Suniario. ?, c. 890-892 – Monasterio de la Grassa, Languedoc (Francia), 15.X.950. Conde de Barcelona, Gerona y Ausona (911-947).

Hijo pequeño del conde Vifredo el Velloso y de la condesa Guinedilda. Debía de tener pocos años cuando falleció su padre, en el año 897, por ello no se le asignó, de momento, el gobierno de ninguno de los condados paternos, que se repartieron sus hermanos, Vifredo Borrell, Mirón y Sunifredo. Le correspondieron, en cambio, una serie de propiedades en el condado de Besalú. Su hermano mayor, el conde Vifredo Borrell, que no tuvo hijos varones, le prohijó, asoció al gobierno y convirtió en heredero al frente de sus condados, los de Barcelona, Gerona y Ausona, que, en efecto, heredó a su muerte, en 911.

De su acción de gobierno en el interior de los condados apenas se tienen otras noticias que las procedentes de fuentes eclesiásticas. Colaboró con su esposa Riquilda en la fundación y dotación del monasterio de San Pedro de las Puellas (Barcelona), y también con ella acogió al abad Cesareo, seguramente un refugiado de al-Andalus, y le ayudó a fundar el monasterio de Santa Cecilia de Montserrat (944). Entre otros bienes, dio al cenobio de Ripoll (933) unas iglesias de la montaña Montserrat (las de Santa María, San Acisclo, San Pedro y San Martín) que serían la base sobre la cual posteriormente el abad y obispo Oliba levantaría el monasterio de Santa María de Montserrat (c.

1025). Ejerció la potestad judicial en conflictos entre los monasterios de Rodas y Bañolas, entre los habitantes del valle de Artés y la sede de Vic, y entre numerosas comunidades campesinas del Ripollés y el monasterio de San Juan de las Abadesas (913). Coadyuvó a la tarea colonizadora y de organización administrativa de la Cataluña central, en tierras del condado de Ausona, iniciada en tiempos de su padre, con la dotación y consagración de iglesias parroquiales y monacales como las de Santa María de Ripoll (935), Santa María de Manresa (c. 937) y Santa María de Moiá (939).

En política exterior, sus relaciones con al-Andalus fueron difíciles, tanto en lo que concierne a los jefes musulmanes vecinos como al poderoso califa de Córdoba.

Al comienzo de su etapa de gobierno, entre 911 y 914, hubo de afrontar sucesivos ataques de Muhammad al-Tawil, valí de Lérida, que en el curso de sus incursiones llegó hasta el castillo de Terrasa, a pocos kilómetros de Barcelona, pero falleció en los combates.

Después, constituido el califato, Abderramán III envió su flota contra el litoral de los condados de Ampurias, Gerona y Barcelona (935), acción a la que al parecer Suniario quiso dar respuesta con una expedición por tierras de la Sharqia (936-937) en el curso de la cual sus tropas dieron muerte al cadí de Valencia, y quizá impusieron un tributo a Tortosa. Pero Abderramán III no tardó en imponer su dictado: en 940 envió a Barcelona a su emisario, el judío Hasday ben Isaq, que, apoyado por la presencia de la flota califal en aguas barcelonesas, impuso a Suniario el cese de hostilidades y el establecimiento de negociaciones.

Aunque el acuerdo de paz, que empezó a negociarse en Barcelona y se ultimó en Córdoba, daba a Suniario y sus aliados (el conde de Provenza y el vizconde de Carcasona) garantías comerciales, comportaba cierta sumisión política del conde de Barcelona, que hubo de deshacer alianzas políticas anticordobesas y comprometerse a trabajar por la paz en el futuro.

En cuanto al reino franco occidental del cual teóricamente aún dependían los condados catalanes, estos años marcaron un avance decisivo de la emancipación condal. La sucesión de Suniario al frente de los condados, en 911, a la muerte de su hermano Vifredo Borrell, se hizo, al parecer, de forma natural y automática, como si se tratara de una sucesión privada, es decir, sin intervención alguna del rey franco, a la sazón Carlos III el Simple. Además, este monarca, al cual Vifredo Borrell, todavía había prestado homenaje en 899, acabó sus ideas depuesto y encarcelado por el duque Radulfo de Borgoña (923), que usurpó la corona.

En los condados, esta ruptura de la legitimidad dinástica hubo de tener efectos políticos, como parece indicarlo el hecho de que en la corte de Suniario no se reconociera al usurpador, y no se fecharan los documentos por sus años de reinado. Muerto Radulfo y restaurada la legitimidad dinástica en la persona de Luis IV de Ultramar (936-954), hijo de Carlos el Simple, en la Corte de Suniario y en los demás centros de poder de los condados catalanes se le reconoció inmediatamente como rey, se fecharon los documentos por sus años de reinado y muchos jerarcas civiles y religiosos acudieron a su Corte en demanda de preceptos, es decir, privilegios. Pero es significativo que Suniario no lo hiciera y, por tanto, no le prestara fidelidad y homenaje, sino que gobernara al margen de su autoridad.

Suniario estuvo casado con la condesa Riquilda, quizá originaria de la Roergue, que le dio cuatro hijos varones, Armengol, que murió en la Cerdaña (Baltarga, c. 943) luchando contra guerreros magiares; Borrell y Miró, que le sucedieron, y varias hijas, entre las cuales está Adelaida, que fue abadesa de San Juan de las Abadesas. Abandonó el poder en 947 y se retiró al monasterio de la Grassa, en el Languedoc, donde probablemente murió.

SALRACH MARÉS, José María, «Suñer I», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, https://dbe.rah.es/biografias / 15695/suniario)