Introducción

Collague acerca de la Primera Guerra Mundial

Seguidamente al Tratado de Bucarest (1913), la situación se hizo extraordinariamente tensa por la actitud de Austria-Hungría, que decidida a exterminar a Servia entabló negociaciones para aislarla y constituyó una nueva liga balcánica destinada a contrarrestar la influencia rusa. Alemania, que había recuperado su influencia en Constantinopla, apoyaba el proyecto austríaco porque con él esperaba restablecer en los Balcanes el predominio de los imperios germánicos, condición esencial para sus planes de penetración en el Asia Anterior.

Así, pues, en los dos imperios centrales reinaba una psicosis de guerra, limitada en Austria a la clase dirigente, pero mucho más extendida en Alemania, donde dominaba a los medios militares, económicos y universitarios. La oposición manifestada por el Partido Socialista seguía siendo puramente verbal; el pan germanismo, aunque sin tener el completo apoyo de la opinión alemana, por lo menos la había preparado para admitir que la guerra se imponía como una necesidad de desarrollo del pueblo alemán y que, además, las potencias de la Triple Entente la hacían inevitable siguiendo su política de cerco a Alemania.

Por su lado, el gobierno ruso, a pesar de las corrientes de oposición —una liberal y marxista la otra— que debilitaban el régimen por la amenaza de una revolución latente, aceptaba también la idea de la guerra como una etapa inevitable del imperialismo moscovita. De este modo, los imperios continentales, empujados por sus ambiciones territoriales desde 1908, encaminaban a Europa hacia la más terrible conflagración.

El occidente, arrastrado por la alianza francorrusa

Muy otra era la posición de Occidente. Ni Inglaterra, ni Francia, deseaban la guerra, Inglaterra porque gozaba de una posición tan poderosa en el mundo que toda su política consistía en conservarla. No cabe duda de que el poderío naval de Alemania la inquietaba, pero ni Inglaterra, ni Alemania, estaban dispuestas a empeñar un duelo por el dominio de los mares. Inglaterra porque lo poseía; Alemania porque no podía disputárselo. Además, Inglaterra no tenía inconveniente en dejar que Alemania ocupase un lugar entre las potencias coloniales y Berlín no deseaba a ningún precio atacar la hegemonía mundial de Inglaterra sin haberse arrogado previamente una supremacía en el continente.

Además, Inglaterra y Francia estaban empeñadas en una política de reformas sociales que sólo podía ser llevada a término en una atmósfera de paz .

La única amenaza que pesaba sobre Occidente era el peligro de guerra en que lo ponía la alianza franco rusa. La actitud adoptada por Francia en 1913 había persuadido a Alemania de que una guerra contra Rusia determinaría ipso facto la guerra con Francia. Por lo tanto, su política imperialista consideraba como una necesidad el poner previamente a Francia fuera de combate. En 1913, el Quai d'Orsay fue prevenido por Alberto I, rey de Bélgica, de las intenciones de Alemania, por lo que Francia se consideraba con razón amenazada. Desde aquel momento, la alianza rusa se presentaba como suprema salvaguardia.

La alianza franco rusa unió tan íntimamente a Francia en las luchas de imperialismo de los países continentales, que ya no podía desentenderse de ellas; menos aún desde el momento en que apareció en Alemania la psicosis de la amenaza francesa y en Francia la de la amenaza alemana. Así, pues, el occidente de Europa iba a verse arrastrado a la más espantosa guerra de la Historia.

Los Estados Unidos intentan detener la carrera de armamentos

Ante estos imperialismos que deseaban la guerra, ninguna fuerza parecía suficiente para impedirla. Los Estados Unidos no parecían darse cuenta de que el peligro residía en la creciente tensión entre Rusia y los Imperios centrales. Para el gobierno americano, la cuestión más inquietante era la carrera de armamentos navales entre Inglaterra y Alemania. Desde la presidencia de Teodoro Roosevelt, los Estados Unidos habían entrado por la senda del imperialismo y su política intervencionista en América continuó bajo la presidencia de Taft, elegido en 1908. Frente al Partido Republicano, que estaba en el poder, los demócratas permanecían hostiles a toda política imperialista. Así, cuando en 1912 volvieron al poder llevando a la presidencia a Woodrow Wilson, el primer gesto político de este fue el de declarar solemnemente que, bajo su presidencia, los Estados Unidos jamás adquirirían territorios por conquista. Pero la postura ya adoptada por la República norteamericana no le permitió retroceder y las circunstancias le obligaron a continuar la política de intervención en Nicaragua, Haití, Santo Domingo y Méjico.

Los Estados Unidos parecían empeñados en una política de tutela y protección del continente americano, imperialismo continental que en lugar de alejar a los Estados Unidos del mar les obligaba a ocupar en él un espacio cada vez mayor. En 1914, la apertura del canal de Panamá iba a entregarles el dominio de una de las grandes arterias del transporte marítimo internacional, y por su presencia en las Filipinas se habían convertido en una gran potencia del océano Pacífico. Por otra parte, el inmenso desarrollo de su producción industrial y sus disponibilidades financieras, que hacían de ellos la mayor potencia económica del mundo, tenían que llevarles necesariamente a aumentar su poderío naval.

Los efectivos navales de Alemania, que provocaban el aumento de las fuerzas marítimas británicas, no podían dejar de inquietar a los Estados Unidos, y para intentar detener esta carrera de armamentos en la que América se vería obligada a entrar a su vez, en mayo de 1914 el presidente Wilson encargó al coronel House que recorriese las capitales europeas y preparase el ambiente para un acuerdo sobre limitación de armamentos, especialmente de los navales. Pero en Berlín, Guillermo II se negó a comprometerse, en París la crisis política que provocó en junio la caída del gabinete Ribo t impidió las conversaciones y en Londres, donde el coronel House propuso un plan de cooperación internacional, el gabinete inglés, absorbido por la cuestión del Home rule irlandés, no le prestó gran atención. Y cuando, por fin, iban a entablarse las conversaciones, el asesinato del archiduque Francisco Fernando las hizo inútiles.

Desde entonces, los Estados Unidos, mostrando una incomprensión total para los problemas que se planteaban en Europa, se encerrarían en un aislacionismo ante el conflicto que se avecinaba, que ellos creían se limitaría a Europa.

Postura de las masas obreras ante la amenaza de guerra

El movimiento obrero francés, que ya en 1907 intentó alzar a los sindicatos obreros contra la guerra —tentativa renovada, también en vano, en 1911, a raíz de la cuestión de Agadir, y en 1912 con motivo de la guerra de los Balcanes—, se dio por fin cuenta de que los sindicatos alemanes no respondían y de que el sindicalismo francés fue el único en declarar que, en caso de guerra, provocaría una huelga general revolucionaria (septiembre de 1912). En julio de 1914, mientras Europa vivía en el temor de la catástrofe, Jaurés no halló ningún eco en Alemania cuando en el congreso nacional del Partido Socialista francés, en un intento para impedir la guerra, preconizó la huelga obrera organizada simultánea e internacionalmente en los países interesados.

El 26 de julio, Jouhaux se entrevistó en Bruselas con Legien, delegado por la central sindical alemana, que le confesó no podía hacer nada en contra la guerra. Por otra parte, ante el peligro inminente, el patriotismo de la clase obrera francesa se iba despertando. Las manifestaciones obreras contra la guerra que se produjeron en París en julio fueron obra de una minoría, El 31 de julio, Jaurés fue asesinado, mientras en todos los países continuaba la movilización, sin que nada la entorpeciese. En todas partes, el sentimiento de solidaridad nacional se mostraba más fuerte que el movimiento de solidaridad de clase.

Asesinato del archiduque Francisco

Francisco Fernando.

El asesinato del archiduque Francisco Fernando, preparado por Belgrado y perpetrado en Sarajevo el 28 de junio de 1914, proporcionó a Austria-Hungría la ocasión que buscaba. Después de asegurarse el apoyo de Alemania, que la animó a actuar con la máxima energía (5 y 6 de julio), hizo llegar a Servia una nota durísima que provocó viva reacción en Rusia. El ministro de Asuntos Exteriores, Sazonov, advirtió al embajador de Alemania que si Austria se comían a Servia los rusos irían a la guerra.

Poincaré, presidente de la República francesa, tenía proyectado visitar al zar en San Petersburgo el 20 de julio. Viena esperó para echar los dados sobre el tablero a que hubiese abandonado la capital rusa. No obstante, Poincaré dio a entender al embajador de Austria que en caso de conflicto Francia estaría al lado de Rusia, mientras confirmaba al gobierno del zar que estaba dispuesta a cumplir todas las obligaciones impuestas por la alianza; ahora bien, al mismo tiempo recomendó a Rusia que no hiciese nada que pudiese dar pie a una réplica alemana. Poincaré abandonó San Petersburgo el 23 de julio y el mismo día Viena hacía entregar en Belgrado un ultimátum intimando al gobierno de Servia a desautorizar la propaganda hecha en su territorio contra Austria, a disolver las entidades que la inspiraban y a buscar y castigar a los culpables del atentado.

Además, Servia debía autorizar que funcionarios austríacos tomasen parte en la represión del movimiento subversivo. Belgrado aceptó el ultimátum a excepción de la última exigencia, e inmediatamente Austria rompió las relaciones con Servia y decretó la movilización. Sorprendido por la acción de Austria, acerca de la cual no fue consultado, el gobierno de Roma hizo saber a Viena que su actitud agresiva excluía el casus foederis y que, en caso de guerra, Italia permanecería neutral (24 de julio).

En cuanto a Inglaterra, adoptó una actitud reservada. El 24 de julio, conferenciando con Lichnowski, embajador de Alemania en Londres, lord Grey solo le habló de la eventualidad de una guerra de las cuatro potencias, dando a entender que Inglaterra no pensaba intervenir, y el 26 el rey Jorge V daba al príncipe Enrique de Prusia, hermano de Guillermo II, la seguridad de que ni él, ni su gobierno, escatimarían medios para que la guerra no afectase sino a Austria y Servia. Sin embargo, lord Grey aconsejó moderación a Lichnowski, quien comunicó a Guillermo II su impresión de que, en caso de guerra general, Inglaterra no se mantendría neutral.

El 27 de julio, Londres propuso una conferencia de los cuatro para tratar de solucionar el problema austro servio, pero Alemania se negó, y al día siguiente Austria-Hungría, colocando a Europa ante el hecho consumado, declaró la guerra a Servia. Rusia respondió el 29 movilizando los cuerpos de ejército destinados a operar contra Austria, pero mostrándose todavía dispuesta a parlamentar. La Gran Bretaña propuso una nueva fórmula, mediante la cual Viena se prestaría a negociar con las potencias europeas, pero ocupando Belgrado en concepto de garantía. Por otra parte, sir Edward Grey comunicaba a Lichnowski que si Alemania y Francia se veían complicadas en el conflicto le sería difícil a Gran Bretaña no intervenir. Al mismo tiempo que procuraba de este modo detener a Berlín en los umbrales de la guerra, exhortaba a Francia a la prudencia, haciendo saber a su embajador en Londres que la opinión no permitiría al gobierno inglés comprometer al país en una guerra provocada por un conflicto balcánico y que, incluso si Alemania y Francia se veían implicadas en la lucha, Londres no tenía aún decidida su línea de conducta.

Francia no era ya libre de modificar su posición. Pero ante aquella amenaza, el gobierno de Berlín, que daba por descontada la neutralidad inglesa, pareció atravesar por un momento de pánico, se mostró vacilante e instó a Viena para que aceptase la propuesta de Inglaterra. Al mismo tiempo, Bethmann intervenía cerca del embajador británico en Berlín prometiendo que si Londres se mantenía neutral en caso de guerra contra Francia y de invasión de Bélgica, garantizaría la integridad de los territorios de Francia y Bélgica después de la guerra, aunque sin adquirir el mismo compromiso con respecto a sus colonias. Lord Grey rechazó esta proposición en términos indignados.

Mientras tanto, en Berlín había vuelto a imponerse la influencia del Estado Mayor, Viena se negaba a modificar su actitud e Inglaterra permanecía indecisa. Y Alemania volvió a adoptar una actitud francamente agresiva.

El mismo 29 de julio, sin esperar la respuesta de lord Grey, el gobierno alemán notificó a San Petersburgo que no toleraría la continuación de las medidas militares rusas, a lo que Rusia respondió promulgando la orden de movilización general. La réplica alemana fue inmediata: el día 31 llegó a San Petersburgo un ultimátum exigiendo el cese de la movilización y otro a París conminándole a dar a conocer la actitud que adoptaría en caso de guerra entre Alemania y Rusia; la nota añadía que si Francia se declaraba dispuesta a mantener la neutralidad, Alemania exigía como garantía la entrega de las plazas fuertes de Toul y Verdún. Era obligarla a entrar en la guerra. Rusia no respondió al ultimátum, y Francia contestó que obraría de acuerdo con sus intereses.

Durante este tiempo, en el Parlamento inglés se desarrollaba una dramática lucha. Lord Grey, apoyado por Asquith, Haldane y Churchill, quería que se declarase que en caso de guerra Inglaterra no mantendría la neutralidad; pero frente a ellos, once miembros del gabinete se oponían a la intervención, mientras Lloyd George y su grupo se reservaban.

En tan difícil situación, Grey intentó limitar el conflicto y, el 1 de julio hizo pedir a Alemania y a Francia que se comprometiesen a respetar la neutralidad belga. Alemania se negó a pronunciarse; Francia, a pesar de su Estado Mayor, que quería adelantarse a Berlín haciendo penetrar sus tropas en Bélgica. dio las seguridades pedidas. Entonces, cediendo a un grupo que era hostil a la entrada de la Gran Bretaña en la guerra, Grey hizo a Lichnowski la proposición de que él garantizaría la neutralidad de Inglaterra y Francia a condición de que los alemanes no atacasen a esta. Era la postrer tentativa para alejar a las potencias de Occidente de la guerra. Guillermo II aceptó la propuesta de lord Grey, pero Cambon, embajador de Francia en Londres, se negó en nombre de su país a admitir incluso la posibilidad de semejante actitud. El mismo día, 1 de agosto, Alemania declaró la guerra a Rusia, mientras Francia movilizaba y ordenaba a sus tropas que, para evitar incidentes, se mantuviesen a diez kilómetros de la frontera.

El 2 de agosto, y mientras sus tropas invadían Luxemburgo, Berlín envió a Bruselas un ultimátum conminando al gobierno a permitir que el ejército alemán atravesase el territorio belga. Ese mismo día el gobierno inglés aún negaba a Francia la seguridad de su intervención, pero se comprometió a defender las costas francesas del canal de la Mancha y del Atlántico conforme a las cláusulas de su convenio naval. El 3 de agosto, Bélgica rechazó el ultimátum alemán y reclamó el apoyo de las potencias signatarias del Acta de Neutralidad de 1839. El mismo día, alegando incidentes en la frontera totalmente imaginarios, Alemania declaró la guerra a Francia.

La invasión de Bélgica, cuya neutralidad estaba garantizada por Inglaterra y por Alemania obligó a Londres a entrar en la lucha. El 3 de agosto, lord Grey expuso en la Cámara de los Comunes las razones que Inglaterra tenía para marchar al lado de Francia y Bélgica; el dia 4 Londres dirigió a Berlín un ultimátum exigiendo el respeto de la neutralidad belga, y como este ultimátum no produjo efecto y el ejército alemán atravesaba la frontera belga, Inglaterra se declaró en estado de guerra con Alemania. Esta actitud de haber sido adoptada unos días antes, tal vez hubiera evitado el conflicto. El mismo día, Rumanía, a quien una alianza defensiva ligaba con los Imperios centrales, hizo saber que se mantenía neutral.

Comenzaba la espantosa guerra que había de desgarrar a Europa. Y que terminó con la hegemonía europea en el mundo.

Guerra relámpago y fracaso

Beligerantes y neutrales

A las declaraciones de guerra que agrupaban, por un lado, a los imperios de Alemania y Austria-Hungría, y por otro al Imperio ruso, a la República francesa y al reino de la Gran Bretaña, acompañó una gran actividad diplomática por parte de las potencias beligerantes con respecto a los países neutrales. Suiza, y los Países Bajos estaban dispuestos a mantener una neutralidad absoluta; de los países escandinavos, Noruega se inclinaba hacia Inglaterra, Suecia hacia Alemania y Dinamarca, por temor a una intervención alemana, obedeció a Berlín en su exigencia de que cerrase y minase los estrechos. España mantenía relaciones amistosas con Francia, y Portugal, aunque aliado de la Gran Bretaña, permaneció de momento al margen de la guerra.

