Pedro IV de Aragón

Dinastía: Aragón

Predecesor Aragón:Alfonso IV

Predecesor Mallorca: Jaime III

Sucesor: Juan I

Biografía

Retrato Pedro IV siglo XV por Jaume Mateu y Gonçal PerisRetrato Pedro IV, siglo XV por Jaume Mateu y Gonçal Peris, Museo Arte de Cataluña.

PEDRO IV, rey de Aragón (1319-1387; 1336-1387) [Balaguer-Barcelona]. El Ceremonioso. Rey de Mallorca (1349-1387). Rey de Valencia y Conde de Barcelona 1336-1387. Hijo de Alfonso IV de Aragón y de Teresa de Entenza. Al casar su padre en segundas nupcias con Leonor de Castilla, confió su educacuón al noble aragonés Miguel de Gurrea. La excesiva ambición de la reina a favor de sus hijos motivó constantes altercados con el infante don Pedro. Al heredar este la corona, el 24 de enero de 1336, se hallaba en Zaragoza, y los catalanes trataron de que fuese a Barcelona para jurar los Usatges de Cataluña; pero, instado por los aragoneses, juró en Zaragoza los fueros y privilegios de Aragón, coronándose con gran pompa en esta ciudad. Seguidamente convocó Cortes en Lérida, con objeto de jurar los de Cataluña, aumentando con este motivo el disgusto de los catalanes, que deseaban fuese a Barcelona.

Desde Castilla, donde se había refugiado con sus hijos por temor a las represalias de su hijastro, la reina Leonor envió a las Cortes de Zaragoza de 1336 al deán de Valencia, Lope Pérez de Fontecha, con objeto de reclamar los lugares legados por Alfonso IV y sus derechos de tutora sobre los infantes don Fernando y don Juan. Alfonso XI de Castilla envió también al rey de Aragón una embajada, rogándole que cumpliese el testamento de su padre. Las dilaciones de don Pedro estuvieron a punto de ocasionar una guerra con Castilla, que se evitó ante el peligro que representaba la invasión de los benimerines, hecho que movió a don Pedro a enviar una flota en socorro de Alfonso XI, que en 1340 y 1341 actuó en el Estrecho de Gibraltar, contribuyendo a la toma de Algeciras. Por fin terminaron las cuestiones con doña Leonor, gracias a la intervención de don Pedro, tío del monarca, y del infante de Castilla, don Juan Manuel.

En 1339 exigió a Jaime III de Mallorca que le prestase vasallaje en Barcelona, en julio de 1339, y con la astucia que fue una de sus principales características, lo abandonó a sus fuerzas en su lucha con el rey de Francia, que ambicionaba la ciudad de Montpellier. En 1341 abrió proceso contra él, acusándole de haber acuñado moneda distinta de la barcelonesa y permitido su circulación en sus dominios, no haber comparecido, a las Cortes de Barcelona, a las que fue citado, e intentar apoderarse de la persona del rey y de los infantes. Pedro IV se mostró en esta lucha el hombre calculador, cruel y falto de escrúpulos que era en el fondo, como le juzga SoldevilaHistoria de Catalunya, Barcelona, 1938, t. 1, pag. 352. Cuando, por fin, Jaime III se decidió a ir a Barcelona, irritado por la actitud de Pedro IV, se negó a reconocer su vasallaje y, al volver a su reino, mandó prender y confiscar los bienes de los súbditos del rey de Aragón. A este fin conducían las redes que hábilmente había tendido el Ceremonioso al rey de Mallorca.

Inmediatamente dictó sentencia en el proceso que se seguía contra él, siendo declarado rebelde y confiscados el reino de Mallorca e islas adyacentes, Rosellón, Cerdaña y Conflet. Seguidamente pasó a la isla, el 18 de mayo de 1343, apoderándose fácilmente de ella. Al año siguiente conquistó el Rosellón. mientras Menorca e Ibiza se sometían a la corona aragonesa. Después de su derrota, Jaime III residió en Cataluña, de donde se fugó a Francia, y con ayuda de Felipe VI invadió los condados de Conflent y Cerdaña, pero Pedro IV hizo fracasar su tentativa. Poco después vendió Montpellier al rey de Francia y con los ciento veinte mil escudos obtenidos y la ayuda de la corte de Aviñón preparó una expedición a Mallorca para recuperar su reino, pero fue derrotado y muerto en la batalla de Lluchmayor (1349) por las fuerzas del Ceremonioso, que personalmente había pasado a la isla. De esta forma el reino de Mallorca se unió nuevamente a la corona de Aragón, estipulándose que en lo sucesivo no se separaría de ellaCrónica de Pedro IV el Ceremonioso o del Punyalet, Barcelona, 1850, pág. 179.

