Guerra de Marruecos 1909

Datos históricos

Fecha: 1909-1927
Bando 1 España
Bando 2 Marruecos, cabilas rifeñas

Orígenes del conflicto

El estado de anarquía en que se encontraba Marruecos a la muerte de Muley-Hassan (1894) excitó la ambición francesa, que vio la oportunidad de extender sus dominios del Índico al Atlántico, aspiración que chocaba con la inglesa de crear un eje norte-sur. Buscó la amistad española y ofreció un reparto de Marruecos en el que se adjudicaba a España una parte importante del imperio jerifiano.

El gobierno de Silvela (6-XII.1902) rechazó la oferta y Francia llegó a la entente con Inglaterra (8-IV-1904), concediéndose mutuamente libertad de acción en Marruecos y Egipto, con reconocimiento de los intereses españoles para impedir la presencia francesa en el Estrecho. Consecuencia inmediata fue una declaración franco española en la que se reconocía la integridad del Imperio y se fijaban las respectivas zonas de influencia (3-X-1904).

La Conferencia de Algeciras en su acta final (7-IV-1906) abrió camino a un acuerdo franco-alemán, y este al definitivo acuerdo hispano-francés (27-XI-1912), en cuya aplicación se creó el Protectorado (27-II-1913), reducido a las comarcas del Rif y Yebala, ambas insumisas al sultán y regidas por cabecillas locales.

Con anterioridad, tanto Francia como España habían iniciado acciones de penetración, y en 1909 los rifeños, capitaneados por el Mizzián y Chadly, atacaron a los obreros del ferrocarril en construcción que unía Melilla con las minas, cuya explotación se había otorgado a compañías españolas y francesas, y desencadenaron las hostilidades (9-VII-1909). Las operaciones de castigo obligaron a desplazar a Marruecos tres brigadas de cazadores y dos divisiones, y a movilizar sus reservistas, lo que provocó gravísimos sucesos, expresión de la impopularidad del conflicto.

La falta de preparación de tropas y mandos ocasionó el desastre del Barranco del Lobo (27-VII-1909); pero una reacción posterior permitió finalizar con éxito la campaña (26-XI-1909), en la que se ocupó una larga zona costera desde el cabo del Agua a punta Negri. El Mizzián reanudó sus agresiones (24-VIII-1911), y la dura campaña del Kert no finalizaría hasta el 31-X-1912, después de la muerte del caudillo rifeño. (15-VIII-1912).

Al establecerse el protectorado, España contaba como puntos de apoyo con las plazas de soberanía de Ceuta y Melilla, y las de Larache, Alcazarquivir y Arcila, ocupadas por orden de Canalejas en respuesta a la acción francesa en Fez (8 al 12-VI-1911). Sin contacto entre sí, se ofrecían tres posibilidades: permanecer donde se estaba; enlazar los tres enclaves por la costa, lo que resultaba imposible por haberse otorgado a Tánger un régimen especial o dar cima a la ocupación.

Los gobiernos españoles, temerosos de la reacción pública, cambiaron constantemente el criterio. El sultán delegó su autoridad en zona española en el jalifa Muley el Medhi el Raisuni, y España nombró Alto Comisario al general Alfau (3-IV-1913), que ocupó Tetuán con anterioridad (19-II-1913). Las kábilas de Yebala, dominadas por el Raisuni, que había aspirado a ser nombrado jalifa, se declararon en rebeldía y la situación se tornó peligrosa. Marina sustituyó a Alfau (14-VIII-1913), que combinó la acción política con la militar tratando de llegar a un acuerdo con el Raisuni. Su labor fue continuada por López Jordana, que le relevó en la Alta Comisaría (9-VII-1915) y ocupó Anyera y Fondak (26-V-1916) con la ayuda de aquel.

La paz dependía de la posición de el Raisuni, quien de hecho ejercía el dominio del territorio; y así se llegó al final de la I Guerra Mundial, durante la cual agentes alemanes trataron de alentar un levantamiento marroquí contra Francia contando con el beneplácito de xerif y de la poderosa familia de Abd el Krim. Jordana murió repentinamente (18-XI-1918) y el gobierno suprimió el cargo de general en jefe (11-XII-19018) con la intención de separar las funciones civiles de las militares, y nombró Alto Comisario al general Berenguer (25-I-1919).

