Guerra de anexión de Portugal

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Preliminares
La Guerra 1580

Preliminares

La política matrimonial de los Reyes Católicos y de Carlos V dio, en 1580, un fruto tardío que fatalmente tenía que malograrse: la corona de Portugal vino a recaer, por herencia, en el rey de España Felipe II.

Retrato del rey Juan III de PortugalRetrato del rey Juan III de Portugal.

Veamos como. El rey de Portugal Juan III (1521-1557) estuvo casado con Catalina, hermana de Carlos V, muy querida de los portugueses. Los numerosos hijos de este matrimonio se iban malogrando, hasta quedar como príncipe heredero el enfermizo don Juan (n. 1537), que en 1550 casó con su prima carnal Juana, hija de Carlos V y de la emperatriz Isabel. Don Juan falleció el 2 de enero de 1554, y el 20 del mismo mes nació su hijo póstumo y único, el rey Sebastián de Portugal. La princesa Juana volvió a Castilla el 15 de mayo del mismo año, llamada por su hermano el príncipe Felipe [II] para encomendarla el gobierno de Castilla. El 11 de junio de 1557 murió el rey portugués Juan III, y pasó el reino a su nieto Sebastián, bajo la tutela de su abuela Catalina, que gobernaría el reino hasta que el niño alcanzase la edad de veinte años.

Con la muerte de Juan III se plantea el problema de la unidad ibérica. Carlos V, retirado en Yuste, manejaba los hilos de la complicada trama que había de llevar a Felipe II, ya rey de España, al trono portugués, comenzando por encomendar a San Francisco de Borja la delicadísima misión de descubrir al regente de Portugal las aspiraciones españolas.

Desde aquel momento, la corte portuguesa se convirtió en un hervidero de intrigas, y doña Catalina acabó por renunciar a la regencia en 1562. De ella se hizo cargo el cardenal-infante don Enrique hermano de Juan III; pero, contra lo dispuesto por este, declaró mayor de edad a don Sebastián el día que cumplió catorce años, que fue el 26 de enero de 1568. El joven rey portugués, educado de manera inadecuada por el jesuita portugués Luis Gonçalves de Cámara, repugnaba el matrimonio y ansiaba luchar contra los infieles en África. Sin que lograran disuadirle de su decisión de tomar el mando de las tropas preparadas para una campana de intervención en Marruecos, el 14 de junio de 1578 embarcó en Lisboa, y el 4 de agosto murió en la desastrosa batalla de Alcazarquivir.

El 27 de agosto fue reconocido por rey de Portugal el cardenal-infante don Enrique (1578-1580), hijo de Manuel I (1495-1521) y hermano de Juan III. El rey-cardenal tenía sesenta y seis años, y desde el día que subió al trono las cancillerías europeas empezaron a preocuparse de su sucesión.

Don Antonio.Don Antonio.

Se la disputaban cuatro nietos de Manuel I, un biznieto y una descendiente de antiguos reyes portugueses. Eran los nietos: Felipe II, hijo de la emperatriz Isabel, la hija mayor del rey Manuel; Manuel Filiberto, duque de Saboya, hijo de Beatriz, hija segunda del repetido rey; don Antonio, prior de Crato, hijo del infante don Luis, también hijo de don Manuel, y de la hermosa judía Violante Gómez, la Pelicana. Ranucio Farnesio era biznieto del rey don Manuel, como hijo de doña María, hija mayor del infante don Duarte, hijo del antedicho monarca. Doña Catalina, duquesa de Braganza por su matrimonio, era hija del infante don Duarte, hijo del rey don Manuel. Finalmente, la reina de Francia, Catalina de Médicis, alegaba, para fundar sus aspiraciones, ser descendiente de la condesa Matilde de Bolonia, esposa de Alfonso III de Portugal (1248-1279).

Descartando de estos aspirantes a la reina de Francia, a Ranucio Farnesio y a Manuel Filiberto de Saboya, los que verdaderamente iban a luchar por el trono portugués eran Felipe II, Catalina de Braganza y don Antonio, prior de Crato, aunque el prior, por no estar legitimado, no tenía en realidad derecho alguno a la sucesión. Catalina tenía, sobre Felipe, la ventaja de su ascendencia masculina, y Felipe, sobre Catalina, la ventaja de ser varón.

