Alfonso I de Aragón

Datos biográficos

Rey de Aragón: 1104-1134
Rey de Pamplona: 1104-1134
Sobrenombre el Batallador
Nacimiento: 1073
Fallecimiento: 1134
Predecesor: Pedro I
Sucesor en Aragón: Ramiro II
Sucesor en Navarra: García Ramírez
Padre: Sancho IV Ramírez
Madre: Felicia de Roucy
Consorte: Urraca

Biografía

Es uno de los monarcas aragoneses más interesantes en el aspecto militar y reconquistador. Lanzó sus ejércitos sobre la tierra llana y en pocos años duplicó la extensión de sus territorios patrimoniales incorporando a la corona la mayor parte del valle del Ebro, con ciudades tan importantes como Zaragoza, Tudela, Daroca, Tarazona y Calatayud. Desarrolló una activa política en Castilla y el mediodía de Francia, estrechando lazos íntimos con diversos magnates francos, que contribuyeron a facilitar la expansión aragonesa por el Midi. Por sus éxitos militares ha sido comparado con Napoleón. Segundo hijo del matrimonio de Sancho Ramírez con doña Felicia de Roucy, heredó los derechos de su hermano primogénito Fernando al morir este prematuramente. Fallecido Pedro I de Aragón y Pamplona sin descendencia, Alfonso fue elegido rey.

Retrato imaginario del rey Alfonso I de AragónRetrato imaginario del rey Alfonso I de Aragón, que fue hijo del rey Sancho Ramírez y de la reina Felicia de Roucy.

Por indicación de Alfonso VI de Castilla contrajo matrimonio con su hija doña Urraca, viuda de Raimundo de Borgoña. Este matrimonio fue bien aceptado por una parte de la nobleza castellana y todos los burgos de francos; pero no fue bien visto por el alto clero y la mayoría de la nobleza, sobre todo la de Galicia, tanto más cuanto que lesionaba los intereses de muchas personas. La desavenencia de los cónyuges fue tal que don Alfonso el Batallador hubo de recluir a su esposa en el Castellar; sus diferencias terminaron con la declaración de nulidad del matrimonio.

Al principio del reinado de Alfonso I el Batallador se perdieron algunas tierras en el curso bajo del río Cinca, aunque una reacción posterior puso en manos del aragonés algunos castillos cercanos a Lérida (1106) y ocupó definitivamente el castillo y pueblo de Tamarite de Litera (1107). En las Cinco Villas conquistó Ejea de los Caballeros (1106) y Tauste, quedando dominada toda la región. La reacción musulmana, traducida en una expedición de saqueo dirigida por Mostain II contra las tierras de la ribera navarra, fracasó totalmente en la batalla de Valtierra (1110) y tuvo como contrapartida la expedición del regio matrimonio contra Zaragoza, que había sido ocupada recientemente por los almorávides.

Durante algunos años, Alfonso I el Batallador se alejó de los problemas de la Reconquista, preocupado con sus cuestiones matrimoniales, aun cuando algunas tierras del macizo montañoso de Aliaga pasaron a depender del monarca cristiano, que el año 1117 sometió Morella, amenazando las comunicaciones de Zaragoza con Levante.

En julio de este año, el vizconde Gastón de Bearne y su hermano Centulo de Bigorra, vasallos de Alfonso I el Batallador, se presentaron ante los muros de Zaragoza para asolar las cosechas, retirándose seguidamente. A principios de 1118 el Concilio de Toulouse concedió los beneficios de Cruzada a todos cuantos participasen en la conquista de Zaragoza. Reunidos los expedicionarios en Ayerbe —predominaban los francos—, se encaminaron hacia Zaragoza, conquistando en su itinerario Almudévar, Gurrea de Gállego y Zuera, asentándose en los aledaños de aquella capital el 22 de mayo de 1118.

El obispo de Huesca, Esteban, facilitó los tesoros de su iglesia a los sitiadores para mantenerlos junto a la ciudad codiciada, contra la que se utilizaron máquinas de ataque y otros ingenios. Los sitiados solicitaron una tregua, ofreciendo que, en caso de no ser socorridos en un plazo determinado, entregarían la ciudad. Llegó el refuerzo musulmán, pero no se libró batalla alguna porque los almorávides se retiraron. El día 18 de diciembre de 1118 Alfonso I el Batallador ocupaba el castillo de la Aljafería, sito a un kilómetro de las murallas de la ciudad y al día siguiente hacía su entrada en la capital.

