FERNANDO III EL SANTO, rey de Castilla y de León (12017-1252; 1217-1252; 1230-1252).

Hijo de Alfonso IX de León y de Berenguela de Castilla; se dice que nació en un monte, entre Zamora y Salamanca, donde después se fundó el monasterio cisterciense de Valparaíso, siendo incierto el año. Julio González deduce del estudio de los itinerarios que debió ser en el año 1201, entre el 5 y 19 de agosto Alfonso IX, I, Madrid, 1944, pág. 312. Disuelto el matrimonio de sus padres por la Iglesia, vivió en la corte leonesa con su padre, y en ella se encontraba cuando, al morir inopinadamente Enrique I (6 de junio de 1217), su madre, sobre la que debía recaer la corona castellana, consiguió llevarlo a Autillo, donde ella estaba, y hacerlo reconocer por rey, apoyada en un oportuno documento del archivo de la catedral de Burgos, por el que aparecía ser esta la voluntad de Alfonso VIII de Castilla, manifestada en una curia en Carrión.

El reconocimiento de Fernando como rey de Castilla encontró en un primer momento la oposición del conde Álvaro Núñez de Lara y sus partidarios y también la de los concejos de la Transierra y Extremadura, que se negaron a recibirlos cuando el rey y su madre, que habían sido recibidos honoríficamente en Valladolid, pasaron el Duero, llegando hasta Coca. Esta actitud, que parece haber sido inspirada por Sancho Fernández, el hijo de Fernando II, fue rectificada en la reunión de Valladolid, donde acordaron reconocer el derecho de doña Berenguela y rogarle hiciese cesión del mismo en favor de su hijo.

La oposición nobiliaria encabezada por los Lara fue más larga y hubo de ser reducida por la fuerza de las armas. Además, instigado por don Álvaro, Alfonso IX invade Castilla, pasando el Pisuerga y llegando hasta cerca de Burgos, que no llegó a atacar al saber que se encontraban en ella Lope Díaz de Haro y otros nobles dispuestos a defenderla, volviendo después a su reino. Tomado al asalto el castillo de Muñó, Lerma y Lara, Fernando y Berenguela volvieron a Burgos. Después de una expedición a Belorado y Nájera, donde tenían castillos las gentes de Gonzalo Núñez de Lara, hubieron de enfrentarse con su hermano Álvaro, quien, por Tardajos, Quintanaortuño y Riocerezo, llegó a Belorado, donde entró a saco después de haberlo tomado por asalto; pero el miércoles 20 de septiembre fue hecho prisionero por Alfonso Tello y otros caballeros, a las puertas de Herrera de Valdecañas. siendo reducido a estrecha prisión y obligado a entregar las fortalezas que detentaban tanto él como sus partidarios. Algunas hubo que reducirlas por la fuerza, como Castrojeriz, que no la entregó Fernando Núñez de Lara hasta que el rey y la reina marcharon contra él en son de guerra, y Nájera, que tomó Lope Díaz de Haro. Con ello quedó apaciguada de momento la rebelión nobiliaria, que venía durando seis meses.

Al verano siguiente, Álvaro y sus hermanos y partidarios, después de haber intentado rebelarse en Valdenebro, pasaron al reino de León y convencieron a Alfonso IX de que hiciese de nuevo la guerra a su hijo. Habiendo entrado en Castilla, y después de haber tenido sitiados en Castrejón (una aldea de Medina) a varios caballeros castellanos, hubo una mediación y se hizo la paz entre padre e hijo. Poco después el conde don Álvaro moría, siendo enterrado en Uclés, y su hermano don Fernando pasaba al África, al servicio del rey de Marruecos, muriendo también allí algún tiempo después.

Doña Berenguela arregló la boda de su hijo con Beatriz de Suabia, enlazando así la casa de Castilla con representantes destacados del partido gibelino. La boda se celebró en la catedral de Burgos el día de San Andrés (30 de noviembre de 1219). Tres días antes se había armado caballero a sí mismo en las Huelgas.

Algún tiempo después trató de rebelarse Rodrigo Díaz de Cameros; pero, después de haber aceptado una suma de dineros (14.000 áureos), marchó como cruzado a Tierra Santa. Después fue Gonzalo Pérez de Molina quien, colocándose en actitud de rebeldía, empezó a saquear las tierras del rey, vecinas a su señorío; pero hubo de someterse después de haber sido sitiado por el rey y la reina en Zafra. Doña Berenguela, siempre atenta a remover posibles obstáculos a la futura sucesión de su hijo en el reino de León, evitó, en 1224, que el rey de Jerusalén, Juan de Brienne, casara con una hija de Alfonso IX y de doña Teresa, casándolo con su hija Berenguela.

