La guerra

La guerra relámpago y el fracaso
Las potencias y la guerra larga
Las primeras crisis
Desarrollo imperialismos europeos
El imperialismo nipón y China
Estados Unidos entra en guerra

Alemania intenta la guerra relámpago. y fracasa

Beligerantes y neutrales

A las declaraciones de guerra que agrupaban, por un lado, a los imperios de Alemania y Austria-Hungría, y por otro al Imperio ruso, a la República francesa y al reino de la Gran Bretaña, acompañó una gran actividad diplomática por parte de las potencias beligerantes con respecto a los países neutrales. Suiza, y los Países Bajos estaban dispuestos a mantener una neutralidad absoluta; de los países escandinavos, Noruega se inclinaba hacia Inglaterra, Suecia hacia Alemania y Dinamarca, por temor a una intervención alemana, obedeció a Berlín en su exigencia de que cerrase y minase los estrechos. España mantenía relaciones amistosas con Francia, y Portugal, aunque aliado de la Gran Bretaña, permaneció de momento al margen de la guerra.

En cuanto a Italia, desde agosto había manifestado su voluntad de conservar la neutralidad, justificando su decisión de no colocarse al lado de sus aliados de la Triple Alianza en la negativa de Austria a su petición de compensaciones territoriales después de la anexión de Bosnia y Herzegovina, Ahora bien, al mismo tiempo, el embajador de Italia preguntaba a Sazonov si, en el caso de que Roma se incorporase a la Entente, le permitiría Rusia adquirir una situación preponderante en el Adriático.

En los Balcanes, Turquía había tomado partido por Alemania y el 22 de julio ofreció a Berlín una alianza secreta que se firmó el 2 de agosto, mientras Enver Bajá aseguraba a Inglaterra su deseo de neutralidad. Grecia, a la que una alianza (1913) ligaba con Servia en contra de Bulgaria y que ambicionaba anexionarse territorios búlgaros y turcos, se mantuvo neutral, inclinándose el primer ministro Venizelos hacia la Entente y el rey Constantino hacia Alemania. Bulgaria, que nunca ocultó sus ambiciones hacia Dobrudja y la Macedonia griega y servia, se inclinaba hacia los Imperios centrales, pero el rey Fernando prefirió conservar una neutralidad expectante. En cuanto a Rumania, Viena y Berlín le ofrecían Besarabia —provincia rusa— si se mantenía fiel a la alianza de 1885 que la ligaba a Austria, en tanto que las potencias de la Entente estaban dispuestas, si entraba en la guerra al lado suyo, a entregarle Transilvania —provincia húngara—. Pero Carol de Hohenzollern, aunque partidario de Alemania, estimó más prudente proclamar (3 de agosto) la neutralidad del reino.

La primera potencia que se unió a los beligerantes fue el Japón. El 8 de agosto ofreció a la Gran Bretaña emprender en el Extremo Oriente una acción conjunta contra la base alemana de Kiao-Cheu, en China, pero Londres, temiendo disgustar a Washington, prefirió dejar que Tokio obrase por su cuenta. Y el 23 de agosto, Japón declaró la guerra a Alemania.

Francia inició en seguida negociaciones para conseguir que cuerpos de ejército japoneses viniesen a combatir a Europa, pero el Japón sólo entraba en guerra para desarrollar sus planes de expansión en China. El 19 de noviembre, su ministro de Negocios Extranjeros, barón Kato, declaró a las potencias de la Entente que las fuerzas japonesas no combatirían en Europa. Ello evitó a las potencias occidentales el más grave de los errores, pues probablemente esta acción les hubiera privado del apoyo de los Estados Unidos.

Los Estados Unidos, cuyo inmenso poder económico era una baza decisiva en el equilibrio de las fuerzas en presencia, temían la extensión del poderío japonés. El 19 de agosto, el presidente Wilson expuso su posición afirmando que mantendrían una neutralidad e imparcialidad absolutas, pues no querían favorecer la hegemonía alemana o rusa en Europa, ni la hegemonía japonesa en el Extremo Oriente. Los Estados Unidos deseaban, pues, una paz rápida y por arbitraje.

Wilson fue uno de los pocos estadistas —tal vez el único— que se dio perfecta cuenta de que lo que iba a disputarse en la guerra era la hegemonía de Alemania o la de Rusia, y que en esta lucha las potencias occidentales no tenían nada que ganar y sí mucho que perder.

Las fuerzas, frente a frente

A primera vista, los dos campos parecían igualados en fuerza. La Entente disponía de 170 divisiones y los Imperios centrales de 150, pero estos tenían franca superioridad de armamento, especialmente en artillería pesada. En cambio, por mar la Entente llevaba amplia ventaja a la doble alianza, ya que Inglaterra y Francia oponían 81 acorazados a los 51 que ponían en línea Alemania y Austria.

Fracaso del plan de guerra alemán
Primera Batalla del Marne. Soldados franceses en sus posiciones.Primera Batalla del Marne. Soldados franceses en sus posiciones.

El plan de Alemania, cuidadosamente estudiado, consistía en poner fin a la guerra en seis semanas, mediante una ofensiva fulminante en Francia que les permitiera volver inmediatamente todas sus fuerzas contra Rusia. En el Este, Alemania se limitó a contener el empuje ruso en Prusia oriental, mientras lanzaba todas sus tropas, a través de Bélgica, al asalto de Francia y esta dispersaba sus fuerzas en Alsacia en una ofensiva inútil. Pero el plan alemán no pudo realizarse. En Lieja, la resistencia del ejército belga le hizo perder tres días y la magnífica contención realizada en el Marne por el general Joffre (5-8 de septiembre) cortó el avance alemán sobre París. Así detenido, el ejército del kaiser intentó rodear por el oeste al francés, pero en el Yser se le interpusieron las tropas belgas (19 de octubre-principios de noviembre) y luego en Ypres (noviembre) las inglesas, mientras el ejército ruso emprendía una ofensiva en la región de los Lagos Masurianos que obligó a los alemanes a trasladar al frente oriental importantes efectivos. Por otra parte, el ejército austrohúngaro, después de apoderarse de Belgrado, se vio detenido por una contraofensiva servia.