Poco después de la conquista de Zaragoza cayeron en manos de Alfonso I Tudela (1119) y Tarazona, y en 1120 repoblaba Soria. Cuando estaba sitiando Calatayud (1120), un ejército almorávide se encaminó desde Levante hacia Zaragoza, siguiendo la calzada que bordeaba los cursos de los ríos Turia y Jiloca. El rey aragonés salió al encuentro de los musulmanes y los derrotó en la batalla de Cutanda, ocupando seguidamente una serie de posiciones en los valles del Jalón y Jiloca, que presentaron como punto avanzado la fortificación de Monreal del Campo, donde creó Alfonso I una milicia religiosa (1128?).

Después de saldar cuentas con el señor de Haro, que se había alzado contra él, envió una avanzada compuesta por señores aragoneses, normandos y bearneses a Peña Cadiella para preparar su famosa expedición a tierras andaluzas. El año 1125, al frente de un ejército caminó hacia la costa malagueña, pasando por Monreal del Campo, Teruel, Valencia, Játiva, Murcia, Baza, Granada, Motril, Málaga, Granada otra vez, Lucena, Córdoba, regresando a Aragón por Alcaraz, Cuenca y Albarracín, invirtiendo en su marcha desde el mes de agosto de 1125 hasta junio de 1126. En el camino luchó varias veces con los musulmanes, siendo su principal encuentro en Arinzol, cerca de Lucena. Recogió e incorporó a su ejército gran multitud de mozárabes, que más tarde asentó en diversas poblaciones del valle del Ebro.

Después de su regreso de la expedición a Andalucía se reunió con el conde Ramón Berenguer III de Barcelona, en Calasanz. quizá para sondear la posición del catalán ante el problema sucesorio castellano, planteado a la muerte de la reina doña Urraca, La tirantez entre Alfonso I el Batallador y su hijastro, Alfonso VII de Castilla, se tradujo en algunas acciones guerreras, que se acabaron con el acuerdo de Támara.

Solucionados sus problemas con Castilla, Alfonso I se ocupó de la Reconquista, repoblando Azaila (1127) y acampando en Castilnuevo, cerca de Molina, que sitió y tomó en 1128 para encaminarse seguidamente a Valencia, a la que puso sitio (1129).

En el valle del Ebro siguió sus avances, proponiéndose como objetivo final la conquista de Lérida. Para ello tomó Fraga (1122), que volvió a perder y se aposentó en el castillo de Gardeny (1123) a pocos kilómetros de Lérida, lo que provocó un combate judicial con Ramón Berenguer III. Después del cerco de Valencia, que el monarca deseaba tomar para poder embarcar camino de Jerusalén, el monarca se preocupó de los problemas del Midi francés y sus vasallos, teniendo que intervenir con las armas, hasta el punto de sitiar la ciudad de Bayona (1131).

Vuelto a Aragón, dedicó sus esfuerzos a la conquista de Fraga y el curso bajo del río Ebro, tierras claves para la tan deseada conquista de Lérida. Con la ayuda de una flota construida en Zaragoza ocupó Mequinenza (1133) y seguidamente acampó ante Fraga. El sitio de esta ciudad mantenido durante año y medio a pesar de haber sufrido algunas derrotas, entre ellas la terrible infligida por las fuerzas enviadas por Taxufin, demuestra el gran tesón del rey aragonés.

A los dos meses de la gran derrota de Fraga moría este en Polenino (8-IX-1134), dejando sus reinos a las Órdenes militares. Los nobles no acataron lo dispuesto por el monarca y proclamaron a Ramiro II el Monje como rey de Aragón y a García Ramírez el Restaurador como rey de Navarra. Su muerte originó un estado caótico en la monarquía pirenaica, que aprovecharon los musulmanes para reconquistar las tierras del bajo Aragón e inquietar Zaragoza, hasta el punto de que Alfonso VII de Castilla tuvo que acudir a esta capital para impedir que cayera nuevamente en poder de los almorávides.

Alfonso I el Batallador se nos muestra como un rey valiente, quizá, autoritario, supersticioso, misógino, prudente y gran militar. El fracaso temperamental de su matrimonio con Urraca malogró una gran oportunidad de avanzar la unión peninsular en tres siglos.

URBIETO ARTETA, Antonio, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 143-145.