El reino de Asturias

Historia del Reino de Asturias

Reyes de Asturias

Pelayo, 718-737
Fávila, 737-739
Alfonso I el Católico, 739-757
Fruela I el Cruel, 757-768
Aurelio, 768-774
Silo, 774-783
Mauregato, 783-789
Vermudo I el Diácono, 789-791
Alfonso II el Casto, 791-842
Ramiro I, 842 -850
Ordoño I, 850-866
Alfonso III el Magno, 862-909

Historia del Reino de Asturias

El reino astuariano dura desde la proclamación de Pelayo por los astures (718) hasta la muerte de Alfonso III (910). A primera vista aparece como un milagro histórico. Que los musulmanes después de haber deshecho la organización estatal del reino visigodo y cuando su potencialidad bélica les permitía todavía incursiones victoriosas más allá de los Pirineos, no hayan conseguido anular el insignificante foco de rebeldía y resistencia de las montañas asturianas, es algo que parece de difícil explicación.

El reino de Asturias hacia el año 721..Situación de la península en el 721.

Cuando casi dos siglos después Alfonso III recapitulaba la historia de sus orígenes, veía en Covadonga (la cova dominica) la salvación de España y reparación del ejército del pueblo godo. El pequeño rincón de España, hac patria Asturiensium, en donde escribía, estaba penetrado del sentimiento de que le tocaba cumplir una misión providencial, a la vez religiosa y política: salvar a la Iglesia cristiana y a la monarquía goda. Si esta había desaparecido con Rodrigo, resucitaba con Pelayo y a continuación de la nómina de reyes godos toledanos habría un nuevo ordo gothorum Obetensium regum.

Los hechos sobre los que suele insistir una historia positivista —las excepcionales condiciones geográficas por la intrincadísima topografía de la región y la retirada de árabes y bereberes, que vació de musulmanes la región nordoccidental, produciendo entre el territorio de Asturias y la España musulmana un desierto estratégico—, no son suficiente explicación si se prescinde de la voluntad vital que animaba a aquel pequeño núcleo de astur-romanos e hispano godos, cuya colaboración parece como reflejarse en los propios nombres de sus primeros reyes: latinos los de Pelayo, Silo y Ordoño, o germánicos como los de Alfonso y Fáfila. Todos ellos parece que fueron elegidos entre los miembros de dos familias únicas: la de Pelayo, el vencedor de Covadonga y la de Pedro, duque de Cantabria, La historiografía oficial quiso pronto legitimar su derecho a la realeza enlazando a ambas con los monarcas godos más ilustres.

El núcleo primitivo del nuevo reino lo formaba el territorio de los astures transmontanos. Si sus habitantes habían resistido tenazmente a los romanos, hasta exigir la presencia del propio Augusto en el teatro de operaciones, parece que después aceptaron su civilización, y en su país menciona Ptolomeo, por lo menos, dos ciudades: Lucus Asturum (Lugo de Llanera) y Gigia (Gijón); sin embargo, no sabemos que allí haya habido ninguna iglesia episcopal hasta que se fundó la de Oviedo, lo que parece argüir una decadencia y apagamiento de la vida ciudadana. Tampoco el nuevo reino se apoya en ninguna de estas dos ciudades, sin duda ya muertas por entonces, y sus modestas cortes estuvieron primero en Cangas de Onís, luego en Pravia y después en Oviedo, ninguna de las cuales tenia núcleo urbano anterior.

Solo en Oviedo se formó una pequeña ciudad por el esfuerzo personal de sus reyes, sobre todo de Alfonso II, que levanta allí iglesias y un palacio, al que se adosó una capilla (la Cámara Santa) donde se guardaban sagradas reliquias que se decían venidas de Toledo. Después, Ramiro I construye en la falda del Naranco, sobre Oviedo, las iglesias de Santa María y San Miguel, con palacios y otros edificios. Todas estas construcciones, orgullosas en su pequeñez, como imagen del reino en que nacen, pequeñas, pero dignas v originales, son construcciones de piedra abovedadas que nada deben a la cultura superior de Andalucía ni tampoco son reflejo de las de la Europa carolingia.

Al producirse el conflicto religioso que representa la propagación de la herejía adopcionista, Asturias suena en Francia al par que España. En esta, en la sometida a los musulmanes, el metropolitano de Toledo Elipando, se indigna de que un monje asturiano, un inculto lebaniego, Beato, el autor de los Comentarios al Apocalipsis, se atreva a darle lecciones a él, representante de la ciencia toledana.

