Sitios y cuestión de Gibraltar

Gibraltar y el tratado de Utrecht
2º sitio de Gibraltar1725
3º sitio de Gibraltar1779
4º sitio de Gibraltar1782

Gibraltar y el tratado de Utrecht

Inmediatamente de consolidada la pérdida de Gibraltar por el tratado de Utrecht (13-VII-1713), Felipe V comenzó a tratar de recuperar aquella plaza, idea que no le abandonó durante todo su reinado y que acompañó también a los dos Borbones que le sucedieron.

Mapa del istmo entre España y Gibraltar.Mapa del istmo entre España y Gibraltar. En azul, el territorio considerado como neutral. En línea discontinua gruesa, la fortificación original de Gibraltar (1713) y las levantadas por el Ejército británico (1854 y la actual de 1908).

La primera gestión encaminada a obtener la recuperación de Gibraltar partió de los mismos ingleses en 1718. El conde de Stanhope, embajador de Inglaterra en Madrid, de acuerdo con el marqués de Nancré, plenipotenciario francés, y una vez aceptada su idea en pro de la paz europea por el rey de Inglaterra, quien parece que ya había insinuado la promesa de restitución a través del duque de Orleáns, regente de Francia, propuso a Alberoni y a Felipe V la restitución de Gibraltar, para obtener a cambio el equilibrio europeo con la entrada de España en la Cuádruple Alianza, a punto de formarse por entonces.

Pero Felipe V, ante el éxito de las operaciones que en aquellos días se realizaban en Italia, con la conquista de Cerdeña y el desembarco en Sicilia, que abría a España la posibilidad de recuperar todos los dominios de Italia sustraídos por el tratado de Utrecht, no aceptó la proposición aliada que hubiera significado la renuncia a aquel proyecto. «Felipe V —como dice Juderías Gibraltar, Madrid, 1915— creyó que Gibraltar era poca cosa, comparado con Nápoles: Sicilia Cerdeña.»

Dos años después se renovó la cuestión de Gibraltar. Pero entonces la situación militar y política era menos favorable, y España, en guerra con Francia Inglaterra, Holanda y el imperio, hubo de verse forzada a adherirse la Cuádruple Alianza —26 de enero de 1720— sin posibilidad de imponer condiciones. No obstante, Felipe V volvió a intentar la recuperación de Gibraltar a través de Stanhope y apoyado por Francia, demostrando en ello, como decía el embajador inglés a su ministro Craggs «personalísimo empeño, por pundonor y por escrúpulo de conciencia».

Stanhope aconsejó a su rey la devolución del Peñón visto el gran deseo del español y posibilidad de obtener de este, además de grandes ventajas mercantiles, la franca amistad de España, y, sobre todo, el distanciamiento entre esta y Francia, muy conveniente por entonces para la política inglesa; «no es posible esperar que podamos adueñarnos de su confianza —decía Stanhope a su rey— mientras nos empeñemos en conservar Gibraltar, monumento que recordaría siempre los males que les hemos causado».

El apoyo de Francia a estas gestiones inglesas era, aunque aparente muy poco franco, porque también el francés abrigaba el propósito de alentar la discordia entre España e Inglaterra. Sin embargo, pese a los consejos de Stanhope, el Parlamento y la opinión inglesa se mostraron diametralmente opuestos a la devolución; entonces, Francia, para significar su amistad con España, acentuó su interés en este asunto, indicando a Inglaterra que a cambio de Gibraltar podría obtener de España la Florida o la parte que le correspondía en la isla de Santo Domingo; promesas que determinaron al Gobierno británico a no seguir tampoco la rotunda negativa del Parlamento, aplazando las negociaciones hasta el Congreso de Cambray.