Pedro IV proclamó heredera del trono a su hija Constanza, en contra de las costumbres del reino que excluían a las hembras de la sucesión a la corona y en menoscabo de los derechos del infante don Jaime, hermano del rey. Este hecho produjo gran descontento entre la nobleza, avivándose las disensiones apaciguadas por Jaime II. El rey no ignoraba el mal efecto que su determinación había de producir entre sus súbditos, ya que él mismo lo declara en su crónica. Conei Xiem que a tot lo general dels regnes nostres, axi lo regne d'Aragó e lo regne de València, axi mateix lo principat de Catalunya sabia greu que a fembra, apres mort nostra, pervenguessen los regnes nostresCronica citada, pág. 251.

Resurge entonces la Unión Aragonesa en defensa de sus privilegios, tomando tal fuerza el levantamiento, que el rey se vio obligado a aceptar las condiciones impuestas por los nobles aragoneses en 1347. En marzo del año siguiente, la Unión Valenciana obligaba al rey, después de vergonzosas escenas, en las que estuvo, en uno de la reina, prisionero del pueblo, a firmar humillantes concesiones. Apoyado por los catalanes y parte de la nobleza de Aragón venció por fin a los unionistas aragoneses en la batalla de Epila (21 de julio de 1348), a los valencianos en la de Mislata (10 diciembre de 1348).

El rey se mostró cruel en el castigo, pues después de ser ajusticiados en Zaragoza algunos jefes de la reunión, mandó fundir en Valencia la campana que los llamaba a consejo y obligó a beber el metal a los más significados. Fo justa cosa dice que aquells que la havien feta fer beguessen de la licor d'aquella com fo fusa Crónica, pág. 291. El rey, ante el pueblo de Zaragoza, rasgó con su puñal el Privilegio de la Unión, por lo que fue llamado Pere el del Punyalet. Sin embargo, respetó las libertades populares y aumentó los derechos de la baja nobleza y de las ciudades y villas, fortaleciendo la autoridad del justicia de Aragón, y pudo decir, con razón, en las Cortes de Monzón de 1383, que eran sus súbditos los pus franchs pobles del mon.

Mientras tanto, el infante don Jaime, que había sido restituido en la gobernación general del reino, al acudir a las cortes de Barcelona se sintió enfermo, muriendo poco después, con sospechas, según el rumor popular, de haber sido envenenado por el rey, aun cuando no parece cierta esta acusación (19 de noviembre de 1347).

Una serie de incidentes habían hecho muy tirantes las relaciones entre Castilla y Aragón. En 1356, unas naves catalanas, mandadas por Francisco de Perellós, apresaron a dos italianas ante Sanlúcar de Barrameda, en forma que provocó la protesta del rey de Castilla, el cual envió a Pedro IV una carta que, en realidad, era un desafío. Este aceptó el reto, surgiendo la guerra entre los dos Estados. La lucha fue larga y accidentada, pródiga en victorias y derrotas. La primera campaña tuvo lugar durante los años 1356-1357 en la frontera aragonesa. Los infantes Fernando y Juan, hijos de Alfonso IV, y Leonor, lucharon con las fuerzas castellanas. Por el contrario, Enrique de Trastámara se hizo feudatario del rey de Aragón.

Los castellanos consiguieron algunos éxitos y pusieron sitio a Tarazona. El 10 de mayo de 1357 fueron firmadas treguas, que se rompieron poco después. El infante Fernando se pasó al servicio de Pedro IV (1358). La segunda campaña fue iniciada en 1359. Las huestes aragonesas, mandadas por el rey, invadieron el territorio de Castilla, llegando a Medinaceli. Mientras tanto, Pedro I El Cruel se apoderaba de Guardamar, y el 9 de junio de 1359 atacaba por mar a Barcelona. El combate duró hasta el dia 11, viéndose obligadas a retirarse las naves del rey de Castilla.

