Lucha por la hegemonía continental

El Japón ataca a los Estados Unidos

Una dictadura de ideología nacionalista en el Japón

El Pacto Antikomintern fue concertado en noviembre de 1936. Y en el mes de octubre de 1937, el Japón iniciaba la guerra con la que contaba imponer a China su tutela económica y política. Para unir en sus manos todas las fuerzas de la nación, antes de emprender la lucha por la hegemonía en el Extremo Oriente, el partido militar que detentaba entonces el poder impuso un régimen totalitario, el cual —como el régimen nazi en Alemania— pretendía justificarse alegando la misión divina del pueblo nipón y su superioridad sobre todas las demás naciones.

En 1937, el gobierno imperial presidido por el general Tojo se arrogó un poder prácticamente sin intervención, y en 1938, una ley de movilización civil ponía toda la población a disposición del gobierno. La consigna adoptada fue Ofreceos valerosamente al Estado para mantener y defender la prosperidad de nuestro trono imperial, eterno como el cielo y la tierra, y para asegurar el triunfo de la doctrina que nos han legado nuestros imperiales antepasados... infalible en todos los tiempos y verdadera en todos los lugares. Lo mismo que el fascismo, el nazismo y el comunismo, el totalitarismo japonés —fundado en el carácter divino del emperador— afirmaba ser el depositario de toda verdad.

Para adoctrinar a la juventud en sus deberes militares se organizaron escuelas juveniles en las que la educación moral y física se hallaba a cargo de oficiales del Ejército, las bibliotecas de los colegios fueron objeto de una rigurosa depuración de textos y se implantó la delación para garantizar la sumisión a la doctrina del Shinto purificado, basada en la fidelidad a la dinastía.

Según esta doctrina, el Japón es la tierra de los dioses y su soberano desciende de Amaterasu, diosa del sol y fundadora de la nación. El panteísmo sintoísta —lo mismo que el monoteísmo judío hiciera antaño con su pueblo— hace del Japón el pueblo elegido, cuya misión consiste en regenerar al mundo sometiéndolo con apasionada obediencia a la autoridad del emperador, en el que se encarna la divinidad y del que el gobierno es único instrumento.

Este carácter divino que se da al emperador —y que es el único en el mundo en poseer— le otorga el derecho, e incluso el deber, de regir al mundo. El emperador —enseña el Shinto— es el dios del Japón y del mundo. La manifestación del espíritu imperial es la única clave para la solución de todos los problemas del nuevo orden mundial.

Para que el pueblo, que tradicionalmente ya reconocía la divinidad del emperador, consintiese en seguirlo en la empresa de regenerar al mundo —a lo que llamaban su misión divina— era preciso presentarle al mundo bajo un aspecto que fuese resplandeciente confirmación de la doctrina nacionalista. Y esta misión fue confiada a los servicios de información, monopolizados por el Estado y puestos en manos de la agencia Domei. La prensa, la radio y todos los medios de información y propaganda fueron intervenidos por el Estado, que los armonizó convenientemente para persuadir a la masa del país, inscrita en multitud de asociaciones patrióticas del carácter sagrado de aquella lucha.

Dentro de este sistema de Gobierno —como en todos los regímenes totalitarios— , la policía estaba llamada a desempeñar una función primordial, por encima de todos los órganos del poder. Su lucha sin cuartel contra la menor oposición resultaba tanto más fácil cuanto que la Constitución japonesa no garantizaba a los ciudadanos las libertades individuales, ni estos se hallaban protegidos por el habeas corpus

En 1938 las organizaciones sindicales fueron disueltas y reemplazadas por un Frente Nacional del Trabajo, y en 1941 se decretó la disolución de todos los partidos políticos.

Así, pues, el Japón viviría durante la guerra en un mundo imaginario forjado por el gobierno, el cual aseguraría a la nación la victoria porque representaba a las fuerzas del bien frente a las potencias del mal y porque la raza nipona era la encarnación misma de la divinidad.

