Revolución rusa y derrumbamiento de Imperios

La revolución rusa
Derrumbamiento Imperios Centrales
Los armisticios

La revolución rusa

En Petrogrado, las revueltas degeneran en insurrección
Reunión política en la fábrica Putilov, Petrogrado.Reunión política en la fábrica Putilov, Petrogrado.

Al mismo tiempo que la entrada en guerra de los Estados Unidos constituía para la Entente una promesa de victoria, estallaba en Petrogrado una revolución que venía a comprometer la situación de los aliados al determinar el derrumbamiento del frente ruso. A fines de 1916, la situación en Rusia se había puesto tan tensa que los aliados temían que el zar negociase una paz por separado. A la oposición de la burguesía liberal, de la Duma y de los zemstvos, y a la actitud revolucionaria del Partido Socialista, vino a añadirse una efervescencia popular provocada por la escasez de alimentos. En marzo de 1917 se produjeron disturbios en Petrogrado. El pueblo pedía pan y bajo el influjo socialista la revuelta degeneró en revolución. El presidente de la Duma telegrafió al zar pidiéndole un gobierno que gozase de la confianza del país. El 12 de marzo, los insurrectos se apoderaron del arsenal y las tropas se negaron a intervenir. El gobierno dimitió.

Nicolás II abdica y Rusia se convierte en república

Inmediatamente se constituyeron, independientemente del zar, dos poderes: el Comité ejecutivo de la Duma y el Soviet de obreros y soldados. El primero era el órgano de una revolución liberal; el segundo, de una revolución social de carácter marxista. El 14 de marzo, los dos poderes, tan opuestos en sus concepciones políticas, se unieron para formar un gobierno presidido por un liberal, el príncipe Lvov; el Soviet de obreros y soldados estaba representado por Kerensky, diputado socialista. Se llegó a un acuerdo consistente en la abdicación del zar en favor de un miembro de la familia imperial, pero Nicolás II, persistiendo en su rígida actitud, encargó al general Ivanov de marchar sobre Petrogrado y restablecer su autoridad.

Mientras, el emperador salió para el palacio imperial de Detskoie Selo, pero su tren fue detenido por soldados insurrectos. Marchó entonces a Pskov, consultó a sus generales y bruscamente abdicó en favor de su hermano el Gran duque Miguel (16 de marzo). Pero el gran duque renunció a la corona y, vacante el trono, Rusia se convirtió en una república.

El gobierno provisional continúa la guerra

Los aliados, que temían una paz por separado, acogieron la revolución rusa con esperanza, como si fuera posible que el imperio, lanzado a una revolución política y social, pudiese encontrar nuevas fuerzas para sostener una guerra que ya le estaba resultando difícil de sobrellevar.

Los primeros actos del gobierno provisional fueron de un liberalismo magnánimo. Se convocó una asamblea finesa para dar a Finlandia una Constitución que le concediese la autonomía dentro del imperio; se proclamó la independencia polaca a reserva de una alianza militar con Rusia y el gobierno se pronunció en favor de las nacionalidades de Austria-Hungría, declarándose dispuesto a la creación de un estado checoslovaco y a la unidad de los eslavos del Sur. La revolución rusa, como todas las revoluciones, se proyectaba fuera de las fronteras del imperio poniendo los cimientos de un plan de agrupación de todos los pueblos eslavos en torno a la madre Rusia. Sin embargo, empezaban los desacuerdos en el gobierno: Miliukov quería realizar los objetivos de guerra rusos anexionándose Constantinopla, en tanto que Kerensky era contrario a todo lo referente a anexiones.

Lenin entra en escena

Entonces, desde Suiza, Lenin. declaró que se pronunciaba en contra de la alianza de los liberales y socialistas, con lo que virtualmente se iniciaba la lucha entre las dos revoluciones cuyas tendencias ya se mostraban contradictorias. En el seno del gobierno provisional, los liberales sólo representaban una idea política, en tanto que los soviets disponían de las tropas de Petrogrado.

En las ciudades, la opinión estaba dividida y en las aldeas los campesinos eran indiferentes a la forma que pudiera tomar la revolución; sólo querían la tierra para ellos. El ejército, desorganizado por la dimisión de los oficiales zaristas y desquiciado en pocas semanas por las ideas de la revolución social, dejó prácticamente de existir. La paz inmediata que exigían los soviets iba a imponerse por la fuerza de los acontecimientos.

Los alemanes dejan que Lenin se traslade a Rusia

Con objeto de apresurar la revolución y, si esta triunfaba, la capitulación de Rusia, los alemanes trasladaron a Lenin y a sus principales colaboradores a Rusia en un coche blindado (abril 1917). Al llegar, Lenin reunió en torno suyo a todos los grupos socialistas y Kerensky organizó la oposición contra Miliukov, que se vió obligado a renunciar a la idea de anexionarse territorios extranjeros. Lenin, adversario del individualismo y de la autocracia zarista, lanzó un llamamiento al pueblo invitándole a derrocar al gobierno provisional. La revuelta estalló el 4 de mayo, pero fracasó, a pesar de lo cual Kerensky provocó la dimisión de Miliukov y la modificación del gobierno provisional. De la cartera de Asuntos Exteriores se encargó el progresista Terechenko, quien hizo saber a los aliados que su gobierno rechazaba toda idea de paz por separado, pero que su gobierno deseaba se llegase cuanto antes a una paz general (19 de mayo).

Derrumbamiento del frente ruso y graves descalabros aliados

Al estallar la revolución rusa, los mandos inglés y francés, tras muchas discusiones, llegaron a establecer el mando único para la ofensiva de primavera. En abril, el general Nivelle lanzó una gran ofensiva franco inglesa, pero el derrumbamiento del frente ruso había permitido al Estado Mayor alemán transportar la casi totalidad de sus fuerzas al frente Oeste y la operación fracasó por completo Y como se produjeran sediciones en el ejército francés, Nivelle fue relevado de su mando y reemplazado por Petais, militar sumamente popular —era considerado como el vencedor de Verdún— que levantó la moral de las tropas. Foch fue nombrado jefe del Estado Mayor general y se acordó la consigna de resistir hasta que llegaran los americanos.

