Tratados de Westfalia

Datos históricos

Fecha: 1648
Conflicto: Guerra de Treinta Años

Los Tratados

Se conoce con este nombre el conjunto de tratados firmados entre las diversas potencias que intervinieron en la Guerra de Treinta Años y que establecieron un nuevo sistema de equilibrio europeo.

En 1636 y apenas comenzado el último período de esta guerra se reunió un congreso en Colonia a instancias del papa Urbano VIII y de la República de Venecia, pero las conversaciones fracasaron al no lograr un acuerdo entre el legado pontificio y los representantes suecos. Al año, y por mediación de Cristián IV de Dinamarca, se reunieron en Hamburgo una delegación imperial y otra sueca, que tampoco llegaron a ningún resultado positivo. En 1640 y en la Dieta de Regensburg el emperador Fernando III ofreció la paz a los príncipes protestantes que no tuvieran firmados pactos con potencias extranjeras; fallaron las nuevas conversaciones de paz, hasta que el conde de Avaux, representante francés en Hamburgo, propuso una reanudación de conversaciones preliminares que habían de realizarse simultáneamente en las ciudades de Münster y Osnabrück, situadas en la provincia de Westfalia.

La apertura solemne se hizo el 23 de marzo de 1642, aunque las conversaciones, por imprevistas dilaciones y ridículas cuestiones de etiqueta no comenzaron realmente hasta 1645. El Imperio estuvo representado por el conde Maximiliano de Trauttmansdorff, las Provincias Unidas por Pauw y Van Knuyt y Suecia, por el hijo del gran canciller Oxenstiern, Juan y el hábil diplomático Salvio; Francia envió una nutrida representación, presidida, teóricamente, por el duque de Longueville aunque el peso de las conversaciones lo llevaran el marqués de Sablé y el conde de Avaux. Por España actuaron el conde de Peñaranda, el escritor político Saavedra Fajardo, el obispo Bargaño y el consejero de Flandes, Antonio Brun; el conde Johann von Sayn-Wittgenstein, representante de Brandenburgo, llevaba la voz cantante de los diversos principados protestantes.

Mientras se discutía, la guerra continuaba en todos los frentes europeos y como es lógico, cada victoria conseguida por uno u otro bando, repercutía en las conversaciones, que se prolongaban eternamente. Fiel reflejo de esta situación son las palabras que a este propósito escribió nuestro Saavedra Fajardo en su opúsculo crítico Locuras de Europa:

«Lo que más me ha admirado es, que para remedio de males tan graves se señalase por congreso a Münster y Hosnaburg, lugares dispuestos por situación y vecindad a fomentar las discordias de Alemania y disponer la guerra.» Ataca a Francia y Suecia por sus afanes imperialistas («¿ quién jamás vio en una provincia que padece guerras civiles, reducir en un lugar las cabezas dellas, desunidas entre sí en religión, en parcialidades e intereses, y para tratar con los mismos extranjeros que fomentan las seducciones y las sustentan con sus armas para dominar a unos y a otros?»), y reprocha a los diversos delegados su desidia en apresurar la paz, pues «pensaron los vasallos que allí se restauraría su sangre y desde allí se vierte. La paz anda en las bocas, y la guerra en los corazones y en las plumas». B. A. E, t. XXV, pág. 412, Madrid, 1947.

Las conversaciones presididas en Münster por el nuncio Chigi, futuro Alejandro VII y en Osnabrück por el embajador veneciano Contarini, avanzaron lentamente y cristalizaron por fin en un primer acuerdo: la paz separada de Münster (30-I-1648) entre Holanda y España, Felipe IV acababa por aceptar de iure la independencia que de facto habían conseguido las Provincias Unidas bajo Felipe II, reconociéndoles el privilegio de ejercer el comercio tanto en las Indias Orientales como en las Occidentales. Entregaba, además, el Brabante del Norte y la plaza fuerte de Maestricht sobre el Mosa, convirtiendo a los Países Bajos del Sur en blanco seguro de ataque por el Este.

Para colmo de males y para favorecer el comercio de Amsterdam se cerraba la desembocadura del Escalda, que supuso la ruina del puerto de Amberes, el más favorecido de Flandes. Este error sin importancia aparente aniquiló el comercio de los Países Bajos, la parte más floreciente de nuestro imperio y entregó a Holanda el dominio efectivo de los mares y del comercio con las Indias, siendo un eslabón más en nuestra decadencia precipitada por momentos.

Francia comprendió que España se había aniquilado a sí misma y que la conquista de los Países Bajos sería mera cuestión de tiempo; Mazarino impuso por ello condiciones inaceptables y Felipe IV se decidió a seguir con Francia una guerra que de antemano teníamos perdida y que había de prolongarse once años, hasta la firma en 1659 de la Paz de los Pirineos. El primer punto de la política de Richelieu había triunfado; ya solo le quedaba a Mazarino, sucesor del ministro de Luis XIII, conseguir el hundimiento de los Habsburgo austríacos, lo que consiguió plenamente al firmarse simultáneamente los tratados de Münster y Osnabrück (24 X-1648), el primero entre Francia y el Imperio y el segundo entre Suecia y los protestantes por un lado y el Imperio por otro.

