Guerra de África

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La Guerra 1859-1860

La Guerra

Los frecuentes incidentes provocados en todo tiempo por los moros fronterizos de nuestras plazas de soberanía en Marruecos, tuvieron su más grave manifestación en el campo de Ceuta, al destruir los cabileños de Anyera, la noche del 10 al 11-VIII-1859, las obras del puesto de guardia de Santa Clara y destrozar el escudo de España labrado en uno de los hitos que marcaban la línea de demarcación, hecho este que se repitió la noche del 24, derribando el nuevo mojón con las armas españolas que solemnemente se había levantado el día anterior.

La Batalla de Tetuán, por Dionisio Fierros Álvarez.La Batalla de Tetuán, por Dionisio Fierros Álvarez

Los derechos de España para construir tal cuerpo de guardia eran legítimos e indiscutibles, pues estaba claramente situado dentro de los límites de nuestro campo que determinaba el Tratado de Paz en vigor y confirmaba terminantemente el Acuerdo de Tánger de 25-VIII-1844, el Acta de ejecución y cumplimiento del mismo, en lo que se refiere a la cuestión, de 7-X del mismo año y el convenio concertado en Larache el 6-V-1845. Aun así, el Gobierno español anunció el comienzo de las obras al marroquí, al bajá de Tetuán y al caíd del cercano Serrallo; pero sus buenos y cordiales propósitos no encontraron eco en el débil poder central xerifiano, ni en las autoridades locales, incapaces para oponerse a los revoltosos, cuando no consentidoras de sus desmanes y hasta, en ocasiones, promotoras de ellos, y no sólo ocurrieron aquellos actos hostiles, sino que la posterior actitud agresiva de los anyerinos obligó a emplear fuerzas de la plaza para alejarles de ella y a que disparasen sus cañones y los de los barcos de guerra fondeados en su puerto.

El Gabinete español organizó un Cuerpo de Observación en Algeciras y una división de reserva en Cádiz; reforzó la guarnición de Ceuta, y por mediación del cónsul en Tánger presentó, el 5 de septiembre, enérgico ultimátum exigiendo que el escudo de España fuera repuesto y saludado por las tropas del sultán en el mismo sitio donde había sido echado por tierra; que a los autores del hecho, conducidos al campo de Ceuta, se les castigase severamente ante su guarnición y vecindario; que se declarase oficialmente nuestro derecho a levantar cuantas fortificaciones se estimasen en el citado campo, y que por Marruecos se adoptasen medidas para evitar la repetición de hechos semejanes. La contestación marroquí fue ambigua y poco satisfactoria, y la muerte del sultán Muley Abderramán obligó a España a prorrogar el plazo concedido, sin que con su hijo y sucesor, Mohamed, se obtuviesen declaraciones más explícitas y favorables.

El ministro de Estado, Calderón Collantes, en circular del 24-IX, expuso a los representantes de la nación en las cortes europeas, para conocimiento de sus respectivos Gobiernos, el desarrollo del conflicto y la precisión en que se vería España de oponerse por la fuerza a la actitud de los marroquíes. Todas las potencias contestaron estimando natural nuestro proceder; solamente Inglaterra opuso observaciones, mostró recelos, quiso imponer condiciones, intentó con miras interesadas actuar de mediadora y, con infundados temores de que peligrase su situación de hegemonía en el Estrecho, actuó de forma tal que dio ánimos al Gobierno del sultán para prolongar su sistema de evasivas, que encerraban una oposición, y exacerbó el espíritu español siempre opuesto a las influencias extrañas en sus cuestiones propias. La guerra pues, era inevitable. En la sesión del Congreso de 22-X, el Presidente del Consejo dio cuenta de su declaración y de que los pensamientos de España no eran de conquista: sólo pretendía vengar los agravios que le habían sido inferidos, exigir garantías para el futuro y obtener la indemnización de los sacrificios que hiciera.

La exaltación del patriotismo borró banderías y diferencias políticas y unió temporalmente a todos los españoles: se afianzó la situación del Gobierno y adquirió solidez el trono. El entusiasmo, doblemente encendido, no supo de categorías y vibraba en la esfera oficial como en la particular.

El Presidente del Consejo y ministro de la Guerra, capitán general O'Donnell, conde de Lucena, fue nombrado general en jefe; para el cargo de jefe de Estado Mayor se designó al mariscal de campo Luis García. El ejército de operaciones se componía de 163 jefes, 1.599 oficiales, 33.228 de tropa, 2.947 caballos y mulos y 74 cañones, distribuidos en tres cuerpos de ejército, una división de reserva y otra de caballería. La escuadra, mandada por el brigadier de la Armada Díaz Herrera, la formaban cuatro buques de vela, seis de hélice, once de ruedas, dos faluchas, veinte lanchas cañoneras y doce transportes.