En cuanto a Italia, desde agosto había manifestado su voluntad de conservar la neutralidad, justificando su decisión de no colocarse al lado de sus aliados de la Triple Alianza en la negativa de Austria a su petición de compensaciones territoriales después de la anexión de Bosnia y Herzegovina, Ahora bien, al mismo tiempo, el embajador de Italia preguntaba a Sazonov si, en el caso de que Roma se incorporase a la Entente, le permitiría Rusia adquirir una situación preponderante en el Adriático.

En los Balcanes, Turquía había tomado partido por Alemania y el 22 de julio ofreció a Berlín una alianza secreta que se firmó el 2 de agosto, mientras Enver Bajá aseguraba a Inglaterra su deseo de neutralidad. Grecia, a la que una alianza (1913) ligaba con Servia en contra de Bulgaria y que ambicionaba anexionarse territorios búlgaros y turcos, se mantuvo neutral, inclinándose el primer ministro Venizelos hacia la Entente y el rey Constantino hacia Alemania. Bulgaria, que nunca ocultó sus ambiciones hacia Dobrudja y la Macedonia griega y servia, se inclinaba hacia los Imperios centrales, pero el rey Fernando prefirió conservar una neutralidad expectante. En cuanto a Rumania, Viena y Berlín le ofrecían Besarabia —provincia rusa— si se mantenía fiel a la alianza de 1885 que la ligaba a Austria, en tanto que las potencias de la Entente estaban dispuestas, si entraba en la guerra al lado suyo, a entregarle Transilvania —provincia húngara—. Pero Carol de Hohenzollern, aunque partidario de Alemania, estimó más prudente proclamar (3 de agosto) la neutralidad del reino.

La primera potencia que se unió a los beligerantes fue el Japón. El 8 de agosto ofreció a la Gran Bretaña emprender en el Extremo Oriente una acción conjunta contra la base alemana de Kiao-Cheu, en China, pero Londres, temiendo disgustar a Washington, prefirió dejar que Tokio obrase por su cuenta. Y el 23 de agosto, Japón declaró la guerra a Alemania.

Francia inició en seguida negociaciones para conseguir que cuerpos de ejército japoneses viniesen a combatir a Europa, pero el Japón sólo entraba en guerra para desarrollar sus planes de expansión en China. El 19 de noviembre, su ministro de Negocios Extranjeros, barón Kato, declaró a las potencias de la Entente que las fuerzas japonesas no combatirían en Europa. Ello evitó a las potencias occidentales el más grave de los errores, pues probablemente esta acción les hubiera privado del apoyo de los Estados Unidos.

Los Estados Unidos, cuyo inmenso poder económico era una baza decisiva en el equilibrio de las fuerzas en presencia, temían la extensión del poderío japonés. El 19 de agosto, el presidente Wilson expuso su posición afirmando que mantendrían una neutralidad e imparcialidad absolutas, pues no querían favorecer la hegemonía alemana o rusa en Europa, ni la hegemonía japonesa en el Extremo Oriente. Los Estados Unidos deseaban, pues, una paz rápida y por arbitraje.

Wilson fue uno de los pocos estadistas —tal vez el único— que se dio perfecta cuenta de que lo que iba a disputarse en la guerra era la hegemonía de Alemania o la de Rusia, y que en esta lucha las potencias occidentales no tenían nada que ganar y sí mucho que perder.

Las fuerzas, frente a frente

A primera vista, los dos campos parecían igualados en fuerza. La Entente disponía de 170 divisiones y los Imperios centrales de 150, pero estos tenían franca superioridad de armamento, especialmente en artillería pesada. En cambio, por mar la Entente llevaba amplia ventaja a la doble alianza, ya que Inglaterra y Francia oponían 81 acorazados a los 51 que ponían en línea Alemania y Austria.

Fracaso del plan de guerra alemán
Primera Batalla del Marne. Soldados franceses en sus posiciones.

El plan de Alemania, cuidadosamente estudiado, consistía en poner fin a la guerra en seis semanas, mediante una ofensiva fulminante en Francia que les permitiera volver inmediatamente todas sus fuerzas contra Rusia. En el Este, Alemania se limitó a contener el empuje ruso en Prusia oriental, mientras lanzaba todas sus tropas, a través de Bélgica, al asalto de Francia y esta dispersaba sus fuerzas en Alsacia en una ofensiva inútil. Pero el plan alemán no pudo realizarse. En Lieja, la resistencia del ejército belga le hizo perder tres días y la magnífica contención realizada en el Marne por el general Joffre (5-8 de septiembre) cortó el avance alemán sobre París. Así detenido, el ejército del kaiser intentó rodear por el oeste al francés, pero en el Yser se le interpusieron las tropas belgas (19 de octubre-principios de noviembre) y luego en Ypres (noviembre) las inglesas, mientras el ejército ruso emprendía una ofensiva en la región de los Lagos Masurianos que obligó a los alemanes a trasladar al frente oriental importantes efectivos. Por otra parte, el ejército austrohúngaro, después de apoderarse de Belgrado, se vio detenido por una contraofensiva servia.

Desde aquel momento se podía considerar fracasado el plan alemán. En el Oeste se estabilizó un frente inmenso desde el mar hasta Suiza. La guerra se imponía para Alemania en los dos frentes. Para aliviarlos, quiso obligar a Turquía a entrar en el conflicto, lo que forzaría a Rusia a retirar tropas hacia el Cáucaso y a la Gran Bretaña a defender Egipto. Mas como Enver Bajá vacilase, el almirante alemán que mandaba dos cruceros refugiados en Turquía se hizo a la mar enarbolando el pabellón turco y bombardeó Odesa y Sebastopol. Comprometida así en el conflicto, Turquía se vió obligada a lanzar el llamamiento a la guerra santa (16 de noviembre).

Estados unidos preconizan una paz de statu quo ante

Después de la batalla del Marne, los Estados Unidos decidieron ofrecer su mediación y Alemania, al concluir la batalla del Yser, dio a entender que no se negaría a considerar la terminación de la guerra. El coronel House volvió a Europa para intentar obtener una paz basada en el statu quo ante y en la desaparición del militarismo. Inglaterra estaba dispuesta a adherirse siempre que Bélgica recobrase su independencia. Pero Francia exigía la restitución de Alsacia y Lorena, Rusia reivindicaba los Estrechos y Alemania rechazaba el statu quo. Además, todas las potencias tenían ya sus objetivos de guerra que hacían imposible una paz blanca.

Las potencias, ante una guerra larga

Alemania responde al bloqueo con la guerra submarina

Había que resignarse a una guerra larga, y para proseguirla iban a entrar también en juego las fuerzas económicas. Se planteaban problemas de imperiosa resolución: creación de industrias de guerra, reclutamiento de mano de obra para suplir la movilizada y disponibilidad de materias primas. Todas las potencias se verían obligadas a movilizar las fuerzas industriales y ese nuevo giro de la guerra —que recordaba la lucha de Inglaterra contra Napoleón— iba a establecer entre las potencias de la Entente —señoras del mar—, y los Imperios centrales —bloqueados en el continente—, condiciones muy diferentes en cuanto al enorme esfuerzo que deberían imponerse.

Al bloqueo total de los Imperios centrales decretado por Inglaterra —con absoluto desprecio de la Declaración de Londres (1909), que lo limitaba estrictamente el contrabando de guerra— respondió Alemania con una guerra submarina que no hacía distinciones entre barcos de guerra y de comercio, ni entre los de países neutrales y los de naciones beligerantes (febrero 1915).

Alemania organiza una economía estatal

Para Alemania, separada del mar y privada del trigo de Rusia y del hierro de Lorena, la economía de guerra se presentaba dificilísima. Mientras el gobierno practicaba una política de unión nacional de los partidos, a la vez que promulgaba medidas de rigor contra las minorías, Walter Rathenau organizó la economía sobre una base estatal. Se creó un servicio que puso en manos del Estado el monopolio de las materias primas, las cuales fueron requisadas en los países ocupados, se crearon otros servicios para los cereales y las patatas y se agruparon todas las industrias en una Unión de Guerra de industrias alemanas, encargada de distribuir la mano de obra bajo la intervención del Estado.

Poder militar en Austria, mientras Hungría oprime a las minorías

En Austria, el gobierno Stürgkh instauró una dictadura militar a la que fue entregada toda la administración civil. Por el contrario, en Hungría continuaba gobernando Tisza con el apoyo del Parlamento magiar, pero sometiendo a las minorías nacionales a un régimen de opresión cada vez más severo. Entretanto, Masaryk organizaba desde el extranjero una activa propaganda en pro de la independencia checa.

Francia e Inglaterra mantienen sus instituciones parlamentarias

Mientras que en las potencias centrales la guerra robustecía el autoritarismo, en Francia e Inglaterra permanecían fieles a sus instituciones parlamentarias, En Francia, ya en agosto de 1914 Viviani había dado entrada en su gobierno a hombres de todos los partidos. La situación económica de Francia no era tan difícil como la de Alemania, porque tenía expedita la importación por mar. Sin embargo, la ocupación por los alemanes de los departamentos del Norte privaba a la economía francesa de cereales y carbón, lo que obligó al Estado a organizar la importación y permitir a las industrias de guerra recuperar la mano de obra necesaria entre los obreros movilizados.

En Inglaterra, no sólo se mantuvo el gobierno liberal de Asquith, que siguió siendo un gabinete de partido, sino que el gobierno obtuvo del Parlamento, como en las guerras napoleónicas, el derecho a tomar órdenes en consejo.

Y como la economía inglesa no estaba directamente afectada por la guerra, el gobierno dejó subsistir la libertad industrial y sólo intervino para restringir las exportaciones y garantizar el papel moneda emitido por el Banco de Inglaterra, Sin embargo, durante el año 1915 las dificultades que crearía la guerra submarina obligarían a ejercer cierta intervención sobre las industrias, que, como a Francia, encauzó a Inglaterra hacia el dirigismo económico.

El gobierno belga obtiene el poder legislativo

Bélgica, cuyo territorio nacional quedaba reducido a unas decenas de kilómetros cuadrados, se gobernó por instituciones que el Parlamento había tenido la prudencia de preparar desde los primeros momentos de la conflagración y que otorgaban al rey y al gobierno, además del poder ejecutivo, el poder legislativo que las Cámaras no podían ya ejercer debido a la invasión alemana.

El imperio ruso refuerza el autoritarismo

Al contrario que sus aliados occidentales, Rusia reaccionó ante la guerra imponiendo el más rígido autoritarismo. La situación interior se presentaba dificilísima. En Rusia, de 120 millones de habitantes, 30 millones eran polacos, letones, lituanos, estonios, finlandeses, rumanos y judíos. Para asegurarse la fidelidad de los polacos, Nicolás II les prometió al principio de la guerra una administración propia, libertad para la religión católica y el uso de la lengua polaca; ahora bien, no les prometía la autonomía que ellos reclamaban. En cambio, en Finlandia se habían restringido las libertades locales y a los judíos se les alejó de los frentes.

Cuando los primeros éxitos de sus ejércitos pusieron en manos de Rusia una buena parte de la Galitzia austríaca, el gobierno del zar inició una política lingüística y religiosa de rusificación. Esta acentuación de la autocracia tropezó en el interior del país con la oposición de los socialistas, los cuales permanecían en contacto con Lenin, que desde Ginebra les enviaba instrucciones. Por esta razón, los socialistas rusos, al contrario de lo que ocurrió en los demás países beligerantes, mantuvieron una actitud intransigente, preconizando la transformación de la guerra entre las potencias centrales en una guerra civil.

En cuanto a la clase media, no tenía confianza en la administración zarista, que, por lo demás, manifestaba un tremendo desconcierto. Ante la carencia de gobierno, los zemstvos tornaron la iniciativa de constituir un comité central, mientras los municipios creaban otro comité formado por delegados de ciudades. La unión de los zemstvos y la unión de las ciudades iniciaron planes de guerra y se ofrecieron a servir de intermediarios entre el gobierno y la industria, pero el gabinete rechazó su proposición. Por otra parte, el gobierno no deseaba apoyarse en la Duma porque proyectaba reservarse el beneficio exclusivo de la victoria —que daba por descontada— para volver al absolutismo.

En este inmenso imperio, mal dirigido y en donde la opinión carecía de una voluntad de unión nacional, la situación económica se presentaba crítica. La industria era insuficiente para subvenir a las necesidades militares de la guerra y la movilización disminuía en inquietantes proporciones la producción alimenticia. Además, como el Bósforo y los Dardanelos estaban cerrados por Turquía, Rusia quedaba aislada del mundo.

Inglaterra y Francia organizan una expedición contra los Dardanelos

A pesar de todo, Rusia obtenía grandes éxitos en el frente austríaco. Y con el fin de ayudarla, Churchill propuso una operación de gran estilo contra los Dardanelos que dio comienzo en marzo de 1915 y terminó en un desastre que costó varios buques de guerra y 145.000 hombres. Además, cuando en septiembre reembarcó el cuerpo expedicionario, nadie se dio cuenta de que los fuertes turcos de los Estrechos estaban a punto de capitular.

Italia entra en la guerra

La toma de Przemysl por las fuerzas rusas y el ataque a los Dardanelos indujeron al gobierno de Italia a hacer a la Entente ofrecimientos de intervención contra Austria. Ponía como precio el Trentino, el Tirol cisalpino hasta el Brennero, Trieste, Istria, Dalmacia con las islas costeras y, además, una parte en Asia Menor y en África del reparto del Imperio otomano y de las colonias alemanas. Francia e Inglaterra aceptaron las condiciones, pero Rusia se negó a reconocer a Italia la posición predominante que, en perjuicio de Servia, pretendía adquirir en el Adriático. Ahora bien, Roma, mientras negociaba en esta forma con la Entente, estaba averiguando en Viena las compensaciones que podrían ofrecérsele por mantener la neutralidad. Conforme Rusia en que después de la victoria Italia recibiera una parte de la costa dálmata y las islas, en abril de 1915 un tratado secreto firmado en Londres situaba a Italia en el campo de la Entente y en mayo Roma denunciaba la Triple Alianza.

La opinión estaba dividida. La oposición, dirigida por Giolitti, no quería la guerra y Salandra presentó la dimisión. Pero el partido nacionalista de D'Annunzio desató una violenta campaña en pro de la guerra, el rey no aceptó la dimisión de Salandra y el Parlamento votó los créditos militares. El 20 de mayo de 1915, Roma declaró la guerra a Austria-Hungría, pero sus objetivos de guerra, que sacrificaban primordialmente a los intereses servios, debilitaron la posición de la Entente en los Balcanes.

La entente sufre duros fracasos en todos los frentes

La entrada de Italia en la guerra coincidió con una serie de reveses para la Entente. Una contraofensiva austro alemana contra el ejército ruso lo puso al borde de un desastre. En el curso de una gran retirada que le costó 830.000 bajas y 900.000 prisioneros, tuvo que evacuar Galitzia, Polonia y Lituania, hasta que pudo hacerse fuerte, por fin, en un frente que iba desde el Báltico hasta el Dniéster.

Para aliviar a Rusia, que reclamaba una acción en el frente Oeste, los aliados tomaron la ofensiva en Artois (mayo) y en Champaña (septiembre-octubre), pero sufrieron cruentos descalabros. Además, como la Entente temía que Bulgaria interviniese al lado de los Imperios centrales, cometió el gravísimo error de querer imponer a Servia —cuyos intereses acababa de sacrificar en provecho de Italia—, la cesión de los territorios reivindicados por los búlgaros en Macedonia. Y Servia, resentida, retrasó la ofensiva que preparaba contra Austria. Mientras, los italianos se lanzaban al ataque, primero en el Carso (julio) y luego en Gorizia (octubre), sin conseguir quebrantar el frente austríaco.

Bulgaria, contra la entente

Esta serie de fracasos militares decidió a Bulgaria a intervenir en favor de Alemania mediante las promesas de aumentar su territorio a expensas de Servia y de una rectificación de fronteras con Turquía. Para evitar el cerco de Servia a que daba lugar la entrada de Bulgaria en la guerra, los aliados entablaron negociaciones con Constantino de Grecia y sin esperar el resultado hicieron desembarcar en Salónica dos divisiones del cuerpo expedicionario de los Dardanelos. Ello representaba una flagrante violación de la neutralidad de Grecia, aunque estuviese acompañada de declaraciones de garantía con respecto a la independencia helénica, declaraciones que, fuerza es reconocerlo, recordaban con bastante exactitud las que Alemania hiciera a Bélgica en agosto de 1914. Al mismo tiempo, desde la Cámara de los Comunes lord Grey afirmaba sus simpatías por Bulgaria y ocasionaba la caída del gabinete de Venizelos, favorable a los aliados. Por haber querido captarse las simpatías de Bulgaria, la Entente se había enajenado a la opinión griega. El 5 de octubre, Bulgaria declaró la guerra a Servia.