La guerra siguió con distintas alternativas, y se firmó un convenio, de mayo de 1361, en virtud del cual devueltas a Pedro IV las plazas que le habían sido tomadas. Sin previa declaración de guerra, Pedro I El Cruel atacó la frontera de Aragón, en 1362, apoderándose de Calatayud y Tarazona y amenazando Zaragoza. Las Cortes de Monzón votaron créditos extraordinarios para atajar el peligro; Pedro I no quiso exponerse a una batalla con las fuerzas del Ceremonioso, considerablemente aumentadas, por lo que, en rápida maniobra, entró en territorio valenciano y sitió su capital (21 de marzo de 1363). Acudió Pedro IV y obligó al castellano a levantar el sitio.

En 1363 se convino, en Murviedro, una concordia perpetua entre Castilla y Aragón. La interrupción de la guerra fue aprovechada por Pedro IV para liquidar trágicamente la rivalidad entre Enrique de Trastámara y el infante don Fernando, aspirantes ambos al trono de Castilla, ya que, por su parte, el rey de Aragón no había perdonado a este sus actuaciones contra él. La crónica del rey habla de alcuns clams secrets de moltes males obres que el infant en Ferando, frare nos tre, nos tractaba. El Ceremonioso lo citó en Castellón de la Plana para entregarse como preso; el infante se resistió y Pedro dio orden de que lo matasen si ofrecía resistencia, cayendo a manos de los partidarios de Enrique de Trastámara, en julio de 1363. El rey se apoderó del marquesado de Tortosa, que pertenecía a Fernando.

Pedro I El Cruel, al enterarse de que el rey de Aragón había pactado secretamente con el de Navarra, invadió el reino de Valencia, sitiando la capital en diciembre de 1363 y avanzando hacia Tortosa. El infante don Juan, duque de Gerona, le salió al encuentro, y más tarde, el rey, con poderoso ejército. El de Castilla rehuyó la batalla y pasó a Murviedro. Las derrotas sufridas en esta guerra por Aragón fueron, en parte, achacadas al privado y consejero del rey Bernardo de Cabrera, enemigo de Enrique de Trastámara y partidario de la paz con Pedro I El Cruel. Acusado de traición, fue apresado y juzgado por un tribunal que lo condenó a muerte, siendo ejecutado en Zaragoza, el 26 de julio de 1364.

La lucha siguió en este año favorable al rey de Aragón, siendo recuperados los territorios perdidos en el reino de Valencia. A fines de 1365 Pedro IV reforzó sus huestes con las famosas Compañías Blancas procedentes de Francia, mandadas por Beltrán Duguesclin. Su primera actuación fue victoriosa; entraron por tierras castellanas con las fuerzas de Enrique de Trastámara y atravesando el reino llegaron a Sevilla. Pedro I El Cruel huyó por mar, y Enrique de Trastámara fue proclamado rey de Castilla. Poco después, el monarca destronado entró en la Península por Navarra, y en Nájera entabló batalla con las fuerzas de Enrique, a las que venció, recuperando la corona. El 13 de agosto de 1367 pactó treguas con Pedro el Ceremonioso Rovira y Virgili, Historia Nacional de Cataluña, Barcelona, 1928, t. V, pág. 338.

La isla de Cerdeña, nunca completamente sometida, seguía consumiendo lentamente las fuerzas de Aragón. Génova, Pisa y Milán alentaban las continuas sublevaciones de la poderosa familia de los Orias, dueños de Alguer. Mientras Pedro IV, en la Península, luchaba con las fuerzas rebeldes de la Unión, las armas aragonesas fueron vencidas en esta isla. Los genoveses pusieron sitio a Sacer y tomaron posesión de Alguer (1350). Para conjurar el peligro, Pedro IV, en 1351, se alió con Venecia, rival de Génova. Al año siguiente, la escuadra de esta república y las naves aragonesas, a las órdenes del almirante Pons de Santa Pau, vencieron a las de Génova cerca de Constantinopla (13 de febrero de 1352). Bernardo de Cabrera, al frente de la flota de Aragón, obtuvo una nueva victoria, en unión de las naves venecianas, sobre los genoveses en las costas de Cerdeña, frente a Alguer, el 21 de agosto de 1353.

