Fin del III Reich

Ocaso del eje Berlín-Roma
Derrumbamiento del Imperio alemán
El Japón capitula

Ocaso del eje Berlín-Roma

El Eje no consigue alcanzar la producción industrial de Inglaterra y Estados Unidos

A fines de marzo de 1942 terminaron las espectaculares victorias de los ejércitos del Eje. La batalla por la conquista de Moscú, seguida de la desastrosa retirada del ejército alemán en diciembre de 1941, representó para el Reich su primer revés de importancia. La batalla naval del mar del Coral, en marzo de 1942, detuvo definitivamente la ofensiva japonesa. Desde aquel momento, la guerra estaba perdida para los países del Eje.

Alemania y el Japón habían preparado unos ejércitos admirablemente equipados y entrenados para las ofensivas de gran estilo que les valió tan extraordinarios éxitos, pero una vez logrados dichos éxitos era necesario que Alemania pudiese conservar y estabilizar sus conquistas y soportar al mismo tiempo el poso de la guerra con Rusia. En cuanto al Japón, le era necesario organizar la explotación de la Gran Asia haciendo frente al mismo tiempo a los Estados Unidos. Y todo ello estaba por encima de sus posibilidades y fuerzas. Una vez terminadas las ofensivas relámpago, la guerra se convertía en una prueba de potencia. Y la potencia había de medirse por la capacidad de producción y las posibilidades de transporte de que disponían ambos campos. Por lo tanto, ya no se luchaba en condiciones de igualdad.

Por su parte, el eje Berlín-Roma-Tokio estaba partido en dos elementos y por tanto se veía imposibilitado de colaborar de manera directa. Berlín —de la que Roma solo era un segundo que únicamente podía proporcionarle una ayuda minima— había conquistado el continente europeo. En lo sucesivo, para el Reich el mundo quedaba limitado a ese continente, pobre en materias primas y abrumado con el peso de la guerra con Rusia.

El Japón había edificado la Gran Asia sobre el mar. Mas para Tokio este a solo alcanzaba hasta el nordeste del Pacífico, mientras que las flotas americana e inglesa, que dominaban todos los mares del mundo, tenían asegurados sus transportes regulares entre los Estados Unidos, Inglaterra, Rusia, África, el Asia Anterior y Oceanía; además, la aviación les proporcionaba vías rápidas que enlazaban directamente Nueva York con Londres, y a través de África con el golfo Pérsico, desde donde se dirigían a Rusia. En resumen, después de sus victorias, el Reich alemán y el Japón se habían convertido en plazas sitiadas, separadas del resto del mundo y aisladas la una de la otra.

Alemania cometió un error irreparable al atacar a Rusia. Mientras el pacto germano ruso estuvo en vigor, la URSS la abasteció con largueza. En agosto de 1939 Moscú se comprometió a proporcionarle 25 millones de quintales de trigo en dieciocho meses —lo que significaba la tercera parte de sus necesidades—, 900 millones de toneladas de petróleo y a facilitar el tránsito de 3.000 toneladas de caucho procedente del Extremo Oriente. En compensación, los alemanes les ofrecieron material de guerra. Rusia cumplió sus compromisos, pero Alemania había faltado a los suyos.

A pesar de todo, el gobierno soviético se mostró dispuesto a intensificar su ayuda económica. Además, Rusia constituía el vínculo que unía Alemania con el Extremo Oriente. Una vez iniciada la guerra germano rusa este vínculo quedaba roto y la explotación de los territorios rusos ocupados proporcionó bastante menos trigo que el recibido antes por las entregas de los rusos. En cuanto al petróleo, la fuente se cerró por completo.

Por su parte, el Japón quedó aislado de la industria alemana a causa de la guerra en Rusia.

De este modo, encerrados en la autarquía que ellos mismos se habían impuesto, el Reich y el Japón no podían aspirar a competir con la potencia industrial de los Estados Unidos e Inglaterra. Y de esta dependía el poderío militar.

En 1941, la desproporción se manifestó ya de manera decisiva: Alemania produjo 3.801 tanques, Inglaterra 4.844 y los Estados Unidos 5.000. Y en lo sucesivo, la producción de armamentos alemana no cesó de disminuir, mientras que la de Inglaterra y, sobre todo, la de los Estados Unidos, aumentaba de manera continua y constante

Hitler asume la dirección de las operaciones

A esta situación se unía un elemento moral que también actuaba en contra del Eje. Durante la guerra, y tanto en las victorias como en las derrotas, lo que en Alemania caracterizó a la opinión fue su total apatía. En un principio, las masas apoyaron a Hitler, pero luego le dejaron actuar solo.

A pesar del Estado Mayor, fue el propio Hitler quien concibió la Blitzkrieg, impuso la táctica de las divisiones blindadas y de la aviación de asalto y de los gobiernos quisling. Pero también fue él quien, después de haber impuesto el ataque a la URSS, aventuró al ejército alemán de operaciones en una serie de aventuras en Rusia que habían de acabar en su destrucción.

En los medios militares y diplomáticos, así como entre la nobleza y la burguesía culta, eran muchos los que con Von Brauchitsch, Schacht o Von Falkenhausen se daban cuenta de las deplorables equivocaciones de Hitler, pero el pueblo creía en él.

El plan de Hitler, tanto en el terreno militar como en el político y económico, era exclusivamente continental. Para él, el Atlántico debía constituir una barrera, y en cuanto al Mediterráneo ni siquiera le interesaba. Esto le hizo cometer tan graves errores como el no preocuparse de las colonias francesas, no intentar ninguna operación contra Gibraltar, ni aun después de su victoria en Creta, y dejar de lado la base de Chipre.

Para él, la única realidad era el continente. Y una vez lo hubo conquistado lo organizó de acuerdo con las ambiciones alemanas y pretendió defenderlo de los ataques que pudieran venir por mar rodeándolo de una muralla de fortificaciones. La muralla del Atlántico, en la que trabajaron cientos de miles de obreros, pasará a la Historia como la realización de una idea tan descabellada como elemental. Hitler transformó Europa en una plaza sitiada y el ejército alemán —por lo menos la parte que no estaba combatiendo en Rusia—, fue distribuida a lo largo de esta nueva muralla de China edificada frente al mar.

Hitler quería construir la Europa nazi en el interior de esta fortaleza. En 1941, tras nuevos sondeos de paz a Inglaterra y aprovechando la renovación del Pacto Antikomintern, pretendió consagrar la instauración de la doctrina nacionalsocialista en todo el continente. Pero los neutrales —Suecia, España, Portugal, Suiza y Turquía— se echaron atrás. Aunque Hitler había anunciado el derrumbamiento de Rusia, el cruento invierno de 1941-42 puso de manifiesto hasta que punto estaba equivocado en cuanto a la potencia de la URSS. Y para hacer frente a la corriente de escepticismo que entonces se apoderó de Europa, Hitler anunció que asumía personalmente el mando de las fuerzas armadas e intensificó el rigor de su policía.

En abril de 1942, el Reichstag le concedió poderes discrecionales para la administración de justicia. En lo sucesivo, no hubo más ley que la voluntad del Führer, limitándose la labor de los tribunales a interpretarla. A Speer, que sucedió a Todt como ministro de Armamentos, se le concedió el derecho de vida y muerte sobre los obreros, y Goebbels, desde el ministerio de Propaganda, dio más vigor a la campaña anticomunista.

Los campos de exterminio

Al mismo tiempo, Hitler se entregaba cada vez con más ahínco, con una especie de furor místico, a las persecuciones racistas. En toda Europa los judíos eran detenidos en masa, tragedia que en Polonia alcanzó su paroxismo. El mayor núcleo judío del Reich era Varsovia, donde se contaban 375.000 judíos de una población de 1.250.000 habitantes. En 1940, Hitler los hizo concentrar en un ghetto aislado del resto de la ciudad por una alta muralla, a donde después fueron también llevados todos los judíos que vivían al oeste del Vístula, llegando a alcanzar la población de este ghetto más de 500.000 almas. Como toda relación económica con el exterior estaba prohibida bajo pena de muerte y no se permitía, con el fin de evitar todo contagio, el envío de paquetes, el hambre no tardó en hacer en aquel barrio espantosos estragos. Mientras, la prensa alemana publicaba las (medidas educativas) adoptadas con los judíos.