El 6 de octubre, las potencias centrales, apoyadas por Bulgaria, iniciaron en Servia una gran ofensiva que condujo a la ocupación de todo el país, y los 80.000 hombres que fueron concentrados en Salónica no pudieron hacer nada para ayudar al ejército servio en su retirada. Bajo el mando del anciano rey Pedro, el ejército se negó a capitular y sus restos consiguieron llegar a las costas del Adriático, donde fueron embarcados en navíos de la Entente y trasladados a Corfú.

El 1915 había deparado a la Entente fracaso tras fracaso. Sin embargo, su potencial se encontraba extraordinariamente aumentado, pues en el transcurso de aquel año las tropas inglesas se convirtieron en un gran ejército.

Repercusión de los acontecimientos en la política de las potencias

Los reiterados fracasos sufridos por la Entente obligaron al gabinete Asquith a admitir a los conservadores y a confiar una cartera al Partido Laborista, mientras Churchill, a quien se hacía responsable del desastre de los Dardanelos, abandonaba el gobierno. En Francia, la entrada de Bulgaria en la guerra derribó al gabinete Viviani, que Briand reemplazó por un gobierno de unión sagrada. En Italia, lo inestable de la mayoría parlamentaria hacía muy difícil la postura del gobierno. En cuanto a Rusia, continuaba reforzando el principio autoritario y el Estado había asumido la dirección de la vida económica del imperio. En la Duma se reclamaba la formación de un gobierno formado por diputados, en respuesta a lo cual el primer ministro Goremykin dejó en suspenso las prerrogativas de los parlamentarios. Los socialistas intentaron una huelga general las uniones de zemstvos y de ciudades protestaron contra el autoritarismo gubernamental y la opinión perdió la confianza en el gobierno, que carente organización se encontraba ante un peligroso problema de abastecimientos.

Y, sin embargo, precisamente en 1915, cuando se preveía en Rusia la crisis, el gobierno de Petrogrado hizo saber a los aliados que consideraba la cuestión de los Estrechos como condición sine qua non para el mantenimiento de la alianza. Y Francia e Inglaterra cedieron y prometieron. Sólo Witt, el viejo estadista que fue presidente cuando la liquidación de la guerra con el Japón, se daba cuenta de que el interés de Rusia estaba en terminar la guerra: si era vencida, arrastraría en su derrota al régimen zarista; si quedaba victoriosa, provocaría en Alemania la caída del régimen imperial y la implantación de la república, lo que tal vez pudiera provocar el fin de la monarquía rusa. Pero Witte murió en marzo de 1915. Entretanto, Alemania seguía atentamente el desarrollo de la situación interior de Rusia y no descartaba la posibilidad de una paz por separado.

Las miras imperialistas de Alemania

Mientras los acontecimientos militares turbaban la vida política de los países de la Entente, en Alemania determinaban una corriente de nacionalismo. Fred Naumann, en su libro Mitteleuropa (1915), lanzó la idea de una federación de la Europa central que, bajo la dirección de Berlín, se extendiera desde el Vístula hasta los Vosgos y desde Galitzia hasta el lago de Constanza. Además, de todas partes llegaban manifiestos acuciando al gobierno para que precisase sus objetivos de guerra y anunciase su intención de anexionarse Bélgica, la costa francesa del Paso de Calais, la zona minera del Briey y los puertos bálticos.

Solamente los socialistas rechazaban cualquier anexión, aunque se mostraban partidarios de la liberación de Polonia y de los países bálticos y su incorporación a Alemania. Por otra parte, el Partido Socialista continuaba apoyando al gobierno. Únicamente el grupo minoritario de Liebknecht se negó a votar los créditos militares.

En Austria no hubo ningún movimiento de opinión. Los países de la doble monarquía soportaban la guerra en silencio.

Sin embargo, lo mismo en Alemania que en Austria, y no obstante las victorias militares, comenzaban a sentirse las consecuencias del bloqueo aliado. Durante el invierno de 1915-16, los dos imperios centrales tuvieron que recurrir al racionamiento de víveres. No obstante, por extraordinario que parezca, el comercio inglés, por intermedio de los escandinavos, continuaba abasteciendo a Alemania y enviándole, por ejemplo, el algodón indispensable para la fabricación de municiones. Y es que Inglaterra, banquero de la Entente, se preocupaba ante todo de sostener la libra, aunque fuese por medio de exportaciones a Alemania, paradójica situación que no podía prolongarse. En 1916, el bloqueo fue reforzado, y para impedir que Alemania se aprovisionase a través de los países neutrales la Entente hizo compras a América de algodón, a Suecia de hierro y de productos agrícolas a Suiza y a Holanda.

En respuesta al bloqueo, la guerra submarina se intensificaba. En mayo de 1915 un submarino echó a pique el trasatlántico inglés Lusitanian, causando 1.000 víctimas. El presidente Wilson se limitó a protestar. También el gobierno alemán, valiéndose de los servicios de su embajada en Washington, hizo cuanto pudo por provocar huelgas en las fábricas americanas con el fin de desorganizar el abastecimiento de los aliados (agosto). Tales grandes errores psicológicos empezaron a crear en los Estados Unidos una corriente de opinión antialemana y en un futuro próximo iban a pagarse muy caros.

Los imperios centrales intentan una ofensiva decisiva

Alemania, creyéndose en vísperas de ganar la guerra, decidió conseguir la victoria mediante grandes ofensivas. En febrero de 1916, y en presencia de Guillermo II, lanzó contra Verdún una formidable ola de asalto que hasta junio reiteró sus ataques sin descanso. Pero el ejército francés resistió con heroísmo y en las condiciones más difíciles. Fue aquella una gran prueba en la que Alemania perdió 240.000 hombres y Francia 275.000. Pero Alemania fue rechazada. Por otra parte, los austríacos sufrieron en mayo de 1916 un sangriento descalabro ante las fuerzas italianas.

En 1916, la flota alemana, decidida a romper el bloqueo, salió de sus bases y fue interceptada en aguas de Jutlandia por la Home fleet; entablada la mayor batalla naval de la guerra, las pérdidas inglesas fueron mayores que las alemanas, pero el dominio de los mares continuó en manos de la Armada inglesa.

Le entente emprende la ofensiva y decide a Rumania a luchar a su lado

Le Entente quiso sacar partido de los descalabros sufridos por los Imperios centrales y desencadenó una serie de ofensivas mal concertadas. En julio, los rusos se lanzaron al ataque en los Cárpatos, pero después de avanzar 100 kilómetros la ofensiva fue detenida. En agosto, los italianos se lanzaron al ataque del frente austríaco, mas sólo lograron pequeños éxitos sin consecuencias. Mientras comenzaba la ofensiva italiana y por el Este el ejército ruso iba avanzando, Rumania —ante la promesa de anexionarse Transilvania, Bucovina y el banato de Tamesvar— se decidió a luchar al lado de la Entente y el 28 de agosto inició una ofensiva que había de combinarse con la rusa, la italiana y la franco británica.

Mas precisamente entonces fue rechazado el ejército ruso y fracasó la ofensiva italiana. Días después, los franco británicos emprendieron en el Somme una gran batalla de material, pero en octubre tuvieron que reconocer su fracaso.

Rumania se quedó sola, apoyada débilmente por el ejército de Salónica. Fue un desastre. Aplastada entre Bulgaria y Austria y atacada por las tropas alemanas llegadas de otros frentes, su territorio fue ocupado casi por completo.

De este modo, después de haber perdido centenares de miles de hombres en batallas sin resultados prácticos, los dos bandos tenían que reconocer sus derrotas. Alemania destituyó a su general en jefe Falkenhayn, nombrando para sustituirle a Hindenburg, asistido por Ludendorff; Francia retiró el mando a Joffre para confiarlo a Nivelle. En Inglaterra, Asquith tuvo que ceder su puesto a Lloyd George (diciembre de 1916), quien formó un gabinete de coalición dirigido por un War cabinet limitado y redujo la Cámara de los Comunes a un papel pasivo, En Italia, Salandra fue reemplazado por Boselli, que en junio de 1916 presidió un gabinete de concentración nacional.

Las primeras crisis

La acción del socialismo revolucionario

Mientras que en las potencias beligerantes, excepto en Rusia, los partidos socialistas habían abandonado su oposición sistemática, en los países neutrales algunos jefes socialistas que asistieron a una conferencia celebrada en Ginebra, presidida por Lenin, se esforzaban por transformar en guerra civil la guerra entre naciones. Ya en septiembre de 1914 Trotsky reclamó el abandono de la II Internacional por su incapacidad de promover la revolución social cuando estalló la guerra y pidió la creación de una III Internacional. Lenin se adhirió a este punto de vista.

Trotsky, llegado a Francia en 1914 como corresponsal de guerra, se había puesto en contacto con los dirigentes del sindicalismo francés. Este grupo recibió en París la visita de los socialistas italianos y, juntos, planearon la reunión de conferencias internacionales. Pero el socialista belga Vandervelde, que presidía la II Internacional, se negó a ello apoyado por los jefes del socialismo francés. Entonces el Partido Socialista italiano convocó una conferencia internacional que se celebró en septiembre de 1915 en Zimmerwald, cerca de Berna. Lenin quería emprender la organización inmediata de la revolución social por medio de una fusión comunista de sindicatos, pero los delegados franceses y alemanes se opusieron y redactaron un manifiesto común condenando la violación de Bélgica y reclamando una paz sin anexiones ni indemnizaciones. De momento, este manifiesto no tuvo eco, pero en Berna se creó una comisión permanente, cuyo inspirador había de ser Lenin, para hacer propaganda en los países beligerantes y que lanzó a fines de 1916 un llamamiento a la revolución proletaria. Frente a esta propaganda de los socialistas minoritarios, la Internacional sindical se desmoronó. En cambio, el grupo minoritario socialista francés orientó su política hacia la paz sin anexiones ni indemnizaciones y la misma escisión se llevó a cabo en Alemania, donde Liebknecht y los espartaquistas —nombre adoptado por los socialistas revolucionarios los futuros comunistas, en recuerdo a la insurrección de esclavos que Espartaco acaudilló en el siglo I, A.J., en contra de Roma—, intentaron organizar la resistencia activa contra la guerra.

Desarrollo de la crisis en Rusia

En Rusia, las cosas se presentaban favorables para los socialistas revolucionarios. A fines de abril de 1916, la situación interna adquirió caracteres graves. Los zemstvos querían inducir al zar a gobernar en colaboración con los órganos representativos de la opinión, pero Nicolás II se resistía, dominado por Rasputín. A Goremykin n se le destituyó y Rasputín le hizo reemplazar al frente del gobierno por Stürmer, que estaba decidido a seguir una política autocrática. Al reanudar sus sesiones en noviembre, la Duma hizo una violenta oposición a Stürmer, apoyada por los zemstvos, hasta que, inquieto, Nicolás II lo reemplazó por Trepov. Pero la Duma exigía un gobierno que tuviese su confianza. Se iniciaba el conflicto entre el zar, que pretendía mantener el régimen absolutista, y la Duma, que trataba de imponer el parlamentario, momento (diciembre de 1916) que eligieron los dirigentes del Partido Socialista para lanzar un llamamiento a la acción revolucionaria.

Para liberar al zar del pernicioso influjo que le dominaba, una conjuración de nobles asesinó a Rasputin. Nicolás II reaccionó cerrando la Duma, y como Trepov vacilase le sustituyó por el anciano príncipe Galitzin, que no fue más que un instrumento entre las manos de Protopopov, ministro del Exterior, decidido a resistir las tendencias liberales.

Ante la gravedad del conflicto que se avecinaba, el embajador de Inglaterra hizo una gestión cerca del zar para que accediese a gobernar con la Duma y los zemstvos y la nobleza y varios miembros de la familia imperial intervinieron en el mismo sentido, pero por respuesta Protopopov armó a la policía con ametralladoras. Su consecuencia fue que en la Duma empezó a ganar terreno la idea de un golpe de estado.

La insurrección irlandesa

Mientras las fuerzas revolucionarias internacionales se esforzaban por entrar en juego, la guerra exacerbaba los sentimientos nacionales. En la primavera de 1916, el movimiento nacional irlandés, ayudado por Alemania, preparaba una insurrección dirigida por Casement, que fue desembarcado en un submarino alemán. El levantamiento estalló en Dublín, donde se formó un gobierno provisional. La insurrección, que adquirió caracteres de extrema violencia y fue reprimida después de sangrientas luchas en las calles, fue sofocada, pero entre Inglaterra e Irlanda dejó una brecha irreparable.

Se esboza en Hungría la oposición contra la guerra

También en Austria la política de opresión de las minorías suscitó violentas pasiones; el primer ministro conde Stürgkh fue asesinado en octubre de 1916 y, poco después, el 22 de noviembre, moría el emperador Francisco José. Entonces se estaba organizando en Hungría, dirigida por el conde Karolyi, una oposición que exigía la terminación de la guerra y declaraba que los húngaros se negaban a batirse para contribuir al triunfo de Alemania.

Carlos I, llamado a suceder a Francisco José, era hostil a toda política de opresión de las nacionalidades y condenaba la dictadura que Tisza imponía a los países de la corona de San Esteban. Opuesto a la continuación de la guerra, había de esforzarse inmediatamente en poner fin a la conflagración mundial o, por lo menos, apartar de ella a su imperio.

Desarrollo de los imperialismos europeos

En diciembre de 1916 Alemania hace proposiciones de paz

Las tendencias pacifistas de Carlos I coincidían con la voluntad de Wilson, que acababa de ser reelegido presidente de los Estados Unidos. Pero Alemania se adelantó y, sin dar a conocer sus condiciones, propuso negociaciones de paz. Inmediatamente, Wilson elevó una nota a los beligerantes invitándoles a concretar una paz por arbitraje y sin anexiones. Obligada a desenmascararse, Alemania la rechazó. La Entente dio a conocer sus condiciones: restauración de la independencia de Bélgica, Servia y Montenegro, evacuación de los territorios ocupados, restitución de Alsacia y Lorena, liberación de italianos, eslavos, rumanos y checos de la dominación extranjera, emancipación de los pueblos sometidos a la cruenta tiranía turca, relegación del Imperio otomano a Asia y reorganización de Europa sobre una base de seguridad, de libertad económica y de garantía de fronteras. Sólo faltaba pedir la independencia para los polacos y fineses, pero Rusia se opuso.

Firma de un tratado secreto entre Rusia y Francia

Pero además de los objetivos de guerra que declaraban, Francia, Gran Bretaña y Rusia perseguían cada una su política. En febrero de 1917, aprovechando una conferencia interaliada convocada en Petrogrado, Francia firmó un acuerdo secreto con Rusia según el cual esta última se comprometía a apoyar a Francia para la restitución de Alsacia y Lorena, la recuperación de la cuenca hullera del Sarre y exigir la creación de un estado autónomo y neutral constituído por la margen izquierda del Rin. A cambio, Francia permitiría a Rusia determinar libremente su frontera occidental, lo que equivalía a entregarle Polonia.

Siendo este acuerdo de vital importancia tanto para la economía de Francia como para su seguridad, el gobierno francés, absorto de nuevo por sus preocupaciones de política continental apoyada en el Imperio ruso —en vísperas de su caída—, cometió el error de no comunicarlo a la Gran Bretaña.

La política imperialista inglesa en África y en el Cercano Oriente

Inglaterra, que entró en la guerra sin ambiciones territoriales, a partir de 1915 fue desarrollando una política de amplio imperialismo que tendía, por una parte, hacia África, y por otra hacia el Asia Anterior. Desde 1915, las tropas francesas, inglesas y belgas habían conquistado ya todas las colonias africanas de Alemania, excepto en el Este, que el ejército colonial belga dominó en febrero de 1917 con la toma de Tabora.

Inglaterra comunicó a sus aliados la decisión de no devolver a Alemania sus colonias, al mismo tiempo que acariciaba vastos proyectos con respecto al Cercano Oriente. Pese a los esfuerzos del gobierno que sucedió a la revolución Joven Turquía, el Imperio otomano en Asia ya no era más que un bloque resquebrajado. Un partido nacionalista reivindicaba la autonomía de Siria ; Arabia, que teóricamente dependía de la autoridad de la Sublime Puerta, estaba dividida entre los emires del Yemen y de Asir y los sultanes de Makalla, Omán y de Koweit; la isla de Bahrein se encontraba bajo la autoridad de un jeque y el centro de la península dependía de varios emires, siendo los principales el de Nejd y el de Hail; Aden estaba convertido en colonia inglesa desde 1839. La soberanía del sultán, por tanto, ya no se manifestaba más que por la presencia en La Meca del jalifa que le representaba.