La situación se complicó con la defección del juez Arborea, afecto hasta entonces a la corona aragonesa. Cabrera partió para Cataluña con objeto de procurar el envío de refuerzos. Pedro IV pasó personalmente a la isla al frente de poderoso ejército al que se agregaron caballeros ingleses, gascones y alemanes. La flota, compuesta de más de cuatrocientas naves, salió de Rosas el 11 de junio de 1354. Tomaron tierra a tres millas de Alguer que, atacada por mar y tierra, se rindió el 22 de diciembre. Arborea trató de negociar la paz con el rey; pero al no cumplir aquellas condiciones fijadas, siguió la guerra, firmándose por fin la paz y regresando el monarca a Cataluña en septiembre de 1356.

Poco después visitó al Papa en Aviñón, para tratar asuntos de las islas de Cerdeña y Sicilia. Aunque se reanudó la guerra con Génova, la muerte de Mateo d'Oria favoreció la causa del rey de Aragón. Sin embargo, Pedro IV transigió con aquella república sometiéndose al fallo arbitral del marqués de Monferrato, y se estipuló que Aragón entregaría a Génova la ciudad de Alguer y la señoría cedería a Aragón la villa y castillo de Bonifacio (1360). Aprovechando la guerra de Castilla, Mariano Arborea se alzó con la mayor parte de la isla. Don Pedro envió en socorro de los aragoneses las naves de Oxo de Prócida y nombró gobernador a Pedro de Luna, pero fueron derrotados, muriendo este en el combate. La contienda sarda siguió convirtiéndose en la pesadilla aragonesa. Muerto Mariano Arborea, continuaron la rebelión sus hijos Hugo y Leonor, casada con Brancaleón d'Oria. Por fin, el 31 de agosto de 1386, Pedro IV firmó un convenio con ellos que, de momento, puso fin a la lucha.

La política de reintegración del Ceremonioso no podía olvidar el reino de Sicilia, separado de la corona de Aragón a la muerte de Pedro el Grande. A este fin, concertó el matrimonio de su hija Constanza con Federico IV de Sicilia, y, a su vez, el monarca, viudo de Leonor de Portugal, casó con Leonor, hermana de Federico, y a la muerte de este, sin sucesión masculina, se declaró heredero de este reino, ya que una cláusula del testamento de Fadrique III vedaba la sucesión femenina a la corona. Como este hecho provocó la reacción de los angevinos, que no renunciaban a la dominación en la isla, y la oposición del Papa, don Pedro trató de concertar el matrimonio de María, hija de Federico, con su primogénito el infante don Juan, y ante la negativa de este, cedió a su hijo Martín, duque de Montblanch, los derechos sobre Sicilia, y después de apoderarse, tras una serie de episodios novelescos, de María, la hizo conducir a Cataluña, donde la desposó con Martín el Joven, hijo del duque de Montblanch y de María de Luna Soldevila, Historia de Catalunya, t. I, pág. 372.

En esta época, los principales caballeros de los ducados de Atenas y Neopatria, que reconocían la soberanía del rey de Sicilia, ofrecieron su obediencia al rey de Aragón. Las compañías navarras mandadas por el infante Luis, duque de Durazzo, se apoderaron de Atenas y otros lugares, que muy pronto fueron recobrados por los catalanes y aragoneses, ayudados con fuerzas albanesas. Pedro IV envió para ello al vizconde de Rocabertí, el cual, ayudado por Juan Fernández de Heredia, maestre de Rodas, logró hacer efectiva la soberanía de Aragón.

En cuanto a las relaciones de Pedro el Ceremonioso con los Estados musulmanes, firmó en 1336 un tratado con el rey de Granada; en julio de 1357, con este rey y el de Marruecos, y en 1367 y 1371, con Muhammad V de Granada.

Respecto al Cisma, el Ceremonioso adoptó una actitud neutral: no se decidió por el reconocimiento de ninguno de los dos Papas pero con ambos mantuvo relaciones. Sin em bargo, la tendencia predominante en la corona de Aragón era favorable al Papa de Aviñón.