Los fracasos se sucedieron: en mayo, los italianos fueron vencidos en Carso y el general Sarrail ante Salónica; en agosto, otra ofensiva italiana fue desarticulada en el Isonzo; en octubre, la contraofensiva austro alemana en Caporetto terminó con un desastre para el ejército italiano, que se retiró hacia el Piave, y en noviembre fue detenida ante Cambrai una ofensiva que, por primera vez, se hacía con carros de asalto. Solo un éxito pudieron apuntarse: en junio de 1917, habiendo exigido los aliados la abdicación del rey de Grecia —a consecuencia del conflicto producido en diciembre de 1916, cuando las tropas francesas desembarcaron en Atenas, con evidente violación de la neutralidad griega, fueron recibidas a tiros— en su segundo hijo Alejandro, Venizelo partidario de la Entente, formó gobierno y rompió con los Imperios centrales.

Se aleja la amenaza de la guerra submarina

Entretanto, la Entente, aunque vencida en tierra, conservaba el dominio de los mares. En abril de 1917, la guerra submarina había hecho perder a los aliados 874.000 toneladas, pero oponiéndole nuevos medios de defensa las pérdidas fueron decreciendo. El bloqueo de Inglaterra había fracasado, en cambio, los aliados iban a cuadruplicar su flota mercante. A fines de 1917 dispondrían de las cinco sextas partes de la marina mercante del mundo, con un total de 30 millones de toneladas.

Repercusiones de la Revolución Rusa

La revolución rusa, no sólo modificó las condiciones de la guerra al suprimir el frente del Este, sino que planteó en todas las naciones de ambos bandos graves problemas internos. En respuesta a su llamamiento, en todas partes se agitaron las minorías revolucionarias. Los soviets hicieron que, en mayo de 1917, los holandeses convocasen en Estocolmo una conferencia socialista internacional, a la que acudieron delegados de varios países beligerantes con la aprobación secreta de los gobiernos aliados, que no deseaban abandonar por completo la conferencia a la influencia de los delegados rusos.

En Francia, la Federación de Obreros Metalúrgicos lanzó la consigna de la revolución y la situación adquirió verdadera gravedad, desencadenándose en mayo y junio importantes huelgas. También se produjeron motines en el ejército. En agosto, los socialistas se separaron del gobierno Ribot, que se vio obligado a dimitir, y se negaron a participar en el gabinete Painlevé. Esto, que fue la ruptura de la unión sagrada, coincidió con la divulgación de grandes escándalos financieros. Painlevé no pudo hacer frente a todo ello y fue derribado por la extrema derecha y los socialistas.

En Gran Bretaña, importantes huelgas de obreros metalúrgicos —pretextando que el gobierno, para enviar hombres al frente, intentaba contratar mujeres—, ganaban la partida mientras los soldados iban al continente a exponer su vida por una paga mísera.

En Italia, la oposición ejercida por los socialistas adquirió caracteres tan graves que el gobierno tuvo que declarar en septiembre el estado de sitio. Entonces es cuando los partidarios de la continuación de la lucha fundaron el Fascio, grupo de unión nacional.

En Alemania, más de 125.000 obreros se declararon en huelga en las fábricas de municiones, que el gobierno tuvo que militarizar para evitar un paro que hubiese sido desastroso.

En Austria-Hungría, los checos y los eslavos del Sur, incitados por las declaraciones de los revolucionarios rusos, afirmaron en el Reichsrat sus aspiraciones nacionales, que según dálmatas y servios no podían realizarse más que por la constitución de un estado yugoslavo.

El emperador Carlos, en lugar de oponérseles por la violencia, proyectaba formar un ministerio con representación de todas las nacionalidades del imperio. También deseaba ampliar el derecho de sufragio en Hungría. Tisza, que se oponía a ello, presentó la dimisión, siendo reemplazado por Esterhazy y, más tarde, por Wekerle, partidario de una política de compromiso.

Los tumultos no perdonaron tampoco a los estados neutrales: en Dinamarca provocaron la escisión de la unión nacional; en Suecia, la caída del gobierno; en Suiza, una viva agitación social, y en España huelgas revolucionarias que en Madrid y en Bilbao hicieron necesarias la intervención del ejército.

El temor a la revolución provoca un movimiento en pro de la paz

Estos trastornos sociales en todos los países vinieron a apoyar el movimiento de aquellos que querían poner fin a la guerra mediante una paz por transacción. Al estallar en 1917 la revolución rusa, Carlos I, comprendiendo que el único medio de salvar el Imperio austrohúngaro era hacer la paz lo antes posible, envió a su cuñado el príncipe Sixto de Borbón-Parma, oficial del Ejército belga, para que se pusiera secretamente en contacto con el gobierno francés. Como bases de paz, sugería la rehabilitación de Bélgica y Servia en su soberanía —concediéndose a la última una salida al Adriático— y la restitución de Alsacia y Lorena a Francia. El conde Czernin fue el encargado de conseguir que Alemania aceptase restituir Alsacia y Lorena a cambio de la cesión de toda la Polonia rusa. El canciller, que se daba cuenta de la gravedad que representaba para Alemania la entrada en guerra de los Estados Unidos, acogió favorablemente la proposición de Czernin.

En abril de 1917 se iniciaron conversaciones entre el canciller Von Bethmann-Hollweg, Ludendorff y Hindenburg para la fijación de las condiciones de paz, que por influencia de los militares fueron que Alemania se anexionase por el Este las regiones que sus tropas estaban ocupando en Curlandia y Lituania, hasta cerca de Riga, y tuviese libertad de acción en Polonia; Austria-Hungría recibiría mejoras en Servia y se anexionaría la mayor parte de Rumania, Rusia había de recibir la Galitzia oriental en compensación de Polonia. Por el Oeste, Bélgica quedaría bajo una intervención alemana, Lieja y la costa belga serían ocupadas militarmente y no se pretendería la devolución de Alsacia y Lorena, aparte de una estrecha faja al sudoeste de Mulhouse; en cambio, Alemania había de anexionarse la cuenca de Briey-Longwy.

