Guerra Sucesión España

El problema de la Sucesión española al extinguirse la Casa de Austria procede de la carencia de sucesión masculina en el último monarca Carlos II y la inexistencia de ella en las ramas colaterales; pero también está implicada esta cuestión con el deseo de las potencias extranjeras de poner fin al Imperio español, tan quebrantado por derrotas y agotamiento en el siglo XVII y de repartirse sus despojos. Prevalecía el principio de la legitimidad y en su virtud un príncipe debería heredar toda la monarquía —según deseaban el rey de España y los pretendientes—, pero se prescindía de él, ateniéndose a intereses y ambiciones dinásticos y nacionales, para participar todos en la herencia, con el reparto de las posesiones de la monarquía. Existía, por tanto, una política contradictoria, pues se pactaba la división y al mismo tiempo se deseaba la herencia íntegra.

La sucesión masculina superviviente fue escasa en los reyes españoles del siglo XVII. Felipe II solo dejó a Felipe III, por muerte de otros príncipes varones anteriores; su hija Isabel Clara no dejó descendencia, pero sí Catalina Micaela, casada con Carlos Manuel de Saboya, aunque resultaba más alejada del trono a fines del siglo XVII. Felipe III dejó tres hijos varones: Felipe IV, Carlos, fallecido joven, y Fernando, hecho arzobispo de Toledo y cardenal desde niño, para incapacitarle de tener sucesión legítima que fuese rival de la rama de Felipe IV, política imprevisora, que dejó sin heredero varón a la monarquía años después.

De las hijas de Felipe III, Ana de Austria se casó con Luis XIII y fue madre de Luis XIV; y María, reina de Hungría, se casó con el futuro emperador Fernando III, y fue madre del emperador Leopoldo I. A Felipe IV, de sus hijos legítimos solo le quedó a última hora Carlos II, quien no tuvo sucesión de sus dos esposas María Luisa de Orleáns y Mariana de Neoburgo. La débil constitución física de Carlos II hizo esperar a las potencias desde su advenimiento al trono que su vida sería muy corta, aunque se prolongó contra lo supuesto hasta casi los cuarenta años.

Al no existir otros varones en la familia, la sucesión tendría que transmitirse a los descendientes de las hembras, a pesar de las renuncias de las casadas en Francia a la corona española al contraer matrimonio. Eran las hermanas de Carlos II, María Teresa, casada con Luis XIV, madre del Gran Delfín Luis, padre a su vez de los duques de Borgoña y de Anjou; y Margarita, casada en las primeras nupcias del emperador Leopoldo I; de ambos era hija María Antonia de Austria, casada con el elector de Baviera Maximiliano Manuel, de quienes nació el príncipe José Fernando de Baviera (1692-1699). De un tercer matrimonio de Leopoldo I eran hijos el emperador José I y el archiduque Carlos, luego emperador Carlos VI.

Además de descender de Ana de Austria, el duque de Anjou (a quien pasaban los derechos por ser su hermano mayor heredero de Francia) era nieto de María Teresa, hermana mayor de Carlos II y biznieto de Felipe IV; Carlos VI estaba más alejado por venirle su derecho de su abuela María y de su bisabuelo Felipe III, pero pertenecía a la misma familia. José Fernando era asimismo biznieto de Felipe IV, por una hija menor. No dejaron de jugar estos derechos y fueron siempre el pretexto jurídico para arrancar a Carlos II un testamento favorable, factor de primera importancia; pero interferido con otros de tipo político, que acabarían por prevalecer en la solución. Otros pretendientes eran Víctor Amadeo de Saboya, como descendiente de Felipe II, y Pedro II de Portugal, por parentescos de siglos atrás, ambos tenían menos fuerza y probabilidades, aunque el primero figuró también entre los posibles.

Los tratados de Reparto de la monarquía decidieron a Carlos II, por dignidad ofendida y afán de conservar su integridad, a legar todos sus dominios a José Fernando (14-XI-1698): era este el candidato preferido por Mariana de Austria, la madre de Carlos II, y su abuela Margarita no había renunciado a sus derechos; pero al casarse María Antonia de Austria con Maximiliano Manuel, Leopoldo le obligó a renunciar sus derechos en favor de su hermanastro Carlos, renuncia no reconocida por Carlos II. En defecto del príncipe bávaro heredaría el emperador Leopoldo.

