Rodrígo Díaz de Vivar

Datos biográficos

Sobrenombre: el Cid Campeador
Nacimiento: 1043
Fallecimiento: 10-VII-1099

Índice

Introducción
Primer destierro del Cid
Primera reconciliación con Alfonso VI
Destierro, reconciliación y conflicto
Nuevo acercamiento con el rey

Introducción

Rodrigo Díaz, el héroe más famoso de la historia de España y sin duda el más grande capitán de su Edad Media, nació en Vivar, que era entonces puesto fronterizo de Castilla frente a la Navarra engrandecida por Sancho el Mayor, y es hoy una modesta aldea a nueve kilómetros al norte de Burgos, a orillas del Ubierna. Su padre, Diego Laínez, se decía descender de Laín Calvo, uno de los jueces de Castilla; pertenecía a la nobleza infanzona y no parece haber figurado mucho en la corte.

Su madre, en cambio, cuyo nombre ignoramos, por su padre, Rodrigo Álvarez, estaba emparentada con la más alta nobleza cortesana. Rodrigo fue criado por el infante don Sancho, que solo tendría unos cuatro o cinco años más que él y en cuya corte ocupaba el primer lugar un hermano de su madre, Nuño Álvarez, desde 1060, cuando Rodrigo tendría unos dieciséis años y debió ser armado caballero por Sancho.

Medina Azahara

El primer documento que aparece suscribiendo, lo que nos indica que ya pertenecía a la corte, es uno del 26 de agosto de 1066 en el que el rey Sancho entrega su cuerpo y su alma al monasterio de Oña. El Carmen y la Historia Roderici están concordes en decir que Sancho le hizo príncipe de toda la hueste real o sea su armiger o alférez. Como tal hubo de tomar parte, frente al navarro Jimeno Garcés, en el duelo judicial que había de solventar la posesión de Pazuengos y otros castillos fronterizos entre Castilla y Navarra. Quedó vencedor en esta lid Rodrigo como después en otro combate singular en el que dio muerte al moro Háriz, de Medinaceli.

En 1067 estaba con la hueste del rey castellano frente a Zaragoza, poniéndole tan estrecho cerco con máquinas de guerra, que para que fuera levantado hubo de comprometerse su rey Muqtadir a pagar un cuantioso rescate, reconocer vasallaje a Sancho y pagarle anualmente parias. El papel personal del Cid en este sitio es puesto de relieve en una crónica hebrea, según la cual, fue ganada Zaragoza por Cidi Ru Diaz, en el año 4827 de la Creación, que corresponde al 1067 de los cristianos.

De la actuación personal del Cid en las guerras del reinado de Sancho el Fuerte, nada sabemos, como no sea que conservó su condición de alférez, que hubo de conferirle en ellas un papel preponderante. Crónicas tardías le atribuyen hazañas singulares o astucias bélicas, incluso desleales, en la batalla de Golpejera; pero todo ello proviene de una tradición juglaresca poco digna de confianza.

En el cerco de Zamora refiere la Historia Roderici un hecho de armas extraordinario suyo, haciendo frente a quince caballeros zamoranos que le acometieron por sorpresa y a los que hizo huir, después de haber dado muerte a uno de ellos. Histórico o no, el juramento de Santa Gadea representa bien las actitudes respectivas del alférez de Sancho y del nuevo monarca castellano. Exculpado Alfonso por el procedimiento germánico de los compurgadores, los castellanos habían de aceptarlo como rey, pero este había de conservar siempre una actitud de desconfianza hacia Rodrigo, que era natural que añorase a su antiguo señor y cuya carrera cortesana quedaba lógicamente truncada por las nuevas circunstancias.

Sin embargo, Alfonso adoptó con Rodrigo, que era ya su vasallo, como con el partido intransigente que él representaba, una hábil política de atracción. En diciembre de 1072, figura entre los cortesanos confirmantes de un documento real, si bien en uno de los últimos lugares, y en 1074, el rey busca por esposa a una sobrina suya, Jimena Díaz, hija del conde de Oviedo, a la que Rodrigo otorga carta de arras el 19 de julio.

