Ramiro II de Aragón. El Monje. ?, c. 1087 – San Pedro del Viejo (Huesca), 16.VIII.1157. Rey de Aragón.

Ramiro fue el cuarto hijo de Sancho Ramírez, tercero habido con su segunda mujer, Felicia de Roucy. Era, por tanto, hermano de Alfonso I y hermanastro de Pedro I. La primera noticia que se dispone sobre él muestra su entrega al monasterio de Saint-Pons de Thomières (Francia), el 3 de mayo de 1093, lo cual, junto con otros indicios, sugiere que había nacido en 1087. El apelativo de “monje” por el cual es conocido deriva de esta ofrenda que lo colocaba bajo la tutela de uno de los monasterios más importantes del sur de Francia, regido por Frotardo, un personaje con gran relevancia en la ordenación de la Iglesia navarro-aragonesa en la época de Sancho Ramírez, pero puede inducir a ciertos equívocos, en la medida en que el objetivo paterno era preparar a Ramiro para una carrera eclesiástica oficial, al igual que la de su tío García, obispo de Jaca y hermano de Sancho Ramírez. De este modo, a principios de la década de 1110 se hallaba probablemente en la Corte de Alfonso el Batallador, aunque la primera indicación de que cumplía las funciones citadas lo coloca como abad de Sahagún (¿hacia 1112?), de donde fue expulsado al no consolidarse en León el poder de Alfonso. El Monarca volvió a contar con él para nombrarle obispo de Burgos (1116), otro puesto difícil, al que tuvo que renunciar muy pronto, ante la resistencia de los canónigos locales. De nuevo Ramiro tropezó con una fuerte oposición en 1122, cuando se planteó la sucesión del obispo de Pamplona, Guillermo, y Alfonso lo propuso.

Su rival, Sancho de Larrosa se alzó con el cargo, una circunstancia que tuvo repercusiones posteriores.

Finalmente, en agosto de 1134, Ramiro fue elegido obispo de Barbastro, puesto que su predecesor había muerto en la batalla de Fraga.

Alfonso I murió sin herederos el 7 de septiembre de 1134, tras haber ratificado expresamente su testamento de 1131 ante un elevado número de nobles y obispos, pero es fácil suponer el sentimiento unánime de que era inviable. Como es sabido, entregaba el Reino a las Órdenes Militares de Palestina —que debían garantizar a los nobles el disfrute de sus beneficios feudales— y distribuía entre las instituciones eclesiásticas del sur de Europa importantes donaciones.

En esta coyuntura, Ramiro decidió salvaguardar a toda costa el linaje real, lo que significaba, en primer lugar, retener la realeza y mantener los dominios de sus antepasados, única forma de evitar la disolución final de la dinastía. Fue una decisión rápida: al día siguiente de la desaparición de Alfonso, presidió como rey los sufragios por el difunto, e inició un rápido viaje por el territorio aragonés para recabar la fidelidad de sus nuevos súbditos. En veinte días acudió a Huesca, Jaca, Sobrarbe, Ribagorza, Roda y Barbastro, de manera que el 29 de septiembre estaba a las puertas de Zaragoza, después de haber recorrido trescientos setenta kilómetros en tres semanas. El comportamiento de Ramiro y el tono de sus documentos reflejan una situación desesperada; la legitimidad de este peculiar golpe de estado dependía esencialmente del factor tiempo: de que ningún otro candidato tuviera posibilidades de pulsar sus propios apoyos y contrarrestar el dudoso liderazgo de un obispo.

Los sucesos que se desarrollan en Aragón y Navarra entre 1134 y 1137 son de una importancia capital para la historia de la Península Ibérica en el siglo XII.

La secesión de Navarra y la creación de la Corona de Aragón son los dos aspectos más significativos, pero el control del Valle del Ebro y, sobre todo, el estatuto de Navarra, siguieron condicionando la actividad política de Castilla y Aragón durante casi cincuenta años más.

Por tanto, los treinta y cinco meses de gobierno de Ramiro II más que un paréntesis son una especie de bisagra que soporta un giro histórico de gran magnitud.

Los problemas que plantea esta etapa están lejos de haberse resuelto, aunque conocemos los principales jalones de este complicado reinado: el acceso de Ramiro al poder en septiembre de 1134, las negociaciones con García Ramírez de Navarra y Alfonso VII de Castilla, el matrimonio con Inés de Poitou, el nacimiento de su hija Petronila y la renuncia al poder en favor de su yerno, Ramón Berenguer IV en agosto de 1137.