En julio de 1942, como la situación en Varsovia se hacía insostenible, todos aquellos judíos fueron deportados en masa hacia los campos de Treblinka y Belzec, donde con insólita crueldad fueron ejecutados a millares en cámaras donde se les asfixiaba por medio de chorros de vapor de agua. De este modo perecieron cerca de un millón de judíos, de los que su ropa, su calzado e incluso el cabello de las mujeres fue recogido para que lo aprovechara la economía del Reich.

Después de estas espantosas matanzas todavía quedaron en Varsovia unos 60.000 judíos que fueron convertidos en esclavos, hasta que en 1943 se sublevaron en un arranque de heroísmo. Después de cuarenta y dos días de combates encarnizados, durante los cuales fueron ametrallados y bombardeados por la aviación, el alzamiento quedó dominado y a los últimos supervivientes se les ahorcó públicamente en Varsovia. En cuanto a los cadáveres que se amontonaban en el ghetto, transformado en un montón de ruinas, la administración alemana los vendió a razón de 500 zlotys por cadáver a los chamarileros, que de este modo tenían derecho a despojarles de sus vestidos y de los objetos de valor que pudieran llevar encima.

Esta destrucción sistemática de los judíos —así como la de los gitanos, cuyo delito consistía en no ser arios— no se llevó a cabo únicamente en Polonia, sino en toda Europa, al mismo tiempo que se exterminaba también a los enemigos del régimen. En los campos de exterminio de Buchenwald, Dora, Auschwitz, Maidanek, Ravensbrück, Bergen-Belsen, Mauthausen, Nordhausen, Flossenbürg, Struthof, Bwiecim, Brzezinka, Plaszow, Treblinka y otros, habían de morir más de 9 millones de personas.

Jamás, en ninguna época de la Historia, se organizaron tan científicamente persecuciones tan espantosas.

En el campo de Maidanek, por el que pasaron cerca de 1.600.000 personas más de 500.000 perecieron exterminadas en cámaras de gas, destinadas principalmente al exterminio de mujeres.

Tanto los polacos como los judíos fueron objeto de matanzas en masa, efectuadas de manera muy estudiada. En unas cámaras de 17 metros cúbicos amontonaban a más de cien personas, echando por encima de las cabezas de los adultos a los niños hasta completar la cabida de la habitación. Abierto el gas, una mirilla de cristal permitía seguir la agonía de aquellos mártires. Después los cadáveres eran retirados y destruidos en hornos crematorios, a razón de unos dos mil cuerpos diarios. En Struthof (Alsacia), las cámaras de gas, de veinte metros cúbicos, servían para abastecer de cadáveres los laboratorios científicos de la Facultad de Medicina de Estrasburgo. Antes de ser enviados a la muerte, las víctimas solían ser torturadas.

La pluma se resiste a describir los procedimientos inventados por la policía alemana para instaurar en Europa el orden nuevo, destinado a imponer la cultura que la raza germánica tenía la misión divina de dotar a Europa para liberarla de la podredumbre del cristianismo y del humanismo.

Los mismos alemanes no estaban libres de la severidad de la policía, base de la autoridad de Hitler. Los procesos de las ejecuciones capitales efectuadas en Berlín, que fueron hallados en el Ministerio de Justicia del Reich, revelan que en 1943 y 1944, fueron degolladas o ahorcadas 4.595 y 5.476 personas, respectivamente. Estas ejecuciones, científicamente preparadas, duraban, según los casos de ocho a veinte segundos. Durante dos años, en las prisiones de Berlín fueron ejecutadas unas 150 personas cada día. En conjunto, y durante los cinco años de guerra, todos los días murieron en las prisiones o fueron entregadas a la muerte unas 5.000 personas.

Se pretende fundar una mística contra el comunismo

A pesar de todo esto, Alemania se arrogaba la alta misión de defender a Europa del comunismo. Y en todas partes solicitaba voluntarios para combatir a Rusia desde las filas del ejército alemán. La casi totalidad de países europeos enviaron legiones al frente del Este, pero estaban compuestas únicamente de algunos centenares o, todo lo más, unos millares de hombres.

Reclutamiento de mano de obra en los países ocupados

Ya que el reclutamiento de voluntarios para la guerra daba resultados tan mediocres, los países ocupados debían, por lo menos, colaborar a la obra común proporcionando mano de obra a Alemania. Y en 1942. bajo la dirección de Sauckel, se organizó la propaganda en toda Europa para inducir a los obreros a suscribir contratos de trabajo en Alemania. Para atraerlos les ofrecían salarios espléndidos, a la vez que en varios países ocupados se cerraban fábricas y se suprimían los subsidios de paro. Sin embargo, con estas medidas no se consiguieron más de 200.000 contratos, en vista de lo cual se procedió al reclutamiento en masa de mano de obra en todos los países ocupados y se obligó a trabajar a gran cantidad de prisioneros de guerra.

De este modo, en el año 1944 Alemania disponía de unos diez millones de trabajadores extranjeros.

Esta política laboral, consistente en deportar a la población, respondía a un doble plan; por una parte, proporcionar mano de obra a la industria alemana, privada de brazos a causa de la movilización militar, y por otra agotar biológicamente a los países ocupados, privándoles de sus hombres jóvenes con objeto de disminuir la natalidad.

En los países ocupados surge la resistencia

La deportación de obreros a Alemania tuvo como consecuencia inmediata la de provocar en todos los países un movimiento de resistencia. Preciso es consignar que hasta la entrada en guerra de Alemania contra Rusia, la ocupación alemana no había tropezado en ninguna parte con una resistencia determinada. La masonería, temiendo ser perseguida, dio a sus miembros la consigna de no adoptar ninguna actividad política; los sindicatos, por influjo de los comunistas, adoptaron con frecuencia una posición favorable al orden nuevo, y en todos los países hubo bastantes dirigentes sociales que tomaron la misma postura. Asimismo, la pausa que hizo el nazismo desde el principio de la guerra en su política de lucha contra las ideas cristianas indujo a la Iglesia a adoptar una actitud neutral. También muchos industriales deseaban la reanudación de los negocios. La consigna difundida durante la guerra civil española, Berlín o Moscú, no había perdido aún toda su fuerza.

Es evidente que los gobiernos títere de Holanda y Noruega no tenían autoridad. En todas partes la opinión era contraria a Alemania, pero nadie se decidía a adoptar una actitud de decidida resistencia.

Pero la invasión de la URSS por las tropas alemanas ocasionó un profundo cambio. Los comunistas, hasta entonces partidarios de Alemania, adoptaron en todos los países una actitud de resistencia contra el Reich. Y en la primavera de 1942, las deportaciones de obreros dieron por resultado que se echaran al campo todos los que se negaban a trabajar para el enemigo.

Sin embargo, en los países ocupados fueron pocas las voces que se levantaron para protestar. Y la de Leopoldo III, rey de Bélgica, que en octubre de 1942 escribió a Hitler recordándole que el pueblo belga había conservado un odioso recuerdo de las deportaciones de 1916-1917 y que si se repetían despertarían un odio imborrable contra Alemania, no halló ningún eco.

Lo mismo ocurrió con la protesta que el rey Leopoldo dirigió en el mes de noviembre de 1943 al gobernador de Bélgica, general Von Falkenhausen, contra los actos inhumanos que se llevaban a cabo en Brendonck y que constituyen un baldón para la humanidad.

El gobierno Laval inicia su colaboración con Alemania

Contrariamente al rey Leopoldo, el gobierno de Vichy adoptó una actitud de franca colaboración. En 1942, un tribunal especial inició en Riom un gran proceso para definir las responsabilidades que incumbían a varios políticos y jefes militares en la derrota de Francia, pero los debates tomaron un carácter de requisitoria contra la política de Alemania y —a instancias del embajador Abetz— el proceso tuvo que suspenderse. En aquellos momentos, el gobierno de Vichy, presidido por el almirante Darlan, había emprendido decididamente una política de colaboración. Pero como con ello no se consiguió nada práctico, en abril de 1942 volvió Laval al poder.