Se hicieron sondeos en Francia, pero Briand se negó a examinar ninguna proposición que no implicase antes la restitución de Alsacia y Lorena.

La paz victoriosa que deseaba el Gran Cuartel General alemán sólo podría ser dictada por las armas. Ahora bien, en el Reichstag, los socialistas y los católicos se orientaban hacia una paz sin anexiones ni indemnizaciones y el canciller había adoptado este punto de vista. El Cuartel General exigió su dimisión y fue sustituído por Michaelis, que había de ser un instrumento en manos de los militares. El 19 de julio, el Reichstag votó una moción dando a conocer su deseo de una paz por transacciones y de reconciliación entre los pueblos.

Al mismo tiempo, Benedicto XV, a instancias del conde Czernin, encargaba al nuncio en Munich, monseñor Pacelli, algunas gestiones de sondeo en Alemania y Austria y días después (9 de agosto) publicaba una nota en la que aconsejaba una paz basada en el arbitraje, limitación de armamentos, libertad de los mares, renuncia a indemnizaciones de guerra, statu quo ante por la evacuación de los territorios ocupados y, por último, restauración de la soberanía de Bélgica. La nota no mencionaba a Polonia.

Como el papa no se había puesto al habla con los países de la Entente, su nota fue considerada como de inspiración alemana y no obtuvo respuesta. Solo Inglaterra hizo saber al papa que —sin mencionar Alsacia y Lorena— en lo concerniente a Bélgica, no tenía conocimiento de ninguna declaración alemana acerca de su restauración e indemnización, gestión que hizo temer en Francia que, por intermedio del Vaticano, se llegase a un acuerdo entre Londres y Berlín referente a la cuestión belga. Además, también Carlos I quería inducir a Guillermo II a un acuerdo parecido, pero Ludendorff quería conservar Lieja y el Almirantazgo exigía la costa belga.

Entretanto, entre Roma y Viena se habían iniciado negociaciones, pero la derrota italiana en Caporetto vino a interrumpirlas. Después, no volvió a hablarse de paz separada con Austria Hungría y Carlos I comunica al papa que no admitía ninguna concesión territorial a Italia (noviembre). Roma había dejado escapar la ocasión que parecía presentarse de una defección austrohúngara.

Por lo tanto, se rechazó la sugestión del Vaticano, aunque parece ser que Berlín intentó aún entablar conversaciones secretas con Londres.

Los bolcheviques triunfan sobre los liberales

Mientras en Europa se desarrollaban estas negociaciones, ocurrían en Rusia acontecimientos de incalculable alcance histórico. Se planteaba la cuestión de saber si Rusia, y con ella parte del mundo, se orientarían hacia el liberalismo occidental o hacia una revolución marxista. No cabe duda de que las revoluciones suelen ser obra de minorías, pero de minorías que representan, concretándolas, las confusas aspiraciones del pueblo, y el pueblo ruso, por razón de su evolución histórica en el transcurso de los siglos, era totalmente ajeno al individualismo y al humanismo de Occidente. La inmensa masa campesina, que carecía de tierras y a quien los deficientes métodos de cultivo reducían a la miseria, no se preocupaba poco ni mucho de reformas políticas: queria la tierra y la supresión de las cargas territoriales. Y para canalizar esta profunda corriente, no existía más solución que la que pudiese proporcionar una reforma agraria.

Una revolución liberal realizada solo en un plano político no podía hacer frente al marxismo, y esto los liberales no lo comprendieron. Frente a ellos, también los socialistas constituían una pequeña minoría, pero esta se hallaba bien organizada en las ciudades y había tenido la habilidad de realizar en el campo y en el ejército una intensa propaganda cuyo objetivo era el reparto de las tierras.

Lenin se había dado cuenta de que para hacer la revolución comunista tenía que proceder por etapas: primero, destruir la clase media apoyándose en la campesina, a la que serían entregadas las tierras después, constituir con su ayuda una dictadura sostenida por los soviets de obreros y de soldados y, finalmente, una vez eliminada la clase media mediante expropiación, deportación o matanza, imponer a la masa campesina una organización colectivista que suprimiría la propiedad individual.

Alexander KerenskyAlexander Kerensky

En julio de 1917, a raíz de la última ofensiva del general Brossilov, la fracción bolchevique que dirigía Lenin intentó en Petrogrado un golpe de mano que fue dominado por los cosacos, huyendo Lenin a Finlandia. Sin embargo, el resultado fue entregar la presidencia del gobierno provisional que ejercía el príncipe liberal Lvov al socialista Kerensky, quien se encontró en seguida en oposición con el general Kornilov, que quería restablecer la disciplina en el Ejército. Y Kerensky lo destituyó, con cuyo acto el gobierno provisional rompía con el mando militar. Kornilov intentó marchar sobre Petrogrado, pero los soldados no le siguieron y fracasó. Este conflicto provocó la dimisión de los miembros demócratas del gobierno provisional (octubre) Kerensky reformó su grupo, que en lo sucesivo estuvo dominado por los socialistas.

Con todo, Rusia iba hacia la anarquía. El brusco desmoronamiento en plena guerra del régimen autocrático la sumía en una crisis de autoridad, agravada por el serio problema económico de la falta de víveres y la depreciación de la moneda. Y la propaganda revolucionaria, que no podía desear mejor terreno, provocó graves disturbios en el campo y motines en el ejército durante los que fueron asesinados muchos generales.