Todo este tiempo había venido manteniéndose la paz con los musulmanes almohades, durando las treguas ajustadas en el tratado de paz de 1214, ratificado un año después por la embajada en que tomó parte el judio Ibrahim Aljafar, que estuvo en Salé, y nuevamente en 1221. La muerte de Yusuf II al Mustansir, en 1224, y las disidencias a que dio origen la sucesión en el campo musulmán, influyeron sin duda en la decisión de Fernando III, expresada en la curia de Muño y en la de Carrión (primavera y verano de 1224). La guerra empieza con el pretexto de intervenir a favor del Bayasi, gobernador de Jaén, que se había proclamado califa en Baeza frente a su hermano Aladel, proclamado en Marruecos, y cuyos partidarios en España le habían dejado reducido a la plaza de Baeza.

En su primera campaña Fernando III entró en Quesada, que no retuvo, y prosiguió su algara por el territorio de Jaén hasta noviembre, en que regresó con muchos cautivos. Abu Zeid de Valencia, hermano del Bayasi, se hizo vasallo suyo, y en 1225 concertó Fernando un pacto de vasallaje con el Bayasi en Las Navas de Tolosa. La ayuda militar que en virtud del mismo debía recibir el musulmán empezó a hacerse efectiva en el sitio de Jaén, que resultó infructuoso. El ejército cristiano marchó entonces contra Alcaudete, Priego, que fue tomado por asalto; Loja, que corrió la misma suerte, y por fin contra Granada, cuya vega empezó a correr, hasta que sobrevino un acuerdo, en el que actuó de mediador Alvar Pérez de Castro, quien, reconciliado con este motivo con el rey, volvió con él a Castilla.

Este mismo año, en el otoño, en una entrevista que tuvo Fernando III con el Bayasi, se comprometió este a entregarle los castillos de Salvatierra, Borjalimar (o Baño) y Capilla. Como garantía del cumplimiento, puso inmediatamente el alcázar de Baeza en manos del maestre de Calatrava. Todo ello, y su fracaso ante Sevilla, contribuyó a colocar en posición difícil al Bayasi con sus propios partidarios, siendo muerto en Almodóvar, mientras Fernando III tenía puesto sitio al castillo de Capilla, que hubo de rendirse antes del 15 de agosto, en que el rey estaba ya de regreso en Toledo, donde asiste a la colocación de la primera piedra de la catedral. Baeza intentó expulsar a la guarnición cristiana; pero no lo consiguió y, ante la inminencia de la llegada de refuerzos cristianos, sus habitantes evacuaron la ciudad, que fue ocupada por los cristianos el 1 de diciembre. El rey dio su tenencia a don Lope Díaz de Haro.

Entre los musulmanes proseguía la discordia. Abulola había sido proclamado califa en Sevilla, y Aladel asesinado en Marruecos, siendo proclamado un nuevo califa. Al mismo tiempo, en la Península se produce una reacción antialmohade, con la rebelión en junio de 1228 de Abu Abdala, en Murcia, con la bandera de los abasíes orientales. Abulola obtiene de Castilla varias treguas y después firma un pacto con Fernando III, por el que este se comprometía a ayudarle con fuerzas cristianas a cambio de la entrega de ciertas fortalezas. Con el ejército expedicionario cristiano obtiene éxitos en África; pero, en tanto, Ibn Hud gana terreno en Andalucía, llegando a dominarla toda, terminando con el dominio almohade en la Península después de haber conquistado Algeciras y Gibraltar (1230-1231).

Reunificación de Castilla y de León

A finales de junio de 1230, Fernando III puso sitio a Jaén y lo mantuvo hasta septiembre, en que lo levantó, desesperando de tomarlo. En el regreso, y al pasar por Guadalerza J. González, Las conquistas de Fernando III, Hispania, 6, 1946, 571, supo la muerte de su padre, quien había designado para sucederle a sus hijas doña Sancha y doña Dulce. Acuciado por su madre y con el favor del alto clero, Fernando entra en León; pero García Rodríguez Carnota se niega a entregar las torres; pero en la entrevista que tuvieron en Valencia de Don Juan, doña Berenguela y doña Teresa, la renuncia de las infantas mediante una compensación de 30.000 maravedíes anuales hizo que cesara toda resistencia. Fernando III recorre su nuevo reino y se entrevista en Sabugal con Sancho II de Portugal, no regresando a Castilla hasta abril.

Nuevas campañas de reconquista

Para proseguir la acción militar en Andalucía envió una expedición, mandada por el infante don Alfonso y Alvar Pérez de Castro, que tomó Palma del Río y derrotó a las fuerzas de Ibn Hud. En abril de 1231 el arzobispo de Toledo don Rodrigo ocupó y guarneció Quesada y otros castillos de aquella región. Abulola murió en octubre de 1232, y le sucede su hijo Abu Muhamad. Entre tanto, a Ibn Hud le surgían contrincantes en Andalucía, donde la situación entre los musulmanes era cada día más confusa. Fernando III, que había tomado Trujillo (25 enero 1232) y Úbeda, accede a concertar una paz con Ibn Hud, mediante el pago de 1.000 dinares diarios. Por un momento se vio amenazado de un conflicto nobiliario con motivo del matrimonio, sin su consentimiento, de una hija de don Lope Díaz de Haro; pero, ayudado por la hábil diplomacia de su madre, pudo conjurarse el conflicto (febrero 1225).

