Juan I de Castilla

Datos biográficos

Rey de Castilla: 1379-1390
Nacimiento: 1358
Fallecimiento: 1390
Predecesor: Enrique II
Sucesor: Enrique III
Padre: Enrique II
Madre: Juana Manuel
Consorte: Leonor de Aragón
Consorte: Beatriz de Portugal

Biografía

Hijo de Enrique II y de doña Juana Manuel, había nacido en el destierro, cuando su padre aún no soñaba con ocupar el trono de Castilla. De su madre recibió el señorío de Lara y Vizcaya, en cuyo gobierno comenzó su educación política. En 1375 casó en Soria con doña Leonor de Aragón, hija de Pedro IV. Poco a poco fue introducido por su padre en las cuestiones de gobierno, preparándose así para sucederle a su muerte en 1379. El reinado de Juan I tiene una profunda significación.

Sepulcro de Juan I. Capilla de los Reyes Nuevos de la Catedral de Toledo.Sepulcro de Juan I. Capilla de los Reyes Nuevos de la Catedral de Toledo.

La dinastía de Trastámara, que apenas hace diez años se ha instalado en el trono como consecuencia de una guerra civil, se afirma en él definitivamente. Claro es que su origen le plantea problemas de difícil solución tanto en el interior como en el exterior. Por una parte, Juan I ha de atender a la reorganización de la monarquía, limitando los privilegios concedidos por su padre. Por otra, se encuentra dentro del magno conflicto franco-inglés llamando guerra de los Cien Años, y se ve obligado a desarrollar una gran política exterior que excede con mucho las fuerzas de Castilla.

La primera etapa es de triunfos. Entonces Juan I se ocupa muy poco de las cuestiones internas y por eso las Cortes de 1379 y 1380, en Burgos y Soria, respectivamente, son un tanto incoloras. Ha nacido un heredero, Enrique, y el porvenir parece seguro. Los problemas exteriores se reducen a dos: el Cisma de Occidente y la guerra de los Cien Años. Para resolver su actitud frente al primero, Juan I reúne la Asamblea de Medina del Campo, examinando en ella los derechos de cada uno de los pretendientes a la tiara. Puede asegurarse que el monarca castellano fue sincero en su declaración de Salamanca, del 19-V-1381. M. Seidlmayer, Die Anfänge des grossen abendländischen Schismas, Münster, 1940.

La Guerra de los Cien Años se encuentra ahora en una fase en la que triunfan los barcos castellanos unidos a los franceses. Las escuadras aliadas llegan a quemar Gravesend, en las inmediaciones de Londres. La muerte de Carlos V de Francia (1380) detiene esa ofensiva franco-española. En 1384 se hace una tregua general en Brujas. Entre tanto, un personaje inglés pasa a primera fila: Juan de Gante, duque de Lancaster, hijo de Eduardo III y padre de Enrique IV de Inglaterra. Se ha casado con Constanza, hija de Pedro I y de doña María de Padilla, y en virtud de este matrimonio aspira a la corona. Falto de fuerzas para emprender el ataque directo, empuja una y otra vez a Portugal a la guerra.

Para Fernando I de Portugal era una buena ocasión de ruptura la muerte de Enrique II. Como, al mismo tiempo, un hijo bastardo de este rey, Alfonso Enríquez, conde de Noreña y de Gijón, daba muestras de inquietud, no vaciló en comenzar la guerra. Juan I procedió con rapidez fulminante. Acudió a Asturias obligando a su hermano a someterse, y después entró en Portugal por Almeida. Mientras Fernán Sánchez de Tovar derrotaba a la flota portuguesa, el monarca castellano marchaba de triunfo en triunfo. Fernando I se vio obligado a solicitar la paz, que se firmó en Yelves, en 1383. Una de las cláusulas de la paz establecía el matrimonio del infante don Enrique, heredero de Castilla, con Beatriz, heredera de Portugal.

Pero entonces murió Leonor de Aragón y Juan I sustituyó a su hijo y celebró sus bodas con Beatriz, en una fastuosa ceremonia celebrada en Badajoz. Era aquel el punto más alto de su reinado. Juan I aprovechó los breves meses de paz para eliminar definitivamente al bastardo Alfonso que, con sus rebeldías, constituía un peligro grave para la seguridad de la monarquía.

