Pedro IV de Aragón

Datos biográficos

Rey de Aragón: 1336-1387
Rey de Pamplona: 1347-1387
Conde de Barcelona: 1336-1387
Duque de Atenas y Neopatria: 1380-1387
Sobrenombre: el Ceremonioso
Nacimiento: 5-IX-1319
Fallecimiento: 5-I-1387
Predecesor: Alfonso IV
Sucesor: Juan I
Dinastía: Casa de Aragón
Padre: Alfonso IV
Madre: Teresa de Entenza
Consorte: María de Navarra
Consorte: Leonor de Portugal
Consorte: Leonor de Sicilia
Consorte: Sibila de Fortiá

Índice

Introducción
El reinado

Introducción

En la historia del s. XIV en la Península Hispánica el reinado de Pedro IV de Aragón es equivalente, en cuanto a ambiente y en cuanto a propósitos, al de su contemporáneo Pedro I el Cruel de Castilla: Igual afán en ambos para doblegar a la nobleza y afirmar el poder real; igual política integradora y hegemónica; y, para colmo de semejanzas, igualdad de caracteres y de procedimientos.

Retrato Pedro IV s. XV por Jaume Mateu y Gonçal PerisRetrato Pedro IV, s. XV por Jaume Mateu y Gonçal Peris, Museo Arte de Cataluña.

El reinado de Pedro IV fue profundamente borrascoso, y esto no solo a causas de las circunstancias generales de la época, sino también debido a las peculiares reacciones de su temperamento. Pedro IV de Aragón era uno de esos caracteres humanos que subliman todo a lo patético. Astuto, taimado, violento y dramático, se rodeó de un ambiente de tragedia.

Para satisfacer su ambición y lograr sus fines, todos los procedimientos le parecieron buenos. Lejos de evitar los conflictos, se complació en envenenarlos y exacerbarlos. Sin embargo, a diferencia de Pedro I —y esto le salvó de una catástrofe irremediable— tuvo la habilidad suficiente de jugar la carta más fuerte y revestir sus actos de una apariencia legal.

Sucesivamente fue aniquilando a sus enemigos, y al final de su reinado logró ver respetada su autoridad en sus reinos y ampliados sus dominios, que era lo que se proponía. Conocido con el sobrenombre del Ceremonioso, más le corresponde el catalán del Punyalet. Como el puñal fue agudo, implacable, mortífero y felón. No fue amado de sus vasallos ni de la Historia. No obstante, no se le pueden regatear los méritos de haber sabido resistir con firmeza los duros embates de una edad de hierro.

Nacido en Balaguer el 5-IX-1319, de Alfonso IV (todavía heredero) y Teresa de Entenza, perdió a su madre aún niño. En 1327 la muerte de su abuelo Jaime II y la entronización de su padre Alfonso IV le convirtieron en primogénito de la corona. Su padre, que contrajo segundas nupcias con Leonor de Castilla, hermana de Alfonso XI, le confió al noble aragonés Miguel de Gurrea, el cual ejerció en su nombre la gobernación general del reino.

Hubo frecuentes altercados entre doña Leonor y los partidarios del príncipe Pedro, pues la reina quería favorecer a sus hijos en detrimento de los del primer matrimonio de Alfonso IV. La situación llegó a ser tan tensa que los nobles aragoneses se llevaron al heredero a Jaca, al objeto de trasladarle a Francia si la reina intentaba un golpe de mano contra su hijo. Así se formó Pedro IV: en el odio y en el rencor, en la lucha y en la intriga, con un deseo de autoridad omnímoda y una certidumbre ostentosa del origen divino de su autoridad.

El reinado

La muerte de Alfonso IV el 24-I-1336 le dio prematuramente la corona. Aún no tenía diecisiete años, pero se sentía capaz de gobernar por si solo. Al iniciar su gobierno luchó con dos problemas: el de su reconocimiento, cuya primacía se disputaban Aragón y Cataluña, y el de las rivalidades con su madrastra, la cual se había refugiado en Castilla con sus hijos al enfermar su esposo.

Este último conflicto estuvo a punto de ocasionar una guerra con Castilla, que logró evitarse en 1338. Aunque reacio a prestar cualquier colaboración al reino castellano, el peligro benimerí le indujo a mandar en auxilio de Alfonso XI una flota de socorro que operó en 1340 y 1341 en aguas del estrecho de Gibraltar. Sin embargo, sus tendencias políticas le llevaron a actuar muy pronto en otro sentido.

Deseoso de terminar con la malhadada separación de las Baleares de la Corona de Aragón, Pedro IV preparó minuciosamente las redes en que había de prenderse Jaime III de Mallorca. En 1339 exigió y obtuvo que este le prestara vasallaje en Barcelona. Luego le incitó a una guerra contra Francia, y cuando le vio metido en ella, le abrió proceso por acuñar moneda falsa, acusación gravísima en el código feudal (1341).