La mejor explicación de las motivaciones que le impulsaron a tomar el poder la ofreció el propio Ramiro II en noviembre de 1137, en un documento que confirmaba sus donativos a la Catedral de Roda: después de rememorar cómo su hermano Alfonso había consentido en su elección como obispo de Roda-Barbastro, “transcurridos escasos días, en ese punto felizmente alzado, como consecuencia de la muerte de este varón, no por ambición de honores o deseo de enaltecimiento, sino únicamente por la necesidad del pueblo sediento y por la tranquilidad de la Iglesia, con plena voluntad y buen ánimo, asumí la potestad regia y la culminación de la dignidad y sucedí a mi hermano.

Además, tomé mujer, no por la lujuria de la carne sino por la restauración de la sangre real y de la estirpe”.

No hay demasiadas razones para dudar de la sinceridad de esta declaración autobiográfica, pero es posible que sea mejor entendida si renunciamos a ver en Ramiro la figura tópica del monje, con los matices de pacifismo y recogimiento que son inseparables de nuestro concepto del monacato. Muy al contrario, los estudios recientes han mostrado la profunda y soterrada agresividad que revestía la liturgia cluniacense, la vasta convicción de los monjes negros de que el poder de Dios, invocado en las salmodias y letanías de los rituales sagrados, actuaba a petición suya, castigando a quienes desafiaban al círculo de ángeles en la tierra formado por la congregación de monjes. Es improbable que Ramiro fuese un manso sacerdote, educado para ser humilde. En la humillación individual de los monjes de este período —todos ellos miembros de los linajes nobiliarios— subyacía un sólido orgullo como colectivo, seguro de que su posición era la más cercana a Dios en la jerarquía terrenal. No merece la pena especular sobre los aspectos psicológicos de la personalidad de Ramiro, pero desconfiemos de la idea de que, como monje, era un hombre sumiso o enemigo de la violencia. Una lectura atenta de los libros litúrgicos del siglo XI descubre un lenguaje plagado de expresiones bélicas, de las cuales estaba imbuido cualquier hombre de la Iglesia de aquel momento.

El sacramental de Roda, que pudo manejar Ramiro en septiembre de 1134 como prelado electo, ofrece una bendición del obispo al rey: “por la intercesión de todos los santos, colma de riquezas a este rey con su ejército y únelo con firme estabilidad al trono del Reino [...]. Sé para él una loriga contra las formaciones enemigas, un yelmo contra las adversidades, paciencia contra los improperios, un eterno escudo para su protección, y concédele que sus gentes le sean fieles, que sus nobles guarden la paz, amen la caridad, se abstengan de la lujuria, hablen de la justicia, custodien la verdad”.

La prioridad de Ramiro fue garantizar la lealtad de las comarcas que pertenecían a su familia desde la fundación del Reino, el núcleo originario de Aragón, para poder acudir a Zaragoza y conseguir la obediencia de los grandes barones de la frontera del Ebro, los seniores de Belchite, Calatayud, Tarazona, como el aspirante mejor colocado. Probablemente el 28 de septiembre, selló una tregua con los musulmanes y, en los primeros días de octubre, recibió garantías en este sentido de los nobles, varios de los cuales le acompañaron a lo largo de todo el mes.

El resto del Reino era secundario para Ramiro, por el momento. Con toda seguridad, García Ramírez, un descendiente de la familia real navarra desposeída en 1076, hombre ligado al Batallador, rechazó de plano la posibilidad de un nuevo rey aragonés y desde mediados de septiembre negoció con los magnates del norte de Navarra su elección para restaurar el trono navarro. El apoyo del obispo de Pamplona, el antiguo rival por el episcopado, que abandonó a Ramiro a primeros de octubre, fue decisivo: a principios de noviembre, Ramiro era consciente de que Pamplona, Nájera y La Rioja, Álava, Vizcaya, Tudela y Monzón estaban fuera de su control.

La situación se complicó en el transcurso de ese mes: el día 10, Alfonso VII de Castilla-León llegó con su ejército a San Millán de la Cogolla, donde obtuvo el reconocimiento de los nobles que poseían las “tenencias” riojanas y sorianas (Belorado, Calahorra, Nájera, Grañón, Berlanga y Soria), con lo cual la fachada sudoccidental del Reino caía en su poder. El siguiente paso era invadir el Valle del Ebro. El 26 de noviembre se había adueñado de Zaragoza sin combatir, donde confirmó los fueros de los nobles e infanzones aragoneses y las posesiones de la iglesia zaragozana.