Don Antonio había sido educado, como tantos otros bastardos reales, para la Iglesia; pero pronto empezó a mostrar ambiciones e inclinaciones muy diferentes. En la corte era muy estimado. Acompañó al rey don Sebastián en su desacertada expedición africana y en Alcazarquivir quedó prisionero de los marroquíes. Rescatado, volvió a Portugal y se presentó inmediatamente como candidato al trono. Nadie más querido que él entre las clases populares y el bajo clero; pero sus violencias no eran gratas al alto clero ni a la nobleza. El rey cardenal se vio obligado a desterrarle de Lisboa. Ante el pueblo se presentaba el prior como el defensor de la libertad de Portugal, como un nuevo Maestre de Avis, mientras regateaba con los representantes de Felipe II el precio de su retirada.

Doña Catalina de Braganza estuvo, al principio, en las mejores condiciones para alcanzar el trono. Contaba con el apoyo del rey-cardenal y tenía a su favor a la Compañía de Jesús; estaba casada con el primer noble del reino, descendiente de los antiguos reyes de Portugal. Sus enormes riquezas le permitían pagar la adhesión de las personas que la cobraban cara. Pero su marido el duque, un avaro orgulloso y descortés, incapaz de exponer el ducado y sus riquezas en una partida en que había de tener por adversario a Felipe II, anuló todas estas ventajas, y sus primitivos partidarios fueron a engrosar el partido del rey de Castilla.

Felipe II.Felipe II.

Felipe II se hallaba, al plantearse el problema, en situación muy difícil. Sus derechos eran, cuando menos, iguales a los de Catalina de Braganza; pero las principales potencias europeas —Francia e Inglaterra— y el mismo Papa veían con temor ese hipotético aumento de poder. La unidad ibérica, el dominio sobre toda la Península, venía siendo aspiración de los reyes españoles, más que del pueblo español; pero en Portugal nadie era partidario de ella: el rey, la nobleza, el clero y el pueblo temían por su independencia política y, aun reconociendo el derecho que asistía al monarca español, preferían cualquier solución antes que esta Julián Mª Rubio. Felipe Il y Portugal, Madrid 1927, pág. 131.

Si triunfó el rey de España fue porque los dos pretendientes portugueses eran muy inferiores a él, Don Antonio, como ha dicho un escritor portugués de nuestros días, no pasaba de ser un aventurero, y los duques de Braganza acabaron por aprovecharse de la revuelta situación para engrandecer su casa, ya opulentísima. Portugal, que en 1383, por no tener por rey al de Castilla, había seguido al Maestre de Avis, en 1578 no halló a quien seguir. Pero como tenía muy arraigado su sentimiento nacional, el reconocimiento del rey español era lógicamente una cosa pasajera, y no tardó en llegar a la separación, en 1640.

Fue agente de Felipe II don Cristóbal de Moura, portugués que había residido en España al servicio de la infanta doña Juana, el cual, con gran habilidad, iba formando un fuerte partido felipista, especialmente entre la nobleza y el alto clero, aunque no lograra atraerse al influyente obispo La Guardia, que tomó el partido del prior. Felipe colaboró oportunamente en el rescate de los prisioneros portugueses de Alcazarquivir para atraerse el favor popular e incluso llegó a un acuerdo con don Antonio, que se rompió en última instancia por sus exorbitantes peticiones.

Entonces el pretendiente buscó el apoyo de los judíos portugueses que además de facilitarle sumas de dinero le pusieron en contacto con Londres y con Guillermo de Orange; asustado el viejo cardenal ante la actitud levantisca del prior y temeroso de una posible introducción del protestantismo en Portugal, reunió Cortes en Almeirín (1580): se confirmó definitivamente la ilegitimidad de don Antonio, y la nobleza y el alto clero con don Enrique y el obispo del Algarbe, Ossorio, se decidieron por Felipe II, no sin las vehementes protestas de los representantes de las ciudades.

El 31 de enero de 1580 fallecía don Enrique y fueron nombrados gobernadores interinos por las Cortes, el arzobispo de Lisboa, don Juan de Mascarenhas, don Diego López de Sosa, don Juan Tello de Meneses y don Francisco de Saa. Todos eran favorables a Felipe II, excepto Tello de Meneses. Los gobernadores fueron en embajada a consultarle a Guadalupe (Badajoz), donde la corte se había trasladado (marzo de 1580), ante los acontecimientos que en Portugal se avecinaban, y le pidieron que renunciara a un ataque militar hasta obtener una confirmación definitiva de las Cortes portuguesas. Felipe contestó que su derecho era el legítimo y que no necesitaba, por tanto, ninguna confirmación: la intervención militar que preparaba no estaba dirigida contra el pueblo, cuyas leyes prometía respetar, sino contra los rebeldes que a su justo derecho se oponían.

