Europa, entre el liberalismo y autoritarismo

La evolución democrática fortalece el autoritarismo en Rusia

Al desgarrarse en una odiosa lucha fratricida, que todos los beligerantes, por razones de imperialismo disfrazadas con declaraciones de principio, quisieron llevar hasta la victoria decisiva, Europa perdió definitivamente la hegemonía que había conquistado en el mundo. La guerra de 1914-18 señala uno de los cambios más bruscos que haya conocido la Historia. Llegada a la cumbre de su poder, por el hecho de haber abandonado el liberalismo por el imperialismo y la doctrina de la soberanía nacional por un misticismo nacionalista o racial, Europa se derrumbó, agotada y exangüe.

De repente se evidencia que la idea de Europa, en torno a la cual la diplomacia había intentado establecer el equilibrio del mundo, no responde a ninguna realidad profunda. No cabe duda de que el principal error de liberalismo fue el haber creído en la posible extensión a todos los países de las instituciones del parlamentarismo liberal. La revolución rusa, iniciada bajo el signo del parlamentarismo y cándidamente aceptada como tal por las potencias occidentales, no necesitó sino unos meses para hacer desaparecer el barniz de occidentalismo que representaban los liberales rusos. El pueblo ruso, amorfo y sin ninguna noción de lo que significaba el ejercicio de las libertades individuales, era incapaz de darse un gobierno parlamentario, tenía que entregarse a una dictadura que se hiciese instrumento de sus aspiraciones sociales e igualitarias. Todos los pueblos occidentales habían pasado por una evolución que, jalonada de revoluciones liberales contra el absolutismo, fue entregando paulatinamente el poder a la nación. La emancipación individual, realizada paralelamente a la emancipación económica, condujo a la concepción de soberanía nacional. Las revoluciones liberales no provocaron grandes trastornos, ni siquiera sociales, sino que adaptaron las instituciones a un orden nuevo que se implantó paulatinamente en la vida social y en las costumbres, y fueron casi siempre incruentas porque solo intentaron imponer al Estado instituciones que la evolución natural de la opinión hacía necesarias. Por el contrario las revoluciones sociales fueron sangrientas porque aspiraban a transformar la organización de la sociedad mediante la fuerza.

La revolución rusa de 1917, en tanto fue liberal y constitucional, no representó más que a una parte ínfima de la nación. La masa no pedía libertad política sino reformas sociales profundas, la miseria la empujaba a reclamar las tierras de los grandes propietarios porque se imaginaba que la desaparición de la gran propiedad rural significaría también el término de su pobreza. El pueblo no comprendía las ideas liberales; en cambio, le entusiasmaba la propaganda marxista que le prometía la igualdad. Y la idea de igualdad es incompatible con la de libertad, Si Lenin derribó con tanta facilidad el gobierno de Kerensky es porque aquel gobierno quiso hacer la revolución fundándose en la libertad, cuando lo que el pueblo reclamaba era la igualdad, que solo podía realizarse en contra de la libertad.

Esto explica que la evolución democrática que en todo el Occidente favoreció la instauración, de regímenes liberales y parlamentarios se presentase en Rusia bajo una forma autoritaria cuya expresión fue la dictadura.

El marxismo, que fracasó en Occidente porque se convirtió en un socialismo penetrado de humanismo, encontró en Rusia terreno adecuado a sus teorías de dictadura y de violencia. Lenin, cuyo programa era estrictamente marxista, intentaría constituir progresivamente instituciones sociales comunitarias por la eliminación de las antiguas clases poseedoras o dirigentes. La revolución rusa, para formar el estado comunista sobre principios inconciliables con el régimen preexistente y con las ideas liberales, necesitaba eliminar aproximadamente a un 15 por ciento de la población. Esto había de ser obra de una decena de años.

Al emprender este camino que la mantendría en su tradición de autoritarismo, Rusia se declaraba antípoda del Occidente, La antítesis entre la civilización marítima y liberal y la civilización continental, antiindividualista y autoritaria, se reveló por la ruptura que en 1917 tuvo lugar entre Rusia y el Occidente y con ella se inició una crisis que en el transcurso de cuarenta años había de propagarse al mundo entero, dividiéndolo en dos formas incompatibles de civilización.

