Alfonso VI de LeónAlfonso VI en una miniatura del siglo XII en la Catedral de Santiago de Compostela.

ALFONSO VI, rey de León y de Castilla (1040-1109; 1065-1109 ) [?-Toledo]. El Bravo. La historiografía de Alfonso VI le coloca en postura desfavorable; la oficial es muy pobre (Pelayo de Oviedo ) y la restante le es adversa, ya sea cristiana ( Historia Roderici ) o árabe. Con todo, a través de ella, se advierte su grandeza de rey al lado de mezquinas pasiones humanas; no supo ser buen señor y probablemente ello fue causa de que su reinado terminara en unos años oscuros, esmaltados de fracasos, cuando se había anunciado decisivo para la Reconquista. La acción solitaria del Cid, el que hubiera podido ser su buen vasallo se esfuma con su muerte.

Valeroso y activo, Alfonso es al mismo tiempo cúpido y envidioso. Estrujó con tributos a los reyes taifas, hasta que estos llamaron a los almorávides; no soportó los éxitos del Cid y se privó, desterrándole, de su inestimable ayuda. Pero también fue un buen rey para su pueblo, que le lloró en los azarosos días que siguieron a su muerte, recordando aquellos otros en los que una sola mulier, portans aurum uel argentum in manu sua per omnem terram Hyspanie, tam habi tabilem quam inhabitabilem, in montibus uel in campis, non inueniret qui eam tangeret uel aliquid mali ei faceretCrónica del obispo don Pelayo, ed. Sánchez Alonso, Madrid, 1924, págs. 83-84. R. Menéndez Pidal divide su reinado en tres períodos:

  1. Seis años de actividad poco destacada, pérdida del reino y destierro (1065-1072).
  2. Catorce años de gloria imperial (1072-1086).
  3. Veintitrés años de fracaso frente a los almorávides (1086-1109) . Adephonsus Imperator Toletanus magnificus triumphator, en Historia y Epopeya, Madrid, 1934, págs. 257-261

Nacido en 1040 (antes de junio, según Menéndez Pidal, España del Cid, II4, página 707, tuvo por maestro a Raimundo, el que después fue obispo de Palencia (1087-1110) y fue criado por Pedro Ansúrez, conde de Carrión. Siendo el hijo preferido de sus padres, Fernando I, a pesar de ser el segundogénito, le adjudicó en el solemne reparto de 1063 el reino de León. Esto lo llevó a mal Sancho, que se juzgó postergado, y nació de aquí una hostilidad que llevó a un encuentro bélico de los dos hermanos, el 19 de julio de 1068, en la batalla de Llantada, orillas del Pisuerga, en el límite de los dos reinos, siendo derrotados los leoneses y huyendo su rey.

Aunque según la versión del obispo Pelayo de Oviedo, testigo nada sospechoso en este caso, habían convenido los dos hermanos, que aquel que triunfase recibiría sin estorbo el reino del otro, Alfonso regresó a León, sin cumplir lo pactado. En el mismo año de la batalla, lo encontramos combatiendo al reino de Badajoz; lo somete a tributo e interviene en sus cuestiones intestinas. Un momento aparecen los dos hermanos de acuerdo para privar del reino a García y repartírselo (1071), pero en 1072 vuelven a enfrentarse con sus ejércitos en los campos de Golpejera. Esta vez, Sancho, que resultó nuevamente triunfante, apresó a Alfonso y solo la intervención de Urraca consiguió que le permitiera ir desterrado a Toledo y que le acompañaran Pedro Ansúrez con sus hermanos Gonzalo y Fernando.

Alfonso residió en Toledo en el alcázar regio, frente al puente de Alcántara, y tenía para su solaz la Huerta del Rey, abrazada por el Tajo (entre este y la actual estación de ferrocarril). Allí estuvo Alfonso nueve meses (enero-octubre, 1072). Entretanto, el descontento leonés, donde el nuevo rey no había conseguido un reconocimiento unánime, dio ocasión a que, fomentada por Pedro Ansúrez y la infanta Urraca, brotara una rebeldía amparada tras los fuertes muros de Zamora. Sancho puso cerco a la ciudad, y cuando esta parecía ya próxima a rendirse por hambre, Vellido Adolfo dio muerte al rey en su propio campo.

La voz popular acusó como responsable de la muerte a la infanta Urraca, que había distinguido siempre a su hermano Alfonso con amor entrañable, que Menéndez Pidal y Lévi-Provençal no dudan, fiados en el texto recién exhumado de un historiador árabe y en la tradición juglaresca, de que se hace eco Gil de Zamora al creer que llegó hasta el incesto Alfonso VI y su hermana la infanta Urraca, en Al-Andalus, t. XIII (1948), págs. 156-66.