Desde aquel momento se podía considerar fracasado el plan alemán. En el Oeste se estabilizó un frente inmenso desde el mar hasta Suiza. La guerra se imponía para Alemania en los dos frentes. Para aliviarlos, quiso obligar a Turquía a entrar en el conflicto, lo que forzaría a Rusia a retirar tropas hacia el Cáucaso y a la Gran Bretaña a defender Egipto. Mas como Enver Bajá vacilase, el almirante alemán que mandaba dos cruceros refugiados en Turquía se hizo a la mar enarbolando el pabellón turco y bombardeó Odesa y Sebastopol. Comprometida así en el conflicto, Turquía se vió obligada a lanzar el llamamiento a la guerra santa (16 de noviembre).

Estados unidos preconizan una paz de statu quo ante

Después de la batalla del Marne, los Estados Unidos decidieron ofrecer su mediación y Alemania, al concluir la batalla del Yser, dio a entender que no se negaría a considerar la terminación de la guerra. El coronel House volvió a Europa para intentar obtener una paz basada en el statu quo ante y en la desaparición del militarismo. Inglaterra estaba dispuesta a adherirse siempre que Bélgica recobrase su independencia. Pero Francia exigía la restitución de Alsacia y Lorena, Rusia reivindicaba los Estrechos y Alemania rechazaba el statu quo. Además, todas las potencias tenían ya sus objetivos de guerra que hacían imposible una paz blanca.

Las potencias, ante el panorama de una guerra larga

Alemania responde al bloqueo con la guerra submarina

Había que resignarse a una guerra larga, y para proseguirla iban a entrar también en juego las fuerzas económicas. Se planteaban problemas de imperiosa resolución: creación de industrias de guerra, reclutamiento de mano de obra para suplir la movilizada y disponibilidad de materias primas. Todas las potencias se verían obligadas a movilizar las fuerzas industriales y ese nuevo giro de la guerra —que recordaba la lucha de Inglaterra contra Napoleón— iba a establecer entre las potencias de la Entente —señoras del mar—, y los Imperios centrales —bloqueados en el continente—, condiciones muy diferentes en cuanto al enorme esfuerzo que deberían imponerse.

Al bloqueo total de los Imperios centrales decretado por Inglaterra —con absoluto desprecio de la Declaración de Londres (1909), que lo limitaba estrictamente el contrabando de guerra— respondió Alemania con una guerra submarina que no hacía distinciones entre barcos de guerra y de comercio, ni entre los de países neutrales y los de naciones beligerantes (febrero 1915).

Alemania organiza una economía estatal

Para Alemania, separada del mar y privada del trigo de Rusia y del hierro de Lorena, la economía de guerra se presentaba dificilísima. Mientras el gobierno practicaba una política de unión nacional de los partidos, a la vez que promulgaba medidas de rigor contra las minorías, Walter Rathenau organizó la economía sobre una base estatal. Se creó un servicio que puso en manos del Estado el monopolio de las materias primas, las cuales fueron requisadas en los países ocupados, se crearon otros servicios para los cereales y las patatas y se agruparon todas las industrias en una Unión de Guerra de industrias alemanas, encargada de distribuir la mano de obra bajo la intervención del Estado.

Poder militar en Austria, mientras Hungría oprime a las minorías

En Austria, el gobierno Stürgkh instauró una dictadura militar a la que fue entregada toda la administración civil. Por el contrario, en Hungría continuaba gobernando Tisza con el apoyo del Parlamento magiar, pero sometiendo a las minorías nacionales a un régimen de opresión cada vez más severo. Entretanto, Masaryk organizaba desde el extranjero una activa propaganda en pro de la independencia checa.

Francia e Inglaterra mantienen sus instituciones parlamentarias

Mientras que en las potencias centrales la guerra robustecía el autoritarismo, en Francia e Inglaterra permanecían fieles a sus instituciones parlamentarias, En Francia, ya en agosto de 1914 Viviani había dado entrada en su gobierno a hombres de todos los partidos. La situación económica de Francia no era tan difícil como la de Alemania, porque tenía expedita la importación por mar. Sin embargo, la ocupación por los alemanes de los departamentos del Norte privaba a la economía francesa de cereales y carbón, lo que obligó al Estado a organizar la importación y permitir a las industrias de guerra recuperar la mano de obra necesaria entre los obreros movilizados.

En Inglaterra, no sólo se mantuvo el gobierno liberal de Asquith, que siguió siendo un gabinete de partido, sino que el gobierno obtuvo del Parlamento, como en las guerras napoleónicas, el derecho a tomar órdenes en consejo.

Y como la economía inglesa no estaba directamente afectada por la guerra, el gobierno dejó subsistir la libertad industrial y sólo intervino para restringir las exportaciones y garantizar el papel moneda emitido por el Banco de Inglaterra, Sin embargo, durante el año 1915 las dificultades que crearía la guerra submarina obligarían a ejercer cierta intervención sobre las industrias, que, como a Francia, encauzó a Inglaterra hacia el dirigismo económico.

El gobierno belga obtiene el poder legislativo

Bélgica, cuyo territorio nacional quedaba reducido a unas decenas de kilómetros cuadrados, se gobernó por instituciones que el Parlamento había tenido la prudencia de preparar desde los primeros momentos de la conflagración y que otorgaban al rey y al gobierno, además del poder ejecutivo, el poder legislativo que las Cámaras no podían ya ejercer debido a la invasión alemana.

El imperio ruso refuerza el autoritarismo

Al contrario que sus aliados occidentales, Rusia reaccionó ante la guerra imponiendo el más rígido autoritarismo. La situación interior se presentaba dificilísima. En Rusia, de 120 millones de habitantes, 30 millones eran polacos, letones, lituanos, estonios, finlandeses, rumanos y judíos. Para asegurarse la fidelidad de los polacos, Nicolás II les prometió al principio de la guerra una administración propia, libertad para la religión católica y el uso de la lengua polaca; ahora bien, no les prometía la autonomía que ellos reclamaban. En cambio, en Finlandia se habían restringido las libertades locales y a los judíos se les alejó de los frentes.

Cuando los primeros éxitos de sus ejércitos pusieron en manos de Rusia una buena parte de la Galitzia austríaca, el gobierno del zar inició una política lingüística y religiosa de rusificación. Esta acentuación de la autocracia tropezó en el interior del país con la oposición de los socialistas, los cuales permanecían en contacto con Lenin, que desde Ginebra les enviaba instrucciones. Por esta razón, los socialistas rusos, al contrario de lo que ocurrió en los demás países beligerantes, mantuvieron una actitud intransigente, preconizando la transformación de la guerra entre las potencias centrales en una guerra civil.