Desmembramiento de Austria

Al desencadenar fuerzas profundas y romper moldes existentes, la guerra destruyó la autocracia zarista y levantó en Rusia un mar de fondo aprovechado por la ideologia marxista; también al favorecer la mística nacionalista hizo derrumbarse el edificio históricamente arcaico que constituía el Imperio austrohúngaro. No fueron las condiciones impuestas por los vencedores las que desmembraron al imperio de los Habsburgo pues antes de la intervención aliada ya estaba destruido por la acción de los movimientos nacionales. Los checos habían proclamado su independencia, polacos y rumanos se separaban del imperio, los eslavos del Sur decidían unirse a Servia y los alemanes de Austria proclamaban su incorporación al Reich alemán, mientras Hungría, negada por los pueblos eslavos y rumanos a quienes habla pretendido imponerse, se erigía en república magiar, en cuyo seno iban a producirse, por influencia de la revolución rusa, grandes agitaciones sociales. Lo mismo que en Rusia, la destrucción de los moldes viejos para dejar paso a las corrientes naturales determinó el hundimiento del régimen. Ahora bien, en tanto que en Rusia esas corrientes presentaban un carácter social, en la doble monarquía adoptaban la forma de un misticismo nacional. Dando la espalda a Occidente, al que estaban ligados por la monarquía de los Habsburgo, los países del Danubio bajo y medio, como los pueblos del otro lado del Elba, atraídos por la mística de la Gran Servia, de la Gran Rumania, y de la Polonia independiente, se inclinaron hacia la Europa oriental. Se venían abajo las antiguas fachadas, dejando a la vista la verdadera estructura política y social de la Europa oriental. Y esta —excepción de Checoslovaquia, que por la larga tradición de sus instituciones estaba ligada a Occidente y a las ideas individualistas del humanismo— se mostraba repentinamente dominada por el problema agrario, resucitó ya en Occidente desde mucho tiempo atrás, y por los problemas sociales que este lleva consigo, así como por un nacionalismo basado en el idioma y en la raza.

También en los países bálticos se manifestó este brote de nacionalista. Pese a las amenazas que la revolución rusa y las tropas alemanas de ocupación hacían sentir sobre ellos, Finlandia, Estonia, Letonia y Lituania afirmaron su independencia replegándose a un nacionalismo exclusivo.

Crisis del imperio alemán

De los tres estados continentales, el único que sobrevivió a la tormenta fue Alemania. Cierto que la monarquía se hundió y que tuvo que aceptar la pérdida de sus territorios polacos, de la parte danesa del Schleswig y de Alsacia-Lorena. Pero, pese a la crisis que iba a sufrir, el imperio alemán mantendría intacto su poderío y reanudaría casi sin interrupción la política de imperialismo que la condujo a la guerra y a una derrota que pronto se negaría a reconocer. El mantenimiento de la unidad alemana al continuar asociando las partes occidentales del país y los territorios del otro lado del Elba, la mantendría en el estado híbrido que presentaba desde que en 1813 Talleyrand entregó a Prusia las provincias renanas. Contra este bloque vencido pero no destruido, vinieron a estrellarse las corrientes que arrastraban a Rusia y a los pueblos de la Europa central y oriental. Alemania quedaba más poderosa que antes de 1914 porque ya ningún contrapeso podía ser obstáculo a su política de imperialismo. Por la voluntad manifiesta de los alemanes de Austria de integrarse en el imperio alemán, los proyectos de una Mitteleuropa, que ya fueron formulados antes de la guerra, se convertían en realidad en el momento de la derrota. El movimiento de las nacionalidades, que tanto perjudicó al imperio austrohúngaro, trabajaba ahora a favor de Alemania, que iba a dejar sentir su peso irresistible sobre una Europa balcanizada.

Las crisis rusa y austríaca habían hallado su trágico desenlace; la crisis alemana que dio lugar a la guerra, lejos de encontrar su solución, volvería a surgir después de la caída del imperio con una agudeza exacerbada. Apenas proclamada, la República alemana se encontraba ante un problema casi insoluble: el de unir en un mismo estado, que ya no debía ser un imperio autoritario, las poblaciones del Sur y del Oeste, cuya evolución histórica y cuya formación intelectual y social las ligaban al Occidente, y las poblaciones del otro lado del Elba, ajenas a esta evolución y casi tan incapaces como los pueblos rusos de adaptarse a un régimen basado en las ideas del humanismo.