En 1914, Siria había sido ocupada por fuerzas turcas y alemanas, y en 1915 se inició una ofensiva turca contra Suez. Entonces, Londres concibió el proyecto de arrancar definitivamente a los árabes del Imperio otomano y constituir un gran estado árabe formado por los territorios comprendidos entre el golfo Pérsico y el mar Rojo, aumentados por una parte de Siria.

Había en Arabia dos personajes importantes, Ibn Saud, emir del Nejd, y Hussein, jalifa de La Meca. Ibn Saud, desde 1914, se mantuvo a la expectativa; Hussein, ya en 1915 había entrado en contacto con Inglaterra para pedir la formación, bajo su mando, de un reino árabe formado por Siria, Irak y toda la península arábiga, excepto Aden.

En octubre de 1915, Mac Mahon —alto comisario británico— entregó a Hussein una carta en la que le daba la seguridad, a reserva de los intereses franceses, de que Inglaterra favorecería y reconocería la independencia árabe dentro de las fronteras que reivindicaba, a excepción de Alejandreta, de la parte de Siria situada al oeste de Damasco, de Homs y de Alepo. En junio de 1916, Hussein se sublevó contra la Puerta y en noviembre fue reconocido por los aliados como rey de Hedjaz, adoptando en seguida el título de rey de los árabes.

Ahora bien, ya en 1915 se habían iniciado en Londres cambios de impresiones que terminaron en Petrogrado (junio de 1916), en los cuales cada una de las potencias se reservó una zona de influencia en Asia Anterior: a Francia le correspondía el Líbano, el país de los Alauitas, Alejandreta, Cilicia, la región de Maras, Diarbekir y Mardin, pero comprometiéndose a considerar como estado independiente, dentro de su zona, a Siria con la región de Mosul; a Inglaterra se le adjudicó la Baja Mesopotamia —Bagdad inclusive—, pero reconociendo la independencia de la Mesopotamia Media, es decir de la región situada entre el Eufrates, Palestina y el Sinaí; a Rusia le eran conferidos Armenia y el Kurdistán, y Palestina sería puesta bajo el mandato de una administración internacional compuesta por aliados y el jalifa de La Meca; en cuanto a Italia, por acuerdo firmado en abril de 1917, se le reconocía como zona de influencia Adalia y la región de Esmirna.

Estas decisiones no eran conciliables con la carta de Mac Mahon a Hussein, que ahora parece un simple peón en el tablero internacional encargado de eliminar a Turquía, para hacer de esta manera más fácilmente realizables los proyectos de las grandes potencias.

Alemania destruye la industria de los países ocupados

A estos objetivos de guerra, que presuponían la victoria de la Entente, los Imperios centrales oponían una política realista que, en los países ocupados por ellos, iba preparando el mapa político y económico de la nueva Europa. Para proporcionar a la economía alemana los mercados que necesitaba, el ejército de ocupación destruyó en Francia millares de instalaciones fabriles y arrasó la mitad de los altos hornos de Bélgica.

Alemania intenta crear un estado nacional flamenco

Al mismo tiempo, Alemania preparaba el desmembramiento y la anexión de Bélgica intentando provocar la escisión del país en dos estados, de lengua flamenca el uno y francesa el otro. En marzo, la universidad de Gante fue flamenquizada, un Partido Activista elaboró un programa nacionalista flamenco y en febrero de 1917 se instauró un consejo de Flandes bajo la protección del Reich.

El Consejo de Flandes rompió solemnemente con la dinastía y con el gobierno belga instalado en El Havre y aprobó la unión aduanera con Alemania.

Al mismo tiempo que el Reich prometía convertir a Flandes en estado independiente, hacía un llamamiento a la población belga para convencerla de que fuese a trabajar a Alemania (octubre 1916). Ante la resistencia que encontró, la autoridad ocupante organizó en Bélgica y en el norte de Francia la deportación de millares de obreros, y a los que se negaban a trabajar se les internó en campos que fueron un precedente de lo que habían de ser durante la guerra de 1939-45 los campos de exterminio. En estas condiciones, la autoridad alemana tuvo que reconocer el fracaso de su tentativa de desmembramiento de Bélgica.

Además, los dirigentes del movimiento activista se dieron pronto cuenta de que Alemania los estaba utilizando como señuelo, pues la opinión pública alemana reclamaba la anexión de Bélgica y el Gran Estado Mayor alemán exigía la incorporación de la costa flamenca, la de la región comprendida entre Lieja y el Reich y el establecimiento de una intervención militar en todo el país.

Austria anuncia la creación de una Polonia independiente

Por su parte, el emperador Francisco José, poco antes de su fallecimiento, lanzó una proclama al pueblo polaco dándole a conocer su intención de hacer de Polonia un estado independiente, bajo la forma de monarquía hereditaria y constitucional, y crear un ejército de voluntarios polacos para liberar la Polonia rusa. Pero el pueblo polaco no respondió al llamamiento y el reclutamiento fue un fracaso.

El imperialismo nipón y China

Japón se apodera de las posesiones alemanas en China y el Pacífico

La entrada del Japón en la guerra fue motivada por la idea de arrebatar a Alemania sus bases en China y las islas que poseía en el Pacífico. El 7 de noviembre se rindió Tsin-Tao y después la flota japonesa ocupaba los archipiélagos alemanes de las Carolinas, de las Marianas y de las Marshall, intentando ganar tiempo a los australianos que tomaban la zona alemana de Nueva Guinea y de la isla Nauru, en el archipiélago Marshall.

Dominio japonés sobre China

Después de terminar la guerra contra Alemania, Japón se dispuso a aprovecharse de la conflagración europea para lanzarse a una gran expansión en China. En enero de 1915, Yuan Shi Kai invitó al Japón a retirar sus tropas de Chantung; en respuesta, el gobierno de Tokio le hizo saber que estaba conforme en devolver Kiao-Cheu a China al final de la guerra, pero a condición de ocupar el puesto de Alemania en los ferrocarriles y en las minas de Chantung, que el contrato en virtud del cual ocupaba Liao Tung, así como la concesión del ferrocarril de Manchuria, se prorrogasen a 99 años, que se autorizase a los japoneses a residir en la Manchuria meridional y en Mongolia oriental, que la compañía de las minas de Han-Yeh-Ping y la de los establecimientos metalúrgicos de Hankeu se convirtieran en compañía china japonesa y que en Fu-Kien se debía conceder derecho de prioridad a los capitales japoneses. Además, China tendría que comprometerse —y esto era un golpe contra los europeos—, a no enajenar ningún punto de su litoral sin la autorización del Japón; como compensación, Japón pondría a disposición de China consejeros técnicos y militares. Esto equivalía a avasallar a China, lo mismo que Inglaterra había hecho con Egipto.

Después de solicitar en vano el apoyo de los Estados Unidos, Yuan Shi Kai se vió obligado a someterse a las exigencias japonesas. Una vez conseguidos sus deseos, el Japón se comprometió a restituir Kiao-Cheu, pero... a cambio de otro territorio en arriendo.

China fue incapaz de defenderse, pero el pueblo reaccionó boicoteando las mercancías y los bancos japoneses.

China, de nuevo en la anarquía

La humillación que el Japón acababa de infligir a la República china representaba un golpe terrible para el prestigio de Yuan Shi Kai, quien alegó que si no había hecho resistencia al Japón fue por no disponer de suficientes poderes. Inmediatamente, los adversarios de la restauración monárquica se sublevaron. En Cantón se formó un gobierno insurrecto y Yuan Shi Kai, a quien los bancos occidentales le negaron a hacer ningún empréstito, tuyo que renunciar al título imperial. Su muerte, acaecida en junio de 1916, puso fin a la lucha entre partidarios y adversarios del régimen monárquico. El vicepresidente Li Yuan Hong fue nombrado presidente de la República y convocó el Consejo Nacional disuelto por Yuan Shi Kai en 1913, pero a la primera sesión renació el conflicto entre los jefes republicanos del Kuomintang y los generales que querían someter la república a su dominio.

Se iniciaba la lucha entre el poder ejecutivo y el legislativo, y el presidente, para no contender con el Parlamento, destituyó al primer ministro Tuan, pero no pudo impedir que los generales gobernadores de las provincias se sublevasen y formasen en Tien-Tsin un gobierno insurrecto. El presidente se vio obligado a disolver el Parlamento y China se vio sin gobierno ni parlamento. Para tratar de restablecer la situación, Li Yuan Hong lla mó al general Chang Hiun, quien en vez de prestarle apoyo dio un golpe de estado para restablecer la dinastía manchú. El partido de los generales, que apoyaba a Tuan, se negó a reconocer al joven emperador Suan Zong (que había abdicado en 1912) e hizo bombardear Pekín. Después de once días de reinado, Suan Zong se retiró y el presidente de la República, abandonado de todos, se vio obligado a dimitir. Entonces, Tuan, en Pekín, se volvió a poner al frente del gobierno, mientras los miembros del Kuomintang se retiraban a Cantón y Shanghai, y el Sur se escindía del resto del país. Una vez más, China quedaba partida en dos: el Norte y el Sur.

Japón firma una alianza con Rusia

Mientras China volvía a sumirse en la anarquía (julio 1916), Japón se aliaba con Rusia para defender a China de una tercera potencia que fuese hostil a Rusia y al Japón. De este modo se establecía, en plena guerra, una colaboración entre los dos imperios dirigida contra las demás potencias y especialmente contra las naciones occidentales. Poco después, en marzo de 1917, Japón declaraba aceptar los objetivos de guerra rusos, a cambio de que Rusia aceptara los objetivos de guerra del Japón, que implicaban la cesión de los derechos que Alemania había poseído en China.

Al mismo tiempo, la Gran Bretaña, Francia e Italia firmaban convenios con el Japón (febrero y marzo de 1917) mediante los cuales se comprometían a apoyar en la conferencia de la paz reivindicaciones japonesas sobre Chantung, a condición de que lograra de China la ruptura de relaciones con Alemania.

El conflicto entre las dos Chinas

La China de Pekín, que formaba una inmensa masa continental, se encontraba a merced de los generales, verdaderos señores feudales instalados como gobernadores de las provincias, y del mariscal Tuan Ki Juey, que ejercía una dictadura militar. La China de Cantón, integrada por las provincias marítimas y las grandes ciudades de los negocios, continuaba sometida al Kuomintang y, bajo la autoridad de Sun Yat Sen, tendía a adoptar un régimen parlamentario basado en la soberanía nacional.

En agosto de 1917, los nordistas, para ganarse el apoyo del Japón e Inglaterra, declararon la guerra a Alemania, sin imaginar que al hacerlo refrendaban la aceptación por las potencias. occidentales de las ambiciones del Japón en China.

En octubre de 1917 se inició el conflicto entre la China del Norte y la del Sur. Cantón formó un gobierno independiente (enero 1918) y Pekín le declaró la guerra, que había de prolongarse hasta fines de aquel año.

Estados Unidos entra en guerra

Influencia de la guerra en la situación interior de América

Ante el ansia de imperialismo y de anexión que se apoderó de ambos bandos combatientes, Wilson, en enero de 1917, expuso ante el Senado que había de esperar una paz sin victoria, mensaje que fue mal acogido por los beligerantes. Además, los Estados Unidos, pese al anti intervencionismo del presidente, se veían obligados a mediar en los problemas internos de los demás estados americanos. Las repúblicas latinoamericanas se hallaban muy divididas con respecto a la guerra; tendencias en conflicto habían invalidado la entente que formaron la Argentina, Brasil y Chile (A.B.C.) para contrarrestar la preponderancia de los Estados Unidos en el continente americano; Chile y Bolivia sufrían una fuerte influencia alemana; el Perú, Argentina y Uruguay se mostraban favorables a la Entente y en cuanto a Méjico continuaba asolado por una cruentísima guerra civil, en la que en marzo de 1916 intervinieron militarmente los Estados Unidos.

La guerra submarina amenaza los intereses de los Estados Unidos

En el año 1916 la guerra estaba tanto más lejos de terminar cuanto que los apetitos de las potencias no dejaban de aguzarse. Sin embargo, el bloqueo iba debilitando a Alemania, que bajo el influjo de Ludendorff decidió llevar hasta el límite su guerra submarina. Con 154 submarinos se contaba echar a pique 600.000 toneladas al mes. Y tomaron la decisión —que Carlos I de Austria se resistía a adoptar— de empezar en febrero de 1917 una guerra submarina sin cuartel ni consideración ninguna hacia los neutrales. No hay duda que el Alto Estado Mayor alemán se dio cuenta de que su consecuencia podía ser la de empujar a los Estados Unidos a la guerra, pero confiaba en derrotar a Inglaterra antes de la intervención americana. Además, mientras a la flota submarina se le ordenaba el bloqueo de las Islas Británicas y de las costas francesas —a excepción de Sète, que abastecía a Suiza—, Berlín comunicó secretamente a Washington que los submarinos cuidarían de respetar los intereses norteamericanos y que el bloqueo cesaría en cuanto el presidente Wilson lograra establecer las bases de una paz aceptable para Alemania, esto es: restitución de sus colonias, expansión territorial hacia el Este y anexión de la cuenca del Briey; en cuanto a Bélgica, Alemania aceptaba su restauración bajo garantías especiales para el Reich, garantías que implicaban la supresión del ejército, la ocupación de Lieja y Namur y una intervención en los ferrocarriles. Wilson respondió a esta gestión devolviendo sus credenciales al embajador de Alemania.

Las tres quintas partes de las exportaciones de los Estados Unidos se dirigían a los países de la Entente, por lo que la guerra submarina perjudicaba gravemente a sus intereses. Además, la amenaza alemana iba más allá del límite de las preocupaciones económicas.

Alemania promete a Méjico la restitución de territorios

La presencia en Méjico de las tropas de los Estados Unidos creaba entre las dos potencias una situación bastante tensa. Y Zimmermann, secretario de Estado alemán en Asuntos Exteriores, la aprovechó para hacer saber a Méjico que en el caso de que los Estados Unidos entrasen en la guerra contra Alemania esta ofrecería a Méjico su alianza, haciéndole esperar la restitución de los territorios cedidos en 1848 —estos territorios eran Tejas, Arizona y Nuevo México—. Al mismo tiempo, Zimmermann aconsejaba al presidente Carranza que se pusiese en contacto con Tokio para intentar obtener del gobierno nipón la paz con Berlín o una inversión de alianzas que hiciese pasar al Japón al campo de las potencias centrales.

Los Estados Unidos entran en guerra contra Alemania

Al conocerse en Washington el mensaje de Zimmermann, Wilson respondió (marzo de 1917) proponiendo y obteniendo de la Cámara que votase la neutralidad armada, pero encontró después la oposición del Senado. Decidido entonces a obrar por su cuenta, autorizó a los navíos mercantes para armarse. El 19 de marzo, el vapor Vigilancia fue echado a pique con toda su tripulación. También en el transcurso de ese mes habían sido hundidos otros buques norteamericanos. El 2 de abril, Wilson se dirigió al Congreso y le propuso que se considerase la necesidad de ir a la guerra, y el 6 de abril de 1917 el Congreso de los Estados Unidos declaró la guerra a Alemania. La entrada de los Estados Unidos en el conflicto fue seguida por la de otras naciones de varios continentes, siendo las naciones americanas que declararon la guerra a Alemania en el curso del año 1917, Cuba, Panamá y Brasil, y al año siguiente, Guatemala, Nicaragua, Costa Rica, Haití y Honduras. Rompieron relaciones diplomáticas con Alemania, Bolivia, El Salvador, la República Dominicana, Uruguay, Perú y Ecuador. Permanecieron neutrales, Argentina, Colombia, Chile, Méjico, Paraguay y Venezuela.

Wilson declaró que los Estados Unidos no deseaban conquistas ni compensaciones, sino únicamente combatir contra la voluntad alemana de dominio, apoyada en procedimientos de guerra que eran un reto a la Humanidad. Los Estados Unidos no se unían a la Entente como aliados, sino como asociados, ni aceptaban compromiso alguno por sus objetivos de guerra. Además, hasta más tarde no declararon la guerra a Austria-Hungría y nunca lo hicieron a Bulgaria.