En cuanto a la clase media, no tenía confianza en la administración zarista, que, por lo demás, manifestaba un tremendo desconcierto. Ante la carencia de gobierno, los zemstvos tornaron la iniciativa de constituir un comité central, mientras los municipios creaban otro comité formado por delegados de ciudades. La unión de los zemstvos y la unión de las ciudades iniciaron planes de guerra y se ofrecieron a servir de intermediarios entre el gobierno y la industria, pero el gabinete rechazó su proposición. Por otra parte, el gobierno no deseaba apoyarse en la Duma porque proyectaba reservarse el beneficio exclusivo de la victoria —que daba por descontada— para volver al absolutismo.

En este inmenso imperio, mal dirigido y en donde la opinión carecía de una voluntad de unión nacional, la situación económica se presentaba crítica. La industria era insuficiente para subvenir a las necesidades militares de la guerra y la movilización disminuía en inquietantes proporciones la producción alimenticia. Además, como el Bósforo y los Dardanelos estaban cerrados por Turquía, Rusia quedaba aislada del mundo.

Inglaterra y Francia organizan una expedición contra los Dardanelos

A pesar de todo, Rusia obtenía grandes éxitos en el frente austríaco. Y con el fin de ayudarla, Churchill propuso una operación de gran estilo contra los Dardanelos que dio comienzo en marzo de 1915 y terminó en un desastre que costó varios buques de guerra y 145.000 hombres. Además, cuando en septiembre reembarcó el cuerpo expedicionario, nadie se dio cuenta de que los fuertes turcos de los Estrechos estaban a punto de capitular.

Italia entra en la guerra

La toma de Przemysl por las fuerzas rusas y el ataque a los Dardanelos indujeron al gobierno de Italia a hacer a la Entente ofrecimientos de intervención contra Austria. Ponía como precio el Trentino, el Tirol cisalpino hasta el Brennero, Trieste, Istria, Dalmacia con las islas costeras y, además, una parte en Asia Menor y en África del reparto del Imperio otomano y de las colonias alemanas. Francia e Inglaterra aceptaron las condiciones, pero Rusia se negó a reconocer a Italia la posición predominante que, en perjuicio de Servia, pretendía adquirir en el Adriático. Ahora bien, Roma, mientras negociaba en esta forma con la Entente, estaba averiguando en Viena las compensaciones que podrían ofrecérsele por mantener la neutralidad. Conforme Rusia en que después de la victoria Italia recibiera una parte de la costa dálmata y las islas, en abril de 1915 un tratado secreto firmado en Londres situaba a Italia en el campo de la Entente y en mayo Roma denunciaba la Triple Alianza.

La opinión estaba dividida. La oposición, dirigida por Giolitti, no quería la guerra y Salandra presentó la dimisión. Pero el partido nacionalista de D'Annunzio desató una violenta campaña en pro de la guerra, el rey no aceptó la dimisión de Salandra y el Parlamento votó los créditos militares. El 20 de mayo de 1915, Roma declaró la guerra a Austria-Hungría, pero sus objetivos de guerra, que sacrificaban primordialmente a los intereses servios, debilitaron la posición de la Entente en los Balcanes.

La entente sufre duros fracasos en todos los frentes

La entrada de Italia en la guerra coincidió con una serie de reveses para la Entente. Una contraofensiva austro alemana contra el ejército ruso lo puso al borde de un desastre. En el curso de una gran retirada que le costó 830.000 bajas y 900.000 prisioneros, tuvo que evacuar Galitzia, Polonia y Lituania, hasta que pudo hacerse fuerte, por fin, en un frente que iba desde el Báltico hasta el Dniéster.

Para aliviar a Rusia, que reclamaba una acción en el frente Oeste, los aliados tomaron la ofensiva en Artois (mayo) y en Champaña (septiembre-octubre), pero sufrieron cruentos descalabros. Además, como la Entente temía que Bulgaria interviniese al lado de los Imperios centrales, cometió el gravísimo error de querer imponer a Servia —cuyos intereses acababa de sacrificar en provecho de Italia—, la cesión de los territorios reivindicados por los búlgaros en Macedonia. Y Servia, resentida, retrasó la ofensiva que preparaba contra Austria. Mientras, los italianos se lanzaban al ataque, primero en el Carso (julio) y luego en Gorizia (octubre), sin conseguir quebrantar el frente austríaco.

Bulgaria, contra la entente

Esta serie de fracasos militares decidió a Bulgaria a intervenir en favor de Alemania mediante las promesas de aumentar su territorio a expensas de Servia y de una rectificación de fronteras con Turquía. Para evitar el cerco de Servia a que daba lugar la entrada de Bulgaria en la guerra, los aliados entablaron negociaciones con Constantino de Grecia y sin esperar el resultado hicieron desembarcar en Salónica dos divisiones del cuerpo expedicionario de los Dardanelos. Ello representaba una flagrante violación de la neutralidad de Grecia, aunque estuviese acompañada de declaraciones de garantía con respecto a la independencia helénica, declaraciones que, fuerza es reconocerlo, recordaban con bastante exactitud las que Alemania hiciera a Bélgica en agosto de 1914. Al mismo tiempo, desde la Cámara de los Comunes lord Grey afirmaba sus simpatías por Bulgaria y ocasionaba la caída del gabinete de Venizelos, favorable a los aliados. Por haber querido captarse las simpatías de Bulgaria, la Entente se había enajenado a la opinión griega. El 5 de octubre, Bulgaria declaró la guerra a Servia.

El 6 de octubre, las potencias centrales, apoyadas por Bulgaria, iniciaron en Servia una gran ofensiva que condujo a la ocupación de todo el país, y los 80.000 hombres que fueron concentrados en Salónica no pudieron hacer nada para ayudar al ejército servio en su retirada. Bajo el mando del anciano rey Pedro, el ejército se negó a capitular y sus restos consiguieron llegar a las costas del Adriático, donde fueron embarcados en navíos de la Entente y trasladados a Corfú.

El 1915 había deparado a la Entente fracaso tras fracaso. Sin embargo, su potencial se encontraba extraordinariamente aumentado, pues en el transcurso de aquel año las tropas inglesas se convirtieron en un gran ejército.