En Alemania iba a empeñarse la lucha entre el liberalismo y el autoritarismo, entre la soberanía nacional y el nacionalismo racial, entre el concepto de la colaboración internacional y el del imperialismo pangermanista.

Los países occidentales conservan sus instituciones parlamentarias

Fueron precisa y únicamente los países occidentales, cuyas instituciones liberales hubiesen podido parecer más débiles que las de los imperios autoritarios, los que conservaron intactos y sin atravesar ninguna crisis grave sus regímenes parlamentarios, porque estos respondían a su desarrollo normal y porque bajo el efecto de los continuados cambios de ministerios el poder conserva siempre la facultad de adaptarse a la opinión. Los regímenes parlamentarios, sometidos a la prueba de la guerra, mostraron entonces más estabilidad que ninguna otra forma de gobierno por el hecho de ser realmente democráticos, o lo que es lo mismo, por emanar de la voluntad nacional.

La Europa Central, entre las tendencias occidentales y el régimen soviético

Tras cuatro años de guerra, el antiguo equilibrio de Europa estaba destruido. Por un lado, Europa, en lugar de extenderse hasta el Ural, se hallaba limitada por una línea trazada desde el Neva hasta el Prut. Todos los regímenes absolutistas se habían hundido. En lugar de los tres imperios que en 1914 se repartían la Europa central, esta se hallaba ahora desmembrada, por voluntad de los pueblos, en diez estados, todos ellos constituidos en repúblicas y de los que solo uno, Alemania, seguía siendo una gran potencia.

Las monarquías subsistían solamente bajo la forma constitucional y, excepto en España, asociadas al régimen parlamentario.

En Europa se dibujaban claramente dos mundos: el uno, que desde la frontera rusa profundizaba hacia el Este, empeñado en una evolución autoritaria e igualitaria, y el otro, exactamente opuesto, constituido por los países occidentales, democráticos y parlamentarios.

Entre ambas zonas se extendía la masa de la Europa central, cuya evolución histórica al oeste del Elba se relaciona con la de Occidente, mientras que al este de dicho río la configuración social se acercaba a la que Rusia mantuvo con anterioridad a 1917. La llave de la Europa central, balcanizada por la guerra, se encontraba por tanto en Alemania.

Moscú intenta provocar la revolución mundial

Al aceptar la paz de Brest-Litovsk, Lenin especuló el contagio del comunismo ruso para lanzar a Alemania a una revolución marxista. La derrota alemana no podía sino confirmar aquella esperanza de que la revolución comunista se extendiese, primero a la Europa central y después al mundo entero. Mientras se dos teorías que se repartían a Europa, el humanismo y el marxismo, se enfrentaban irreductibles hasta en la entraña del socialismo, entre adversarios y partidarios de la dictadura del proletariado. Y en marzo de 1919, los socialistas ganados a la causa de la revolución comunista se reunieron en Moscú para fundar la III Internacional, dirigida por el Komintern. Como de hecho el estado soviético se confundía con el Komintern, Moscú se colocaba así al frente de un movimiento revolucionario universal.

Y cuando los aliados se reunían en París para dar nuevas normas al mundo, Moscú, confundiendo los intereses del imperialismo ruso con los del comunismo internacional, iba a intentar unir, bajo su obediencia, a los vencidos, a los oprimidos, a los revolucionarios y a todos aquellos que repudiaban el humanismo liberal sobre el que las naciones, victoriosas querían edificar el porvenir.

Revolución comunista e instauración de la República en Alemania

Al producirse el 10 de noviembre de 1918 la caída del imperio, los dos partidos socialistas alemanes, bajo el mando de Ebert, a quien Max de Baden había cedido el dia anterior las funciones de canciller, se unieron para constituir un gobierno provisional de comisarios del pueblo. Inmediatamente, Ebert pidió al general Hindenburg que conservara sus atribuciones y al general Groener que estuviese preparado para combatir la revolución de la extrema izquierda.