Japón intenta hacer de China un estado vasallo

La ofensiva emprendida por el Japón en 1937 se llevó a cabo siguiendo dos direcciones principales: una que partiendo de Pekín se dirigía hacia el sur a lo largo de la línea férrea de Hankeu, y la otra, con el aliciente de un desembarco en Shanghai, tenía por objetivo apoderarse de las grandes ciudades de la costa. Esta condujo rápidamente a la toma de Nankín, que sucumbió ante los ataques en masa de la aviación.

Después de la toma de Nankin, seguida del saqueo de esta gran ciudad y de espantosas matanzas, el Japón hizo a China proposiciones de paz. En ellas se sugería un acuerdo económico que permitiese al Japón tener una parte importante en la explotación de las riquezas naturales de China, una revisión de tarifas aduaneras en favor del Japón, la autonomía de la Mongolia interior, el establecimiento de una zona desmilitarizada en el norte de China y la adhesión de esta al Pacto Antikomintern. Chang Kai Chek se negó a discutir estas condiciones, que hubiesen puesto a China en manos del Japón, y organizando un nuevo ejército se preparó para una guerra larga.

La paz propuesta por Tokio, que ponía sobre el tapete la cuestión del estatuto territorial y económico chino, se hallaba en oposición con los intereses que en esta nación tenían las grandes potencias. En 1936, el comercio inglés con China ascendía a 420 millones y el de los Estados Unidos a 382 millones de dólares. Los ingleses habían invertido en China capitales por valor de 27.000 millones de francos (de 1957), los franceses 4.000 millones y los Estados Unidos otros 4.000. A pesar de todo, las potencias no reaccionaron contra el Japón y la SDN se negó a proclamar que Tokio hubiese adoptado con respecto a China la actitud de agresor; por consiguiente, no se propuso ningún tipo de sanción. Aún hubo más; habiendo pedido China a las potencias que, al menos, cesasen en su concesión de créditos y aprovisionamiento de material de guerra al Japón, las potencias signatarias del Tratado de Washington —que había impuesto al Japón el respeto a la integridad de China— reunidas en Bruselas (1937) se negaron a tomar en cuenta la gestión, de Chang Kai Chek.

Inglaterra, inmovilizada por los acontecimientos de Europa, solamente se limitó en el mes de diciembre de 1937 a protestar contra la violación de sus relaciones comerciales con China.

Los Estados Unidos eran la única potencia que podía intervenir, pero su tráfico con China representaba el 3 por ciento de su comercio exterior, mientras que su comercio con el Japón significaba un 8 por ciento. Se limitaron, pues, a declarar que no reconocerían la situación que de hecho el Japón creaba en China e intensificaron sus construcciones navales.

Sin embargo, los Estados Unidos, Inglaterra y Alemania también vendían a China material de guerra, que entraba por los puertos de Hong Kong y Cantón.

Por su parte, Rusia, que desde el principio de la agresión japonesa había firmado con China un pacto de no agresión (agosto de 1937), enviaba por la ruta del Sin-Kiang importantes cantidades de material de guerra, especialmente aviones. Pero los 300.000 hombres que el gobierno soviético tenía concentrados en las fronteras del Manchukuo, tampoco intervinieron.

Por sí sola, China no podía hacer frente a los poderosos medios militares del Japón, que bloqueaba sus 3.000 kilómetros de costa y atacaba y hundía barcos ingleses y norteamericanos sin provocar reacción alguna. El 21 de octubre de 1938. se rindió Cantón después de varios bombardeos aéreos, y pocos días después Hankeu, adonde Chang Kai Chek había trasladado su capital, fue también tomada. Decidido a resistir a toda costa y convencido de que el mundo iba a enzarzarse en un conflicto general, Chang Kai Chek instaló entonces su capital en Chungking, en el alto Yang-Tsé, al tiempo que las fuerzas japonesas iban progresando por el norte de China ocupando Chan-Si y se internaban en el valle del Yang-Tsé. En marzo de 1939, y a pesar de las protestas francesas, ocuparon la isla de Hainan.

