Reino de Castilla

García Fernández. ?, 942 ó 943 - Medinaceli (Soria), 29.VII.995. Conde de Castilla y Álava (970-995). Hijo de Fernán González.

La primera vez que aparece García Fernández en la documentación es el 1 de febrero del 944; lo encontramos en un diploma al lado de sus hermanos Gonzalo y Sancho. En cambio el 23 de diciembre del 941 sólo se enumeran como hijos de Fernán González a Gonzalo, Sancho y Munio; deducimos, pues, que Gonzalo Fernández nació el año 942 o 943. Cuarto hijo del conde Fernán González y de su esposa la infanta de Pamplona doña Sancha, hija de Sancho García I y de la famosa reina doña Toda, García Fernández heredará los condados de Castilla y de Álava a la muerte de su padre el año 970, pues sus tres hermanos le premurieron en la infancia o sin dejar descendencia.

Nada podemos decir de su infancia y juventud, que suponemos se desarrollaría en Burgos o en otras plazas burgalesas, pues el condado de Castilla no iba más allá territorialmente de las hoy provincias de Cantabria y Burgos y una parte de Soria. Cuando sustituyó el año 970 a su padre al frente del condado tenía ya veintisiete o veintiocho años y estaba casado con la ribagorzana doña Ava, hija de Ramón II, conde del condado pirenaico de Ribagorza.

La mayor parte de los veinticinco años que gobernará los condados de Castilla y Álava estarán marcados por un casi continuo batallar frente al enemigo musulmán especialmente con Almanzor en el reducido escenario del Duero soriano entre Osma y Clunia. Su biografía se convierte más bien en una crónica militar.

Cuando el año 970 García Fernández asumió el gobierno de los condados reinaba en Córdoba un califa, al-Hakam II, más amante de las letras que de la guerra; había sucedido el 15 de octubre del 961 a su padre Abd al-Rahman III, el fundador del califato. Tras cinco años, 963 a 967, de aceifas o expediciones militares de los ejércitos califales, en las que sólo una única vez participó personalmente al-Hakam II, realizadas más con el ánimo de hacer reconocer y respetar su poder superior por todos los reyes y condes cristianos, que con el de conquista o botín, el año 968 cree haber alcanzado su objetivo e instaura una paz que no se verá turbada hasta el año 974. En León reinaba un menor de edad, el rey Ramiro III, bajo la tutela de su tía, la monja Elvira; fue ella la que subscribió con al-Hakam II unas paces que comprendían también a Castilla y al reino de Pamplona. Si la figura de Ramiro III como rey de León y su derecho a la titularidad de la Corona no era impugnada por nadie, por el contrario su autoridad fáctica y su poder efectivo eran muy escasos, pues los grandes magnates de Galicia, León y Castilla aprovechaban la coyuntura política para obrar por su cuenta buscando cada uno su propia utilidad y sus intereses personales o familiares.

Estos años son los de mayor esplendor del califato de Córdoba que llegó a ejercer una especie de supremacía pacífica sobre los reinos y principados cristianos del norte peninsular; ante esta situación las miradas de todos los condes y magnates se vuelven hacia Córdoba; allí envían sus embajadas todos los veranos, tratando cada uno de ellos de ganarse la gracia, la benevolencia y los favores del califa. La agitación bélica ha sido reemplazada por la actividad diplomática; son los años de las solemnes y festivas recepciones en Madinah az-Zahra.

Ibn Hayyan nos informa cada año de la llegada a Córdoba de las diversas embajadas de los reyes y condes cristianos; a veces en un sólo año se presentan en Córdoba seis embajadas cristianas: del rey de Pamplona, de la regente Elvira, del conde de Castilla y Álava García Fernández, del conde Salamanca, Fernando Laínez, del conde de Monzón, Campos y Peñafiel Fernando Ansúrez y de un conde Gonzalo, quizás de Braga, quizás de Coimbra; todos llegaban ante el califa para consolidar la tregua y ratificar las buenas relaciones establecidas con Al-Hakam II.

No tenemos noticias del año 970 ni del 972. El año 973 no hubo embajada de García Fernández, pero sí el año 971 y el año 974. Precisamente la embajada castellana de este último año 974 había sido recibida en solemne audiencia y despachada por el califa el 1 de agosto; permanecieron todavía un mes largo en Córdoba y el viernes 11 de septiembre, con los obsequios recibidos del califa, iniciaron el regreso hacia su tierra.