En medio de esta anarquía, Kerensky no pareció darse cuenta de que su gobierno —que él mismo privó del apoyo del ejército y no había sabido captarse a la clase campesina— carecía por completo de apoyo. Mientras, Lenin, que había regresado secretamente a Petrogrado, ponía en marcha los dispositivos del plan que, apoyándose en los soldados por la promesa de una paz inmediata y en los campesinos por el anuncio del reparto de las tierras, había de conducir a la dictadura del proletariado. El 1 de noviembre, Lenin lanzó el llamamiento para el golpe de estado y el día 5 la guarnición de Petrogrado se unió a los soviets.

Entonces, dándose cuenta Kerensky del vacío sobre el que había intentado edificar su revolución reformista, se apresuró a retirar del frente a la caballería y a los alumnos de las escuelas militares para castigar a los miembros del comité militar de la guarnición, pero era demasiado tarde. En la noche del 6 al 7 de noviembre —el 25 de octubre, según el calendario juliano utilizado en Rusia—, la insurrección, apenas iniciada, triunfó en Petrogrado. Y mientras Kerensky intentaba reunirse con las tropas, el Soviet de Petrogrado derrocó al gobierno provisional. Al día siguiente, el congreso de los soviets otorgó el poder a un Consejo de comisarios del pueblo presidido por Lenin.

Kerensky trató todavía de organizar con el general Krassnov un cuerpo de caballería cosaca, mientras que en Petrogrado el municipio formaba un Comité de salvación pública para hacer frente a los bolcheviques. Pero al destituir a Kornilov, Kerensky había roto el instrumento que ahora intentaba en vano emplear. El cuartel general proclamó su neutralidad y el ejército permaneció pasivo. En vano ofreció Kerensky a los bolcheviques la suspensión de la guerra civil que acababa de iniciarse; rehusaron. Los cosacos abandonaron una lucha que prometía ser estéril y Kerensky huyó al extranjero.

Así terminó la primera etapa de una revolución que los aliados de Rusia acogieron con tan inconsciente alegría.

La Revolución Rusa

El Congreso de los soviets tomó el poder el 8 de noviembre; el 9, el Consejo de comisarios del pueblo decretó la confiscación de las tierras de los grandes propietarios y de la Iglesia y su entrega a comisarios agrarios cantonales. Mientras tanto, se constituían soviets compuestos por diputados designados por los campesinos y el Consejo de comisarios del pueblo anunciaba la paz sin anexiones ni indemnizaciones. El 14 de noviembre, otro decreto entregó a los obreros la intervención de las fábricas.

Los aliados, lejos de comprender la situación y resistiéndose a reconocer la autoridad de los comisarios del pueblo, protestaron ante el Cuartel General de la eventualidad de una paz por separado. El Consejo de comisarios respondió destituyendo al general Dukonin —que fue asesinado— y lo reemplazó por el alférez Krylenko, que inmediatamente dirigió al Cuartel General alemán una petición de armisticio.

El conde Czernin, que temía el contagio de la revolución rusa, preconizaba que las tropas alemanas y austrohúngaras marchasen sobre Petrogrado, pero los mandos no deseaban inmovilizar tropas en el Este y el armisticio fue aceptado.

Rusia firma la paz de Brest-Litovsk

El 3 de diciembre de 1917 comenzó en Brest-Litovsk la conferencia del armisticio y el 15 se acordó la suspensión de hostilidades. Durante dos meses, los ministros de Asuntos Exteriores Kühlmann y Czernin discutieron las condiciones de paz con Kamenev y Joffé, sustituido después por Trotsky. Los delegados rusos se negaban a aceptar anexiones, mas como Rusia se encontraba sin defensa frente a los Imperios centrales, Trotsky propuso desmovilizar el ejército sin firmar la paz.

Esto produjo el efecto previsto por los revolucionarios rusos. En Berlín y Viena estallaron grandes huelgas para imponer una paz sin anexiones con Rusia y en Bohemia se produjeron disturbios reclamando la independencia.

En junio de 1917, la asamblea nacional ucraniana, constituida en Kiev después de la abdicación del zar, había instaurado la autonomía de Ucrania y en noviembre se negó a reconocer la autoridad del gobierno provincial establecido por los bolcheviques y proclamó a Ucrania como república independiente. El 10 de enero de 1918, los delegados ucranianos se presentaron en Brest-Litovsk y fueron admitidos por los Imperios centrales a participar en la conferencia del armisticio, pero las fuerzas bolcheviques invadieron Ucrania y constituyeron un gobierno ucraniano bolchevique en Jarkov.

El 9 de febrero fue firmada la paz entre los Imperios centrales y Ucrania. Pero el mismo día, Kiev fue tomado por los bolcheviques y los ucranianos no pudieron hacer otra cosa que llamar en su ayuda a Alemania y Austria.

Al mismo tiempo, Finlandia, con el apoyo de Alemania, se constituía en estado independiente. Trotsky, negándose a reconocer el tratado de paz con Ucrania, rompió las negociaciones y poco después las tropas alemanas penetraban en Ucrania sin encontrar resistencia. Lenin, para salvar la revolución, se declaró dispuesto a firmar la paz. Las condiciones de los Imperios centrales eran duras: Alemania, que tenía Polonia en su poder, exigía la cesión de Curlandia, Lituania, Livonia y Estonia, la evacuación de Ucrania por las tropas bolcheviques y, además, el trato de nación más favorecida durante siete años. En espera de la aceptación por el gobierno revolucionario, las tropas alemanas continuaron su avance. Cuando el 26 de febrero la delegación rusa presidida por Sokolnikov volvió a Brest-Litovsk, los alemanes habían llegado a Narva, a 150 kilómetros de Petrogrado. El tratado se firmó el 3 de marzo y en él Rusia renunciaba a los estados bálticos y a Polonia, reconocía la paz con Ucrania y aceptaba las cláusulas económicas exigidas por los plenipotenciarios alemanes.