Acompañando a la corte asiste el 13 de marzo de 1075, en Oviedo, a la apertura del arca de las reliquias, y pocos días después actúa allí mismo como juez en un pleito. El 28 de julio de 1075 y coincidiendo, según cree Menéndez Pidal, con el nacimiento de su primer hijo, Diego, el rey le concede la inmunidad para sus heredades.

Primer destierro del Cid

Hacia fines de 1079, Rodrigo es enviado como embajador a Sevilla, para cobrar las parias, y con esta ocasión tuvo un choque con García Ordóñez y otros caballeros súbditos de Alfonso, que ayudando al rey Abd Allah de Granada, hicieron guerra en la frontera sevillana, derrotándolos y prendiéndolos. Este García Ordóñez fue personaje siempre muy bienquisto de Alfonso, y ha de ser desde ahora enemigo jurado del Cid.

Al regreso de este a la corte, encontró el ánimo del monarca mal dispuesto hacia él por acusaciones insidiosas, y poco después una cabalgada que hizo, tal vez imprudentemente, por tierras del reino de Toledo, como réplica a un ataque de los moros al castillo de Gormaz, fue interpretada aviesamente por sus enemigos, consiguiendo que el rey se airase con su vasallo y lo desterrase.

Con su mesnada marcha Rodrigo primero a la corte de Barcelona, donde sus servicios no debieron ser aceptados, y después a Zaragoza, donde es bien recibido por Muqtadir, que había de morir aquel mismo año de 1081, en octubre, y donde su hijo Mutamin lo distinguió mucho, teniéndole por consejero y protector de su reino.

En una intervención armada dentro de las fronteras del vecino reino de Lérida y con ocasión del sitio del castillo de Almenar por una poderosa coalición de fuerzas moras y cristianas, obtuvo Rodrigo un señalado triunfo, haciendo prisionero al propio conde de Barcelona, Berenguer. No mucho después, pues esto ocurría en el año de 1082, la traición de Rueda dio ocasión a que se iniciase una reconciliación del Cid con Alfonso, que a la postre resultó fallida, regresando Rodrigo a Zaragoza.

Allí siguió castigando el reino de Lérida, reedificando y abasteciendo, frente a la formidable fortaleza natural de Morella, el castillo de Olocau, lo que dio ocasión a que interviniera militarmente Sancho Ramírez, que fue derrotado por el Cid el 18 de agosto de 1084, volviendo este a Zaragoza con ilustres prisioneros, entre los que se contaban el obispo de Roda, varios nobles aragoneses y otros portugueses, leoneses y castellanos, que andaban expatriados como el Cid de los reinos de Alfonso.

En 1085 muere Mutamin, y aunque Rodrigo siguió viviendo en Zaragoza, este año y el siguiente, bajo su hijo Mustain II, ninguna noticia de su actividad hay en este tiempo, que coincide con el de los mayores éxitos de Alfonso VI; es más que probable que las empresas del rey restasen valiosos elementos a la mesnada del Campeador, y que este hubiera terminado por tener que resignarse a una inactividad oscura, si el desembarco de Yúsuf no hubiera venido a alterar por completo el equilibrio de las fuerzas militares entre cristianos y moros en la Península.

Primera reconciliación con Alfonso VI

Una de las consecuencias de la derrota sufrida por Alfonso en Sagrajas fue la reconciliación de este con el Cid, que Menéndez Pidal supone ocurrida en Toledo, en la primavera de 1087. Sabemos que el 21 de julio de este año estaba en Burgos con la corte; pero un año después había vuelto a Zaragoza y acudía con Mustain en auxilio de Alcadir, sitiado en Valencia por el rey de Lérida. Con ello iniciaba el Cid su intervención en tierras de Levante, ahora como representante de Alfonso VI, para quien había de ser cuanto ganase.