Estos documentos confirman que los magnates asentados en esta región, incluso sin haber abandonado por completo a Ramiro, se deslizaban hacia la órbita del soberano leonés. Ramiro intentó evitar esta fuga compareciendo a finales de diciembre en las inmediaciones de capital, pero sin aparente resultado, como lo evidencia que esta ciudad desapareció de las listas de sus posesiones en los documentos reales en estas fechas.

Sería una ingenuidad pensar que la decisión de Ramiro de tomar el poder fue estrictamente personal; en esta época, los monarcas carecían de otra autoridad que no fuera la que les reconocían sus nobles. Ellos alimentaban su consejo y su hueste, transmitían sus órdenes y reflejaban su potestad frente a las comunidades campesinas, de modo que sin su anuencia no había poder posible.

Los diplomas ramirenses permiten averiguar cuáles fueron los nobles que le apoyaron. Durante el primer mes, los cinco obispos del Reino aceptaron la realeza de Ramiro, pero pronto quedó claro que Sancho, de Pamplona, y su homónimo, de Nájera abandonaban sus filas. Por el contrario, Dodón, de Huesca, y García, de Zaragoza, se contaron entre sus más sólidos partidarios, junto con los abades de San Juan de la Peña, San Victorián y Montearagón. Entre los seniores, sobresalen los condes de Urgell, Pallars y la vizcondesa de Béarn, Talesa, vasallos reales, Fortún Dat, Íñigo López, Fortún Galíndez, Martín Galíndez, Castán, Cecodín, Lope Fortuñones, Bertrán, y Férriz, cuyas “tenencias” eran, respectivamente, Bolea, Buil, Uncastillo, Barbastro, Naval, Huesca, Ayerbe, Biel, Loarre, Albero, Ejea y Santa Eulalia. Es evidente que, en principio, Ramiro disponía de las tierras de Huesca, Sobrarbe y Barbastro, Ribagorza (pero no Monzón) y Cinco Villas. Durante el mes de octubre, los virreyes de la frontera aceptaron su liderazgo: eran Lope López, Pedro Taresa, Pedro Tizón, Lope Sánchez, Fortún Aznárez, Sancho Íñiguez y Sancho Fortuñones Quadrat, que dominaban Ricla, Borja, Valtierra, Belchite, Tarazona, Daroca y el zalmedinado de Zaragoza.

La intervención del soberano castellano alteró drásticamente el panorama político creado por la herencia alfonsí. A pesar de haber perdido La Rioja, García Ramírez poseía aún territorios que ambicionaba Alfonso VII, como Estella o Tudela, por lo que su posición era muy insegura; por su parte, Ramiro había perdido la joya de su corona, Zaragoza. No es extraño que ambos se aproximasen, en enero de 1135, y pactaran un arreglo de sus diferencias. En Vadoluengo, junto a Sangüesa, los partidarios de un acuerdo consiguieron que García Ramírez se subordinara —aunque fuese nominalmente— a Ramiro II, a cambio de heredarle en la totalidad del Reino navarro-aragonés.

Al margen del elemento sucesorio, lo fundamental del pacto es el compromiso mutuo de no agresión sobre la base de unas fronteras estables, trazadas según estaban a comienzos del siglo xi. Más que una alianza formal, lo que buscaban ambos era la neutralidad del oponente para poder enfrentarse a la amenaza de Castilla.

Durante las siguientes semanas, Ramiro —que decía en sus documentos que “García Ramírez [es] rey en Pamplona bajo mi mano”— elimina uno de los problemas territoriales que había heredado. Desde febrero, los documentos reales señalan que Miguel de Azlor es “tenente” en Monzón, lo que significa que el monarca navarro había sido despojado de esta zona, en la que todavía ejercía el poder en diciembre. A finales del mismo mes, Ramiro cita entre los lugares que posee, Peña, Ull, Sangüesa y Aibar, lo que sugiere que se atraía a nobles importantes de la región limítrofe con Navarra. Son síntomas de que el acuerdo de Vadoluengo tenía poco futuro.

Durante la primavera, Alfonso VII selló la paz con García Ramírez y, a principios de mayo, firmaron una concordia por la que el rey navarro se declaraba vasallo del castellano. A cambio del homenaje de García, Alfonso VII le otorgó el dominio sobre Zaragoza, lo cual equivalía a un reconocimiento diplomático oficial.

