Lucha por la hegemonía continental

Hitler emprende la guerra contra la URSS

Preliminares de la guerra en el este

Al iniciar la guerra con la invasión de Polonia, Hitler anunció a sus generales que la alianza firmada con Rusia no representaba otra cosa para Alemania que un medio de apoderarse de Europa sin la amenaza de tener que combatir en dos frentes, pero que en cuanto muriese Stalin acabaría de realizar sus planes de hegemonía destruyendo a la URSS. En esa inteligencia, dio su consentimiento para el reparto de Polonia, para la anexión de los países bálticos, para el ataque a Finlandia y más tarde para la anexión de Besarabia y la Bucovina Septentrional.

La anexión de Besarabia situaba a Rusia junto a las bocas del Danubio. Se planteaba, pues, la cuestión de dividir los Balcanes en zonas de influencia de Alemania y la URSS, la cual estaba firmemente decidida a seguir la antigua política de los zares, orientada bacia Estambul.

Pero Hitler no tenía la intención de compartir con Rusia el protectorado que pensaba imponer a los países balcánicos. Moscú no se enteró de ello hasta agosto de 1940, cuando mediante el arbitraje de Viena el Reich e Italia garantizaron las fronteras de Rumania, a la que ya habían arrebatado la mayor parte de Transilvania. Esto equivalía a cerrar a Rusia la puerta de los balcanes, ya que Rumania constituía su vía de acceso.

Para manifestar su descontento, la URSS limitó entonces la ayuda económica que proporcionaba a Alemania con arreglo a los acuerdos de Moscú.

Pocos días después del arbitraje de Viena, Berlín puso sobre el tapete la cuestión del Danubio. La divergencia de puntos de vista entre las dos potencias se puso de manifiesto durante las conversaciones preliminares. Y coincidiendo con esta segunda fisura en el acuerdo de Moscú, el Pacto Tripartito firmado en Berlín el 27 de septiembre de 1940 vino a crear un profundo malestar en Moscú. Poniendo la Europa continental en manos de Alemania, el Mediterráneo Oriental en las de Italia y entregando Asia al Japón, relegaba en la sombra el acuerdo de Moscú y obligaba a la Unión Soviética a considerar la posibilidad de un conflicto con Alemania.

Entre el 11 y el 14 de noviembre, Molotov se presentó a Berlín con objeto de aclarar la situación. Las conversaciones que allí sostuvo con Ribbentrop hicieron patente el irreductible antagonismo que existía entre la URSS y el Reich con respecto a los Balcanes y principalmente con los Estrechos, cuyo dominio pretendían ambas potencias.

La situación se puso extraordinariamente tensa. El 17 de noviembre, Hitler conminaba al rey Boris a adherirse al Pacto Tripartito; el 25, Rusia proponía a Bulgaria un pacto de asistencia mutua. El zar Boris no se decidió ni por el uno ni por el otro.

Stalin no deseaba entrar en la guerra, pero quería frenar el imperialismo alemán en los Balcanes. En enero de 1941 hizo saber a Berlín que consideraba a Bulgaria y a los Estrechos como zonas de seguridad para Rusia. Sin embargo, para no indisponerse con Hitler, consentía en incrementar la ayuda económica a Alemania y en entregarle 2.500.000 toneladas de trigo y 1.500.000 de petróleo. Pero al mismo tiempo, prolongaba a cuatro años la duración del servicio militar y el presupuesto de guerra —que en 1934 ascendía a 5.000 millones de rublos— se elevó a 70.000 millones.

El 2 de marzo, y haciendo caso omiso de la advertencia de Moscú, Berlín envió tropas para que ocuparan Bulgaria. La URSS respondió excitando a Yugoslavia y a Turquía a la resistencia. Sus agentes no fueron ajenos al golpe de estado que derribó de la regencia al príncipe Pablo para poner en el trono al rey Pedro II, que era hostil a Alemania. Y el 5 de abril, mostrando así el interés que concedía a la independencia de Yugoslavia, Rusia firmaba con Belgrado un pacto de no agresión. Acto seguido, Alemania aceptó el desafío y sus tropas invadieron Yugoslavia y Grecia.

Rusia dejó hacer y consintió que Alemania se reservase una zona de ocupación en la frontera turca, frente a los Estrechos.