Entre tanto, las órdenes militares habían tomado Medellín, Alhange y Santa Cruz (1234), y en febrero de 1235, Magacela. El 1 de mayo de este año estaba Fernando III en Malagón, y una vanguardia de la expedición, que mandaba Alvar Pérez, obligaba a Ibn Hud a levantar el sitio de Niebla y firmar unas treguas. Después se tomaron los castillos de Iznatoraf, San Esteban y otros varios, regresando el rey en el verano a Toledo y Burgos. En noviembre moría en Toro la reina Beatriz, y a principios del año siguiente ocurría en forma algo inesperada la toma de Córdoba, donde entraba Fernando solemnemente el día de San Pedro (29 de junio de 1236).

El poderío de Ibn Hud se iba desmoronando; acabando por morir asesinado por su amigo el gobernador de Almería, donde se había refugiado (12 de enero 1238). El rey Fernando, que había contraido nuevas nupcias con Juana de Ponthieu en 1237, permaneció ausente de la frontera hasta 1240. El año anterior había muerto en Orgaz, de regreso de su entrevista con el rey, Alvar Pérez de Castro, que venía siendo una especie de lugarteniente del rey en Andalucía. Tal vez por ello Fernando III baja a Andalucía y se establece en Córdoba durante más de un año (hasta marzo de 1241). Desde allí prosigue su obra, a la vez militar y política, consiguiendo, mediante pactos, que muchas ciudades admitiesen guarniciones cristianas y se sometiesen al pago de tributo, y lo mismo muchos castillos. El 3 de marzo concedió fuero a Córdoba, antes de regresar a Castilla. El 8 de abril estaba ya en Toledo y el 23 en Valladolid, de paso para Burgos. En esta enfermó y, por ello, hubo de ser su hijo Alfonso quien recibiera la embajada del rey de Murcia, que venía a ofrecerle la soberanía de su reino. El mismo Alfonso tomó posesión en Murcia en 1243, probablemente en el mes de marzo, entregándosele todo él pacíficamente, con la excepción de Cartagena, Lorca y Mula. Las dos últimas las ocupó militarmente en el año siguiente.

Fernando III encaminó después su acción militar a la conquista de Jaén, de excepcional importancia estratégica y económica. Las operaciones empezaron con motivo de unas correrías de Alhamar de Granada contra Andújar y Martos, cercando Arjona, que se entregó en 1224, y tomando Pegalajar, Bejijar y Carchena. La toma de Jaén fue muy trabajosa, comenzando el sitio en agosto de 1245, durando hasta mediados de abril siguiente, en que Fernando III hizo su entrada solemne en la ciudad. Durante el sitio, Alhamar, convencido de su impotencia, se hizo vasallo del rey castellano y firmó unas treguas de veinte años, durante las cuales se comprometía a pagar anualmente un tributo de 100.000 maravedíes.

Siguió la conquista de Sevilla, que, en 1246, había abandonado la causa de los almohades y reconocido al emir de Túnez. El cerco fue largo, con la cooperación de una escuadra mandada por Ramón Bonifaz, y duró hasta finales del año 1248, haciendo la entrada solemne en la ciudad Fernando III el 22 de diciembre, cuando Sevilla hacía tres días que estaba vacía de habitantes y casi dos meses que la enseña del rey había ondeado en la torre del Alcázar. El estado de salud del monarca era tan precario, que había dudado mucho de poder ver la ciudad conquistada; sin embargo, tuvo aún arrestos para preparar una expedición africana, aunque la muerte le sorprendió antes de haberla puesto en obra, el 30 de mayo de 1252.

Primo de Luis IX de Francia, Fernando III había de ser también, como él, elevado a los altares, aunque mucho más tarde que aquel (1671). Su santidad fue menos exaltada que la del monarca francés. Padre de 13 hijos habidos en dos matrimonios sucesivos, su vida estuvo entregada por completo a su misión de rey y a la empresa de la Reconquista, que para él tenía, sin duda, un significado religioso. Sin extraviarse en románticas empresas, como la cruzada tunecina de San Luis, caminó con paso firme y seguro en la línea realista marcada por su antecesor Alfonso VI: la empresa militar venía a ser el complemento de una hábil situación política que tenía en cuenta todos los fallos de la situación interior del país musulmán. La empresa africana solo le ocupó en el final de su vida, como complemento, coronación y garantía de sus conquistas peninsulares.

VÁZQUEZ DE PARGA, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 68-70.