Los Austrias en Portugal

Los sesenta años de dominación española en Portugal fueron de anarquía y servidumbre para esta nación. Los inevitables excesos del ejército de ocupación, los intentos de don Antonio por recuperar la corona, la aparición de un falso don Sebastián cuyo parecido con el desventurado caudillo de Alcázarquivir fomentó esperanzas, jamás desvanecidas en el pueblo, de ser regido por monarcas propios.

Los mismos compromisos políticos de la vasta monarquía española, que la obligaban a levantar en sus dominios continuos ejércitos, fueron, entre otras, causas poderosísimas para que la política contemporizadora de Felipe II con sus nuevos Estados se desviase a severidades que, sin duda, no estuvieron en su inicial propósito.

Fue, sin embargo, aclamado rey en las Cortes de Tomar, desbarató los intentos de don Antonio, apoyados unas veces por Francia y otras por Inglaterra; nombró para las Indias gobernadores justos y experimentados, como Mascareñas, Coutiño, Alburquerque y Gama (Francisco).

Hizo publicar las Ordenaciones filipinas, que alaban incluso los historiadores de este periodo más hostiles a la monarquía española, pero murió sin obtener éxitos que le conquistaran la confianza de los portugueses; antes por el contrario, con fracasos tan completos como el de la Invencible, organizada en Lisboa con lo mejor de la flota portuguesa, y atrayendo sobre este país principalmente la animosidad de ingleses y holandeses, que hicieron ricas presas en el comercio y en las colonias lusitanas.

No son para historiar aquí los reinados de Felipe III y de Felipe IV, ampliamente tratados en su lugar correspondiente. Baste decir que los errores de los validos a quienes confiaron los asuntos públicos ambos monarcas fueron de desastrosas consecuencias para el dominio español en Portugal, y desde luego para Portugal mismo.

Durante este tiempo la reacción del espíritu público contra el yugo de los Austrias fue imponente. Las tristes noticias llegadas de Ultramar exacerbaban a diario la repulsión que inspiraban aquellos dominadores ineptos.

En la India, ingleses y persas arrebataron Ormuz; en el Brasil, los holandeses se adueñaron por más o menos tiempo de Pernambuco, Bahia, Tamacara y otras ciudades importantes; también ocuparon puntos en la costa de Río de Oro, en África.

Por otra parte, la duquesa de Mantua, gobernadora del reino, era impopularísima por tener entregados los negocios a personajes como Miguel de Vasconcellos y Diego Soares, odiados por la nobleza y el pueblo a consecuencia de su sumisión incondicional a Olivares.

La petición de un nuevo impuesto de 50.000 cruzados oro, rechazado por las Cortes y percibido, no obstante, por la fuerza, sirvió para que los portugueses apelaran a la rebeldía

Alma de ella fue doña Luisa de Guzmán, hija del duque de Medina-Sidonia, casada con don Juan, duque de Braganza. Ella despertó en el ánimo de su marido, remiso en comprometerse, la ambición de escalar el trono. Los principales directores del levantamiento fueron el arzobispo de Lisboa, Miguel de Almeida, Antonio de Almada, Jorge de Melo, etc., todos con ascendiente positivo en el país. Sabido es la facilidad del éxito y la total imprevisión del Gobierno de Madrid ante sucesos presagiados de mil formas.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 págs. 709-710.