ALFONSO IV de Aragón. El Benigno. Nápoles (Italia), 1299 – Barcelona, 24.I.1336. Rey de Aragón, rey de Valencia (Alfonso II), rey de Cerdeña y conde de Barcelona (Alfonso III).

Tercer vástago y segundo hijo varón de Jaime II de Aragón y de Blanca de Anjou o de Nápoles. En la Crónica de Pedro el Ceremonioso se dice que fue amamantado por su propia madre. La documentación habla de las numerosas enfermedades que padeció durante su no muy larga vida y especialmente de la enfermedad crónica que contrajo durante su estancia en Cerdeña. Blanca de Anjou se ocupó personalmente de dotarle de rentas en plena niñez, adquiriendo por compra la población de Buñol en Valencia. Cuando su hermano primogénito y heredero, Jaime, renunció a su condición de tal en 1319 por entrar en religión, Alfonso le sustituyó como heredero recibiendo automáticamente el título de procurador general. Las primeras actuaciones políticas de Alfonso fueron muy prudentes, cosa que produjo gran satisfacción a su padre, según consta en las cartas escritas por el Rey a su tesorero Pere March. El carácter bondadoso de Alfonso, su sencillez y humildad, le valdría ser conocido como el Benigno, ya que se decía de él que tenía muy buen corazón y que se ganaba muy fácilmente la voluntad de todos. No en vano había sido educado con el Llibre dels Proverbis de Ramón Llull, en donde se exalta constantemente la humildad. Su padre Jaime II conocía perfectamente el carácter de su hijo, por eso antes de partir este para la conquista de Cerdeña le insiste; en primer lugar, que nunca deje de actuar justamente “ferm en justicia”; en segundo lugar, que tenga autoridad y no sea de carácter blando, ni se deje manejar por cualquier persona, ni atienda a un hombre vulgar como si de un rico se tratase, pues de lo contrario sería menospreciado; tercero, que no haga excesivas donaciones de castillos, villas ni rentas reales, sino más bien que reparta tierras yermas; cuarto, que mande a Cataluña todo aquello que pueda obtener de la isla de Cerdeña y, si necesita ayuda de Cataluña, se lo manifieste a él; en quinto lugar, que no se arriesgue a entrar en guerra con ningún rey ni común sin manifestárselo antes a él; y, por último, que en los asuntos de Federico de Sicilia, actúe de tal manera que le muestre que le honra y le ama, pero sin dar a entender a la Iglesia ni a Roberto de Nápoles que se pone de parte del de Sicilia, ya que de ello podrían derivar graves consecuencias para la Corona de Aragón.

En 1314, antes de ser el heredero del Trono, contrajo matrimonio con Teresa de Entenza en la catedral de Lérida, dama que al poco tiempo heredaba el condado de Urgell y vizcondado de Áger. Este enlace fue fruto del compromiso pactado entre Jaime II y Armengol X de Urgell, el cual, falto de sucesión directa, dejaría a su muerte el condado a su sobrina-nieta Teresa de Entenza, la cual debía contraer nupcias con el infante Alfonso. De esta manera y previo pago de cien mil sueldos jaqueses, dicho condado pasaría a la corona. Teresa se ganó el aprecio de Jaime II y de su cuarta esposa, Elisenda de Montcada.

Jaime II, después de largas negociaciones y de la publicación por el papa Bonifacio VIII de la bula Super reges et regna en 1297, recibió la infeudación de los reinos de Cerdeña y de Córcega, como compensación a su renuncia al Reino de Sicilia. Solucionado diplomáticamente el complicado asunto, se planteó entonces la conquista de la isla de Cerdeña. Para ello, encomendó a su hijo y heredero Alfonso el mando del ejército expedicionario. En 1323, Alfonso y su esposa Teresa de Entenza partieron en la escuadra mandada por el almirante Francisco Carrós, que transportaba el ejército de conquista, a la vez que tenía que impedir que pisanos y genoveses pudiesen llevar refuerzos a la isla. La salida se hizo desde Port Fangós el 31 de mayo de 1323. El cronista florentino Giovanni Villani calcula que irían en la armada setenta galeras y el total debía ser unas doscientas velas. Mientras que Muntaner estima en ochenta las galeras expedicionarias.