Repercusión de los acontecimientos en la política de las potencias

Los reiterados fracasos sufridos por la Entente obligaron al gabinete Asquith a admitir a los conservadores y a confiar una cartera al Partido Laborista, mientras Churchill, a quien se hacía responsable del desastre de los Dardanelos, abandonaba el gobierno. En Francia, la entrada de Bulgaria en la guerra derribó al gabinete Viviani, que Briand reemplazó por un gobierno de unión sagrada. En Italia, lo inestable de la mayoría parlamentaria hacía muy difícil la postura del gobierno. En cuanto a Rusia, continuaba reforzando el principio autoritario y el Estado había asumido la dirección de la vida económica del imperio. En la Duma se reclamaba la formación de un gobierno formado por diputados, en respuesta a lo cual el primer ministro Goremykin dejó en suspenso las prerrogativas de los parlamentarios. Los socialistas intentaron una huelga general las uniones de zemstvos y de ciudades protestaron contra el autoritarismo gubernamental y la opinión perdió la confianza en el gobierno, que carente organización se encontraba ante un peligroso problema de abastecimientos.

Y, sin embargo, precisamente en 1915, cuando se preveía en Rusia la crisis, el gobierno de Petrogrado hizo saber a los aliados que consideraba la cuestión de los Estrechos como condición sine qua non para el mantenimiento de la alianza. Y Francia e Inglaterra cedieron y prometieron. Sólo Witt, el viejo estadista que fue presidente cuando la liquidación de la guerra con el Japón, se daba cuenta de que el interés de Rusia estaba en terminar la guerra: si era vencida, arrastraría en su derrota al régimen zarista; si quedaba victoriosa, provocaría en Alemania la caída del régimen imperial y la implantación de la república, lo que tal vez pudiera provocar el fin de la monarquía rusa. Pero Witte murió en marzo de 1915. Entretanto, Alemania seguía atentamente el desarrollo de la situación interior de Rusia y no descartaba la posibilidad de una paz por separado.

Las miras imperialistas de Alemania

Mientras los acontecimientos militares turbaban la vida política de los países de la Entente, en Alemania determinaban una corriente de nacionalismo. Fred Naumann, en su libro Mitteleuropa (1915), lanzó la idea de una federación de la Europa central que, bajo la dirección de Berlín, se extendiera desde el Vístula hasta los Vosgos y desde Galitzia hasta el lago de Constanza. Además, de todas partes llegaban manifiestos acuciando al gobierno para que precisase sus objetivos de guerra y anunciase su intención de anexionarse Bélgica, la costa francesa del Paso de Calais, la zona minera del Briey y los puertos bálticos.

Solamente los socialistas rechazaban cualquier anexión, aunque se mostraban partidarios de la liberación de Polonia y de los países bálticos y su incorporación a Alemania. Por otra parte, el Partido Socialista continuaba apoyando al gobierno. Únicamente el grupo minoritario de Liebknecht se negó a votar los créditos militares.

En Austria no hubo ningún movimiento de opinión. Los países de la doble monarquía soportaban la guerra en silencio.

Sin embargo, lo mismo en Alemania que en Austria, y no obstante las victorias militares, comenzaban a sentirse las consecuencias del bloqueo aliado. Durante el invierno de 1915-16, los dos imperios centrales tuvieron que recurrir al racionamiento de víveres. No obstante, por extraordinario que parezca, el comercio inglés, por intermedio de los escandinavos, continuaba abasteciendo a Alemania y enviándole, por ejemplo, el algodón indispensable para la fabricación de municiones. Y es que Inglaterra, banquero de la Entente, se preocupaba ante todo de sostener la libra, aunque fuese por medio de exportaciones a Alemania, paradójica situación que no podía prolongarse. En 1916, el bloqueo fue reforzado, y para impedir que Alemania se aprovisionase a través de los países neutrales la Entente hizo compras a América de algodón, a Suecia de hierro y de productos agrícolas a Suiza y a Holanda.

En respuesta al bloqueo, la guerra submarina se intensificaba. En mayo de 1915 un submarino echó a pique el trasatlántico inglés Lusitanian, causando 1.000 víctimas. El presidente Wilson se limitó a protestar. También el gobierno alemán, valiéndose de los servicios de su embajada en Washington, hizo cuanto pudo por provocar huelgas en las fábricas americanas con el fin de desorganizar el abastecimiento de los aliados (agosto). Tales grandes errores psicológicos empezaron a crear en los Estados Unidos una corriente de opinión antialemana y en un futuro próximo iban a pagarse muy caros.

Los imperios centrales intentan una ofensiva decisiva

Alemania, creyéndose en vísperas de ganar la guerra, decidió conseguir la victoria mediante grandes ofensivas. En febrero de 1916, y en presencia de Guillermo II, lanzó contra Verdún una formidable ola de asalto que hasta junio reiteró sus ataques sin descanso. Pero el ejército francés resistió con heroísmo y en las condiciones más difíciles. Fue aquella una gran prueba en la que Alemania perdió 240.000 hombres y Francia 275.000. Pero Alemania fue rechazada. Por otra parte, los austríacos sufrieron en mayo de 1916 un sangriento descalabro ante las fuerzas italianas.

En 1916, la flota alemana, decidida a romper el bloqueo, salió de sus bases y fue interceptada en aguas de Jutlandia por la Home fleet; entablada la mayor batalla naval de la guerra, las pérdidas inglesas fueron mayores que las alemanas, pero el dominio de los mares continuó en manos de la Armada inglesa.

Le entente emprende la ofensiva y decide a Rumania a luchar a su lado

Le Entente quiso sacar partido de los descalabros sufridos por los Imperios centrales y desencadenó una serie de ofensivas mal concertadas. En julio, los rusos se lanzaron al ataque en los Cárpatos, pero después de avanzar 100 kilómetros la ofensiva fue detenida. En agosto, los italianos se lanzaron al ataque del frente austríaco, mas sólo lograron pequeños éxitos sin consecuencias. Mientras comenzaba la ofensiva italiana y por el Este el ejército ruso iba avanzando, Rumania —ante la promesa de anexionarse Transilvania, Bucovina y el banato de Tamesvar— se decidió a luchar al lado de la Entente y el 28 de agosto inició una ofensiva que había de combinarse con la rusa, la italiana y la franco británica.

Mas precisamente entonces fue rechazado el ejército ruso y fracasó la ofensiva italiana. Días después, los franco británicos emprendieron en el Somme una gran batalla de material, pero en octubre tuvieron que reconocer su fracaso.

Rumania se quedó sola, apoyada débilmente por el ejército de Salónica. Fue un desastre. Aplastada entre Bulgaria y Austria y atacada por las tropas alemanas llegadas de otros frentes, su territorio fue ocupado casi por completo.

