Enrique I de Castilla

Enrique I de Castilla en una miniatura del Compendio de crónicas de reyes de la Biblioteca Nacional de España

ENRIQUE I de Castilla. ?, 14.IV.1204 – Palencia, 6.VI.1217. Rey de Castilla, sucesor de su padre Alfonso VIII.

Es el único rey castellano que nunca llegó a gobernar, ya que falleció cuando solo contaba trece años, un mes y veintitrés días de edad; Enrique era el menor de los diez hijos del rey de Castilla Alfonso VIII y de la reina Leonor de Inglaterra. Fue bautizado con el nombre de Enrique en honor de su abuelo materno el rey Enrique II de Inglaterra. Al nacer Enrique el 14 de abril de 1204 vino a ocupar el segundo lugar en el orden sucesorio al trono castellano, solo precedido por su hermano Fernando, ya que el resto de la prole de Alfonso VIII eran hijas. La muerte imprevista de su hermano Fernando en Madrid el 14 de octubre de 1211, cuando iba a cumplir los veintidós años de edad, pues había nacido el 29 de noviembre de 1189, colocó al infante Enrique a la cabeza en el orden sucesorio.

Por eso a la muerte de su padre, el rey Alfonso VIII, en Gutierre Muñoz (Ávila) el 6 de octubre de 1214, el joven infante se convirtió en rey de Castilla con el nombre de Enrique I a la tierna edad de diez años y siete meses y medio. Por disposición del monarca difunto correspondió la tutoría del menor y la regencia del reino a su madre, la reina viuda Leonor de Inglaterra, pero esta nada pudo hacer en referencia a este doble oficio, pues enferma al mismo tiempo que su marido, fallecía unos días después, el 31 de octubre de 1214. Era preciso una nueva tutoría y una nueva regencia y a ello proveyó la reina doña Leonor designando, como sustituta suya, a su hija doña Berenguela, reina de León, tanto en lo que atañía al gobierno del reino y del rey menor de edad, don Enrique, como en todas las demás cosas que a ella le correspondían.

De este modo por voluntad de doña Leonor la custodia de Enrique y el gobierno del reino quedaron en manos de doña Berenguela. Nadie en la Familia Real más apropiado para tomar las riendas del poder —mientras el rey-niño cumplía los catorce años, en que sería declarado mayor de edad, como había ocurrido años atrás con su padre Alfonso VIII—, que la hermana mayor, de treinta y cuatro años de edad, cargada de experiencia en la vida pública como anterior reina de León y en la vida familiar como madre de cuatro hijos, mayores en años que el propio rey Enrique.

En el ejercicio de sus oficios de tutora y regente doña Berenguela procuró mantener el statu quo heredado de la época de su padre respetando los derechos de todos, tanto de los nobles y caballeros como del común de los ciudadanos y de los clérigos, aunque muy pronto empezaron a sentirse en su entorno las insidias de algunos miembros de la alta nobleza. Al lado de doña Berenguela ejercían igualmente un gran influjo en el gobierno del reino el arzobispo de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada, el obispo de Palencia, Tello Téllez de Meneses, y el mayordomo real, Gonzalo Rodríguez Girón, que junto con la abadesa de San Andrés del Arroyo la condesa Mencía habían sido designados por Alfonso VIII como testamentarios.

Durante algunos meses la regencia y tutoría continuaron en manos de doña Berenguela, mencionada en algunos documentos de Enrique I como tal regente o expresando que una determinada donación regia se hacía con el asenso y beneplácito de doña Berenguela. Entre tanto los tres hermanos Lara, los condes Fernando, Álvaro y Gonzalo, hijos de Nuño Pérez de Lara, el último tutor y regente de la minoridad de Alfonso VIII, no cejaban en sus ansias por hacerse con estos dos oficios, a los que creían tener mejor derecho, como cincuenta años atrás los había desempeñado su padre. Muy pronto, probablemente en la primavera de 1215, sus manejos alcanzaron completo éxito, ya que en un diploma regio del 1 de mayo de 1215 don Álvaro es calificado de “dilecto meo”. Por Rodrigo Jiménez de Rada se sabe que doña Berenguela había confiado la guarda del niño-rey a un caballero palentino llamado García Lorenzo. Conocedor de ello, don Álvaro se ganó a este caballero mediante la promesa de darle una villa próxima a Torquemada, para que convenciese al rey Enrique de que se pasase a la custodia de don Álvaro.

