Guerra de los Treinta años

Índice

La Guerra 1618-1648
Tratados de Westfalia 1648

La Guerra

La paz religiosa de Augsburgo (1555) intentó resolver inútilmente el problema eclesiástico-político que la reforma luterana había planteado a Alemania. Católicos y protestantes habían de vivir con iguales derechos, ya que ninguna de las dos confesiones había logrado someter a la otra, pero la paz llegó demasiado pronto y la situación tenía que ser inestable a la fuerza. Al problema religioso, ya de por sí grave, se añadió el político, cobrando nueva vida el particularismo alemán y el odio del príncipe al emperador se sumó a la ya tradicional enemistad entre el sajón protestante y el bávaro católico.

Ninguno de los sucesores de Carlos V tenía la talla suficiente para resolver tan ardua cuestión. Fernando I (1556-1564), agotado ya por treinta años de lucha, en los que intentó vanamente defender los derechos de su hermano Carlos, se limitó a contemporizar con unos y otros al subir al poder, temeroso de que una nueva muestra de debilidad del imperio incitase a los turcos, de quienes ya era tributario, a un nuevo ataque.

En tiempos de su hijo, Maximiliano II (1564-1576) alcanzó el protestantismo su máxima difusión: había en la Dieta Imperial dos electores protestantes, el de Sajonia y el de Brandemburgo, y uno calvinista, el del Palatinado, mientras el emperador daba muestras de decidida inclinación hacia el bando luterano. Pero la eficaz labor de Alberto V de Baviera en sus estados, en los que la Compañía de Jesús, al mando de San Pedro Canisio, primer jesuita alemán, inició una auténtica labor de reconquista, y la influencia de su cuñado Felipe II (Maximiliano casó con María, hija de Carlos V), que le incitaba a respetar los intereses dinásticos de los Habsburgo, terminaron por no hacerle abandonar el campo católico.

A su muerte fue elegido emperador su hijo Rodolfo II (1576-1612), educado en Madrid y muy influido por su tío Felipe, Mientras su hermana Ana se convertía en la cuarta esposa del rey de España, su hermano Alberto casaba más tarde con la infanta Isabel Clara Eugenia, recibiendo Bélgica en dote; la alianza de los Habsburgos alemanes y españoles quedaba definitivamente estrechada. Rodolfo se sentía disminuido al compararse con Felipe; por eso quiso a toda costa establecer en sus territorios la hegemonía absoluta que en los suyos habían logrado los Habsburgos españoles. Los jesuitas realizaron en las universidades (Ingolstadt, Innsbruck, Munich, Viena y Praga) una magnífica labor, recuperando para el catolicismo la zona del Main y parte de la Baja Sajonia.

Un episodio de armas —la llamada pequeña guerra de Colonia (1583)— puso de manifiesto la hostilidad apenas encubierta entre católicos y protestantes; Gebhard Truchsess, arzobispo de Colonia, se convirtió al protestantismo para poder contraer matrimonio con la condesa de Mansfeld. El asunto era trascendental para el porvenir del imperio, pues inclinaba a favor de los protestantes las futuras votaciones de la Dieta, pero la rápida intervención de los Wittelsbach bávaros determinó la expulsión de Truchsess, que fue sustituido por Ernesto de Baviera, hermano del príncipe Alberto V.

A partir de aquel momento se vio que la lucha era inminente; en 1608 se constituía la Unión Evangélica, protestante, y, poco más tarde, los príncipes católicos, bajo el mando de Maximiliano de Baviera, que había sustituido a su padre Alberto, se agrupaban en la Liga Católica (1609). Al morir Rodolfo II (1612), que en 1609 había concedido a los bohemios la libertad religiosa bajo forma de Carta de Majestad y que sería el origen de la declaración de hostilidades, se planteó la cuestión sucesoria. Triunfó la candidatura de Matías (1612-1619), hermano menor de Rodolfo, de cincuenta y cinco años de edad; su nombramiento apenas sirvió para retrasar el conflicto unos años y su falta de descendencia obligó a los católicos a buscarle sucesor.