Se prescindió de el Raisuni, que no se sometía al jalifa, y se procedió a la ocupación de Yebala para establecer comunicación directa entre Ceuta, Tetuán y Larache, uniendo el territorio occidental. Iniciadas las operaciones (16-III-1919), se consiguieron notables progresos gracias sobre todo a la eficaz gestión de la policía indígena, de las tropas regulares —creadas por el propio Berenguer siendo teniente coronel (30-VII-1911)—, y que ya contaban con cuatro grupos, y de las nacientes del Tercio. Con la ocupación de Xauen, el Raisuni quedó arrinconado en Tazarut, y cuando su situación era desesperada se produjo el derrumbamiento de la Comandancia General de Melilla.

Estaba al frente de ella el general Fernández Silvestre, quien, a pesar de que Berenguer tenía el mando superior, gozaba de gran autonomía dado su aislamiento y lejanía. Se hizo cargo el 14-II-1920, y fue extendiendo sus tropas por la kábilas de Beni Said, Beni Ulixech y Tensaman, alargando peligrosamente sus líneas, atravesó el río Amekran y ocupó Abarrán, de donde sus fuerzas fueron desalojadas (1-VI-1921), sucumbiendo la guarnición. A esta llamada de atención acudió Berenguer, que se entrevistó con Silvestre, quien quitó importancia al incidente y siguió hasta Igueriben (7-VI-1921).

Fue el momento elegido por Abd el Krim para dar la señal de insurrección general; la posición quedó cercada y el día 21 ante la gravedad de la situación, Silvestre tomó personalmente el mando en Annual y fracasó en su intento de socorrer a Igueriben, que cayó en poder de los rifeños; ordenó entonces la retirada, que degeneró en pánico, y en ella murieron casi la totalidad de los españoles, entre ellos el propio general. Acudió el general Navarro a ponerse al frente de las tropas desmoralizadas, pero quedó situado en el monte Arruit, donde fue autorizado a rendirse (9-VIII-1921)

La repercusión de la catástrofe fue grande, y Maura formó un gobierno de concentración nacional (13-VIII-1921) para hacerle frente. Contó con una entusiasta reacción popular, que exigía de un lado responsabilidades y de otro vengar la afrenta. Berenguer fue confirmado en su puesto y en una campaña afortunada recuperó lo perdido; pero cayó el gobierno y fue procesado (10-VII-1922). Entre el 4 y el 6 de enero se había celebrado en Pizarra (Málaga) una conferencia para definir la conducta a seguir, y en ella se exteriorizaron las permanentes diferencias de criterios, optándose por la irradiación desde la costa.

El nuevo gobierno (Sánchez Guerra) prefirió la acción política y nombró alto comisario al general Burguete (20-VII-1922) que reinició los contactos con el Raisuni. Fracasado en sus propósitos, se le sustituye por Miguel Villanueva, que, enfermo, tiene que ser relevado por Luis Silvela (17-II-1923) poco después de que se consiguiera el rescate de los prisioneros. (27-I-1922).

La pasividad de las tropas españolas permitió a Abd el Krim consolidar su posición con el establecimiento de la incipiente administración de la república del Rif, lo que agravó la situación. Al producirse el golpe de Estado de Primo de Rivera, este, fiel a sus conocidas tesis abandonistas —era partidario de permutar Ceuta por Gibraltar—, decidió la evacuación de las posiciones avanzadas y retirarse a la llamada línea Primo de Rivera. Sustituyó a Aizpuru en la Alta Comisaría y en el mando (16-X-1924) y dirigió el repliegue que costó numerosas bajas y envalentonó a Abd el Krim, que pactó con el jeriro que acaudillaría la rebelión contra el Raisuni, España y Francia.

Ambas naciones acordaron entonces una acción conjunta (conferencia hispano francesa del 17 de junio al 27-VII-1925), dirigiéndose a Abd el Krim, que rechazó sus propuestas. Se rompieron las hostilidades, que culminaron con el desembarco de Alhucemas (8-XI-1925) y la ocupación de Axdir, capital de la república del Rif.

En Fez, Muley Mohamed sucedía a su padre (1927); en Tetuán, Muley Hassan el Medhi era proclamado jalifa (8-XI-1925), y Primo de Rivera regresaba a Madrid, dejando en la Alta Comisaría al general Sanjurjo, quien dio fin a una guerra que se prolongó hasta el 29-VI-1927. Habia costado a España veinticinco mil muertos y 5.629.585.181 pesetas.

SALAS LARRAZÁBAL, Ramón, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 577-578.