De este modo, después de haber perdido centenares de miles de hombres en batallas sin resultados prácticos, los dos bandos tenían que reconocer sus derrotas. Alemania destituyó a su general en jefe Falkenhayn, nombrando para sustituirle a Hindenburg, asistido por Ludendorff; Francia retiró el mando a Joffre para confiarlo a Nivelle. En Inglaterra, Asquith tuvo que ceder su puesto a Lloyd George (diciembre de 1916), quien formó un gabinete de coalición dirigido por un War cabinet limitado y redujo la Cámara de los Comunes a un papel pasivo, En Italia, Salandra fue reemplazado por Boselli, que en junio de 1916 presidió un gabinete de concentración nacional.

Las primeras crisis

La acción del socialismo revolucionario

Mientras que en las potencias beligerantes, excepto en Rusia, los partidos socialistas habían abandonado su oposición sistemática, en los países neutrales algunos jefes socialistas que asistieron a una conferencia celebrada en Ginebra, presidida por Lenin, se esforzaban por transformar en guerra civil la guerra entre naciones. Ya en septiembre de 1914 Trotsky reclamó el abandono de la II Internacional por su incapacidad de promover la revolución social cuando estalló la guerra y pidió la creación de una III Internacional. Lenin se adhirió a este punto de vista.

Trotsky, llegado a Francia en 1914 como corresponsal de guerra, se había puesto en contacto con los dirigentes del sindicalismo francés. Este grupo recibió en París la visita de los socialistas italianos y, juntos, planearon la reunión de conferencias internacionales. Pero el socialista belga Vandervelde, que presidía la II Internacional, se negó a ello apoyado por los jefes del socialismo francés. Entonces el Partido Socialista italiano convocó una conferencia internacional que se celebró en septiembre de 1915 en Zimmerwald, cerca de Berna. Lenin quería emprender la organización inmediata de la revolución social por medio de una fusión comunista de sindicatos, pero los delegados franceses y alemanes se opusieron y redactaron un manifiesto común condenando la violación de Bélgica y reclamando una paz sin anexiones ni indemnizaciones. De momento, este manifiesto no tuvo eco, pero en Berna se creó una comisión permanente, cuyo inspirador había de ser Lenin, para hacer propaganda en los países beligerantes y que lanzó a fines de 1916 un llamamiento a la revolución proletaria. Frente a esta propaganda de los socialistas minoritarios, la Internacional sindical se desmoronó. En cambio, el grupo minoritario socialista francés orientó su política hacia la paz sin anexiones ni indemnizaciones y la misma escisión se llevó a cabo en Alemania, donde Liebknecht y los espartaquistas —nombre adoptado por los socialistas revolucionarios los futuros comunistas, en recuerdo a la insurrección de esclavos que Espartaco acaudilló en el siglo I, A.J., en contra de Roma—, intentaron organizar la resistencia activa contra la guerra.

Desarrollo de la crisis en Rusia

En Rusia, las cosas se presentaban favorables para los socialistas revolucionarios. A fines de abril de 1916, la situación interna adquirió caracteres graves. Los zemstvos querían inducir al zar a gobernar en colaboración con los órganos representativos de la opinión, pero Nicolás II se resistía, dominado por Rasputín. A Goremykinn se le destituyó y Rasputín le hizo reemplazar al frente del gobierno por Stürmer, que estaba decidido a seguir una política autocrática. Al reanudar sus sesiones en noviembre, la Duma hizo una violenta oposición a Stürmer, apoyada por los zemstvos, hasta que, inquieto, Nicolás II lo reemplazó por Trepov. Pero la Duma exigía un gobierno que tuviese su confianza. Se iniciaba el conflicto entre el zar, que pretendía mantener el régimen absolutista, y la Duma, que trataba de imponer el parlamentario, momento (diciembre de 1916) que eligieron los dirigentes del Partido Socialista para lanzar un llamamiento a la acción revolucionaria.

Para liberar al zar del pernicioso influjo que le dominaba, una conjuración de nobles asesinó a Rasputin. Nicolás II reaccionó cerrando la Duma, y como Trepov vacilase le sustituyó por el anciano príncipe Galitzin, que no fue más que un instrumento entre las manos de Protopopov, ministro del Exterior, decidido a resistir las tendencias liberales.

Ante la gravedad del conflicto que se avecinaba, el embajador de Inglaterra hizo una gestión cerca del zar para que accediese a gobernar con la Duma y los zemstvos y la nobleza y varios miembros de la familia imperial intervinieron en el mismo sentido, pero por respuesta Protopopov armó a la policía con ametralladoras. Su consecuencia fue que en la Duma empezó a ganar terreno la idea de un golpe de estado.

La insurrección irlandesa

Mientras las fuerzas revolucionarias internacionales se esforzaban por entrar en juego, la guerra exacerbaba los sentimientos nacionales. En la primavera de 1916, el movimiento nacional irlandés, ayudado por Alemania, preparaba una insurrección dirigida por Casement, que fue desembarcado en un submarino alemán. El levantamiento estalló en Dublín, donde se formó un gobierno provisional. La insurrección, que adquirió caracteres de extrema violencia y fue reprimida después de sangrientas luchas en las calles, fue sofocada, pero entre Inglaterra e Irlanda dejó una brecha irreparable.

Se esboza en Hungría la oposición contra la guerra

También en Austria la política de opresión de las minorías suscitó violentas pasiones; el primer ministro conde Stürgkh fue asesinado en octubre de 1916 y, poco después, el 22 de noviembre, moría el emperador Francisco José. Entonces se estaba organizando en Hungría, dirigida por el conde Karolyi, una oposición que exigía la terminación de la guerra y declaraba que los húngaros se negaban a batirse para contribuir al triunfo de Alemania.

Carlos I, llamado a suceder a Francisco José, era hostil a toda política de opresión de las nacionalidades y condenaba la dictadura que Tisza imponía a los países de la corona de San Esteban. Opuesto a la continuación de la guerra, había de esforzarse inmediatamente en poner fin a la conflagración mundial o, por lo menos, apartar de ella a su imperio.

Desarrollo de los imperialismos europeos

En diciembre de 1916 Alemania hace proposiciones de paz

Las tendencias pacifistas de Carlos I coincidían con la voluntad de Wilson, que acababa de ser reelegido presidente de los Estados Unidos. Pero Alemania se adelantó y, sin dar a conocer sus condiciones, propuso negociaciones de paz. Inmediatamente, Wilson elevó una nota a los beligerantes invitándoles a concretar una paz por arbitraje y sin anexiones. Obligada a desenmascararse, Alemania la rechazó. La Entente dio a conocer sus condiciones: restauración de la independencia de Bélgica, Servia y Montenegro, evacuación de los territorios ocupados, restitución de Alsacia y Lorena, liberación de italianos, eslavos, rumanos y checos de la dominación extranjera, emancipación de los pueblos sometidos a la cruenta tiranía turca, relegación del Imperio otomano a Asia y reorganización de Europa sobre una base de seguridad, de libertad económica y de garantía de fronteras. Sólo faltaba pedir la independencia para los polacos y fineses, pero Rusia se opuso.

