Lucha por la hegemonía continental

EEUU e Inglaterra. La Carta del Atlántico

La guerra submarina

A pesar del aumento de potencial defensivo que proporcionó a Inglaterra la cesión por los Estados Unidos de cincuenta torpederos, la guerra submarina que llevaba a cabo Alemania obtenía resonantes éxitos. Durante el segundo semestre de 1940, Inglaterra perdió unas 200.000 toneladas de buques cada mes, y en el mes de junio de 1941 había perdido 5 millones de toneladas.

Pero la ocupación por Alemania de una gran parte del continente tuvo como consecuencia que Inglaterra pudiera disponer de 9 millones de toneladas de barcos pertenecientes a los estados ocupados. Además, tanto en Inglaterra como en los dominios y especialmente en el Canadá, se realizó un inmenso esfuerzo de construcción naval. Por otra parte, los Estados Unidos, acentuando la solidaridad que el mar establecía entre ellos e Inglaterra, le cedieron varios petroleros y buques de carga.

La firma del Pacto Tripartito entre Alemania, Italia y el Japón el 27 de septiembre de 1940, pocos días después de la ocupación de las bases marítimas y de los ferrocarriles de Indochina por el Japón fue considerada como una amenaza directa dirigida por los países totalitarios contra los Estados Unidos.

Los Estados Unidos ayudan a Inglaterra en su lucha contra la guerra submarina

La respuesta no se hizo esperar. En el mismo mes de septiembre, y después de algunos ataques submarinos a varios convoyes de buques en aguas del hemisferio occidental, Roosevelt dio orden a los mandos navales de atacar a los buques del Eje que penetraran en aquellas aguas.

Además, y con objeto de aliviar a la marina mercante británica, consiguió en octubre que fuese modificada el Acta que prohibía el transporte de exportaciones a los países beligerantes en barcos norteamericanos. En lo sucesivo, el material entregado a los países aliados —especialmente a Inglaterra— sería transportado en barcos norteamericanos armados, para así hacer frente, en caso necesario, a los ataques de los submarinos alemanes. Esto significaba la entrada en acción de toda la flota mercante norteamericana para llevar a Inglaterra los víveres y productos industriales de los Estados Unidos.

Roosevelt es reelegido por tercera vez y hace votar la ley de préstamo y arriendo

Pocas semanas después de la firma del Pacto Tripartito, la opinión americana demostró que se había dado cuenta de la solidaridad que unía a los Estados Unidos con las democracias al reelegir a Roosevelt —cuya tendencia intervencionista era sobradamente conocida—, como presidente de la República por 27.240.000 votos contra 22.327.000 que obtuvo el candidato del Partido Republicano, Willkie (noviembre de 1940). Pese a la tradición, según la cual los presidentes sólo podían ser reelegidos una vez, era este el tercer mandato que se confiaba a Roosevelt.

Fortalecido con el apoyo de la nación, este pronunció el 30 de diciembre un vibrante discurso en el que declaró que los Estados Unidos debían ser el arsenal de las democracias. El llamamiento fue escuchado y en marzo de 1941 una ley aprobada en el Congreso por 317 votos contra 71 y en el Senado por 60 contra 31, autorizó al presidente para entregar material a los países beligerantes —sin sobrepasar los créditos concedidos por el Congreso— a título de préstamo o arriendo, es decir, con la única obligación de restituirlo después de empleado. Los créditos se fijaban en 1.300 millones de dólares, pero luego fueron aumentando paulatinamente hasta alcanzar, en 1944, los 36.000 millones.

La diplomacia americana sostiene en Europa la resistencia contra Alemania

Al mismo tiempo que los Estados Unidos se disponían a armar y abastecer a las democracias, su diplomacia desplegaba en Europa una gran actividad. En Francia, el almirante Leahy, enviado a Vichy como embajador en noviembre de 1940, presionaba al mariscal Pétain para que no entregase a Alemania las bases coloniales; en Yugoslavia, la diplomacia americana —así como la soviética— alentaba el golpe de estado que en marzo de 1941 había de derribar el régimen del príncipe Pablo en beneficio del rey Pedro, adversario de la colaboración con el Reich; en Grecia impulsaba a la resistencia, y en España trabajaba para conseguir que el gobierno del general Franco se mantuviese en su política de estricta neutralidad.

Los Estados Unidos adoptan medidas para defender sus accesos atlánticos

Tras la aprobación de la Ley de Préstamo y Arriendo, el gobierno de Washington continuó en su política hostil a Alemania y adoptó una serie de medidas para garantizar la defensa de sus accesos atlánticos. En abril de 1941 firmó con Dinamarca un acuerdo concerniente a la defensa de Groenlandia por los Estados Unidos y el 30 de abril los barcos de guerra recibieron la orden de patrullar hasta un radio de mil millas de las costas americanas.

Pero el Reich no se dejaba intimidar. El 24 de mayo, el acorazado Bismarck echó a pique —entre Groenlandia e Irlanda— al acorazado inglés Hood de 42.000 toneladas. Perseguido por la flota inglesa, el Bismarck fue destruido tres días después en aguas de Brest.

Los Estados Unidos comprendieron el reto. La hazaña del Bismarck, llevada a cabo cuando Alemania, mediante una campaña relámpago, acababa de apoderarse de toda la península de los Balcanes, revelaba la voluntad de dominio del III Reich. Y el Congreso respondió reconociendo que los Estados Unidos se encontraban en estado de peligro nacional extraordinario y concediendo a Roosevelt el derecho a tomar decisiones sin consultarle.

