Primera Guerra Mundial (1914-18)

Índice

La coyuntura internacional
La guerra
La revolución rusa
Europa, liberalismo y autoritarismo

La coyuntura internacional

El imperialismo conduce a la guerra
Julio de 1914

La Política imperialista conduce a la guerra

Los imperios continentales aceptan la eventualidad de una guerra

Seguidamente al Tratado de Bucarest (1913), la situación se hizo extraordinariamente tensa por la actitud de Austria-Hungría, que decidida a exterminar a Servia entabló negociaciones para aislarla y constituyó una nueva liga balcánica destinada a contrarrestar la influencia rusa.

Alemania, que había recuperado su influencia en Constantinopla, apoyaba el proyecto austríaco porque con él esperaba restablecer en los Balcanes el predominio de los imperios germánicos, condición esencial para sus planes de penetración en el Asia Anterior.

Así, pues, en los dos imperios centrales reinaba una psicosis de guerra, limitada en Austria a la clase dirigente, pero mucho más extendida en Alemania, donde dominaba a los medios militares, económicos y universitarios. La oposición manifestada por el Partido Socialista seguía siendo puramente verbal; el pan germanismo, aunque sin tener el completo apoyo de la opinión alemana, por lo menos la había preparado para admitir que la guerra se imponía como una necesidad de desarrollo del pueblo alemán y que, además, las potencias de la Triple Entente la hacían inevitable siguiendo su política de cerco a Alemania.

Por su lado, el gobierno ruso, a pesar de las corrientes de oposición —una liberal y marxista la otra— que debilitaban el régimen por la amenaza de una revolución latente, aceptaba también la idea de la guerra como una etapa inevitable del imperialismo moscovita. De este modo, los imperios continentales, empujados por sus ambiciones territoriales desde 1908, encaminaban a Europa hacia la más terrible conflagración.

El occidente, arrastrado por la alianza francorrusa

Muy otra era la posición de Occidente. Ni Inglaterra, ni Francia, deseaban la guerra, Inglaterra porque gozaba de una posición tan poderosa en el mundo que toda su política consistía en conservarla. No cabe duda de que el poderío naval de Alemania la inquietaba, pero ni Inglaterra, ni Alemania, estaban dispuestas a empeñar un duelo por el dominio de los mares. Inglaterra porque lo poseía; Alemania porque no podía disputárselo. Además, Inglaterra no tenía inconveniente en dejar que Alemania ocupase un lugar entre las potencias coloniales y Berlín no deseaba a ningún precio atacar la hegemonía mundial de Inglaterra sin haberse arrogado previamente una supremacía en el continente.

Además, Inglaterra y Francia estaban empeñadas en una política de reformas sociales que sólo podía ser llevada a término en una atmósfera de paz .

La única amenaza que pesaba sobre Occidente era el peligro de guerra en que lo ponía la alianza franco rusa. La actitud adoptada por Francia en 1913 había persuadido a Alemania de que una guerra contra Rusia determinaría ipso facto la guerra con Francia. Por lo tanto, su política imperialista consideraba como una necesidad el poner previamente a Francia fuera de combate. En 1913, el Quai d'Orsay fue prevenido por Alberto I, rey de Bélgica, de las intenciones de Alemania, por lo que Francia se consideraba con razón amenazada. Desde aquel momento, la alianza rusa se presentaba como suprema salvaguardia.

La alianza franco rusa unió tan íntimamente a Francia en las luchas de imperialismo de los países continentales, que ya no podía desentenderse de ellas; menos aún desde el momento en que apareció en Alemania la psicosis de la amenaza francesa y en Francia la de la amenaza alemana. Así, pues, el occidente de Europa iba a verse arrastrado a la más espantosa guerra de la Historia.