Alfonso abandonó Toledo acompañado por Al Mamun hasta la frontera de su reino, en el puerto de Velatome, y en Zamora se reunió con su hermana, recibiendo juntos el acatamiento de nobles y obispos del reino de León. El disgusto de los castellanos por la nueva situación, se refleja en el relato tardío de la jura exculpatoria de una posible participación en la muerte de su hermano, que le toma el Cid a Alfonso, en Burgos, en la iglesia de Santa Gadea antes de ser reconocido como rey de Castilla; lo que Menéndez Pidal supone aconteció en los meses de noviembre o diciembre de 1072. Entretanto, García había vuelto a su antiguo reino desde Sevilla, y Pedro Ansúrez y Urraca aconsejaron a Alfonso que lo prendiese para evitar un nuevo fratricidio. Así lo hizo, teniéndolo preso y encadenado hasta que murió.

En 1074, Alfonso, que había casado con Inés de Aquitania, hacía guerra al rey de Navarra, su primo Sancho García, guerra que Menéndez Pidal supone motivada por las parias del reino de Zaragoza España del Cid, I4. pág. 206. Alfonso invade la Rioja llevando como alférez a García Ordóñez, pero la expedición no debió tener éxito, pues en julio ya estaba de regreso en Burgos. El 13 de marzo de 1075 asiste en Oviedo a la apertura del Arca Santa, habiendo vuelto ya a Burgos el 1 de mayo en que iniciaba la fundación en esa ciudad de la iglesia de Santa María, a la cual había de trasladarse la sede de Oca.

El asesinato de Peñalén dio pie a una nueva intervención militar en la Rioja, donde Alfonso fue reconocido rey. La Navarra, al norte del Ebro, quedó para el rey aragonés, si bien haciendo homenaje feudal a Alfonso VI...España del Cid, I, pág. 222.

Desde el comienzo de su reinado, Alfonso, que casará sucesivamente con dos francesas y tendrá aún otras tres esposas, todas extranjeras, practica una política que podemos llamar europeizante, de acercamiento al resto de la cristiandad occidental, que viene a continuar la iniciada ya por su padre Fernando I y por su abuelo Sancho III Garcés El Mayor. Dentro de ella está el fomento de la peregrinación a Santiago, al que responde en primer lugar la supresión del portazgo de Santa María de Autares, en la entrada de Galicia por el puerto de Valcarce (1072, el 17 de noviembre), en cuyo documento alude a los peregrinos y mercaderes, no solo de España, sino de Italia, Francia, Alemania, que afluían por aquel camino.

Más tarde, incorporada la Rioja, se asocia a los trabajos del eremita Domingo, que había de ser Santo Domingo de la Calzada, reconstruyendo los puentes del camino entre Logroño y Santiago. Consecuencia de esta disposición de ánimo del rey fue que el Papa Gregorio VII le encontrara bien dispuesto, casi siempre, en sus esfuerzos por sustituir la liturgia tradicional española, mozárabe o visigoda, por el rito romano, lo que le puso enfrente de un partido tradicionalista castellano; pero el rey se impuso, y el Cronicón de Cardeña consigna al año 1078: intravit romana lex in Hispania.

Fautores acérrimos de la reforma fueron los monjes cluniacenses, favorecidos en todo por Alfonso, quien había doblado el censo anual de mil meticales pagado a Cluny por su padre Fernando. Por los finales de 1079, supone Menéndez Pidal que debió llegar a Castilla para casar con Alfonso, viudo ya de Inés, Constanza, hija del duque de Borgoña, Roberto, viuda a su vez del conde de Chalon-sur-Saône, y este matrimonio se complicó con la cuestión religiosa por la intervención del cluniacense Roberto, legado del Papa. Con el cambio de rito, hubo de ir parejo el de la escritura, adoptándose el tipo internacional europeo que llamamos francesa, fuese o no decretado este cambio en un concilio de León del año 1090.

