Mauregato de Asturias

Datos biográficos

Dinastía: Astur-Leonesa
Rey de Asturias: 783-789
Fallecimiento: 789
Predecesor: Silo
Sucesor: Vermudo I

Biografía

Mauregato, hijo de Alfonso I y de una sierva, calificación despectiva que la Crónica de Alfonso III aplica a su madre y de no clara interpretación, tío por tanto del futuro Alfonso II, tras hacerse ilegítimamente con el poder, en afirmación de la Crónica Albeldense, ocuparía el solio regio de Pravia durante cinco años (783-788), desplazando al hijo de Fruela I del trono, al que había sido promovido por su tía Adosinda con los oficiales palatinos, y viéndose obligado este a exiliarse a tierras alavesas, donde, siempre siguiendo el relato de la crónica regia, se refugió entre los parientes de su madre, la reina Munia, viuda de Fruela I.

No es posible precisar que tiempo, necesariamente breve, medió entre la muerte de Silo, con la consiguiente proclamación de Alfonso II y el destronamiento de este por su tío Mauregato, ni con que apoyos pudo contar el nuevo monarca. La redacción Rotense de la Crónica de Alfonso III parece dar a entender que el sobrino de Adosinda llegó a ocupar efectivamente el solio regio: Mauregato se levantó hinchado por la soberbia y expulsó del trono al rey Alfonso, dice.

La historiografía oficial del reino de Asturias, que se expresa en el ciclo narrativo representado por las crónicas Albeldense y de Alfonso III en sus dos versiones, redactadas seguramente en la corte ovetense de fines del s. IX, ha proyectado una interesada damnatio memoriae sobre la figura de Mauregato, bastardo de Alfonso I, sucesor ilegítimo de Silo, hijo de una sierva y causante del alejamiento del trono de su sobrino Alfonso II, quien no parece que pudiese contar, como pretende hacer creer la Crónica de Alfonso III, con el respaldo unánime de los magnates del círculo cortesano de Pravia, ya que, si así hubiese ocurrido, no tendría explicación el acceso de aquél al trono.

La historiografía posterior a esas primeras crónicas asturianas incide en el juicio negativo sobre su figura, incorporando nuevos datos vejatorios y fantásticos a su gestión política, como el pago de la paz a los musulmanes con el oprobioso tributo de la cien doncellas. Sin embargo, el breve reinado de Mauregato, sobre le que se dispone, al margen de las escuetas referencias cronísticas, de las preciosas informaciones de unas fuentes literarias sin precedentes hasta esos momentos, dista mucho de ofrecer, en la realidad, la imagen de una corta e intrascendente etapa de la historia del reino de Asturias.

En el terreno militar, seguramente, se mantendría la larga paz con los musulmanes que se inició durante el reinado de Aurelio, ya que la referencia a un choque armado con los sarracenos que se desliza en las falsas actas conciliares ovetenses del 821 no merece mucho crédito. En otro orden de cosas, debe destacarse que durante el reinado de Mauregato se percibe ya un claro anticipo del patronazgo de Santiago sobre pueblo cristiano y una iglesia asturiana, que en plena querella adopcionista, afirmaba su independencia frente a la poderosa Iglesia mozárabe.

Efectivamente, en el himno O Dei Verbum, de discutida atribución a Beato de Liébana y, en todo caso, pieza literaria independiente de la tradición cronística, se encuentra una primera formulación expresa de la percepción del pequeño núcleo astur como una comunidad política organizada bajo el patronato del Apóstol, a quien se invoca para que se muestre piadoso protegiendo al rebaño a ti encomendado y manso pastor para el rey, el clero y el pueblo.

El Monarca al que se le dedica el himno es, según se lee en el acróstico, el piadoso rey Mauregato. Sea cual sea la autoría del himno O Dei Verbum, y no parece aventurada su atribución a Beato de Liébana, sus contenidos, de extraordinario interés doctrinal, no solo espiritual sino, y acaso en mayor medida, político, solo cobran pleno sentido interpretados en el contexto de la controversia teológica que en esos momentos está enfrentando a la cabeza de la poderosa iglesia mozárabe y a dos representantes de la modesta comunidad cristiana insumisa norteña: Beato de Liébana y su discípulo el joven obispo de Osma Eterio.

Ambos van a actuar como celosos defensores de la ortodoxia frente al desviacionismo heterodoxo del metropolitano de Toledo Elipando, secundado por Félix de Urgel, obteniendo a la larga la posición mantenida por la joven Iglesia asturiana el decidido apoyo de la Monarquía franca y el reconocimiento final del papado.

El error adopcionista surge con ocasión de la refutación que Elipando hace, reunido en Sevilla con sus obispos (784) de la doctrina de Migecio, contraria a la ortodoxia católica sobre la Trinidad. De la profesión de fe de Elipando se seguía, sin embargo, la admisión de una doble filiación y, por tanto, la existencia de dos personas en Cristo, quien en cuanto hombre sería solo hijo adoptivo de Dios. En la cristiandad insumisa norteña se alzará rápidamente la voz de alarma contra el error del más significado representante de la comunidad mozárabe.