Los Estados Unidos intentan detener la carrera de armamentos

Ante estos imperialismos que deseaban la guerra, ninguna fuerza parecía suficiente para impedirla. Los Estados Unidos no parecían darse cuenta de que el peligro residía en la creciente tensión entre Rusia y los Imperios centrales. Para el gobierno americano, la cuestión más inquietante era la carrera de armamentos navales entre Inglaterra y Alemania. Desde la presidencia de Teodoro Roosevelt, los Estados Unidos habían entrado por la senda del imperialismo y su política intervencionista en América continuó bajo la presidencia de Taft, elegido en 1908. Frente al Partido Republicano, que estaba en el poder, los demócratas permanecían hostiles a toda política imperialista. Así, cuando en 1912 volvieron al poder llevando a la presidencia a Woodrow Wilson, el primer gesto político de este fue el de declarar solemnemente que, bajo su presidencia, los Estados Unidos jamás adquirirían territorios por conquista. Pero la postura ya adoptada por la República norteamericana no le permitió retroceder y las circunstancias le obligaron a continuar la política de intervención en Nicaragua, Haití, Santo Domingo y Méjico.

Los Estados Unidos parecían empeñados en una política de tutela y protección del continente americano, imperialismo continental que en lugar de alejar a los Estados Unidos del mar les obligaba a ocupar en él un espacio cada vez mayor. En 1914, la apertura del canal de Panamá iba a entregarles el dominio de una de las grandes arterias del transporte marítimo internacional, y por su presencia en las Filipinas se habían convertido en una gran potencia del océano Pacífico. Por otra parte, el inmenso desarrollo de su producción industrial y sus disponibilidades financieras, que hacían de ellos la mayor potencia económica del mundo, tenían que llevarles necesariamente a aumentar su poderío naval.

Los efectivos navales de Alemania, que provocaban el aumento de las fuerzas marítimas británicas, no podían dejar de inquietar a los Estados Unidos, y para intentar detener esta carrera de armamentos en la que América se vería obligada a entrar a su vez, en mayo de 1914 el presidente Wilson encargó al coronel House que recorriese las capitales europeas y preparase el ambiente para un acuerdo sobre limitación de armamentos, especialmente de los navales. Pero en Berlín, Guillermo II se negó a comprometerse, en París la crisis política que provocó en junio la caída del gabinete Ribot impidió las conversaciones y en Londres, donde el coronel House propuso un plan de cooperación internacional, el gabinete inglés, absorbido por la cuestión del Home rule irlandés, no le prestó gran atención. Y cuando, por fin, iban a entablarse las conversaciones, el asesinato del archiduque Francisco Fernando las hizo inútiles.

Desde entonces, los Estados Unidos, mostrando una incomprensión total para los problemas que se planteaban en Europa, se encerrarían en un aislacionismo ante el conflicto que se avecinaba, que ellos creían se limitaría a Europa.

Postura de las masas obreras ante la amenaza de guerra

El movimiento obrero francés, que ya en 1907 intentó alzar a los sindicatos obreros contra la guerra —tentativa renovada, también en vano, en 1911, a raíz de la cuestión de Agadir, y en 1912 con motivo de la guerra de los Balcanes—, se dio por fin cuenta de que los sindicatos alemanes no respondían y de que el sindicalismo francés fue el único en declarar que, en caso de guerra, provocaría una huelga general revolucionaria (septiembre de 1912). En julio de 1914, mientras Europa vivía en el temor de la catástrofe, Jaurés no halló ningún eco en Alemania cuando en el congreso nacional del Partido Socialista francés, en un intento para impedir la guerra, preconizó la huelga obrera organizada simultánea e internacionalmente en los países interesados.

El 26 de julio, Jouhaux se entrevistó en Bruselas con Legien, delegado por la central sindical alemana, que le confesó no podía hacer nada en contra la guerra. Por otra parte, ante el peligro inminente, el patriotismo de la clase obrera francesa se iba despertando.

Las manifestaciones obreras contra la guerra que se produjeron en París en julio fueron obra de una minoría, El 31 de julio, Jaurés fue asesinado, mientras en todos los países continuaba la movilización, sin que nada la entorpeciese.

En todas partes, el sentimiento de solidaridad nacional se mostraba más fuerte que el movimiento de solidaridad de clase.

Julio de 1914

Francisco Fernando.Francisco Fernando, archiduque de Austria-Este, el heredero al trono austrohúngaro.