Pero, entre tanto, el rey de Inglaterra, una vez aplacada la presión del Parlamento, y siguiendo las indicaciones de su Consejo, siguió tanteando las posibilidades de una negociación con compensaciones en América, y más adelante, ante la negativa de Felipe V a ceder territorios, y la conveniencia de alejarle de la amistad francesa, ya sin aquellas compensaciones y con solo obtener en cambio las ventajas comerciales derivadas del restablecimiento de los tratados, llegando a decirle, en carta de 1 de febrero de 1721: «No vacilo en asegurar V. M. que estoy pronto a complacerte en lo relativo a la restitución de Gibraltar, ofreciéndole que me aprovecharé de la primera ocasión favorable para terminar este asunto de acuerdo con mi Parlamento». Pero quedó en mera promesa de Jorge I; confiado en ella, y aplazando la negociación hasta Cambray, Felipe V firmó el 13 de junio de 1721 el tratado de Alianza con Francia e Inglaterra, omitiéndose lo relativo a Gibraltar, que luego en el Congreso de Cambray, en 1722, volvió a ser diferido, fortaleciéndose la promesa de Jorge I con las seguridades que para el futuro dieron al rey de España los representantes de Inglaterra y Francia.

2º sitio de Gibraltar (1725)

En 1725 Felipe V intenta otra vez la recuperación, apoyándose ahora en el emperador. El tratado de Amistad y Alianza con este —30 de abril de 1725—, reforzado por el tratado secreto de 5 de noviembre, consigna la obligación que el emperador contrae de mediar para contener la devolución a España de Gibraltar y de Menorca, aludiéndose incluso, en el segundo, a la posibilidad de conquistarlo por la fuerza. Sin embargo, la actitud imprudente del ministro español Riperdá, al hacer patente aquel secreto propósito militar, actitud que luego trató de rectificar ofreciendo compensaciones en vez de imposiciones, y la impaciencia del propio Felipe V, que pidió luego la devolución del Peñón con amenaza de guerra, hicieron que Inglaterra y Francia, de común acuerdo, la rechazaran terminantemente. Felipe V cumplió entonces su amenaza apoyándose en su alianza con el imperio.

Declaró, pues, el rey de España, aliado con el emperador, la guerra al de Inglaterra, el 30 de enero de 1727, y, en seguida, pese a las advertencias de varios militares, entre ellos del escarmentado Villadarias, ordenó poner sitio a la plaza de Gibraltar con un ejército numeroso, al mando del conde de las Torres. En gran apuro llegaron a estar entonces los sitiados, y también peligró la suerte de las armas inglesas en los otros teatros de la guerra, pero, con todo, el sitio no lograba la rendición ni el bloqueo se hacía completo. El refuerzo recibido por los ingleses de Gibraltar y el cansancio y desgaste producido por el largo asedio llenaron de escepticismo a los españoles, pese a la terquedad del conde de las Torres, que llegó al absurdo intento de minar el Peñón.

Al cabo de cinco meses se vio que todo era inútil y, por otra parte, el curso general de la guerra había cansado a las potencias, de modo que Francia, Inglaterra y Holanda comenzaban a gestionar separadamente la paz con el imperio. Felipe V, enfermo por aquellos días y sorprendido por la actitud del emperador, cedió también y dio su aprobación a los preliminares de la paz, ordenando —19 de junio de 1727— la suspensión de aquel segundo sitio de Gibraltar (el primero había tenido lugar en 1707, por el marqués de Tessé, antes del tratado de Utrecht), «tan ruidoso y casi tan funesto como el primero» Lafuente, Historia general de España, t. IV, página 44.

Se reunieron en Madrid los plenipotenciarios con el marqués de la Paz, y España, con la esperanza de una nueva Asamblea en Soissons, tuvo que acceder de nuevo a todo. El Acta de El Pardo —6 de marzo de 1728— le obligó a levantar definitivamente el bloqueo del Peñón, volviendo las cosas a lo dispuesto en Utrecht. El Congreso de Soissons 14 de junio de 1728, aunque escuchó la petición de los enviados españoles de que se devolviera Gibraltar, según la promesa de Jorge I, no accedió a ella, demorando la resolución sobre este extremo a propuesta del cardenal Fleury, primer ministro francés, que obedeció en esto a su amistad con el inglés Walpole.