Zurita hace recuento a la entrada del puerto de Mahón y, sin duda copiando a Pedro IV en su Crónica, ajusta sesenta galeras y veinticuatro naves gruesas; entre los navíos menores llegaba el total a trescientas velas. Un viento contrario obligó a la escuadra a entrar en Mahón al quinto día de viaje. Alfonso el Benigno en este puerto se enteró por el patrón de una nave que venía de Nápoles, que Pedro de Villa de May con los suyos y la gente del juez de Arborea habían iniciado la guerra contra los pisanos en Cerdeña, adueñándose de la isla, excepto de Cagliari, la villa de Iglesias y Terranova. El 24 de junio de 1323, los príncipes herederos desembarcaron en la isla en Sulci (la Palma de Solç). Durante el tiempo que permaneció el infante en Sulci, acudieron a prestarle homenaje gran número de sardos principales encabezados por el juez de Arborea, quienes le recibieron por señor y juraron fidelidad al Rey y a él como su sucesor. Este espontáneo homenaje de los sardos se debió en parte a la habilidad de su padre, el rey Jaime II, que ya anticipadamente había dado a Hugo de Arborea extensas facultades y plenos poderes para ofrecer y conceder feudos, franquicias, compensaciones de todo tipo al común y a las personas que se hallasen dispuestos a reconocer el dominio catalano-aragonés en la isla y seguir el partido del juez Hugo de Arborea, cooperando con él en la conquista del reino de Cerdeña.

De tal manera, se activó la forma jurídica de las prestaciones de vasallaje, ya que, entre septiembre y octubre del mismo 1323, no quedaban más de Cagliari, Villa de Iglesias, Acquafredda, Joyosa Guarda y alguna fortaleza más por prestar juramento a la Corona, por estar estas en manos de los pisanos. Alfonso puso sitio a la Villa de Iglesias, que se rindió a principios de febrero de 1324. Durante este asedio y posterior rendición de la Villa de Iglesias, muchos de los soldados del infante sufrieron paludismo a la vez que se desató una epidemia de peste. Zurita narra estos hechos resaltando que “a consecuencia de la pestilencia del aire y lo infecto de las aguas, debido a la gran mortandad, apareció el contagio, de modo que apenas había quien enterrase a los cadáveres”. A continuación, el infante se dirigió a Cagliari para apretar con todo su esfuerzo el sitio de dicha ciudad, que era clave de la isla por su puerto y a la que los pisanos querían enviar ayuda; mientras, la flota catalano-aragonesa recorría la costa, asegurándose la posesión de fortalezas enemigas que pudieran ser puntos de apoyo para un desembarco pisano. Pero el infante no pensó en asediar en toda regla la fortificada ciudad, antes de medir sus fuerzas con la escuadra pisana cuya llegada conocía, para no encontrarse entre dos fuegos.

La llegada de la flota de Pisa y su indecisión en entablar una batalla naval, hizo que Alfonso mandase un mensaje al capitán del ejército enemigo manifestándose dispuesto a luchar tanto en mar como en tierra. Los pisanos aceptaron la propuesta y optaron por el combate en campo abierto. La batalla tuvo lugar el 29 de febrero de 1324 en Lucocisterna. El infante don Alfonso obtuvo una brillante victoria terrestre y demostró un valor personal inusitado en él, mientras que el almirante Carrós venció a los pisanos por mar. Esta doble victoria proporcionó de momento el dominio total de Cerdeña, aunque Pisa después de firmar la paz y renunciar a sus posesiones en la isla, conservó como feudo el castillo de Cagliari. En la batalla de Lucocisterna, Alfonso puso en juego su reputación, no solo ante el ejército, sino ante su padre y de todos los reyes y príncipes vinculados a la casa real de Aragón y condal de Barcelona. Según parece, el propio infante fue herido al ser derribado de su montura durante la contienda, aunque no debió ser muy grave, ya que su propia esposa afirmaba pocos días después que su esposo “es muy sano e alegre”.

La conquista de Cagliari y los refuerzos navales llegados desde la Península permitieron a la escuadra catalano-valenciana-mallorquina arruinar un punto vital del comercio de Pisa. Alfonso nombró gobernador de la isla a Felipe de Saluces, al considerar acabada la campaña de conquista, durante la cual demostró, como se ha visto, un gran valor que es recogido en las crónicas de Muntaner y de Pedro el Ceremonioso, que contrasta con su carácter pacífico. Teresa de Entenza no llegó a ser reina, ya que murió poco antes que su suegro. Alfonso estuvo junto a su padre los últimos días de su existencia, muriendo este el 2 de noviembre de 1327.

