Pero aquel mismo año España, de nuevo en guerra con Francia, decidió acabar de una vez para siempre el asunto portugués, buscando la mediación de Carlos II de Inglaterra. El 13 de febrero de 1668 se firmaba la paz, que se ratificó en Madrid diez días más tarde. Se reconocía la independencia completa de Portugal y en poder de España solo quedaba la plaza de Ceuta. La noticia, a pesar del duro golpe que para nuestro imperio suponía, fue acogida en Castilla con el mayor júbilo.

ALONSO-CASTRILLO, Álvaro, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo N-Z, págs. 304-305.