En aquellas fechas, el Japón era dueño de una quinta parte del territorio de China, con un 42 por ciento de su población.

Inglaterra se compromete a no obstaculizar la acción japonesa en China

La única reacción que provocó esta rápida marcha del Japón sobre China fue una declaración hecha en Londres en julio de 1939, por la cual Inglaterra reconocía las necesidades especiales de las fuerzas japonesas en China y se comprometía a no emprender ninguna acción en contra de dichas necesidades. Con esta especie de Munich oriental el gobierno de Chamberlain esperaba salvar Hongkong.

Chang Kai Chek, bloqueado por mar, utilizó para aprovisionarse el ferrocarril del Yunán, que enlazaba China con Indochina, e hizo poner en condiciones la carretera de Birmania. De este modo se encontró en 1939 en situación de reorganizar sus fuerzas. Pero el ejército japonés empezó a subir hacia el Yunán con objeto de cortarle las vías de abastecimiento.

A pesar de todo, el rápido avance de las tropas japonesas en China no correspondía a la ocupación efectiva de los territorios conquistados. Para eso hubieran sido necesarios unos contingentes de tropas que el Japón no tenía. La ocupación se limitaba a las grandes ciudades y a los ferrocarriles, lo que permitía en toda la China ocupada la organización de la lucha de guerrillas. En 1939 operaban en Hopei 300.000 guerrilleros y en el bajo Yang Tse 250.000.

Los comienzos del dominio comunista en China

Ante la agresión y el arrollador avance de las fuerzas japonesas, los nacionalistas y los comunistas chinos se aproximaron. En 1937, los ejércitos comunistas representaban una fuerza importante que ocupaba Chen Si y operaba por los territorios del norte de Yang Tse.

La guerra contra el Japón les permitió extender su influencia por todo el nordeste de China y a medida que los gubernamentales se replegaban ante los japoneses las guerrillas comunistas entraban en acción y se ponían al frente de las administraciones locales. Ante ello, y con objeto de limitar su influencia, Chang Kai Chek organizó el bloqueo de la zona comunista de Chen Si estableciendo una linea con mas de 10.000 blocaos y varios centenares de miles de soldados.

No obstante, la amenaza japonesa terminó por unir las fuerzas del Kuomintang con las de los comunistas y en diciembre de 1937 ambos bandos concertaron un acuerdo por el cual el gobierno de Chang Kai Chek reconocía a Yen-An —en el Chen Si— como capital del estado comunista chino, y este, a su vez, se comprometía a no atravesar las fronteras de Chen-Si y Kan-Su.

Después de este acuerdo, el general Chu Ten, comandante del VIII ejército comunista entró a formar parte del cuartel general de Chang Kai Chek y los comunistas en el Consejo político del Pueblo.

Se reanuda la lucha entre nacionalistas y comunistas

Sin embargo, y a pesar de los compromisos contraídos, los comunistas se aprovecharon de la ocupación japonesa para ejercer el dominio del nordeste de China y Mao Tse Tung, que mandaba el IV ejército pasa con sus tropas al sur del Yang Tse. Chang Kai Chek ordenó entonces la disolución del IV ejército, pero esto era irrealizable.

Entonces se reanudó la guerra civil entre nacionalistas y comunistas ante los japoneses, que se guardaron de atacar Yen-An para no hacer juego a Chang Kai Chek.

En todo el territorio sometido a su influencia, Mao se dedicó a ganar para el comunismo a la clase campesina, realizando la primera etapa de la democracia agraria. Para ello respetaba la propiedad particular, pero organizaba el trabajo en común para las grandes faenas del campo. Además, hizo lo posible por unir los deseos de reformas de los campesinos, obreros, pequeños burgueses e incluso de los capitalistas antifeudales y patriotas con objeto de crear un ambiente revolucionario, creando equipos de dirigentes y haciendo una activa propaganda por medio de conferencias, la radio y el teatro.