El gobierno de los soviets había sacrificado a Rusia en aras de la revolución bolchevique, en espera del levantamiento del proletariado internacional.

Rumania capitula

La capitulación de Rusia dejó a Rumania a merced de los Imperios centrales. Y el rey Fernando llamó al poder a Averescu, el cual pidió la paz cuyos preliminares fueron firmados en Buftea el 5 de marzo. Rumania se comprometía a ceder la Dobrudja y aceptaba una rectificación de fronteras en los Cárpatos. Alemania obtenía el monopolio de la explotación de los petróleos rumanos y la opción, hasta 1926, para la exportación de cereales, carnes y quesos; además, el tratado de comercio anterior a la guerra volvía a entrar en vigor, se prohibía a Rumania aumentar los derechos de aduana hasta 1930 y de establecerse la Mitteleuropa se aceptaba la unión aduanera con Alemania. Estas cláusulas, por las que Rumania renunciaba a la independencia económica, fueron confirmadas por el Tratado de Bucarest (mayo de 1918).

Derrumbamiento Imperios Centrales

La Entente se prepara para la batalla decisiva

El rápido derrumbamiento de Rusia y la supresión del frente del Este colocó a la Entente ante el peligro de una ofensiva con todas las fuerzas de los Imperios centrales, decididos a conseguir la victoria antes de la intervención americana. Para preparar la resistencia, los estados de la Entente reforzaron sus poderes ejecutivos hasta convertirse casi en dictaduras: en Inglaterra, Lloyd George ejerció en realidad los plenos poderes, y en Francia, donde Clemenceau había sucedido a Painlevé en noviembre de 1917, el gobierno obtuvo en febrero el derecho a disponer por decretos en todo lo concerniente a la vida económica. La opinión se revistió de marcada rigidez y el delito de traición fue perseguido sin debilidades; por haberse mostrado partidario de una paz por transacción, Caillaux fue juzgado y condenado por el Tribunal Supremo.

En Italia, la derrota de Caporetto había restablecido la unión sagrada. Orlando sucedió a Boselli al frente de un gabinete de coalición, y Luzzati, secretario del Partido Socialista, fue detenido por incitar a los socialistas italianos a declararse solidarios de la república proletaria rusa. En los Estados Unidos, el Congreso confirió al presidente poderes de excepción (mayo 1918).

Al mismo tiempo, las potencias aliadas decidían coordinar su acción militar. En noviembre de 1917 se creó en París un comité interaliado para el armamento, el avituallamiento y el arqueo de los navíos. En febrero de 1918, el general Foch fue encargado de la organización de una reserva general, aunque Inglaterra continuó oponiéndose a la unidad de mando en las operaciones militares y a la constitución de reservas generales.

El presidente Wilson formula sus catorce puntos

Al mismo tiempo que las potencias de la Entente tensaban el resorte de sus fuerzas, el presidente Wilson, al formular en enero de 1918 los catorce puntos que presentaba como principios de una paz justa y duradera, dio a la causa de la Entente el carácter de una cruzada por el triunfo del derecho y la libertad. Estos puntos, respecto a los cuales ni Francia ni Inglaterra habían sido consultadas, iban a imponerse a ellas. En el momento de intervenir en el campo de batalla, los Estados Unidos se constituían en árbitros desinteresados. Los catorce puntos implicaban: la paz sin ocultaciones, ni diplomacia secreta; supresión de barreras económicas en la medida de lo posible; reducción de armamentos; cambio de garantías entre las potencias para afirmar la seguridad nacional de todos los pueblos; regulación de las cuestiones coloniales dentro de un espíritu imparcial, teniendo en cuenta los deseos de los pueblos; absoluta libertad de navegación, tanto en tiempo de guerra como en épocas de paz; evacuación de Bélgica, sin limitar su independencia; restitución de Alsacia y Lorena; reconstitución de un estado polaco independiente con acceso al mar y derecho para Rusia de fijar libremente su desarrollo político; rectificación de las fronteras de Italia conforme a la línea de las nacionalidades— lo que constituía una desautorización al Tratado de Londres, firmado al entrar Italia en la guerra; cambio amistoso de impresiones en los Balcanes para un arreglo territorial basado en los lazos de fidelidad y en las diferencias de nacionalidad creadas por la Historia; plena posibilidad de desarrollo autónomo para las nacionalidades que integraban Austria-Hungría —Wilson no quería desmembrar Austria-Hungría— y constitución de una Sociedad de Naciones para procurar a todos los estados, grandes y pequeños, garantías mutuas de independencia política e integridad territorial.

Estos catorce puntos se apartaban sensiblemente de los objetivos de guerra, establecidos por los tratados entre potencias, especialmente en lo referente a aumentos territoriales reclamados por Italia, atribución del Sarre a Francia, constitución de la orilla izquierda del Rin en estado autónomo, división en zonas de influencia de los países árabes del Asia Anterior y reparto de las colonias alemanas. Inglaterra y Francia respondieron con breves declaraciones en las que también aludían a la independencia polaca y al respeto de las nacionalidades.

Este principio se confirmó en el mes de abril en Roma, en un congreso de las nacionalidades oprimidas de Austria-Hungría, que proclamó su voluntad de destruir la doble monarquía, y en el mes de mayo los checos y los yugoslavos afirmaron en Praga su solidaridad en el deseo de independencia.

Franceses e ingleses deseaban que la Entente hiciese entonces una declaración mostrándose de acuerdo sobre la formación de un estado yugoslavo, pero el gobierno de Italia les notificó su disconformidad.

Los Imperios Centrales inician una ofensiva decisiva y fracasan

En la primavera de 1918, Alemania estaba decidida a aplastar a los aliados en pocos meses. En el mes de marzo, el ejército alemán, reforzado por las tropas procedentes del Este, intentó romper el frente atacando en Saint-Quentin el punto de contacto de los ejércitos inglés y francés. Por primera vez en el frente Oeste, fue rota la línea inglesa y el ejército alemán se precipitó en la brecha, pero las dificultades en el aprovisionamiento retardaron el avance y las tropas francesas rehicieron la línea. Como consecuencia, los ingleses aceptaron el mando único, que fue confiado al mariscal Foch.