Ya con la persona del Rey en su poder y habiéndose también ganado el afecto de éste, pues Enrique se había entregado a su custodia voluntariamente, don Álvaro daría un paso, pidiendo también a doña Berenguela que le traspasase la regencia y gobernación del reino, a lo que esta accedió temiendo la división o la anarquía del reino dado el ingente poder que reunían los tres hermanos Lara y sus amigos, pero siempre prudente y recelando de don Álvaro le hizo jurar previamente a él y a los magnates que lo seguían que sin el consejo de ella no arrebatarían ni darían a nadie ningún gobierno o tierra, ni harían la guerra a otros reyes, ni impondrían en alguna parte del reino algún nuevo impuesto.

Vanas garantías las obtenidas por doña Berenguela, pues don Álvaro comenzó a gobernar el reino a su arbitrio; los magnates descontentos con el proceder de don Álvaro, reunidos en Valladolid, acudieron a la reina doña Berenguela solicitando su intervención, lo que provocó la suspicacia de don Álvaro hacia la reina, por lo que comenzó a importunarla, forzando a esta a refugiarse con su hermana Leonor en Autillo de Campos (Palencia), fortaleza de Gonzalo Rodríguez Girón. Entre tanto el pequeño Rey, consciente ya de las interesadas intenciones de don Álvaro, no deseaba otra cosa sino volver al lado de su hermana, lo que naturalmente era estorbado por el magnate.

En estas circunstancias para retener a su lado al rey Enrique, don Álvaro hizo venir de Portugal a la infanta doña Mafalda para casarla con el Monarca, pero ante la corta edad de este la princesa quedó defraudada; además la pronta intervención del papa Inocencio III deshizo la tal unión, invocando el impedimento de consanguinidad. Un intento del rey niño de escapar de las manos de don Álvaro costó la vida al caballero que debía ayudarle en este intento.

A principios de abril de 1217 salía don Álvaro con su ejército de Valladolid, donde acababa de celebrar la Pascua (26 de marzo de 1217), y llevando consigo al Rey marchó contra la Tierra de Campos. Devastó primero el valle de Trigueros, ocupó el castillo de Montealegre y asedió Villalba de los Alcores; luego con el rey Enrique se trasladó a Palencia hospedándose en el palacio episcopal. Aquí esperaba la tragedia. Un día, que la historia no ha consignado con exactitud, pero que gira en torno al 26 de mayo, cuando el joven Rey acababa de cumplir los trece años y se hallaba jugando con otros donceles nobles de su edad, uno de ellos, Íñigo de Mendoza, arrojó un tejuelo que fue a herir al rey Enrique en la cabeza.

La herida era muy grave y ante el peligro de muerte, los médicos optaron por la intervención quirúrgica, esto es, por una trepanación, operación bien conocida por la medicina de la época, pero muy atrevida dado el instrumental con que se contaba en el siglo XIII. Pero a pesar del empeño puesto, la operación no logró salvar la vida del regio paciente y este murió el 6 de junio del año 1217. Sus restos mortales fueron llevados y ocultados en el castillo de Tariego por orden de don Álvaro; luego doña Berenguela trasladó el cadáver a su sepultura definitiva en las Huelgas Reales de Burgos.

MARTÍNEZ DÍEZ, SI ,Gonzalo «Enrique I», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, http://dbe.rah.es/biografias /6616/enrique-i-de-castilla)