Se instaura en Nankín un gobierno testaferro

Ahora bien, mientras se iniciaba la lucha entre comunistas y nacionalistas, el mismo Kuomintang se disgregaba al establecer contacto con el ocupante. En diciembre de 1938, Wang Sing Wu, primer ministro de Chang Kai Chek, abandonó su puesto y se refugió en Hong Kong, en donde declaró que las condiciones propuestas por el Japón y que Chang Kai Chek rechazó eran, a su juicio, aceptables.

En el ínterin, había estallado la guerra en Europa y ello dejaba a Tokio las manos completamente libres. En marzo de 1940 reconoció el gobierno central de la república china constituido en Nankin por Wang Sing Wu, quien autorizaba al Japón para mantener guarniciones en el norte de China, en Mongolia interior y en los principales puertos hasta dos años después de terminadas las hostilidades con las fuerzas de Chang Kai Chek.

Japón reemplaza a los occidentales en China

Con la complicidad del gobierno vasallo radicado en Nankín, el Japón se dedicó entonces, en cuantas regiones ocupaba, a dificultar el comercio europeo, a dejar aisladas las concesiones extranjeras y a organizar la explotación económica del norte de China por medio de compañías cuyas acciones estaban en su mayor parte en poder de los trusts Mitsui y Mitsubishi. El carbón fue exportado al Japón, el valle del Yang-Tsé quedó cerrado a los barcos europeos y el comercio japonés anuló por completo al comercio inglés.

En noviembre de 1938, Tokio envió a Washington una nota repudiando el Tratado de Washington, haciendo de este modo que resultara inoperante el principio de la integridad del territorio chino.

Japón ocupa Indochina

Al mismo tiempo que ocupaba China, el Japón anunciaba por boca de su ministro de Colonias, general Koiso, que había llegado la oportunidad de establecer una estrecha colaboración con los países de los mares del Sur y de participar en la explotación de sus recursos. En 1940, la derrota de Francia obligó al general Catroux, gobernador de Indochina, a aceptar la intervención japonesa sobre todas las operaciones de tránsito ferroviario, fluvial o aéreo hasta China. El 30 de agosto, Vichy reconoció los intereses, superiores del Japón en Extremo Oriente, tanto en el terreno económico como en el político, y le concedió facilidades militares a condición de que fuera respetada la integridad de las colonias, y en septiembre los japoneses obtuvieron autorización para desembarcar en Haiphong y utilizar los aeródromos mientras durase la guerra chino japonesa. Prácticamente, entonces era el Japón quien dominaba en Indochina.

Los Estados Unidos, que seguían de cerca la amenaza japonesa, respondieron implantando el servicio militar obligatorio (septiembre) y prohibiendo la exportación al Japón de petróleo y de acero (octubre).

Entonces, Tokio, volviéndose hacia Siam, ofreció a Bangkok un tratado de amistad que fue firmado en diciembre de 1940. Inmediatamente, Siam reclamó a Francia la devolución de las provincias del norte de Cambodje y emprendió las hostilidades contra Indochina. Tokio impuso el armisticio y Vichy tuvo que abandonar los territorios reclamados (mayo de 1941).

Japón da a conocer su intención de dominar el Asia Oriental

Las victorias alemanas incitaban todavía más el imperialismo del partido militar japonés. En marzo de 1941, Matsuoka, que al arbitrar el conflicto franco siamés había afianzado aún más la posición dominante que Tokio ocupaba en el Extremo Oriente, dio a conocer la misión económica y política, que incumbía al Japón y su plan de introducir el orden nuevo entre los 700 millones de habitantes del Asia Oriental.

En la organización económica de esta vasta parte del mundo, que el Japón pretendía dirigir, se reservaba, lo mismo que Alemania en Europa, el papel de proveedor de productos industriales.

Tokio firma con la URSS un pacto de no agresión

Era inevitable que esta política expansionista llevaría al Japón a un conflicto con los Estados Unidos. Y antes de comprometerse, Tokio quiso asegurarse la neutralidad de Rusia, que había demostrado ser un adversario temible. En 1938, el ejército soviético reaccionó enérgicamente ante los incidentes fronterizos, y en mayo de 1939 intervino para rechazar a las tropas japonesas que penetraron en la república popular de Mongolia.