Pero he aquí que al día siguiente 12 de septiembre llegaba a Córdoba la noticia de que García Fernández había violado de improviso la tregua, invadiendo el territorio musulmán, saqueando la comarca de Deza y ocasionando la muerte de uno de los gobernadores musulmanes de la tierra. El califa hizo volver a los embajadores de García Fernández y los arrojó en prisión. La profunda incursión contra Deza era mucho más que un incidente fronterizo o un hecho armado aislado; significaba el final de las treguas que venían prolongándose ya seis años y el principio de un nuevo período bélico.

El conde García Fernández lanzó este decisivo ataque movido por las noticias que tenía de la amplitud del compromiso militar adquirido por el califa en el norte de África donde había embebido la totalidad de su ejército y sus mejores generales con Galib al frente. El conde castellano pensó que no se podía desaprovechar este vacío de poder militar del califato; la aceifa contra Deza fue tan sólo un tanteo de las defensas musulmanas de la Frontera Media, porque el gran golpe lo reservaba para el año siguiente.

Además la iniciativa del conde García Fernández iba más allá de una decisión personal, ya que logró para la nueva política el apoyo de los reyes de Pamplona y León así como la de los condes gallegos y leoneses; esto quedó de manifiesto a mediados de abril cuando se presentaba ante Gormaz e iniciaba el asedio de la plaza con un enorme ejército reclutado desde Pamplona hasta los confines del Atlántico. Pero el asedio de Gormaz no sorprendió al califa al-Hakam, que había ordenado meses antes nuevas reclutas de hombres, requisas de caballos y preparación de pertrechos bélicos, así como el regreso de Marruecos del general Galib.

En auxilio de Gormaz acudieron todas estas nuevas tropas mandadas por Galib y tras ellos nuevas reclutas y levas de soldados; por parte cristiana se encontraban ante los muros de Gormaz con García Fernández, el rey de Pamplona, el conde Monzón, el conde de Saldaña-Carrión e incluso se incorporo al ejército sitiador, acompañado de su tía y tutora la monja Elvira el joven leonés Ramiro III, que a partir de ese momento asumió la dirección de la hueste.

El asedio de Gormaz se prolongó durante casi tres meses hasta que el 28 de junio tuvo lugar el asalto definitivo de la plaza, que fue rechazado por la guarnición; además esta en una arrojada salida logró arrollar al ejército sitiador, que forzado a renunciar a la continuación del asedio inició una retirada más o menos precipitada, siendo hostigado por los musulmanes hasta San Esteban de Gormaz.

A pesar de la ruptura de la tregua no se registra ninguna actividad militar el año 976; por parte de García Fernández porque se estaba reponiendo del quebranto sufrido el año anterior; por parte del rey León por la situación de minoría de edad; y por parte del califa por haber caído al-Hakam gravemente enfermo abandonando el gobierno en manos de su chambelán al-Mushafi.

El 1 de octubre de este año 976 fallecía el califa al-Hakam y una nueva era política se abría en al-Ándalus con la llegada al poder de Abu Amir Muhammad ibn Abi Amir al Maafiri, más conocido como Almanzor, primero compartiendo el poder con el hayib al-Mushafi, luego, eliminado este dos años más tarde, como hayib y todopoderoso primer ministro de un califa niño, y a partir del año 981 como dictador y dueño absoluto de al-Andalus.

En los cinco años, 976-981, que duró la ascensión de Almanzor al poder absoluto, pudo gozar García Fernández de total paz en sus fronteras, ya que ninguna de las aceifas con las que inauguraba su vida pública Almanzor se dirigió contra Castilla o Álava. Pudo, pues, el conde castellano aprovechar este intervalo de paz para la fundación el 24 de noviembre del año 978 de un rico infantado en Covarrubias (Burgos) a cuyo frente colocó a una de sus hijas, de nombre Urraca.