La temprana y pronta muerte de José Fernando (1699) abrió de nuevo la cuestión sucesoria, y alternan los tratados de reparto con los esfuerzos por conseguir Francia y Austria un testamento que les deje la herencia entera a sus pretendientes respectivos. Los partidos austriaco y francés comprendían las personas de la mayor categoría, pero la mayoría acabó por inclinarse al segundo, por interés propio o por persuadirse de que el candidato francés era el único capaz de conservar la integridad de la monarquía; así los miembros del Consejo de Estado, el cardenal Portocarrero y la misma reina Mariana de Neoburgo, la opinión pública también pensaba lo mismo.

No se pensó en convocar Cortes y escuchar el parecer nacional, aunque no faltó alguna sugerencia en este sentido. Optó el rey por dejar la herencia íntegra al duque de Anjou, a pesar de los constantes esfuerzos franceses por desmembrar la monarquía, confiando él y sus consejeros en que por orgullo y dignidad la aceptaría Luis XIV y procuraría mantenerla incólume no obstante los repartos que había firmado, y así ocurrió. El testamento lleva la fecha de 3 de octubre de 1700; por él se dejaba la monarquía al duque de Anjou —Felipe V— y en su defecto a su hermano menor el duque de Berry, invitando a aquel a casarse con una archiduquesa austriaca; en defecto de ambos Borbones, llamaba al archiduque Carlos y en su fallo al duque de Saboya.

Luis XIV había trabajado por la herencia española; por ella se le había casado con María Teresa, y la renuncia de esta se había considerado nula por la falta de pago de la dote; por ella, además de las intrigas de la corte, había devuelto en la paz de Ryswick lo conquistado a España en la última guerra. Por otra parte había firmado tratados de reparto, pero vaciló ante la responsabilidad que sobre él recaía y el riesgo de una guerra y la satisfacción del triunfo que suponía la implantación de su dinastía en el combatido trono español, uniéndose ahora a Francia los recursos aún cuantiosos del Imperio hispánico.

Por ello aceptó la herencia públicamente en Versalles el 16 de noviembre de 1700. Pero la decepción de Carlos y de su padre Leopoldo, la negativa de Luis XIV de cumplir el tratado de reparto, y sus imprudencias, provocando a Holanda e Inglaterra, especialmente a esta al recibir Francia privilegios comerciales en España y las Indias, y su declaración de que conservaba Felipe sus derechos al trono francés, con la posibilidad de la unión personal de ambas coronas, desencadenaron lo que se había querido evitar, la guerra de Sucesión y el desmembramiento del Imperio español por la paz de Utrecht.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. N-Z, págs. 702-703.

El conflicto

Carlos II, por su testamento, había querido mantener la integridad de la monarquía española amenazada por los tratados de Reparto, y así la había legado a Felipe V, creyendo que la Francia de Luis XIV sería mejor que Austria para conservarla entera. A las potencias, la unión de ambas coronas les pareció un peligro para el equilibrio europeo, además de que no renunciaban a los despojos señalados a cada una por los mencionados tratados. No obstante, Inglaterra y Holanda aceptaron la nueva dinastía.

Al advenimiento de Felipe V al trono español, el emperador de Austria, Leopoldo I, quiso hacer valederos por la fuerza de las armas los pretendidos derechos de su hijo el archiduque Carlos VI a la corona de España, y dio comienzo la llamada guerra de Sucesión.

Por celos del engrandecimiento de la casa de Borbón, con Austria se aliaron Inglaterra y Holanda, y más adelante Portugal (6 V-1703) y el duque de Saboya (15- X 1703), a pesar de ser suegro de Felipe V. Provocó la entrada de Inglaterra y Holanda la imprudente declaración de Luis XIV de que Felipe V conservaba sus derechos a la corona francesa, con el riesgo para el citado equilibrio de la unión en un solo monarca de las dos grandes naciones; a ello se agregó la obtención por Francia de privilegios comerciales en América y la ocupación por tropas francesas de las plazas de los Países Bajos españoles, que formaban la Barrera donde tenía derecho Holanda a mantener guarnición para precaverse contra una invasión francesa, desde la paz de Ryswick.

Así se formó la gran alianza de La Haya (7-IX-1701), última de las coaliciones contra Luis XIV. El alma de la alianza y de la guerra serían primero el rey de Inglaterra y statuder de Holanda Guillermo III ( 1702) y luego el jefe del Estado holandés, el pensionario Heinsius, el duque de Marlborough, que señoreaba el gobierno inglés, y el príncipe Eugenio de Saboya, el gran general del emperador.

