Liga Santa 1571

Retrato de Enrique I de Guisa, tercer duque de Guisa.Retrato de Enrique I de Guisa, tercer duque de Guisa, hacia 1588, líder de la Santa Liga durante las Guerras de religión de Francia.

Se llama Liga Santa o Santa Liga la que, por iniciativa del celoso Pontífice Pío V, constituyeron, en 1571, España, Venecia y Roma para luchar contra el poder naval de Turquía, que pretendía el dominio de todo el Mediterráneo. El primer proyecto de Liga Santa, concebido ante el ataque turco a Malta, daba entrada al imperio, España, Francia, Venecia y los Estados Pontificios, y no fue bien acogido. El mismo Felipe II no creía necesaria la Liga que proponía el Papa, ni para la defensa de Malta, ni para la de los dominios españoles en Italia, y no veía con buenos ojos la injerencia de Francia en los asuntos mediterráneos, Pío V no se daba por vencido, y a la muerte de Solimán el Magnífico (1566) creyó llegada la ocasión de realizar su pensamiento; pero Felipe II encargó a su embajador en Roma que disuadiera al Pontífice de tales propósitos. A principios de 1568 resucita Pío V su plan de Liga de potencias católicas, pero con un designio diferente: la defensa de Italia contra un posible ataque de los protestantes suizos y alemanes. Tampoco entonces fue oído.

A los pocos meses, el tenaz Pontífice presentaba otro proyecto de Liga, muy restringida, pues en ella no habían de entrar más que España, Venecia y la Santa Sede. Felipe II, influido acaso por el grave peligro que representaba la inteligencia de los moriscos granadinos con el Turco, tomó en consideración esta nueva iniciativa (12 marzo 1569), aunque tardara en dar abiertamente su placet. En principio, la Liga estaba hecha, aunque no hubiese firmado, y comenzaron los preparativos navales y terrestres. Las fuerzas españolas habían de ser conducidas por el armador genovés Juan Andrea Doria, cuyas galeras estaban a sueldo de España, y a él quedaban subordinados don Alvaro de Bazán, general de las galeras de Nápoles, y don Juan de Cardona, que mandaba a las de Sicilia. Las fuerzas venecianas estaban a las órdenes del anciano general Zanne, y a él debía quedar subordinado el general del Papa, Marco Antonio Colonna.

Se llegó a redactar un proyecto de estatuto para la Santa Liga, que fue remitido a Madrid y Venecia. Felipe II lo aprobó con ligeras modificaciones (24 septiembre, 1570), pues si quedaba satisfecho de que se propusiera para generalísimo a su hermano don Juan de Austria, pidió también la lugartenencia, a cambio de lo cual accedía a dejar al Papa la designación del general de las empresas de tierra. Cuando España transigía, aceptando por lugarteniente a Marco Antonio Colonna, los negociadores tropezaron en las nuevas dilaciones de Venecia, que, a espaldas de sus aliados, negociaba con el enemigo común, el Turco.

Pero como estas negociaciones desleales no tenían traza de llegar pronto a buen término, Venecia decidió firmar las capitulaciones de la Liga Santa (25 mayo 1571), que fueron, en suma, las siguientes: la Liga sería por tiempo indefinido y se dirigía contra Turquía y sus Estados, comprendiendo entre estos los de Argel, Túnez y Trípoli. En el otoño de cada año, las potencias aliadas determinarían las fuerzas que habían de concurrir a la expedición del año venidero, y el objetivo concreto de ella. Aceptada en principio la proporcionalidad de las aportaciones de los tres coligados (tres sextos el rey de España, dos Venecia y uno el Papa), como Venecia contaba con más galeras que España, destinaría 108 a las expediciones, 80 España y 12 el Papa.

Las jornadas de las fuerzas de la Liga en 1570 y 1571, dirigidas por don Juan de Austria, que tenía a su lado un Consejo técnico y a don Luis de Requesens como lugarteniente, tuvieron un día brillante: el 7 de octubre de 1571, en que se libró la batalla naval de Lepanto, en la que la armada cristiana obtuvo completa victoria sobre la mahometana de Luchalí. El 28 de octubre se dio por terminada la campaña de aquel año. Menos afortunadas fueron las jornadas de la Liga de 1572.

