Paz de Utrecht

Datos históricos

Fecha: 1713
Conflicto: Guerra de Sucesión española

El Tratado

Desde muy pronto hubo negociaciones para poner fin a la guerra de Sucesión española. Ya en 1705 efectuó Luis XIV proposiciones de paz, pidiendo que se reconociera a Felipe V solo España y las Indias, repartiéndose el resto entre el archiduque Carlos, el Elector de Baviera Maximiliano Manuel y el duque de Lorena, quien recibiría Flandes, pasando a Francia su ducado más Luxemburgo, Namur, Charleroi y Mons; la propuesta fue rechazada por Holanda.

Nuevas derrotas impulsaron a Luis XIV en 1706 a nuevas propuestas: renuncia de Felipe V a España y las Indias en favor de Carlos, quedándose solo con las Dos Sicilias y Milán; Flandes se daría a Holanda. Fracasada esta tentativa, la reanudó Luis XIV ante los desastres de 1709, pidiendo solo para Felipe las Dos Sicilias. Holanda exigió la renuncia de Felipe V, el reconocimiento de la sucesión protestante en Inglaterra, la cesión de Dunkerque a esta, la formación de una barrera en los Países Bajos españoles en favor de Holanda, formada por las ciudades de Ypres, Lille, Tournai, Conde y Maubeuge.

Jean-Baptiste Colbert de Torcy.Jean-Baptiste Colbert de Torcy. Grabado de Hyacinthe Rigaud.

Enviado Torcy por Luis XIV a Holanda (IV-1709), accedió a todo, pero entonces el emperador exigió la devolución de Alsacia y Estrasburgo. Los aliados presentaron a Torcy cuarenta artículos, fruto de los preliminares de La Haya, que agravaban las anteriores exigencias: reconocimiento de toda la monarquía en favor del archiduque, una simple suspensión de armas y la colaboración de Luis XIV para destronar a Felipe V, lo que rechazó el Rey Sol, continuando la lucha. Marlborough, dueño del gobierno inglés, formado ahora solo por whigs, firmó un tratado secreto con Holanda (29-X-1709), prometiéndole la Barrera, a condición de que reconociera la sucesión protestante en Inglaterra y de que no tratara con Luis XIV sin la condición de que expulsara al pretendiente Estuardo.

La terrible miseria por que atravesó Francia en 1710 obligó a Luis a las negociaciones de Geertruidenberg, ofreciendo no ayudar a Felipe V a conservar el trono español y proporcionar a los aliados subsidios para luchar contra él, pero le exigieron que en el plazo de dos meses entregara España y las Indias, obligando él solo a su nieto, fracasando también esta negociación. Felipe V se negó siempre a abandonar el trono español, incluso en los momentos en que Luis XIV se inclinaba a retirarle su apoyo, como hizo en 1709 al ordenar la evacuación de España por el ejército francés.

El apoyo del pueblo español —concretamente del reino de Castilla y Navarra— y las victorias de Brihuega y Villaviciosa le sostuvieron en su propósito de no renunciar al trono, frente a las vacilaciones de su abuelo, y no dejaron de influir en la conclusión de la guerra.

Los Preliminares de Londres (8-X-1711) consistieron en dos tratados entre Francia e Inglaterra; por el primero, secreto, reconocería Luis XIV a la reina Ana y la sucesión protestante en el trono inglés; cedería la isla de San Cristóbal, demolería las fortificaciones de Dunkerque y reconocería la cesión por Felipe V de Gibraltar y Menorca y la concesión del Asiento de negros; por el segundo, evitaría Luis XIV la unión de las coronas francesa y española, compensaría y satisfaría a los aliados y se otorgaría la Barrera a los holandeses.

El cambio de gobierno en Inglaterra con la caída de Marlborough y de los whigs y la muerte del emperador José I, sucediéndole su hermano Carlos VI, el pretendiente a la corona española y el nuevo riesgo para Europa de la unión de la Casa de Austria en una sola persona, resucitando el imperio de Carlos V, inclinaron a las principales potencias, excepto el emperador, a la paz. Inglaterra consiguió con cierta dificultad la aquiescencia de los holandeses.

