El Japón capitula

China ante la agresión japonesa

La guerra que China se vió precisada a sostener con el Japón obligó a Chang Kai Chek a prescindir de los poderes dictatoriales de que disponía para constituir un régimen en que el país estuviera directamente asociado con el gobierno.

Para ello, en 1938 creó un Consejo político del Pueblo, en el cual las dos terceras partes de sus miembros debían ser elegidos en escrutinio secreto por los consejos populares de los municipios y provincias, y el otro tercio designado por el buró del Kuomintang. Después, en 1939, se crearon asambleas provinciales basadas en los mismos principios y fue decidido que, un año después de la terminación de la guerra, se reuniría un congreso al que habría de someterse la Constitución de 1936 para ser ratificada.

Pero este régimen democrático no estuvo nunca en vigor. De hecho, el poder siguió en manos de la oligarquía que se había formado por la concentración de todos los establecimientos de crédito en algunos grandes bancos, de los cuales el más poderoso era el de los Sung, emparentados con la esposa de Chang Kai Chek, y cuyos directores Kung y Sung, hermanos políticos de aquélla, ocupaban por turno el cargo de primer ministro.

En 1940, la ofensiva japonesa que se desencadenó en China parecía estar contenida. Aprovechando este respiro, Chang Kai Chek rompió la tregua establecida entre nacionalistas y comunistas y emprendió la lucha contra estos. En diciembre de 1940 declaró disueltas todas las asociaciones comunistas y desde entonces nacionalistas y comunistas continuaron luchando contra el invasor japonés, pero sin relación alguna entre ellos.

La entrada de los Estados Unidos en la guerra hizo que la política japonesa con respecto a China fuera más dura. Los japoneses ocuparon Hongkong, cortaron la ruta de Birmania, por donde el gobierno de Chungking recibía los abastecimientos aliados, y organizaron el bloqueo de China.

En lo sucesivo, los Estados Unidos y China habían de luchar juntos. En septiembre de 1942, Chang Kai Chek emprendió viaje a Washington para entrevistarse con el presidente Roosevelt.

Ofensiva conjunta contra el Japón

Después de esta visita, los Estados Unidos establecieron en el sur y sudoeste de China bases de aviación que les permitió el bombardeo continuo de los centros militares japoneses. Además, con objeto de compensar la pérdida de la ruta de Birmania, se organizó el abastecimiento de China por el aire a la vez que la marina y la aviación norteamericanas del Pacífico, apoyadas por formaciones australianas, neozelandesas y holandesas, hostilizaban las líneas de comunicación de las fuerzas niponas.

En agosto de 1943, y gracias a la superioridad naval que los Estados Unidos habían logrado sobre el Japón, las fuerzas americanas pasaron a la ofensiva desembarcando en Nueva Guinea.

A fines del mismo año, todas las islas del grupo de las Salomón estaban reconquistadas, al mismo tiempo que lord Mountbatten, al frente de un ejército angloindio, iniciaba la ofensiva en Birmania apoyado por dos regimientos chinos procedentes del Norte.

Con objeto de estrechar lazos con China, cuya importancia en la guerra era considerable, Londres y Washington renunciaron al privilegio de extraterritorialidad de que gozaban sus nacionales. Por su parte, el gobierno que los japoneses habían instalado en Nankín obtuvo inmediatamente la misma renuncia por parte de Roma, Vichy y Tokio.

Por estas fechas fue cuando Chang Kai Chek —elegido presidente de la República en septiembre de 1943 para sustituir a Tin Sen, que ocupaba la presidencia desde el año 1932— y su esposa se entrevistaron en la capital egipcia con Roosevelt y Churchill (noviembre de 1943) para discutir sobre la marcha de la guerra en Extremo Oriente y las condiciones de paz que habían de imponerse al Japón.

China, que apareció entonces por primera vez como el cuarto grande, consiguió que el gobierno de Londres le concediera un crédito de 50 millones de libras esterlinas (abierto en mayo de 1944).

Japón intenta un esfuerzo supremo

Como la industria japonesa estaba muy por debajo de la americana, el gobierno intentó entonces agrupar las fuerzas en un supremo esfuerzo de guerra y puso a la población y todos los recursos del país bajo intervención militar. Pero el Japón no podía soñar en luchar contra la potencia económica norteamericana. La diferencia de fuerzas era cada vez mayor en favor de los Estados Unidos.