Desde un principio, Francia defendió eficazmente la causa de Felipe V. Solo contó como aliados con el elector de Baviera, Maximiliano Manuel y el elector de Colonia, pues los demás príncipes alemanes siguieron al emperador. Suecia, la aliada de Francia, estaba enfrascada en la llamada guerra del Norte, impulsada por el belicoso espíritu de su rey Carlos XII. En recompensa de su cooperación debían recibir: Inglaterra, la isla de Menorca, Gibraltar, Ceuta y una tercera parte de las Indias; Holanda, parte de Flandes y otra tercera parte de las Indias; Alemania, el Milanesado, y Portugal, Galicia y Extremadura. El resto del Imperio español quedaba para el archiduque Carlos VI , a quien reconocían aquellas potencias como el legítimo heredero de Carlos II.

Empeñadas en la lucha casi todas las naciones europeas, el teatro de la guerra abarcó poco menos que toda Europa; pero los núcleos de operaciones fueron las comarcas italianas y flamencas, dominio de la corona de España, y España misma.

La Gran Alianza fue declarando sucesivamente la guerra a Francia y España; Holanda (8-V-1702); Inglaterra (15 V); el emperador (3-VII) y la Dieta del Imperio (IX). No obstante ya había comenzado Austria la lucha en Italia antes. Rotas las hostilidades en 1701, el príncipe Eugenio de Saboya cruzó los Alpes, al frente de 30.000 hombres, para caer sobre el Milanesado venciendo a Catinat, y de donde quiso arrojarle el mariscal Villeroy, que mandaba 50.000 franco-sardos, que fueron derrotados.

En el año 1702, intentó el mismo príncipe sorprender a Cremona, siendo poco afortunado después, ya que Felipe V pasó a Italia con un ejército francés que, unido a las tropas españolas, verificó una campaña, cuyo hecho más brillante fue la batalla de Luzzara (15-VIII-1702), hecho glorioso para ambos ejércitos que se atrincheraron después en las márgenes del Po y del Tanaro para establecer sus cuarteles de invierno.

Luis XIV inició una ofensiva en Alemania y Villars penetró en ella, venciendo en Friedlingen y Hochstädt (1702 y 1703), y se unió con las tropas bávaras, sin conseguir llegar a Viena; pero en 1704 los franceses fueron aplastados en la batalla de Hochstädt o Blenheim por Marlborough y Eugenio, poniéndose fin a la invasión. En Vigo fue quemada la flota de América, que venía cargada de riquezas, para que no la capturaran los ingleses (22-IX-1702). El archiduque, en quien su padre Leopoldo I había renunciado sus derechos a la herencia de Carlos II, fue proclamado en Viena rey de España (12-IX-1703).

Tenía partidarios en España, además de la corona de Aragón, entre la alta nobleza; el almirante de Castilla, Juan Tomás Enríquez de Cabrera, se refugió en Portugal y sus consejos influyeron en la marcha inmediata de los sucesos. La alianza de Portugal con nuestros enemigos abrió las puertas de la Península Ibérica al archiduque de Austria que, en 1704, arribó a Lisboa, con tropas holandesas e inglesas. Felipe V tuvo que venir a España, internarse en Portugal, conjurando por el momento el peligro que se le venía encima.

En 1704, desgraciadamente, los ingleses ocuparon la plaza de Gibraltar, casi desguarnecida y mal abastecida, y que desde entonces conservan en su poder. La guerra tomó extraordinarias proporciones en España en 1705. Cataluña, Aragón y Valencia se declararon decididos partidarios del archiduque y le pusieron en posesión de casi toda la región oriental, desembarcando Carlos VI en Barcelona (7-XI-1705), donde comenzó a ejercer como monarca efectivo.

En 1706, la situación de Felipe V llegó a ser poco menos que desesperada, pues las tropas enemigas llegaron a ocupar la cuenca del Tajo y Madrid (V-1705), siendo proclamado Carlos [III], pero fue mal recibido por el pueblo, habiéndose trasladado Felipe V a Burgos con la Corte y parte de la nobleza. Las tropas aliadas evacuaron pronto Madrid, retirándose hacia Valencia y Murcia.

La escuadra del almirante Lake se posesionó de Alicante, el 8 de agosto, como también de Mallorca e Ibiza. En los Países Bajos la funesta batalla de Ramillies (23-V) acabó con la dominación española en Flandes. En Italia, la desgraciada batalla de Turín (7-IX) nos arrebató también el Milanesado. El año 1707, la campaña de la Península no pudo ser más favorable a la causa de Felipe V. Se inauguró con la célebre batalla de Almansa(25-IV), a cuyo triunfo siguió la sumisión de casi todo el reino de Valencia, destruyéndose Játiva por los felipistas.