La segunda parte del reinado de Juan I es una crisis. En noviembre de 1383 murió Fernando I de Portugal. Contra la regente Leonor Téllez de Meneses, e indirectamente contra su yerno, estalló una gran insurrección, a cuyo frente se encontraba un bastardo, Juan, maestre de Avis. Así comenzó una guerra que, en la expresión del cronista Fernán Lopes, tenía ciertas características de guerra civil. Mientras Juan I cerca inútilmente Lisboa (1384) el famoso condestable portugués, Num Alvares Pereira, obtenía una brillante victoria sobre los castellanos en los Atoleiros.

El invierno de 1384 a 1385 transcurrió en combates de suerte alterna. Juan I no estaba dispuesto a renunciar a sus deseos de reinar sobre Portugal, y en 1385 emprendió una gran expedición sobre Lisboa. En contra de los consejos de sus capitanes, se dio la batalla en Aljubarrota, batalla que se tradujo en una terrible derrota para los castellanos. Los efectos de Aljubarrota fueron desastrosos. El rey reunió Cortes en Valladolid (1385) y allí dispuso la difícil situación en que se encontraba.

Miniatura de la Batalla de Aljubarrota en las Anciennes et nouvelles chroniques d'Angleterre por Jean de Wavrin, c. 1470. Biblioteca británica.Miniatura de la Batalla de Aljubarrota en las Anciennes et nouvelles chroniques d'Angleterre por Jean de Wavrin, c. 1470. Biblioteca británica..

En efecto: Aljubarrota parecía ser la señal que el duque de Lancaster aguardaba para atacar. Una inmensa expedición fue montada. En 1386 los ingleses desembarcaron en la Coruña y ocuparon parte de Galicia. Mientras espera los refuerzos franceses, Juan I practica la táctica de tierra quemada y negocia. Frente a los ingleses despertó el sentimiento de adhesión a la dinastía entre los castellanos. Y así, cuando el duque emprendió, con sus fuerzas muy mermadas, el ataque a Castilla, en 1387, encontró una desesperada resistencia, aun ante pueblos tan pequeños como Valderas, y hubo de retirarse a Portugal. Entonces se iniciaron negociaciones de paz en Trancoso, que condujeron a la firma del acuerdo de Bayona. Por él, Enrique, heredero de Castilla, contrajo matrimonio con Catalina de Lancaster. De este modo cesaron las pretensiones del duque a la corona.

Comenzó entonces la tercera etapa en el reinado de Juan I. La más difícil. Se trataba de restablecer el equilibrio de aquella monarquía agotada por tantas guerras. Y Juan I procedió a esta labor con gran nobleza, llamando a colaborar en ella a los procuradores de las ciudades a través de las Cortes. Es este periodo en que tales asambleas alcanzan una mayor importancia. Las de Segovia y las de Briviesca, reunidas en 1386 y 1387, con escaso intervalo de unos cuantos meses, constituyen una unidad. Allí lo más urgente era atender a sobrevivir. Por eso el rey, al mismo tiempo que expone su plan de guerra contra los lancasterianos, o señala sus derechos al trono mediante una curiosísima ascendencia que, por su madre, le lleva a los infantes de la Cerda, se preocupa tan solo de mejorar la situación económica y de dar normas para la reorganización del ejército.

Las Cortes de Palencia de 1388 coincidieron con el matrimonio del infante don Enrique con doña Catalina de Lancaster. Las de Guadalajara de 1390 promulgaron tres interesantes ordenamientos, el de alarde, el de prelados y el de sacas. Durante todo este periodo el rey no deja de intervenir en la política internacional. Parece que la paz es el objetivo que ahora persigue el monarca.

Mientras duraban las negociaciones con el duque de Lancaster en 1387, Carlos VI de Francia había elaborado un fantástico proyecto de ataque a Inglaterra, uniendo a él a Castilla por el tratado de Arnedo. Tal plan no se llevó nunca a efecto. Al contrario. Nuevas negociaciones condujeron a treguas entre Inglaterra y Francia, firmadas en Lenlingham, en 1389, a las cuales se adhirió gozosamente Juan I. Cuando estas treguas se completaron con otras similares con Portugal, Castilla se encontró, por primera vez desde hacía muchos años, en paz.

Desde las campañas portuguesas la salud de Juan I era delicada. Le había invadido una melancolía y en cierta ocasión, durante las Cortes de Guadalajara de 1390 había llegado a pensar en abdicar. Por este tiempo fundó el monasterio de cartujos del Paular. En busca de tierras más cálidas, en otoño de 1390 pasó a la meseta Sur. En Alcalá de Henares recibió la visita de unos caballeros cristianos venidos de África, llamados Farfanes, que le regalaron caballos. Un domingo, después de misa, cuando iba a visitarlos, sufrió una caída del caballo, de cuyas resultas murió.

SUÁREZ, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 563-564.