Resultaba evidente que el Japón había sido arrastrado por el partido militar a acariciar sueños insensatos de imperialismo que sobrepasaban con mucho sus posibilidades industriales y económicas.

La ofensiva americana prosigue de isla en isla

Isla por isla, las fuerzas americanas iban conquistando el Pacífico. A principios de 1944 ocupaban las islas Marshall y las Carolinas. Esta lucha de desembarcos costaba muchísimas vidas y las enfermedades ocasionaban todavía más víctimas que los combates. Mac Arthur, con un rigor y una precisión casi matemáticas, preparaba cada uno de sus asaltos con una coordinación de fuerzas de tierra, mar y aire a las que el Japón era incapaz de hacer frente porque no poseía el dominio del mar. En inferioridad de medios y alejada de sus bases, la marina japonesa rehuía entrar en combate.

En el mes de junio, la agitación que causó en Tokio la conquista de las islas Marianas por los norteamericanos provocó la dimisión del gobierno. Formó nuevo gabinete el general Koiso, en el que Shigemitsu volvió a hacerse cargo de la cartera de Asuntos Exteriores, y ante la gravedad de la situación se creó un consejo supremo para la dirección de la guerra presidido por el emperador.

En el mismo mes (junio de 1944), Wallace, vicepresidente de los Estados Unidos, fue enviado por Roosevelt a Chungking para discutir con Chang Kai Chek la marcha de la guerra en China.

Poco después, los británicos rechazaban a los japoneses de la ruta de Birmania, aunque ya se había construido, con la ayuda de los chinos, otra ruta por el valle del Brahmaputra, China ya no estaba bloqueada. En respuesta, los japoneses, mediante una ofensiva desde Hankeu y Cantón, se apoderaron de los aeródromos norteamericanos. Pero estos estaban ya reemplazados por portaaviones.

Después del éxito del desembarco en Normandía, los Estados Unidos ya planeaban, para después de vencer a Alemania, trasladar todo el material de guerra al Pacífico. Por eso Roosevelt deseaba el apoyo de la flota inglesa y del ejército ruso.

En noviembre, el Japón tenía virtualmente perdida la guerra. Antes de iniciar el ataque con la marina y el ejército y las formidables escuadras aéreas, los Estados Unidos, Inglaterra y China firmaron en El Cairo (noviembre de 1944) una declaración conjunta por la cual afirmaban su propósito de vencer definitivamente al Japón y dejarla a sus fronteras nacionales.

A partir de entonces, las incursiones aéreas fueron constantes y espantosas. Tokio sufrió un terrible bombardeo, al que siguieron ataques aéreos casi diarios. Todas las grandes ciudades y los centros industriales fueron bombardeados.

La ofensiva final

La guerra contra el Japón entró entonces en una fase decisiva. En octubre de 1944, en aguas de las Filipinas, la flota japonesa intentó un supremo esfuerzo para defender esta avanzada del imperio, pero sufrió una tremenda derrota que decidió la suerte del archipiélago. En febrero de 1945, Manila fue conquistada en terrible lucha, mientras que un desembarco efectuado en Borneo aislaba al Japón de sus conquistas de Insulindia. En marzo, una gran flota británica, reforzada por unidades francesas, se unió a las fuerzas norteamericanas del Pacífico.

Este mismo mes, después de veintiséis días de tremenda lucha, cayó a su vez la isla de Ivo Jima, situada a 1.200 kilómetros al sur de Tokio. A partir de aquel momento, millares de aviones bombardearon las ciudades japonesas y el 31 de marzo las tropas norteamericanas desembarcaban en el archipiélago de las Riu-Kiu, a 300 kilómetros del Japón.

El emperador Hiro-Hito intenta capitular

El emperador se dio cuenta de que la situación era desesperada. Y en febrero se decidió a capitular, lo que hizo saber al embajador de la URSS en Tokio. Y el gobierno de Moscú, al que su representante diplomático comunicó en seguida tales deseos, ordenó a este: Hay que ganar tiempo.