En castigo de la adhesión de Aragón y Valencia al archiduque, Felipe V abolió sus fueros (29-VI-1707). En noviembre el duque de Orleáns recobró Lérida; de modo que a fin de este año la situación de Felipe V era muy favorable en la Península. Las operaciones de la guerra en nuestro territorio fueron en 1708 de escaso interés, obteniendo algunas pequeñas ventajas, que no compensaron la pérdida de la plaza africana de Orán, conquista gloriosa del cardenal Cisneros, que hacía mucho tiempo que tenían sitiada los moros; de la isla de Cerdena, ocupada por la escuadra del almirante Lake, y de Mahon, cuya plaza y castillo de San Felipe fueron entregados por sus gobernadores sin disparar un cañonazo (IX-1708). La conquista de Denia (XI-1708) y Alicante (1709) acabaron de someter Levante a Felipe V. También se tomó Tortosa (1708). En Flandes penetró por sorpresa el general español Téllez, ocupando Gante, plaza que el príncipe Eugenio recuperó poco después. De nuevo. Eugenio y Marlborough obtuvieron una gran victoria en Oudenaarde y tomaron Lille, quedando amenazado el territorio francés.

La campaña en Flandes el año 1709, fue muy interesante, pues en aquel territorio se desarrollaron operaciones de tanta importancia como la rendición de la plaza de Tournay (1-IX), la batalla de Malplaquet (11-IX), cuya consecuencia inmediata fue el sitio y capitulación de Mons (20-X). El papa Clemente XI, presionado por los austríacos, reconoció como rey de España al archiduque, lo que provocó una ruptura con la Corte española.

En 1710, las batallas de Almenara (27-VII) y de Zaragoza (20-VIII) permitieron al archiduque entrar con su ejército en Madrid, el 28 de septiembre, solamente, pero fue recibido con profunda frialdad y apenas halló algunos nobles con quienes formar gobierno; en cambio Felipe V se había retirado a Valladolid con un cuantioso acompañamiento. El 3 de diciembre ya volvió Felipe V a Madrid. En este año ocurrieron las batallas de Brihuega y Villaviciosa (9 y 10-XII), asegurando esta última la corona en las sienes de Felipe V, que, después de conseguida tan decisiva victoria, de grado o por fuerza, quitó a los imperiales cuanto poseían en la vertiente oriental, hasta las cercanías de Barcelona. La campaña de este año en los Países Bajos fue desfavorable para nuestras armas, pues los aliados, en número de 130.000 hombres, añadieron a sus conquistas las plazas de Douai, Béthune, Saint-Venant y Aire, quedando abierta la frontera de Francia.

La muerte del Delfín de Francia, padre de Felipe V, y la del emperador José I , hermano del archiduque, hizo que las potencias empezasen a entablar negociaciones de paz. Inglaterra y Portugal convinieron en una suspensión de armas con España y Francia, y el tratado de Utrecht (1713) hubiera puesto fin a la guerra, de no haber sido por la tenacidad de mallorquines y catalanes, que siguieron luchando, hasta que, rendida Barcelona (11-IX-1714), después de una defensa heroica, fue fácil la pacificación de Cataluña y Mallorca, terminando de esta manera la sangrienta guerra de Sucesión.

La guerra de Sucesión tuvo para España aspectos de interés, señalados por Carlos Seco en su estudio preliminar a la ed, de los Comentarios de la guerra de España de marqués de San Felipe M. 1957, Biblioteca de Autores Españoles, t. 99. Fue la primera de las guerras civiles y no solo porque regiones enteras, como la de la corona de Aragón, se declarase por el Archiduque, sino por contar este con partidarios en el resto de España, aunque en menor proporción.

Mostró al extranjero la vitalidad y energía que aún conservaba España a pesar de la profunda decadencia en que habla caído bajo Carlos II. Tuvo un carácter nacional, de defensa no solo del nuevo monarca, al que Castilla consagró una entusiasta y férrea lealtad a prueba de reveses, sino de la unidad de la patria, amenazada de disgregación, no solo por la actitud de la Corona de Aragón, sino por la toma de Gibraltar y las promesas de provincias enteras a Portugal.

Para los castellanos representaba además Felipe un esperanza de que se aliviarían las terribles cargas financieras que abrumaban a Castilla al recaer sobre ella sola casi todos los sacrificios del Imperio, mientras que las regiones forales —excepto Navarra— ante el riesgo de una supresión de sus fueros y privilegios tributarios prefirieron acudir a la guerra civil, poniendo en peligro la unidad nacional. Por último la guerra tomó para los españoles un carácter religioso, de cruzada, ante la presencia de tropas herejes —ingleses, holandeses, alemanes— en las filas del archiduque, por primera vez en la Península y que cometieron en ocasiones excesos contra la religión católica.