El ejército marroquí, muy numeroso, pero, por su principal carácter irregular, difícil de determinar, contaba con una excelente caballería y con bastantes, aunque en su mayoría muy anticuadas, piezas artilleras. La dirección de las operaciones la ejercía Muley el Abbas, hermano del sultán, al mando de fuerzas muy superiores a las muestras.

Al amanecer del día 19 de noviembre, onomástico de Isabel II, el primer cuerpo de ejército (mariscal de campo Echagüe), recién desembarcado en Ceuta, procedente de Algeciras, ocupó la altura del Serrallo y el viejo palacio en ella existente. A partir de este momento, desde el punto de vista militar, y para más clara y concreta exposición de hechos, cabe dividir la guerra en cinco fases:

    1. (acción defensiva y de preparación en el campo de Ceuta): Construcción de fuertes para asegurar una línea desde la bahía de Benzú, en el Estrecho, al arroyo del Tarajal, en la costa mediterránea; defensa de estas obras los días 22 y 23-XI; duración del Serrallo, el 25, en la que resultó herido, no de gravedad, el general Echagüe, tomando el mando de las tropas el general Gasset, desembarco del segundo cuerpo (teniente general Zabala), y la división de reserva (teniente general Prim); combate de Sierra Bullones, el 30; llegada del tercer cuerpo (teniente general Ros de Olano); combates en Sierra Bullones, los días 9, 15, 20, 25 y 30-XII, y al proteger los trabajos de construcción del camino a Tetuán, días 12, 17 y 29; desembarco de la división de caballería (mariscal de campo Alcalá Galiano), y bombardeo de Río Martín por la Escuadra, el día 29. La dureza de la estación, pródiga en lluvias y fuertes vientos que convertían los campamentos en lodazales y derribaban tiendas y abrigos, fue causa de una elevadísima enfermería, especialmente en el primer cuerpo, en la que destacó por su virulencia y mortandad el cólera, que obligó a incorporar las otras grandes unidades, variando así el plan de campaña que en su principio preveía la sola acción de las tropas de Echagüe en el campo exterior de la plaza y en la primera parte de la marcha a Tetuán, durante la cual, en el Medik, junto a Cabo Negro y Río Martín, desembarcarían las restantes fuerzas para unirse a ellas. La escasez de medios de transporte retrasó la puesta en tierra del personal y, singularmente, ganado y material, y la acometividad del adversario obligó a prodigar las obras de fortificación y a empeñarse en duros y costosos combates. Todo ello impuso se prolongase, con perjuicio de la rapidez, pero ventaja de eficiencia del ejército, que adquirió una mayor cohesión y perfeccionó su instrucción, conservando sin merma el elevado espíritu con que abandonó la Península, esta primera fase.
    2. (marcha de Ceuta a Río Martín:) En ella, con el flanco izquierdo apoyado en el mar, pero el derecho peligrosamente expuesto por la presencia de un enemigo cada vez más numeroso y que se movía en terreno sumamente propicio para su actuación, intervinieron todas las fuerzas, a excepción de las del primer cuerpo, otra vez al mando de Echagüe, que, al modificarse el plan de campaña, quedó guardando el campo de Ceuta. Tal marcha ofensiva estuvo jalonada por los siguientes hechos de armas: la dura y victoriosa batalla de los Castillejos; paso de Monte Negrón; ataques del adversario al campamento del Smir; combate de Cabo Negro, y ocupación de la Aduana de Río Martín, los días 1 y 6, 8 al 12, 14 y 16 de enero de 1860, respectivamente. En el campamento del río Smir, o Campamento del Hambre, pues el temporal impidió el abastecimiento de las tropas, se patentizó su ánimo excelente y habitual buen humor, juntamente con su reconocida resistencia física. El 16 desembarcó por las inmediaciones del río Lila una división de refuerzos mandada por el mariscal de campo De los Ríos.
    3. (de reorganización en Río Martín): En ella tienen lugar los combates de la Aduana y Uad el Jelú (Guad-el-Jelú), 23 y 31 de enero, respectivamente, y se reorganiza el ejército expedicionario, cuyos efectivos eran ya de 179 jefes, 1.623 oficiales y 35.079 de tropa; formándose un cuerpo de reserva a las órdenes de De los Ríos, y una brigada de artilleros e ingenieros, con el brigadier Angulo al frente, y afectándose el batallón de voluntarios catalanes, últimamente incorporado, a la primera división del segundo cuerpo. El general Prim, por quedar embebida su unidad en el citado nuevo cuerpo de reserva ; y enfermedad del general Zabala, pasa a mandar el segundo. Las otras grandes unidades siguen con los mismos mandos, si bien ya con el empleo de teniente general, al igual que el general García; jefe de Estado Mayor, el general Echagüe.
    4. (ocupación de Tetuán y preparación para posteriores avances): El hecho más destacado de ella fue la gloriosa batalla de Tetuán (2 de febrero), en la que los españoles se posesionaron de los campamentos de las fuerzas marroquíes, a cuya cabeza figuraban el Abbas y Muley Ahmed, hermanos del sultán, tomando cuantioso botín y desbandando al contrario. Lógica consecuencia de este acontecimiento, que en España produjo delirante entusiasmo y en la prensa extranjera, salvo algunos periódicos británicos, mereció los más elevados elogios, fue, el día 5, la ocupación de la ciudad y, posteriormente, la petición del caudillo adversario de las condiciones de paz que habría de imponer España, llegando incluso a entrevistarse con O'Donnell; más sin que las gestiones, durante las cuales hubo combates como el de Samsa, al que Muley el Abbas aseguró era ajeno, cristalizaran en ninguna realidad por la negativa xerifiana a la cesión de Tetuán, siquiera fuese con carácter eventual. Como réplica la Escuadra, mandada por el almirante Bustillo, bombardeó Larache y Arcila los días 25 y 26, respectivamente. En el campo de Ceuta quedó la División Gasset, y el resto del primer Cuerpo, con su general, se incorporó a Tetuán. Del 8 de febrero al 10 de marzo se efectuaron reconocimientos y pequeñas operaciones de castigo, y el 11 numerosos grupos contrarios presentaron combate dando lugar al que se denominó de Samsa, en el que resultaron rotundamente derrotados. Al incorporarse la división vascongada, a las órdenes del mariscal de campo, Carlos de la Torre, el ejército expedicionario se elevó a 231 jefes, 1.888 oficiales y 43.069 de tropa.
    5. (avance por el camino de Tánger y terminación de la guerra): La batalla de Uadras —mejor que Wad-Ras, aunque oficialmente se usase esta ortografía— (23-III), fue la más dura y sangrienta de la campaña y abrió la entrada del Fondack y, por tanto, el camino a Tánger. Los marroquíes, muy castigados, se retiraron con precipitación por miedo a ser envueltos, y ya incapaces de resistir, al día siguiente pidieron la celebración de una entrevista. En ella, Muley el Abbas aceptó las condiciones que antes había rechazado, y el 25 firmó con O'Donnell, ya duque de Tetuán, los preliminares de paz y armisticio, cesando, en consecuencias, las hostilidades. El ejército retrocedió a Tetuán y el mismo día el general en jefe dictó una Orden General dando por terminada la guerra. El 23-IV, firmado el Tratado de Paz, dio comienzo a la repatriación, quedando en la ciudad mora un cuerpo de ocupación al mando del general De los Ríos quien, por cierto, murió en ella del cólera, siendo reemplazado interinamente por el general Turón, y en Ceuta una división a las órdenes del general Gasset.