Las espectaculares victorias que Hitler obtuvo en los Balcanes indujeron a Stalin a cambiar de actitud y a intentar suavizar sus relaciones con el Eje. El 28 de abril reconoció al gobierno anglófobo de Rachid Alí en Irak y el 9 de mayo hizo salir de Moscú a las legaciones de los países ocupados por el Reich, esto es, a las de Bélgica, Noruega, Grecia e incluso de Yugoslavia, a pesar del tratado que apenas hacía un mes había firmado con Belgrado.

Esto equivalía a lanzar un desafío a Inglaterra y a afirmar al mismo tiempo que aceptaba la política balcánica de Hitler.

Sin embargo, en las masas rusas se había despertado el sentimiento eslavo. Moscú contemporizaba, pero no capitulaba. En respuesta al Pacto Tripartito, Stalin, dando de lado los principios que hasta entonces defendiera Litvinov, no ocultó su adhesión a la doctrina preconizada por Berlín, según la cual aquellos estados que no poseen medios suficientes para defender su independencia deben desaparecer. De este modo daba a conocer la voluntad de la URSS de tomar parte en el sojuzgamiento de Europa y Asia al lado del Reich y del Japón.

Para manifestar esta decisión, Stalin se aproximó al Japón. De regreso de Berlín, Matsuoka, ministro de Asuntos Exteriores nipón, fue recibido en Moscú y el 13 de abril de 1941 se firmó entre las dos potencias un tratado de neutralidad y no agresión, por una de cuyas cláusulas el Japón renunciaba a las concesiones mineras que la URSS le había otorgado en el norte de la isla de Sajalín.

Comentando este acuerdo, el diario Pravda recordaba que las relaciones entre la URSS y el Japón siempre se habían desarrollado al margen de toda influencia americana y europea. Así, pues, aunque el acuerdo ruso japonés asociaba indirectamente Moscú al Pacto Tripartito, revelaba por otra parte las afinidades asiáticas que existían entre ambas potencias firmantes, afinidades difíciles de conciliar con los propósitos que informaban a la Wilhelmstrasse.

El acuerdo ruso japonés fue considerado en Berlín, si no como una amenaza, al menos como la afirmación de una política rusa que el Reich debía considerar como contraria a sus proyectos.

Desde aquel momento, Hitler hubo de comprender que la política de hegemonía alemana tenía que conducir forzosamente a una guerra contra la URSS. Y la lucha implacable con Inglaterra confirmó a Hitler en sus proyectos; por un lado, porque la política y los preparativos de la URSS se le presentaban como un peligro para el Reich, y por otro porque daba por descontado que la integración de la URSS en el espacio del Reich le proporcionaría los productos que necesitaba para conseguir la victoria.

Por lo demás, las noticias que llegaban de América impulsaban a Hitler a la acción. No cabía duda de que los Estados Unidos se iban orientando hacia la guerra. La lucha submarina los aproximaba cada vez más a Inglaterra, lo mismo que ocurriera en 1915. Resultaba evidente que América no iba a tolerar que el Reich se instalase en las costas del Atlántico y que consideraría como primera condición de la paz la evacuación de Francia, Bélgica, Dinamarca y Noruega.

Por consiguiente, era preciso que el Reich buscase una posible compensación en las tierras del Este.

Hitler invade Rusia

Hitler se decidió entonces a atacar Rusia. En la noche del 21 al 22 de junio de 1941 —la misma fecha. en que Napoleón inició su memorable campaña de Rusia—, Hitler, pretextando que Rusia había hecho traición a sus compromisos y favorecía la causa de Inglaterra, dio a sus tropas la orden de penetrar en territorio soviético.

Inmediatamente, Italia, Polonia y Rumania declararon la guerra a la URSS; Hungría, Eslovaquia, Croacia y Albania las siguieron de cerca y el día 30 Vichy rompía sus relaciones con Moscú.

Las fuerzas enviadas contra Rusia se componían de 170 divisiones alemanas y 30 finlandesas y rumanas, formando tres ejércitos que operaban por el norte, el centro y el sur.

Los invasores obtuvieron éxitos rapidísimos. El 5 de julio ya habían sido ocupados los países bálticos, y el 10 daba fin la batalla fronteriza. Las tropas rusas se dispusieron a la resistencia en la Línea Stalin, jalonada por las ciudades de Pskov, Vitebsk, Mohilev y Kiev. Pero esta línea quedó rota en septiembre y Kiev y la cuenca metalúrgica del Donetz fueron conquistadas. En Jarkov los alemanes se entregaron a matanzas espantosas, y Odesa y Leningrado fueron sitiadas mientras los ejércitos rusos perdían millares de prisioneros.