En abril, los alemanes emprendieron nuevas ofensivas contra el frente inglés y en mayo contra el francés en el sector de Reims, ataque este último que llegó hasta el Marne, donde fue contenido. El frente alemán formaba entonces una gran bolsa, apoyada, por un lado, en las montañas de Reims y, por el otro, en la meseta de Soissons, donde emplazaron un cañón de largo alcance que bombardeó París. En junio fue cortada una ofensiva austríaca sobre el Piave. El 15 de julio los alemanes lanzaron en Argonne un nuevo ataque en masa, pero el mando francés lo había previsto y la ofensiva cayó en el vacío.

Los aliados pasan a la ofensiva

Tres días después, una ofensiva francesa en Villers-Cotterets cogió de flanco la bolsa donde estaba concentrado el ejército alemán y lo obligó a una rápida retirada a la línea Reims-Soissons. El inmenso esfuerzo que Alemania había hecho resultó vano. En el mes de julio había en Francia más de un millón de soldados americanos y Alemania no podía esperar ya la victoria. Estaba ya dispuesta a negociar cuando el frente francés se puso en movimiento en Amiens. Ante este golpe, las tropas alemanas cedieron replegándose a la línea Sigfrido, mientras los americanos, que se presentaban por primera vez en el frente, cruzaban el Mosa por Saint-Mihiel. A fines de septiembre fueron lanzadas simultáneamente tres potentes ofensivas en dirección a Mezières, Valenciennes y Brujas, esta última bajo el mando del rey Alberto I. Al mismo tiempo, un ataque procedente de Salónica determinaba el derrumbamiento del frente búlgaro.

Otra ofensiva de los ingleses en Palestina dio por resultado la toma de Tiberiades y, en quince días, los turcos perdían los países árabes.

A primeros de octubre, el ejército italiano cruzaba a su vez el Piave y se lanzaba al asalto de las líneas austriacas.

Coincidiendo con este desmoronamiento de todos los frentes de los Imperios centrales, en Rusia el régimen bolchevique se veía amenazado por las tropas blancas del general Alexeiev y sobre Siberia se cernía la amenaza de un ataque japonés. Entonces el gobierno bolchevique pidió ayuda a Alemania, a lo que mediante la garantía de que Rusia no la atacaría por el Este se comprometió a devolverle parte de Ucrania y ayudarla a aplastar el ejército de Alexeiev.

Por otro lado, Berlín hacía saber a Washington que, si se le restituían sus colonias, Alemania estaba dispuesta a devolver a Bélgica su independencia. Viena, por su parte, propuso negociaciones el 14 de septiembre sin suspender las operaciones, advirtiendo a Berlín de que Austria no podría resistir hasta el invierno.

Bulgaria capitula

El 26 de septiembre, mientras en todos los frentes cedían los ejércitos alemanes, Sofía pidió el armisticio, obteniéndolo mediante la evacuación de los territorios servios y griegos y la ocupación por los franceses de las bases estratégicas en Bulgaria. Con ello Turquía quedaba incomunicada con los Imperios centrales.

Abdicación del emperador Guillermo II

Bruscamente, se veía que la situación de Alemania era desesperada. En una conferencia celebrada en el Cuartel General de Guillermo II, sus generales le expusieron que a Alemania no le quedaba otro remedio que solicitar un armisticio y pedir la paz sobre la base de los catorce puntos del presidente Wilson. Además, el Cuartel General, intentando salvar la dinastía, proponía se estableciese en Alemania el régimen parlamentario. Ante este estado de cosas, Guillermo II designó para el puesto de canciller al príncipe liberal Max de Baden y el 4 de octubre el gobierno alemán pidió la paz a Washington, mientras Max de Baden anunciaba al Reichstag la instauración del régimen parlamentario y del sufragio universal en Prusia.

Pero la respuesta americana fue decisiva: los aliados no negociarían la paz con el régimen imperial, sino únicamente con los representantes del pueblo alemán. Era un llamamiento a la revolución. Ludendorff quería continuar la lucha a toda costa, pero Max de Baden exigió su dimisión y le hizo reemplazar por el general Groener. El mismo día 26 de octubre se derrumbaba el frente austro húngaro y al siguiente el gobierno alemán comunicaba a Washington que estaba dispuesto a capitular sin condiciones. Pero el emperador se negaba a abdicar. El 3 de noviembre se sublevó la flota de Kiel, que el Almirantazgo quería enviar al combate; el día 7, el movimiento se extendió a Hannover, Brunswick, Colonia y Munich, donde el socialista Kurt Eisner proclamó la caída de la dinastía y formó un consejo de obreros y soldados, y el 8 se constituyeron soviets en Dresde y Leipzig. Mientras, la ofensiva aliada rompía el frente y llegaba a Amberes, Bruselas, Charleroi y Mezières.

Los socialistas exigieron la abdicación amenazando con abandonar el gobierno, pero Guillermo II seguía negándose, hasta que el 9 de noviembre y ante la declaración de la huelga general en Berlín y la amenaza de que el ejército pactase con la revolución —los depósitos de víveres de Dusseldorf, Colonia y Coblenza habían caído en poder de los consejos de obreros y soldados—, se avino a renunciar a la corona imperial. En Berlín estalló la revolución y el socialista Scheidemann se retiró del gobierno.

Entonces, Max de Baden, sin consultar a Guillermo II, hizo saber que este había abdicado como emperador y como rey, tras lo cual se retiró ofreciendo el cargo de canciller al socialista Ebert. El mismo dia, Scheidemann, desde el balcón del Reichstag, proclamó la república (9 de noviembre de 1918). Después, al enterarse de que las tropas de Spa acababan de formar un consejo de soldados, Guillermo II se apresuró a huir a Holanda.