El mariscal Pétain le cedió las funciones de presidente del gobierno y se reservó exclusivamente las de jefe de Estado. Laval en seguida inició una política de activa colaboración. Se formó la Legión Tricolor para luchar en el frente ruso y para la reconquista, al lado de las tropas alemanas, del imperio colonial francés. También se organizó una campaña para proporcionar obreros a Alemania, a la vez que Hitler prometía poner en libertad a un prisionero de guerra por cada tres obreros contratados. Fue un fracaso. Entonces Laval implantó el trabajo obligatorio (septiembre de 1942) y cerró parte de la industria francesa para enviar obreros al Reich.

Los resultados de esta política fueron opuestos a los que se perseguían, pues provocó en Francia la organización de una resistencia activa que en seguida se puso en contacto con la Francia Libre.

Italia, bajo intervención alemana

En la organización del orden nuevo en Europa, Italia —que por el Pacto Tripartito (septiembre de 1940) se había reservado un papel igual al de Alemania—, estaba resultando un lastre. Ninguna de sus operaciones militares estuvo coronada por el éxito y su producción industrial quedaba muy por debajo de sus necesidades. En enero de 1941, Mussolini, en una entrevista que tuvo en Berchtesgaden con Hitler, consiguió que este se comprometiera a enviar tropas alemanas a Italia para tomar parte en la lucha en el Mediterráneo, al mismo tiempo que decidieron integrar la economía italiana en la del Reich y bajo la dirección de especialistas germanos. De hecho, Italia se convertía en estado vasallo de Alemania.

Mussolini se volvió entonces hacia el general Franco intentando convencerle de que España luchara al lado del Eje. Pero fue en vano (febrero de 1941).

Desde la intervención alemana en sus asuntos, la opinión italiana tuvo la sensación de estar sometida a la ocupación extranjera. Esto originó una crisis en el partido fascista que terminó (1942.) con la formación de un nuevo directorio.

Londres, sede de los gobiernos de los países ocupados

Enfrente de Berlín, que se arrogaba las funciones de capital de la Europa organizada según el orden nuevo, Londres se convirtió en el centro de la resistencia europea. Todos los gobiernos de los países ocupados se refugiaron en Inglaterra, donde se reorganizaron bajo la tutela inglesa. De este modo, Bélgica, Holanda, Noruega, Polonia, Yugoslavia, Rumania y Grecia tenían en la capital británica sus gobiernos legales.

Y también fue allí donde el general De Gaulle, con altiva independencia y sin aceptar tutela alguna, fundó la Francia Libre.

Inglaterra se negó a reconocer las anexiones, tanto las alemanas como las de Rusia, y concedió su apoyo al gobierno polaco, pese a la ruptura entre Moscú y dicho gobierno cuando este reclamó una información sobre la matanza de unos 12.000 oficiales polacos en Katyn, hecho del que los gobiernos de Alemania y Rusia se culpaban recíprocamente.

La Commonwealth solo es efectiva en los dominios anglosajones

Por otra parte, Londres se revelaba más que nunca como centro de la Commonwealth. La guerra había fortalecido la solidaridad entre los dominios e Inglaterra. En Australia, donde los laboristas ocupaban el poder desde octubre de 1941, se decretó la movilización general y en Nueva Guinea se opuso una tenaz resistencia a los japoneses. Nueva Zelanda, donde dominaban los laboristas en un gabinete de coalición, en seguida puso en pie de guerra a un cuerpo expedicionario.

África del Sur mostró menos unanimidad. El partido del general Hertzog pedía la paz inmediata con Alemania, mientras que el partido Nacionalista reclamaba la separación de Inglaterra. Pero el gobierno, presidido por el general Smuts, permaneció fiel a la solidaridad de la Commonwealth. En cuanto al Canadá, equipó para la guerra a un importante cuerpo expedicionario. Ahora bien, aunque seguía unido a Inglaterra, cada vez se iba vinculando más con los Estados Unidos.

En cambio, en la India la situación era grave. El congreso nacional rechazó cualquier colaboración con Inglaterra en tanto que la India no obtuviera la independencia total. En 1940, Gandhi realizó una nueva campaña de desobediencia civil que hizo vacilar la lealtad de los 700.000 combatientes indios. Frente a los hindúes, 81 millones de musulmanes reclamaban su separación de la India y la fundación de Pakistán como estado independiente.

A pesar de todo esto, los llamamientos del Japón no encontraron eco. Pero el gobierno de la India libre, constituido por Chandra Bose en Bangkok, representaba una amenaza tanto más de tener en cuenta cuanto que Birmania, ocupada por las tropas japonesas, había proclamado su independencia y después declarado la guerra a Inglaterra.

En cuanto a Egipto, a pesar de tener la guerra en sus fronteras, tampoco se olvidaba de reclamar su independencia.

En resumidas cuentas, la solidaridad de la Commonwealth solo era efectiva en los dominios de población anglosajona.

El esfuerzo interno

Ante el inmenso esfuerzo de guerra que se les imponía, las dos grandes potencias anglosajonas —Estados Unidos e Inglaterra—, se unieron en íntima solidaridad, que Roosevelt y Churchill confirmaron entrevistándose en Canadá en diciembre de 1941 y en enero de 1942 para organizar la colaboración angloamericana.

Inglaterra había sufrido grandes reveses. Y para aumentar la eficiencia del esfuerzo de guerra, Churchill modificó su gabinete en febrero de 1942 confiando la vicepresidencia a Attlee, jefe del Partido Laborista, y constituyendo un gabinete de guerra formado, bajo su presidencia, por Eden, Stafford Cripps, Bevin, Anderson y Lyttleton.

Se planteó y se llevó a cabo un inmenso esfuerzo industrial y militar que se tradujo en un enorme aumento de los gastos públicos. En 1942-43, el presupuesto llegó a los 5.280 millones de libras, o sea cinco veces el presupuesto de 1939. De septiembre de 1939 a septiembre de 1942, los gastos de guerra ascendieron a 12.000 millones de libras, cuyo 40 por ciento estaba cubierto por el impuesto y el 60 restante por el préstamo. El presupuesto de 1943-44 ascendería a 6.000 millones de libras de gastos por 2.800 de ingresos.

Desde septiembre de 1939 a noviembre de 1943, la circulación fiduciaria aumentó en un 80 por ciento.

Las reivindicaciones de los laboristas

Sin embargo, el Partido Laborista estaba decidido a no dejar pasar la ocasión que se le ofrecía de imponer sus puntos de vista al gobierno. En mayo de 1942 pidió la nacionalización de los transportes y de las industrias clave, y no exigió la de las industrias de guerra por no provocar la caída del gobierno. En junio, el gobierno le complació en parte poniendo la producción carbonífera bajo una intervención gubernamental. Y en noviembre de 1942, el diputado liberal Beveridge propuso una legislación social que implicaba el seguro contra todo riesgo. Después de la guerra, el plan Beveridge llegaría a ser el modelo de la legislación social de todos los países de la Europa continental.

El esfuerzo de guerra de los Estados Unidos

Sin el apoyo de los Estados Unidos, y en especial la Ley de Préstamo y Arriendo, cabría preguntarse si Inglaterra hubiera podido hacer frente al inmenso esfuerzo de guerra que se le imponía. Pero a los Estados Unidos les era imposible desentenderse de Inglaterra, con la que compartían el dominio de los mares.

Después del ataque japonés a Pearl Harbour, la ayuda de los Estados Unidos se transformó en un esfuerzo de guerra que alcanzó proporciones gigantescas.