Pedro IV maniobró con tanta habilidad, que en febrero de 1343 el papa Clemente VI dictó sentencia declarando rebelde y desposeído de sus territorios a Jaime III de Mallorca. Inmediatamente pasó a Mallorca con un nutrido ejército de desembarco y se apoderó de la isla (mayo de 1343).

Al año siguiente conquistó el Rosellón. Jaime III de Mallorca se le entregó solicitando clemencia. Pero no siendo restituido en sus Estados, huyó a Francia, buscó la protección de aquella corte, e intentó un desembarco en Mallorca. Su derrota y su muerte en la batalla de Lluchmayor (25-X-1349) aseguró la corona mallorquina en las sienes de Pedro IV. Mientras se dirimía esta lucha, el rey de Aragón encendía una guerra civil en sus propios Estados.

Las diferencias entre la realeza y los nobles habían sido apaciguadas por Jaime II. Pedro IV las avivó en 1347 proclamando heredera a su hija Constanza, en detrimento de las costumbres del reino y de los derechos de su hermano Jaime I de Urgel. Este acto levantó a los nobles de la Unión aragonesa, quienes se aprestaron a combatir por sus privilegios.

Tal auge tomó el movimiento, que Pedro se vio obligado a aceptar las condiciones que le impusieron los nobles aragoneses en Zaragoza en el verano de 1347. Después de unas vergonzosas escenas en Valencia, Pedro IV, apoyado por los catalanes, con la eficaz colaboración de su privado Bernat de Cabrera y con una parte de la nobleza aragonesa, restableció su poder en las decisivas batallas de Épila y Mislata (1348), en que fueron derrotados los rebeldes de Aragón y Valencia, respectivamente.

En el castigo el rey fue justo y magnánimo. También demostró su prudencia en el encauzamiento político de la rebeldía, pues aunque anuló el privilegio de la Unión (octubre de 1348), mantuvo lo esencial y legítimo de las aspiraciones nobiliarias. El 17-V-1348, a los pocos días de declararse una epidemia de Peste Negra, las turbas asaltan el barrio judío de Barcelona. En 1349 puede considerarse terminada la primera etapa del reinado del Ceremonioso.

En la segunda, los problemas predominantes son la guerra contra Pedro I el Cruel de Castilla y la rebeldía de Cerdeña. La lucha contra Castilla se dilató de 1356 a 1369 (Guerra de los dos Pedros), y en ella se pusieron a prueba todos los resortes de la Corona de Aragón ante las duras e impetuosas ofensivas de Pedro I. Cauto y precavido, Pedro IV no quiso arriesgar en una decisión militar el triunfo final de la guerra; prefirió minar el terreno de Pedro I, a cuyo fin fomentó traiciones y compró voluntades.

Importantes auxiliares de su política fueron el temperamento sanguinario y arrebatado de su rival y la figura de Enrique II, el Trastámara, a quien apoyó en sus pretensiones al trono de Castilla. La guerra terminó en 1369 con la victoria de Enrique II. Pero en la frontera se mantuvo el stau quo anterior, sin que se hicieran efectivas las pretensiones de Pedro IV a buena parte del territorio castellano colindante (tratado de Monzón de 1363).

La rebelión sarda, iniciada en 1347, motivó una guerra entre Aragón y Génova. Con el auxilio de la veneciana, la flota catalana derrotó a la genovesa en el Bósforo (1351) y en aguas de Cerdeña (1352). Pese al retraimiento de Génova, los jueces de Arborea (Cerdeña) continuaron levantando el pendón de la rebeldía. Pedro IV pasó personalmente a Cerdeña en 1354, logrando la sumisión eventual de los Arborea.

En 1358 hubo una nueva insurrección, esta vez fomentada por los Oria, y en 1365, un segundo y poderoso alzamiento de Mariano de Arborea, que puso en serio peligro la dominación aragonesa en la isla. No siendo posible someterla militarmente, Pedro IV llegó a un acuerdo de pacificación general en 1386. En el Mediterráneo occidental, Pedro IV logró nuevos éxitos. En Córcega fomentó la rebeldía de los naturales contra Génova (1379).

En Sicilia reivindicó los derechos de su estirpe a la muerte de Fadrique III de Aragón sin sucesión masculina (1377), y obtuvo colocar en aquel trono a su segundo hijo Martín, aunque solo en calidad de vicario general en el año 1380. En este mismo año aceptó la incorporación a la corona de los ducados de Atenas y Neopatria, fundados por los almogávares setenta y dos años antes.

Así, a través de maquinaciones, intrigas y crímenes, que por su prolijidad hemos omitido, se afirmó el gran sueño de Pedro IV: la reintegración de las posesiones mediterráneas de la Corona de Aragón. En este sentido, la muerte, que le sorprendió en Barcelona el 5-I-1387, le halló en el máximo apogeo de su política. Moría grande para el Estado, pero abominado por sus contemporáneos y familiares.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 149-150.