Capitulación de Turquía

Mientras Alemania se debatía en las angustias de la derrota, Turquía, aislada, capitulaba. El 7 de octubre subía al poder Iszet Bajá, adversario de la Joven Turquía, y encargaba al general inglés prisionero Townshend de llevar a Londres su petición de paz. Este, sin consultar con el gobierno británico, puso como condiciones la apertura de los Estrechos y la autonomía de Mesopotamia, Siria y las regiones caucásicas. Iszet aceptó y Townshend salió para Mudros el 18 de noviembre.

Austria-Hungría se escinde y capitula

En el imperio austrohúngaro la situación era aún más angustiosa. El 14 de julio, mientras las tropas alemanas se hallaban en plena ofensiva en el Sudeste, los checos decidieron proclamar la independencia. Los yugoslavos les imitaron y el 17 de agosto anunciaron la instauración de un consejo nacional en Laybach. Ante estos movimientos que sin intervención exterior estaban provocando el desmembramiento de la doble monarquía, el emperador Carlos se declaró dispuesto a hacer de Austria Hungría una federación de estados autónomos, pero en octubre, a la apertura del Parlamento, ya se exigían decisiones de mayor envergadura. Los polacos por un lado, y los servios, los croatas y los eslovenos por otro, anunciaban su voluntad de formar estados independientes. Pasando a los hechos, los diputados eslavos se reunieron en Agram y el 14 de octubre estallaba en Praga un gran movimiento popular que aclamó la República checoslovaca. La escisión del imperio era un hecho consumado.

El 18 de octubre, el emperador, intentando salvar el imperio, proclamó que Austria —pero no Hungría— constituiría en lo sucesivo un estado federal, en el cual cada grupo étnico formaría, en su territorio, su propia comunidad política. Esta declaración tenía que caer forzosamente en el vacío, ya que a partir de la publicación de los catorce puntos del presidente Wilson los Estados Unidos habían reconocido a los checoslovacos su beligerancia.

El 21 de octubre, Wilson declaró que no podía aceptar la declaración del emperador y que sólo reconocería las declaraciones dictadas en absoluta libertad por las nacionalidades mismas, declaración que hizo saltar lo poco que quedaba dentro del marco del Imperio austrohúngaro. Inmediatamente, los consejos nacionales checo y yugoslavo afirmaron su voluntad de independencia y los rumanos anunciaron la elección de una Asamblea nacional. También en Hungría se precipitaron los acontecimientos. El ministerio Wekerle se venía abajo y el conde Karolyi, después de haber proclamado la amistad de Hungría por Francia, reunió un consejo nacional que anunció el fin de la doble monarquía y proclamó la independencia de Hungría y el repudio de la alianza alemana.

Durante estos días trágicos, el ejército austríaco, desmoralizado por los acontecimientos internos, se derrumbaba en el Piave ante la ofensiva italiana (24-27 de octubre).

Austria - Hungría —que imprudentemente había buscado la solución de sus problemas internos en una guerra afortunada— dejaba de existir.

El Imperio Austrohúngaro, escindido en Estados Nacionales
Carlos I de Austria y IV de HungríaCarlos I de Austria y IV de Hungría

El mismo día 27 de octubre en que se supo el desastre del Piave, Andrassy, que había sustituido a Burian en Asuntos Exteriores, envió al presidente Wilson una nota pidiendo el armisticio independientemente de Alemania y reconociendo a las nacionalidades el derecho a organizarse libremente, al mismo tiempo que sugería a Francia e Inglaterra la constitución de una federación danubiana bajo la dinastía de los Habsburgo. Pero el 29 era proclamada en Praga la República checoslovaca y el consejo esloveno reunido en Agram —que en lo sucesivo había de llamarse Zagreb— declaraba su separación de Austria para formar en torno a Belgrado un estado que reuniría a todos los servios y croatas.

Al día siguiente, una asamblea nacional de los alemanes de Austria aprobaba la formación de un estado austríaco específicamente alemán.

Entretanto, en Hungría se desencadenaba la revolución; el 31, el archiduque José, delegado por el emperador, confiaba el poder al conde Karolyi, mientras Tisza, que representaba la dominación magiar sobre las demás nacionalidades de la corona de San Esteban, era asesinado.

El 3 de noviembre, el emperador Carlos hizo aún de soberano firmando el armisticio en la Villa Giusti, pero ulteriormente los aliados se negaron a tratar con el gobierno imperial y se pusieron en contacto con los estados independientes recién constituidos, a los que por lo tanto reconocieron de facto

El 11 de noviembre, al enterarse de que en Berlín acababa de estallar la revolución, Carlos abandonó Austria para refugiarse en Hungría, y al día siguiente (12 de noviembre de 1918) la Asamblea nacional austriaca aprobó la instauración de la república y su incorporación a Alemania, en tanto que el emperador llegaba a Eckardtsau, donde se enteraba de que el conde Karolyi iba a proclamar también la república. Entonces, sin abdicar, el emperador Carlos I declaró que renunciaba al trono (13 de noviembre)

Los armisticios

Derrumbamiento de los Imperios Centrales

Los aliados no parecieron darse cuenta de la amplitud histórica de estos acontecimientos, que destruyendo el Imperio austrohúngaro y entregando Alemania a una revolución abrían en la historia de Europa una era nueva. Uno tras otro, los tres grandes imperios continentales, cuyas miras imperialistas habían desencadenado la guerra, desaparecían y transformaban el equilibrio del mundo. Se imponían decisiones inmediatas.

