Juan II de Castilla

Rey de Castilla: 1407-1454

Nacimiento: 1405

Fallecimiento: 1454

Antecesor: Enrique III

Sucesor: Enrique IV

Biografía

Tumba de Juan II de Castilla, en la Cartuja de Miraflores. Sepulcro de Juan II e Isabel de Portugal, realizado por Gil de Siloe en la Cartuja de Miraflores de Burgos.

En el siglo XV la dinastía de los Trastámaras dio soberanos de importancia considerable a la Corona de Aragón, aunque no todos se caracterizaran por la bondad de su gobierno. En cambio, la rama principal, establecida en el trono de Castilla, proporcionó ejemplares decrecientes de humanidad. El primero de ellos, Juan II, hijo de Enrique III el Doliente, nacido de doña Catalina de Lancáster en Toro, el 6 de marzo de 1405, fue un príncipe que se inclinó por la vida fácil, cómoda y sin preocupaciones. Amante del lujo, la ostentación y los placeres, aficionado al cultivo de las letras, reunió a su alrededor un grupo selecto de poetas, historiadores y literatos, los cuales crearon un oasis de humanismo en medio de la anarquía política y civil en esta corte que es el pórtico del Renacimiento en España, frívola y culta, intrigante y refinada, transcurrió la vida de Juan II, que según nos refieren las crónicas de aquel tiempo era muy dado a leer libros de filosofía y poesía, bastante docto en la lengua latina, muy honrador de las ciencias, y gran músico, pues tañía, cantaba, trovaba y danzaba a las mil maravillas.

Este monarca de cuerpo agraciado, de presencia majestuosa, de trato afable, franco y atractivo, fue como gobernante un hombre de una debilidad imperdonable. Realmente, fue una figura decorativa que se limitó a presidir la cruenta lucha librada para el ejercicio del poder entre el condestable Álvaro de Luna y la nobleza, acaudillada por los infantes de Aragón. Juguete de su privado, instrumento, más tarde, de su segunda esposa, nunca supo dónde se hallaba el bien de Estado, de modo que, inconscientemente, inutilizó los laudables esfuerzos realizados por don Alvaro para poner coto a los desmanes de los nobles y reafirmar la autoridad real.

La educación de Juan II, rey al año y medio de edad, pues su padre don Enrique III murió el 15 de diciembre de 1406, corrió a cargo de Juan Velasco y Diego López de Estúñiga. La regencia recayó en su madre doña Catalina de Lancaster y en su tío don Fernando. Elegido este rey de Aragón en 1412, le sustituyó en su oficio un consejo compuesto del conde de Montealegre, Enrique Manuel, el adelantado mayor de Andalucía, Perafán de Ribera, y los obispos de Cartagena y Sigüenza. Pero en 1410, fallecido el de Antequera, doña Catalina quedó como regente única y el poder recayó en el arzobispo de Toledo, Sancho de Rojas. No terminó aquí el problema de la regencia, pues la reina madre murió a su vez el 19 de junio de 1418, y desde esta fecha a la mayor edad del rey (7 de marzo de 1419) gobernó el mismo consejo de regencia que había cuidado de los asuntos del reino durante la minoridad de Enrique el Doliente.

En el espíritu del joven monarca ejerció muy pronto gran infuencia don Álvaro de Luna, que entonces tenía unos treinta y un años. Como paje suyo se había captado su afecto inquebrantable, hombre de acción, don Álvaro conquistó, con la privanza del monarca, el poder del reino. En circunstancias difíciles supo maniobrar para devolver a Juan II la libertad que le había arrebatado el infante don Enrique, el cual se apoderó del rey en Tordesillas el 14 de julio de 1420 y se lo llevó consigo por Segovia, Ávila y Talavera. En esta ciudad don Álvaro preparó la fuga del monarca, que tuvo efecto el 29 de noviembre. Acogidos ambos al castillo de Montalbán, lograron hacer frente a los infantes de Aragón y obtener, en definitiva, la sumisión de don Enrique, quien fue encarcelado.

La intervención destacada de don Álvaro de Luna en esta aguda crisis, le hizo depositario de la absoluta confianza de Juan II. Desde este instante, la figura del monarca queda relegada a segundo término en los asuntos públicos. Tal era el aprecio que profesaba al condestable, que cuando este fue desterrado de la corte por sentencia dada por un tribunal reunido en Valladolid (1427), don Juan no descansó hasta volver a tenerle a su lado. Fue don Álvaro quien dirigió plenamente los asuntos castellanos desde 1428, quien hizo frente a la guerra provocada por los infantes de Aragón en 1429, quien llevó las armas castellanas contra los granadinos en 1431 y quien obtuvo un período de paz para el reino entre 1432 y 1438. Cuando en este año se reanudó la guerra civil, Juan II, por un acto de debilidad, consintió en desterrar de nuevo a su favorito (convenio de Castronuño de 1439).

Sin don Álvaro no había gobierno posible en Castilla. Juan II no quería cederlo a los infantes de Aragón, y estos, para forzarle, fueron apoderándose de las ciudades más importantes del reino, Toledo cerró las puertas a su soberano, y a fines de junio de 1441, a pesar de los esfuerzos del condestable, Juan II cayó en poder de sus terribles primos que le habían sitiado en Medina del Campo. Desde 1441 a 1443 el monarca estuvo sometido a la tiranía de su hijo y del rey de Navarra, hasta que, por fin, el condestable logró concentrar las huestes necesarias para hacer frente a la liga nobiliaria, a la que derrotó en los campos de Olmedo (19 de mayo de 1445).

El triunfo de la monarquía en Olmedo hubiera podido ser definitivo si Juan II se hubiera percatado de la trascendencia de la lucha empeñada entre su autoridad y la de los nobles. Pero la influencia de su segunda esposa doña Isabel de Portugal, fue fatal para la causa de la monarquía y de don Álvaro. La confabulación de los nobles se hizo aún más poderosa. Juan II accedió en abril de 1453 a la detención del condestable y en mayo a su ajusticiamiento. No había de sobrevivir mucho tiempo a su favorito, pues moría, poco después de un año de la ejecución de don Álvaro, en Valladolid, el 21 de julio de 1454.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, T. I, pág. 197.