La masacre de San Bartolomé

La masacre de San Bartolomé


Introducción

Las guerras de religión ocurren en Francia durante la segunda mitad del siglo XVI, entre católicos y calvinistas. L. Romier Les origines politiques des guerres de réligion, París, 1916, 2 vols., enlaza directamente con ellas la paz de Cateau-Cambrésis. Al firmarse esta paz, la Contrarreforma se impone en Francia y, a consecuencia de ella, se producen las guerras de religión. Pero las causas religiosas, aunque esenciales, no son las únicas de ellas. Hay otras de índole económica, social y política. La crisis producida a comienzos de la Edad Moderna por los inicios del capitalismo, originó un desequilibrio social que repercutió más duramente sobre la baja nobleza (caballeros) y las clases humildes, especialmente las obreras. Estas clases sociales, sin base económica estable, se hallaron dispuestas a innovaciones religiosas, a revoluciones y revueltas. Y en el momento en que algunos elementos de la nobleza, llevados de su ambición, ponen su espada al servicio de una causa religiosa que no sienten, se produce la lucha armada cf. Romier, Le royaume de Cathérine de Médicis, París, 1922, II, capí tulo III. Las minorías de Francisco II y Carlos IX, que suponen, a pesar de la energía ambiciosa de Catalina de Médicis, un debilitamiento del poder central, suministraron el clima adecuado para los tumultos.

Generalmente se cuentan ocho guerras de religión en Francia. No pudieron ser evitadas por los edictos de tolerancia promulgados por la regente Catalina de Médicis y el canciller L'Hôpital (julio, 1561; enero, 1562). Precisamente estas concesiones exaltaron a los católicos, que, ayudados desde España y Roma, nombran un directorio, el Triunvirato Católico, para velar por la defensa de su fe.

En la primera guerra (1562-1563) intervinieron tropas españolas en auxilio de los católicos, en tanto que el hugonote Coligny entregó el Havre a los ingleses. La victoria católica en Dreux decidió la guerra, terminada por la paz de Amboise (marzo de 1563), que aseguró a los hugonotes la libertad de conciencia y de culto dentro de ciertos límites.

Catalina de Médicis buscó el apoyo de Felipe II, descontento de la paz de Amboise, que intentó impedir por todos los medios. Para ello, propuso unas entrevistas en Bayona, de las que salió la segunda guerra (1567), que después de la indecisa batalla de Saint Denis, concluyó con la paz de Longjumeau (1568).

Una reacción católica, marcada por la prohibición del culto calvinista, condujo a la tercera guerra. Aunque los hugonotes fueron batidos en dos brillantes batallas, Jarnac y Moncontour (1569), en las que intervinieron tropas españolas, Catalina de Médicis firmó con ellos concesiones muy favorables. Por el edicto de Saint Germain, recibieron cuatro plazas de seguridad (agosto, 1570). Catalina en estos momentos intenta la atracción de los cabecillas hugonotes, casando a Enrique de Bearne con Margarita de Valois y llamando a Coligny al Gobierno. La tirantez entre Catalina y Felipe II, su yerno, llegó con esto a su máximo. Carlos IX decide acoger las solicitaciones de Coligny para llevar la guerra contra España a los Países Bajos. Catalina ve también con agrado la propuesta, pues sería el modo de lanzar al país unido hacia una empresa que les distrajera de las guerras civiles. El intento fracasó rotundamente, pero el poder de Coligny era tan grande, que Catalina temió por ella misma y por su hijo. Incita entonces al rey, su hijo, a la matanza general conocida por la Noche de San Bartolomé (24 de agosto de 1572).

La Saint Barthelemy abrió una nueva guerra, la cuarta, que se redujo casi exclusivamente al asedio de la Rochela, centro de la resistencia hugonote, y terminó por la paz de la Rochela (diciembre, 1573), que renovaba la de Saint Germain.

Surge por entonces decidido el partido de los políticos, es decir, de los católicos políticos o tibios, que posponen los intereses del catolicismo ante los del Estado, dirigido por el duque de Alençon. La ambición de este le impulsó a una alianza con los calvinistas, originándose la quinta guerra, reinando ya Enrique III. Catalina de Médicis hizo de intermediaria, asegurando a los hugonotes concesiones inesperadas, como libertad absoluta de culto, salvo en París, ocho plazas de seguridad y la rehabilitación del almirante y sus secuaces en el favor real (paz de Beaulieu o Monsieur, 1576).

Desde este año a 1589, la anarquía es progresiva. Aparece la Liga Católica, que muy pronto constituirá el partido de la oposición a la realeza, fluctuante entre los dos partidos. Enrique de Bearne, ambicionando quizá ya la corona, huyó de la corte y se puso a la cabeza de los hugonotes, entendiéndose con el duque de Alençon (ya duque de Anjou): es la sexta guerra (1576-77). La paz de Bergerac (1577) supone un retroceso en las condiciones hechas a los calvinistas en la de Monsieur.

Una nueva huida de Anjou da ocasión a la séptima guerra, de revueltas y tropelías, finalizada por la paz de Fleix (1580).

La octava guerra, la llamada de los tres Enriques, por intervenir en ella el rey, Enrique III, el duque Enrique de Guisa y Enrique de Bearne; nació a consecuencia de los pactos de Enrique III con la Liga (1585), al objeto de evitar las negociaciones de esta con Felipe II. La guerra fue larga, y las batallas de triunfo alterno. Vencedora la Liga, el rey, para contrabalancear la influencia de aquella, se inclinó hacia los hugonotes, capitaneados por Enrique de Bearne; ordenó el asesinato del duque de Guisa (1588), se unió a Enrique de Bearne y comenzó el asedio de París, que estaba en poder de los ligueros. La guerra concluyó, asesinado Enrique III, con la conversión al catolicismo de Enrique de Bearne (Enrique IV) y la rendición de París (enero, 1594). [V. V. de P.].

VÁZQUEZ DE PRADA, Valentín, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E, pág. 796.