En diciembre de 1941, el presidente Roosevelt hizo esta declaración: Nos comprometemos solemnemente ante el mundo entero a no deponer las armas, estas armas que hemos tomado en defensa de la libertad, antes de que la libertad quede restablecida con firmeza en el mundo. Frente a los estados totalitarios, los Estados Unidos se proclamaban adalides de la libertad, no solo para ellos mismos y sus aliados, sino para el mundo entero. Aquel mismo mes, una ley derogó la prohibición de enviar tropas fuera del hemisferio occidental e inmediatamente dio comienzo el reclutamiento para el servicio obligatorio, el cual se fue ampliando paulatinamente hasta alcanzar a todos los hombres de dieciocho a sesenta y cuatro años. En 1942 se creó un cuerpo auxiliar femenino y en abril del mismo año la Ley de Defensa Pasiva transformó todo el litoral atlántico en zona militar.

Llevada al plano mundial, la lucha adquiría, ahora más que nunca, el carácter de guerra total. La victoria sería para aquella de las coaliciones que pudiera proveerse, por medio de su industria, del material de guerra más poderoso.

A Roosevelt corresponde el mérito de que se hubiese dado cuenta de ello inmediatamente y de haber organizado un esfuerzo industrial sin precedentes. En enero de 1942 se creó una oficina de producción de guerra. Las industrias sintéticas suplieron la falta de caucho y petróleo, una comisión anglo americana organizó la distribución de materias primas entre América e Inglaterra y las municiones y el material de guerra de ambas potencias fueron estandarizados. El resultado de estas medidas fue extraordinario: el 60 por ciento de la producción industrial pudo ser aplicado a la guerra. En el año 1942, la industria produjo 48.000 aviones, 32.000 tanques y 5,5 millones de toneladas de barcos mercantes —en el año 1941 solamente había construido un millón de toneladas—.

No fue menor el esfuerzo agrícola. A pesar de la movilización, la producción de 1942 superó a la de 1941 en un 12 por ciento, lo que representaba, aproximadamente, los víveres enviados a las naciones extranjeras en concepto de préstamo y arriendo.

Para financiar tan enorme esfuerzo, el Congreso concedió todos los créditos necesarios. La deuda pública subió desde 44.000 millones en diciembre de 1940 a 57.000 millones en 1941 y 100.000 en 1942.

Roosevelt no incurrió en el error de Wilson y asoció a la gestión de guerra al Partido Republicano. De este modo, su contrincante Wilkie se convirtió en el más activo de sus colaboradores.

A pesar de la guerra y del afianzamiento del poder ejecutivo que esta llevaba consigo, en noviembre de 1942 se realizaron normalmente las elecciones y señalaron un avance de los republicanos, debido sobre todo a la política económica de Roosevelt antes de la guerra, pero sin que los demócratas perdieran la mayoría. Por lo demás, en la política exterior no influyó para nada el afianzamiento del Partido Republicano.

Pronto se sintió en los campos de batalla el esfuerzo americano. El total cambio de la situación en el frente ruso en 1942 se debió, en gran parte, a la ayuda americana en material bélico de todas clases.

Los Estados Unidos y las repúblicas latinas de América

Así como Londres se había convertido en el centro director de los países europeos en guerra contra el Eje, Washington conservaba su papel de primera potencia en el seno de la Unión Panamericana. En enero de 1942 y por invitación de los Estados Unidos, se reunió en Río de Janeiro una conferencia de repúblicas americanas. Por expresa recomendación de la conferencia, todas las repúblicas latinas, a excepción de la Argentina y Chile que se negaron a ello, rompieron sus relaciones diplomáticas con las potencias del Eje. Después, Méjico, y poco después el Brasil, incluso les declararon la guerra.

En junio de 1942 se reunió en Washington una nueva conferencia panamericana para adoptar las medidas económicas y financieras impuestas por la guerra. Chile, que después de la conferencia de Río de Janeiro también había roto con Alemania, tomó parte en la conferencia. Únicamente la Argentina perseveró en su política de neutralidad, y aunque los Estados Unidos protestaron contra esta falta de solidaridad americana no consiguieron desviarla de su actitud.

El conflicto mundial comprende tres guerras distintas

El ataque de Alemania a la URSS transformó por completo el significado de la contienda. Hasta junio de 1941, la guerra había representado la lucha del principio liberal, defendido por los países occidentales, contra el principio autoritario, representado por las potencias continentales.

La agresión de Alemania a Rusia vino a añadir a aquélla una segunda guerra, entablada por la hegemonía de Europa entre las dos grandes potencia tinentales, fundadas ambas en el principio autoritario: el Reich y la URSS.

Y cuando en diciembre de 1941 el Japón entró a su vez en el conflicto arrastrando en él a los Estados Unidos, una tercera guerra —ésta por la hegemonía en el Extremo Oriente y en el océano Pacífico— vino a sumarse a las dos anteriores.

Los objetivos de guerra de la URSS

Con objeto de crear entre los aliados una solidaridad aparente, en septiembre de 1941 Stalin se adhirió a la Carta del Atlántico. Inmediatamente después (del 29 de septiembre al 10 de octubre), se reunió en Moscú una conferencia tripartita para organizar la ayuda que las potencias anglosajonas habían decidido conceder a Rusia. Los Estados Unidos formularon el deseo —que fue satisfecho— de que se restableciera en Rusia la tolerancia religiosa; en compensación prometieron entregar a la URSS material por valor de 1.000 millones de dólares.

En Moscú —adonde no acudieron ni Roosevelt ni Churchill—, Stalin expuso a Eden sus objetivos de guerra. Rusia tenía decidido volver a establecer su frontera en la Línea Curzon, por tanto Polonia habría de restituirle los territorios anexionados después de la Paz de Riga; además, la frontera rusa se prolongaría hacia Finlandia y Hungría y los estados bálticos serían pura y simplemente incorporados a Rusia como lo estaban antes de 1917. En Europa, Stalin proyectaba la restauración de una Austria independiente, el desmembramiento de Alemania, de la que podía separarse Renania como estado independiente o protegido, Baviera sería erigida en otro estado independiente, la Prusia Oriental transferida a Polonia y el País de los Sudetes volvería a Checoslovaquia. Yugoslavia quedaría restaurada y engrandecida con territorios arrebatados a Italia. Albania formaría un estado independiente y Turquía recibiría las islas del Dodecaneso, aunque ello sin excluir una revisión en el estatuto de las islas del mar Egeo en favor de Grecia. Asimismo, Turquía podría recibir algunos territorios búlgaros y del norte de Siria.

Además, la URSS pretendía recibir de Alemania reparaciones en especie y equipo industrial, no en dinero.

Finalmente, Stalin añadió que estaba dispuesto a apoyar todas las medidas que la Gran Bretaña estimara oportunas para asegurarse bases en los países del occidente de Europa, especialmente en Francia, Bélgica, Holanda, Noruega y Dinamarca.

Esto anunciaba la política de zonas de influencia que la URSS proyectaba poner en práctica. Una vez dividida Alemania, Rusia acariciaba el proyecto de que no hubiera en Europa más que dos potencias: la URSS y la Gran Bretaña. Asignando a esta una zona de influencia que comprendiera todos los estados costeros del Atlántico y del mar del Norte —incluida Francia—, Stalin destinaba implícitamente a la URSS como zona de influencia a los países continentales.

Pero los Estados Unidos eran opuestos a toda anexión de territorios, por lo menos antes de terminada la guerra, y por tanto Roosevelt se negó a tomar en consideración ningún proyecto territorial, limitándose a afirmar públicamente que consideraba la defensa de la URSS como vital para los Estados Unidos.

En el campo de las potencias occidentales se fingió creer —y Roosevelt parece que lo creyó realmente— en una posible evolución de Rusia en el sentido de una democracia individualista, de la que se consideró como primera etapa la restauración de la tolerancia religiosa.

De hecho, la adhesión de la URSS a la Carta del Atlántico —incompatible con el régimen soviético— no podía ser más que una ficción destinada a justificar el cambio de opinión que se pedía a los pueblos occidentales.

Inglaterra, siempre realista, se dio perfecta cuenta de la nueva situación internacional planteada por la guerra germano rusa: si Alemania perdía, quedaría establecida la hegemonía de la URSS sobre la Europa continental, hegemonía que sería casi idéntica a la del Reich, salvo que en lugar de extenderse a toda la Europa Occidental quedaría limitada a los pueblos continentales. Y el gobierno de Londres planeó su política. Así como Chamberlain intentó evitar la guerra dejando en manos de Hitler el sudeste de Europa, Churchill sacrificaría a los pueblos que por el acuerdo germano ruso se anexionó la URSS en el Este con tal de conseguir la garantía de que Rusia no reivindicaría los Estrechos.