Firma de un tratado secreto entre Rusia y Francia

Pero además de los objetivos de guerra que declaraban, Francia, Gran Bretaña y Rusia perseguían cada una su política. En febrero de 1917, aprovechando una conferencia interaliada convocada en Petrogrado, Francia firmó un acuerdo secreto con Rusia según el cual esta última se comprometía a apoyar a Francia para la restitución de Alsacia y Lorena, la recuperación de la cuenca hullera del Sarre y exigir la creación de un estado autónomo y neutral constituído por la margen izquierda del Rin. A cambio, Francia permitiría a Rusia determinar libremente su frontera occidental, lo que equivalía a entregarle Polonia.

Siendo este acuerdo de vital importancia tanto para la economía de Francia como para su seguridad, el gobierno francés, absorto de nuevo por sus preocupaciones de política continental apoyada en el Imperio ruso —en vísperas de su caída—, cometió el error de no comunicarlo a la Gran Bretaña.

La política imperialista inglesa en África y en el Cercano Oriente

Inglaterra, que entró en la guerra sin ambiciones territoriales, a partir de 1915 fue desarrollando una política de amplio imperialismo que tendía, por una parte, hacia África, y por otra hacia el Asia Anterior. Desde 1915, las tropas francesas, inglesas y belgas habían conquistado ya todas las colonias africanas de Alemania, excepto en el Este, que el ejército colonial belga dominó en febrero de 1917 con la toma de Tabora.

Inglaterra comunicó a sus aliados la decisión de no devolver a Alemania sus colonias, al mismo tiempo que acariciaba vastos proyectos con respecto al Cercano Oriente. Pese a los esfuerzos del gobierno que sucedió a la revolución Joven Turquía, el Imperio otomano en Asia ya no era más que un bloque resquebrajado. Un partido nacionalista reivindicaba la autonomía de Siria ; Arabia, que teóricamente dependía de la autoridad de la Sublime Puerta, estaba dividida entre los emires del Yemen y de Asir y los sultanes de Makalla, Omán y de Koweit; la isla de Bahrein se encontraba bajo la autoridad de un jeque y el centro de la península dependía de varios emires, siendo los principales el de Nejd y el de Hail; Aden estaba convertido en colonia inglesa desde 1839. La soberanía del sultán, por tanto, ya no se manifestaba más que por la presencia en La Meca del jalifa que le representaba.

En 1914, Siria había sido ocupada por fuerzas turcas y alemanas, y en 1915 se inició una ofensiva turca contra Suez. Entonces, Londres concibió el proyecto de arrancar definitivamente a los árabes del Imperio otomano y constituir un gran estado árabe formado por los territorios comprendidos entre el golfo Pérsico y el mar Rojo, aumentados por una parte de Siria.

Había en Arabia dos personajes importantes, Ibn Saud, emir del Nejd, y Hussein, jalifa de La Meca. Ibn Saud, desde 1914, se mantuvo a la expectativa; Hussein, ya en 1915 había entrado en contacto con Inglaterra para pedir la formación, bajo su mando, de un reino árabe formado por Siria, Irak y toda la península arábiga, excepto Aden.

En octubre de 1915, Mac Mahon —alto comisario británico— entregó a Hussein una carta en la que le daba la seguridad, a reserva de los intereses franceses, de que Inglaterra favorecería y reconocería la independencia árabe dentro de las fronteras que reivindicaba, a excepción de Alejandreta, de la parte de Siria situada al oeste de Damasco, de Homs y de Alepo. En junio de 1916, Hussein se sublevó contra la Puerta y en noviembre fue reconocido por los aliados como rey de Hedjaz, adoptando en seguida el título de rey de los árabes.

Ahora bien, ya en 1915 se habían iniciado en Londres cambios de impresiones que terminaron en Petrogrado (junio de 1916), en los cuales cada una de las potencias se reservó una zona de influencia en Asia Anterior: a Francia le correspondía el Líbano, el país de los Alauitas, Alejandreta, Cilicia, la región de Maras, Diarbekir y Mardin, pero comprometiéndose a considerar como estado independiente, dentro de su zona, a Siria con la región de Mosul; a Inglaterra se le adjudicó la Baja Mesopotamia —Bagdad inclusive—, pero reconociendo la independencia de la Mesopotamia Media, es decir de la región situada entre el Eufrates, Palestina y el Sinaí; a Rusia le eran conferidos Armenia y el Kurdistán, y Palestina sería puesta bajo el mandato de una administración internacional compuesta por aliados y el jalifa de La Meca; en cuanto a Italia, por acuerdo firmado en abril de 1917, se le reconocía como zona de influencia Adalia y la región de Esmirna.

Estas decisiones no eran conciliables con la carta de Mac Mahon a Hussein, que ahora parece un simple peón en el tablero internacional encargado de eliminar a Turquía, para hacer de esta manera más fácilmente realizables los proyectos de las grandes potencias.

Alemania destruye la industria de los países ocupados

A estos objetivos de guerra, que presuponían la victoria de la Entente, los Imperios centrales oponían una política realista que, en los países ocupados por ellos, iba preparando el mapa político y económico de la nueva Europa. Para proporcionar a la economía alemana los mercados que necesitaba, el ejército de ocupación destruyó en Francia millares de instalaciones fabriles y arrasó la mitad de los altos hornos de Bélgica.

Alemania intenta crear un estado nacional flamenco

Al mismo tiempo, Alemania preparaba el desmembramiento y la anexión de Bélgica intentando provocar la escisión del país en dos estados, de lengua flamenca el uno y francesa el otro. En marzo, la universidad de Gante fue flamenquizada, un Partido Activista elaboró un programa nacionalista flamenco y en febrero de 1917 se instauró un consejo de Flandes bajo la protección del Reich.

El Consejo de Flandes rompió solemnemente con la dinastía y con el gobierno belga instalado en El Havre y aprobó la unión aduanera con Alemania.