Grabado que representa la defenestración de Praga de 1618.Grabado que representa la defenestración de Praga de 1618. Desde una ventana del castillo de la ciudad fueron arrojados los dignatarios católicos, dando comienzo a la Guerra de los treinta años.

Se pensó en su hermano Maximiliano y en Felipe III, pero, al fin, fue elegido Fernando, hijo menor de Carlos de Estiria, hermano menor de Maximiliano II. Fernando se había educado con Maximiliano de Baviera y ambos eran fervientes católicos: su elección para sucesor de Matías constituyó un acierto del partido católico y pronto empezó el de Estiria su carrera imperial; en 1617 ascendía al trono de Bohemia y un año más tarde al de Hungría.

Mientras tanto, los protestantes, descontentos en Praga por la labor de los partidarios de Fernando, que no aplicaban estrictamente la Carta de Majestad de Rodolfo II, penetraban el 23 de mayo de 1618 en la sala del Consejo, arrojando por la ventana a los consejeros Martinitz y Slawata y al secretario Fabricius: la chispa que inflamaría la hoguera sobre la que Alemania iba a vivir, calcinandose sin remisión, acaba de estallar.

Periodo Palatino 1618-1623

Los acontecimientos se precipitaron. Matías murió repentinamente (19-III-1619) y a pesar de la oposición del calvinista Federico V del Palatinado, fue elegido Fernando II. Los bohemios, entretanto, deponían al nuevo emperador y ofrecían el trono de Bohemia a Federico, el elector derrotado, que entraba triunfalmente en Praga con su esposa Isabel, hija de Jacobo I de Inglaterra El grave problema que planteó la guerra de Colonia volvía a repetirse, pero complicándose aún más, pues la pérdida de Bohemia suponía una disminución gravísima para la hegemonía de los Habsburgo.

Fernando II conminó a Federico a evacuar Bohemia, y ante la negativa de este se dispuso a la guerra, buscando el apoyo de los príncipes católicos y de Felipe III. Los protestantes se mantuvieron en principio neutrales, quedando a Federico el único recurso de una posible ayuda de su suegro Jacobo I, que tampoco veía la guerra con buenos ojos, pues pretendía casar a su primogénito Carlos con una hija de Felipe III. Ante enemigo tan poderoso, el elector tenía que declararse vencido a la fuerza. Después de la batalla del Monte Blanco (8-X1-1620) se vio obligado a evacuar Bohemia, siendo después atacado en su propio territorio por un doble ejército hispano-austriaco al mando de Spínola y Tilly.

Los combates de Wimpfen (6-VI-1622), Hochs (20-VI-1622) y Sandtlohn (6 VIII-1623) decidieron la suerte de Federico, que tuvo que refugiarse en las Provincias Unidas (Holanda), desde donde intentó recuperar vanamente sus territorios el que la Historia conoce con el triste nombre de rey de invierno. El primer episodio de esta guerra —el llamado periodo Palatino (1618-1623)— acababa de cerrarse. Victoria tan rotunda no podía por menos que engreir a Fernando II quien obró torpemente, abusando de su triunfo: desposeyó de todos sus derechos a Federico V, otorgando el Palatinado su fiel aliado Maximiliano de Baviera, con lo que la representación protestante en la Dieta se reducía a dos votos, mientras declaraba hereditario y adscrito los Habsburgo el trono de Bohemia, tradicionalmente electivo.

Para imponer su autoridad emprendió contra los checos la primera política de germanización por la fuerza que conoce la historia: impuso el catolicismo como única religión, suprimió el empleo de la lengua nacional, confiscó todos los bienes de la nobleza y los campesinos fueron convertidos en siervos, obligándoles a trabajar al servicio de la nueva nobleza alemana. En un siglo quedó arruinada la floreciente industria de Praga y la población bajo de cuatro millones a uno; el odio entre checos y alemanes subsistirá ya sin remedio a lo largo de la historia.