El asesinato del archiduque Francisco Fernando, preparado por Belgrado y perpetrado en Sarajevo el 28 de junio, proporcionó a Austria-Hungría la ocasión que buscaba. Después de asegurarse el apoyo de Alemania, que la animó a actuar con la máxima energía (5 y 6 de julio), hizo llegar a Servia una nota durísima que provocó viva reacción en Rusia. El ministro de Asuntos Exteriores, Sazonov, advirtió al embajador de Alemania que si Austria se comían a Servia los rusos irían a la guerra.

Poincaré, presidente de la República francesa, tenía proyectado visitar al zar en San Petersburgo el 20 de julio. Viena esperó para echar los dados sobre el tablero a que hubiese abandonado la capital rusa. No obstante, Poincaré dio a entender al embajador de Austria que en caso de conflicto Francia estaría al lado de Rusia, mientras confirmaba al gobierno del zar que estaba dispuesta a cumplir todas las obligaciones impuestas por la alianza; ahora bien, al mismo tiempo recomendó a Rusia que no hiciese nada que pudiese dar pie a una réplica alemana.

Poincaré abandonó San Petersburgo el 23 de julio y el mismo día Viena hacía entregar en Belgrado un ultimátum intimando al gobierno de Servia a desautorizar la propaganda hecha en su territorio contra Austria, a disolver las entidades que la inspiraban y a buscar y castigar a los culpables del atentado. Además, Servia debía autorizar que funcionarios austríacos tomasen parte en la represión del movimiento subversivo. Belgrado aceptó el ultimátum a excepción de la última exigencia, e inmediatamente Austria rompió las relaciones con Servia y decretó la movilización.

Sorprendido por la acción de Austria, acerca de la cual no fue consultado, el gobierno de Roma hizo saber a Viena que su actitud agresiva excluía el casus foederis y que, en caso de guerra, Italia permanecería neutral (24 de julio).

En cuanto a Inglaterra, adoptó una actitud reservada. El 24 de julio, conferenciando con Lichnowski, embajador de Alemania en Londres, lord Grey solo le habló de la eventualidad de una guerra de las cuatro potencias, dando a entender que Inglaterra no pensaba intervenir, y el 26 el rey Jorge V daba al príncipe Enrique de Prusia, hermano de Guillermo II, la seguridad de que ni él, ni su gobierno, escatimarían medios para que la guerra no afectase sino a Austria y Servia. Sin embargo, lord Grey aconsejó moderación a Lichnowski, quien comunicó a Guillermo II su impresión de que, en caso de guerra general, Inglaterra no se mantendría neutral.

El 27 de julio, Londres propuso una conferencia de los cuatro para tratar de solucionar el problema austro servio, pero Alemania se negó, y al día siguiente Austria-Hungría, colocando a Europa ante el hecho consumado, declaró la guerra a Servia. Rusia respondió el 29 movilizando los cuerpos de ejército destinados a operar contra Austria, pero mostrándose todavía dispuesta a parlamentar. La Gran Bretaña propuso una nueva fórmula, mediante la cual Viena se prestaría a negociar con las potencias europeas, pero ocupando Belgrado en concepto de garantía. Por otra parte, sir Edward Grey comunicaba a Lichnowski que si Alemania y Francia se veían complicadas en el conflicto le sería difícil a Gran Bretaña no intervenir. Al mismo tiempo que procuraba de este modo detener a Berlín en los umbrales de la guerra, exhortaba a Francia a la prudencia, haciendo saber a su embajador en Londres que la opinión no permitiría al gobierno inglés comprometer al país en una guerra provocada por un conflicto balcánico y que, incluso si Alemania y Francia se veían implicadas en la lucha, Londres no tenía aún decidida su línea de conducta.

Francia no era ya libre de modificar su posición. Pero ante aquella amenaza, el gobierno de Berlín, que daba por descontada la neutralidad inglesa, pareció atravesar por un momento de pánico, se mostró vacilante e instó a Viena para que aceptase la propuesta de Inglaterra. Al mismo tiempo, Bethmann intervenía cerca del embajador británico en Berlín prometiendo que si Londres se mantenía neutral en caso de guerra contra Francia y de invasión de Bélgica, garantizaría la integridad de los territorios de Francia y Bélgica después de la guerra, aunque sin adquirir el mismo compromiso con respecto a sus colonias. Lord Grey rechazó esta proposición en términos indignados.