Al mismo tiempo que el Reich prometía convertir a Flandes en estado independiente, hacía un llamamiento a la población belga para convencerla de que fuese a trabajar a Alemania (octubre 1916). Ante la resistencia que encontró, la autoridad ocupante organizó en Bélgica y en el norte de Francia la deportación de millares de obreros, y a los que se negaban a trabajar se les internó en campos que fueron un precedente de lo que habían de ser durante la guerra de 1939-45 los campos de exterminio. En estas condiciones, la autoridad alemana tuvo que reconocer el fracaso de su tentativa de desmembramiento de Bélgica.

Además, los dirigentes del movimiento activista se dieron pronto cuenta de que Alemania los estaba utilizando como señuelo, pues la opinión pública alemana reclamaba la anexión de Bélgica y el Gran Estado Mayor alemán exigía la incorporación de la costa flamenca, la de la región comprendida entre Lieja y el Reich y el establecimiento de una intervención militar en todo el país.

Austria anuncia la creación de una Polonia independiente

Por su parte, el emperador Francisco José, poco antes de su fallecimiento, lanzó una proclama al pueblo polaco dándole a conocer su intención de hacer de Polonia un estado independiente, bajo la forma de monarquía hereditaria y constitucional, y crear un ejército de voluntarios polacos para liberar la Polonia rusa. Pero el pueblo polaco no respondió al llamamiento y el reclutamiento fue un fracaso.

El imperialismo nipón se extiende por China

Japón se apodera de las posesiones alemanas en China y el Pacífico

La entrada del Japón en la guerra fue motivada por la idea de arrebatar a Alemania sus bases en China y las islas que poseía en el Pacífico. El 7 de noviembre se rindió Tsin-Tao y después la flota japonesa ocupaba los archipiélagos alemanes de las Carolinas, de las Marianas y de las Marshall, intentando ganar tiempo a los australianos que tomaban la zona alemana de Nueva Guinea y de la isla Nauru, en el archipiélago Marshall.

DOMINIO JAPONÉS SOBRE CHINA

Después de terminar la guerra contra Alemania, Japón se dispuso a aprovecharse de la conflagración europea para lanzarse a una gran expansión en China. En enero de 1915, Yuan Shi Kai invitó al Japón a retirar sus tropas de Chantung; en respuesta, el gobierno de Tokio le hizo saber que estaba conforme en devolver Kiao-Cheu a China al final de la guerra, pero a condición de ocupar el puesto de Alemania en los ferrocarriles y en las minas de Chantung, que el contrato en virtud del cual ocupaba Liao Tung, así como la concesión del ferrocarril de Manchuria, se prorrogasen a 99 años, que se autorizase a los japoneses a residir en la Manchuria meridional y en Mongolia oriental, que la compañía de las minas de Han-Yeh-Ping y la de los establecimientos metalúrgicos de Hankeu se convirtieran en compañía china japonesa y que en Fu-Kien se debía conceder derecho de prioridad a los capitales japoneses. Además, China tendría que comprometerse —y esto era un golpe contra los europeos—, a no enajenar ningún punto de su litoral sin la autorización del Japón; como compensación, Japón pondría a disposición de China consejeros técnicos y militares. Esto equivalía a avasallar a China, lo mismo que Inglaterra había hecho con Egipto.

Después de solicitar en vano el apoyo de los Estados Unidos, Yuan Shi Kai se vió obligado a someterse a las exigencias japonesas. Una vez conseguidos sus deseos, el Japón se comprometió a restituir Kiao-Cheu, pero... a cambio de otro territorio en arriendo.

China fue incapaz de defenderse, pero el pueblo reaccionó boicoteando las mercancías y los bancos japoneses.

China, de nuevo en la anarquía

La humillación que el Japón acababa de infligir a la República china representaba un golpe terrible para el prestigio de Yuan Shi Kai, quien alegó que si no había hecho resistencia al Japón fue por no disponer de suficientes poderes. Inmediatamente, los adversarios de la restauración monárquica se sublevaron. En Cantón se formó un gobierno insurrecto y Yuan Shi Kai, a quien los bancos occidentales le negaron a hacer ningún empréstito, tuyo que renunciar al título imperial. Su muerte, acaecida en junio de 1916, puso fin a la lucha entre partidarios y adversarios del régimen monárquico. El vicepresidente Li Yuan Hong fue nombrado presidente de la República y convocó el Consejo Nacional disuelto por Yuan Shi Kai en 1913, pero a la primera sesión renació el conflicto entre los jefes republicanos del Kuomintang y los generales que querían someter la república a su dominio.

Se iniciaba la lucha entre el poder ejecutivo y el legislativo, y el presidente, para no contender con el Parlamento, destituyó al primer ministro Tuan, pero no pudo impedir que los generales gobernadores de las provincias se sublevasen y formasen en Tien-Tsin un gobierno insurrecto. El presidente se vio obligado a disolver el Parlamento y China se vio sin gobierno ni parlamento. Para tratar de restablecer la situación, Li Yuan Hong lla mó al general Chang Hiun, quien en vez de prestarle apoyo dio un golpe de estado para restablecer la dinastía manchú. El partido de los generales, que apoyaba a Tuan, se negó a reconocer al joven emperador Suan Zong (que había abdicado en 1912) e hizo bombardear Pekín. Después de once días de reinado, Suan Zong se retiró y el presidente de la República, abandonado de todos, se vio obligado a dimitir. Entonces, Tuan, en Pekín, se volvió a poner al frente del gobierno, mientras los miembros del Kuomintang se retiraban a Cantón y Shanghai, y el Sur se escindía del resto del país. Una vez más, China quedaba partida en dos: el Norte y el Sur.

Japón firma una alianza con Rusia

Mientras China volvía a sumirse en la anarquía (julio 1916), Japón se aliaba con Rusia para defender a China de una tercera potencia que fuese hostil a Rusia y al Japón. De este modo se establecía, en plena guerra, una colaboración entre los dos imperios dirigida contra las demás potencias y especialmente contra las naciones occidentales. Poco después, en marzo de 1917, Japón declaraba aceptar los objetivos de guerra rusos, a cambio de que Rusia aceptara los objetivos de guerra del Japón, que implicaban la cesión de los derechos que Alemania había poseído en China.

Al mismo tiempo, la Gran Bretaña, Francia e Italia firmaban convenios con el Japón (febrero y marzo de 1917) mediante los cuales se comprometían a apoyar en la conferencia de la paz reivindicaciones japonesas sobre Chantung, a condición de que lograra de China la ruptura de relaciones con Alemania.