Desde el comienzo de su reinado practicó Alfonso VI el sistema de parias o tributos de los reinos taifas, que se veían así, a la vez, explotados y defendidos contra sus demás enemigos. Conocemos el auténtico pensamiento del monarca sobre este asunto, gracias a un pasaje de las Memorias del rey zirí de Granada, en que este cuenta la conversación que sobre este asunto tuvo con él el conde mozárabe Sisnando Davidiz;

Alfonso no quiere apoderarse de Granada, según el visir sevillano le incita, porque no estaría seguro de los granadinos, ni podría exterminarlos ni podría poblar la ciudad con gentes del reino cristiano; lo que tiene que hacer es malquistar a unos príncipes musulmanes con otros, para sacar dinero a los unos y a los otros, hasta que viendo ellos agotados sus recursos y sus soldados, se sometan completamente

Esta era, en efecto —comenta Menéndez Pida l—, la política de Alfonso, ya que en su reino no había exceso de población para colonizar al-Andalus, procurar no tanto conquistar ciudades, como absorber las riquezas de los reinos de taifas para avasallarlos. España del Cid, I4, pág. 258. Cuando un rey musulmán se retrasaba en el pago del tributo, Alfonso mandaba una embajada para cobrarlo y el mantenimiento del embajador y de su escolta de gente de armas representaba un gasto suplementario que el tributario tenía el mayor interés en evitar.

Por otra parte, la creciente presura tributaria a que los reyes se veían obligados a someter a sus súbditos para poder aprontar las sumas necesarias para el pago de las parias, era motivo grave de descontento entre la población ciudadana, y su agitación tuvo una parte importante en los preliminares de la conquista de Toledo consumada en mayo de 1085, después de un largo asedio, durante el cual Alfonso VI hizo la guerra al rey de Badajoz, Mutawakkil, tomando Coria en septiembre de 1079 y talando e incendiando los campos de la ribera del Guadiana. El desastre a que dio lugar la traición de Rueda, fue ocasión a una breve reconciliación con el Cid, entonces al servicio del rey moro de Zaragoza.

El cobro de las parias no era siempre una cuestión fácil; al Mutamid, de Sevilla, hizo en una ocasión empalar al embajador de Alfonso, que era el judío Ben Xálib, y encarcelar al resto de la embajada, que el monarca cristiano se vio obligado a canjear por el castillo de Almodóvar, si bien después entró en son de guerra en sus estados, acampando en Triana y llegando a pisar las aguas del mar en la punta de Tarifa.

Alfonso, que, según decían, había renunciado a coronarse emperador en Toledo, pues esperaba a hacerlo en Córdoba, y ante quien efectivamente parecía que no podía oponerse ninguna resistencia eficaz por parte de la España musulmana, no supo o no quiso mantenerse dentro de los términos de prudencia que le aconsejaba el aluazir Sisnando, y su presión provocó en los reyes taifas la decisión desesperada de llamar al emir almorávide y a sus cábilas saharianas, aun a conciencia de que no hacían más que cambiar un peligro por otro.

Alfonso tuvo que levantar precipitadamente el cerco que tenía puesto a Zaragoza ante la noticia de que Yusuf había desembarcado en Algeciras a fines de junio de 1086. El 23 de octubre ocurría el desastre de Sagrajas, cuyas consecuencias se vieron aminoradas por el pronto regreso al África de Yusuf. Gravemente alarmado Alfonso, hizo un patético llamamiento a la cristiandad, amenazándola con dar paso por sus Estados a los ejércitos africanos si no le daban pronto auxilio. Efectivamente, se reunió una cruzada, pero no llegó a entrar en los estados de Alfonso, sino que puso sitio infructuoso a Tudela. Con ella venían dos sobrinos de la reina Constanza, Raimundo y Enrique de Borgoña, que habían de quedarse en la corte castellana casados con dos hijas del rey, Urraca y Teresa.

Parece que la grave conmoción producida por la primera y grave derrota de las armas de Alfonso coincidió con un intento secesionista de Galicia, donde el obispo de Compostela, Diego Peláez, era depuesto, acusado de estar en tratos con Guillermo el Conquistador para entregarle la tierra gallega, al mismo tiempo que un noble, el conde Rodrigo Ovéquiz, que estaba desterrado en Zaragoza, apareció rebelado en el castillo de Ortigueira. Alfonso acudió en persona a desbaratar la trama, prendiendo al conde y privándole de sus bienes, que dona a la iglesia de Lugo.

Después de Sagrajas, la actitud de Alfonso VI con relación a los reyes taifas cambia por completo. Aprovecha el creciente disgusto y aprensión con que ellos ven a Yusuf y sus almorávides para procurar atraérselos y al mismo tiempo procurar que reanuden el pago de las parias. En 1090 consigue del rey de Granada que haga efectivas tres anualidades que tenía en descubierto. Los otros reyes, que temían ya más a Yusuf que a Alfonso, comenzaron tratos secretos con este; se comprometieron a no ayudar con tropas ni dinero a los almorávides, y algunos ofrecieron entregar sus reinos al cristiano con tal de quedar como gobernadores de sus antiguos dominiosEspaña del Cid, I4, página 394.