Navarra era un Reino restaurado y su rey se sometía a Alfonso, coronado Emperador el 26 de mayo de 1135.

El aislamiento de Ramiro era muy patente en esos meses, como lo prueban las dificultades para la elección como obispo de Roda de un monje de Thomières, Gaufrido, sin duda un hombre de su confianza.

En ese ambiente de debilidad, tuvo lugar la defección de un puñado de nobles de primera fila, con razones sobre las que solo se puede conjeturar. Es probable que, a la vista de la instalación definitiva de Alfonso VII y García Ramírez en Zaragoza, muchos se arrepintieran de haber ayudado a Ramiro y manejasen la posibilidad de reconocer al rey navarro, que —conviene no olvidarlo— había sido durante diez años compañero suyo de armas.

Lo único que se sabe con seguridad es que las listas de “tenentes” que corroboran los documentos del Rey omiten a partir del mes de agosto a Fortún Galíndez, senior del “honor” de Huesca, Mequinenza y Alfajarín; su hermano Martín Galíndez, “tenente” de Ayerbe; Bertrán, que poseía Ejea, Luna y Aínsa; Miguel de Azlor, que tenía los “honores” de Monzón y Pomar de Cinca; Miguel Aznárez de Rada, que tenía Perarrúa; Íñigo López, “tenente” de Naval y Castro; y, finalmente, Cecodín, “tenente” en Loarre. Si se compara esta relación con la de quienes participaron en el asalto al poder de Ramiro en septiembre de 1134, se puede comprobar que todos ellos son hombres que le aclamaron desde el primer momento. Quizá eso hacía la traición más grave a ojos del Rey. Quizá la tentativa de deserción fue acompañada por el grave incidente de la caravana musulmana, narrado por Ibn Idari, susceptible de poner en pie de guerra la frontera en las peores circunstancias.

La tradición sugiere que Ramiro sorprendió a estos nobles en Huesca y los hizo ejecutar —y no simplemente los desposeyó de sus “honores”—, lo que parece congruente con su completa desaparición de las fuentes y con los acontecimientos que describe el propio Rey en un documento del año siguiente, cuando exime de impuestos a ciertos habitantes de Uncastillo “porque expusisteis vuestras almas a la muerte por amor de vuestros vecinos y por mi fidelidad [...] y porque me devolvisteis el castillo y se lo quitásteis a mis enemigos, es decir, a Arnal de Lascún, que era rebelde contra mí, no me acogía en el castillo ni en la villa, quería poner otro rey en vez de mí y quería desheredar a mi estirpe; además de lo cual, saqueó la villa y mató a mis hombres, vuestros parientes, hasta un total de cuarenta”.

El asalto a Uncastillo ocurrió posiblemente en septiembre, cuando Ramiro intentaba asegurarse la lealtad de las guarniciones de los castillos de los “honores” correspondientes a los nobles ajusticiados. Es probable que la situación del norte de Aragón en estas semanas fuera caótica y Ramiro creyese que su poder se desmoronaba definitivamente, lo que explicaría la huida al norte de Cataluña, donde estaba el 18 de octubre.

El retorno, igualmente rápido, sugiere que los nobles leales consiguieron estabilizar la crisis y que, a mediados de noviembre, Ramiro había retomado el control del poder.

El resto de la historia es bien conocido: en torno a esas fechas, el Monarca se casó con Inés de Poitou, que quedó embarazada inmediatamente y parió una hija, Petronila, el 11 de agosto de 1136. Poco antes, entre julio y agosto, Ramiro llegó a un acuerdo con Alfonso VII, por el cual le fue restituida Zaragoza, si bien el Emperador castellano la retenía vitaliciamente prestando un homenaje, con obligación de devolver el territorio a los reyes aragoneses a su muerte. Esto provocó la guerra con Navarra, pero la consolidación definitiva del Reino y de la dinastía era un hecho. Un año después, Ramiro pudo entregar el Reino con su hija a Ramón Berenguer sin aparentes dificultades.

La Corona de Aragón iniciaba su andadura mientras el extraño Monarca se recluía en un priorato de su casa original, San Pedro del Viejo de Huesca, para ver transcurrir los últimos veinte años de su vida.

LALIENA CORBERA, Carlos «Ramiro II», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, http://dbe.rah.es/biografias / 10815/ramiro-ii-de-aragon)