La entrada de los Estados Unidos en la guerra invertía en favor de la Entente el equilibrio de fuerzas y con su declarada hostilidad a toda política imperialista iba a encaminar por nuevos derroteros la diplomacia de las potencias beligerantes.

La Revolución Rusa

Insurrección en Petrogrado
Reunión política en la fábrica Putilov, Petrogrado.

Al mismo tiempo que la entrada en guerra de los Estados Unidos constituía para la Entente una promesa de victoria, estallaba en Petrogrado una revolución que venía a comprometer la situación de los aliados al determinar el derrumbamiento del frente ruso. A fines de 1916, la situación en Rusia se había puesto tan tensa que los aliados temían que el zar negociase una paz por separado. A la oposición de la burguesía liberal, de la Duma y de los zemstvos, y a la actitud revolucionaria del Partido Socialista, vino a añadirse una efervescencia popular provocada por la escasez de alimentos. En marzo de 1917 se produjeron disturbios en Petrogrado. El pueblo pedía pan y bajo el influjo socialista la revuelta degeneró en revolución. El presidente de la Duma telegrafió al zar pidiéndole un gobierno que gozase de la confianza del país. El 12 de marzo, los insurrectos se apoderaron del arsenal y las tropas se negaron a intervenir. El gobierno dimitió.

Nicolás II abdica y Rusia se convierte en república

Inmediatamente se constituyeron, independientemente del zar, dos poderes: el Comité ejecutivo de la Duma y el Soviet de obreros y soldados. El primero era el órgano de una revolución liberal; el segundo, de una revolución social de carácter marxista. El 14 de marzo, los dos poderes, tan opuestos en sus concepciones políticas, se unieron para formar un gobierno presidido por un liberal, el príncipe Lvov; el Soviet de obreros y soldados estaba representado por Kerensky, diputado socialista. Se llegó a un acuerdo consistente en la abdicación del zar en favor de un miembro de la familia imperial, pero Nicolás II, persistiendo en su rígida actitud, encargó al general Ivanov de marchar sobre Petrogrado y restablecer su autoridad.

Mientras, el emperador salió para el palacio imperial de Detskoie Selo, pero su tren fue detenido por soldados insurrectos. Marchó entonces a Pskov, consultó a sus generales y bruscamente abdicó en favor de su hermano el Gran duque Miguel (16 de marzo). Pero el gran duque renunció a la corona y, vacante el trono, Rusia se convirtió en una república.

El gobierno provisional continúa la guerra

Los aliados, que temían una paz por separado, acogieron la revolución rusa con esperanza, como si fuera posible que el imperio, lanzado a una revolución política y social, pudiese encontrar nuevas fuerzas para sostener una guerra que ya le estaba resultando difícil de sobrellevar.

Los primeros actos del gobierno provisional fueron de un liberalismo magnánimo. Se convocó una asamblea finesa para dar a Finlandia una Constitución que le concediese la autonomía dentro del imperio; se proclamó la independencia polaca a reserva de una alianza militar con Rusia y el gobierno se pronunció en favor de las nacionalidades de Austria-Hungría, declarándose dispuesto a la creación de un estado checoslovaco y a la unidad de los eslavos del Sur. La revolución rusa, como todas las revoluciones, se proyectaba fuera de las fronteras del imperio poniendo los cimientos de un plan de agrupación de todos los pueblos eslavos en torno a la madre Rusia. Sin embargo, empezaban los desacuerdos en el gobierno: Miliukov quería realizar los objetivos de guerra rusos anexionándose Constantinopla, en tanto que Kerensky era contrario a todo lo referente a anexiones.

Lenin entra en escena

Entonces, desde Suiza, Lenin. declaró que se pronunciaba en contra de la alianza de los liberales y socialistas, con lo que virtualmente se iniciaba la lucha entre las dos revoluciones cuyas tendencias ya se mostraban contradictorias. En el seno del gobierno provisional, los liberales sólo representaban una idea política, en tanto que los soviets disponían de las tropas de Petrogrado.

En las ciudades, la opinión estaba dividida y en las aldeas los campesinos eran indiferentes a la forma que pudiera tomar la revolución; sólo querían la tierra para ellos. El ejército, desorganizado por la dimisión de los oficiales zaristas y desquiciado en pocas semanas por las ideas de la revolución social, dejó prácticamente de existir. La paz inmediata que exigían los soviets iba a imponerse por la fuerza de los acontecimientos.

Los alemanes dejan que Lenin se traslade a Rusia

Con objeto de apresurar la revolución y, si esta triunfaba, la capitulación de Rusia, los alemanes trasladaron a Lenin y a sus principales colaboradores a Rusia en un coche blindado (abril 1917). Al llegar, Lenin reunió en torno suyo a todos los grupos socialistas y Kerensky organizó la oposición contra Miliukov, que se vió obligado a renunciar a la idea de anexionarse territorios extranjeros. Lenin, adversario del individualismo y de la autocracia zarista, lanzó un llamamiento al pueblo invitándole a derrocar al gobierno provisional. La revuelta estalló el 4 de mayo, pero fracasó, a pesar de lo cual Kerensky provocó la dimisión de Miliukov y la modificación del gobierno provisional. De la cartera de Asuntos Exteriores se encargó el progresista Terechenko, quien hizo saber a los aliados que su gobierno rechazaba toda idea de paz por separado, pero que su gobierno deseaba se llegase cuanto antes a una paz general (19 de mayo).

Derrumbamiento del frente ruso y graves descalabros aliados

Al estallar la revolución rusa, los mandos inglés y francés, tras muchas discusiones, llegaron a establecer el mando único para la ofensiva de primavera. En abril, el general Nivelle lanzó una gran ofensiva franco inglesa, pero el derrumbamiento del frente ruso había permitido al Estado Mayor alemán transportar la casi totalidad de sus fuerzas al frente Oeste y la operación fracasó por completo Y como se produjeran sediciones en el ejército francés, Nivelle fue relevado de su mando y reemplazado por Petais, militar sumamente popular —era considerado como el vencedor de Verdún— que levantó la moral de las tropas. Foch fue nombrado jefe del Estado Mayor general y se acordó la consigna de resistir hasta que llegaran los americanos.

Los fracasos se sucedieron: en mayo, los italianos fueron vencidos en Carso y el general Sarrail ante Salónica; en agosto, otra ofensiva italiana fue desarticulada en el Isonzo; en octubre, la contraofensiva austro alemana en Caporetto terminó con un desastre para el ejército italiano, que se retiró hacia el Piave, y en noviembre fue detenida ante Cambray una ofensiva que, por primera vez, se hacía con carros de asalto. Solo un éxito pudieron apuntarse: en junio de 1917, habiendo exigido los aliados la abdicación del rey de Grecia —a consecuencia del conflicto producido en diciembre de 1916, cuando las tropas francesas desembarcaron en Atenas, con evidente violación de la neutralidad griega, fueron recibidas a tiros— en su segundo hijo Alejandro, Venizelo partidario de la Entente, formó gobierno y rompió con los Imperios centrales.

Se aleja la amenaza de la guerra submarina

Entretanto, la Entente, aunque vencida en tierra, conservaba el dominio de los mares. En abril de 1917, la guerra submarina había hecho perder a los aliados 874.000 toneladas, pero oponiéndole nuevos medios de defensa las pérdidas fueron decreciendo. El bloqueo de Inglaterra había fracasado, en cambio, los aliados iban a cuadruplicar su flota mercante. A fines de 1917 dispondrían de las cinco sextas partes de la marina mercante del mundo, con un total de 30 millones de toneladas.

Repercusiones de la Revolución Rusa

La revolución rusa, no sólo modificó las condiciones de la guerra al suprimir el frente del Este, sino que planteó en todas las naciones de ambos bandos graves problemas internos. En respuesta a su llamamiento, en todas partes se agitaron las minorías revolucionarias. Los soviets hicieron que, en mayo de 1917, los holandeses convocasen en Estocolmo una conferencia socialista internacional, a la que acudieron delegados de varios países beligerantes con la aprobación secreta de los gobiernos aliados, que no deseaban abandonar por completo la conferencia a la influencia de los delegados rusos.

En Francia, la Federación de Obreros Metalúrgicos lanzó la consigna de la revolución y la situación adquirió verdadera gravedad, desencadenándose en mayo y junio importantes huelgas. También se produjeron motines en el ejército. En agosto, los socialistas se separaron del gobierno Ribot, que se vio obligado a dimitir, y se negaron a participar en el gabinete Painlevé. Esto, que fue la ruptura de la unión sagrada, coincidió con la divulgación de grandes escándalos financieros. Painlevé no pudo hacer frente a todo ello y fue derribado por la extrema derecha y los socialistas.

En Gran Bretaña, importantes huelgas de obreros metalúrgicos —pretextando que el gobierno, para enviar hombres al frente, intentaba contratar mujeres—, ganaban la partida mientras los soldados iban al continente a exponer su vida por una paga mísera.

En Italia, la oposición ejercida por los socialistas adquirió caracteres tan graves que el gobierno tuvo que declarar en septiembre el estado de sitio. Entonces es cuando los partidarios de la continuación de la lucha fundaron el Fascio, grupo de unión nacional.

En Alemania, más de 125.000 obreros se declararon en huelga en las fábricas de municiones, que el gobierno tuvo que militarizar para evitar un paro que hubiese sido desastroso.

En Austria-Hungría, los checos y los eslavos del Sur, incitados por las declaraciones de los revolucionarios rusos, afirmaron en el Reichsrat sus aspiraciones nacionales, que según dálmatas y servios no podían realizarse más que por la constitución de un estado yugoslavo.

El emperador Carlos, en lugar de oponérseles por la violencia, proyectaba formar un ministerio con representación de todas las nacionalidades del imperio. También deseaba ampliar el derecho de sufragio en Hungría. Tisza, que se oponía a ello, presentó la dimisión, siendo reemplazado por Esterhazy y, más tarde, por Wekerle, partidario de una política de compromiso.

Los tumultos no perdonaron tampoco a los estados neutrales: en Dinamarca provocaron la escisión de la unión nacional; en Suecia, la caída del gobierno; en Suiza, una viva agitación social, y en España huelgas revolucionarias que en Madrid y en Bilbao hicieron necesarias la intervención del ejército.

El temor a la revolución provoca un movimiento en pro de la paz

Estos trastornos sociales en todos los países vinieron a apoyar el movimiento de aquellos que querían poner fin a la guerra mediante una paz por transacción. Al estallar en 1917 la revolución rusa, Carlos I, comprendiendo que el único medio de salvar el Imperio austrohúngaro era hacer la paz lo antes posible, envió a su cuñado el príncipe Sixto de Borbón-Parma, oficial del Ejército belga, para que se pusiera secretamente en contacto con el gobierno francés. Como bases de paz, sugería la rehabilitación de Bélgica y Servia en su soberanía —concediéndose a la última una salida al Adriático— y la restitución de Alsacia y Lorena a Francia. El conde Czernin fue el encargado de conseguir que Alemania aceptase restituir Alsacia y Lorena a cambio de la cesión de toda la Polonia rusa. El canciller, que se daba cuenta de la gravedad que representaba para Alemania la entrada en guerra de los Estados Unidos, acogió favorablemente la proposición de Czernin.

En abril de 1917 se iniciaron conversaciones entre el canciller Von Bethmann-Hollweg, Ludendorff y Hindenburg para la fijación de las condiciones de paz, que por influencia de los militares fueron que Alemania se anexionase por el Este las regiones que sus tropas estaban ocupando en Curlandia y Lituania, hasta cerca de Riga, y tuviese libertad de acción en Polonia; Austria-Hungría recibiría mejoras en Servia y se anexionaría la mayor parte de Rumania, Rusia había de recibir la Galitzia oriental en compensación de Polonia. Por el Oeste, Bélgica quedaría bajo una intervención alemana, Lieja y la costa belga serían ocupadas militarmente y no se pretendería la devolución de Alsacia y Lorena, aparte de una estrecha faja al sudoeste de Mulhouse; en cambio, Alemania había de anexionarse la cuenca de Briey-Longwy.

Se hicieron sondeos en Francia, pero Briand se negó a examinar ninguna proposición que no implicase antes la restitución de Alsacia y Lorena.

La paz victoriosa que deseaba el Gran Cuartel General alemán sólo podría ser dictada por las armas. Ahora bien, en el Reichstag, los socialistas y los católicos se orientaban hacia una paz sin anexiones ni indemnizaciones y el canciller había adoptado este punto de vista. El Cuartel General exigió su dimisión y fue sustituído por Michaelis, que había de ser un instrumento en manos de los militares. El 19 de julio, el Reichstag votó una moción dando a conocer su deseo de una paz por transacciones y de reconciliación entre los pueblos.

Al mismo tiempo, Benedicto XV, a instancias del conde Czernin, encargaba al nuncio en Munich, monseñor Pacelli, algunas gestiones de sondeo en Alemania y Austria y días después (9 de agosto) publicaba una nota en la que aconsejaba una paz basada en el arbitraje, limitación de armamentos, libertad de los mares, renuncia a indemnizaciones de guerra, statu quo ante por la evacuación de los territorios ocupados y, por último, restauración de la soberanía de Bélgica. La nota no mencionaba a Polonia.

Como el papa no se había puesto al habla con los países de la Entente, su nota fue considerada como de inspiración alemana y no obtuvo respuesta. Solo Inglaterra hizo saber al papa que —sin mencionar Alsacia y Lorena— en lo concerniente a Bélgica, no tenía conocimiento de ninguna declaración alemana acerca de su restauración e indemnización, gestión que hizo temer en Francia que, por intermedio del Vaticano, se llegase a un acuerdo entre Londres y Berlín referente a la cuestión belga. Además, también Carlos I quería inducir a Guillermo II a un acuerdo parecido, pero Ludendorff quería conservar Lieja y el Almirantazgo exigía la costa belga.

Entretanto, entre Roma y Viena se habían iniciado negociaciones, pero la derrota italiana en Caporetto vino a interrumpirlas. Después, no volvió a hablarse de paz separada con Austria Hungría y Carlos I comunica al papa que no admitía ninguna concesión territorial a Italia (noviembre). Roma había dejado escapar la ocasión que parecía presentarse de una defección austrohúngara.

Por lo tanto, se rechazó la sugestión del Vaticano, aunque parece ser que Berlín intentó aún entablar conversaciones secretas con Londres.

Los bolcheviques triunfan sobre los liberales

Mientras en Europa se desarrollaban estas negociaciones, ocurrían en Rusia acontecimientos de incalculable alcance histórico. Se planteaba la cuestión de saber si Rusia, y con ella parte del mundo, se orientarían hacia el liberalismo occidental o hacia una revolución marxista. No cabe duda de que las revoluciones suelen ser obra de minorías, pero de minorías que representan, concretándolas, las confusas aspiraciones del pueblo, y el pueblo ruso, por razón de su evolución histórica en el transcurso de los siglos, era totalmente ajeno al individualismo y al humanismo de Occidente. La inmensa masa campesina, que carecía de tierras y a quien los deficientes métodos de cultivo reducían a la miseria, no se preocupaba poco ni mucho de reformas políticas: queria la tierra y la supresión de las cargas territoriales. Y para canalizar esta profunda corriente, no existía más solución que la que pudiese proporcionar una reforma agraria.

Una revolución liberal realizada solo en un plano político no podía hacer frente al marxismo, y esto los liberales no lo comprendieron. Frente a ellos, también los socialistas constituían una pequeña minoría, pero esta se hallaba bien organizada en las ciudades y había tenido la habilidad de realizar en el campo y en el ejército una intensa propaganda cuyo objetivo era el reparto de las tierras.

Lenin se había dado cuenta de que para hacer la revolución comunista tenía que proceder por etapas: primero, destruir la clase media apoyándose en la campesina, a la que serían entregadas las tierras después, constituir con su ayuda una dictadura sostenida por los soviets de obreros y de soldados y, finalmente, una vez eliminada la clase media mediante expropiación, deportación o matanza, imponer a la masa campesina una organización colectivista que suprimiría la propiedad individual.

Alexander Kerensky

En julio de 1917, a raíz de la última ofensiva del general Brossilov, la fracción bolchevique que dirigía Lenin intentó en Petrogrado un golpe de mano que fue dominado por los cosacos, huyendo Lenin a Finlandia. Sin embargo, el resultado fue entregar la presidencia del gobierno provisional que ejercía el príncipe liberal Lvov al socialista Kerensky, quien se encontró en seguida en oposición con el general Kornilov, que quería restablecer la disciplina en el Ejército. Y Kerensky lo destituyó, con cuyo acto el gobierno provisional rompía con el mando militar. Kornilov intentó marchar sobre Petrogrado, pero los soldados no le siguieron y fracasó. Este conflicto provocó la dimisión de los miembros demócratas del gobierno provisional (octubre) Kerensky reformó su grupo, que en lo sucesivo estuvo dominado por los socialistas.