El 11 de noviembre, el católico Erzberger, en nombre del gobierno, firmó el armisticio de Rethondes, y el 12 Ebert levantaba el estado de sitio, proclamaba la amnistía, la ley de las ocho horas, el sufragio universal y anunciaba la socialización de las industrias, que en lo sucesivo estarían dirigidas por consejos de obreros. Pero en vez de llevar la calma a la opinión, esta proclama desencadenó en todas partes huelgas y disturbios y produjo en Alemania una serie de movimientos separatistas. En el Este, Posnania y Prusia oriental se unían a Polonia, mientras en el Oeste la política anticlerical de Berlín favorecía el movimiento separatista renano. En todas partes se constituían consejos de soldados al lado de los consejos de obreros. En Berlín, un comité ejecutivo de los consejos —formado sobre modelo ruso— pretendía arrebatar el gobierno a los comisarios del pueblo. Al mismo tiempo, entre estos se produjo la misma escisión que se estaba manifestando en el congreso socialista de Berna; Ebert, representando la tendencia occidental, quería mantener el régimen parlamentario, en tanto que los independientes —comunistas—, conducidos por Haase y a los que apoyaban los extremistas Liebknecht y Rosa Luxemburg, pretendían instaurar la dictadura del proletariado. Para combatir al comunismo, Ebert llamó al general Groener y los sindicatos se pusieron a su lado. Como los bolcheviques en Rusia, los espartaquistas en Berlín, bajo la dirección de Liebknecht, se oponían a la formación de una asamblea constituyente, pero contrariamente a lo que había ocurrido en Rusia fue la tendencia moderada la que venció, El congreso de los Consejos de obreros y soldados se pronunció por la convocatoria de una Asamblea nacional y el Partido Socialista se dividió entonces en fracciones. En la lucha que se entabló inmediatamente los espartaquistas fueron aplastados; cientos de cadáveres cubrieron las calles de Berlín y entre ellos se encontraban los de Liebknecht y Rosa Luxemburg. Así terminó en Alemania la experiencia revolucionaria.

Ebert sustituyó a los comisarios del pueblo dimisionarios por tres socialistas demócratas, uno de los cuales, Noske, emprendió en seguida la organización de cuerpos francos para combatir a los comunistas. Separados del gobierno, estos ya no representaban más que una fuerza rebelde. Sin embargo para derrotarla los socialistas demócratas necesitaron a los oficiales del ejército que en lo sucesivo ejercerían una presión constante sobre el poder.

Las elecciones de enero de 1919, que llevaron a la Asamblea nacional los diputados encargados de hacer la Constitución de la república, fueron desastrosas para los comunistas. De 421 escaños, sólo obtuvieron 31. Por primera vez en Europa, fueron elegidas treinta y nueve mujeres. La Asamblea se reunió en Weimar para sustraerse a la presión de los movimientos populares de Berlín y Ebert fue elegido presidente de la República. El gobierno, formado por el socialdemócrata Scheidemann, fue una coalición de socialistas, católicos y demócratas, partido que representaba a los antiguos liberales. Ahora bien, la calle pertenecía a los extremistas, hostiles al parlamentarismo. En Hamburgo, Bremen, Brunswick, Halle y Düsseldorf, el gobierno tuvo que encargar al general Groener de reprimir las insurrecciones comunistas. En marzo se desencadenó una sublevación comunista que el gobierno hizo aplastar por los cuerpos francos, armados de ametralladoras y que costó 1.200 muertos. Meses antes, las elecciones de Baviera habían puesto en minoría al gabinete socialista, cuyo jefe Kurt Eisner fue asesinado por los nacionalistas. El 6 de abril, un nuevo gabinete socialista, constituido por Hoffmann fue derribado por una insurrección comunista que proclamó la república de los consejos. Noske volvió a llamar a los cuerpos francos: El 19 de mayo. Munich fue tomado por las tropas y gran número de comunistas fueron fusilados.

Este fue el último movimiento comunista de importancia. La República parlamentaria vencia, pero su triunfo la ponía a merced del Ejército, dominado a su vez por la acción nacionalista. La República había de verse forzosamente turbada por movimientos extremistas.