El plan de Stalin era prolongar la lucha contra el Japón hasta después del aplastamiento de Alemania, para intervenir en el último momento y sacar todas las ventajas posibles. Stalin se limitó pues a decir a Hopkins que determinados elementos japoneses habían hecho ciertas insinuaciones de paz.

Hoover hizo saber a Roosevelt, que acababa de regresar de Yalta, que todo parecía indicar que, si se lanzaba un globo sonda prometiendo a los japoneses que se respetaría a la dinastía y se daría libertad al pueblo para formar un gobierno liberal a su elección, el Japón capitularia inmediatamente y sin condiciones. Pero Hoover no era persona grata al presidente y por tanto no concedió importancia a su propuesta. Pocos días después, una espantosa incursión aérea sobre Tokio causaba 180.000 víctimas, entre ellas 83.000 muertos.

Moscú impide a Hiro-Hito negociar la capitulación

Al no obtener respuesta a las preguntas hechas al embajador Malik en Tokio, Hiro-Hito encargó a su embajador en Moscú que tantease el terreno, pero este no consiguió ser recibido por Stalin. Como respuesta, Moscú se limitó a comunicar a Tokio que no sería renovado el tratado chino soviético de no agresión concertado en abril de 1914, nota que provocó la dimisión del ministro japonés.

El emperador llamó entonces al almirante Suzuki, reconocido pacifista, para que formara gobierno, en el que Togo se hizo cargo de Asuntos Exteriores. El ministerio de la Gran Asia fue suprimido y cuando el fallecimiento de Roosevelt el gobierno japonés expresó su simpatía al pueblo americano, lamentando que la política norteamericana de hegemonía obligase al Japón a continuar la guerra.

Ante la bomba atómica, Roosevelt vacila

Se le planteaba a Roosevelt la cuestión del empleo de la bomba atómica. En 1939, y después de una conversación con Einstein, Roosevelt pidió al Senado un crédito —que le fue concedido— de 2.000 millones de dólares distribuidos entre los ejercicios de 1939 a 1950, para la investigación de la bomba atómica, pero sin revelar a los senadores a dónde iría a parar ese dinero. Las investigaciones tuvieron éxito, la bomba fue construída y las pruebas revelaron su enorme potencia destructiva.

Ya en posesión de la bomba atómica, Roosevelt decidió no emplearla sin advertir previamente a los japoneses del espantoso peligro que les amenazaba si persistían en continuar la guerra. Su intención era invitarles a que asistieran a la explosión de una bomba con objeto de inducirles a capitular; si se negaban, proyectaba invitar a Tokio a que hiciera evacuar por la población la zona prevista para el lanzamiento de la bomba. Pero no pudo llevar a cabo este proyecto.

La capitulación de Alemania confirmó al emperador Hiro-Hito en su propó sito de poner fin a la guerra y manifestó al Consejo supremo su deseo de rendirse. Pero halló una resistencia implacable. Sin embargo, el gobierno hizo saber que a consecuencia de la paz por separado concertada por Berlín, que era una violación del Pacto Tripartito, el Japón declaraba concluida la vigencia de todos los tratados concertados con Alemania y demás potencias europeas.

El 10 de junio, la Dieta japonesa concedió poderes dictatoriales a Suzuki y el 22, el emperador decidió asumir personalmente la dirección de los asuntos. El 7 de julio, resuelto a poner fin a los horrores de la guerra, ordenó a Suzuki que pidiese a los rusos su beneplácito para el envío del príncipe Konoye a Moscú, con el fin de negociar allí con Harriman. Pero Moscú eludió la petición solicitando aclaraciones más completas sobre los objetivos de la misión del príncipe Konoye.

Sin embargo, parece ser que en esta ocasión Stalin comunicó de palabra estas gestiones a Truman y a Churchill en Potsdam.

Las bombas atómicas provocan la capitulación del Japón

Truman se enteró de la existencia de la bomba atómica al hacerse cargo de la presidencia. Mientras, el comité creado por Roosevelt para estudiar el empleo de la bomba atómica había renunciado a los proyectos humanitarios del difunto presidente y decidió que era preciso utilizar la bomba lo antes posible y sin previo aviso, tanto contra las ciudades como contra las instalaciones militares. Consultado, Churchill se mostró de acuerdo. La conquista del Japón prometía ser extraordinariamente difícil y se calculaba en un millón de hombres los que perdería Norteamérica para el logro de este objetivo. Para doblegar al Japón sería necesario continuar durante meses las incursiones de aviación, que también producían millares de víctimas. En resumidas cuentas, se consideraba que la bomba atómica economizaría una gran cantidad de vidas humanas.