En el sistema de defensa atlántica, Islandia iba adquiriendo una importancia esencial. Y a raíz de la ocupación de Dinamarca por las tropas alemanas rompió el lazo dinástico que la unía a Copenhague y se constituyó en estado independiente. El 10 de mayo de 1940, el mismo día que se inició la ofensiva alemana por el Oeste, desembarcaron en Islandia tropas británicas y en junio llegaron tropas norteamericanas para relevarlas.

Los Estados Unidos se aproximan a la URSS

Cuando las tropas alemanas franquearon la frontera rusa, los Estados Unidos no se hallaban en muy buenas relaciones diplomáticas con la URSS. El reparto de Polonia, la anexión de los países bálticos y Besarabia, y la guerra de Finlandia presentaban a la URSS como una potencia tan imperialista como el III Reich. Al producirse la agresión rusa contra Polonia, los haberes y los créditos rusos en los Estados Unidos habían sido bloqueados y el ataque de 1941 no aumentó en absoluto las simpatías norteamericanas hacia Rusia. Los aislacionistas propugnaban se dejase que las dos dictaduras se destrozasen mutuamente.

En cambio, Inglaterra intentó desde los comienzos de la guerra atraerse a la URSS. Churchill envió como embajador a Moscú al socialista de izquierdas Stafford Cripps con el encargo de ofrecer a Stalin una alianza defensiva con Londres. Pero Moscú la rechazó, y después de la anexión de los países bálticos —que Inglaterra se negó a reconocer— las relaciones se enfriaron.

Pero tras la agresión alemana contra la URSS, Londres reanudó su contacto con Moscú el 12 de julio de 1941 las dos potencias firmaron un acuerdo identificándose en los objetivos a conseguir.

Después, considerando Roosevelt que el peligro hitleriano era más inminente que el comunista, hizo caso omiso de la hostilidad que la opinión mostraba hacia Rusia y siguiendo los pasos de Inglaterra se aproximó a Moscú enviando como embajador a Harry Hopkins.

Roosevelt y Churchill firman la Carta del Atlántico

La invasión alemana de la URSS colocó a esta, de grado o por fuerza, al lado de las democracias. Se planteaba así un complejo problema. Por el hecho de ser atacada por Alemania, Rusia no dejaba de ser un estado totalitario y su imperialismo había mostrado ser tan peligroso como el de Berlín. Hasta el momento en que cambió la política alemana, la guerra presentaba caracteres entre una lucha entre la democracia —cuyo adalid seguía siendo Inglaterra— y el autoritarismo totalitario. Al aproximarse los Estados Unidos a Inglaterra lo hacían en la inteligencia de ayudar a las democracias en su lucha contra el totalitarismo. Pero la intervención de la URSS, bien a su pesar, en contra de Alemania exigía una revisión de la política hasta entonces seguida por Londres y Washington.

Para decidirla, Roosevelt y Churchill se entrevistaron (14 de agosto de 1941) a bordo del acorazado inglés Prince of Wales, anclado en la bahía de Terranova. Allí firmaron un acta que había de ser el primer jalón para la formación de una solidaridad entre los pueblos atlánticos y que señalaba los principios esenciales que los Estados Unidos e Inglaterra consideraban como constitutivos de sus objetivos de guerra.

Dicha carta —que tomó el nombre de Carta del Atlántico— afirma que los Estados Unidos e Inglaterra no buscan ningún aumento de territorio, ni de otro tipo y que ambas potencias se comprometen a no hacer ninguna modificación de fronteras contraria a la voluntad de los pueblos. Tam bién reconoce a cada pueblo el derecho de escoger libremente su forma de gobierno y a todas las naciones el acceso a las materias primas; desea la colaboración económica entre todos los estados y declara que después de la destrucción de la tiranía nazi, la paz habrá de garantizar la seguridad internacional. Por último, la Carta proclama la libertad de los mares y anuncia una reducción de armamentos. Al mismo tiempo, Roosevelt y Churchill acordaron tomar personalmente en sus manos la dirección militar y diplomática de la guerra.

Aunque la Carta del Atlántico confirmaba solemnemente la fidelidad de las dos potencias anglosajonas a la libertad económica, estaba evidentemente redactada, en cuanto a los principios de gobierno interior, de forma que no impidiese a la URSS adherirse a ella. Por lo que a tiranía se refiere, solo aludía a la de la Alemania hitleriana y el único artículo que aludía a formas de gobierno interior se limitaba a especificar —desde luego, muy prudentemente—, que los pueblos podían elegirlo por sí mismos con toda libertad.

La URSS se adhiere a la Carta del Atlántico

Al mismo tiempo que firmaban la Carta del Atlántico, inspirada por Roosevelt, como lo demuestra su tono anticolonialista, ambos hombres de estado se pusieron también de acuerdo para acudir en auxilio de la URSS. Para ello se convocó una reunión en Londres a la que asistieron los representantes de los países aliados, incluso de Rusia, y el 24 de septiembre prestaron todos ellos su adhesión a la Carta del Atlántico. Los Estados Unidos abandonaban de hecho su neutralidad.

PIRENNE, Jacques, Historia Universal, Ed. Éxito, 1961, t. 8 págs. 330-335