En mayo de 1942 se firmó en Londres un tratado de asistencia mutua entre Rusia y la Gran Bretaña por el que se comprometían a no firmar una paz por separado y a prestarse ayuda recíproca en el terreno militar y en el económico. Este tratado estaba fijado para veinte años y fue completado el mes siguiente por un acuerdo establecido sobre el modelo de préstamo y arriendo ideado por Washington. Al firmar estos tratados, Londres reconocía implícitamente el hecho de la anexión de los países bálticos y Besarabia.

Esto era una evidente infracción al espíritu de la Carta del Atlántico, pero tenía la ventaja de hacer posible una cooperación con Rusia soslayando los conflictos que forzosamente había de provocar la organización de la paz una vez obtenida la victoria.

Los Estados Unidos, negándose a adoptar la actitud de Inglaterra, no quisieron reconocer las anexiones llevadas a cabo por la URSS en 1940, pero se avinieron a aplazar la discusión de este problema hasta después de terminadas las hostilidades.

Con objeto de atraerse a la opinión americana, en noviembre de 1941 Stalin hizo una declaración afirmando que Rusia no pretendía conquistar ningún territorio en Europa ni en Asia, incluido el Irán, que tampoco tenía intención de imponer el régimen soviético a otros pueblos y que su único objetivo en la guerra era el de liberar a los pueblos esclavizados para después dejarles en libertad de organizarse como desearan.

Pocos días después, Litvinov, rehabilitado tras la postergación que le valió su actitud favorable a las naciones occidentales, llegaba a Washington como embajador de la Unión Soviética.

Sin embargo, el conflicto no tardaría en producirse. A pesar del tratado de amistad y asistencia mutua firmado en diciembre de 1941 por los gobiernos soviético y polaco, surgieron graves dificultades entre el ejército polaco organizado en Rusia bajo las órdenes del general Anders y el gobierno soviético. Y la situación se hizo tan tensa que fue preciso trasladar el ejército de Anders al Irán, en donde los Estados Unidos e Inglaterra se encargaron de su mantenimiento.

Se establecen vías de aprovisionamiento para la URSS

La declaración de guerra hecha por Alemania a los Estados Unidos en diciembre de 1941 había aclarado la situación. En julio de 1943 fue seguida de la declaración de guerra de los Estados Unidos a Bulgaria, Hungría y Rumania. Sin embargo, Washington no rompió sus relaciones con Finlandia, como hizo Inglaterra.

Tampoco la guerra germano rusa puso fin a los compromisos de no agresión firmados entre Moscú y Tokio. Ninguna de estas dos potencias tenía interés en combatir en dos frentes, postura que en realidad significaba el fin de la solidaridad germano japonesa.

La ayuda angloamericana a Rusia sólo podía ser efectiva disponiendo de buenas vías de comunicación. Y estando la ruta marítima de Murmansk bajo la vigilancia de los submarinos alemanes no había, por lo tanto, más acceso que el golfo Pérsico. Pero Alemania mantenía en el Irán algunos agentes, a los que el sha Pahlevi protegía por temor a los rusos y a los ingleses. En agosto de 1941, después de un ultimátum conjunto de Londres y Moscú invocando el tratado de 1926, que autorizaba a Rusia a proteger al Irán en caso de necesidad, las tropas soviéticas e inglesas penetraron en el país. El sha abdicó y Shapur Mohamed, que hubo de sucederle (16 de septiembre), expulsó del Irán a todos los alemanes e italianos. En diciembre de 1941 era firmado un tratado de alianza entre la Gran Bretaña, Rusia y el Irán.

La llegada de soviéticos e ingleses en el Irán permitió a los aliados equipar los puertos del golfo Pérsico y unirlos por un ferrocarril a la red rusa del Caspio. Además, los Estados Unidos establecieron una ruta aérea transafricana para enlazar con el golfo Pérsico. Esta ruta, jalonada de aeródromos y servida desde Bathurst a Jartum por una pista asfaltada, llegaba al Cercano Oriente pasando por Sierra Leona y el Sudán egipcio. Mientras, los ingleses terminaron la carretera de El Cabo a El Cairo. Por último, una línea aérea que atravesaba Alaska y el Turquestán puso en comunicación a los Estados Unidos con Rusia. Había, pues, vía libre para el abastecimiento del ejército soviético por la industria inglesa y americana.

Ahora bien, si la neutralidad mantenida por el Japón permitiría a la URSS concentrar todas sus fuerzas en un solo punto, esto es, frente a Alemania, esta, en cambio, después del fracaso de la guerra relámpago con Rusia iba a verse obligada a organizar su resistencia en tres frentes: uno cara al mar, otro que se extendía desde el mar Báltico hasta el Negro, y el último en África.

Ataque en tenaza contra el cercano Oriente

Del abastecimiento de la URSS por las potencias anglosajonas dependía el que esta pudiera resistir la ofensiva alemana que se preparaba para 1942. Por lo tanto, Alemania tenía que impedir a toda costa que las armas y el material de guerra llegasen a Rusia. Para conseguirlo solo disponía de un medio: ocupar el Cercano Oriente y cortar en Suez y en el golfo Pérsico sus vías de aprovisionamiento.

Y los ejércitos alemanes que luchaban en Rusia y en África proyectaron una operación conjunta gigantesca, combinando una ofensiva lanzada por el sur de Rusia hacia el Cáucaso con un potente ataque dirigido a lo largo de la costa africana hacia Suez, con el fin de envolver el Cercano Oriente con las dos ofensivas en forma de tenaza.

El Japón debía cooperar a esta acción enviando una escuadra al golfo Pérsico. Hitler calculaba que el contacto de los blindados alemanes con las fuerzas japonesas se efectuaría en la primavera de 1042, en Basora.

Aun cuando el mando inglés no estaba al corriente de este magno proyecto, se daba perfecta cuenta de la vital importancia que para la marcha de la guerra significaba el valle del Nilo, último baluarte que protegía a Suez. Y con objeto de alejar de Egipto a los alemanes se llevó a cabo en noviembre de 1941 una ofensiva británica contra el Afrika Korps del general Rommel que en diciembre perdió Bengasi.

Mientras los ingleses atacaban en Libia, los alemanes lanzaban contra Malta una impetuosa ofensiva aérea. Más de mil aviones bombardearon la isla noche y dia para permitir el paso de los barcos encargados de abastecer a los ejércitos de Rommel.

Hitler había dejado escapar la ocasión de instalarse en la costa africana del Mediterráneo cuando podía hacerlo. Ahora parecía que las rutas marítimas iban a ser un factor decisivo en el resultado de la guerra.

La ofensiva aérea alemana consiguió que los convoyes militares pudiesen atravesar el Mediterráneo y en enero de 1942 los ejércitos de Rommel, reforzados, emprendieron el contraataque en un intento para destruir el ejército inglés de África, Bengasi fue recuperado, pero el movimiento envolvente planeado para aniquilar a las fuerzas británicas fue interceptado en Bir-Hakeim por 4.000 hombres de la Francia Libre a las órdenes del general Koenig. A partir de entonces, la ofensiva tuvo que hacerse a base de ataques frontales y los británicos sufrieron duros quebrantos. En junio capituló Tobruk, sin combatir y con 25.000 hombres, y pocos días después Rommel llegaba a El Alamein.

La situación se agravaba aún más por las pérdidas que la aviación alemana causó a la marina inglesa en noviembre: el acorazado Nelson fue torpedeado, y el portaaviones Ark Royal y el acorazado Barham hundidos; en diciembre, equipos de hombres-rana italianos penetraron en la rada de Alejandría y volaron los acorazados Valiant y Queen Elisabeth. Ya no había escuadra inglesa en el Mediterráneo y las fuerzas británicas de Egipto hubieran sido impotentes de hacer frente a un desembarco alemán.

