Juan II de Castilla

Datos biográficos

Rey de Castilla: 1407-1454
Nacimiento: 1405
Fallecimiento: 1454
Predecesor: Enrique III
Sucesor: Enrique IV
Padre: Enrique III
Madre: Catalina de Lancaster
Consorte: María de Aragón
Consorte: Isabel de portugal

Biografía

Hijo de Enrique III y de Catalina de Lancaster, su largo reinado constituye para Castilla una etapa importante. En tres aspectos puede ser considerado: primero, como una tremenda batalla de desgaste contra la nobleza, batalla en la que don Álvaro de Luna ocupa el lugar más importante; segundo, como el desarrollo brillante de una cultura prerrenacentista que hace de la Corte de Juan II un lugar de reunión de admirables literatos; tercero, como un intento de jugar en Europa un papel político de importancia a través de las dos grandes reuniones conciliares de Constanza y de Basilea.

Tumba de Juan II de Castilla, en la Cartuja de Miraflores.Sepulcro de Juan II e Isabel de Portugal, realizado por Gil de Siloe en la Cartuja de Miraflores de Burgos.

Por excepción, la minoridad de Juan II fue tranquila; encomendada en el Testamento de Enrique III a doña Catalina de Lancaster y al infante don Fernando, fue reconocida esta regencia en las Cortes de Segovia (1407). Las suspicacias de la reina obligaron a establecer un acuerdo, dividiendo el reino en dos zonas, la septentrional, encomendada a doña Catalina, y la meridional, encomendada a don Fernando.

El objetivo del infante había sido dar un gran impulso a la guerra contra el sultán granadino. Auxiliado por los reyes de Fez y Tremecén, Muhammad VII había iniciado el ataque, talando los campos de Baeza y cobrando el castillo de Bedmar. Durante el otoño de 1407, el infante don Fernando realizó una activa campaña, conquistando Zahara, Ayamonte, Ortexica y el castillo de Andita. Un fracaso musulmán en Alcaudete y la muerte de Muhammad VII movieron a su sucesor, Yúsuf III, a firmar una tregua.

Las Cortes de Guadalajara de 1408 habían concedido ya subsidios para la guerra; durante todo un año, los recursos fueron aumentados. Así, en el verano del 1410, pudo ser emprendido el cerco de Antequera, una de las operaciones más duras de aquel tiempo. La ciudad cayó en septiembre. Sin embargo, la guerra, iniciada bajo tan favorables auspicios, no continuó. Los subsidios concedidos por las Cortes de Valladolid (1411) fueron utilizados para subvencionar los gastos de la elección del infante don Fernando, elevado al trono de Aragón por el compromiso de Caspe.

Con la marcha del infante, doña Catalina, a quien aconsejaba su favorita, Isabel Torres, inició su gobierno. El arzobispo de Toledo, don Sancho de Rojas, comenzó a ganar en importancia: él imponía una política aragonesa, casando a Alfonso V con María, hermana de Juan II y más tarde el propio rey de Castilla con su prima María de Aragón.

Por esta fecha (octubre de 1418) había muerto doña Catalina de Lancaster, planteando con ello un grave problema a la regencia. Se dispuso que la ejerciesen los mismos que habían formado parte del Consejo de Enrique III, pero, dado el prestigio que dentro de él tenía don Sancho de Rojas, no tardaron en producirse duras críticas y descontentos. Adelantándose a sus enemigos, el arzobispo propuso, en las Cortes de Madrid (marzo de 1419), el comienzo de la mayoría de edad y del monarca.

Al lado del rey aparece ahora don Álvaro de Luna; enfrente, los infantes de Aragón, don Juan, don Enrique y don Pedro, que aspiran a dominar al rey. Aprovechando la ausencia de su hermano mayor, don Enrique da un golpe de mano en Tordesillas (24 de julio de 1420) y se apodera de la persona del rey. Mientras su hermano Juan arma levas en Tordesillas, él reúne en Ávila un simulacro de Cortes y cree tener asegurada la legalidad, casándose con una hermana del rey, doña Catalina, y obteniendo en dote el marquesado de Villena. Pero la boda, en Talavera, fue la ocasión esperada por don Álvaro de Luna: con pretexto de caza, el monarca y su favorito huyeron hasta refugiarse en el castillo de Montalbán, en donde fueron cercados por el infante.