Actuaba allí un complicado juego de fuerzas políticas y ambiciones personales por parte de los reyes de taifas y de los príncipes cristianos de Aragón, Navarra y Cataluña. Rodrigo sabe combinar con astuta cautela las promesas condicionadas de apoyo con la firmeza de la acción militar, y consigue que el rey de Albarracín vuelva a reconocerse tributario de Alfonso y que Berenguer de Barcelona levante el cerco que había puesto a Valencia (1089). A través de Alcadir, el Cid tiene ahora en su mano a Valencia y somete Alpuente a tributo.

Destierro, reconciliación y conflicto

Así las cosas, Alfonso le llama, por octubre de ese mismo año, para que acuda con su gente a unirse con el ejército suyo para ir en auxilio del castillo de Aledo, al que tienen puesto sitio Yúsuf, que ha llegado a España por segunda vez, y los reyes andaluces. Rodrigo, sin intención dolosa, se permitió cambiar el lugar de la cita, lo que, unido a otras circunstancias desgraciadas, hizo que no conociese a tiempo el paso de la hueste real y que, habiendo levantado los moros el cerco al saber su llegada, no alcanzase a reunirse con ella, dando ocasión o pretexto a una violenta cólera de Alfonso, que, no contento con desterrarle de nuevo, le confiscó sus bienes personales y, en un primer momento llegó a prender a Jimena y a los tres hijos del Cid, aunque después les dejó reunirse con este. Los esfuerzos de Rodrigo porque el rey aceptase su exculpación, por juramento, o riepto, fueron inútiles, y el Cid hubo de volver a Levante a continuar, ahora por cuenta propia, la labor emprendida para Alfonso.

La nueva situación hacía que todos sus trabajos anteriores quedasen anulados; pero Rodrigo, actuando con decisión y prudencia hizo que todo volviera al estado anterior. Después de haberse apoderado de los tesoros que el rey de Lérida tenía guardados en el castillo de Polop, reedifica el castillo de Ondara, desde el cual saquea y tala inexorablemente la región comprendida entre Orihuela y Játiva, consiguiendo que muy pronto Alhayib y Alcadir volvieran a ofrecerle sus tributos.

Entonces fue cuando el conde de Barcelona, alarmado por la potencia del Cid, que amenazaba privarle de toda esperanza de intervención en los reinos moros y de Levante, organiza con los de Zaragoza y Lérida una coalición, que no pudo ampliar como hubiera querido a los príncipes cristianos de Aragón, Urgel y Castilla El encuentro en el pinar de Tévar fue desastroso para el catalán, que cayó prisionero con otros muchos señores cristianos, a todos los cuales dejó marchar libres el Cid sin exigirles rescate alguno (1090, mayo?). Berenguer firmó entonces amistad con Rodrigo comprometiéndose a no inmiscuirse en sus asuntos levantinos.

En ese mismo año, el Cid, que pasa una grave enfermedad en Daroca, consigue que a la muerte de Alhayib de Lérida, los Beni Betir, tutores de los hijos de este, le paguen tributo, completando así su dominación sobre todo el Levante. Mustain de Zaragoza tenía, sin embargo, todavía algunas pretensiones sobre Valencia, materializadas en dos fortalezas que mantenía frente a la ciudad, una en el Puig de Yuballa y la otra en Liria. Esta última pagaba tributo al Cid, y como se descuidase en hacerlo efectivo, Rodrigo le puso sitio, y ya estaba para rendirla cuando recibió carta de la reina Constanza en la que le anunciaba una expedición del rey contra Granada y le invitaba a unirse a ella; en vista de todo lo cual levantó apresuradamente el cerco.

Pero la participación del Cid en esta campaña no tuvo ningún resultado práctico. No se llegó a combatir en los seis días que el ejército cristiano estuvo acampado ante Granada, ni dentro de la ciudad se produjo ningún movimiento antialmorávide, como parece que se esperaba; por otra parte, Alfonso se irritó con algunas actitudes de Rodrigo, las que atribuyó malévolamente a desconsiderada jactancia.

