Alfonso VII de León

Datos biográficos

Rey de León: 1126-1157
Sobrenombre el Emperador
Nacimiento: 1105
Fallecimiento: 31-VIII-1158
Predecesor: Urraca I
Sucesor en León: Fernando II
Sucesor en Castilla: Sancho III

Biografía

La tradición histórica leonesa, superviviente de la visigoda, culmina en el reinado de Alfonso VII de Castilla con la proclamación imperial de 1135. Por este acto no solo se reafirmó el título que venían usando los reyes de León, sino que, además, se le dio su pleno valor en tanto que expresión de la hegemonía castellano-leonesa en España y de la diferenciación político nacional respecto a las tendencias ecuménicas del Imperio alemán.

Alfonso VII según una miniatura del Tumbo A de la Catedral de Santiago de Compostela.Alfonso VII según una miniatura del Tumbo A de la Catedral de Santiago de Compostela.

En consecuencia, el Imperio medieval español se encarna y se afirma en la persona de este soberano, cuya actuación bélica y política respondió en todo momento a la teoría general que derivaba de este título. Los primeros años en la vida de Alfonso VII, hijo de Raimundo de Borgoña y de Urraca, heredera de Alfonso VI, transcurrieron en el agitadísimo ambiente de las rivalidades de su madre con su padrastro, Alfonso I el Batallador, y de las tendencias disgregadoras de Galicia frente a León y Castilla.

Alfonso Raimúndez todavía niño, pues había nacido en 1104, se criaba en Galicia, confiado a los cuidados del conde de la Traba, Pedro Froilaz, y de su esposa, Mayor Guntioda Rodríguez. Entonces fue utilizado como instrumento de los Froilaz, partidarios de un movimiento de rebeldía contra Alfonso I el Batallador de Aragón, segundo esposo de doña Urraca. En 1109, a la muerte del conquistador de Toledo, parece ser que el niño fue proclamado monarca.

A la liga alfonsina se unió Diego Gelmírez, obispo de Santiago de Compostela, aunque no sin ciertas vacilaciones. Alfonso I el Batallador invadió Galicia y devastó los estados del conde de Traba, pero no pudo apoderarse de la persona de su hijastro (1110). Muy poco después los nobles de la hermandad contraria a la de los Froilaz arrebataron al infante de la custodia de este, después de un breve asedio al castillo de Miño, donde se hallaba refugiado.

Sin embargo, no conservaron durante mucho tiempo esta real presa en su poder. Gracias a la intervención de Diego Gelmírez, los nobles gallegos se reconciliaron con doña Urraca, pero a base de la coronación de su hijo. Esta ceremonia tuvo efecto en Santiago de Compostela el 17-IX-1111. Durante más de catorce años Alfonso fue la prenda del obispo de Santiago y de los nobles gallegos en su lucha contra la hegemonía castellana.

Porque una vez que Alfonso I hubo renunciado a sus pretensiones sobre Castilla y León (1113), continuó la lucha civil entre los partidarios y los adversarios de doña Urraca. Esta pretendió atraerse a Diego Gelmírez, pero sin lograrlo. Después de un periodo de continuas escaramuzas, el compromiso de Tambre, en mayo de 1117, garantizó el reconocimiento de la soberanía de madre e hijo en dos distintas partes del territorio castellano-leones.

En virtud de dicho acuerdo, en noviembre de 1118 Alfonso entraba en Toledo, la arrebataba del vasallaje aragonés y se hacía coronar rey de la ciudad. Tenía entonces catorce años, y continuaba realizando los designios de sus partidarios, en particular los del obispo de Santiago, los cuales eran forzosamente localistas.

Así se explica que Alfonso VII ora se aliara con su madre para combatir a su tía, doña Teresa de Portugal, ora luchara con Diego Gelmírez contra doña Urraca (1121-1123). Parece ser que desde 1122 se tituló rey de León, Castilla y Toledo. En todo caso, desde sus veinticinco años empezó a obrar por cuenta propia. Muerta su madre el 8-III-1126, Alfonso VII se coronó solemnemente en León dos días después.