Especialmente la guerra tuvo un carácter muy popular, en el sentido de que las masas sostuvieron con ardor la causa borbónica, al punto, aparte anécdotas conocidas relativas a la hostilidad hallada por Carlos en su ocupación de Madrid, la reina María Luisa escribió a Mme. de Maintenon : après Dieu c'est les peuples à qui nous devons la couronne... Nous ne pouvons compter que sur eux, mais grâce à Dieu, ils font le tout.Baudrillart, Philippe V et la Cour de France, I, cit. por Seco.

No obstante el poco tiempo transcurrido, la actuación de los funcionarios franceses traídos por Felipe V habla logrado ya un comienzo de recuperación económica y de energías, que se manifestó claramente en los años últimos de la guerra que influyó en los éxitos finales conseguidos en España. Felipe V había contribuido por su parte negándose a abandonar el trono incluso en los peores momentos y cuando su abuelo le hacía defección y estaba dispuesto a renunciar a la herencia española, separando a Francia de la causa de Felipe V; este incluso se mostró dispuesto a defenderse contra su mismo abuelo; su tenacidad, su defensa a todo trance de su corona, la confianza puesta en su pueblo, el simbolizar la unidad y la dignidad de la nación, le hicieron enormemente popular y contribuyeron a la adhesión de que gozó en estos primeros años de crisis.

YAQUE LAUREL, José Antonio - EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. N-Z, págs. 700-702.

El Tratado de Utrecht

Desde muy pronto hubo negociaciones para poner fin a la guerra de Sucesión española. Ya en 1705 efectuó Luis XIV proposiciones de paz, pidiendo que se reconociera a Felipe V solo España y las Indias, repartiéndose el resto entre el archiduque Carlos VI, el Elector de Baviera Maximiliano Manuel y el duque de Lorena, quien recibiría Flandes, pasando a Francia su ducado más Luxemburgo, Namur, Charleroi y Mons; la propuesta fue rechazada por Holanda.

Nuevas derrotas impulsaron a Luis XIV en 1706 a nuevas propuestas: renuncia de Felipe V a España y las Indias en favor de Carlos VI, quedándose solo con las Dos Sicilias y Milán; Flandes se daría a Holanda. Fracasada esta tentativa, la reanudó Luis XIV ante los desastres de 1709, pidiendo solo para Felipe V las Dos Sicilias. Holanda exigió la renuncia de Felipe V, el reconocimiento de la sucesión protestante en Inglaterra, la cesión de Dunkerque a esta, la formación de una barrera en los Países Bajos españoles en favor de Holanda, formada por las ciudades de Ypres, Lille, Tournai, Conde y Maubeuge.

Enviado Torcy por Luis XIV a Holanda (IV-1709), accedió a todo, pero entonces el emperador exigió la devolución de Alsacia y Estrasburgo. Los aliados presentaron a Torcy cuarenta artículos, fruto de los preliminares de La Haya, que agravaban las anteriores exigencias: reconocimiento de toda la monarquía en favor del archiduque, una simple suspensión de armas y la colaboración de Luis XIV para destronar a Felipe V, lo que rechazó el Rey Sol, continuando la lucha. Marlborough, dueño del gobierno inglés, formado ahora solo por whigs, firmó un tratado secreto con Holanda (29-X-1709), prometiéndole la Barrera, a condición de que reconociera la sucesión protestante en Inglaterra y de que no tratara con Luis XIV sin la condición de que expulsara al pretendiente Estuardo.

La terrible miseria por que atravesó Francia en 1710 obligó a Luis XIV a las negociaciones de Geertruidenberg, ofreciendo no ayudar a Felipe V a conservar el trono español y proporcionar a los aliados subsidios para luchar contra él, pero le exigieron que en el plazo de dos meses entregara España y las Indias, obligando él solo a su nieto, fracasando también esta negociación. Felipe V se negó siempre a abandonar el trono español, incluso en los momentos en que Luis XIV se inclinaba a retirarle su apoyo, como hizo en 1709 al ordenar la evacuación de España por el ejército francés.

El apoyo del pueblo español —concretamente del reino de Castilla y Navarra— y las victorias de Brihuega y Villaviciosa le sostuvieron en su propósito de no renunciar al trono, frente a las vacilaciones de su abuelo, y no dejaron de influir en la conclusión de la guerra.