Desde Úbeda, el Cid con su hueste, separándose de la del rey, regresó a tierras de Valencia. Allí se ocupó de fortificarlas ante los ataques, que no podían hacerse esperar, de los almorávides, escogiendo como posición ideal para fortificarla y abastecerla el castillo de Peña Cadiella, que cerraba por el Sur el acceso a Valencia y a su llanura. La situación se afirmó todavía más por el pacto de ayuda mutua que firmaron con el Cid los reyes de Zaragoza y de Aragón; pero este último no tuvo reparo, a pesar de ello, en participar en la gran hueste que organizó Alfonso VI con la intención de conquistar Valencia, en la que estuvo también el conde Barcelona y prometieron su ayuda Génova y Pisa con doscientas naves.

La respuesta del Cid a lo que consideró una provocación fue inmediata y contundente: con un ejército mezclado de cristianos y moros arrasó una parte de la Rioja, con Alberite y Logroño, territorio que formando parte de los dominios de Alfonso dependía directamente del enemigo personal del Cid, García Ordóñez. El ataque hubo de ser tan brutal y despiadado que ni este, después de haber reunido una gran hueste, se atrevió a enfrentarse con Rodrigo, que le esperaba en Alfaro, ni el rey, creyó conveniente continuar el cerco, al que por otra parte no acudieron a su debido tiempo las naves italianas.

Nuevo acercamiento con el rey

Sin que sepamos cómo, sobrevino otra reconciliación entre el Cid y el rey, que tuvo como efecto el reconocimiento por este del protectorado del Campeador en Levante. Una ausencia del Cid, que había ido a Zaragoza, donde Mustain se encontraba en situación difícil por parte del partido almoravidista, fue aprovechada en Valencia por el cadí Ben Yehhaf para provocar una revolución urbana, con apoyo almorávide, durante la cual hizo matar a Alcadir y se apoderó de parte de sus tesoros. Coincidió aproximadamente todo ello con el avance de los almorávides por Levante, llegando hasta Denia.

Ante la nueva situación, Rodrigo regresó apresuradamente, y al mismo tiempo que ponía sitio a Yuballa, escribía a Ben Yehhaf prometiéndole vengar la muerte de Alcadir (1 noviembre 1092). La ciudad se rindió mediante capitulación de Ben Yehhaf, en julio de 1093; en su virtud, Valencia volvía a ser tributaria del Cid y los almorávides que había en la guarnición se retiraban a Denia. Esta situación duró muy poco tiempo, pues el partido almoravidista triunfó dentro de Valencia; dejaron de pagarse los tributos y el Cid le puso nuevamente cerco (noviembre, 1093).

En el curso del año siguiente, Ben Yehhaf volvió a hacerse cargo del mando dentro de la ciudad; pero las negociaciones para una nueva paz fracasaron. En junio se rindió Valencia, y el Cid entró en ella reconociendo a Ben Yehhaf como cadí, aunque sin capacidad para administrar las rentas, nombrando como visir a un moro de la confianza de Rodrigo. Este vivía en la población que durante el sitio había edificado en Yuballa.

Las capitulaciones no llegaron a entrar en vigor, por haber traspasado los sitiados el plazo fijado por el Cid para entregar la ciudad. La rendición fue a discreción y Rodrigo tomó posesión de Valencia el 15 de junio. Ben Yehhaf siguió siendo reconocido como cadí, pero obligándole a prestar un juramento, según el cual si el tesoro de Alcadir se encontraba en poder del cadí, retiraría a este su protección y podría verter su sangre como la de un regicida.España del Cid, II, 518-519

Mientras el avance almorávide proseguía y después de haber hecho desaparecer el reino de Badajoz, los africanos conquistaban Lisboa y derrotaban sangrientamente a Raimundo de Borgoña que acudía en su ayuda en noviembre de 1094, el Cid hacía un pacto de amistad con el rey aragonés Pedro I y derrotaba a los almorávides en la batalla del Cuarte, sin que le fuera necesaria la intervención de Alfonso, que acudía en su ayuda y que participó del botín (diciembre 1094).