Para evitar que sus relaciones con Rusia se complicaran, Tokio concertó con Moscú, en septiembre de 1939, un tratado para la delimitación de las fronteras del Manchukuo y Mongolia.

Moscú, por otra parte, deseaba evitar la guerra con el Japón, entre otros motivos porque se estaba enrareciendo la atmósfera entre Alemania y la URSS y no podía descartar el peligro de una agresión alemana. Y para salvaguardarse de la eventualidad de una alianza germano japonesa que obligara a Rusia a defenderse al mismo tiempo en Europa y en Asia, Moscú propuso al gobierno nipón un pacto de amistad, neutralidad y no agresión. Y Matsuoka, de regreso de uno de sus viajes a Berlín, lo firmó por un período de cinco años (abril de 1941).

Pocas semanas después, cuando los ejércitos alemanes invadieron Rusia (junio de 1941), el pacto ruso japonés demostró su eficacia. Tokio mantuvo la neutralidad.

La guerra entre Alemania y Rusia daba a Tokio la seguridad de que Moscú no podría intervenir contra el Japón en el caso de que tuviese un conflicto con los Estados Unidos. En consecuencia, el partido militar decidió entrar en acción.

Japón prepara la guerra contra los Estados Unidos

En 1940, la nueva situación internacional creada por las victorias alemanas indujeron al príncipe Konoye a dimitir y volver a formar gobierno sin Matsuoka, a quien consideraba poco emprendedor. En el nuevo gabinete: el almirante Toyoda fue designado para ocupar el ministerio de Asuntos Exteriores y el general Tojo para la cartera de Guerra.

El primer acto del nuevo gobierno consistió en exigir de Vichy —al que Berlín obligó a aceptar— un protocolo para la común defensa de Indochina (julio de 1941).

Los Estados Unidos bloquearon los capitales japoneses, se incautaron del caucho y, en el mes de agosto, suspendieron las comunicaciones con el Japón.

A pesar de todo, Konoye no se decidía a romper con los Estados Unidos. En el mes de agosto, y ante las medidas adoptadas por Washington, envió al Presidente Roosevelt un mensaje de tonos pacifistas, pero el partido militar, impresionado por las victorias alemanas, impuso su punto de vista y el 16 de octubre, ante la evidencia de una guerra inevitable, el príncipe Konoye dimitió. Formó gobierno el general Tojo, y de sus catorce ministros la mitad eran generales y almirantes; a Togo, ex embajador en Washington, se le confió la cartera de Asuntos Exteriores.

El gobierno de Tojo decretó inmediatamente la movilización general, puso los monopolios industriales bajo la intervención del Estado y emprendió una política de socialismo estatal que puso en manos del gobierno toda la vida económica del país.

La situación financiera era difícil y el presupuesto se cerraba con déficit. Desde 1937 a 1941, la deuda pública había ascendido de 9.000 millones de yens a 26.000. La autarquía económica a que el Japón se veía obligado y la guerra de China agotaban sus finanzas. Sin embargo, existía una reserva de oro de 12.000 millones de dólares que se conservaba intacta con vistas a la guerra y el gobierno tenía preparado un plan para apoderarse, mediante una rápida acción militar de las riquezas de los mares del Sur. El ejército había demostrado estar bien entrenado para efectuar desembarcos y los 12.000 millones de dólares serían suficientes para financiar las operaciones iniciales; después, las conquistas pagarían la guerra.

Decidido a la acción, Tojo simuló un sincero deseo de mantener relaciones pacíficas con los Estados Unidos y en noviembre de 1941 envió a Kurusu en misión especial a Washington, con objeto de confirmar sus intenciones amistosas, Pero súbitamente, de 10 de noviembre denunció a la Dieta la política de bloqueo que amenazada al Japón, reclamó plena libertad de acción en China y acusó a los Estados Unidos de intransigencia con respecto a Tokio. Y la Dieta votó importantes créditos militares e incitó al gobierno a la energía.