Mientras tanto, en Berlín había vuelto a imponerse la influencia del Estado Mayor, Viena se negaba a modificar su actitud e Inglaterra permanecía indecisa. Y Alemania volvió a adoptar una actitud francamente agresiva.

El mismo 29 de julio, sin esperar la respuesta de lord Grey, el gobierno alemán notificó a San Petersburgo que no toleraría la continuación de las medidas militares rusas, a lo que Rusia respondió promulgando la orden de movilización general. La réplica alemana fue inmediata: el día 31 llegó a San Petersburgo un ultimátum exigiendo el cese de la movilización y otro a París conminándole a dar a conocer la actitud que adoptaría en caso de guerra entre Alemania y Rusia; la nota añadía que si Francia se declaraba dispuesta a mantener la neutralidad, Alemania exigía como garantía la entrega de las plazas fuertes de Toul y Verdún. Era obligarla a entrar en la guerra. Rusia no respondió al ultimátum, y Francia contestó que obraría de acuerdo con sus intereses.

Durante este tiempo, en el Parlamento inglés se desarrollaba una dramática lucha. Lord Grey, apoyado por Asquith, Haldane y Churchill, quería que se declarase que en caso de guerra Inglaterra no mantendría la neutralidad; pero frente a ellos, once miembros del gabinete se oponían a la intervención, mientras Lloyd George y su grupo se reservaban.

En tan difícil situación, Grey intentó limitar el conflicto y, el 1 de julio hizo pedir a Alemania y a Francia que se comprometiesen a respetar la neutralidad belga. Alemania se negó a pronunciarse; Francia, a pesar de su Estado Mayor, que quería adelantarse a Berlín haciendo penetrar sus tropas en Bélgica. dio las seguridades pedidas. Entonces, cediendo a un grupo que era hostil a la entrada de la Gran Bretaña en la guerra, Grey hizo a Lichnowski la proposición de que él garantizaría la neutralidad de Inglaterra y Francia a condición de que los alemanes no atacasen a esta. Era la postrer tentativa para alejar a las potencias de Occidente de la guerra. Guillermo II aceptó la propuesta de lord Grey, pero Cambon, embajador de Francia en Londres, se negó en nombre de su país a admitir incluso la posibilidad de semejante actitud. El mismo día, 1 de agosto, Alemania declaró la guerra a Rusia, mientras Francia movilizaba y ordenaba a sus tropas que, para evitar incidentes, se mantuviesen a diez kilómetros de la frontera.

El 2 de agosto, y mientras sus tropas invadían Luxemburgo, Berlín envió a Bruselas un ultimátum conminando al gobierno a permitir que el ejército alemán atravesase el territorio belga. Ese mismo día el gobierno inglés aún negaba a Francia la seguridad de su intervención, pero se comprometió a defender las costas francesas del canal de la Mancha y del Atlántico conforme a las cláusulas de su convenio naval. El 3 de agosto, Bélgica rechazó el ultimátum alemán y reclamó el apoyo de las potencias signatarias del Acta de Neutralidad de 1839. El mismo día, alegando incidentes en la frontera totalmente imaginarios, Alemania declaró la guerra a Francia.

La invasión de Bélgica, cuya neutralidad estaba garantizada por Inglaterra y por Alemania obligó a Londres a entrar en la lucha. El 3 de agosto, lord Grey expuso en la Cámara de los Comunes las razones que Inglaterra tenía para marchar al lado de Francia y Bélgica; el dia 4 Londres dirigió a Berlín un ultimátum exigiendo el respeto de la neutralidad belga, y como este ultimátum no produjo efecto y el ejército alemán atravesaba la frontera belga, Inglaterra se declaró en estado de guerra con Alemania. Esta actitud de haber sido adoptada unos días antes, tal vez hubiera evitado el conflicto. El mismo día, Rumanía, a quien una alianza defensiva ligaba con los Imperios centrales, hizo saber que se mantenía neutral.

Comenzaba la espantosa guerra que había de desgarrar a Europa. Y que terminó con la hegemonía europea en el mundo.

PIRENNE, Jacques, Historia Universal, Ed. Éxito, 1961, t. 7 págs. 101-108