Los Preliminares de Londres (8-X-1711) consistieron en dos tratados entre Francia e Inglaterra; por el primero, secreto, reconocería Luis XIV a la reina Ana I y la sucesión protestante en el trono inglés; cedería la isla de San Cristóbal, demolería las fortificaciones de Dunkerque y reconocería la cesión por Felipe V de Gibraltar y Menorca y la concesión del Asiento de negros; por el segundo, evitaría Luis XIV la unión de las coronas francesa y española, compensaría y satisfaría a los aliados y se otorgaría la Barrera a los holandeses.

El cambio de gobierno en Inglaterra con la caída de Marlborough y de los whigs y la muerte del emperador José I, sucediéndole su hermano Carlos VI, el pretendiente a la corona española y el nuevo riesgo para Europa de la unión de la Casa de Austria en una sola persona, resucitando el imperio de Carlos V, inclinaron a las principales potencias, excepto el emperador, a la paz. Inglaterra consiguió con cierta dificultad la aquiescencia de los holandeses.

Previamente hubo de comprometerse Luis XIV a que no se unieran las coronas francesa y española, lo cual debía ser ratificado por los Estados Generales, pero aquel eludió condición, contentándose con registrarlo por el Parlamento. Felipe V hubo de renunciar a la perspectiva de la corona francesa y la renuncia fue confirmada por las Cortes (IX-1712), reunidas con este fin, y que al mismo tiempo implantaron como quería el rey la ley Sálica, excluyendo a las hembras del trono, con lo cual se cerraba su acceso a la Casa de Austria, llamándose en caso de extinción de las líneas masculinas, a la Casa de Saboya (5-XI-1712). También hubieron de renunciar a sus derechos a España los duques de Orleáns y Berry.

Se había firmado un armisticio en Flandes con Inglaterra el 17 de julio de 1712 pero habían continuado luchando holandeses y austriacos hasta la batalla de Denain; el 22 de agosto un convenio franco-inglés extendió el armisticio a los demás frentes, adhiriéndose luego Portugal y Saboya. El 30 de enero de 1713 se firmaron dos tratados sobre la Barrera entre Inglaterra y Holanda, quedando esta poco satisfecha; Luis XIV expulsó de Francia al pretendiente Jacobo Estuardo, y así quedó despejado el terreno para las negociaciones, quedándose solo el emperador, obstinado en no renunciar a la herencia española todavía.

Precedió a la firma de la paz un Congreso internacional reunido en la misma ciudad de Utrecht, cuyas sesiones se abrieron el 29 de enero de 1712, asistiendo desde un principio los plenipotenciarios de Inglaterra, Holanda, Francia y Saboya. No estuvieron presentes en estas reuniones primeras los de España, cuya representación tomó a su cargo Luis XIV, y solo algún tiempo después lo hicieron el conde de Bergeick y el marqués de Monteleón.

Finalmente, en noviembre de 1712, se inició la firma de los tratados entre las naciones del Congreso, a las que en diversas fechas se habían unido otras nuevas, entre ellas Portugal, Rusia, el Imperio, Polonia, Suecia y Prusia. El conjunto de todos estos constituyen lo que se conoce bajo el nombre general de la paz de Utrecht, aunque algunos de ellos no fueron firmados en esta ciudad.

Los concluidos por España son: uno de donación y cesión de los Países Bajos españoles en favor de Maximiliano Manuel, duque y elector de Baviera, en Madrid, el 2 de enero de 1712 para que se entregasen luego al archiduque; otro de tregua y armisticio entre España, Francia y la Gran Bretaña, en París, el 19 de agosto del mismo año, y el tratado de asiento de negros de Madrid, el 26 de marzo de 1713.

Todos estos tratados desembocan en el preliminar de paz y amistad entre España e Inglaterra de Madrid, el 27 de marzo, y el definitivo entre las mismas naciones, que se concluyó en Utrecht el 13 de julio. Otro tratado de paz, amistad y alianza se firmó poco después con el duque de Saboya. En ambos se reconocía a Felipe V como rey legítimo de España. Francia firmó por su parte y en nombre de Felipe V el 11 de abril de 1713 en Utrecht con Inglaterra, Holanda, Portugal, Saboya y Prusia, negándose a hacerlo Carlos VI.

