El Consejo de Ciento

Autora: Justa de la Villa

CONSEJO DE CIENTO. Nombre que se dio al Consejo general del municipio de la ciudad de Barcelona, integrado por cien prohombres o jurados, como asesores de los seis conselleres o magistrados principales. La creación del Consejo de Ciento fue obra del rey Jaime I, por privilegio de 1265, en el que se modificaba la estructura del municipio barcelonés establecida en virtud de anteriores privilegios, reduciendo de seis a cuatro el número de los concelleres, y de 200 a 100 el de prohombres o jurados, simplificación este a su vez de la asamblea general. En siglos posteriores varió aun el número de los miembros de este consejo, ampliado a 120 en el siglo XIV y luego a 144, a finales del XV, manteniéndose no obstante con la designación tradicional.

Los prohombres del Consejo de Ciento eran elegidos por los concelleres en unión del veguer y batlle al terminar su mandato anual, cesando igualmente con aquellos. A partir de Alfonso V, se estableció que los que entrasen en el Consejo, pertenecieran por partes iguales a las cuatro manos o estamentos: ciudadanos, mercaderes, artistas y menestrales. Esta medida no atajó las luchas ciudadanas promovidas de tiempo en el seno de la vida municipal, obligando, años más tarde, a la famosa reforma de Fernando el Católico en el sistema electoral, estableciendo la insaculación así para los concelleres como para los miembros del Consejo de Ciento, sistema que había de perdurar en adelante.

La función de este consejo era fundamentalmente asesora. Se reunía para los asuntos de mayor importancia, debiendo ser convocado por orden del veguer a instancia de los concelleres. Con el tiempo el Consejo de Ciento se dividió en varias secciones de treinta y seis miembros cada una ( trentanari ), que actuaban por rotación durante un trimestre, a modo de concell ordinari, preparando los asuntos sometidos a su estudio, cuya resolución definitiva pasaba al Consejo superior o general.

El Consejo de Ciento, representación la más autorizada de la población ciudadana de Barcelona, adquirió en el curso de los siglos una relevancia histórica, pareja a la de la Diputación General, a través de las constantes intervenciones en la vida pública del país, actuación ante los soberanos, etc. Como las demás instituciones catalanas, el Consejo de Ciento terminó su existencia en 1714 a tenor del Decreto de Nueva Planta de Felipe V, sustituido por una Junta compuesta de cinco administradores.

VILLA, Justa de la, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 35-38.
Virgen dels Consellers. Virgen dels Consellers por Dalmau

El pincel de Luis Dalmau retrató en el famoso retablo de la Virgen de los Conselleres a los cinco prohombres barceloneses que fueron elegidos el (30-IX-1442) para ostentar la suprema magistratura municipal. Revestidos con las ropas correspondientes a la dignidad del cargo, los miembros de la consellería de Juan Lull encarnan uno de los últimos momentos de esplendor del régimen municipal de Barcelona.

La institución, privilegiada por Jaime I en 1249, llevaba cerca de dos siglos de vida espléndida, en cuyo transcurso se había demostrado como una de las palancas más eficientes de la política mediterránea de la Corona de Aragón. Rica y poderosa por su comercio y por su flota, Barcelona reflejaba en la arrogancia de sus consellers el máximo papel que le incumbía en los destinos del país.

Pero en el siglo XV el régimen municipal de Barcelona empieza a experimentar los síntomas amenazadores de su próxima decadencia. Respondiendo a las características generales de la evolución de los municipios medievales en el Occidente de Europa, tres son las causas que van a comprometer de modo irremediable su futuro: de un lado, la política cada vez más absorbente de la monarquía autoritaria; de otro, su fracaso como órgano adecuado para dirigir el nuevo estilo económico que se anuncia en el capitalismo inicial; por último, la corrupción interna que se revela en su funcionamiento.

Las familias más poderosas se perpetúan en los cargos municipales, constituyendo un gobierno oligárquico, preocupado exclusivamente del fomento de los intereses particulares, en detrimento del buen gobierno de la ciudad. Contra el régimen oligárquico de los prohombres de la aristocracia burguesa, se alzan las masas de los gremios, quienes pretenden también intervenir en el gobierno del municipio.

Este proceso, registrado en Italia y en los Países Bajos, se expresa en Barcelona en la lucha entre los partidos de la biga y la busca, es decir, de los grandes y de los chicos, de los aristócratas y de los demócratas. La consellería de Juan Lull fue una de esas últimas consellerías bigas, antes de la reforma democrática del Consejo de Ciento decretada por Alfonso V el Magnánimo en 1455.

Refiriéndonos concretamente a las atribuciones que tenían los conselleres en esta época, indicaremos que estos eran, como prescribía su cargo, los defensores de las libertades de Barcelona, conservadores de su paz, unidad y tranquilidad, y abastecedores de sus ciudadanos. En consecuencia, recaía en sus personas la defensa de Barcelona, el suministro de trigo, carne y leña. las obras públicas, el desarrollo industrial y mercantil, la economía administrativa interna, las operaciones de crédito, la moral pública, la beneficencia y la higiene.

Pero, además, habían absorbido muchas de las atribuciones correspondientes al Consejo de Ciento y a las comisiones y juntas que de él derivaban, y por su derecho de convocatoria y proposición eran los verdaderos dirigentes de la política municipal. En definitiva, podemos decir con un conseller de época algo posterior, Juan Bernardo de Marimón, que toda la carga de la ciudad de Barcelona estaba, por un año, sobre sus espaldas.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, T. I, págs. 199-200.