Revolución comunista en Hungría

En Hungría, como en Alemania, la revolución estalló en noviembre de 1918. A raíz de la renuncia del emperador Carlos fue proclamada la república en Budapest (10 de noviembre), que dirigida por el conde Karolyi, convertido al socialismo, anunció la instauración del sufragio universal, una reforma agraria y la socialización de las grandes industrias y de los bancos. Nombrado presidente de la República en enero de 1919, intentó gobernar con un gabinete socialista, pero Bela Kun, un periodista judío que había sido prisionero de guerra en Rusia, estaba organizando el Partido Comunista con soldados desmovilizados y obreros sin trabajo. Así fue iniciada la revolución. Karolyi recurrió en vano a los franceses para que acudiesen a mantener el orden; fueron las tropas rumanas, servias v checas las que marcharon sobre Budapest. Sin embargo, los comunistas, apelando al nacionalismo magiar y alardeando de ser los paladines de la restauración de la unidad húngara, se apoderaron del poder. El 21 de marzo de 1919, una asamblea de los Consejos de obreros y soldados proclamó la dictadura proletaria, liberó a Bela Kun, que había sido encarcelado, y le puso al frente de un Consejo de comisarios del pueblo erigido en gobierno provisional. Y Bela Kun instauró seguidamente un régimen terrorista.

Mientras, en Szegedin, y protegidos por las tropas francesas de ocupación, el almirante Horthy, el archiduque José y el conde Bethlen formaron un grupo revolucionario, a pesar de que Italia, por hostilidad hacia los servios, había entablado relaciones con Bela Kun. En el mes de julio, los aliados rompieron con el gobierno comunista, que no vaciló en declararles la guerra. La lucha era desigual. Los rumanos intervinieron en Budapest y el archiduque José fue nombrado regente del reino de Hungría, pero ante la negativa de los aliados a reconocerle cedió la regencia al almirante Horthy, que estableció un régimen dictatorial. Si en poco más de cuatro meses Bela Kun ordenó 1.581 ejecuciones, la dictadura de derechas que le sucedió no anduvo en remilgos. Y la corriente liberal que antes de la guerra había contaminado a una pequeñísima minoría de húngaros desapareció ante la amenaza marxista. Hungría se había librado de los comunistas, pero se desviaba de las instituciones occidentales.

Moscú intenta provocar una revolución en los balcanes

Después de los fracasos en Alemania y Hungría, Moscú, que no renunciaba a sus proyectos de revolución mundial, intentó bolchevizar los Balcanes procurando hacer de Bulgaria el centro de una Unión de estados eslavos campesinos, organizada conforme al sistema de los soviets.

Después de su derrota, Bulgaria quedó entregada a la dictadura revolucionaria y violenta del jefe del Partido Campesino, Stambuliski.

Ya antes de concertarse el Tratado de Neuilly, Stambuliski —que lo firmó en nombre de la nación— era el jefe indiscutido de Bulgaria, sin que ni el rey, menor de edad, ni la atemorizada clase media, intentasen oponerse a él. La reforma agraria, la implantación del trabajo obligatorio y la demagogia de sus colaboradores daban a su gobierno un cariz proletario del que Moscú creyó podría aprovecharse, pese la hostilidad que hacia el comunismo había ya demostrado Stambuliski.

Dirigida por Kolarov, la Federación Comunista búlgara creó células por todo el país, incluso en Servia, y estallaron huelgas revolucionarias que Stambuliski reprimió actuando con energía contra los culpables. En 1924, Stambuliski fue asesinado y los conservadores se hicieron dueños del poder.

El Partido Comunista desencadenó entonces revueltas sangrientas. La agitación se prolongaría durante años, pero el complot comunista había fracasado, no sin ser la causa de la dictadura real que en 1930 acabaría por imponerse, aislando definitivamente a Bulgaria del régimen parlamentario que en vano había intentado adoptar a imitación de Occidente.

Así, pues, cuanto más se avanzaba hacia el Este, más profunda era la división entre el Occidente y los pueblos continentales, para los cuales el problema esencial no era el de las instituciones políticas, sino el de la reforma agraria, mediante la cual se realizaría su evolución democrática.

PIRENNE, Jacques, Historia Universal, Ed. Éxito, 1961, t. 7 págs. 154-161