Por el primero, se estipulaba la incompatibilidad de reunir las coronas española y francesa en una misma persona, y la sucesión hereditaria de la Gran Bretaña en la descendencia de la reina Ana I, en la de la electriz viuda de Brunswick y de sus herederos en la línea protestante de Hannover. En el segundo, cedía España al duque de Saboya la isla y el reino de Sicilia y se llamaba a su casa a la sucesión eventual de los dominios españoles.

Otras consecuencias de ambos tratados fueron la confirmación de la cesión de Gibraltar a la Gran Bretaña, reservándose España la prioridad en caso de venta, y la de Menorca; el ya dicho tratado de Asiento de negros por treinta años, concesión completada por la del Navío de Permiso (Real Cédula de 13 de marzo de 1713), el compromiso de España de no reconocer a la familia Stuart como pretendiente al trono inglés, y la oferta de cesión al Emperador de los Países Bajos españoles, el Milanesado, Nápoles y la isla de Cerdeña.

Por el tratado general referido —el de 11 de abril— Francia reconocía la sucesión protestante en Inglaterra y la exclusión de los Estuardos, se comprometía a demoler las fortificaciones de Dunkerque, cedía a la Gran Bretaña la isla de San Cristóbal en las Antillas, los territorios de la bahía de Hudson, Acadia y Terranova, conservando los franceses derecho de pesca y salazón en una parte de la isla; renunciaba a los privilegios comerciales obtenidos de Felipe V en la Península y en América, como el Asiento de negros.

Holanda recibía de Luis XIV, en nombre de Felipe V, los Países Bajos españoles para entregárselos a Carlos VI cuando se llegase a un acuerdo; devolvía Francia las ciudades de Tournai, Menin, Furnes e Ypres y recibía las perdidas en el Artois. Se darían al Elector de Baviera Luxemburgo, Namur y Charleroi hasta que Austria le devolviera sus Estados; a Víctor Amadeo se le devolvía por Francia Saboya y Niza, se le confirmaba la cesión que le había hecho el emperador del Montferrato y Vigevano; se le prometía la isla de Sicilia con el título de rey y la expectativa de la corona española si se extinguía la Casa de Borbón.

A Portugal le cedía Francia parte de la Guayana. Se reconocía a Federico Guillermo el título de rey en Prusia, que a Federico I, Elector de Brandemburgo, había otorgado el emperador en 1701, y se le otorgaba la soberanía del principado de Neuchâtel y del Güeldres español, a cambio de su renuncia al principado de Orange en Francia.

Como Carlos VI se negó a entrar en el tratado, hubo que firmar otro con él después, lo que se hizo en Rastatt (Alemania, ducado de Baden) (6-III-1714) entre el general francés Villars y el príncipe Eugenio, por el cual Francia conservaría Alsacia y Estrasburgo; Carlos VI devolvería Landau y Luis XIV las plazas conquistadas en la derecha del Rhin; se devolverían sus dignidades a los príncipes alemanes aliados de Luis XIV y el Elector de Baviera Maximiliano recibiría sus Estados, pero no la isla de Cerdeña, como se había acordado en el tratado anterior; Carlos VI recibiría para su corona —la de la Casa de Austria— las cesiones de la monarquía española: los Países Bajos, Milán, Nápoles, Cerdeña y los Presidios de Toscana (Cerdeña fue cambiada poco tiempo después por Sicilia al duque de Saboya ); se confirmó este tratado en Baden (Suiza, cantón de Argovia, el 7 de septiembre de 1714).

Holanda había recibido la Barrera, o sea el derecho de mantener guarniciones en varias ciudades de los antiguos Países Bajos españoles, ahora austriacos, para defenderse contra las agresiones francesas, tropas sostenidas a expensas del país.

Otros tratados en relación con estos fueron el de comercio entre España e Inglaterra, de Madrid, el 13 de junio; el de comercio y amistad entre las mismas, celebrado el 9 de diciembre en el Congreso; el de paz y amistad entre España y los Estados Generales de las Provincias de los Países Bajos, también firmado en el Congreso, el 26 de junio del año siguiente (1714); el tratado esplanatorio de los de paz y comercio, y el declaratorio de algunos artículos del asiento de negros con Inglaterra (14-XII-1715 y 26-V-1716), y el que puso fin a la guerra de Portugal, de 6 de febrero de 1715, ajustado en Utrecht. En este último España devolvía a los portugueses la colonia del Sacramento, quedando con opción a recuperarla a cambio de otro territorio, equivalente a satisfacción de Portugal, y se hacían diversas rectificaciones en la frontera de los dos países, quedando para España las plazas de Alburquerque y de La Puebla.