La reconstrucción de Europa debió hacerse en caliente, en plena crisis, mientras los aliados se encontraban aún en pie de guerra. Ahora bien, para eso era preciso que sus gobiernos formasen un bloque, cuando, por el contrario, sus preocupaciones los distanciaban. Londres solo pensaba en el mantenimiento de su preponderancia naval, que le disputaban Japón y los Estados Unidos: Francia, volviendo a la política continental, se preparaba a recuperar su puesto de primera potencia europea; a Italia, que pretendía el dominio del Adriático, le preocupaba la formación de una gran Yugoslavia. Sólo Washington, o más exactamente, el presidente Wilson, tenía en cuenta la idea de dar al mundo una estructura que garantizase la paz, basada en la independencia de las naciones y en la divulgación por el mundo de los principios de soberanía nacional y de libertad individual. Todos estos planes, incluso el del presidente Wilson, resultaban ya arcaicos cuando sonó el toque de agonía de los imperios. Al internarse por la senda del totalitarismo y del marxismo, Rusia hacia irrealizable el ideal wilsoniano. El problema de la balcanización de la Europa central, que planteaba el desmembramiento del Imperio austrohúngaro, hacía de la Alemania vencida el estado más poderoso demográfica y económicamente, hasta el punto de que a pesar del inmenso desastre que sufría su atracción se hacía ya sentir en la desamparada Austria.

Fin de los armisticios

La derrota de las potencias centrales en 1918 fue sancionada por una serie de armisticios sucesivos firmados, en Mudros, con Turquía (30 de octubre); en Villa Giusti, con Austria-Hungría (3 de noviembre), y en Rethondes con Alemania (11 de noviembre). En cuanto se firmó el armisticio de Mudros, la solidaridad que durante la guerra se había establecido entre los aliados desapareció para dejar su puesto a las rivalidades de imperialismo. Pese a las protestas de Francia, Inglaterra dejó al almirante Calthorpe negociar con el gobierno turco el armisticio. Londres se limitó a comunicar a París —que aceptó el hecho consumado— el fin de las hostilidades con Turquía.

Las cláusulas del armisticio, aparte la desmovilización del ejército y el internamiento de los buques de guerra, ponían en manos de Inglaterra el dominio de los Estrechos, de los petróleos de Bakú y de los ferrocarriles de la Palestina ocupada por las tropas del general Allenby. Inglaterra estaba allí para imponer su hegemonía en el Asia Anterior.

Con el armisticio de Mudros se iniciaba la trágica rivalidad que pronto haría erguirse, una contra otra, en el Cercano Oriente, a Francia e Inglaterra.

Por otra parte, el armisticio de Villa Giusti constituía el preludio de las miras imperialistas de Roma; en él se estipulaba el abandono por las tropas austrohúngaras de todos los territorios concedidos a Italia por el tratado de Londres, mientras Servia pedía en vano la evacuación de las fuerzas armadas de los territorios habitados por los eslavos del Sur. El conflicto que había levantado a estos contra Austria se volvía contra Italia.

Como el presidente Wilson no había intervenido en el armisticio de Mudros, ni en el de Villa Giusti, consideró que estos no comprometían para nada a los Estados Unidos, pero cuando se trató de firmar el armisticio de Rethondes, el coronel House, enviado especial de Wilson, declaró que si no se respetaban los catorce puntos Washington negociaría sólo con Berlín, quedando en libertad de firmar una paz por separado. Los aliados, obligados a someterse, lo hicieron bajo reservas establecidas en una nota del 4 de noviembre. Lloyd George se declaraba dispuesto a aceptar el principio de libertad de los mares, pero teniendo en cuenta las nuevas condiciones que en el curso de la guerra se habían presentado y con la salvedad, para Inglaterra, de conservar su libertad de acción. Clemenceau hizo aceptar su interpretación del principio de las reparaciones imponiendo a Alemania la compensación de todos los daños y perjuicios ocasionados a las poblaciones civiles de las naciones aliadas y a sus propiedades. En cuanto a Italia, los Estados Unidos se negaron a ratificar sus reivindicaciones territoriales, por lo que, abandonada también por Francia e Inglaterra, se vio obligada a ceder.

El 11 de noviembre, cuando los alemanes firmaron el armisticio de Rethondes, ni Inglaterra, ni Francia, ni Italia, eran capaces de imponer condiciones de paz. El presidente Wilson, con sus catorce puntos, se afirmaba como el árbitro del mundo.

El armisticio de Rethondes

Cuando los aliados impusieron el armisticio de Rethondes, no debieron darse cuenta de la imposibilidad en que se encontraba Alemania de proseguir la guerra. Parece como si, asombrados por su rápido triunfo, no se hubiesen atrevido a continuar la lucha hasta destrozar por completo al enemigo. Por eso, salvo Poincaré, que protestó contra un armisticio prematuro, ni los jefes militares, ni los gobiernos, pensaron en la posibilidad de entrar en Alemania con las armas en la mano, Wilson y Lloyd George se hubieran dado por satisfechos con la evacuación por las tropas alemanas de Bélgica, Luxemburgo y Alsacia-Lorena. Fue precisa toda la energía de Foch y de Clemenceau para conseguir que se impusiese a Alemania la ocupación de la margen izquierda del Rin y de tres cabezas de puente en la margen derecha, la entrega de la artillería pesada, de buena parte del material de guerra y de grandes cantidades de vagones de ferrocarril.

Los Estados Unidos, aunque propugnaban condiciones moderadas, exigieron la cesión de los submarinos alemanes, única arma que les amenazaba. Esto indujo a Inglaterra a reclamar de Alemania la entrega de las grandes unidades de su flota.

Pese a su moderación estas condiciones parecieron duras por aquel entonces. Lo que apenas es comprensible es que a la vencida Alemania no se le exigiese ninguna indemnización inmediata. Alemania, que sólo había sufrido insignificantes daños de guerra, conservaba su potencial económico de antes de 1914, mientras que parte de la industria francesa y de la belga habían sido destruidas. Por muy duro que fuese militarmente el armisticio, no dio al pueblo alemán la sensación de haber sido vencido por las armas. Error enorme que había de pagarse con una segunda guerra mundial.

PIRENNE, Jacques, Historia Universal, Ed. Éxito, 1961, t. 7 págs. 133-153