Previamente hubo de comprometerse Luis XIV a que no se unieran las coronas francesa y española, lo cual debía ser ratificado por los Estados Generales, pero aquel eludió condición, contentándose con registrarlo por el Parlamento. Felipe V hubo de renunciar a la perspectiva de la corona francesa y la renuncia fue confirmada por las Cortes (IX-1712), reunidas con este fin, y que al mismo tiempo implantaron como quería el rey la ley Sálica, excluyendo a las hembras del trono, con lo cual se cerraba su acceso a la Casa de Austria, llamándose en caso de extinción de las líneas masculinas, a la Casa de Saboya (5-XI-1712). También hubieron de renunciar a sus derechos a España los duques de Orleans y Berry.

Se había firmado un armisticio en Flandes con Inglaterra el 17 de julio de 1712 pero habían continuado luchando holandeses y austriacos hasta la batalla de Denain; el 22 de agosto un convenio franco-inglés extendió el armisticio a los demás frentes, adhiriéndose luego Portugal y Saboya. El 30 de enero de 1713 se firmaron dos tratados sobre la Barrera entre Inglaterra y Holanda, quedando esta poco satisfecha; Luis XIV expulsó de Francia al pretendiente Jacobo Estuardo, y así quedó despejado el terreno para las negociaciones, quedándose solo el emperador, obstinado en no renunciar a la herencia española todavía.

Precedió a la firma de la paz un Congreso internacional reunido en la misma ciudad de Utrecht, cuyas sesiones se abrieron el 29 de enero de 1712, asistiendo desde un principio los plenipotenciarios de Inglaterra, Holanda, Francia y Saboya. No estuvieron presentes en estas reuniones primeras los de España, cuya representación tomó a su cargo Luis XIV, y solo algún tiempo después lo hicieron el conde de Bergeick y el marqués de Monteleón.

Finalmente, en noviembre de 1712, se inició la firma de los tratados entre las naciones del Congreso, a las que en diversas fechas se habían unido otras nuevas, entre ellas Portugal, Rusia, el Imperio, Polonia, Suecia y Prusia. El conjunto de todos estos constituyen lo que se conoce bajo el nombre general de la paz de Utrecht, aunque algunos de ellos no fueron firmados en esta ciudad.

Los concluidos por España son: uno de donación y cesión de los Países Bajos españoles en favor de Maximiliano Manuel, duque y elector de Baviera, en Madrid, el 2 de enero de 1712 para que se entregasen luego al archiduque; otro de tregua y armisticio entre España, Francia y la Gran Bretaña, en París, el 19 de agosto del mismo año, y el tratado de asiento de negros de Madrid, el 26 de marzo de 1713.

Todos estos tratados desembocan en el preliminar de paz y amistad entre España e Inglaterra de Madrid, el 27 de marzo, y el definitivo entre las mismas naciones, que se concluyó en Utrecht el 13 de julio. Otro tratado de paz, amistad y alianza se firmó poco después con el duque de Saboya. En ambos se reconocía a Felipe V como rey legítimo de España. Francia firmó por su parte y en nombre de Felipe V el 11 de abril de 1713 en Utrecht con Inglaterra, Holanda, Portugal, Saboya y Prusia, negándose a hacerlo Carlos.

Por el primero, se estipulaba la incompatibilidad de reunir las coronas española y francesa en una misma persona, y la sucesión hereditaria de la Gran Bretaña en la descendencia de la reina Ana, en la de la electriz viuda de Brunswick y de sus herederos en la línea protestante de Hannover. En el segundo, cedía España al duque de Saboya la isla y el reino de Sicilia y se llamaba a su casa a la sucesión eventual de los dominios españoles.

Otras consecuencias de ambos tratados fueron la confirmación de la cesión de Gibraltar a la Gran Bretaña, reservándose España la prioridad en caso de venta, y la de Menorca; el ya dicho tratado de Asiento de negros por treinta años, concesión completada por la del Navío de Permiso (Real Cédula de 13 de marzo de 1713), el compromiso de España de no reconocer a la familia Stuart como pretendiente al trono inglés, y la oferta de cesión al Emperador de los Países Bajos españoles, el Milanesado, Nápoles y la isla de Cerdeña.