Con todo, Rusia iba hacia la anarquía. El brusco desmoronamiento en plena guerra del régimen autocrático la sumía en una crisis de autoridad, agravada por el serio problema económico de la falta de víveres y la depreciación de la moneda. Y la propaganda revolucionaria, que no podía desear mejor terreno, provocó graves disturbios en el campo y motines en el ejército durante los que fueron asesinados muchos generales.

En medio de esta anarquía, Kerensky no pareció darse cuenta de que su gobierno —que él mismo privó del apoyo del ejército y no había sabido captarse a la clase campesina— carecía por completo de apoyo. Mientras, Lenin, que había regresado secretamente a Petrogrado, ponía en marcha los dispositivos del plan que, apoyándose en los soldados por la promesa de una paz inmediata y en los campesinos por el anuncio del reparto de las tierras, había de conducir a la dictadura del proletariado. El 1 de noviembre, Lenin lanzó el llamamiento para el golpe de estado y el día 5 la guarnición de Petrogrado se unió a los soviets.

Entonces, dándose cuenta Kerensky del vacío sobre el que había intentado edificar su revolución reformista, se apresuró a retirar del frente a la caballería y a los alumnos de las escuelas militares para castigar a los miembros del comité militar de la guarnición, pero era demasiado tarde. En la noche del 6 al 7 de noviembre —el 25 de octubre, según el calendario juliano utilizado en Rusia—, la insurrección, apenas iniciada, triunfó en Petrogrado. Y mientras Kerensky intentaba reunirse con las tropas, el Soviet de Petrogrado derrocó al gobierno provisional. Al día siguiente, el congreso de los soviets otorgó el poder a un Consejo de comisarios del pueblo presidido por Lenin.

Kerensky trató todavía de organizar con el general Krassnov un cuerpo de caballería cosaca, mientras que en Petrogrado el municipio formaba un Comité de salvación pública para hacer frente a los bolcheviques. Pero al destituir a Kornilov, Kerensky había roto el instrumento que ahora intentaba en vano emplear. El cuartel general proclamó su neutralidad y el ejército permaneció pasivo. En vano ofreció Kerensky a los bolcheviques la suspensión de la guerra civil que acababa de iniciarse; rehusaron. Los cosacos abandonaron una lucha que prometía ser estéril y Kerensky huyó al extranjero.

Así terminó la primera etapa de una revolución que los aliados de Rusia acogieron con tan inconsciente alegría.

La Revolución Rusa

El Congreso de los soviets tomó el poder el 8 de noviembre; el 9, el Consejo de comisarios del pueblo decretó la confiscación de las tierras de los grandes propietarios y de la Iglesia y su entrega a comisarios agrarios cantonales. Mientras tanto, se constituían soviets compuestos por diputados designados por los campesinos y el Consejo de comisarios del pueblo anunciaba la paz sin anexiones ni indemnizaciones. El 14 de noviembre, otro decreto entregó a los obreros la intervención de las fábricas.

Los aliados, lejos de comprender la situación y resistiéndose a reconocer la autoridad de los comisarios del pueblo, protestaron ante el Cuartel General de la eventualidad de una paz por separado. El Consejo de comisarios respondió destituyendo al general Dukonin —que fue asesinado— y lo reemplazó por el alférez Krylenko, que inmediatamente dirigió al Cuartel General alemán una petición de armisticio.

El conde Czernin, que temía el contagio de la revolución rusa, preconizaba que las tropas alemanas y austrohúngaras marchasen sobre Petrogrado, pero los mandos no deseaban inmovilizar tropas en el Este y el armisticio fue aceptado.

Rusia firma la paz de Brest-Litovsk

El 3 de diciembre de 1917 comenzó en Brest-Litovsk la conferencia del armisticio y el 15 se acordó la suspensión de hostilidades. Durante dos meses, los ministros de Asuntos Exteriores Kühlmann y Czernin discutieron las condiciones de paz con Kamenev y Joffé, sustituido después por Trotsky. Los delegados rusos se negaban a aceptar anexiones, mas como Rusia se encontraba sin defensa frente a los Imperios centrales, Trotsky propuso desmovilizar el ejército sin firmar la paz.

Esto produjo el efecto previsto por los revolucionarios rusos. En Berlín y Viena estallaron grandes huelgas para imponer una paz sin anexiones con Rusia y en Bohemia se produjeron disturbios reclamando la independencia.

En junio de 1917, la asamblea nacional ucraniana, constituida en Kiev después de la abdicación del zar, había instaurado la autonomía de Ucrania y en noviembre se negó a reconocer la autoridad del gobierno provincial establecido por los bolcheviques y proclamó a Ucrania como república independiente. El 10 de enero de 1918, los delegados ucranianos se presentaron en Brest-Litovsk y fueron admitidos por los Imperios centrales a participar en la conferencia del armisticio, pero las fuerzas bolcheviques invadieron Ucrania y constituyeron un gobierno ucraniano bolchevique en Jarkov.

El 9 de febrero fue firmada la paz entre los Imperios centrales y Ucrania. Pero el mismo día, Kiev fue tomado por los bolcheviques y los ucranianos no pudieron hacer otra cosa que llamar en su ayuda a Alemania y Austria.

Al mismo tiempo, Finlandia, con el apoyo de Alemania, se constituía en estado independiente. Trotsky, negándose a reconocer el tratado de paz con Ucrania, rompió las negociaciones y poco después las tropas alemanas penetraban en Ucrania sin encontrar resistencia. Lenin, para salvar la revolución, se declaró dispuesto a firmar la paz. Las condiciones de los Imperios centrales eran duras: Alemania, que tenía Polonia en su poder, exigía la cesión de Curlandia, Lituania, Livonia y Estonia, la evacuación de Ucrania por las tropas bolcheviques y, además, el trato de nación más favorecida durante siete años. En espera de la aceptación por el gobierno revolucionario, las tropas alemanas continuaron su avance. Cuando el 26 de febrero la delegación rusa presidida por Sokolnikov volvió a Brest-Litovsk, los alemanes habían llegado a Narva, a 150 kilómetros de Petrogrado. El tratado se firmó el 3 de marzo y en él Rusia renunciaba a los estados bálticos y a Polonia, reconocía la paz con Ucrania y aceptaba las cláusulas económicas exigidas por los plenipotenciarios alemanes.

El gobierno de los soviets había sacrificado a Rusia en aras de la revolución bolchevique, en espera del levantamiento del proletariado internacional.

Rumania capitula

La capitulación de Rusia dejó a Rumania a merced de los Imperios centrales. Y el rey Fernando llamó al poder a Averescu, el cual pidió la paz cuyos preliminares fueron firmados en Buftea el 5 de marzo. Rumania se comprometía a ceder la Dobrudja y aceptaba una rectificación de fronteras en los Cárpatos. Alemania obtenía el monopolio de la explotación de los petróleos rumanos y la opción, hasta 1926, para la exportación de cereales, carnes y quesos; además, el tratado de comercio anterior a la guerra volvía a entrar en vigor, se prohibía a Rumania aumentar los derechos de aduana hasta 1930 y de establecerse la Mitteleuropa se aceptaba la unión aduanera con Alemania. Estas cláusulas, por las que Rumania renunciaba a la independencia económica, fueron confirmadas por el Tratado de Bucarest (mayo de 1918).

Derrumbamiento Imperios Centrales

La Entente se prepara para la batalla decisiva

El rápido derrumbamiento de Rusia y la supresión del frente del Este colocó a la Entente ante el peligro de una ofensiva con todas las fuerzas de los Imperios centrales, decididos a conseguir la victoria antes de la intervención americana. Para preparar la resistencia, los estados de la Entente reforzaron sus poderes ejecutivos hasta convertirse casi en dictaduras: en Inglaterra, Lloyd George ejerció en realidad los plenos poderes, y en Francia, donde Clemenceau había sucedido a Painlevé en noviembre de 1917, el gobierno obtuvo en febrero el derecho a disponer por decretos en todo lo concerniente a la vida económica. La opinión se revistió de marcada rigidez y el delito de traición fue perseguido sin debilidades; por haberse mostrado partidario de una paz por transacción, Caillaux fue juzgado y condenado por el Tribunal Supremo.

En Italia, la derrota de Caporetto había restablecido la unión sagrada. Orlando sucedió a Boselli al frente de un gabinete de coalición, y Luzzati, secretario del Partido Socialista, fue detenido por incitar a los socialistas italianos a declararse solidarios de la república proletaria rusa. En los Estados Unidos, el Congreso confirió al presidente poderes de excepción (mayo 1918).

Al mismo tiempo, las potencias aliadas decidían coordinar su acción militar. En noviembre de 1917 se creó en París un comité interaliado para el armamento, el avituallamiento y el arqueo de los navíos. En febrero de 1918, el general Foch fue encargado de la organización de una reserva general, aunque Inglaterra continuó oponiéndose a la unidad de mando en las operaciones militares y a la constitución de reservas generales.

El presidente Wilson formula sus catorce puntos

Al mismo tiempo que las potencias de la Entente tensaban el resorte de sus fuerzas, el presidente Wilson, al formular en enero de 1918 los catorce puntos que presentaba como principios de una paz justa y duradera, dio a la causa de la Entente el carácter de una cruzada por el triunfo del derecho y la libertad. Estos puntos, respecto a los cuales ni Francia ni Inglaterra habían sido consultadas, iban a imponerse a ellas. En el momento de intervenir en el campo de batalla, los Estados Unidos se constituían en árbitros desinteresados. Los catorce puntos implicaban: la paz sin ocultaciones, ni diplomacia secreta; supresión de barreras económicas en la medida de lo posible; reducción de armamentos; cambio de garantías entre las potencias para afirmar la seguridad nacional de todos los pueblos; regulación de las cuestiones coloniales dentro de un espíritu imparcial, teniendo en cuenta los deseos de los pueblos; absoluta libertad de navegación, tanto en tiempo de guerra como en épocas de paz; evacuación de Bélgica, sin limitar su independencia; restitución de Alsacia y Lorena; reconstitución de un estado polaco independiente con acceso al mar y derecho para Rusia de fijar libremente su desarrollo político; rectificación de las fronteras de Italia conforme a la línea de las nacionalidades — lo que constituía una desautorización al Tratado de Londres, firmado al entrar Italia en la guerra; cambio amistoso de impresiones en los Balcanes para un arreglo territorial basado en los lazos de fidelidad y en las diferencias de nacionalidad creadas por la Historia; plena posibilidad de desarrollo autónomo para las nacionalidades que integraban Austria-Hungría —Wilson no quería desmembrar Austria-Hungría— y constitución de una Sociedad de Naciones para procurar a todos los estados, grandes y pequeños, garantías mutuas de independencia política e integridad territorial.

Estos catorce puntos se apartaban sensiblemente de los objetivos de guerra, establecidos por los tratados entre potencias, especialmente en lo referente a aumentos territoriales reclamados por Italia, atribución del Sarre a Francia, constitución de la orilla izquierda del Rin en estado autónomo, división en zonas de influencia de los países árabes del Asia Anterior y reparto de las colonias alemanas. Inglaterra y Francia respondieron con breves declaraciones en las que también aludían a la independencia polaca y al respeto de las nacionalidades.

Este principio se confirmó en el mes de abril en Roma, en un congreso de las nacionalidades oprimidas de Austria-Hungría, que proclamó su voluntad de destruir la doble monarquía, y en el mes de mayo los checos y los yugoslavos afirmaron en Praga su solidaridad en el deseo de independencia.

Franceses e ingleses deseaban que la Entente hiciese entonces una declaración mostrándose de acuerdo sobre la formación de un estado yugoslavo, pero el gobierno de Italia les notificó su disconformidad.

Los Imperios Centrales inician una ofensiva decisiva y fracasan

En la primavera de 1918, Alemania estaba decidida a aplastar a los aliados en pocos meses. En el mes de marzo, el ejército alemán, reforzado por las tropas procedentes del Este, intentó romper el frente atacando en Saint-Quentin el punto de contacto de los ejércitos inglés y francés. Por primera vez en el frente Oeste, fue rota la línea inglesa y el ejército alemán se precipitó en la brecha, pero las dificultades en el aprovisionamiento retardaron el avance y las tropas francesas rehicieron la línea. Como consecuencia, los ingleses aceptaron el mando único, que fue confiado al mariscal Foch.

En abril, los alemanes emprendieron nuevas ofensivas contra el frente inglés y en mayo contra el francés en el sector de Reims, ataque este último que llegó hasta el Marne, donde fue contenido. El frente alemán formaba entonces una gran bolsa, apoyada, por un lado, en las montañas de Reims y, por el otro, en la meseta de Soissons, donde emplazaron un cañón de largo alcance que bombardeó París. En junio fue cortada una ofensiva austríaca sobre el Piave. El 15 de julio los alemanes lanzaron en Argonne un nuevo ataque en masa, pero el mando francés lo había previsto y la ofensiva cayó en el vacío.

Los aliados pasan a la ofensiva

Tres días después, una ofensiva francesa en Villers-Cotterets cogió de flanco la bolsa donde estaba concentrado el ejército alemán y lo obligó a una rápida retirada a la línea Reims-Soissons. El inmenso esfuerzo que Alemania había hecho resultó vano. En el mes de julio había en Francia más de un millón de soldados americanos y Alemania no podía esperar ya la victoria. Estaba ya dispuesta a negociar cuando el frente francés se puso en movimiento en Amiens. Ante este golpe, las tropas alemanas cedieron replegándose a la línea Sigfrido, mientras los americanos, que se presentaban por primera vez en el frente, cruzaban el Mosa por Saint-Mihiel. A fines de septiembre fueron lanzadas simultáneamente tres potentes ofensivas en dirección a Mezières, Valenciennes y Brujas, esta última bajo el mando del rey Alberto I. Al mismo tiempo, un ataque procedente de Salónica determinaba el derrumbamiento del frente búlgaro.

Otra ofensiva de los ingleses en Palestina dio por resultado la toma de Tiberiades y, en quince días, los turcos perdían los países árabes.

A primeros de octubre, el ejército italiano cruzaba a su vez el Piave y se lanzaba al asalto de las líneas austriacas.

Coincidiendo con este desmoronamiento de todos los frentes de los Imperios centrales, en Rusia el régimen bolchevique se veía amenazado por las tropas blancas del general Alexeiev y sobre Siberia se cernía la amenaza de un ataque japonés. Entonces el gobierno bolchevique pidió ayuda a Alemania, a lo que mediante la garantía de que Rusia no la atacaría por el Este se comprometió a devolverle parte de Ucrania y ayudarla a aplastar el ejército de Alexeiev.

Por otro lado, Berlín hacía saber a Washington que, si se le restituían sus colonias, Alemania estaba dispuesta a devolver a Bélgica su independencia. Viena, por su parte, propuso negociaciones el 14 de septiembre sin suspender las operaciones, advirtiendo a Berlín de que Austria no podría resistir hasta el invierno.

Bulgaria capitula

El 26 de septiembre, mientras en todos los frentes cedían los ejércitos alemanes, Sofía pidió el armisticio, obteniéndolo mediante la evacuación de los territorios servios y griegos y la ocupación por los franceses de las bases estratégicas en Bulgaria. Con ello Turquía quedaba incomunicada con los Imperios centrales.

Abdicación del emperador Guillermo II

Bruscamente, se veía que la situación de Alemania era desesperada. En una conferencia celebrada en el Cuartel General de Guillermo II, sus generales le expusieron que a Alemania no le quedaba otro remedio que solicitar un armisticio y pedir la paz sobre la base de los catorce puntos del presidente Wilson. Además, el Cuartel General, intentando salvar la dinastía, proponía se estableciese en Alemania el régimen parlamentario. Ante este estado de cosas, Guillermo II designó para el puesto de canciller al príncipe liberal Max de Baden y el 4 de octubre el gobierno alemán pidió la paz a Washington, mientras Max de Baden anunciaba al Reichstag la instauración del régimen parlamentario y del sufragio universal en Prusia.

