Guerras contra Francia XVII

Las luchas por el dominio europeo entre los Habsburgo españoles y los Borbones franceses fueron inevitables a lo largo del s. XVII.

Primera Guerra 1635-1659.

Tras una ayuda española a los calvinistas de la Rochela —que concluyó en 1626 con la Paz de Monzón— y el triunfo de la Francia de Richelieu en la guerra de Mantua —que consiguió colocar un candidato suyo en este ducado italiano por la paz de Cherasco (1631)—, Francia declaró formalmente la guerra a España en 1635, como consecuencia de la derrota de los suecos en Nördlingen.

La entrada de los franceses en la Guerra de los Treinta años —que se sentían encerrados dentro de sus fronteras por una Europa unificada por los Habsburgo— dio un giro radical al desarrollo de la misma, pues la ayuda de la católica Francia al bando protestante supuso la derrota de los imperiales y España. La habilidad de Richelieu consiguió el apoyo de Suecia Tratado de Compiègne, 1635) y de los príncipes alemanes, que aclamaron en Worms a Bernardo de Sajonia como jefe el mismo año.

El primer año de guerra fue favorable a España con la toma de Corbie (1636), a ochenta kilómetros de París. Por contra, la guerra llegaba a ambos lados de los Pirineos: se combatía en el Rosellón, y Fuenterrabía sufrió un fuerte asedio, hasta que se logró liberarla (1638). Pero Holanda, por su parte, aniquilaba en las Dunas (1639) a la flota española, y en el interior de la Península, el cardenal fomentó el descontento contra la política de Olivares, a través de las sublevaciones de Portugal y Cataluña (1640), que reconoció a Luis XIII de Francia como su soberano, ocupando a continuación el principado un ejército francés.

Desaparecidos Richelieu y Luis XIII, en 1643 caía Olivares, pero ese mismo año los franceses, al frente de Condé, derrotaban a los tercios españoles en Rocroi, decidiendo el curso de la guerra, confirmada por una nueva derrota en Lens cinco años más tarde. La paz se hacía necesaria, pues ambos bandos estabas exhaustos. Los tratados de Westfalia (1648) confirmaban un nuevo equilibrio europeo: España reconocía la independencia de las Provincias Unidas, el Imperio firmaba la paz con sus súbditos protestantes y Francia pasaba a ser la nueva potencia europea. pero la hora de la paz franco española no había llegado todavía.

Francia se obstinaba en ocupar Cataluña, que fue recuperada en una rápida campaña de don Juan José de Austria en 1652, aprovechando los acontecimientos de la Fronda. La situación se hizo desesperada para España al entrar la Inglaterra de Cromwell en la guerra y al ser derrotada en las dunas arenosas de Dunkerque en 1658. En 1659 se firmaba la Paz de los Pirineos, que trazaba la frontera hispano francesa, decana de las europeas, pasando el Rosellón a ser definitivamente francés, retornando Cataluña a la Corona española.

Guerra de la Devolución 1667-1668.

Durante el reinado de Carlos II la actitud agresiva de Luis XIV haría imposible la paz. Su objetivo eran los indefensos Países Bajos españoles. Estalló así la denominada Guerra de la Devolución (1667-1668), en la que el monarca francés —amparándose en una costumbre existente en el Brabante— ocupó, tras una victoriosa campaña, los Países Bajos y el Franco Condado, provocando la alarma de ingleses y holandeses, lo que dio lugar —tras la adhesión de Suecia— al nacimiento de la Triple Alianza de 1668. Ello llevó a Luis XIV a la negociación con España en la paz de Aquisgrán (1668), que fue muy moderada en relación con los triunfos obtenidos por el rey francés. La soberanía española permaneció casi por completo sobre los Países Bajos y el Franco Condado.

Tercera guerra 1673-1678.

Todavía en tres ocasiones se rompieron las hostilidades hispano francesas; la agresión de Luis XIV a Holanda en 1673 y el temor a una alteración del equilibrio en Europa dieron como resultado la formación de la Gran Alianza de la Haya (1673) contra el monarca francés. Los resonantes triunfos de este a costa de la España de Carlos II condujeron a la paz de Nimega (1678), en la que aquella perdió el Franco Condado, entregado junto a Ypres y otras plazas flamencas. Apenas seca la tinta de este tratado, la incorregible belicosidad del rey francés y su abusiva interpretación de las cláusulas suscritas, por medio de las famosas reuniones, que eran simples anexiones de territorios sin base jurídica, provocaron otra guerra, que terminó con la paz de Ratisbona (1684).

BALDUQUE, Luis Miguel, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 591-592.