Beato y Eterio redactan un largo y ardoroso escrito en el que salen al paso del error adopcionista, restituyendo su sentido legítimo a las fórmulas litúrgicas visigodas que, torcidamente interpretadas por Elipando, habían dado base a su proposición herética. La controversia teológica se agravaría al adherirse el obispo de Urgel Félix a la doctrina mantenida por el metropolitano de Toledo.

A través de una carta que Elipando dirige a un cierto abad asturiano de nombre Fidel y que Beato reproduce fragmentariamente en su Apologético, que se presenta como carta dirigida por Eterio y Beato al arzobispo de Toledo, aluden estos a la lectura de la carta enviada por el prelado, en octubre de 785, al abad Fidel y que ellos pudieron ver con ocasión del viaje que hicieron a la corte Praviana para asistir a la profesión religiosa de Adosinda, el 26-XI del mismo año.

De esa carta se deducen dos hechos: que el error adopcionista había comenzado ya a difundirse por Asturias y que Beato y Eterio lo combatían provocando la iracunda reacción de Elipando, que encomienda al abad Fidel la instrucción en la verdad del joven obispo Eterio, alejándolo de la nefasta influencia de su maestro Beato y procurando desterrar de Asturias lo que él considera postura herética del monje lebaniego. La recomendación del metropolitano se acompaña de duras críticas contra Beato, a quien llega a calificar de precursor del Anticristo.

A pesar de las frecuentes digresiones que en el texto se hacen y que dificultan su lectura, esta obra, escrita para edificación e instrucción de los fieles, tiene, en opinión de su más reciente editor y estudioso, una línea argumental clara:

Su autor tiene en todo momento obsesivamente presente a Elipando y su tesis heréticas, en las que afirma que Jesús es hijo propio y natural de Dios en su divinidad; e hijo adoptivo en su humanidad; que la creación y redención fueron realizadas por el que es hijo por generación, por naturaleza, pero no por quien es hijo por adopción, en su humanidad, Jesús es lo mismo que los santos por la gracia: hijo adoptivo, cristo, párvulo, abogado y siervo. Exponer y refutar estas doctrinas y responder a las acusaciones e insultos [de Elipando], constituyen el argumento central del libro y dan a sus páginas cohesión y unidad.A. del Campo Hernández.

La conclusión didáctica que se extrae del Apologético es clara: las proposiciones de Beato y Eterio representan la verdadera fe de la Iglesia; ellos son los debeladores de una doctrina errónea, la de Elipando, cuyo nombre se incorpora a la larga nómina de herejes conocidos. La última etapa en el desarrollo de la querella adopcionista se inscribe ya plenamente en el marco de las relaciones entre Alfonso II el Casto y Carlomagno, que encuentran seguramente en las implicaciones políticas de esa controversia teológica una de sus claves interpretativas fundamentales.

Al himno O Dei Verbum y al Apologético, obras de naturaleza e intenciones diversas aunque seguramente atribuibles a la común autoría de Beato de Liébana, se une una tercera, igualmente del monje lebaniego —el Comentario al Apocalipsis—, que forman un conjunto textual en el que pueden observarse claros paralelismos literarios y temático.

Esta última, monumental en sus proporciones aunque de escasa originalidad, parece que fue objeto de una primera redacción en el año 776, siendo la definitiva del 786 y puede obedecer a la intención de preparar a los fieles ante los terrores del año 800, proporcionándoles un útil instrumento de predicación. Por otra parte, el Comentario de Beato estaría llamado a ejercer una amplia y prolongada influencia literaria y artística en el futuro.

Al margen de las muchas y diversas sugerencias que brinda la lectura de las precedentes obras, interesa destacar que las tres están expresando, en el penúltimo decenio del s. VIII las primeras manifestaciones de un incipiente florecimiento cultural en el reino de Asturias, que tiene sus centros principales y estrechamente relacionados en la sede regia de Mauregato y en el ambiente monástico de Liébana y su figura central en el citado Beato.

Su actividad teológico literaria pone de manifiesto el temprano y profundo arraigo en los apartados valles astur-cántabros de una tradición cultural seguramente trasplantada aquí, en buena parte por los emigrantes sureños, pero sin que sea aventurado suponer su yuxtaposición a una cierta tradición local, acaso de mayor entidad de la que se venía afirmando y cuya influencia, por ejemplo, en el plano de las manifestaciones artísticas que cristalizaron pronto el la espléndida floración del llamado arte asturiano, parece admitirse cada vez con mayos convicción entre los estudiosos recientes de este arte.

Mauregato falleció de muerte natural, anotan los textos cronísticos, sin que digan el lugar de su enterramiento, que una tardía interpolación pelagiana sitúa en Santianes de Pravia.

RUIZ DE LA PEÑA SOLAR, Juan Ignacio, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol XXXIV, págs. 52-54.