Pero este breve intervalo de paz se acabará muy pronto, pues el año 979 y 980 las tierras castellanas se convertirán en el objetivo de las expediciones de Almanzor; la primera de ellas, que hacía el número siete de las dirigidas por el nuevo hayib de Córdoba, tuvo por objetivo la comarca de Sepúlveda. No parece que la villa fuera conquistada, pero toda la comarca fue terriblemente saqueada y asolada.

La aceifa del año siguiente, 980, también se dirigió contra Castilla; al paso de Almanzor por Atienza se produjo la ruptura total entre el hayib y el más famoso de los generales musulmanes, Galib; esta expedición penetró en territorio de Castilla hasta alcanzar el lugar de La Laguna, unos diez kilómetros al norte de San Esteban de Gormaz, con las usuales devastaciones durante todo su recorrido.

La rivalidad surgida entre Galib y Almanzor se iba a decidir por las armas al año siguiente, 981, en la batalla de Torrevicente. En este combate iban a participar como aliados de Galib el conde castellano y las fuerzas enviadas por el rey de Pamplona a las órdenes de su hijo el infante Ramiro. Cuando el triunfo sonreía a Galib y a sus aliados, la fortuna, o menor el infortunio, quiso que este general muriera de muerte súbita, provocando su desaparición la desorientación de sus tropas y las de sus aliados, que se dispersaron abandonando el campo de batalla. Fue el triunfo definitivo de Almanzor y ya nadie desde aquel día osó oponerse en al-Andalus al dictador amirí; tras la batalla el hayib asumió el título de al-Mansur, El Victorioso, castellanizado en Almanzor, con el que será conocido por la historia.

A partir de este momento pudo Almanzor entregarse a combatir sin descanso a los cristianos sin que ningún obstáculo interior pudiera frenar o estorbar esta actividad militar; el año 982 parece que las fuerzas castellanas de García Fernández acudieron al reino de Pamplona para defender a este de una nueva acometida de Almanzor.

El 983 fue el año de la segunda batalla de Simancas, donde los cristianos no tuvieron el mismo resultado favorable del año 939; en esta ocasión Almanzor conquistó por la fuerza la plaza de Simancas el mismo día que acampó frente a ella, destruyó la ciudad, cautivando a todos sus habitantes y regresó a Córdoba, dicen las fuentes musulmanas, llevando consigo diecisiete mil cautivas. En la defensa de Simancas participó el conde García Fernández, pues por Ibn Jaldun sabemos que Sancho II de Pamplona, el conde de Castilla y el rey de León habían unido sus fuerzas para hacer frente a Almanzor.

A su regreso de Simancas Almanzor derivó por la ribera derecha del Duero, aguas arriba, raziando toda la comarca y entrando en tierras castellanas llegó hasta Roa donde según el Cronicón de Cardeña tuvo lugar la de Roa, sea la toma y saqueó de la villa o bien un duro encuentro entre el ejército de Almanzor y las fuerzas del conde García Fernández.

El año anterior, el 15 de octubre del 982, había sido coronado en Santiago de Compostela como rey de León, con el apoyo de los condes gallegos y portugueses, Vermudo II, sobrino del conde García Fernández, hijo de su hermana Urraca y de Ordoño III. Vermudo no obtuvo el reconocimiento de León, que siguió obedeciendo a Ramiro III, ni tampoco el de su tío García Fernández, que siguió fiel al mismo Ramiro. El nuevo rey Vermudo II optó por una política de pacto y sumisión respecto de Almanzor, que así pudo dirigir sus golpes con mayor intensidad contra León y Castilla.

Como consecuencia de la nueva situación el año 984 Almanzor vino una vez más contra Castilla; Sepúlveda recibió una segunda visita del hayib cordobés, que con ayuda de los almajeneques o máquinas de guerra, asaltó y conquistó la ciudad que fue arrasada y destruida, quedando desierta y abandonada durante casi un siglo.

El 26 de junio del 985 moría en Dextriana, cerca de Astorga, el rey Ramiro III; su rival Vermudo II pudo así ocupar sin resistencia la ciudad de León, y ser reconocido por todos, también por García Fernández, como único monarca de la monarquía leonesa, sin modificar por ello su actitud respecto al dictador cordobés.