Suecia recibía la Pomerania occidental, las islas Wollin y Rüggen, la ciudad de Stettin y los obispados de Brema y Werden: todo ello le suponía el dominio absoluto del Báltico, con lo que se realizaban los sueños de la dinastía Vasa, y la obtención de tres puestos en la Dieta Imperial.

Francia se posesionaba de los obispados de Metz, Toul y Verdún, Pignerol y Mongevia en el Piamonte, obtenía el derecho de tener guarnición en Philippsburg, y el reconocimiento de su soberanía sobre Alsacia, quedando para ulteriores discusiones su posible participación en la Dieta, en que Francia aspiraba a intervenir activamente. Por el Este, Francia había conseguido su frontera natural, la que ambicionaba desde tiempos de Felipe IV el Hermoso; por el Norte y por el Sur, sus repetidas victorias sobre España le traerían a finales del XVII la definitiva delimitación de sus fronteras.

Todos los príncipes protestantes obtenían diversos beneficios territoriales, pero para hacer sentir más su humillación al emperador, Francia se empeñó en engrandecer a Baviera, derrotada en la lucha, y a Brandenburgo, neutral hasta 1640. Los Wittelsbach recibieron el Alto Palatinado, que ocupaban desde la expulsión de Federico V, formándose en el Bajo Palatinado un nuevo electorado que ocupó su hijo Carlos Luis: fue el único asunto en el que intervino activamente Gran Bretaña, pues el nuevo elector, era sobrino carnal de Carlos I de Inglaterra. Federico Guillermo (1640-1688), el gran elector de Brandenburgo fue el más beneficiado de todos; obtuvo la Pomerania Oriental, los obispados de Halberstadt, Minden y Kammin y la futura reversión del importantísimo arzobispado de Magdeburgo que pudo ocupar en 1680 al morir su administrador, el príncipe Augusto de Sajonia.

Por diversos matrimonios, los Hohenzollern habían incorporado el ducado de Clèves (1609) situado sobre el Rhin, y el ducado de Prusia (1618), convirtiéndose, con las anexiones logradas de Westfalia por especial empeño de Francia, en la primera provincia del Imperio. La diplomacia francesa pagó bien caro su intento de humillar a los Habsburgo, pues sin darse cuenta acababa de crear a su futuro destructor, el reino de Prusia, que terminaría proclamando su Imperio en el Salón de Espejos de Versalles el año 1871.

Según se desprende de lo hasta ahora expuesto, quienes más perdieron en esta Guerra de Treinta Años fueron los Habsburgo y sus ideas del imperio universal; el ideal de una monarquía universal sonado por utopistas renacentistas, y en especial por Campanella, quedaba sustituido por la nueva idea del equilibrio europeo. No debemos olvidar que Westfalia no es más que el primero en la serie de los grandes congresos europeos que han pretendido mantener a lo largo de toda la Edad Moderna ese sistema de equilibrio. La política de Carlos V había fracasado definitivamente, aunque sus ideas religiosas recogidas en la paz de Augsburgo de 1555 acababan por imponerse como las más lógicas: se volvió al principio del «cujus regio, ejus religio», según el cual la religión del pueblo había de seguir la de su soberano, siendo anulado el Edicto de Restitución de Fernando II (1629).

Treinta años de lucha solo servían para restablecer la situación religiosa existente antes de 1618: si la Contrarreforma había logrado detener el avance del protestantismo, su contraofensiva no había logrado el menor éxito. La situación de Alemania era en 1650 la misma que un siglo antes, pero la guerra había aniquilado al país que veía reducirse su población de dieciséis a seis millones de habitantes. Sin embargo, la hábil diplomacia de Francia consiguió, si no alterar la situación política del Imperio, exacerbarla a su grado máximo: la Dieta quedó extraordinariamente modificada, incluyéndose en ella las ciudades imperiales, a Suecia, por las propiedades adquiridas en el Norte, y a España, pues las posesiones de los Borgoña, excepto Flandes y el Franco-Condado, pasaron de nuevo a integrarse en el Imperio.

La dignidad imperial continuaría siendo electiva, aunque lógicamente adscrita a los Habsburgo, que mantendrían su autoridad, más nominal ahora que nunca, sobre muchos otros estados. El Imperio que había pretendido unificarse, política y religiosamente, salía de la guerra más dividido que nunca. Suiza y Holanda alcanzaban su independencia total; Suecia y Brandenburgo aparecían como nuevas potencias europeas y comenzaban a dibujarse los nuevos reinos de Sajonia y Baviera. Mientras Austria y España declinaban, Inglaterra y Rusia, que se habían mantenido al margen de la contienda buscaban su expansión y engrandecimiento, por el mar la primera y hacia Siberia la segunda. El proyecto del equilibrio europeo, trazado por Sully, el ministro de Enrique IV, empezaba a ser realidad.

ALONSO-CASTRILLO, Álvaro, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo N-Z, págs. 1040-1042.