Pero Washington deseaba la paz. El 26 de noviembre, Cordell Hull entrega a Kuruga un memorándum sobre las condiciones en que podrían reanudarse las relaciones amistosas con el Japón. Tojo respondió a este memorándum el día 30 con una declaración acusando a Inglaterra y a los Estados Unidos de explotar a los mil millones de habitantes del Extremo Oriente.

Al día siguiente, Roosevelt hizo llegar al emperador un mensaje personal pidiéndole, como garantía de paz, que el Japón retirase sus tropas de Indochina.

El ataque japonés a Pearl Harbour extiende la guerra

El 7 de diciembre de 1941, el mundo se enteraba con asombro de que la aviación japonesa había atacado la gran base naval de Pearl Harbour, hundiendo a cinco acorazados y averiando a tres más. Para los Estados Unidos ello representaba un desastre naval, pues perdían de una vez ocho acorazados.

El 11 de diciembre, Alemania e Italia declaraban la guerra a los Estados Unidos y con ello el conflicto se convertía en mundial.

Japón elimina a Inglaterra de la lucha en el Pacífico.

El ataque japonés no causó pánico alguno en los Estados Unidos, pero despertó repentinamente en el país una voluntad de hacer la guerra y ganarla. El Congreso se manifestó por unanimidad —menos un voto— declarando la guerra al Japón. Al día siguiente, Japón declaraba la guerra a Inglaterra, al Canadá y a Australia.

Inglaterra, cuyas fuerzas navales las necesitaba en su totalidad para la guerra submarina, dejó en manos de los Estados Unidos la defensa de sus posesiones del Extremo Oriente, con excepción de Hong Kong y de la poderosa base de Singapur. El 7 de diciembre, o sea el mismo día del desastre de Pearl Harbour, dos de las más potentes unidades de su flota, el Repulse y el Prince of Wales —crucero de combate a bordo del cual Roosevelt y Churchill firmaron la Carta del Atlántico— llegaban a Singapur para impedir a los japoneses el acceso al océano Indico, pero el día 10 ambos buques eran hundidos por la aviación japonesa cuando patrullaban en aguas de la península de Malaca, a 300 millas de Singapur.

Japón conquista el sudeste asiático

Los dos espectaculares ataques en que la aviación japonesa destruyó la potencia naval de los anglosajones en Extremo Oriente fueron seguidos de una serie de desembarcos, magistralmente llevados a cabo, en Borneo, Malasia y la isla filipina de Luzón. Seguidamente fueron ocupadas las islas de Guam y de Wake.

El 25 de diciembre, después de diecisiete días de bombardeo, Hongkong también capítulo y el 20 de enero fue ocupada Manila. Después, avanzando desde Indochina, los japoneses atacaron Singapur el 31 de enero y el 15 de febrero capitulaba la primera de las bases inglesas, cuya guarnición era de 73.000 hombres, entre ellos 27.000 ingleses.

Pocos días después, los japoneses desembarcaban en Java, Sumatra y Birmania, donde se apoderaron de Rangún y Mandalay, cortando la vía de aprovisionamiento del ejército de Chang Kai Chek. Pronto estuvo ocupada toda Birmania, pues los ingleses no pudieron detener el avance del ejército japonés hasta los confines de la India.

Después de la toma de Port Moresby, en Nueva Guinea, Australia parecía definitivamente perdida, pero a fines de marzo llegó un convoy con las primeras tropas norteamericanas, después de haber atravesado el Pacífico protegidas por una potente escuadra.

En el mar del Coral se entabló entre las flotas japonesa y americana una batalla naval de la que dependería la suerte de Australia. Fue el desquite de Pearl Harbour. Los japoneses perdieron doce buques de guerra y sufrieron un verdadero desastre.

Australia había sido salvada y la impetuosa avalancha japonesa quedó contenida definitivamente.