El tratado hispano-franco-inglés de Sevilla, de 9 de noviembre de 1729, restableció lo convenido en Utrecht. El estado de melancolía en que había caído por entonces Felipe V, que intentaba una segunda abdicación, y la preocupación preponderante de la reina Isabel de Farnesio, ya virtualmente única gobernante, de asegurar, sobre todo, los Estados de Italia a su hijo el infante don Carlos, fueron la causa principal de olvidarse en esta ocasión del Peñón; olvido bien aprovechado por los ingleses, que ya en el tratado entre Felipe V y Jorge II, de 6 de julio de 1730, encaminado resueltamente a satisfacer los indicados deseos de la reina, no mencionaron para nada a Gibraltar.

En 1757 tiene lugar nueva gestión. La propuesta de restitución es ahora un arma que Francia e Inglaterra, en guerra, ofrecen cada una por su parte, a Fernando VI. Francia, que acababa de conquistar Menorca a los ingleses 28 de junio de 1756 , se la brinda a España, además de ofrecerle su apoyo para la reconquista del Peñón, siendo esta proposición reforzada por la presión amistosa de la emperatriz María Teresa de Austria, en carta confidencial a la reina doña Bárbara de Braganza, y con un proyecto de preámbulo al tratado de Versalles, en el que los franceses aparentaban salvaguardar la neutralidad española.

Pero los reyes de España mantuvieron a todo trance su política de neutralidad, sin comprometerse con Francia ni con Inglaterra. En cuanto a esta, el ministro Pitt, a través de su embajador Keene, hizo el ofrecimiento de Gibraltar, entre otras ventajas, en un momento en que las relaciones hispano-británicas amenazaban distanciarse peligrosamente para la Gran Bretaña, en mala situación política y militar, a causa de la acción de los corsarios ingleses en América y de la fijación de los límites de los establecimientos británicos en Honduras y en la costa de los Mosquitos.

Lo que Inglaterra ofrecía, sin embargo, no era restituir Gibraltar, sino cambiar Gibraltar por Menorca, que España habría de conquistar a los franceses y devolver a Inglaterra, Fernando VI, a través de su ministro Wall, rechazó de plano la poco hábil propuesta británica —septiembre de 1757—, y no aceptó tampoco la francesa, que comprometía con una nueva guerra su política pacifista y reconstructora.

3º sitio de Gibraltar (1779)

En 1779 tuvo lugar el tercer sitio de Gibraltar. Sublevadas con la ayuda de Francia las colonias inglesas de América, y en guerra aquella con Inglaterra, España, que a principios de 1779 (misión del conde de Almodóvar) se había ofrecido como mediadora para la paz, ante la negativa de los beligerantes a aceptar sus buenos oficios y la coyuntura política favorable que presentaba la poca segura posición de Inglaterra, se decidió al fin a la guerra —junio 1779—, moviendo a Carlos III a esta resolución, sobre todo, el propósito de recuperar Gibraltar, aliándose a Francia, que constantemente le instaba en este sentido.

La guerra fue recibida con júbilo en toda España, y desde fines de julio de ese año comenzó el bloqueo de Gibraltar por mar y tierra, mandando las fuerzas navales don Antonio Barceló y las terrestres (14.000 hombres) el teniente general Álvarez Sotomayor, frente a los 2.000 soldados de lord Elliot, que defendían la inexpugnable plaza. Ya estaba muy comprometida la situación de esta, cuando la escuadra del almirante inglés Rodney consiguió derrotar a la española de Lángara —16 de enero de 1780— y socorrer a los del Peñón, con lo que el sitio se frustró una vez más.

No se limitó Carlos III a la acción militar; al mismo tiempo que esto tenía lugar, el conde de Floridablanca, cediendo a una sugestión indirecta del Gobierno británico de lord North, hecha a través del comodoro Johnstone, acerca de una posible restitución de Gibraltar para poner fin a la guerra con España —octubre de 1779—, envió a Inglaterra como negociador oficioso al capellán del rey, el irlandés Hussey. El Gobierno inglés hizo saber sus condiciones —29 de enero de 1780—, las cuales cifraban en demasiado alto precio el equivalente que pedían por Gibraltar: cesión por España de Puerto Rico, de la fortaleza de Omoa, en Honduras; de un puerto en Orán; ratificación en todos los términos del tratado de París, salvo en lo que hacía a Gibraltar (es decir: cesión de Florida, territorios del Mississipi, derecho de pesca en Terranova, Menorca y corta del palo de tinte de Honduras), más la compra de armamentos existentes en el Peñón, indemnización de dos millones de libras, paz separada con Inglaterra y compromiso de no prestar ayuda a las colonias inglesas sublevadas. Al mismo tiempo declaraban que Inglaterra no había autorizado a Johnstone a hacer proposición alguna.