Las ventajas económicas concedidas a Inglaterra eran vastísimas, pues además de su mencionada participación en el comercio americano, rompiendo el rígido monopolio mantenido teóricamente por España hasta entonces, obligó a que Francia renunciara a las ventajas que en él le había otorgado Felipe V y obligaron a España a ratificar el tratado de comercio de la época de Carlos II que les daba privilegios en Introducción de textiles y a darle el trato de nación más favorecida, lo que impedía conceder ventajas exclusivas a Francia. Con la firma de estos tratados Felipe V quedaba en paz con todas las naciones beligerantes en la guerra de Sucesión, excepto Austria, con la que no se firmó uno definitivo de paz general hasta abril de 1725, en Viena.

Problema especial fue el llamado Caso de los Catalanes; otra cuestión secundaria fue la pretensión de la princesa de los Ursinos de obtener una soberanía para sí, la del ducado de Limburgo, en los Países Bajos españoles (1711), a lo que accedió Luis XIV, pero se opuso Holanda y no lo logró.

Consecuencias de Utrecht

El tratado de Utrecht supuso varios efectos muy importantes: puso fin a la hegemonía política y militar de Francia, intentada ejercer con energía y sin contemplaciones por Luis XIV, pero que procedía de la paz de Westfalia, aunque Francia salió indemne de la lucha en su territorio, sin sufrir pérdidas, excepto en las colonias. Luis XIV satisfacía su ambición y orgullo de colocar a su dinastía en el trono español.

En cambio se liquidó el Imperio español en Europa, objetivo perseguido desde hacía mucho tiempo, y concretado desde el advenimiento de Carlos II y la perspectiva de la carencia de sucesión directa. Se zanjaba la sucesión más importante que la historia hubiese conocido después de la de Carlomagno P. Muret, en Peuples en Civilisations, de L. Halphen y Ph. Sagnac, X. España fue el hombre enfermo cuyos despojos se repartieron, sin que hubiera razones étnicas o históricas en la adjudicación de los restos, como se ve por las diversas atribuciones de cada territorio desde los primeros tratados de reparto a la paz definitiva, que tampoco lo fue del todo respecto de algunos de aquellos países.

España quedaba eliminada también de su antigua condición hegemónica, perdida hacía tiempo, y quedaría en una situación secundaria entre las grandes potencias europeas, aunque siguiera figurando entre ellas, sobre todo por su imperio americano. En adelante sería casi siempre un satélite de Francia y las preocupaciones dinásticas privarían sobre las nacionales. Salía conservando de tan grave crisis la unidad nacional y la de su imperio ultramarino, pero mermada aquella por la amputación de Gibraltar y Menorca e intervenido el segundo por las ventajas comerciales concedidas a Inglaterra, que esta extendería indefinida y abusivamente.

Se establecía el equilibrio europeo, buscado en Westfalia, y roto por la anterior hegemonía francesa. Pero en realidad el triunfo era de Inglaterra, a la que le interesaba ante todo tal supuesto equilibrio para dedicarse con tranquilidad a su expansión naval, colonial y mercantil. Quedaban dos grandes potencias en el continente, rivales y hostiles entre sí, Francia y Austria, pero aparecía también Rusia, y se concedía el título de rey a los soberanos de Prusia y Saboya, germen de la futura unidad de Alemania e Italia.

Decaían España, Suecia, Turquía, Holanda y Polonia. Italia seguía dividida, pero la hegemonía española era sustituida por la austriaca, Se creaban o fomentaban estados tapones, como los Países Bajos, antes españoles y ahora austriacos, con la Barrera, para proteger a Holanda; el nuevo reino de Sicilia —luego definitivamente de Cerdeña—; Prusia, aproximada a la frontera francesa; Hannover, unido en la persona del soberano de Inglaterra; pero países débiles que necesitarían frente a las dos grandes potencias el apoyo inglés, convirtiéndose así la Gran Bretaña en el árbitro; a su vez establecía zonas direlista de influencia: Portugal —uncido a aquella por el tratado de Methuen (1703)—, que le entregaba su comercio; Gibraltar y Menorca; Dinamarca, aliada de Inglaterra.

Pero instalaba también un sistema de contrapesos: Austria en Italia, pero Sicilia para Saboya; los Países Bajos meridionales para Austria, pero con guarniciones holandesas dentro. Arbitraje que por otra parte obligará a Inglaterra a coacciones continuas, cargas y complicaciones. El sistema de Utrecht fue completado en el resto de Europa por los tratados de Nystad y Passarowitz.

PUENTE O´CONNOR, Alberto de la - EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. n-z, págs. 873-876.