Alfonso IV el Benigno fue coronado solemnemente en Zaragoza el domingo de Pascua de 1328; la ceremonia y las fiestas que siguieron son narradas con todo detalle por Muntaner. Nada más ciñó la corona real y a los pocos meses de haberse quedado viudo, se iniciaron las negociaciones para contraer un nuevo matrimonio, esta vez con Leonor de Castilla, la infanta devuelta a su reino de origen ocho años antes, cuando se deshizo su compromiso matrimonial con el entonces príncipe heredero Jaime. Este hecho de la devolución de la infanta Leonor a Castilla era uno de los asuntos familiares, con claras connotaciones políticas, que quedaba por resolver. De hecho, se proyectaba la boda de la citada infanta Leonor con el hermano de Alfonso el Benigno, el infante Pedro, conde de Ribagorza y Ampurias. Pero este proyectado enlace no llegó a realizarse, ya que el infante fue desplazado por su propio hermano, el Rey, recién enviudado. La ceremonia se celebró en la iglesia de San Miguel de Tarazona a primeros de febrero de 1329. Se sabe que para hacer frente a los gastos de esta boda, el Rey solicitó una ayuda económica de cien mil sueldos al municipio de Barcelona. Como contrapartida, en la primera visita del soberano a Barcelona, los consellers le hicieron ratificar los privilegios de que gozaba la ciudad.

Este nuevo matrimonio de Alfonso IV el Benigno, con la hermana de Alfonso XI de Castilla y León, enfocado para dar mayor seguridad a la Corona de Aragón en sus fronteras occidentales, supuso con el tiempo un grave enfrentamiento familiar, debido al hecho de que el heredero del Trono, el futuro Pedro el Ceremonioso, era fruto del primer matrimonio. Por este motivo, la actuación de la reina Leonor se encaminó desde el primer momento que fue madre a lograr que su esposo dotara de un gran patrimonio a sus hijos Fernando y Juan, al primero le concedió el título de marqués de Tortosa, a la vez que puso en manos de la reina y de sus hijos gran parte del reino de Valencia. La nueva reina hubiese querido que su hijo mayor fuese nombrado heredero del Trono, pero no pudo vender la firme resolución de su esposo, a pesar de su debilidad de carácter. En esta posición de firmeza, el Rey contó con el consejo y ayuda de sus hermanos los infantes Pedro y Ramón Berenguer, y de los Montcada, voluntariamente ligados a la causa del primogénito Pedro. La generosidad de rentas y títulos con que dotó Alfonso el Benigno a los hijos de su segundo matrimonio, produjo la reacción de algunos importantes personajes que se negaron solemnemente a jurar dichas donaciones. Los mensajeros de los nuevos señores fueron recibidos a pedradas en las ciudades cedidas, la mayoría de ellas en el Reino de Valencia.

Representantes de dichas poblaciones (Alicante, Elda, Novelda, Orihuela, Guardamar, Játiva, Alcira, Murviedro, Burriana, Morella y Castellón) fueron a la capital de dicho reino para pedir la ayuda de los magistrados valencianos. Fue inútil que el propio Rey y el infante Fernando acudiesen a la ciudad del Turia para apaciguar el descontento. Ante ellos, y en nombre de los jurados de Valencia, Guillem de Vinatea defendió los derechos de las poblaciones rebeldes con un lenguaje enérgico, a veces respetuoso y a veces amenazador: “Estamos dispuestos a morir, pero también a matar, en defensa de los privilegios del pueblo”. La reina Leonor que estaba presente dijo a su marido: “¡Señor, no consentiría esto el Rey de Castilla, hermano nuestro, que no los degollase a todos!”. A lo que según las crónicas el Rey respondió: “Reina, Reina, nuestro pueblo es libre y no está sojuzgado como el pueblo de Castilla. Pues ellos nos tienen como Señor y nos los tenemos como buenos vasallos y compañeros”. Después de estos hechos, el monarca revocó las concesiones abusivas y castigó a sus malos consejeros.

Desde entonces, la Reina emprendió una obstinada oposición a su hijastro, el heredero del Trono, eliminando de los cargos a todos aquellos que eran sus amigos o sospechaba que eran partidarios suyos. El príncipe heredero Pedro y su hermano Jaime, conde de Urgell, hubieron de refugiarse en Zaragoza bajo la protección de su arzobispo y de un grupo de nobles aragoneses. Había empezado una guerra sin cuartel entre la madrastra Leonor y su hijastro Pedro, que no acabaría nunca más. Se iniciaba un período en que la tiranía doméstica de la Reina y el alejamiento de los hijos del primer matrimonio pesaron mucho en el descenso del prestigio del Rey, preocupado no solo por los asuntos familiares, sino especialmente por la complicada coyuntura económica y las continuas guerras por el control de Cerdeña.