Rusia, dispuesta a realizar un inmenso esfuerzo de guerra

En un discurso pronunciado el 2 de octubre, Hitler anunció al mundo que los rusos serían aniquilados antes del invierno. Sin embargo, la URSS no se hallaba tan exhausta como él creía. Ante la necesidad de la guerra, Stalin concentró inmediatamente todos los poderes en manos de un Consejo de Estado cuya presidencia asumió en persona —al mismo tiempo que las funciones de comisario del pueblo en Defensa— y del que encomendó la vicepresidencia al general Vorochilov. Se suprimieron los comisarios políticos del ejército, y con objeto de agrupar a todos los rusos en un mismo sentimiento patriótico, se cerraron los museos antirreligiosos y se estableció una amplia tolerancia religiosa. Por su parte, la Iglesia ofreció su concurso para la defensa de la patria. Se apeló al pueblo pidiéndole un enorme esfuerzo, siendo instauradas la semana de siete días de trabajo en lugar de cinco y la jornada de ocho horas en lugar de siete. También se inició el traslado de las industrias de guerra al este de los Urales. En el mes de agosto, el 75 por ciento de las empresas industriales habían sido trasladadas fuera de la Rusia europea. La movilización total del país estaba organizada, y con objeto de no debilitar los efectivos militares el gobierno recurrió a la mano de obra china.

Stalin proclamó la decisión del gobierno de oponer al invasor una resistencia encarnizada y de llegar, si preciso fuera, hasta practicar el sistema de tierra calcinada, que en 1812 fue lo que llevó la derrota a los ejércitos de Napoleón.

La URSS inicia una nueva política exterior

Rusia no se encontraba sola en su lucha contra Alemania. El 12 de julio de 1941 se firmó entre Londres y Moscú un acuerdo sobre la identidad de objetivos perseguidos, y el 30 de julio el gobierno soviético firmaba un tratado con el gobierno polaco refugiado en Londres declarando anulados los cambios territoriales dispuestos por el tratado germano soviético de 1939. El 15 de agosto, un acuerdo militar polaco soviético autorizaba a Rusia a formar un ejército con los súbditos polacos residentes en su territorio. El 16, Inglaterra y los Estados Unidos ofrecían a Rusia su ayuda, que fue aceptada, y el mismo mes los gobiernos soviético y británico prometían conjuntamente su ayuda a Turquía en caso de que fuera atacada, declarando además que ni una ni otra formulaban ninguna reivindicación sobre los Estrechos.

El ejército alemán, derrotado ante Moscú

En este ambiente se entabló la batalla de Moscú, cuya defensa había sido confiada al general Zhukov. Stalin en persona tomó el mando del ejército y el gobierno se retiró a Kuybichev (Samara), a orillas del Volga. El frío empezaba a dejarse sentir. El Estado Mayor alemán propuso retroceder las líneas para que las tropas pasaran el invierno en posiciones favorables, pero Hitler se opuso. En noviembre fueron lanzadas contra la capital más de cincuenta divisiones. El grueso de las tropas alemanas avanzó hasta treinta kilómetros de Moscú y sus vanguardias incluso llegaron hasta los arrabales de la ciudad. Pero el invierno pudo más. Ante el contraataque de los rusos, acostumbrados al clima, el ejército alemán vaciló y en diciembre fue rechazado a cien kilómetros de la capital.

Entonces, Alemania intentó destruir la ciudad por medio de ataques de aviación, pero se lo impidió la formidable defensa aérea que se le opuso.

Mientras el ejército alemán fracasaba en Moscú, como antes había fracasado en Londres, Leningrado, que se hallaba sitiado, resistía victoriosamente. Y en el sur, en un supremo esfuerzo por defender el acceso al Cáucaso, el ejército soviético recuperó Rostov.

Se repetía la trágica situación por que pasó la Grande Armée de Napoleón, El ejército ruso, que Hitler creía destruido, recuperaba la iniciativa. Para resistir, Hitler tomó personalmente el mando de sus tropas y organizó un sistema defensivo en erizo. Comenzaba un invierno espantoso que iba a costar al ejército alemán más de 250.000 muertos.

PIRENNE, Jacques, Historia Universal, Ed. Éxito, 1961, t. 8 págs. 299-305