Por eso este año 985 las expediciones de Almanzor no rozaron ninguna de las fronteras del reino leonés, que se vieron libres, también Castilla y Álava, de cualquier ataque musulmán: Este año las tropas de Córdoba marcharon contra Barcelona que fue asaltada, conquistada e incendiada, tras ser sometida con toda su comarca al más concienzudo saqueo; Almanzor regresaba a su capital con un gigantesco botín de esclavos, siervos, riquezas, armas, vestidos y bestias.

Habiéndose afirmado en el trono leonés Vermudo II y resultándole excesivamente gravosa la sumisión a Almanzor, así como su condición de tributario, decidió rebelarse contra esta humillante condición y rehusar las condiciones de su anteriores acuerdos con el hayib cordobés. La reacción del caudillo amirí no se hizo esperar y a partir de ese momento para castigar a Vermudo volvió sus armas contra los territorios centrales del reino León y los condes portugueses que lo habían alzado al trono, olvidando incluso momentáneamente a Castilla y Álava, partes de ese mismo reino.

Las campañas de los años 986, 987, 988 y 989 se dirigieron contra los siguientes objetivos: la número 27 contra Condeixa, a 14 kilómetros de Coimbra; la número 28 contra la misma ciudad de Coimbra que fue asaltada y ocupada; la 29 contra Portillo; la 30 contra Zamora; la 31 contra Astorga; la 32 de nuevo contra Portillo, que capituló, siendo arrasado su castillo; y la 33 contra Toro por segunda vez, donde realizó una gran matanza y apresó un gran número de cautivos. Estos datos no pueden dar una idea de la febril actividad militar de Almanzor en sólo cuatro años.

El año 989 un infeliz acontecimiento ocurrido durante la campaña de Almanzor contra Portillo va a atraer la especial atención y la ira de Almanzor hacia las fronteras de Castilla. El regreso de Portillo lo hizo Almanzor raziando probablemente las riberas del río Duero; al llegar frente a la altura de San Esteban de Gormaz, Abd Allah, el hijo mayor del dictador cordobés, huyó del ejército de su padre y buscó asilo o refugio político junto al conde García Fernández. La causa de esta decisión fue el temor que le inspiraba su padre, que había descubierto cierto complot en el que participaba su hijo con los gobernadores de Zaragoza y Toledo.

La generosa acogida, que García Fernández prestó al fugitivo, causó la más profunda irritación de Almanzor, que al año siguiente, el 990, se puso en campaña directamente contra el conde castellano atacando y conquistando la ciudad de Osma, en la que colocó una importante guarnición; a renglón seguido atacó y ocupó Alcubilla que fue destruida y arrasada. Con esta campaña trataba Almanzor de castigar al conde García Fernández por el asilo prestado a su hijo y obtener la entrega o devolución del mismo; todo indica que el conde en un principio rechazó las exigencias de Almanzor y continuó prestando su protección al joven príncipe.

Pero el caudillo amirí había preparado una aceifa extraordinaria, nada de incursión rápida de ida y vuelta; ahora se trataba de una expedición capaz de asediar plazas fuertes y perseverar hasta la rendición de las mismas e instalarse en ellas, incluso con ánimo de permanencia. Esta vez Almanzor no se retiró tras saquear y desmantelar Osma, sino que instaló en ella una guarnición musulmana; desde esta nueva posición continuó presionando sobre el condado con ánimo de no cesar hasta que le fuera entregado su hijo Abd Allah. Para vencer la resistencia de García Fernández penetró profundamente en el interior de Castilla, llevando el saqueo y la desolación a su territorio, de manera que según Ibn Idhari se apoderó de la mitad de la región de Álava, esto es, del territorio gobernado por el conde castellano. Según el autor anónimo del Dikr Almanzor en esta presión llegó hasta el país de los vascones, que eran los súbditos del rey de Pamplona. Esto significa que pudo progresar hacia tierra de Lara y establecer contacto con gentes del reino de Pamplona en los límites de los Cameros. En estos combates fue cuando moriría junto al río de San Esteban, el Duero, el obispo de Álava Munio Vélaz, que fue enterrado en Alcoba o Alcubilla.