Se prepara el duelo entre los Estados Unidos y el Japón

Se entablaba la lucha entre los Estados Unidos y el Japón por la supremacía en el océano Pacífico. En cuatro meses, el Japón había conquistado posiciones de una importancia esencial, tanto desde el punto de vista militar como económico, pues además de los petróleos de Insulindia, tenía en sus manos la casi totalidad de la producción mundial del caucho y el 70 por ciento de la del estaño.

En el continente asiático, Indochina, Malasia y Birmania estaban en su poder y Tailandia quedaba reducida al papel de estado vasallo. Las Filipinas, Borneo, Java, Sumatra y Nueva Guinea estaban ocupadas, al menos en parte. China, asimismo ocupada en gran parte, se hallaba aislada. Hong Kong y Singapur se habían convertido en bases japonesas. El acceso al mar de la China y al océano Pacífico por el océano Índico estaba cerrado a los occidentales.

Las bases americanas de Guam y Wake, escala entre Pearl Harbour y las Filipinas, también estaban en poder del Japón, cuyas defensas periféricas llegaban por el sur y el suroeste a 4.500 kilómetros de la metrópoli.

Los Estados Unidos, pues, organizaron el ataque partiendo a la vez de Australia, convertida en un campo atrincherado, y de Alaska, prolongada por las islas Aleutianas, en las que escalonaron una serie de bases aeronavales.

Organización de la Gran Asia japonesa

Las fulminantes conquistas realizadas por el Japón pusieron en sus manos la sexta parte del Globo, esto es unos 50 millones de kilómetros cuadrados.

Pero la guerra no hacía más que empezar y los Estados Unidos, con el inmenso potencial económico de que disponían, iban preparándose. Para detener la contraofensiva, el Japón tenía que explotar inmediatamente las enormes riquezas de los países conquistados, y aunque los occidentales habían abandonado casi sin resistencia territorios tan ricos como Insulindia, en cambio destruyeron sistemáticamente las instalaciones petrolíferas y mineras que el Japón necesitaba con tanta urgencia. Los japoneses se veían, pues, ante la tarea ingente de volver a poner en explotación las considerables riquezas dispersas y situadas a millares de kilómetros de la metrópoli, que sus conquistas les habían proporcionado.

Ahora bien, la marina mercante japonesa, aunque desde 1918 triplicó su tonelaje, no contaba más que con unos 7 u 8 millones de toneladas cuando le eran precisas más de 15 para hacer frente a la inminente empresa.

Además, el imperio asiático con que contaba el Japón no aumentaba sus recursos industriales, que no podían compararse con las riquezas casi ilimitadas de que disponían los Estados Unidos.

El Japón se hallaba, por lo tanto, en la imprescindible necesidad de aumentar en proporciones enormes su producción industrial. Para conseguirlo se necesitaban años, y para lograr este respiro de tiempo solo existía un medio: que la flota japonesa estuviese en condiciones de impedir a las fuerzas americanas acceso a la costa del Pacífico que rodeaba a la Gran Asia japonesa. Y al abrigo de su flota, Tokio iba a esforzarse por organizar el Extremo Oriente.

En el interior, el gabinete Tojo disponía de una autoridad indiscutida. Las elecciones de abril de 1942, llevadas a cabo con gran entusiasmo después de espectaculares victorias de los ejércitos de tierra, mar y aire del Japón le valieron al partido nacional 378 escaños de los 466 que componían la Dieta. Meses más tarde, en febrero, ya se había creado el Consejo de la Gran Asia, formado por altos funcionarios y dirigentes de la industria japonesa.

Este organismo en seguida elaboró el plan general de la política de la Gran Asia, según el cual el Japón debía continuar siendo el único gran centro industrial de Asia y la economía de los demás países asiáticos organizarse de acuerdo con los intereses del Japón, al que proporcionarían las materias primas, los víveres y la mano de obra que necesitara. En resumen, el Japón adoptaba la concepción económica de la Alemania nazi, pero desarrollándola en el plano marítimo.

Una vez establecido este plan, decenas de miles de funcionarios japoneses fueron enviados al Sur para organizar aquellos territorios.