El Gran Turco aprovechó el invierno de 1571 a 1572 para reorganizar sus fuerzas navales. Los resultados, gracias a la diligencia de Luchalí, nombrado por Selim general de la mar y jefe de todos los arsenales, fueron asombrosos. En abril de 1572 la nueva flota turca sumaba 220 unidades y, si no se comprometía en un gran combate, era muy capaz de inquietar a la flota de la Liga e inutilizar sus esfuerzos.

En Roma comenzaron las conferencias de la Liga. El Papa hacía fantásticos planes para constituir en Grecia y en las tierras balcánicas un nuevo reino católico que, regido por don Juan de Austria, serviría de antemural a Italia y a los dominios venecianos del Adriático. El rey de España creía más justo y conveniente dirigir las fuerzas de la Liga, en la campaña de 1572, sobre las provincias turcas del África del Norte. Venecia se oponía al plan español, y fue desechado. En los mandos se operaron algunos cambios. Colonna seguiría, pero se pidió a Venecia la sustitución de Veniero por otro jefe más dúctil, Requesens, nombrado gobernador de Milán, dejaba vacante la lugartenencia, que se dio al duque Sessa.

Venecia accedió a sustituir a Veniero por Foscarini, pero puso sobre la mesa las atribuciones de don Juan, que debían reducirse a las de ejecutor de los acuerdos que adoptasen por mayoría los tres generales de la Liga. Don Juan se avino a la reducción, La nueva flota cristiana se compondría de 250 galeras, de ellas 100 españolas, 100 venecianas y 12 pontificias; las 38 restantes serían aportadas por Venecia y España, según la capacidad de sus respectivos arsenales, pero a cargo de España correrían las tres quintas partes del gasto total.

El material humano, España aportaría 19.000 infantes y 300 caballos; Venecia, 12.000 y 200; la Santa Sede, 2.000 soldados. En el mes de junio se juntaría, en Otranto, otro ejército de 11.000 infantes y 4.000 caballos, dispuesto a rechazar cualquier ataque turco. La flota debía llevar vituallas para siete meses y establecer almacenes en Corfú, Zante o Candía. Se atendía, pues, a remediar dos de las imprevisiones que habían impedido sacar más fruto de la victoria de Lepanto: la falta de vituallas y de tropas de refresco. El plan de campaña se reducía a la ocupación de plazas fuertes en Morea o Negroponto, para alentar la sublevación de los griegos y demás pueblos indígenas contra los turcos.

Mientras Francia preparaba la guerra contra España, y Venecia, deslealmente, trataba con el Turco, estalló la rebelión en Flandes (2 de abril de 1572). Felipe II hubo de ordenar a su hermano que, con cualquier pretexto, suspendiera la salida de la flota para Levante. Era lo que los turcos esperaban; por eso Luchalí, seguro de que don Juan no se movería, lanzó, en mayo, sus galeras a devastar los presidios venecianos del Adriático y de las islas del mar griego. El 1 de mayo murió el papa Pío V. El interregno fue breve: el día 13 fue elegido Gregorio XIII, que ratificó inmediatamente las convenciones de la Liga y ordenó a su general, Colonna, que fuera inmediatamente a reunirse con don Juan.

Estaba el generalísimo de la Liga resuelto a empezar la nueva campaña, y había dado órdenes de que las galeras se hallaran aparejadas a fin de zarpar para Corfú el 12 de junio. Ese mismo día llegó la carta de Felipe II ordenando suspender la partida. Así lo hizo don Juan de Austria, primero con fútiles pretextos, luego declarando abiertamente la orden de su rey. Pero como la flota turca atacaba casi impunemente a las posesiones venecianas de Corfú, Cefalonia y Zante, y Candía estaba también amenazada, don Juan de Austria ofreció las galeras de Malta, Génova y Saboya y cuatro o cinco mil soldados italianos para que el general romano Colonna, como jefe interino de la Liga, pudiera hacer frente a los turcos.