En contraste con este debilitamiento de la fuerza naval británica, los submarinos alemanes actuaban cada vez con mayor actividad y todos los meses hundían en el Atlántico de 700.000 a 800.000 toneladas de barcos aliados.

Entonces fue cuando el general Montgomery tomó el mando de las fuerzas británicas en África, a la vez que la llegada de numeroso material americano transportado por tierra, mar y aire le permitía reorganizar aquellas tropas. Ahora bien, mientras los británicos se reorganizaban y rearmaban poderosamente, Rommel no recibía ninguna clase de refuerzos porque Alemania estaba empleando todas sus disponibilidades en hombres y material en una gigantesca ofensiva contra Rusia.

Esto explica que los ingleses, dedicados a su reorganización, y los alemanes, abandonados a sus propios medios en El Alamein, vegetasen unos frente a otros por espacio de varios meses.

Mientras tanto, el avance alemán en Rusia se desarrollaba con rapidez vertiginosa. En julio cayó Sebastopol. Después, el ejército alemán se dirigió como una flecha hacia el Volga y el Cáucaso con el doble objetivo de envolver Moscú y apoderarse de los petróleos de Bakú, amenazando a la vez al Cercano Oriente.

Había llegado para Rommel el momento de realizar el supremo esfuerzo: lanzar a sus tropas para romper el frente británico de Egipto y, sin darles punto de reposo, alcanzar el canal de Suez.

El desastre alemán ante Stalingrado

El ejército alemán llegó en septiembre al Cáucaso y atacó Stalingrado, donde se libró una gigantesca y durísima batalla. Cada bando puso en combate un millón de hombres. Fue un nuevo Verdun. Durante cinco meses se desarrolló entre las ruinas de la ciudad una lucha espantosa.

El general Von Paulus, comandante en jefe de los ejércitos alemanes en aquel sector, consciente del peligro que amenazaba a sus tropas de quedar envueltas por los refuerzos soviéticos, quiso iniciar la retirada, pero Hitler se opuso, La tenaz lucha continuó durante los meses de invierno, hasta que por fin, cercado por los rusos como había previsto, el 3 de febrero de 1943 Von Paulus tuvo que rendirse al frente de sus tropas.

Esta victoria rusa tuvo una inmensa repercusión. Un ejército alemán de un millón de hombres, junto con una inmensa cantidad de material de guerra, había sido destruido o capturado. Por primera vez desde que empezó la guerra, la potencia militar alemana había sufrido un verdadero desastre.

Montgomery rechaza a Rommel

Mientras en Stalingrado se desarrollaban estos titánicos combates, en octubre de 1942 Montgomery rompía el frente de Rommel en El Alamein y a punta de bayoneta obligaba a las tropas italo alemanas a emprender una retirada que no terminó hasta traspasar las fronteras de Tripolitania. El plan para llegar a Suez se venía abajo.

Los anglo americanos desembarcan en Marruecos y Argelia

Sin embargo, en los campos de batalla era la URSS la que soportaba casi todo el peso de la guerra. Por ello reclamaba insistentemente que se estableciese un frente de combate en el Oeste. En julio de 1942, Churchill y Roosevelt estudiaron esta cuestión en los Estados Unidos, y en agosto Churchill se desplazó secretamente a Moscú para someter a Stalin el plan de desembarco en el norte de África acordado por los dos estadistas anglosajones. Stalin declaró que consideraba insuficiente esta solución; lo que él pedía era la apertura de un frente en el continente europeo. Y para demostrarle su buena voluntad, los ingleses realizaron el 19 de agosto un ensayo de desembarco en Dieppe que ocasionó considerables pérdidas en vidas y material.

En realidad, Churchill era opuesto a la idea de un desembarco en Europa. Su plan consistía en someter a Alemania por medio de operaciones secundarias y bombardeos aéreos en masa.

El 2 de noviembre de 1942 se efectuó en Marruecos y Argelia el desembarco angloamericano, planeado con mucha anticipación. La operación, dirigida por el general Eisenhower, fue esencialmente americana.

Vichy rompe con los Estados Unidos y los alemanes ocupan la zona libre de Francia

Antes del desembarco se había establecido contacto entre americanos y franceses. Roosevelt no simpatizaba con el general De Gaulle. Además, convencido por el almirante Leahy de que Francia, sin el general Pétain, se hundiría en la anarquía, se negó a entregar el poder a la Francia Libre y en diciembre de 1942 invistió a Darlan que se había pasado a la disidencia de las funciones de jefe del Estado en África del Norte.

Pese a la autoridad de Darlan, las tropas francesas de África se opusieron por las armas al desembarco angloamericano y sus pérdidas se elevaron a más de 500 muertos. Entonces, Vichy rompió sus relaciones con Washington.

Al serle comunicado el desembarco, Hitler dio orden en seguida de ocupar militarmente la zona de Francia que se había dejado libre, En Tolón, la oficialidad francesa hundió sus propios barcos para que no fuesen utilizados por Alemania. Después, bajo la autoridad de Laval, que obtuvo poderes para promulgar leyes y decretos con su sola firma, se acentuó la colaboración con Alemania.

La decisión de anteponer a Darlan sobre De Gaulle provocó en el seno de la Francia Libre tan viva efervescencia que pocos días después del desembarco (14 de diciembre de 1942) Darlan caía asesinado. El general Giraud, recién evadido de Alemania, fue llamado a sucederle. Mas para evitar equívocos que hubieran podido representar una amenaza para la moral de la opinión francesa, De Gaulle se entrevistó con Giraud en Casablanca en presencia de Roosevelt y Churchill, que se hallaban allí celebrando una conferencia (enero de 1943).

Después de largas y difíciles gestiones, que terminaron el 3 de junio de 1942. fue constituido el Comité francés de Liberación Nacional, poder central único bajo la autoridad conjunta de los generales De Gaulle y Giraud

La Francia Libre tenía entonces en combate dos modestos ejércitos, uno de 4.000 hombres en Libia, mandado por el general Koenig, y el otro, procedente de Tchad, a las órdenes del general Leclerc. La cuarta parte de la marina mercante francesa y algunas unidades navales se unieron al campo aliado.

Capitulación del ejército alemán de África

La réplica alemana al desembarco americano no se hizo esperar, Fuerzas transportadas por mar y aire ocuparon Túnez, pero a pesar de todo en enero de 1943 Rommel se vio obligado a evacuar Trípoli. La tenaza se iba cerrando. Bizerta y Túnez fueron tomados por los aliados y en mayo los 250.000 hombres del ejército alemán de África se vieron obligados a capitular.

La doble ofensiva por la que esperaban los alemanes apoderarse de Suez y el Cercano Oriente y derrotar a la URSS al privarle de la ayuda norteamericana, había resultado un fracaso. Los dos ejércitos a los que se confió esta ofensiva ya no existían. La amenaza a Suez y el golfo Pérsico quedaba definitivamente descartada y la ruta de abastecimiento de Rusia ya no tendría obstáculos.

El poderío militar alemán recibió en Rusia un golpe que destruyó su prestigio y había de obligar a Alemania a pasar a la defensiva. De repente, Europa adquiría un aspecto de plaza sitiada.

Se decide una ofensiva anglo americana en el Atlántico

En enero de 1943, pocas semanas después del desembarco en Africa, Roosevelt y Churchill se entrevistaron cerca de Casablanca para adoptar decisiones en lo referente a la marcha de la guerra. Churchill, que veía con más claridad que Roosevelt las aspiraciones imperialistas de Rusia, pretendía que la próxima ofensiva se hiciese por los Balcanes para de este modo impedir que Rusia ocupara Polonia y el sudeste de Europa, pero Roosevelt, en su deseo de seguir una política que obtuviese la aprobación de la URSS, se opuso. Y como Rusia reclamaba insistentemente un desembarco aliado en la costa del Atlántico, los dos jefes de gobierno se pusieron de acuerdo y decidieron que, partiendo de África, los aliados desembarcarían primero en Italia. El primer ministro inglés tenía la esperanza de que una vez las tropas anglo norteamericanas pusiesen pie en Italia conseguiría que las operaciones prosiguieran hacia Grecia y Yugoslavia.