El monarca puso de relieve muy pronto sus grandes cualidades, pues su situación política no era muy favorable. En el interior de su reino predominaba el espíritu levantisco de la nobleza; en el exterior le amenazaban Portugal, Navarra y Aragón. Con constancia, decisión, prudencia o firmeza, según pedían los acontecimientos, Alfonso logró alterarla por completo en diez años, y en beneficio propio. Apenas ceñida la corona, impuso su autoridad a los grandes de Castilla y León. Aunque en el transcurso de sus primeros años de gobierno las actitudes de rebeldía fueron frecuentes, como las de Pedro Lara, Pedro Díaz y Gonzalo Peláez, el rey las supo dominar, mostrándose enérgico en la represión y magnánimo en el castigo.

Respecto al problema aragonés, que abordó desde el primer momento, el compromiso de Támara (1127) le aseguró la devolución de las plazas y castillos que aún poseía Alfonso I en Castilla.

Sin embargo, este monarca le atacó de nuevo en 1129 (conquista de Almazán), siendo esta la última invasión que hizo en la frontera castellana. Cinco años más tarde, a la muerte de su padrastro, Alfonso VII aprovechó la confusa situación producida por el testamento del Batallador para intervenir con decisión en los asuntos de los Estados pirenaicos. En 1134 recobró Nájera, aceptó el vasallaje del nuevo rey de Navarra, García V Ramírez, y se apoderó de Tarazona, Calatayud, Daroca y Zaragoza.

Muchos nobles del Mediodía francés le prestaron homenaje. Sus éxitos no fueron mayores a causa de la resistencia de la nobleza de Aragón, estimulada por Ramón Berenguer IV de Barcelona. Pero incluso este le consideró como su señor feudal por la posesión de las plazas aragonesas que Alfonso VII consideraba suyas. En el colmo de su poder, el monarca castellano-leonés fue proclamado y coronado emperador de España en Santa María de León el 2-VI-1135, con toda pompa, pues a la ceremonia asistieron muchos príncipes extranjeros, como el rey de Navarra y los condes de Barcelona y Tolosa.

La efectividad de este título era realmente precaria; pero Alfonso VII la impuso, aunque con ciertas claudicaciones. En 1137 su reino fue atacado por las tropas portuguesas y navarras; Alfonso firmó paces con aquellas y obligó a García Ramírez de Navarra a reconocer de nuevo su soberanía feudal. Este éxito lo aprovechó para concentrar sus fuerzas en la lucha contra los musulmanes. Iniciadas sus expediciones antes de 1135, cobraron gran interés a partir de 1137. En 1139 el emperador llegó a orillas del Guadalquivir, atacando Oreja, que cayó en su poder en el mismo año.

En 1142 los cristianos se adueñaron de Coria, y al año siguiente derrotaron a los mejores adalides almorávides. En 1144 Alfonso llevó nuevamente sus huestes hasta el corazón de Andalucía, campando por sus anchas por aquella región. Córdoba fue ocupada por el emperador en 1145 y por segunda vez en 1146. En enero de 1147 caía Calatrava y en octubre del mismo año era tomada al asalto la plaza de Almería, en cuya empresa, realmente imperial, cooperaron los aragoneses, los catalanes y algunos languedocianos. Alfonso VII se había convertido en el terror de los moros peninsulares, quienes llamaron en su auxilio a los almohades.

Los diez últimos años de reinado del emperador fueron de constante pelear. En 1149 caía Uclés; al año siguiente asestaba un nuevo golpe contra Córdoba, ciudad que no pudo ahora conquistar. No cesando su actividad, sitió Jaén en 1151, a Guadix en 1152 y a Andújar en 1154. En 1155 se apoderaba de esta plaza, y, además, de Pedroche y Santa Eufemia. Pero no pudo mantener Almería, su máxima conquista, que cayó en manos de los almohades en 1157. Tras sí dejaba una actuación brillantísima, muy difícil de reemplazar en la historia de aquellos tiempos.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 120-121.