En consecuencia, el 26 de julio, y con la aprobación de Chang Kai Chek, Washington dirigió un mensaje al pueblo japonés haciéndole saber que si el Japón no capitulaba sin condiciones todas las ciudades japonesas serían destruidas.

No era este el medio de obligar al Japón a una capitulación inmediata, y ante ello la opinión reaccionó enérgicamente y Suzuki anunció por la radio que el gobierno no respondería siquiera a semejante ultimátum.

El 6 de agosto, después de que los aviones americanos hubieron lanzado miles de folletos invitando a la población a evacuar una serie de ciudades, entre ellas Hiroshima, que habían de ser bombardeadas, se lanzó sobre esta última ciudad la primera bomba atómica. Causó 160.000 víctimas.

Els 8 de agosto, Tokio apeló a la intervención del gobierno suizo para que los americanos renunciasen a emplear aquella arma diabólica.

En cuanto se conoció en Moscú el bombardeo de Hiroshima, Stalin dio orden a sus tropas de atacar al Japón. Dirigiendo una nota a Tokio haciéndole saber que para acortar la guerra y demostrar su solidaridad con sus aliados anglosajones, la Unión Soviética se consideraba en guerra con el Japón (9 de agosto).

El mismo día cayó sobre Nagasaki la segunda bomba atómica. En el Consejo supremo japonés el clan militar seguía irreductible. Entonces, el emperador intervino para manifestar su deseo de que los miembros del Consejo se mostrasen de acuerdo con él y todos se inclinaron.

Se firmó el acta de rendición y Suzuki comunicó inmediatamente a Washington que teniendo en cuenta que la Declaración de Potsdam no comprendía ninguna condición que disminuyese las prerrogativas de Su Majestad como soberano, el Japón decidía rendirse al vencedor. La rendición, transmitida por los gobiernos de Berna y Estocolmo, fue entregada a Washington el 10 de agosto. Habiéndose mostrado de acuerdo los aliados en que el emperador continuase en el trono, a condición de que su autoridad estuviese subordinada a la del alto mando aliado, Hiro-Hito manifestó su aceptación el 14 de agosto.

Entonces, Suzuki dimitió y el príncipe Higashikuni, tío del emperador, formó un nuevo gabinete con el príncipe Konoye como vicepresidente y Shigemitsu en Asuntos Exteriores. El acta oficial de la rendición fue firmada el 2 de septiembre en la rada de Tokio, a bordo del acorazado Missouri.

Las primeras tropas norteamericanas desembarcaron el 28 de agosto y el general Mac Arthur hizo su entrada en Tokio el 8 de septiembre. Poco después, Hiro-Hito se dirigió al país para expresarle su deseo de que se implantara en el Japón una monarquía constitucional fundada en los principios democráticos.

Entretanto, Molotov insistía en que el mariscal Vassiliesvski fuese nombrado cogobernador del Japón al lado de Mac Arthur. Pero esta vez fueron los norteamericanos los que apelaron al hecho consumado y su negativa fue categórica.

Ocupación del Japón

Japón salia de la guerra sumamente maltrecha. A excepción de Kioto, todas las ciudades estaban destruidas. Precisamente cuando el problema de la superpoblación se planteaba en todo su rigor, diez millones de personas se encontraban sin albergue.

Todo el Japón fue ocupado por el ejército norteamericano. Los ingleses obtuvieron solamente una pequeña zona de ocupación en la región de Hiroshima.

Mac Arthur instaló su cuartel general en Tokio y obtuvo poderes casi ilimitados. En virtud de las decisiones adoptadas en Potsdam, su misión consistía en desarmar al Japón, destruir su potencial de guerra y aniquilar el nacionalismo que le hizo lanzar a la conquista de la Gran Asia.

PIRENNE, Jacques, Historia Universal, Ed. Éxito, 1961, t. 8 págs. 429-434