De los primeros reyes asturianos solo sabemos con seguridad que usaron el título de príncipes (Silo princeps fecit, se leía en la inscripción conmemorativa de la iglesia de la Santa Cruz, en Cangas). A Alfonso II se le atribuye la restauración del orden gótico en la iglesia y en el palacio; restauración precaria, pero que dotaba al rey y a la corte de majestad y aparato. Oviedo, mínima en extensión, ostenta un palacio regio de sólida sillería, iglesias y una muralla. Es el momento de los más duros embates musulmanes, pero, al fin, reino y capital salen triunfantes de la prueba. Por entonces empieza a darse culto en Galicia al sepulcro de Santiago, promesa de esplendores futuros.

Genealogía de los reyes electivos de Asturias.Genealogía de los reyes electivos de Asturias (en azul claro).

Alfonso ha sido ungido conforme al rito de los monarcas toledanos. Mantiene relaciones con Carlomagno y con su hijo Luis de Aquitania; pero estas relaciones que podían parecer una clientela humillante, las silencia su sucesor, el rey cronista Alfonso III, quien no recoge más menciones de francos que las noticias de la cautividad de dos grandes jefes por los Banu Qasi y de la pérdida por Muza, en Albelda, de los regalos que le había enviado el rey de los francos Carlos el Calvo.

La Iglesia hubo de organizarse de nuevo en el territorio asturiano: hasta Alfonso I no había en él ninguna ciudad episcopal, y de las que él tomó a los musulmanes solo Lugo es posible que recibiese entonces un obispo; Odoario. En Oca lo era Valentín, en 759. En Iria debía de haberlo ya en el reinado de Alfonso II y es muy probable que a este haya que atribuir la creación del obispado de Oviedo, y, desde luego, en su tiempo hubo una iglesia episcopal en Valpuesta.

En la segunda mitad del siglo IX aparecen nuevas sillas episcopales: Frunimio es obispo de León en 800, Rosendo, de Mondoñedo, hacia 867, y Alfonso III, que había restaurado antes de 878 el obispado de Astorga, parece que restableció también los de Orense, Braga, Lamego, Visco y Coimbra Barrau Diligo, Rechercher pags. 264-265.

En un texto seguro Crónica Albeldense tenemos la lista de las sedes y de los obispos del reino asturiano en el año 881: Flayano (con la consideración de metropolitano) de Braga regía la iglesia de Lugo; Rosendo, la de Mondoñedo, como obispo de Dumio. Sisnando, la de Iria, establecida en el lugar del sepulcro de Santiago; Nausto, en Coimbra, Branderico, en Lamego; Sebastián, en Orense; Justo, en Porto; Alvaro, en Velegia (Alava); Felemiro, en Osma; Mauro, en León; Ranulfo, en Astorga, y Hermenegildo, en la sede regia de Oviedo P. David, Etudes historiques sur la Galice et le Portugal du VI au XI siècle, Lisboa Paris, 1947, pág. 130; cf. Hispania, 8 (19.18), págs. 20. 164.

Parece que antes de terminar el siglo IX habían recibido obispos Coria (Jacobo lo era en 899) y Zamora (Atilano, desde el 8 de junio del 900). Sin embargo, no debemos pensar que todos estos obispos ejercieran, por lo menos de un modo continuo, su ministerio pastoral en su sede titular; sabemos que sucedió así con Nausto, el obispo de Coimbra, muerto en San Andrés de Trobe (prov. de La Coruña).

Este crecimiento de la Iglesia asturiana, en el que puede apreciarse el interés por mantener la tradición visigoda en la restauración de las antiguas iglesias episcopales, se une estrechamente con dos manifestaciones características del nuevo reino: la repoblación y el monacato. Las dos marchan a la par, y muchas veces el segundo parece un instrumento para la primera.