Aunque muy contrariadas, Roma y Venecia aceptaron lo que se les ofrecía; pero bien se veía que Venecia no tardaría en romper la alianza, y de ello culpaban a Felipe II hasta sus más leales partidarios, como Zúñiga, Requesens y Granvela. La indignación de los aliados fue todavía mayor cuando se supo que Felipe II ordenaba a su hermano la conquista de Argel, mientras las fuerzas de la Liga operaban en Levante. No se comprendió entonces que Felipe II quería aprovechar sus fuerzas sin alejarlas demasiado. Don Juan, para calmar el descontento, aumentó la ayuda que antes ofreciera con otras 22 galeras españolas, y Colonna salió de Mesina el 7 de julio, reuniéndose en Corfú con los venecianos.

Los enemigos de España y de la Santa Liga habían conseguido en parte sus objetivos: asestar un golpe mortal a la Liga, disponiendo a Venecia a una paz inmediata con Turquía; retrasar la jornada de Levante y que no interviniera en ella el grueso de las tropas españolas, ni la dirigiera don Juan de Austria . Claro es que las órdenes de Felipe II surtieron también sus efectos: atemorizar a Francia, al gran duque de Florencia y a los príncipes protestantes alemanes.

Felipe II, ante las súplicas de sus consejeros y los breves amenazadores del Papa, rectificó, aunque tardíamente, su política, enviando a don Juan un correo urgente con la orden de que se uniera con su escuadra a la flota de la Liga, para realizar en Levante las operaciones que conviniera. Don Juan recibió el aviso en Palermo, el 16 de junio; fue a Mesina, donde preparó sus fuerzas, y el 10 de agosto entró en Corfú, donde esperaba encontrar a las fuerzas venecianas y papales. Pero Colonna y Foscarini esquivaron el ponerse a las órdenes del general español y perdieron unas semanas en inútiles escaramuzas, y cuando, convencidos de que nada eficaz podían hacer contra el astuto Luchalí sin la participación española, decidieron acercarse a don Juan, ya era tarde, pues había llegado el otoño (20 septiembre 1572).

Al saber Luchalí que don Juan de Austria había tomado el mando de la flota de la Liga, se retiró con la suya al puerto de Modón, magníficamente artillado. Don Juan, después de intentar en vano entrar en el puerto y asediarlo por tierra, ordenó la retirada (8 octubre). La flota aliada cruzó desilusionada el golfo de Lepanto (9 de octubre), donde un año antes obtuviera victoria tan resonante.

Después de la retirada de Modón, de la que tanto el general pontificio como el veneciano acusaban a don Juan y a su Consejo, Colonna y Foscarini creían necesario hacer la paz con el TurcoL. Serrano, O. s. b., España en Lepanto, pág. 244, a pesar de lo cual los aliados seguían planeando en Roma la Jornada de 1573. Venecia acudió a esa conferencia y anunciaba a Turquía, con el fin de obtener mejores condiciones de paz, que las fuerzas que se preparaban iban a ser mayores que las del año anterior. Las capitulaciones para las jornadas de 1573 se firmaron el 27 de febrero. Venecia las suscribió hipócritamente, a pesar de que su paz con Turquía estaba casi ultimada.

Se hizo pública, en efecto, el 4 de abril y era obra del dux y de sus amigos. Los Consejos (el de los Diez y el de los Pregadi) la aceptaron por un solo voto de mayoría, y al pueblo veneciano le sorprendió y hasta le desagradó. Por esa paz, Venecia, a cambio de la autorización para el comercio de especias en Alejandría y Damasco y, en general, en todos los puertos turcos, menos los de Famagusta y Cerines; renunciaba para siempre a la isla de Chipre, se comprometía a devolver algunos presidios turcos ocupados durante las anteriores jornadas de la Liga y se sometía a condiciones tributarias y políticas humillantes dictadas por el sultán Selim II, bajo la inspiración del obispo de Argo, embajador de Francia. El 17 de abril el embajador veneciano en Madrid anunció a Felipe II la firma del tratado de paz entre Venecia y Turquía. El Rey Católico se limitó a darse por enterado, añadiendo que, si él había entrado en la Ligapor el bien de Dios y el servicio de la cristiandad, creía que la República de Venecia tendría ahora sus motivos para apartarse de ella.

La Santa Liga quedaba disuelta, pero tuvo todavía un brillante epílogo, puramente español, en Túnez.

AGUADO BLEYE, Pedro, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 741-743.