Pedro IV tuvo cuatro esposas. Fue la primera María de Navarra, hija de Felipe el Largo, con la que casó el 25 de julio de 1338. De este matrimonio nacieron los infantes don Pedro, que vivió pocas horas; Constanza, que casó con Federico III de Sicilia; Juana, casada con Juan, conde de Ampurias, y María, que murió en la infancia. De su segunda esposa, Leonor de Portugal, hija de Alfonso IV, cuyo matrimonio se celebró el 15 de noviembre de 1347, no tuvo descendencia. Casó en terceras nupcias con Leonor de Sicilia, hija de Pedro II, naciendo de esta unión los infantes don Juan, que heredó el reino; don Martín, que sucedió a este en el trono; don Alfonso, que murió niño, y doña Leonor, que casó con Juan I de Castilla.

Después de la muerte de doña Leonor de Sicilia, el rey se mantuvo viudo durante unos cuatro años, casando por última vez con Sibila de Forcia, viuda de Artal de Foces. Hijos suyos fueron don Alfonso, conde de Morella, y otro de nombre desconocido; ambos murieron en la infancia, y doña Isabel, que casó con Jaime El Desdichado, conde de Urgel. Este matrimonio disgustó profundamente al infante don Juan y a los demás miembros de la familia real, causando grandes desavenencias familiares, que produjeron una situación tirante entre el rey y el primogénito en los últimos años de su reinado.

También el monarca se disgustó, a su vez, con el matrimonio de este con Violante de Bar, desahogando su irritación en los versos que le dedicó con este motivo. Las últimas horas del rey, que murió en Barcelona, el 5 de enero de 1387, transcurrieron para él en extraordinaria soledad; ausentes sus hijos, su esposa Sibilia le abandonó refugiándose en el castillo de San Martín de Sarroca por temor a las represalias del primogénito. El cadáver del rey fue depositado en la Seo de Barcelona, trasladándose después al mausoleo que había mandado construir en el monasterio de Poblet Bofarull, Los condes de Barcelona, vindicados, Barcelona, 1836, t. II, página 271.

Inteligente y ambicioso, enérgico, astuto y cruel, Pedro el Ceremonioso ha sido juzgado severamente por la crítica. Su claro sentido político, su habilidad diplomática, están oscurecidos por su egoísmo, por su débil sentido moral y por la falta de escrúpulos con que procedió en la elección de procedimientos para los fines que se proponía. Fue débil de complexión, pero valiente y decidido. Se distinguió en la oratoria, en la astronomía, en la historia y en la poesía. Favoreció las artes, y a él se debe un bello elogio de la Acrópolis de Atenas, la pus richa joya que al mon sia e tal que entre tots los Reys de chrestians en vides la posien fer semblant Rubió y Lluch, Significació de l'elogi de la Acropolis d'Atenas pel rei Pere el Cerimonios. Homenaje a Menéndez Pidal, t. III, 1925, pág. 39, y el gran impulso a la obra de las sepulturas reales de Poblet. Amigo de ceremonias, promulgó las etiquetas de la casa real, de su archivo y de la Caballería de San Jorge Valls y Soldevila, Historia de Catalunya, Barcelona, 1920-1923, t. II, pág. 73.

En el aspecto político, la visión del Ceremonioso fue amplia y coherente, y persiguió durante todo su reinado la realización de su sueño imperialista de unir otra vez a su corona todos los Estados gobernados por príncipes salidos de la casa de Aragón cf. Rovira y Virgili, Historia nacional de Catalunya, Barcelona, 1928, t. IV, pág. 387. Pedro IV escribió, además de varias poesías, las siguientes obras: Llibre de les Ordinacions de la Real casa de Aragó; Tractatus de con sacratione ecclesiarum; Quatuor orationes; Tractat de la Caballeria de Sant Jordi de la Creu bermella, que dejó sin terminar; Union de reynos y condados; Leyes y Ordinaciones para la armada real, y Ordinaciones para el palacio y capilla de los reyes de Aragón.

JAVIERRE, Áurea, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. N-Z, págs. 205-209.