Periodo Danés 1623-1629

La victoria de Fernando II suponía no solo el triunfo de la Contrarreforma, sino el de la política absolutista de los Habsburgo; los sueños unificadores de Rodolfo II comenzaban a realizarse. Los príncipes protestantes, que hasta entonces habían mantenido una actitud más bien neutral, tenían que atajar de raíz los progresos de la casa de Austria, pero incapaces de luchar contra ella, acudieron a Cristian IV, rey de Dinamarca y Noruega (1588-1648), y a Gustavo Adolfo, de Suecia (1611-1632). en demanda de ayuda. El rey de Suecia, entretenido en una larga guerra con su tío, el rey de Polonia, Segismundo Vasa (1587-1632), se desentendió pronto del asunto, mientras Cristián, declarándose campeón de la causa protestante, se decidió a intervenir activamente. Pero su verdadera aspiración al enrolarse en esta guerra era apoderarse del norte de Alemania y poder desarrollar más cómodamente la política marítima y comercial que había iniciado en 1616 creando una compañía de las Indias Orientales a imitación de las sociedades capitalistas holandesas.

España, entretanto, reanudaba con las Provincias Unidas de Holanda la guerra interrumpida en 1609 al firmarse la tregua de los Doce Años. El ejército de Spínola pasó del Palatinado a Flandes, con lo que España se mantuvo al margen de este segundo periodo de la guerra, aunque el estatúder Mauricio de Nassau (1584-1629) y su sucesor y hermano, Federico Enrique, mantuvieran estrecho contacto con la Liga protestante.

El ejército de la Liga católica continuaba al mando de Tilly, pero hubo que pensar en sustituir el ejército español. Al conocer la necesidad en que se hallaba el emperador, un aventurero bohemio, Alberto de Wallenstein, que se había distinguido en las guerras contra los turcos y en la lucha contra Federico V, defendiendo los intereses de Fernando II, ofreció organizar un ejército por su cuenta, con la única condición de permitir a sus tropas el aprovisionamiento y pillaje en las tierras enemigas. Puso en pie de guerra a más de 20.000 hombres de diversos países y categorías, pero imponiendo una rígida disciplina, logró crear una magnífica arma de combate al servicio del emperador.

El ejército protestante se dividió en dos cuerpos: uno actuó en la Baja Sajonia al mando de Cristian IV y frente a Tilly; el otro, bajo la dirección de Ernesto de Mansfeld, logró atraer a Wallenstein hacia el Elba. Desde el principio las armas fueron favorables a los católicos: el 26 de abril de 1626 y sobre el puente de Dessau, el ejército de Wallenstein derrotaba a Mansfeld, que se veía obligado a retirarse a Silesia y poco más tarde, el 27 de agosto, Cristián IV era materialmente aplastado por Tilly en Lutter.

Wallenstein persiguió a Mansfeld, que tuvo que firmar la paz de Presburgo (28-XII-1626), y pudo entonces acudir en apoyo del ejército de la Liga católica; Cristián se encontró en dificilísima situación y vio cómo sus propios territorios —Holstein, Schleswig y Jutlandia— caían en manos del ejército imperial que llegaba a las costas del Báltico. Se resignó a firmar la paz, lo que se hizo en Lübeck (1-1629); el rey de Dinamarca, Cristian IV, recuperaba sus territorios, pero prometía renunciar a sus pretensiones sobre el norte de Alemania.

El segundo ciclo de la guerra de Treinta Años se cerró con esta paz que supuso para el emperador un triunfo casi definitivo, pero su espíritu vengativo se impuso de nuevo, promulgando el célebre Edicto de Restitución (6-111-1629). Por él los católicos recobrarían todos los bienes y sedes eclesiásticas que los protestantes hubieran ocupado después de 1555. Dos arzobispados, doce obispados y numerosos conventos fueron el espléndido resultado de este botín, que produjo, junto con los excesos del ejército de Wallenstein, la ruina económica de media Alemania.

Periodo sueco (1629-1635)

Mientras Dinamarca tenía que reconocer su derrota, Suecia salía victoriosa el mismo año de la guerra de Polonia que cedía la provincia de Livonia. Amenazado, el rey Segismundo buscó el apoyo de Fernando II que ampliaba con este motivo la zona de su influencia a toda la Europa Central; reapareció la posibilidad del Imperio universal con que soñaba Carlos V, y Francia no tardó en demostrar, por medio de Richelieu, la inquietud que el nuevo predominio de los Habsburgo le causaba. Cuando en junio de 1630 se reunía en Ratisbona la Dieta imperial, el embajador francés, Le Clerc, se encargó de mantener alerta el espíritu independiente de los príncipes protestantes. Hasta los católicos temieron el excesivo predominio del emperador y lograron arrancarle la destitución de Wallenstein y el licenciamiento de su ejército.