Por el tratado general referido —el de 11 de abril— Francia reconocía la sucesión protestante en Inglaterra y la exclusión de los Estuardos, se comprometía a demoler las fortificaciones de Dunkerque, cedía a la Gran Bretaña la isla de San Cristóbal en las Antillas, los territorios de la bahía de Hudson, Acadia y Terranova, conservando los franceses derecho de pesca y salazón en una parte de la isla; renunciaba a los privilegios comerciales obtenidos de Felipe V en la Península y en América, como el Asiento de negros.

Holanda recibía de Luis XIV, en nombre de Felipe V, los Países Bajos españoles para entregárselos a Carlos cuando se llegase a un acuerdo; devolvía Francia las ciudades de Tournai, Menin, Furnes e Ypres y recibía las perdidas en el Artois. Se darían al Elector de Baviera Luxemburgo, Namur y Charleroi hasta que Austria le devolviera sus Estados; a Víctor Amadeo se le devolvía por Francia Saboya y Niza, se le confirmaba la cesión que le había hecho el emperador del Montferrato y Vigevano; se le prometía la isla de Sicilia con el título de rey y la expectativa de la corona española si se extinguía la Casa de Borbón.

A Portugal le cedía Francia parte de la Guayana. Se reconocía a Federico Guillermo el título de rey en Prusia, que a Federico I, Elector de Brandemburgo, había otorgado el emperador en 1701, y se le otorgaba la soberanía del principado de Neuchâtel y del Güeldres español, a cambio de su renuncia al principado de Orange en Francia.

Como Carlos VI se negó a entrar en el tratado, hubo que firmar otro con él después, lo que se hizo en Rastatt (Alemania, ducado de Baden) (6-III-1714) entre el general francés Villars y el príncipe Eugenio, por el cual Francia conservaría Alsacia y Estrasburgo; Carlos devolvería Landau y Luis XIV las plazas conquistadas en la derecha del Rhin; se devolverían sus dignidades a los príncipes alemanes aliados de Luis XIV y el Elector de Baviera Maximiliano recibiría sus Estados, pero no la isla de Cerdeña, como se había acordado en el tratado anterior; Carlos VI recibiría para su corona —la de la Casa de Austria— las cesiones de la monarquía española: los Países Bajos, Milán, Nápoles, Cerdeña y los Presidios de Toscana (Cerdeña fue cambiada poco tiempo después por Sicilia al duque de Saboya); se confirmó este tratado en Baden (Suiza, cantón de Argovia, el 7 de septiembre de 1714).

Holanda había recibido la Barrera, o sea el derecho de mantener guarniciones en varias ciudades de los antiguos Países Bajos españoles, ahora austriacos, para defenderse contra las agresiones francesas, tropas sostenidas a expensas del país.

Otros tratados en relación con estos fueron el de comercio entre España e Inglaterra, de Madrid, el 13 de junio; el de comercio y amistad entre las mismas, celebrado el 9 de diciembre en el Congreso; el de paz y amistad entre España y los Estados Generales de las Provincias de los Países Bajos, también firmado en el Congreso, el 26 de junio del año siguiente (1714); el tratado esplanatorio de los de paz y comercio, y el declaratorio de algunos artículos del asiento de negros con Inglaterra (14-XII-1715 y 26-V-1716), y el que puso fin a la guerra de Portugal, de 6 de febrero de 1715, ajustado en Utrecht. En este último España devolvía a los portugueses la colonia del Sacramento, quedando con opción a recuperarla a cambio de otro territorio, equivalente a satisfacción de Portugal, y se hacían diversas rectificaciones en la frontera de los dos países, quedando para España las plazas de Alburquerque y de La Puebla.

Las ventajas económicas concedidas a Inglaterra eran vastísimas, pues además de su mencionada participación en el comercio americano, rompiendo el rígido monopolio mantenido teóricamente por España hasta entonces, obligó a que Francia renunciara a las ventajas que en él le había otorgado Felipe V y obligaron a España a ratificar el tratado de comercio de la época de Carlos II que les daba privilegios en la introducción de textiles y a darle el trato de nación más favorecida, lo que impedía conceder ventajas exclusivas a Francia. Con la firma de estos tratados Felipe V quedaba en paz con todas las naciones beligerantes en la guerra de Sucesión, excepto Austria, con la que no se firmó uno definitivo de paz general hasta abril de 1725, en Viena.