Hussey informó a Floridablanca de estas pretensiones, que, sin duda, debieron parecer excesivas, pero el obligado levantamiento del bloqueo de Gibraltar y diferencias surgidas entonces con Francia, determinaron al Gobierno español a continuar las negociaciones, para lo que el inglés envió, oficiosamente también, a Cumberland a Madrid —junio 1780—, pero, antes de tratarse lo relativo a Gibraltar, disturbios políticos internos en Inglaterra, más el mejoramiento de las relaciones con Francia, que ofrecía multiplicar su ayuda contra Gibraltar por miedo a la paz separada de España con Inglaterra, y unas victoriosas operaciones navales del almirante Córdoba, cambiaron la actitud de Floridablanca, que exigía ahora —agosto de 1780— la restitución de Gibraltar como condición preliminar para la paz. El Gobierno británico, vista la nueva situación, cesó en los tratos, retirando a Cumberland de Madrid al cabo de ocho meses de gestiones en esta capital (1781).

4º sitio de Gibraltar (1782)

En 1782, continuada la guerra, tuvo lugar el cuarto sitio de Gibraltar. Se conquistó Menorca (15 de febrero de 1782), y Carlos III, que no había abandonado el bloqueo de la plaza (durante el cual —27 de febrero de 1782— acababa de morir el escritor y coronel don José Cadalso), encargó al vencedor de Menorca, duque de Crillón, un nuevo sitio en toda regla. Se reunió para ello un ejército de 40.000 hombres, realizándose ingentes obras militares —como la que en una sola noche, la del 14 de agosto del 82, levantó un gigantesco espaldón, en el que se invirtieron más de millón y medio de sacos de tierra y el trabajo de 10.000 hombres— y adoptándose para las operaciones por mar, después de vistos muchos proyectos, el de un ingeniero francés, D’Arzon, llamado sistema de las baterías flotantes —10 enormes gabarrones artillados con 220 cañones y construidos como invulnerables al incendio de las balas enemigas—. Parecía seguro el triunfo esta vez, hasta el punto de acudir a presenciar la toma del Peñón muchos personajes franceses y españoles.

El día 9 de septiembre comenzó el asalto de tierra; el 13, el marítimo, de las baterías flotantes, con sus 5.000 hombres de servicio, abriéndose un enorme fuego en el que intervinieron 400 piezas de grueso calibre; al principio el éxito parecía coronar el ataque marítimo, que era el fundamental, pero ya avanzada la noche comenzaron a incendiarse las baterías una tras otra, con lo que se convirtieron en operaciones de salvamento las que comenzaron como de asalto. Fracasado este, siguió, no obstante, el sitio con el mayor tesón, evitando la mala fortuna de unos temporales adversos que la escuadra aliada, superior en número, lograse trabar combate con la inglesa, que, una vez más —octubre de 1782—, abasteció y reforzó a los sitiados, a pesar de lo cual continuó el sitio, aunque ya no con miras militares de verdadera conquista, sino políticas, para esgrimirlas en los nuevos tratados de paz que ya comenzaban en París.