En una nueva reunión que ambos estadistas celebraron en Washington para definir posiciones, estas resultaron, al parecer, francamente dispares. Churchill era opuesto a un desembarco en la costa atlántica, a su entender porque ello traería como consecuencia la destrucción de una parte de Francia y que todo el este de Europa quedase en manos de la URSS. Roosevelt, por el contrario, decidido a no dar un paso sin estar de acuerdo con Stalin, quería a toda costa que el desembarco se efectuase en las costas de Francia.

Los soviéticos pasan a la ofensiva

Después de la gran victoria de Stalingrado sobre las tropas alemanas, Stalin, con el título de mariscal, tomó personalmente el mando del ejército soviético. Y la táctica que adoptó fue la de una continua ofensiva.

La ayuda anglosajona había permitido equipar magníficamente a su ejército. Inglaterra envió a la URSS 3.000 aviones y 3.000 carros de asalto; los Estados Unidos, 2.600 aviones y 2.600 carros, sin contar otros 10.000 vehículos militares, 130.000 ametralladoras y material de todas clases, que no había cesado de entrar en Rusia por la ruta marítima de Murmansk, pese a los submarinos alemanes, y por el golfo Pérsico.

Por su parte, la industria soviética estaba realizando un esfuerzo considerable en las fábricas instaladas al otro lado de los Urales.

El resultado de la colaboración industrial de la URSS con las potencias anglo sajonas fue que las unidades militares soviéticas poseían en 1943 un potencial de fuego tres veces superior al de las unidades germanas, detalle ignorado por el Estado Mayor alemán.

A esta renovación del material del ejército respondía en Rusia la unanimidad del sentimiento patriótico. La pasión política había cedido ante el amor a la patria. La Iglesia ortodoxa apoyaba sin reservas la resistencia, amenazando con la excomunión a cuantos colaborasen con los alemanes en las regiones ocupadas.

Ocaso de las fuerzas del Reich

Ante este unánime esfuerzo de la URSS, el Reich alemán presentaba un frente material y moralmente quebrantado. La guerra en el Este, en vez de mejorar el abastecimiento de Alemania, había planteado dificultades. Y ello debido a que el sistema de tierra calcinada que practicaban los rusos impidió la inmediata explotación de inmensos territorios ocupados, faltaba el trigo y tampoco llegaba petróleo, ni caucho, ni estaño. Consciente de la crisis que la amenazaba y desmoralizada por la derrota de Stalingrado y por la misma propaganda nazi, que para justificar los reveses militares no cesaba de insistir en la superioridad soviética tanto en hombres como en material, la población iba perdiendo sus esperanzas en la victoria. Sin embargo, Alemania proseguía su política racista.

Cuando se anunció la ofensiva soviética (febrero de 1943), Hitler hizo trasladar a Alemania a cientos de millares de alemanes instalados desde dos siglos antes en las regiones del mar Negro. Pero aunque la movilización se servía de todos los hombres válidos y la deportación de mano de obra extranjera esparcía por toda Alemania a diez millones de trabajadores forzados de todas nacionalidades, no se consiguió hacer frente a las necesidades de la industria.

La vigilancia de estos ejércitos de trabajadores extranjeros y de los territorios ocupados —vigilancia que los grupos de la resistencia hacía cada vez más necesaria— exigía 900.000 hombres, que tan necesarios le eran en el Este para contener a las fuerzas rusas.

El ejército soportaba con disgusto el mando de Hitler, sobre todo después de haberle llevado al terrible desastre de Stalingrado. Pero a pesar de todo, Hitler pretendió conseguir por medio de la policía lo que la opinión pública le negaba y en agosto de 1943 firmó el nombramiento de Himmler, jefe de la Gestapo, como ministro del Interior, a la vez que el ritmo diario de las ejecuciones en las cárceles de Berlín aumentaba incesantemente.

Los rusos, rechazan a los alemanes hasta más allá del Dniéper.

El período de deshielo que siguió a la capitulación de Stalingrado fue aprovechado por ambos beligerantes para preparar la ofensiva de verano. Los alemanes la iniciaron el 5 de julio de 1943 por el sector de Bielgorod. Fue aquella una formidable batalla de material, pero el frente ruso resistió y el 21 del mismo mes los ejércitos soviéticos se pusieron a su vez en movimiento en toda la extensión del frente. El centro de la ofensiva lo señaló la batalla de Kursk (julio de 1943), en donde los alemanes perdieron 100.000 hombres y 2.800 tanques, Según Stalin reconocería luego, las tres grandes batallas de la guerra fueron Moscú, Stalingrado y Kursk.

Tras un formidable avance conseguido por una extraordinaria concentración de fuerzas y medios, el frente alemán cedió en todas partes, operación de retirada que el mando alemán denominó defensa elástica. En agosto los rusos recuperaron Jarkov, en octubre atravesaron el Dnieper y el 6 de noviembre entraron en Kiev.

Ya en pleno invierno, en diciembre dio comienzo una nueva ofensiva rusa. El ejército alemán, obstaculizado por el frío, tuvo que recurrir de nuevo a su táctica de defensa en erizo, pero ello no impidió que a principios de 1944 los rusos les hiciesen levantar el cerco de Leningrado —cuya defensa durante dos años fue una de las más heroicas acciones de la guerra— y recuperasen la cuenca industrial del Donetz. Después, en el mes de abril reconquistaban Odesa y en mayo Sebastopol. Se cernía sobre Alemania la amenaza de invasión.

Ofensiva aérea sobre Alemania

A los reveses militares de Rusia y África, Alemania tuvo que añadir el fracaso de la lucha en el mar. Si la guerra submarina había empezado en 1941 con éxitos resonantes, llegando a hundir un barco enemigo por cada 181, en 1942 esta proporción bajó a uno por cada 235, en el primer semestre de 1943 a uno por cada 344 y en el segundo semestre a uno por 1000.

La flota angloamericana dominaba el Atlántico y el Mediterráneo, y la ruta marítima de Murmansk se hallaba vigilada por la marina británica, que hundió el acorazado Scharnhorst en aguas del cabo Norte.

Así, mientras Alemania perdía la esperanza de desorganizar los convoyes anglosajones con el arma submarina, una terrible amenaza se cernía sobre su industria y sus bases militares y navales: la aviación aliada. La acción aérea empezó atacando a las bases navales, pero en 1943 los aliados comenzaron a poner en práctica un plan sistemático para la destrucción de los centros industriales alemanes por medio de bombardeos aéreos. Hamburgo, Berlín, la cuenca del Ruhr y todos los centros industriales de Renania eran continuamente bombardeados. Además, las incursiones de la aviación aliada se extendían —sin ninguna consideración por las pérdidas humanas y materiales que causaban, aun cuando se tratase de aliados— a Francia, Bélgica, Checoslovaquia, Austria y el norte de Italia.

Desde luego, la gran dispersión de la industria alemana hacía casi imposible su destrucción total, pero el potencial de producción de Alemania disminuyó desde entonces incesantemente, mientras que el de Inglaterra y el de los Estados Unidos alcanzaban proporciones inmensas.

Desembarco en Italia y derrumbamiento del régimen fascista

Precisamente mientras se desencadenaba en Rusia la ofensiva alemana que había de provocar la formidable y victoriosa contraofensiva rusa, dos mil buques aliados desembarcaban en Sicilia al ejército inglés de Montgomery y al ejército americano de Patton (10 de julio de 1943).

Agotada y carente de moral para luchar, Italia no se hallaba en condiciones de oponer una resistencia seria. Precisamente en una entrevista que Mussolini tuvo con Hitler en Verona le pidió una ayuda sustancial para hacer frente a los aliados. Y mientras Sicilia era ocupada por los anglosajones, Mussolini convocó el Gran Consejo Fascista —que no se había reunido desde 1939— para pedir que le, fuera concedida más autoridad; pero por respuesta el Gran Consejo aprobó una orden del día por la que se invitaba a Mussolini a solicitar del rey que se hiciese cargo del mando efectivo de las tropas y volviese a tomar las prerrogativas que las instituciones del Reino le conferían.