Por fin la formidable presión de Almanzor obligó a ceder al conde García Fernández tras haber obtenido dos años de tregua y no sabemos, si alguna garantía, para el joven príncipe. Este fue puesto en manos de un destacamento musulmán que lo recibió con el mayor respeto y cortesía, pero habiéndose apartado del campo cristiano, no lejos del Duero, el jefe del destacamento dio la orden de proceder a la ejecución de Abd Allah, que contaba por aquel entonces con 23 años de edad; su cabeza fue enviada a Córdoba con un parte de victoria, mientras el cuerpo era enterrado en el lugar de la ejecución. Era el 8 de septiembre del 990 y la noticia de la ejecución de su hijo hizo todavía aumentar más en Córdoba el temor respetuoso que suscitaba el nombre de Almanzor y todos los corazones temblaron ante él, según Ibn Hayyan.

Apenas se había cerrado tan trágicamente el desgraciado episodio del hijo de Almanzor y su refugio en Castilla, otro acontecimiento vino a sacudir la vida interna del condado: la sublevación del hijo mayor del conde, el infante don Sancho, contra su padre. Todo este amargo episodio está envuelto en una gran oscuridad acerca de sus causas y de su desarrollo, pues no contamos con otras fuentes acerca del mismo que una escueta noticia en los Anales Castellanos Segundos y en los Anales Toledanos Primeros, un diploma del monasterio de Oña datado el 7 de marzo del 993 y calendado por Sancho García como conde en Castilla, y una mención de una visita del joven Sancho a Córdoba, que olvidando a sus amigos y correligionarios, se presentó ante Almanzor solicitando su auxilio y protección.

El comienzo de este episodio parece que puede fijarse en el año 991, la embajada a Córdoba el 992 y el documento, poco ha citado, el año 993; la interpretación más obvia de los datos de que disponemos es que el territorio del condado castellano se dividió entre partidarios del padre y del hijo, como suele ocurrir en las guerras civiles, y que una parte de dicho condado, en la que se incluía al menos algún sector de la Bureba, siguió el partido del joven Sancho, mientras Burgos y su contorno seguía fiel a García Fernández.

No estamos en condiciones de cuantificar las fidelidades que siguieron al padre y las que se decidieron por el hijo, pero no parece que estas últimas fueran cuantiosas, puesto que García Fernández siguió cuatro años al frente del condado, y además no parece que se encontrara acorralado o especialmente en peligro, puesto que dos diplomas leoneses del 26 de noviembre del año 991, iniciada ya la rebelión, atestiguan la presencia en León del conde castellano.

Las relaciones del conde García Fernández con el rey Vermudo, que nunca fueron especialmente conflictivas, aparecen normalizadas una vez que Vermudo pudo recuperar la ciudad de León y regresar a la misma a principios del verano del año 990, desalojando de la capital del reino al conde de Saldaña García Gómez. La documentación castellana se calendará todos estos años con toda normalidad por el rey Vermudo. Desde luego que estas relaciones se estrecharían y llegarían incluso a una mutua ayuda en sus problemas después del matrimonio celebrado hacia septiembre del 991 entre una de las hijas del conde castellano, de nombre Elvira García, con el propio monarca leonés, que pasó a sí a convertirse en yerno de García Fernández.

Es muy posible que como consecuencia de este matrimonio recibiera el conde ayuda militar contra su propio hijo y que este se viera obligado a viajar en la primavera o verano del 992 a Córdoba en busca del auxilio, siempre interesado, de Almanzor. Se ha querido presentar esta discordia entre padre e hijo como el enfrentamiento de dos concepciones políticas relativas a la actitud que debía seguirse respecto del poderoso dictador cordobés, entre la resistencia ultranza, simbolizada por el conde García Fernández, y el deseo de buscar alguna forma de acuerdo con el caudillo amirí, aunque llevara implícita alguna sumisión, representada por su hijo Sancho.

Muy probablemente fue en estos momentos de entente cordial entre el rey Vermudo III y el conde García Fernández y de extinción del linaje masculino de Fernando Ansúrez y desplazamiento a Oviedo de su hija la monja Elvira, cuando el rey Vermudo asignó también el condado de Monzón a García Fernández, que así unió a sus condados de Castilla y Álava también el de Monzón, no sólo en sus días, sino también en los de sus descendientes, los condes Sancho García, García Sánchez y Fernando Sánchez.