Al mismo tiempo la hábil política del ministro de Luis XIII incitaba a Gustavo Adolfo a lanzarse sobre Alemania, cuya zona norte podría ocupar fácilmente, liquidando el peligro que suponía la presencia de Fernando en el Báltico. En junio de 1630, el ejército sueco desembarcaba en Pomerania, solicitando el apoyo de los estados protestantes que se reunían en Leipzig y no atreviéndose a tomar decisión alguna.

El primer encuentro se produjo en Magdeburgo (20-V-1631), saliendo victorioso el ejército de Tilly que pasó por las armas a millares de paisanos por haber apoyado a los suecos. Tan bárbaro hecho decidió a los protestantes (elector de Brandemburgo, elector de Sajonia, el landgrave de Hesse Cassel y el duque Bernardo de Sajonia-Weimar), a lanzarse contra el emperador. En Breitenfeld (IX-1631) fue aplastado el ejército imperial, poniéndose de manifiesto la superioridad de la infantería sueca, que prosiguió su avance, apoderándose de Franconia y estableciendo su centro en Maguncia. Viendo el cariz que tomaba la guerra, Francia acordó ayudar a Suecia con una fuerte suma naval (Tratado de Barwalde, I-1632); prosiguieron los suecos su avance victorioso, y junto al río Lech (15-IV-1632), fue de nuevo derrotado el ejército de Tilly, que herido mortalmente sucumbía a los quince días.

Era necesario acudir de nuevo a Wallenstein, que con su rapidez habitual levantó y preparó un nuevo ejército. En Lützen, cerca de Leipzig (16 XI-1632), se encontraron frente a frente los dos más grandes generales de esta guerra: Wallenstein fue derrotado, pero el rey de Suecia quedó sobre el campo de batalla. Durante algún tiempo, los ejércitos, temerosos de un choque decisivo, rehuyeron la batalla, limitándose a devastar Alemania.

Esta inactividad causó la desgracia de Wallenstein que, acusado de connivencia con suecos y turcos, fue declarado traidor, siendo asesinado en Eger (25-II-1634). Al frente de las tropas imperiales fue colocado el general Gallas y la llegada de un ejército español de 15.000 hombres al mando del cardenal infante don Fernando, le permitió liquidar los restos del ejército sueco en Nördlingen (6-XI-1634). Tal desconcierto se produjo entre los protestantes alemanes y tan rápida fue la reconquista que inició el ejército Imperial que los príncipes luteranos se precipitaron a firmar la paz de Praga (30-V-1641) que aplazaba por cuarenta años la aplicación de Edicto de Restitución, pero obligando a los protestantes a devolver los territorios que habían ocupado. La guerra religiosa quedaba prácticamente liquidada, pero de pronto surgió el interés político y económico que obligó a proseguirla por espacio de trece años.

Periodo francés 1635-1648

Un nuevo triunfo de los Habsburgo no podía ser admitido por Francia, que, después de liquidar sus asuntos internos de tipo religioso y de prepararse debidamente con dos flotas, una mediterránea y otra atlántica, y un ejército de 160.000 hombres, se encontró suficientemente fuerte para lanzarse a la guerra por su cuenta y riesgo, decidida a liquidar el predominio hispano-austriaco.

A primera vista el poderío de los Austrias era incomparablemente mayor al que Richelieu podía oponerle, pero el cardenal supo jugar hábilmente todos los resortes de la política y ganó la batalla definitiva. Tuvo Richelieu que sortear el peligro que para el prestigio de Francia suponía el apoyar al bando protestante, y para ello no hizo más que cambiar el significado religioso de la contienda, trocándolo en político. Francia aparecía a los ojos de Europa no como la defensora de los protestantes, sino como la protectora de los países débiles que buscaban un equilibrio de naciones para escapar al intento de dominio universal de los Austrias.