Tal organización económica estaba concebida con arreglo a las miras imperialistas. La mano de obra contratada a bajo precio fuera del Japón les permitiría abrir el mundo a las exportaciones de la industria nipona y de este modo hacer afluir hacia el Japón los capitales que le eran indispensables. Sin embargo, este plan sólo podía llevarse a cabo dentro del marco del Pacto Tripartito, esto es sin violar las zonas que se reservaban Berlín y Roma. Y en este sentido se firmaron acuerdos económicos con Alemania e Italia en enero de 1943.

En septiembre de 1942 Tojo reorganizó su gabinete, designando para la cartera de Asuntos Exteriores a Tani y creando de Ministerio de la Gran Asia, para el que nombró titular a Aoki. Por otra parte, además del plan económico fue estructurado un plan político. Tokio acariciaba la idea de conceder una independencia formal —semejante a la del Manchukuo— a algunos de los pueblos liberados de la tutela de los occidentales, manteniendo en cambio bajo su autoridad directa los territorios económicamente más ricos.

Al mismo tiempo, iba preparando la liberación de Asia de la tutela de Inglaterra y de los Estados Unidos. Ya en junio de 1942, el movimiento India independiente, apoyado por el Japón, celebraba su primer congreso bajo la presidencia de Chandra Bose, en Bangkok, capital de Tailandia, convertida en estado vasallo del Japón El 16 de agosto de 1943, una asamblea nacional convocada en Rangún proclamaba la independencia de Birmania, que firmó acto seguido un tratado de alianza con el Japón y declaró la guerra a Inglaterra y a los Estados Unidos. El 15 de octubre de 1943 se proclamó la independencia de Filipinas y el mismo día se firmaba en Tokio un tratado de alianza militar, económica y política entre el Japón y la nueva república, que de hecho quedaba sometida al protectorado japonés.

El 21 de octubre fue constituido en Bangkok el gobierno de la India libre, que enseguida fue reconocido por las potencias del Eje.

Al lado de estos países liberados por el Japón, Indochina, Malasia, Insulindia y las islas del Sur siguieron siendo territorios ocupados, tanto por razón de su riqueza como por su importancia estratégica.

El 5 de noviembre de 1943 se reunió en Tokio el primer congreso de la Gran Asia. En esta reunión delegados japoneses representaban a la metrópoli y a los territorios de Corea y Formosa, que estaban directamente unidos a ella. Las monarquías del Manchukuo y de la Mongolia interior, vasallos del Japón, también enviaron delegados y lo mismo hicieron Tailandia, Filipinas, Birmania e incluso el gobierno testaferro de China. La India no estaba representada oficialmente, pero Chandra Bose asistió al congreso como invitado. Los países ocupados —Indonesia, Malasia, Indochina e islas del Sur— no estaban representados.

El congreso estableció en cierto modo la Carta de la Gran Asia, cuyos acuerdos implicaban, principalmente, ayuda recíproca, organización económica común, respeto a la civilización de cada país e igualdad de razas, todo ello bajo la dirección implícita del Japón.

Dentro del inmenso complejo que debería ser la Gran Asia, el Japón declaraba admitir todas las religiones. En marzo de 1942, Tokio decidió enviar una misión diplomática al Vaticano, pero al mismo tiempo, y en cumplimiento de la prohibición impuesta a todo extranjero de ejercer cualquier mando sobre japoneses, los obispos católicos del Japón y de Corea que no eran nipones fueron sustituidos por nativos.

Poco después se inauguraba solemnemente en Kobe una mezquita y se introducía en la universidad de Tokio la enseñanza del árabe. Los dos budas vivientes —el de Mongolia y el del Tíbet— fueron trasladados al Japón y en octubre de 1943 se organizaron grandes fiestas para celebrar la constitución de una Asociación gran asiatica de jóvenes budistas.

Así, el Japón manifestaba en todos los terrenos —político, económico, intelectual y religioso— su voluntad de convertirse en el centro de la Gran Asia

PIRENNE, Jacques, Historia Universal, Ed. Éxito, 1961, t. 8 págs. 336-352