Entonces, Mussolini pidió audiencia al rey para recabarle los plenos poderes y Víctor Manuel le comunicó que había designado al mariscal Badoglio para sucederle como jefe del gobierno, Al salir de esta entrevista, Mussolini fue detenido (25 de julio) e internado en el Gran Sasso.

El nuevo gobierno procedió inmediatamente a la liquidación del fascismo. El partido fue disuelto, sus milicias incorporadas al Ejército y se designó una comisión para investigar la procedencia de los bienes de los dirigentes fascistas. Y mientras todos los detenidos políticos eran puestos en libertad, gran número de dirigentes fascistas eran detenidos y encarcelados.

Italia capitula y firma el armisticio de Malta

Al mismo tiempo, el gobierno Badoglio se puso en contacto con los aliados y el 31 de agosto aceptaba secretamente sus condiciones de armisticio. La capitulación, firmada en Siracusa el 3 de septiembre, se hizo pública el día 8. A los pocos días, los anglo americanos desembarcaban en Calabria y Salerno. El armisticio concertado en Malta días después (28 de septiembre), implicaba la intervención por los aliados en la vida política, económica y financiera de Italia, la disolución de todos los organismos fascistas y la entrega de los criminales de guerra, Provisionalmente, se mantenía la monarquía tal como estaba y se reservaba para más adelante la cuestión de las reparaciones, colonias y fronteras.

En cuanto se conoció la capitulación de Siracusa, los alemanes reaccionaron con energía e inmediatamente desarmaron las tropas italianas, no sólo sino también en Francia, Dalmacia Grecia, trasladando a los soldados a Alemania como trabajadores. Toda Italia fue rápidamente ocupada por el ejército alemán y la aviación echó a pique al acorazado Roma.

En septiembre, en una operación aérea sobre el Gran Sasso paracaidistas alemanes liberó a Mussolini lo trasladaron a Alemania, donde fue inmediatamente recibido por Hitler en Berchtesgaden. Seguidamente, Mussolini anunció la formación de un gobierno republicano fascista y su decisión de continuar la guerra al lado del Reich.

Mientras tanto, los ejércitos aliados desembarcados en Calabria y Salerno establecían contacto y formaban el frente de Italia contra la resistencia alemana, que se mostró extraordinariamente tenaz. En septiembre los alemanes evacuaron la isla de Cerdeña y en el mes siguiente la de Córcega, para hacerse fuertes exclusivamente en el continente.

Italia, cobeligerante con los aliados

Después de firmado el armisticio, Italia cambió de campo y consiguió que los aliados la permitiesen figurar a su lado como cobeligerante, mientras una comisión aliada, de la que formaba parte Francia, se encargaba de organizar la economía italiana al servicio de las potencias en guerra contra Alemania.

Desgraciadamente, los italianos no se dieron cuenta en aquellos momentos de que les hubiera convenido más agruparse en torno a los intereses puramente nacionales. Los antifascistas, en lugar de apoyar al rey, que acababa de librar al país de Mussolini, se negaron a colaborar en el gabinete de Badoglio y exigieron la abdicación de Víctor Manuel, viéndose por tanto Badoglio en la precisión de gobernar dictatorialmente. En cuanto al rey, declaró que en el momento en que los aliados entrasen en Roma renunciaría al trono en favor de su hijo Humberto.

En octubre de 1943 los aliados tomaron Nápoles y en enero de 1944 hicieron un desembarco al sur de Roma con la intención de rodear el frente alemán, pero no consiguieron ensanchar la cabeza de puente. La encarnizada defensa de las tropas alemanas en Monte Casino duró hasta mayo.

En abril de 1944, y en previsión de la entrada de los aliados en Roma, los antifascistas consintieron por fin en colaborar con el gobierno Badoglio, en el cual estuvieron representados por el filósofo liberal Benedetto Croce y por el conde Sforza, a quien se confió el cargo de comisario de la Depuración.

En junio, y después de una tenaz resistencia alemana, los angloamericanos, apoyados por las tropas francesas del general Juin, por los polacos del general Anders y por un reducido cuerpo expedicionario brasileño, entraron en Roma.

El rey Víctor Manuel cumplió su palabra y abdicó en favor del príncipe Humberto, que ejercitó los poderes de lugarteniente general del Reino. Seguidamente, el gabinete Badoglio dimitió y Bonomi, socialista moderado que había sido primer ministro en 1921-22, formó nuevo gobierno.

Bonomi quiso designar para la cartera de Asuntos Exteriores al conde Sforza, pero siendo este violentamente hostil a la Casa de Saboya y queriendo Churchill salvar la dinastía, el gobierno inglés opuso su veto. Ante eso, el partido Acción Antifascista, del que Sforza era presidente, negó su cooperación y Bonomi, abandonado también por los socialistas, no consiguió que se unieran los partidos en un movimiento nacional común.

Y los seis partidos políticos formados después de la caída del fascismo se enzarzaron en violentas polémicas sobre la oportunidad de mantener o no al rey en el trono y sobre los medios a que se podía recurrir para suavizar la intervención aliada, que por cierto no se distinguía en absoluto del de una potencia ocupante. Entretanto, la situación económica y alimenticia era lamentable y todo el norte de Italia estaba sometido a la ocupación alemana.

El país se hundía en la anarquía moral y política.

Francia vuelve a ocupar su puesto entre las potencias

En abril de 1944, cuando los rusos entraban en Odesa y los anglosajones en Roma, Alemania tenía virtualmente perdida la guerra. Desde la capitulación de Von Paulus en Stalingrado, Hitler había sufrido varios y duros reveses y el ejército soviético, cada vez mejor equipado, se iba aproximando peligrosamente a las fronteras del Reich. Los ejércitos alemanes de África estaban destruidos y los aliados seguían invadiendo el continente por Italia. Su guerra submarina fracasaba, al tiempo que la ofensiva aérea aliada era cada vez más intensa.

La confianza en la victoria alemana había desaparecido en todos los países. Durante el otoño de 1943, Francia volvió oficialmente a ocupar su puesto entre las potencias beligerantes por el reconocimiento que Inglaterra, los Estados Unidos y la URSS hicieron del Comité Francés de Liberación Nacional, como la única autoridad para administrar los territorios franceses.

El mariscal Pétain se dio cuenta entonces de que la política de colaboración solo podía proporcionar sinsabores a Francia y anunció que renunciaba a su cargo. Sin embargo, se vio obligado a continuar ante la amenaza de Abetz de que se nombraría un gauleiter para Francia (noviembre de 1943).

En marzo de 1944, y como consecuencia de la defección de Italia, Hungría intentó también suavizar su colaboración con el Reich y disminuir su esfuerzo de guerra, pero Hitler hizo ocupar el país y estableció en Budapest un gobierno intervenido por Berlín.

Alemania iba perdiendo terreno en todas partes. Ni por tierra, ni por mar, ni por aire, podía ya esperar que mejorase su situación, forzosamente agravada de modo paulatino por la producción industrial de los aliados. Dominando todavía la Europa Occidental y los países del Sudeste, parece que la única política sensata hubiera sido la de negociar la paz, pero semejante plan hubiera significado la caída de Hitler y de la dictadura nacionalsocialista. En Italia, donde aún subsistía la monarquía, el rey consiguió librar al país de la dictadura que la hubiera conducido al desastre, pero en Alemania no existía ningún poder que pudiera desautorizar a la dictadura y por lo tanto nada podía detenerla en su carrera hacia la hecatombe que suponía la guerra desde aquel momento.

El Reich, prisionero de la dictadura que se había dado, se veía obligado a proseguir sin esperanza alguna una guerra calamitosa, y no para defender los intereses alemanes, sino porque Hitler estaba decidido a perseguir hasta el final el insensato sueño que había querido realizar: arrastrar a Alemania en pos de sí en un wagneriano crepúsculo de los dioses, antes que abandonarla a unas doctrinas que él consideraba extrañas al germanismo.

PIRENNE, Jacques, Historia Universal, Ed. Éxito, 1961, t. 8 págs. 353-383