Una de las mayores preocupaciones del Rey fue resucitar el espíritu de Cruzada. Para ello, envió a uno de sus mejores diplomáticos, Ramón de Melany, a diversas cortes europeas para interesar los monarcas respectivos en una Cruzada contra el sultanato de Granada, aliado de Marruecos. Pero estas gestiones al más alto nivel fracasaron, entre otras cosas porque el pontífice Juan XXII no demostró excesivo celo, ni su cuñado Alfonso XI fue claro en sus intenciones. La proyectada gran Cruzada se quedó en una simple campaña militar en el verano de 1330, sin ninguna consecuencia importante. Cinco años después, se firmaba una paz con el sultanato de Granada.

El problema más grave del reinado de Alfonso IV el Benigno fue consolidar el dominio en el Reino de Cerdeña. Eliminada Pisa de la isla, su papel fue reemplazado desde el primer momento por la república de Génova, que ayudó a todas las revueltas posibles, primero las de Sássari y Cagliari que fueron dominadas, aun siendo príncipe heredero. Después, en el segundo año de su reinado, Sássari volvió a rebelarse, pero fue también dominada y mandados al exilio la mayoría de sus habitantes, enviándose por vez primera repobladores catalanes al norte de la isla. Las buenas in tenciones del Rey, pensando que el espíritu rebelde de los isleños cedería ante unas buenas reformas administrativas, fracasaron estrepitosamente por la continua intervención genovesa. Los hombres enviados en 1330 para realizar dichas reformas, Berenguer de Vilaragut y Bernat (Bernardo) Gomir vieron cómo la situación se les escapaba de las manos, y se iniciaba un largo proceso de represión y de defensa de las posiciones catalano-aragonesas. Se inició una guerra con Génova que finalizó en 1337 su primera etapa, ya reinando su hijo Pedro el Ceremonioso.

Durante el reinado de Alfonso el Benigno, la mayor parte de Cataluña padeció carestía de trigo y la ciudad de Barcelona atravesó épocas de escasez, sobre todo de 1332 a 1334. El año de 1333 es calificado como de hambres y pestes, pues, en poco tiempo murieron más de diez mil personas, según cuenta Bruniquer en sus Rubriques. Es lo que se denomina “lo mal any primer” (el mal primer año), que produjo serios alborotos en la ciudad de Barcelona por el elevado precio del trigo. El Rey, lo mismo que otros monarcas que se encontraban en su misma situación, ante la escasez de cereal, desplegó una doble política: de un lado, expidió órdenes prohibiendo la salida de granos de las ciudades y, por otro, trató de adquirir cereales favoreciendo su circulación por sus Estados, a fin de que las comarcas dotadas con mejores cosechas pudieran abastecer a las menos favorecidas. También mandó importar trigo de reinos extranjeros.

Alfonso superó a su padre en religiosidad; de espíritu profundamente religioso, creó un fondo a base de cinco sueldos por libra de los ingresos totales de la Corona, destinado exclusivamente para obras de carácter religioso. Fue un gran admirador de los franciscanos; en repetidas ocasiones dijo que después de la Virgen María era la figura de san Francisco la que más devoción le inspiraba.

Desde el 14 de julio de 1335, Alfonso el Benigno residirá en Barcelona, en donde se le agravó la enfermedad que padecía, muriendo en enero de 1336, probablemente el día 24. La ausencia de su esposa, huida a Castilla dos meses antes, por temor a la venganza de su hijastro, futuro rey Pedro el Ceremonioso, es posible que acelerara su muerte. Cuando murió, a los treinta y siete años, le rodeaban sus hermanos, Pedro, conde de Ribagorza y Ampurias, y Ramón Berenguer, conde de Prades. El heredero del Trono se encontraba en Zaragoza. Alfonso dejó dicho que sus restos fuesen enterrados en el convento de los franciscanos de Lérida, pero de momento se le enterró en el convento de los franciscanos de Barcelona, junto a su primera esposa y su cuarto hijo Federico. Pedro el Ceremonioso trató de cumplir la última voluntad de su padre, a fines de 1368. Un año después sus restos fueron depositados en los frailes menores de Lérida.

Los historiadores han juzgado de muy diversa manera el reinado de Alfonso el Benigno. Miret y Sans lo considera como un monarca bondadoso, débil, desposeído de la astucia indispensable para los que rigen los destinos de los pueblos y constantemente enfermo. Rovira y Virgili en su Història Nacional de Catalunya califica su reinado de corto, no demostrando grandes condiciones de gobernante, considerándole como uno de los monarcas más débiles e irresolutos, aunque mostró en diferentes casos su espíritu honesto, liberal y justiciero. Ferrán Soldevila considera que valió más cuando fue infante que cuando subió al trono, mostrándose siempre indeciso en las luchas políticas y en las luchas familiares.

CLARAMUNT RODRÍGUEZ, Salvador, «Alfonso IV», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, http://dbe.rah.es/biografias / 6363/alfonso-iv-de-aragon)