Mientras tanto, el duque de Osuna, embajador de España en Lisboa, confirmaba en las Cortes las ideas del monarca: los cargos serían desempeñados, excepto la regencia, por portugueses, y estos tendrían en todos los Estados sometidos a Felipe II la misma condición que los castellanos, pudiendo alcanzar en la corte de Madrid la misma categoría que estos. España ayudaría a Portugal, las Cortes portuguesas no se abolían y se suprimirían las aduanas existentes.

La Guerra

Para mandar las tropas eligió el rey al anciano duque de Alba que acudió de su destierro de Uceda, y el 13 de junio de 1580 desfiló ante el monarca, en Cantillana, el ejército invasor. Al conocerse la noticia en Lisboa, el pueblo ofreció la corona al prior de Crato, mientras Moura conseguía escaparse milagrosamente de la capital, reuniéndose con el rey en Badajoz.

El ejército avanzó con gran orden y corrección, y pronto se ocupó toda la zona del sur del Tajo, nombrándose gobernador de las ciudades conquistadas a un portugués adicto a España. El 17 de junio los gobernadores acataban a Felipe como rey y se declaraba a don Antonio enemigo de la patria. A las puertas de Lisboa se dio la batalla decisiva en Alcántara (25 de agosto de 1580), interviniendo tropas de mar y tierra mandadas respectivamente por el marqués de Santa Cruz y por Sancho Dávila y Marco Antonio Colonna, que dominó el puente de Alcántara que dio nombre al combate.

El rey cayó gravemente enfermo de peste, y la desorientación que este hecho produjo permitió a don Antonio refugiarse en el norte de Portugal, donde fue de nuevo derrotado en las cercanías de Oporto por Sancho Dávila, y tuvo que huir a Francia. Por fin entró Felipe II en Portugal, una vez repuesto de su grave enfermedad, de la que murió, sin embargo, su cuarta esposa, doña Ana de Austria, y siguiendo los consejos de Moura aparecía en todas partes rodeado de portugueses, y el 5 de diciembre acogía afablemente al duque de Braganza, uno de sus antiguos competidores, premiando su sumisión con el cargo de condestable y con el Toisón de Oro.

En abril de 1581 se reunieron Cortes en Thomar, por estar Lisboa atacada por la peste; todos los cargos fueron repartidos entre los portugueses, y Felipe, para hacer honor a su nuevo título de rey de Portugal, aparecía siempre vestido a la lusitana. Tan hábil fue su política que fue clamorosamente ovacionado a! hacer la comitiva regia su solemne entrada en Lisboa (27 de julio).

No renunció don Antonio a su empresa, y organizó un grupo de resistencia en las Islas Terceras. Frente a las Isla de San Miguel (julio de 1582) fue aplastada por Santa Cruz la escuadra Portuguesa: el prior se refugió en Francia, no sin antes saquear con los restos de su flota las islas Canarias; pero su intento había ya fracasado definitivamente, y pronto todo el imperio colonial portugués se sometía a Felipe.

Las Cortes habían reconocido como heredero al infante don Diego, pero, fallecido este 21 de noviembre de 1582), hubo de retrasar la vuelta a España, y, por fin, fue jurado el infante don Felipe (enero de 1583). De gobernador y regente quedó en Lisboa el archiduque don Alberto de Austria, sobrino del rey. Este abandonó Portugal el 11 de febrero de 1583, y el 24 de marzo de 1553 llegaba a El Escorial.

Tres años exactamente había costado la anexión de Portugal, pero con ella el imperio de Felipe II se convertía en el más poderoso de la tierra. Supo el rey respetar las leyes portuguesas; en todos los asuntos concernientes a su nuevo reino se aconsejaba exclusivamente de portugueses: su tacto le permitió resolver un problema cuya solución se buscaba desde tiempos de los Reyes Católicos. No hay, sin embargo, que olvidar a Cristóbal de Moura, verdadero artífice de la incorporación, ya que sin su labor oscura, pero eficacísima, este principio de unificación no se habría seguramente producido.

ALONSO-CASTRILLO, Álvaro, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo N-Z, págs. 300-303.