La tregua que García Fernández había alcanzado el año 990 sólo extendió sus efectos a los años 991 y 992, ya que el año 993 de nuevo la guarnición cristiana de San Esteban vio llegar hasta sus muros a los de soldados de Córdoba dirigidos por su incansable caudillo. Era la campaña número treinta y nueve. A pesar de la proximidad de los musulmanes a San Esteban de Gormaz, ya que ocupaban en ese momento Osma y Alcubilla del Marqués, lo cierto es que no lograron rendir a la guarnición y tomar la plaza, debiendo limitarse tan sólo a la ocupación transitoria de los arrabales.

Pero este parcial fracaso musulmán del año 993 encontró su más completo desquite al año siguiente, en la campaña del año 994, la número cuarenta y una de las dirigidas por Almanzor, que insistiendo en el mismo sector hizo retroceder la línea del Duero soriano y buena parte del burgalés hasta los montes de Cervera al conquistar y guarnecer los soldados del Islam las importantes plazas de San Esteban de Gormaz y Clunia. Incluso parece que en algunos momentos Clunia fue ampliamente rebasada y las fuerzas del Islam llegaron hasta Barbadillo del Mercado en las proximidades de Salas de los Infantes, rebasando los montes de Cervera, aunque no se establecieran permanentemente en el citado Barbadillo y se retiraran a Clunia. Ahora la inseguridad se extendía por todas las tierras al sur del Arlanza que quedaban al alcance de la caballería musulmana; los infanzones debieron abandonar sus servicios de anubda o vigilancia en el Duero y pasar a prestarlo en la sierra de Cervera, en Carazo o en las fortalezas de Peñaranda, Aranda, Haza y Roa. Quedaba abierto el camino para nuevos objetivos interiores en Castilla, en concreto hacia Lerma y Burgos.

Todavía tuvo tiempo ese mismo año 994 Almanzor para salir de nuevo en campaña, ahora contra la misma capital del reino, León, a la que a su llegada encontró desierta, por lo que hizo perseguir a sus habitantes capturando a muchos y dando muerte a otros tantos. Una vez más demostraba el caudillo musulmán que era capaz de actuar con éxito en dos sectores distintos de la frontera el mismo año.

No se desanimó el conde García Fernández por la pérdida de San Esteban y Clunia y al año siguiente, avanzada ya la primavera del 995, cuando estaba recorriendo con un pequeño número de caballeros la tierra fronteriza entre Langa de Duero y San Esteban, en Alcozar, se tropezó con otro destacamento musulmán, parece que un 18 de mayo. Trabado el combate en el curso del mismo recibió una herida de lanza, probablemente en la cabeza, que le derribó en tierra; los musulmanes quedaron dueños del campo y al recoger los heridos reconocieron al conde castellano y lo trasladaron a la capital de la Marca o Frontera Media, Medinaceli. Aquí el gobernador puesto por Almanzor al frente de la Marca, el eslavo Qand, ordenó que los médicos prestaran todos los cuidados posibles al ilustre herido, pero estos no pudieron salvarle la vida y el conde castellano moría dos meses y diez días más tarde el 29 de julio del 995 en la misma plaza donde siete años más tarde fallecería su rival Almanzor.

Sus restos mortales fueron divididos en dos partes; la cabeza enviada a Córdoba como trofeo y sepultada en la iglesia de los Tres Santos, esto es, de los santos Fausto, Jenaro y Marcial, que responde a la actual parroquia de San Pedro, mientras el resto del cuerpo recibía tierra en Medinaceli. Años más tarde tanto la cabeza como el resto del cuerpo serían llevados al monasterio de Cardeña donde recibieron honrosa sepultura y donde aun hoy día se señalan sus tumbas.

Le sucedió al frente del condado su hijo Sancho García, que continuó la lucha contra Almanzor; tuvo García Fernández además otro hijo varón, Gonzalo, que le precedió en la muerte y cinco hijas: Mayor, que casó con el conde Ramón de Pallars; Elvira, la esposa del rey Vermudo III; Tota, que enlazó con el conde Sancho Gómez de la casa condal de Saldaña-Carrión; Urraca, la abadesa de Covarrubias y señora del Infantado; y Ónega, abadesa de Cillaperlata.

MARTÍNEZ DIEZ, Gonzalo, «García Fernández», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, https://dbe.rah.es/biografias / 10363/garcia-fernandez)