En su tercer desembarco (por junio de 1090), Yusuf no pudo ya contar con ninguna ayuda de los andaluces para su ataque a la ciudad de Toledo, que fue defendida por Alfonso VI y Sancho Ramírez. En este mismo año los reyes de taifas empiezan a verse desposeídos, siendo los primeros los dos hermanos Abd-Allah, de Granada, y Tamín, de Málaga; a fines del mismo año, el general Çir Ben Abú Béker, un primo de Yusuf, comienza el ataque al reino de Sevilla, tomando Tarifa.

Antes de la primavera del 1091, Alfonso VI recauda un tributo extraordinario de dos sueldos por cada casa, del que no son eximidos los infanzones y que justifica por el peligro almorávide. Hace efectivamente ese año una campaña contra Granada, en la que participa también el Cid, pero en la que no se llegó a combatir. Al regreso, el Cid vuelve al Levante, fracasada la reconciliación, y allí extiende su esfera de influencia y protectorado, excitando así la envidia de Alfonso, que organiza una gran coalición con Aragón, Cataluña, Génova y Pisa para conquistar Valencia.

Esta acción provoca como respuesta del Cid un inmisericorde ataque a la Rioja y con él una reacción inesperada en el rey que se reconcilia con Rodrigo. Entretanto, han caído en manos de los almorávides Córdoba, Sevilla y Murcia, en 1091; Mutamid no ha podido impedir su ruina a pesar de haber ofrecido a Alfonso en prenda de amistad a su nuera, la viuda de su hijo Al-Mamun, con una rica dote de ciudades y castillos: Caracuey, Alarcos, Consuegra, Mora, Ocaña, Oreja, Uclés, Huete, Amasatrigo y Cuenca. Esta fue la mora Zaida, que bautizada con el nombre de Isabel, había de dar al rey su único hijo varón, el malogrado infante Sancho.

Las tropas cristianas, salvo las del Cid, sufren frente a los almorávides una serie ininterrumpida de fracasos. Por julio de 1091 es derrotado Alvar Háñez en Almodóvar del Río; en 1092, el propio Alfonso, con graves pérdidas, en Jaén; en 1094, su yerno Raimundo sufre un terrible desastre al intentar acudir en socorro de Lisboa. Es el mismo año en que el Cid entra en Valencia y derrota completamente al ejército almorávide que trata de salvarla en el Cuarte. En 1097 fracasa una gran expedición de Alfonso VI contra Zaragoza; Yusuf cruza el Estrecho por cuarta vez y ataca la frontera de Toledo.

El 15 de agosto los cristianos sufren un nuevo desastre en Consuegra y allí muere el único hijo varón del Cid, Diego; en el mismo año, nueva derrota de Alvar Háñez, en Cuenca. En 1100, Enrique de Borgoña es derrotado en Malagón al intentar defender el reino de Toledo. El año anterior ha muerto el Cid, pero su viuda defiende todavía la plaza. A finales de agosto le pone sitio el general almorávide Mazdalí y Jimena solicita la ayuda de Alfonso, que acude con un ejército y hace retirarse al almorávide a Cullera. El rey emperador permanece un mes en Valencia y después de tantear la fuerza del ejército que le ponía sitio decide evacuarla. En mayo de 1102, después de incendiar la ciudad, la abandona. Este no ha de ser el último golpe que recibe; el más terrible le estaba reservado: la pérdida de su hijo Sancho, que muere en 1108, con su ayo García Ordóñez que le cubre con su escudo, en la terrible rota de Uclés.

En el año siguiente muere Alfonso en Toledo, el 30 de junio, y su sucesión abre para sus Estados unos años de inquietudes y desórdenes, por el matrimonio de su hija Urraca, viuda de Raimundo de Borgoña, con el rey aragonés Alfonso I. Las cinco mujeres legítimas que tuvo Alfonso VI: Inés de Aquitania, Constanza de Borgoña, Berta de Tuscia, Isabel y Beatriz, solo le dieron hijas. Urraca, la que había de sucederle, fue hija de Constanza; de Isabel tuvo a Sancha y Elvira, que casaron respectivamente con el conde Rodrigo de Asturias y con Roger II de Sicilia. Otras dos hijas tuvo en su concubina Jimena Núñez; otra, Elvira, que fue mujer del conde de Tolosa, Raimundo IV, y Teresa, que casó con Enrique de Borgoña. La mora Zaida, como ya dijimos, le dio su único hijo varón: el infante Sancho, que murió en Uclés.

VÁZQUEZ DE PARGA, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E, págs. 121-124.