Con esta batalla la situación del Cid en Valencia se hizo mucho más segura. En 1095 inicia un proceso contra Ben Yehhaf, como sospechoso de culpabilidad en la muerte de Alcadir. Después de sometido a tormento —hasta ponerlo en trance de muerte—, Ben Yehhaf hizo un inventario de sus riquezas. entre las cuales algunas de las más preciadas del tesoro de Alcadir le acusaban como responsable de su muerte. Por sentencia del Cid, que siguió en ella el uso jurídico de Castilla, recogido más tarde en el Fuero de Cuenca, fue condenado a ser quemado vivo. La sentencia se cumplió en mayo de 1095.

Poco después hubo un levantamiento en Valencia, que fue reprimido a sangre y fuego, haciendo poco más tarde quemar al poeta Aben Yafar, En 1096 fue cristianizada la mezquita. En enero de 1097, el Cid aliado con el rey de Aragón Pedro I, obtuvo una nueva victoria sobre los almorávides en la batalla de Bairén. Esta victoria contrastaba con la sangrienta derrota que sufría Alfonso VI en Consuegra, en la que moría Diego, el hijo de Rodrigo, y a la que siguió otro grave revés de Alvar Háñez, en Cuenca.

Poco después, Ben Ayixa, el hijo de Yúsuf, aniquilaba a una división de las tropas del Campeador, en Alcira (septiembre-octubre 1097). Este mismo día recibía Valencia como obispo a un francés, Jerónimo de Perigord, enviado por el arzobispo Bernardo. En 1098, todavía hace el Cid una nueva conquista, la de Murviedro, y en este mismo año, o en el siguiente, celebra las bodas regias de sus dos hijas —las que, bajo los nombres falsos de Elvira y Sol, presenta el poema casadas con los infantes de Carrión, y afrentadas por ellos en las robleda de Corpes—, y que se llamaban en la realidad: Cristina, que casó con el infante Ramiro de Navarra, y María con el conde Ramón Berenguer III de Barcelona.

El 10 de junio de 1099 moría el Cid en Valencia, prematuramente, pues no debía de tener más de cincuenta y seis años. El cronicón Malleacense daba así la noticia de su muerte: In Hispania apud Valentiam Rodericus comes defunctus est de quo maximus luctus christianis fuit et gaudium inimicis paganis España del Cid, I, pág. 617, nota 2. Casi tres años después, Alfonso VI, llamado por la viuda doña Jimena y convencido de la imposibilidad de mantener la plaza, la evacuaba con el cadáver del Cid, después de incendiarla, ocupándola el general almorávide Mazdalí, en el mes de rayab (abril-mayo) de 1102.

Basándose en lo efímero los resultados tangibles de su acción, un historiador alemán (Kienast) ha podido comparar al Cid a un meteoro que deja su estela brillante en el cielo de España, después se apaga, y vuelve a ser de noche, como si nunca hubiera existido Deutsches Archivfür Geschichte des Mittelalters, t. 3 [1939], pág. 101. Pero esta apreciación es injusta; si las conquistas del Cid duraron poco, después de su muerte, su figura vivió en la fantasía y en el corazón de su pueblo como encarnación de virtudes caballerescas y guerreras, con la vida eterna de la fama.

Porque el Cid no fue solo un capitán afortunado, capaz y valeroso, que sabe conquistarse un dominio digno de un rey, y mantenerlo frente al empuje almorávide, ante el cual fracasan los demás ejércitos y capitanes cristianos; su personalidad señera se impuso por igual a musulmanes y cristianos, y no fueron castellanos los autores de la Historia latina, del Carmen, ni, en varios aspectos, el del Poema. Sus contemporáneos vieron encarnadas en él las virtudes del vasallo respetuoso y fiel a su rey y señor natural aun cuando este se muestra injusto con él. Los mismos moros reconocen su grandeza y tiemblan cuando en sus altos pensamientos de reconquista, exclama en un momento de exaltación; Un Rodrigo perdió a España y otro Rodrigo la salvará.

VÁZQUEZ DE PARGA, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 819-823.