Montalbán es la primera etapa. Desde entonces don Álvaro de Luna es la figura central del gobierno de Castilla. Dio pruebas de inteligencia al manejar la intriga entre los dos infantes, don Juan y don Enrique, respaldados por fuertes núcleos de tropas, mientras que el monarca carecía de soldados. Atraído a las Cortes de Madrid don Enrique, acusado de connivencia con los musulmanes, fue preso (1422). Don Álvaro de Luna fue nombrado, en premio de sus servicios, condestable.

La prisión de don Enrique crea un conflicto con Aragón, pues Alfonso V, reuniendo en su torno a los exiliados, Catalina, Ruy López Dávalos y Pero Manrique, intenta crear un partido en Castilla y obtener, por intimidación, la libertad de su hermano. Tuvo éxito. En 1425 don Enrique fue liberado y obtuvo, no solo la devolución de sus bienes, sino incluso la formación de una liga contra el favorito que contaba con el auxilio armado de Aragón.

Como al mismo tiempo el infante don Juan II ascendía al trono de Navarra, la fuerza de los disidentes era muy superior a la del monarca. Así no fue difícil imponer a este una mediación. La llamada concordia de Valladolid (1427) consiguió el destierro de don Álvaro. Claro es que la incapacidad de los vencedores para establecer un acuerdo que les permitiese gobernar provocó la inmediata vuelta del condestable a la Corte. No había otro camino sino la violencia y así, Aragón y Navarra, unidas, iniciaron la guerra con Castilla.

Lejos de ser esta una guerra de monarquías, fue más bien una contienda familiar, en la que se disputaba el gobierno interior de Castilla más que la extensión de sus fronteras, Muy confusamente, durante dos años, el 1429 y 1430, se sucedieron operaciones aisladas a las que eran bien ajenas las ciudades castellanas y aragonesas. El término de esta lucha fue una tregua por la que se respetaban los dominios de los dos infantes rebeldes (julio de 1430). Una comisión de jueces haría de mediadora en todos los pleitos. La ocasión era propicia.

Reivindicando en su favor la memoria del infante de Antequera, don Álvaro de Luna afectó ser continuador de su obra: en 1431 realizó una campaña contra Granada, y el 1 de julio de este año obtuvo una victoria en la batalla de la La Higueruela, hermoso paso de armas, poco eficaz militarmente hablando, pero expresión exacta de la romántica caballeresca.

No solo esto: en los años siguientes, y aprovechando la guerra civil entre Abenalamar y Mohamed el Izquierdo, los caballeros cristianos reconquistan plazas fronterizas. En la mente de don Álvaro era aquel un buen modo de distraer las energías de la nobleza. Y al mismo tiempo dos de los infantes de Aragón, don Pedro y don Enrique, eran eliminados; el primero, al ser preso, y el segundo, al perder su fuerte plaza de Alburquerque (1432). Las Cortes de Madrid de 1433 estuvieron en este sentido llenas de significación: eran el apogeo de don Álvaro.

Durante cinco años, don Álvaro gobernó sin obstáculos. Firmó una paz perpetua con Navarra, mediante el matrimonio del príncipe heredero don Enrique con la infanta doña Blanca, y consiguió el destierro de Pedro y Enrique, los dos infantes de Aragón. La Corte, entre Valladolid, Segovia y Medina es ahora brillante y magnífica en el alarde de la vida exterior M. Menéndez y Pelayo, Poetas de la corte de Juan II, Madrid, Espasa, 1943, pág. 18. Se suceden los torneos y las justas. Por todas partes brillan los poetas y los caballeros. Es tal la conciencia de su vitalidad que Castilla tiene ahora, que, por estos mismos años, don Alonso de Cartagena, en el Concilio de Basilea, entona una verdadera laus Hispaniae, abogando por los derechos castellanos a las Canarias, en la que identifica a Castilla con la totalidad española.