Para ello volvió a conseguir el apoyo de Suecia (tratado de Compiègne, IV-1635), a la que ayudaría mediante el pago de un millón de libras anuales, y el de los príncipes alemanes, reunidos en Worms el 19 de mayo de 1635, quienes aclamaron como jefe a Bernardo de Sajonia-Weimar, que se puso al frente de un poderoso ejército que recibiría un subsidio francés de dos millones y medio de libras anuales. El mismo día quedaba declarada la guerra y desde aquel momento los esfuerzos del bando francés se dedicaron a debilitar el poderío español.

Los tremendos gastos que ocasionaban nuestros ejércitos se subvenían con las riquezas que de América llegaban: a Holanda incumbió el papel de liquidar nuestra flota, lo que consiguió en las Dunas (1639). Desde aquel momento la poderosa flota holandesa, compuesta de 2.000 navíos, dominó el Atlántico, impidiendo, prácticamente, todo contacto con nuestras colonias.

El descontento interior fue hábilmente explotado por Richelieu, que fomentó las sublevaciones de Portugal y Cataluña (1640). En Alemania la situación era confusa: Francia consiguió Alsacia, pero, en 1637, los imperiales Piccolomini y Juan de Werth se presentaban a las puertas de París. Mientras tanto, el general sueco Banner devastaba Bohemia, mientras Bernardo de Sajonia, vencido en Rheinfelden (3-III-1638) se proclamaba vencedor en Witten Weser (9-III-1638).

Poco a poco el ansia de paz se fue imponiendo en Alemania, desangrada después de veinte años de incesante lucha y harta de los excesos del ejército sueco, ahora bajo el mando del hábil Torstensson, que, aunque victorioso en Wolfenbüttel (1641) y Breitenfeld (1642), asolaba lo que a su paso encontraba. Mientras tanto, los principales protagonistas de esta terrible guerra iban sucumbiendo uno tras otro: en 1637, Fernando II era sucedido por su hijo Fernando III; en 1639 moría misteriosamente Bernardo de Sajonia, y tres años más tarde, Richelieu y Luis XIII; en 1643 se apartaba del poder el conde duque de Olivares, queriéndose dar nuevo rumbo a la política española.

Pero aquel mismo año el triunfo de Condé en Rocroy (1643) decidió definitivamente la guerra a favor de Francia: Bélgica, punto de unión de las fuerzas españolas e imperiales, era el nudo vital de los Habsburgo. La ruptura del frente hispano-austríaco, conseguida en Rocroy, era decisiva y quedó confirmada con una nueva derrota en Lens, cinco años más tarde.

Ni Felipe IV ni Fernando III podían ya sostener prácticamente la guerra: en 1644 la iniciativa del papa Urbano VIII, que desde 1636 intentaba llegar a un arreglo, llevó a los plenipotenciarios de todos los países a reunirse en Westfalia. Mientras las discusiones continuaban a ritmo lentísimo, la lucha proseguía. Jüterbog (X-1644) y Magdeburgo (III-1645), marcan dos triunfos del sueco Torstensson, sobre el imperial Gallas, triunfando de nuevo en Jankowitz (III-1645), retirándose del mando en que le sucedió Wrangel; mientras Turena era vencido en Mergentheim, aunque, uniéndose posteriormente a Condé, derrotaba a los imperiales en Allersheim (3-VIII-1645).

Dinamarca, que a última hora se unió a la lucha al lado del emperador, fue vencida por los suecos, y Cristian IV tuvo que firmar la paz de Bronsebro (1645). En 1648, franceses y suecos en la batalla naval de Kohlberg (1644) se lanzaron a una ofensiva desesperada, consiguiendo el apoyo del príncipe Rakoczy, de Transilvania. Ante el peligro de que cayera Viena, Fernando III se decidió a abandonar a España a su suerte y se apresuró la marcha de las negociaciones de Westfalia, que cristalizaron en una serie de tratados que pusieron fin a esta guerra, que durante treinta años había absorbido los esfuerzos de Europa entera.

ALONSO-CASTRILLO, Álvaro, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo N-Z, págs. 800-804.