Pero la respuesta americana fue decisiva: los aliados no negociarían la paz con el régimen imperial, sino únicamente con los representantes del pueblo alemán. Era un llamamiento a la revolución. Ludendorff quería continuar la lucha a toda costa, pero Max de Baden exigió su dimisión y le hizo reemplazar por el general Groener. El mismo día 26 de octubre se derrumbaba el frente austro húngaro y al siguiente el gobierno alemán comunicaba a Washington que estaba dispuesto a capitular sin condiciones. Pero el emperador se negaba a abdicar. El 3 de noviembre se sublevó la flota de Kiel, que el Almirantazgo quería enviar al combate; el día 7, el movimiento se extendió a Hannover, Brunswick, Colonia y Munich, donde el socialista Kurt Eisner proclamó la caída de la dinastía y formó un consejo de obreros y soldados, y el 8 se constituyeron soviets en Dresde y Leipzig. Mientras, la ofensiva aliada rompía el frente y llegaba a Amberes, Bruselas, Charleroi y Mezières.

Los socialistas exigieron la abdicación amenazando con abandonar el gobierno, pero Guillermo II seguía negándose, hasta que el 9 de noviembre y ante la declaración de la huelga general en Berlín y la amenaza de que el ejército pactase con la revolución —los depósitos de víveres de Dusseldorf, Colonia y Coblenza habían caído en poder de los consejos de obreros y soldados—, se avino a renunciar a la corona imperial. En Berlín estalló la revolución y el socialista Scheidemann se retiró del gobierno.

Entonces, Max de Baden, sin consultar a Guillermo II, hizo saber que este había abdicado como emperador y como rey, tras lo cual se retiró ofreciendo el cargo de canciller al socialista Ebert. El mismo dia, Scheidemann, desde el balcón del Reichstag, proclamó la república (9 de noviembre de 1918). Después, al enterarse de que las tropas de Spa acababan de formar un consejo de soldados, Guillermo II se apresuró a huir a Holanda.

Capitulación de Turquía

Mientras Alemania se debatía en las angustias de la derrota, Turquía, aislada, capitulaba. El 7 de octubre subía al poder Iszet Bajá, adversario de la Joven Turquía, y encargaba al general inglés prisionero Townshend de llevar a Londres su petición de paz. Este, sin consultar con el gobierno británico, puso como condiciones la apertura de los Estrechos y la autonomía de Mesopotamia, Siria y las regiones caucásicas. Iszet aceptó y Townshend salió para Mudros el 18 de noviembre.

Austria-Hungría se escinde y capitula

En el imperio austrohúngaro la situación era aún más angustiosa. El 14 de julio, mientras las tropas alemanas se hallaban en plena ofensiva en el Sudeste, los checos decidieron proclamar la independencia. Los yugoslavos les imitaron y el 17 de agosto anunciaron la instauración de un consejo nacional en Laybach. Ante estos movimientos que sin intervención exterior estaban provocando el desmembramiento de la doble monarquía, el emperador Carlos se declaró dispuesto a hacer de Austria Hungría una federación de estados autónomos, pero en octubre, a la apertura del Parlamento, ya se exigían decisiones de mayor envergadura. Los polacos por un lado, y los servios, los croatas y los eslovenos por otro, anunciaban su voluntad de formar estados independientes. Pasando a los hechos, los diputados eslavos se reunieron en Agram y el 14 de octubre estallaba en Praga un gran movimiento popular que aclamó la República checoslovaca. La escisión del imperio era un hecho consumado.

El 18 de octubre, el emperador, intentando salvar el imperio, proclamó que Austria —pero no Hungría— constituiría en lo sucesivo un estado federal, en el cual cada grupo étnico formaría, en su territorio, su propia comunidad política. Esta declaración tenía que caer forzosamente en el vacío, ya que a partir de la publicación de los catorce puntos del presidente Wilson los Estados Unidos habían reconocido a los checoslovacos su beligerancia.

El 21 de octubre, Wilson declaró que no podía aceptar la declaración del emperador y que sólo reconocería las declaraciones dictadas en absoluta libertad por las nacionalidades mismas, declaración que hizo saltar lo poco que quedaba dentro del marco del Imperio austrohúngaro. Inmediatamente, los consejos nacionales checo y yugoslavo afirmaron su voluntad de independencia y los rumanos anunciaron la elección de una Asamblea nacional. También en Hungría se precipitaron los acontecimientos. El ministerio Wekerle se venía abajo y el conde Karolyi, después de haber proclamado la amistad de Hungría por Francia, reunió un consejo nacional que anunció el fin de la doble monarquía y proclamó la independencia de Hungría y el repudio de la alianza alemana.

Durante estos días trágicos, el ejército austríaco, desmoralizado por los acontecimientos internos, se derrumbaba en el Piave ante la ofensiva italiana (24-27 de octubre).

Austria - Hungría —que imprudentemente había buscado la solución de sus problemas internos en una guerra afortunada— dejaba de existir.

El Imperio Austrohúngaro, escindido en Estados Nacionales

El mismo día 27 de octubre en que se supo el desastre del Piave, Andrassy, que había sustituido a Burian en Asuntos Exteriores, envió al presidente Wilson una nota pidiendo el armisticio independientemente de Alemania y reconociendo a las nacionalidades el derecho a organizarse libremente, al mismo tiempo que sugería a Francia e Inglaterra la constitución de una federación danubiana bajo la dinastía de los Habsburgo. Pero el 29 era proclamada en Praga la República checoslovaca y el consejo esloveno reunido en Agram —que en lo sucesivo había de llamarse Zagreb— declaraba su separación de Austria para formar en torno a Belgrado un estado que reuniría a todos los servios y croatas.

Al día siguiente, una asamblea nacional de los alemanes de Austria aprobaba la formación de un estado austríaco específicamente alemán.

Entretanto, en Hungría se desencadenaba la revolución; el 31, el archiduque José, delegado por el emperador, confiaba el poder al conde Karolyi, mientras Tisza, que representaba la dominación magiar sobre las demás nacionalidades de la corona de San Esteban, era asesinado.

El 3 de noviembre, el emperador Carlos hizo aún de soberano firmando el armisticio en la Villa Giusti, pero ulteriormente los aliados se negaron a tratar con el gobierno imperial y se pusieron en contacto con los estados independientes recién constituidos, a los que por lo tanto reconocieron de facto

El 11 de noviembre, al enterarse de que en Berlín acababa de estallar la revolución, Carlos abandonó Austria para refugiarse en Hungría, y al día siguiente (12 de noviembre de 1918) la Asamblea nacional austriaca aprobó la instauración de la república y su incorporación a Alemania, en tanto que el emperador llegaba a Eckardtsau, donde se enteraba de que el conde Karolyi iba a proclamar también la república. Entonces, sin abdicar, el emperador Carlos I declaró que renunciaba al trono (13 de noviembre).

Los armisticios

Derrumbamiento de los Imperios Centrales

Los aliados no parecieron darse cuenta de la amplitud histórica de estos acontecimientos, que destruyendo el Imperio austrohúngaro y entregando Alemania a una revolución abrían en la historia de Europa una era nueva. Uno tras otro, los tres grandes imperios continentales, cuyas miras imperialistas habían desencadenado la guerra, desaparecían y transformaban el equilibrio del mundo. Se imponían decisiones inmediatas.

La reconstrucción de Europa debió hacerse en caliente, en plena crisis, mientras los aliados se encontraban aún en pie de guerra. Ahora bien, para eso era preciso que sus gobiernos formasen un bloque, cuando, por el contrario, sus preocupaciones los distanciaban. Londres solo pensaba en el mantenimiento de su preponderancia naval, que le disputaban Japón y los Estados Unidos: Francia, volviendo a la política continental, se preparaba a recuperar su puesto de primera potencia europea; a Italia, que pretendía el dominio del Adriático, le preocupaba la formación de una gran Yugoslavia. Sólo Washington, o más exactamente, el presidente Wilson, tenía en cuenta la idea de dar al mundo una estructura que garantizase la paz, basada en la independencia de las naciones y en la divulgación por el mundo de los principios de soberanía nacional y de libertad individual. Todos estos planes, incluso el del presidente Wilson, resultaban ya arcaicos cuando sonó el toque de agonía de los imperios. Al internarse por la senda del totalitarismo y del marxismo, Rusia hacia irrealizable el ideal wilsoniano. El problema de la balcanización de la Europa central, que planteaba el desmembramiento del Imperio austrohúngaro, hacía de la Alemania vencida el estado más poderoso demográfica y económicamente, hasta el punto de que a pesar del inmenso desastre que sufría su atracción se hacía ya sentir en la desamparada Austria.

Fin de los armisticios

La derrota de las potencias centrales en 1918 fue sancionada por una serie de armisticios sucesivos firmados, en Mudros, con Turquía (30 de octubre); en Villa Giusti, con Austria-Hungría (3 de noviembre), y en Rethondes con Alemania (11 de noviembre). En cuanto se firmó el armisticio de Mudros, la solidaridad que durante la guerra se había establecido entre los aliados desapareció para dejar su puesto a las rivalidades de imperialismo. Pese a las protestas de Francia, Inglaterra dejó al almirante Calthorpe negociar con el gobierno turco el armisticio. Londres se limitó a comunicar a París —que aceptó el hecho consumado— el fin de las hostilidades con Turquía.

Las cláusulas del armisticio, aparte la desmovilización del ejército y el internamiento de los buques de guerra, ponían en manos de Inglaterra el dominio de los Estrechos, de los petróleos de Bakú y de los ferrocarriles de la Palestina ocupada por las tropas del general Allenby. Inglaterra estaba allí para imponer su hegemonía en el Asia Anterior.

Con el armisticio de Mudros se iniciaba la trágica rivalidad que pronto haría erguirse, una contra otra, en el Cercano Oriente, a Francia e Inglaterra.

Por otra parte, el armisticio de Villa Giusti constituía el preludio de las miras imperialistas de Roma; en él se estipulaba el abandono por las tropas austrohúngaras de todos los territorios concedidos a Italia por el tratado de Londres, mientras Servia pedía en vano la evacuación de las fuerzas armadas de los territorios habitados por los eslavos del Sur. El conflicto que había levantado a estos contra Austria se volvía contra Italia.

Como el presidente Wilson no había intervenido en el armisticio de Mudros, ni en el de Villa Giusti, consideró que estos no comprometían para nada a los Estados Unidos, pero cuando se trató de firmar el armisticio de Rethondes, el coronel House, enviado especial de Wilson, declaró que si no se respetaban los catorce puntos Washington negociaría sólo con Berlín, quedando en libertad de firmar una paz por separado. Los aliados, obligados a someterse, lo hicieron bajo reservas establecidas en una nota del 4 de noviembre. Lloyd George se declaraba dispuesto a aceptar el principio de libertad de los mares, pero teniendo en cuenta las nuevas condiciones que en el curso de la guerra se habían presentado y con la salvedad, para Inglaterra, de conservar su libertad de acción. Clemenceau hizo aceptar su interpretación del principio de las reparaciones imponiendo a Alemania la compensación de todos los daños y perjuicios ocasionados a las poblaciones civiles de las naciones aliadas y a sus propiedades. En cuanto a Italia, los Estados Unidos se negaron a ratificar sus reivindicaciones territoriales, por lo que, abandonada también por Francia e Inglaterra, se vio obligada a ceder.

El 11 de noviembre, cuando los alemanes firmaron el armisticio de Rethondes, ni Inglaterra, ni Francia, ni Italia, eran capaces de imponer condiciones de paz. El presidente Wilson, con sus catorce puntos, se afirmaba como el árbitro del mundo.

El armisticio de Rethondes

Cuando los aliados impusieron el armisticio de Rethondes, no debieron darse cuenta de la imposibilidad en que se encontraba Alemania de proseguir la guerra. Parece como si, asombrados por su rápido triunfo, no se hubiesen atrevido a continuar la lucha hasta destrozar por completo al enemigo. Por eso, salvo Poincaré, que protestó contra un armisticio prematuro, ni los jefes militares, ni los gobiernos, pensaron en la posibilidad de entrar en Alemania con las armas en la mano, Wilson y Lloyd George se hubieran dado por satisfechos con la evacuación por las tropas alemanas de Bélgica, Luxemburgo y Alsacia-Lorena. Fue precisa toda la energía de Foch y de Clemenceau para conseguir que se impusiese a Alemania la ocupación de la margen izquierda del Rin y de tres cabezas de puente en la margen derecha, la entrega de la artillería pesada, de buena parte del material de guerra y de grandes cantidades de vagones de ferrocarril.

Los Estados Unidos, aunque propugnaban condiciones moderadas, exigieron la cesión de los submarinos alemanes, única arma que les amenazaba. Esto indujo a Inglaterra a reclamar de Alemania la entrega de las grandes unidades de su flota.

Pese a su moderación estas condiciones parecieron duras por aquel entonces. Lo que apenas es comprensible es que a la vencida Alemania no se le exigiese ninguna indemnización inmediata. Alemania, que sólo había sufrido insignificantes daños de guerra, conservaba su potencial económico de antes de 1914, mientras que parte de la industria francesa y de la belga habían sido destruidas. Por muy duro que fuese militarmente el armisticio, no dio al pueblo alemán la sensación de haber sido vencido por las armas. Error enorme que había de pagarse con una segunda guerra mundial.

Europa entre liberalismo y autoritarismo

La evolución democrática fortalece el autoritarismo en Rusia

Al desgarrarse en una odiosa lucha fratricida, que todos los beligerantes, por razones de imperialismo disfrazadas con declaraciones de principio, quisieron llevar hasta la victoria decisiva, Europa perdió definitivamente la hegemonía que había conquistado en el mundo. La guerra de 1914-18 señala uno de los cambios más bruscos que haya conocido la Historia. Llegada a la cumbre de su poder, por el hecho de haber abandonado el liberalismo por el imperialismo y la doctrina de la soberanía nacional por un misticismo nacionalista o racial, Europa se derrumbó, agotada y exangüe.

De repente se evidencia que la idea de Europa, en torno a la cual la diplomacia había intentado establecer el equilibrio del mundo, no responde a ninguna realidad profunda. No cabe duda de que el principal error de liberalismo fue el haber creído en la posible extensión a todos los países de las instituciones del parlamentarismo liberal. La revolución rusa, iniciada bajo el signo del parlamentarismo y cándidamente aceptada como tal por las potencias occidentales, no necesitó sino unos meses para hacer desaparecer el barniz de occidentalismo que representaban los liberales rusos. El pueblo ruso, amorfo y sin ninguna noción de lo que significaba el ejercicio de las libertades individuales, era incapaz de darse un gobierno parlamentario, tenía que entregarse a una dictadura que se hiciese instrumento de sus aspiraciones sociales e igualitarias.

Todos los pueblos occidentales habían pasado por una evolución que, jalonada de revoluciones liberales contra el absolutismo, fue entregando paulatinamente el poder a la nación. La emancipación individual, realizada paralelamente a la emancipación económica, condujo a la concepción de soberanía nacional. Las revoluciones liberales no provocaron grandes trastornos, ni siquiera sociales, sino que adaptaron las instituciones a un orden nuevo que se implantó paulatinamente en la vida social y en las costumbres, y fueron casi siempre incruentas porque solo intentaron imponer al Estado instituciones que la evolución natural de la opinión hacía necesarias. Por el contrario las revoluciones sociales fueron sangrientas porque aspiraban a transformar la organización de la sociedad mediante la fuerza.

La revolución rusa de 1917, en tanto fue liberal y constitucional, no representó más que a una parte ínfima de la nación. La masa no pedía libertad política sino reformas sociales profundas, la miseria la empujaba a reclamar las tierras de los grandes propietarios porque se imaginaba que la desaparición de la gran propiedad rural significaría también el término de su pobreza. El pueblo no comprendía las ideas liberales; en cambio, le entusiasmaba la propaganda marxista que le prometía la igualdad. Y la idea de igualdad es incompatible con la de libertad, Si Lenin derribó con tanta facilidad el gobierno de Kerensky es porque aquel gobierno quiso hacer la revolución fundándose en la libertad, cuando lo que el pueblo reclamaba era la igualdad, que solo podía realizarse en contra de la libertad.

Esto explica que la evolución democrática que en todo el Occidente favoreció la instauración, de regímenes liberales y parlamentarios se presentase en Rusia bajo una forma autoritaria cuya expresión fue la dictadura.

El marxismo, que fracasó en Occidente porque se convirtió en un socialismo penetrado de humanismo, encontró en Rusia terreno adecuado a sus teorías de dictadura y de violencia. Lenin, cuyo programa era estrictamente marxista, intentaría constituir progresivamente instituciones sociales comunitarias por la eliminación de las antiguas clases poseedoras o dirigentes. La revolución rusa, para formar el estado comunista sobre principios inconciliables con el régimen preexistente y con las ideas liberales, necesitaba eliminar aproximadamente a un 15 por ciento de la población. Esto había de ser obra de una decena de años.