Para que el prestigio fuera duradero faltaba algo: la autoridad real. Pero Juan II no estaba en modo alguno a la altura de su labor. Aquel hombre blanco y rubio, como su madre y todos los Trastámara, había sido educado en la timidez y en la debilidad. Los enemigos fueron demasiado fuertes. Un incidente, la prisión del adelantado Pero Manrique, al parecer sin importancia, bastó para desencadenar la tormenta. Los rebeldes se apoderaron de Valladolid (1439) y a ellos se unieron nuevamente los infantes de Aragón.

En lugar de combatir, Juan II pactó. Un vergonzoso seguro de Tordesillas resultó un fracaso. Al cabo, el rey firmó el acuerdo de Castronuño, y don Álvaro de Luna salió desterrado hacia Sepúlveda. Fue el comienzo y no el final de una guerra. Ahora el rey carece de importancia. Los rebeldes, a quienes se une el príncipe heredero, se levantan en las ciudades, atacan las tierras de don Álvaro y hasta cercan a su rey en Medina del Campo. En su auxilio voló el condestable. Una traición obligó a los realistas a abandonar la ciudad. Refugiado en Escalona, don Álvaro de Luna vio pesar sobre él un destierro de seis años, mientras que Juan II se convertía casi en un prisionero de los rebeldes.

Escalona fue el foco de la conspiración. El alma de ella era don Lope Barrientos, obispo de Cuenca. El atrajo a su partido al infante don Enrique, heredero de Castilla, al conde de Alba, al marqués de Santillana, y, sobre todo, al de Villena, don Juan Pacheco, el favorito del heredero. En Burgos, el príncipe de Asturias alzó bandera de rebelión exigiendo la libertad del rey. El rey de Navarra se retiró a sus Estados para reclutar tropas, mientras que su hermano don Enrique reunía en Castilla a todos sus antiguos partidarios.

Cuando don Álvaro de Luna salió de Escalona y se reunió a su rey, la antigua liga nobiliaria, en contra suya, reapareció como por ensalmo. El centro de los rebeldes era Olmedo. Contra esta ciudad acudieron los realistas, y ante ella se dio una batalla (19 de mayo de 1445), particularmente sangrienta. Muerto don Enrique y vuelto a sus Estados don Juan, los infantes de Aragón fueron definitivamente eliminados. Ello no quiere decir que las discordias cesaran entonces. Todo lo contrario. Los distintos bandos resurgirían en Murcia, en la frontera de Aragón y hasta en Extremadura; aprovechando las discordias, el sultán de Granada violaba la tregua.

El obispo de Ávila, don Alfonso de Fonseca, consiguió unir a don Álvaro y al marqués de Villena. Esta unión estaba dirigida contra muchos altos personajes, entre ellos el conde de Benavente y el almirante Enríquez, quienes consiguieron librarse de la prisión y refugiarse en Aragón, quien, durante todo este tiempo, desarrollaba una guerra de fronteras.

En 1447, Juan II, viudo ya de su primera mujer, María de Aragón, contrajo matrimonio con Isabel de Portugal, una ardiente belleza lusitana a quien el condestable esperaba convertir en aliada. Fue aquel un amor senil del que nació Isabel la Católica. La nueva reina no toleraba la influencia del valido sobre su esposo. Fue, junto con el príncipe de Asturias, el alma de todas las conspiraciones. En 1450, Toledo, abrumada de impuestos, se sublevó. Era un bonito motivo para la propaganda de la soberana.

Cuando don Álvaro, perdida la prudencia, intentó apresar al conde de Plasencia, don Pedro de Estúñiga, estalló en contra suya una sublevación. En Valladolid estuvo a punto de ser sorprendido; esta vez el rey no estaba a su lado, sino en Burgos. A Burgos acudió, pues, el condestable. Allí Isabel de Portugal consiguió del monarca una orden de prisión, y el condestable fue arrestado. El 2 de junio de 1453, don Álvaro de Luna fue ajusticiado en Valladolid. Un año después, y en la misma ciudad, murió el monarca.

SUÁREZ FERNÁNDEZ, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 564-567.