Frente al tratado de paz, las instrucciones que Floridablanca daba al conde de Aranda, nuestro embajador en París, giraban siempre sobre la recuperación de Gibraltar como condición indispensable, ofreciendo compensaciones menores o mayores, según que al tiempo de firmarse se hubiera o no ocupado el Peñón por España. Hasta principios de agosto del 82 no pudo Aranda ponerse en contacto directo con el plenipotenciario inglés Fitzherbert. Las primeras propuestas británicas, que Floridablanca autorizó a Aranda a aceptar, fueron las de que España eligiese entre Gibraltar o Mahón; pero la declaración de independencia de los Estados Unidos el 24 de septiembre, y el fracaso del sitio de Gibraltar, varió la actitud inglesa, que incluso llegó a negar que había tales propuestas, y ahora reclamaba Menorca entera, Puerto Rico y Florida occidental, sin aceptar nuevas ofertas de España, que se limitaba a brindar las Bahamas como equivalente.

España buscó entonces la mediación de Francia para que, ofreciendo a esta la parte española de Santo Domingo, diese ella a Inglaterra dos Antillas francesas, en compensación de Gibraltar. Los franceses hicieron este ofrecimiento, pero Inglaterra, después de estar todo convenido, reclamó más territorio francés (diciembre de 1782), lo que retrajo a Francia de la mediación, además de pedir que España renunciase a todas las conquistas hechas, o sea: Menorca, Florida occidental, las Bahamas y los establecimientos de la costa de Honduras, y además a Puerto Rico, si se prescindía de las Antillas francesas.

A nueva contrapropuesta de Aranda, hecha a través del francés Vercennes que ofrecía las Bahamas, renuncia al derecho de pesca en Terranova y un puesto en Campeche para la adquisición del palo de tinte, volvió a negarse el Gobierno inglés y a tenor de las exigencias de este, cada vez más crecidas, Aranda llegó a ofrecer a cambio de Gibraltar, Menorca, además de la Dominica y la Guadalupe (que daría Francia a cambio de la parte española de Santo Domingo); conservaría España la Florida occidental e Inglaterra renunciaría a todo establecimiento en Honduras y Campeche, haciéndose un nuevo tratado de comercio.

Pero Inglaterra tampoco aceptó, redoblando sus exigencias. Ante estas, Aranda, siguiendo las instrucciones de Floridablanca, dadas de mal grado porque este prefería seguir la guerra, para la que se habían hecho nuevos y grandes preparativos, renunció a Gibraltar, aceptando sobre esta base nueva proposición inglesa de reconocer para España Menorca y Florida occidental, dar Inglaterra a España la Florida oriental y relevar a Francia de la recompensa que había de dar en sus Antillas por Gibraltar, y a España del equivalente con que había de indemnizar a Francia en Santo Domingo. Con este acuerdo se firmaron los preliminares de la paz —20 de enero de 1783— los que ocasionaron la caída del Gabinete inglés, declarando el nuevo ministro de Estado, Fox, de acuerdo con la tendencia parlamentaria que le había llevado al Poder, que en lo sucesivo no se sometería a discusión la plaza de Gibraltar. Aunque España insistió otra vez en recuperarla, el 3 de septiembre de 1783, se firmó el tratado definitivo, por el que España obtenía, además de Menorca y las Floridas, la gran costa de Honduras y Campeche. Tratado que, pese a no conseguir Gibraltar, era, como decía Floridablanca a Carlos III, el más ventajoso obtenido por España desde hacía dos siglos.

Pocos intentos volvió a haber desde entonces para obtener Gibraltar, y ninguno con la energía de los ya realizados. En 1786, al negociarse los límites de Honduras, propuso otra vez Floridablanca a Inglaterra, siendo Pitt ministro, el cambio de Gibraltar con Puerto Rico, Caracas y otras ventajas comerciales, pero ya no era posible obtener de Inglaterra una plaza cuya posesión era empeño popular y estratégico mantener. Diez años después, Carlos IV, al negociar la paz con la República francesa en 1795, propuso una estipulación secreta con el mismo fin, pero no se incluyó en el tratado de Basilea. En 1796 fue Francia la que, al aliarse con España, propuso a Godoy que se declarase la guerra a Inglaterra para recuperar Gibraltar a cambio de la cesión de la Luisiana, pero esto tampoco se aceptó. Ya en el tratado de Amiens de 1802 no se menciona para nada a Gibraltar.

GÓMEZ DE LA SERNA, Gaspar, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 203-207.