La repoblación se inicia inmediatamente después de las campañas de Alfonso I, y continúa ininterrumpidamente, respaldada por el sistema defensivo del reino asturiano, que se apoya en las ciudades amuralladas de Tuy, Astorga, León y Amaya, restauradas por Ordoño I, y que adquiere su pleno desarrollo en el reinado de Alfonso III, con la gran corriente inmigratoria mozárabe, que después imprimirá un carácter peculiar al reino leonés, repoblándose el Portugal actual, de Tuy a Coimbra, las llanuras de León y la Tierra de Campos hasta los ríos Duero y Pisuerga, y Castilla, hasta el Arlanzón, marcando esta línea las ciudades y fortalezas que se suceden desde Coimbra, sobre el Mondego, hasta Burgos, sobre el Arlanzón. Con Burgos se puebla Ubierna, por el conde Diego, en 882; en el año siguiente se fortifica Castrojeriz, y diez años más tarde (893) es reedificada Zamora con la ayuda de los cristianos de Toledo, dotándola de un formidable sistema defensivo de fortificaciones; en 899, se restauran Simancas y Dueñas, y en este mismo año, o en el siguiente, repuebla Toro el propio hijo de Alfonso III, el infante García.

A la par de la repoblación se multiplican las fundaciones monásticas. Estos monasterios parecen muchas veces fórmulas económicas, tanto o más que pactos religiosos. Los hombres se asocian bajo la autoridad de un abad, a veces hombres y mujeres, para alabar a Dios y ganar el sustento. La dura labor de roturación se realizaba mejor, y, a veces, solo sería posible por una asociación de esfuerzos y de elementos, y bajo una autoridad, la del abad, que los sometía a todos a una disciplina. Además, así sería más fácil obtener donaciones piadosas de reyes y magnates; no en balde el primer documento auténtico y original de un rey asturiano es un diploma del rey Silo, otorgado el año 775 a los monjes de un pequeño monasterio de los confines de Galicia, entre los ríos Eo y Masma.

Antes, en 759, la abadesa Nuñabella fundaba San Miguel de Pedroso, en la Rioja, y por la misma época se dice fundado el monasterio de Samos (prov. de Lugo), por el rey Fruela, para un abad Argerigo y su hermana Sarra, que habían llegado de la España musulmana. De entre estos monasterios, que aparecen por todas partes, algunos han de adquirir importancia duradera absorbiendo a muchas casas de menor importancia: San Martín (después Santo Toribio) de Liébana, San Salvador de Valdediós, Celanova, Sobrado, San Pedro de Rocas, San Pedro de Montes y otras fundaciones de San Genadio, en el Bierzo; San Pedro de Cardeña y San Millán de la Cogolla, en Castilla.

Con Alfonso III, aun cuando el reino asturiano no cuente todavía con doscientos años de existencia, es ya, dentro de la Península, una potencia que puede, por una parte, presentar frente a Córdoba su aspiración a una Reconquista de España, como heredero de la monarquía visigoda, por otra, frente a los otros núcleos pirenaicos de resistencia cristiana, y concretamente frente al reino de Pamplona, proclamado en 905, pretensiones muy claras de hegemonía, que se expresarán en la titulatura imperial de los reyes leoneses, la que empieza a esbozarse ya con Alfonso III.

El territorio de su reino, al que la inmigración mozárabe infunde una vida cada vez más activa, está protegido en su extremo oriental por una tierra erizada de fortalezas. siempre alerta a la amenaza musulmana de las campañas cordobesas contra Álava, donde brotará la peculiaridad castellana. Por otra parte, y como antemural de las nuevas ciudades repobladas en la tierra llana, el desierto del Duero seguirá aún por mucho tiempo separando el territorio cristiano del musulmán, mientras que frente al nuevo peligro marítimo de los normandos y de los piratas sarracenos se levantan los dos castillos de Gozón, en la ría de Avilés, y de Honesto, en la de Padrón, defendiendo los accesos naturales a Oviedo y a la futura Compostela.

Pero después de las últimas repoblaciones en la tierra llana, que se extiende delante de la cordillera Cantábrica, la capitalidad de Oviedo resulta demasiado alejada, detrás de los montes, como centro político del reino, y el hijo de Alfonso III, García I, la trasladará a León, la vieja ciudad romana, ceñida de murallas, nacida del campamento de la legión VII Gemina y situada en el camino que en tiempos del Imperio romano llevaba de Burdeos a Astorga, y que, con pequeñas modificaciones en su trayecto, servirá a los peregrinos para dirigirse al sepulcro de Santiago. En adelante, parece, pues, plenamente justificado hablar de un nuevo reino de León.

VÁZQUEZ DE PARGA, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 396-398.