El conflicto entre las dos Chinas

La China de Pekín, que formaba una inmensa masa continental, se encontraba a merced de los generales, verdaderos señores feudales instalados como gobernadores de las provincias, y del mariscal Tuan Ki Juey, que ejercía una dictadura militar. La China de Cantón, integrada por las provincias marítimas y las grandes ciudades de los negocios, continuaba sometida al Kuomintang y, bajo la autoridad de Sun Yat Sen, tendía a adoptar un régimen parlamentario basado en la soberanía nacional.

En agosto de 1917, los nordistas, para ganarse el apoyo del Japón e Inglaterra, declararon la guerra a Alemania, sin imaginar que al hacerlo refrendaban la aceptación por las potencias. occidentales de las ambiciones del Japón en China.

En octubre de 1917 se inició el conflicto entre la China del Norte y la del Sur. Cantón formó un gobierno independiente (enero 1918) y Pekín le declaró la guerra, que había de prolongarse hasta fines de aquel año.

Los Estados Unidos entran en guerra contra Alemania

Influencia de la guerra en la situación interior de América

Ante el ansia de imperialismo y de anexión que se apoderó de ambos bandos combatientes, Wilson, en enero de 1917, expuso ante el Senado que había de esperar una paz sin victoria, mensaje que fue mal acogido por los beligerantes. Además, los Estados Unidos, pese al anti intervencionismo del presidente, se veían obligados a mediar en los problemas internos de los demás estados americanos. Las repúblicas latinoamericanas se hallaban muy divididas con respecto a la guerra; tendencias en conflicto habían invalidado la entente que formaron la Argentina, Brasil y Chile (A.B.C.) para contrarrestar la preponderancia de los Estados Unidos en el continente americano; Chile y Bolivia sufrían una fuerte influencia alemana; el Perú, Argentina y Uruguay se mostraban favorables a la Entente y en cuanto a Méjico continuaba asolado por una cruentísima guerra civil, en la que en marzo de 1916 intervinieron militarmente los Estados Unidos.

La guerra submarina amenaza los intereses de los Estados Unidos

En el año 1916 la guerra estaba tanto más lejos de terminar cuanto que los apetitos de las potencias no dejaban de aguzarse. Sin embargo, el bloqueo iba debilitando a Alemania, que bajo el influjo de Ludendorff decidió llevar hasta el límite su guerra submarina. Con 154 submarinos se contaba echar a pique 600.000 toneladas al mes. Y tomaron la decisión —que Carlos I de Austria se resistía a adoptar— de empezar en febrero de 1917 una guerra submarina sin cuartel ni consideración ninguna hacia los neutrales. No hay duda que el Alto Estado Mayor alemán se dio cuenta de que su consecuencia podía ser la de empujar a los Estados Unidos a la guerra, pero confiaba en derrotar a Inglaterra antes de la intervención americana. Además, mientras a la flota submarina se le ordenaba el bloqueo de las Islas Británicas y de las costas francesas —a excepción de Sète, que abastecía a Suiza—, Berlín comunicó secretamente a Washington que los submarinos cuidarían de respetar los intereses norteamericanos y que el bloqueo cesaría en cuanto el presidente Wilson lograra establecer las bases de una paz aceptable para Alemania, esto es: restitución de sus colonias, expansión territorial hacia el Este y anexión de la cuenca del Briey; en cuanto a Bélgica, Alemania aceptaba su restauración bajo garantías especiales para el Reich, garantías que implicaban la supresión del ejército, la ocupación de Lieja y Namur y una intervención en los ferrocarriles. Wilson respondió a esta gestión devolviendo sus credenciales al embajador de Alemania.

Las tres quintas partes de las exportaciones de los Estados Unidos se dirigían a los países de la Entente, por lo que la guerra submarina perjudicaba gravemente a sus intereses. Además, la amenaza alemana iba más allá del límite de las preocupaciones económicas.

Alemania promete a Méjico la restitución de territorios

La presencia en Méjico de las tropas de los Estados Unidos creaba entre las dos potencias una situación bastante tensa. Y Zimmermann, secretario de Estado alemán en Asuntos Exteriores, la aprovechó para hacer saber a Méjico que en el caso de que los Estados Unidos entrasen en la guerra contra Alemania esta ofrecería a Méjico su alianza, haciéndole esperar la restitución de los territorios cedidos en 1848 —estos territorios eran Tejas, Arizona y Nuevo México—. Al mismo tiempo, Zimmermann aconsejaba al presidente Carranza que se pusiese en contacto con Tokio para intentar obtener del gobierno nipón la paz con Berlín o una inversión de alianzas que hiciese pasar al Japón al campo de las potencias centrales.

Los Estados Unidos entran en guerra contra Alemania

Al conocerse en Washington el mensaje de Zimmermann, Wilson respondió (marzo de 1917) proponiendo y obteniendo de la Cámara que votase la neutralidad armada, pero encontró después la oposición del Senado. Decidido entonces a obrar por su cuenta, autorizó a los navíos mercantes para armarse. El 19 de marzo, el vapor Vigilancia fue echado a pique con toda su tripulación. También en el transcurso de ese mes habían sido hundidos otros buques norteamericanos. El 2 de abril, Wilson se dirigió al Congreso y le propuso que se considerase la necesidad de ir a la guerra, y el 6 de abril de 1917 el Congreso de los Estados Unidos declaró la guerra a Alemania. La entrada de los Estados Unidos en el conflicto fue seguida por la de otras naciones de varios continentes, siendo las naciones americanas que declararon la guerra a Alemania en el curso del año 1917, Cuba, Panamá y Brasil, y al año siguiente, Guatemala, Nicaragua, Costa Rica, Haití y Honduras. Rompieron relaciones diplomáticas con Alemania, Bolivia, El Salvador, la República Dominicana, Uruguay, Perú y Ecuador. Permanecieron neutrales, Argentina, Colombia, Chile, Méjico, Paraguay y Venezuela.

Wilson declaró que los Estados Unidos no deseaban conquistas ni compensaciones, sino únicamente combatir contra la voluntad alemana de dominio, apoyada en procedimientos de guerra que eran un reto a la Humanidad. Los Estados Unidos no se unían a la Entente como aliados, sino como asociados, ni aceptaban compromiso alguno por sus objetivos de guerra. Además, hasta más tarde no declararon la guerra a Austria-Hungría y nunca lo hicieron a Bulgaria.

La entrada de los Estados Unidos en la guerra invertía en favor de la Entente el equilibrio de fuerzas y con su declarada hostilidad a toda política imperialista iba a encaminar por nuevos derroteros la diplomacia de las potencias beligerantes.

PIRENNE, Jacques, Historia Universal, Ed. Éxito, 1961, t. 7 págs. 109-132