Al emprender este camino que la mantendría en su tradición de autoritarismo, Rusia se declaraba antípoda del Occidente, La antítesis entre la civilización marítima y liberal y la civilización continental, antiindividualista y autoritaria, se reveló por la ruptura que en 1917 tuvo lugar entre Rusia y el Occidente y con ella se inició una crisis que en el transcurso de cuarenta años había de propagarse al mundo entero, dividiéndolo en dos formas incompatibles de civilización.

Desmembramiento de Austria

Al desencadenar fuerzas profundas y romper moldes existentes, la guerra destruyó la autocracia zarista y levantó en Rusia un mar de fondo aprovechado por la ideologia marxista; también al favorecer la mística nacionalista hizo derrumbarse el edificio históricamente arcaico que constituía el Imperio austrohúngaro. No fueron las condiciones impuestas por los vencedores las que desmembraron al imperio de los Habsburgo pues antes de la intervención aliada ya estaba destruido por la acción de los movimientos nacionales. Los checos habían proclamado su independencia, polacos y rumanos se separaban del imperio, los eslavos del Sur decidían unirse a Servia y los alemanes de Austria proclamaban su incorporación al Reich alemán, mientras Hungría, negada por los pueblos eslavos y rumanos a quienes habla pretendido imponerse, se erigía en república magiar, en cuyo seno iban a producirse, por influencia de la revolución rusa, grandes agitaciones sociales.

Lo mismo que en Rusia, la destrucción de los moldes viejos para dejar paso a las corrientes naturales determinó el hundimiento del régimen. Ahora bien, en tanto que en Rusia esas corrientes presentaban un carácter social, en la doble monarquía adoptaban la forma de un misticismo nacional. Dando la espalda a Occidente, al que estaban ligados por la monarquía de los Habsburgo, los países del Danubio bajo y medio, como los pueblos del otro lado del Elba, atraídos por la mística de la Gran Servia, de la Gran Rumania, y de la Polonia independiente, se inclinaron hacia la Europa oriental. Se venían abajo las antiguas fachadas, dejando a la vista la verdadera estructura política y social de la Europa oriental. Y esta —excepción de Checoslovaquia, que por la larga tradición de sus instituciones estaba ligada a Occidente y a las ideas individualistas del humanismo— se mostraba repentinamente dominada por el problema agrario, resucitó ya en Occidente desde mucho tiempo atrás, y por los problemas sociales que este lleva consigo, así como por un nacionalismo basado en el idioma y en la raza.

También en los países bálticos se manifestó este brote de nacionalista. Pese a las amenazas que la revolución rusa y las tropas alemanas de ocupación hacían sentir sobre ellos, Finlandia, Estonia, Letonia y Lituania afirmaron su independencia replegándose a un nacionalismo exclusivo.

Crisis del imperio alemán

De los tres estados continentales, el único que sobrevivió a la tormenta fue Alemania. Cierto que la monarquía se hundió y que tuvo que aceptar la pérdida de sus territorios polacos, de la parte danesa del Schleswig y de Alsacia-Lorena. Pero, pese a la crisis que iba a sufrir, el imperio alemán mantendría intacto su poderío y reanudaría casi sin interrupción la política de imperialismo que la condujo a la guerra y a una derrota que pronto se negaría a reconocer. El mantenimiento de la unidad alemana al continuar asociando las partes occidentales del país y los territorios del otro lado del Elba, la mantendría en el estado híbrido que presentaba desde que en 1813 Talleyrand entregó a Prusia las provincias renanas. Contra este bloque vencido pero no destruido, vinieron a estrellarse las corrientes que arrastraban a Rusia y a los pueblos de la Europa central y oriental. Alemania quedaba más poderosa que antes de 1914 porque ya ningún contrapeso podía ser obstáculo a su política de imperialismo. Por la voluntad manifiesta de los alemanes de Austria de integrarse en el imperio alemán, los proyectos de una Mitteleuropa, que ya fueron formulados antes de la guerra, se convertían en realidad en el momento de la derrota. El movimiento de las nacionalidades, que tanto perjudicó al imperio austrohúngaro, trabajaba ahora a favor de Alemania, que iba a dejar sentir su peso irresistible sobre una Europa balcanizada.

Las crisis rusa y austríaca habían hallado su trágico desenlace; la crisis alemana que dio lugar a la guerra, lejos de encontrar su solución, volvería a surgir después de la caída del imperio con una agudeza exacerbada. Apenas proclamada, la República alemana se encontraba ante un problema casi insoluble: el de unir en un mismo estado, que ya no debía ser un imperio autoritario, las poblaciones del Sur y del Oeste, cuya evolución histórica y cuya formación intelectual y social las ligaban al Occidente, y las poblaciones del otro lado del Elba, ajenas a esta evolución y casi tan incapaces como los pueblos rusos de adaptarse a un régimen basado en las ideas del humanismo.

En Alemania iba a empeñarse la lucha entre el liberalismo y el autoritarismo, entre la soberanía nacional y el nacionalismo racial, entre el concepto de la colaboración internacional y el del imperialismo pangermanista.

Los países occidentales conservan sus instituciones parlamentarias

Fueron precisa y únicamente los países occidentales, cuyas instituciones liberales hubiesen podido parecer más débiles que las de los imperios autoritarios, los que conservaron intactos y sin atravesar ninguna crisis grave sus regímenes parlamentarios, porque estos respondían a su desarrollo normal y porque bajo el efecto de los continuados cambios de ministerios el poder conserva siempre la facultad de adaptarse a la opinión. Los regímenes parlamentarios, sometidos a la prueba de la guerra, mostraron entonces más estabilidad que ninguna otra forma de gobierno por el hecho de ser realmente democráticos, o lo que es lo mismo, por emanar de la voluntad nacional.

La Europa Central, entre las tendencias occidentales y el régimen soviético

Tras cuatro años de guerra, el antiguo equilibrio de Europa estaba destruido. Por un lado, Europa, en lugar de extenderse hasta el Ural, se hallaba limitada por una línea trazada desde el Neva hasta el Prut. Todos los regímenes absolutistas se habían hundido. En lugar de los tres imperios que en 1914 se repartían la Europa central, esta se hallaba ahora desmembrada, por voluntad de los pueblos, en diez estados, todos ellos constituidos en repúblicas y de los que solo uno, Alemania, seguía siendo una gran potencia.

Las monarquías subsistían solamente bajo la forma constitucional y, excepto en España, asociadas al régimen parlamentario.

En Europa se dibujaban claramente dos mundos: el uno, que desde la frontera rusa profundizaba hacia el Este, empeñado en una evolución autoritaria e igualitaria, y el otro, exactamente opuesto, constituido por los países occidentales, democráticos y parlamentarios.

Entre ambas zonas se extendía la masa de la Europa central, cuya evolución histórica al oeste del Elba se relaciona con la de Occidente, mientras que al este de dicho río la configuración social se acercaba a la que Rusia mantuvo con anterioridad a 1917. La llave de la Europa central, balcanizada por la guerra, se encontraba por tanto en Alemania.

Moscú intenta provocar la revolución mundial

Al aceptar la paz de Brest-Litovsk, Lenin especuló el contagio del comunismo ruso para lanzar a Alemania a una revolución marxista. La derrota alemana no podía sino confirmar aquella esperanza de que la revolución comunista se extendiese, primero a la Europa central y después al mundo entero. Mientras se dos teorías que se repartían a Europa, el humanismo y el marxismo, se enfrentaban irreductibles hasta en la entraña del socialismo, entre adversarios y partidarios de la dictadura del proletariado. Y en marzo de 1919, los socialistas ganados a la causa de la revolución comunista se reunieron en Moscú para fundar la III Internacional, dirigida por el Komintern. Como de hecho el estado soviético se confundía con el Komintern, Moscú se colocaba así al frente de un movimiento revolucionario universal.

Y cuando los aliados se reunían en París para dar nuevas normas al mundo, Moscú, confundiendo los intereses del imperialismo ruso con los del comunismo internacional, iba a intentar unir, bajo su obediencia, a los vencidos, a los oprimidos, a los revolucionarios y a todos aquellos que repudiaban el humanismo liberal sobre el que las naciones, victoriosas querían edificar el porvenir.

Revolución comunista e instauración de la República en Alemania

Al producirse el 10 de noviembre de 1918 la caída del imperio, los dos partidos socialistas alemanes, bajo el mando de Ebert, a quien Max de Baden había cedido el dia anterior las funciones de canciller, se unieron para constituir un gobierno provisional de comisarios del pueblo. Inmediatamente, Ebert pidió al general Hindenburg que conservara sus atribuciones y al general Groener que estuviese preparado para combatir la revolución de la extrema izquierda.

El 11 de noviembre, el católico Erzberger, en nombre del gobierno, firmó el armisticio de Rethondes, y el 12 Ebert levantaba el estado de sitio, proclamaba la amnistía, la ley de las ocho horas, el sufragio universal y anunciaba la socialización de las industrias, que en lo sucesivo estarían dirigidas por consejos de obreros. Pero en vez de llevar la calma a la opinión, esta proclama desencadenó en todas partes huelgas y disturbios y produjo en Alemania una serie de movimientos separatistas. En el Este, Posnania y Prusia oriental se unían a Polonia, mientras en el Oeste la política anticlerical de Berlín favorecía el movimiento separatista renano. En todas partes se constituían consejos de soldados al lado de los consejos de obreros. En Berlín, un comité ejecutivo de los consejos —formado sobre modelo ruso— pretendía arrebatar el gobierno a los comisarios del pueblo.

Al mismo tiempo, entre estos se produjo la misma escisión que se estaba manifestando en el congreso socialista de Berna; Ebert, representando la tendencia occidental, quería mantener el régimen parlamentario, en tanto que los independientes —comunistas—, conducidos por Haase y a los que apoyaban los extremistas Liebknecht y Rosa Luxemburg, pretendían instaurar la dictadura del proletariado. Para combatir al comunismo, Ebert llamó al general Groene r y los sindicatos se pusieron a su lado.

Como los bolcheviques en Rusia, los espartaquistas en Berlín, bajo la dirección de Liebknecht, se oponían a la formación de una asamblea constituyente, pero contrariamente a lo que había ocurrido en Rusia fue la tendencia moderada la que venció, El congreso de los Consejos de obreros y soldados se pronunció por la convocatoria de una Asamblea nacional y el Partido Socialista se dividió entonces en fracciones. En la lucha que se entabló inmediatamente los espartaquistas fueron aplastados; cientos de cadáveres cubrieron las calles de Berlín y entre ellos se encontraban los de Liebknecht y Rosa Luxemburg. Así terminó en Alemania la experiencia revolucionaria.

Ebert sustituyó a los comisarios del pueblo dimisionarios por tres socialistas demócratas, uno de los cuales, Noske, emprendió en seguida la organización de cuerpos francos para combatir a los comunistas. Separados del gobierno, estos ya no representaban más que una fuerza rebelde. Sin embargo para derrotarla los socialistas demócratas necesitaron a los oficiales del ejército que en lo sucesivo ejercerían una presión constante sobre el poder.

Las elecciones de enero de 1919, que llevaron a la Asamblea nacional los diputados encargados de hacer la Constitución de la república, fueron desastrosas para los comunistas. De 421 escaños, sólo obtuvieron 31. Por primera vez en Europa, fueron elegidas treinta y nueve mujeres. La Asamblea se reunió en Weimar para sustraerse a la presión de los movimientos populares de Berlín y Ebert fue elegido presidente de la República. El gobierno, formado por el socialdemócrata Scheidemann, fue una coalición de socialistas, católicos y demócratas, partido que representaba a los antiguos liberales. Ahora bien, la calle pertenecía a los extremistas, hostiles al parlamentarismo.

En Hamburgo, Bremen, Brunswick, Halle y Düsseldorf, el gobierno tuvo que encargar al general Groener de reprimir las insurrecciones comunistas. En marzo se desencadenó una sublevación comunista que el gobierno hizo aplastar por los cuerpos francos, armados de ametralladoras y que costó 1.200 muertos. Meses antes, las elecciones de Baviera habían puesto en minoría al gabinete socialista, cuyo jefe Kurt Eisner fue asesinado por los nacionalistas. El 6 de abril, un nuevo gabinete socialista, constituido por Hoffmann fue derribado por una insurrección comunista que proclamó la república de los consejos. Noske volvió a llamar a los cuerpos francos: El 19 de mayo. Munich fue tomado por las tropas y gran número de comunistas fueron fusilados.

Este fue el último movimiento comunista de importancia. La República parlamentaria vencia, pero su triunfo la ponía a merced del Ejército, dominado a su vez por la acción nacionalista. La República había de verse forzosamente turbada por movimientos extremistas.

Revolución comunista en Hungría

En Hungría, como en Alemania, la revolución estalló en noviembre de 1918. A raíz de la renuncia del emperador Carlos fue proclamada la república en Budapest (10 de noviembre), que dirigida por el conde Karolyi, convertido al socialismo, anunció la instauración del sufragio universal, una reforma agraria y la socialización de las grandes industrias y de los bancos. Nombrado presidente de la República en enero de 1919, intentó gobernar con un gabinete socialista, pero Bela Kun, un periodista judío que había sido prisionero de guerra en Rusia, estaba organizando el Partido Comunista con soldados desmovilizados y obreros sin trabajo. Así fue iniciada la revolución.

Karolyi recurrió en vano a los franceses para que acudiesen a mantener el orden; fueron las tropas rumanas, servias v checas las que marcharon sobre Budapest. Sin embargo, los comunistas, apelando al nacionalismo magiar y alardeando de ser los paladines de la restauración de la unidad húngara, se apoderaron del poder. El 21 de marzo de 1919, una asamblea de los Consejos de obreros y soldados proclamó la dictadura proletaria, liberó a Bela Kun, que había sido encarcelado, y le puso al frente de un Consejo de comisarios del pueblo erigido en gobierno provisional. Y Bela Kun instauró seguidamente un régimen terrorista.

Mientras, en Szegedin, y protegidos por las tropas francesas de ocupación, el almirante Horthy, el archiduque José y el conde Bethlen formaron un grupo revolucionario, a pesar de que Italia, por hostilidad hacia los servios, había entablado relaciones con Bela Kun. En el mes de julio, los aliados rompieron con el gobierno comunista, que no vaciló en declararles la guerra. La lucha era desigual. Los rumanos intervinieron en Budapest y el archiduque José fue nombrado regente del reino de Hungría, pero ante la negativa de los aliados a reconocerle cedió la regencia al almirante Horthy, que estableció un régimen dictatorial. Si en poco más de cuatro meses Bela Kun ordenó 1.581 ejecuciones, la dictadura de derechas que le sucedió no anduvo en remilgos. Y la corriente liberal que antes de la guerra había contaminado a una pequeñísima minoría de húngaros desapareció ante la amenaza marxista. Hungría se había librado de los comunistas, pero se desviaba de las instituciones occidentales.

Moscú intenta provocar una revolución en los balcanes

Después de los fracasos en Alemania y Hungría, Moscú, que no renunciaba a sus proyectos de revolución mundial, intentó bolchevizar los Balcanes procurando hacer de Bulgaria el centro de una Unión de estados eslavos campesinos, organizada conforme al sistema de los soviets.

Después de su derrota, Bulgaria quedó entregada a la dictadura revolucionaria y violenta del jefe del Partido Campesino, Stambuliski.

Ya antes de concertarse el Tratado de Neuilly, Stambuliski —que lo firmó en nombre de la nación— era el jefe indiscutido de Bulgaria, sin que ni el rey, menor de edad, ni la atemorizada clase media, intentasen oponerse a él. La reforma agraria, la implantación del trabajo obligatorio y la demagogia de sus colaboradores daban a su gobierno un cariz proletario del que Moscú creyó podría aprovecharse, pese la hostilidad que hacia el comunismo había ya demostrado Stambuliski.

Dirigida por Kolarov, la Federación Comunista búlgara creó células por todo el país, incluso en Servia, y estallaron huelgas revolucionarias que Stambuliski reprimió actuando con energía contra los culpables. En 1924, Stambuliski fue asesinado y los conservadores se hicieron dueños del poder.

El Partido Comunista desencadenó entonces revueltas sangrientas. La agitación se prolongaría durante años, pero el complot comunista había fracasado, no sin ser la causa de la dictadura real que en 1930 acabaría por imponerse, aislando definitivamente a Bulgaria del régimen parlamentario que en vano había intentado adoptar a imitación de Occidente.

Así, pues, cuanto más se avanzaba hacia el Este, más profunda era la división entre el Occidente y los pueblos continentales, para los cuales el problema esencial no era el de las instituciones políticas, sino el de la reforma agraria, mediante la cual se realizaría su evolución democrática.