Problema especial fue el llamado Caso de los Catalanes; otra cuestión secundaria fue la pretensión de la princesa de los Ursinos de obtener una soberanía para sí, la del ducado de Limburgo, en los Países Bajos españoles (1711), a lo que accedió Luis XIV, pero se opuso Holanda y no lo logró.

El espíritu y las consecuencias de Utrecht

El tratado de Utrecht supuso varios efectos muy importantes: puso fin a la hegemonía política y militar de Francia, intentada ejercer con energía y sin contemplaciones por Luis XIV, pero que procedía de la paz de Westfalia, aunque Francia salió indemne de la lucha en su territorio, sin sufrir pérdidas, excepto en las colonias. Luis XIV satisfacía su ambición y orgullo de colocar a su dinastía en el trono español.

En cambio se liquidó el imperio español en Europa, objetivo perseguido desde hacía mucho tiempo, y concretado desde el advenimiento de Carlos II y la perspectiva de la carencia de sucesión directa. Se zanjaba la sucesión más importante que la historia hubiese conocido después de la de Carlomagno P. Muret, en Peuples en Civilisations, de L. Halphen & Ph. Sagnac, X. España fue el hombre enfermo cuyos despojos se repartieron, sin que hubiera razones étnicas o históricas en la adjudicación de los restos, como se ve por las diversas atribuciones de cada territorio desde los primeros tratados de reparto a la paz definitiva, que tampoco lo fue del todo respecto de algunos de aquellos países.

España quedaba eliminada también de su antigua condición hegemónica, perdida hacía tiempo, y quedaría en una situación secundaria entre las grandes potencias europeas, aunque siguiera figurando entre ellas, sobre todo por su imperio americano. En adelante sería casi siempre un satélite de Francia y las preocupaciones dinásticas privarían sobre las nacionales. Salía conservando de tan grave crisis la unidad nacional y la de su imperio ultramarino, pero mermada aquella por la amputación de Gibraltar y Menorca e intervenido el segundo por las ventajas comerciales concedidas a Inglaterra, que esta extendería indefinida y abusivamente.

Se establecía el equilibrio europeo, buscado en Westfalia, y roto por la anterior hegemonía francesa. Pero en realidad el triunfo era de Inglaterra, a la que le interesaba ante todo tal supuesto equilibrio para dedicarse con tranquilidad a su expansión naval, colonial y mercantil. Quedaban dos grandes potencias en el continente, rivales y hostiles entre sí, Francia y Austria, pero aparecía también Rusia, y se concedía el título de rey a los soberanos de Prusia y Saboya, germen de la futura unidad de Alemania e Italia.

Decaían España, Suecia, Turquía, Holanda y Polonia. Italia seguía dividida, pero la hegemonía española era sustituida por la austriaca, Se creaban o fomentaban estados tapones, como los Países Bajos, antes españoles y ahora austriacos, con la Barrera, para proteger a Holanda; el nuevo reino de Sicilia —luego definitivamente de Cerdeña—; Prusia, aproximada a la frontera francesa; Hannover, unido en la persona del soberano de Inglaterra; pero países débiles que necesitarían frente a las dos grandes potencias el apoyo inglés, convirtiéndose así la Gran Bretaña en el árbitro; a su vez establecía zonas directas de influencia: Portugal —uncido a aquella por el tratado de Methuen (1703)—, que le entregaba su comercio; Gibraltar y Menorca; Dinamarca, aliada de Inglaterra.

Pero instalaba también un sistema de contrapesos: Austria en Italia, pero Sicilia para Saboya; los Países Bajos meridionales para Austria, pero con guarniciones holandesas dentro. Arbitraje que por otra parte obligará a Inglaterra a coacciones continuas, cargas y complicaciones. El sistema de Utrecht fue completado en el resto de Europa por los tratados de Nystad y Passarowitz.

PUENTE O´CONNOR, Alberto de la-EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo n-z, págs. 873-876.