Guerras contra PortugalDatos históricos

Fecha 1ª guerra: 1580
Fecha 2ª guerra: 1640-1668
Bando 1 El reino de España
Bando 2 El reino de Portugal

Primera Guerra 1580.

Cuando muere el rey portugués Juan III (1521-1557) deja como sucesor a su nieto, don Sebastián, de tres años de edad. El último monarca de la casa Avís era hijo póstumo del príncipe don Juan y de doña Juana, hermana de Felipe II, y había nacido en 1554.

Ocupó la regencia durante su minoridad su abuela doña Catalina, que entrega su educación a los jesuitas en unos años en que se había exacerbado en la Compañía su celo religioso, lo que acentúa el carácter impulsivo y soñador de don Sebastián, cuyo único anhelo es luchar contra los infieles de África desde su subida al trono en 1568.

De nada valen los consejos de sus capitanes y parientes —incluido de su tío Felipe, que le advierte de los peligros— y así, en 1578 se lanza a la aventura en Marruecos con un ejército de diecisiete mil hombres —portugueses, alemanes, italianos y españoles (unos dos mil)— que entra en combate el 4 de agosto en Alcazarquivir Ksar-el-kebir, donde es destrozado, muriendo el propio don Sebastián, muerte que el sentimiento portugués no quiere creer, dando origen a la leyenda sebastianista del buen rey que volvería cuando el pueblo lo necesitase.

El nuevo monarca, el anciano cardenal-infante don Enrique, abre la cuestión sucesoria, pues la herencia del rico Portugal suscitaba muchas ambiciones. Los pretendientes son Felipe II, doña Catalina de Braganza, don Antonio, prior de Crato, descendientes de infantes o reyes lusitanos y, más lejanos, Catalina de Médicis, los duques de Parma y Saboya e incluso el papa Gregorio XIII.

El que tiene mejores derechos y obra con más habilidad es el rey español asesorado por el cardenal Granvela, que llega de Roma en 1579 y, especialmente por el inteligente diplomático portugués don Cristóbal de Moura, artífice de difíciles gestiones que culminan en el reconocimiento de Felipe II como rey portugués en las Cortes de Almeirín (1580) con la promesa por parte del nuevo monarca de mantener celosamente los fueros y las leyes lusitanas.

Desde este momento se inicia el conflicto bélico, pues mientras una gran parte de la nobleza, el alto clero y grupos de comerciantes aceptan esta decisión que les garantiza la ayuda española para proteger el Imperio colonial, el pueblo, movido por un fuerte sentimiento nacional, se agrupa en torno al bastardo don Antonio, que recibe además en apoyo de Francia e Inglaterra y el de los judíos portugueses. El fervor popular se concentra en Lisboa, donde incluso se forman batallones de mujeres para defender la causa del prior de Crato.

Ante esta situación, Felipe II —que se desplaza a Badajoz, donde enferma gravemente y donde muere su esposa Ana de Austria— despliega su ejército. Por tierra envía al duque de Alba, al que levanta el confinamiento que sufría en Uceda —el rey me manda encadenado a conquistarle reinos, comentará— que llega a la vista de Lisboa (25-VIII-1580), fecha de la batalla de Alcántara, donde obtiene un contundente triunfo sobre las indisciplinadas huestes de don Antonio, que huye hacia Oporto para ser de nuevo derrotado por el veterano capitán español Sancho Dávila. La operación de conquista se completa con la llegada al estuario del Tajo de la escuadra mandada por Álvaro de Bazán.

La victoria fue total y Felipe II entra en Lisboa, en la que permanecerá dos años. Reunidas las Cortes en Tomar (abril de 1581), ante ellas jura como rey, a la vez que ratifica su compromiso de mantener en su propia personalidad histórica y jurídica al reino de Portugal como una pieza más de su monarquía.

Los portugueses siguieron fieles a este compromiso durante los reinados de Felipe III (1598-1621) y Felipe IV (1621-1640), mientras la unidad les beneficiaba, rompiéndolo en 1640 cuando esta hermandad les resulta inútil y aun peligrosa.

Segunda Guerra 1640-1668.

En 1640, los portugueses, después de sesenta años de hermandad con la Monarquía de Madrid, se sentían descontentos y consideraban que la unión no les reportaba ningún beneficio a diferencia de 1580, por lo cual se agrupan en torno a la vieja rama nacional de los Braganza y, tras unos motines precursores —Évora, 1637—, el 1-XII-1640 Juan Pinto Ribeiro, mayordomo de los duque de Braganza, proclama en Lisboa rey a su señor don Juan (IV), casado con la española doña Luisa de Guzmán.

Desde ese mismo día se inicia la lucha contra Felipe IV en los dos frentes bien definidos: el planteamiento internacional de su causa y la guerra abierta, hábilmente conducidos por los dirigentes de la revuelta, nobleza y clero, apoyados por los jesuitas y con el entusiasmo popular.

En lo primero acuden con éxito a Inglaterra y Francia, con quienes conciertan tratados de amistad y ayuda, que se repetirán cuantas veces sea preciso a lo largo de la dilatada guerra que se extiende desde ese mismo año de 1640 hasta 1668, en que se firma la paz con el rey español Carlos II con el reconocimiento de su independencia o restauración.

El ataque portugués sorprende a la Monarquía hispana empeñada en otra guerra, la de Cataluña, y en un momento de evidente decadencia militar —derrotas de las Dunas (1639) y de Rocroi (1643)—, por lo que la lucha a lo largo de la frontera lusa será poco brillante, pespunteada de avances y retiradas, con un ejército sin brío, formado en la mayoría de los casos por gentes reclutadas a la fuerza y carente de capitanes como en otros tiempos.

En cambio, por parte de los enemigos, al entusiasmo inicial vino a unirse una entrega total y bien organizada de la guerra, que les permitió superar contratiempos y derrotas hasta alcanzar la victoria final. Cuentan, además, desde el primer momento con el aliento de sus colonias que, excepto Ceuta, reconocen al nuevo rey. Al principio los portugueses se dedican a devastar el sur de Galicia sin llegar a penetrar a fondo.

En 1644 el ejército español, al mando del marqués Torrecusa, se enfrenta al enemigo en la batalla de Montijo, que queda indecisa. Al año siguiente, el marqués de Leganés sitia la plaza portuguesa de Olivenza, mientras las tropas del portugués Castelho Melhor entran por tierras de Badajoz, quedando la situación estabilizada durante algunos años. En 1658 tiene lugar uno de los episodios más destacados cuando los lusitanos ponen sitio a Badajoz, que es bien defendido por el marqués de Lanzarote.

En cambio, en 1659 los portugueses se tomarán venganza cuando, al intentar don Luis de Haro tomar la plaza de Elvas, es rechazado por Luis de Meneses, conde de Castañeda, en la batalla de las Líneas de Elvas. Entre esa fecha y 1663, la suerte es varia, con algunos triunfos del nuevo jefe español, don Juan José de Austria (conquista de Aronches y Évora, hasta llegar a pocas leguas de Setúbal), pero los portugueses hacen un esfuerzo supremo, ayudados por franceses e ingleses, y obtienen las dos victorias decisivas de esta guerra: Ameixial (1663) y Montes Claros (1665).

La España de Carlos II no tiene más remedio que conceder la independencia en el tratado de Lisboa-Madrid, de 13 de enero de 1668.

CEPEDA GÓMEZ, José, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 592-594.