Si la declaración de guerra entusiasmo a los españoles y ese entusiasmo no decayó en el transcurso de la campaña llena de hechos heroicos y acciones brillantes y sin ningún revés que los empañase, el Tratado de Paz causó verdadera desilusión en la masa española, naciendo el aserto de que fue una guerra grande y una paz chica. Efectivamente, fue una guerra grande que costó a la nación cerca de 10.000 bajas y casi 237 millones de reales y elevó el prestigio de España en el extranjero; pero la paz fue honrosísima y sin explotar al vencido, extremo que no entraba en las desinteresadas y románticas miras españolas de siempre con relación al imperio de los xerifes, pudo ser en cierta forma provechosa si nuestra política posterior hubiera sido más hábil y constante.

Ese Tratado de Paz firmado en Tetuán el 26 de abril de 1860 por el general García y el diplomático Ligués y el ministro de Justicia del sultán, Mohamed el Jetib, y el jefe de la guarnición de Tánger, Sidi el Hadeb Ajinad, desarrollaba los acuerdos de las bases preliminares del 25 de marzo, y entre otros extremos, determinaba lo siguiente: cesión a España en pleno dominio y soberanía del territorio comprendido desde el mar, en la costa norte de Ceuta, siguiendo las alturas de Sierra Bullones hasta el barranco de Anyera, en la costa sur de la plaza; establecimiento de un campo neutral; ratificación del convenio de 24 de agosto de 1859 por el que Marruecos nos cedía, también en pleno dominio y soberanía, una zona en el campo de Melilla, marcada por el alcance de un tiro de cañón de 24, y se señalaba, asimismo, una franja de territorio neutral; organización de contingentes marroquíes con un caíd, para evitar y reprimir las acometidas de las tribus a las plazas españolas; concesión a perpetuidad en la costa del océano, junto a Santa Cruz la Pequeña, del territorio suficiente para la formación de un establecimiento pesquero, como el que ya existió antiguamente; pago como indemnización por los gastos de guerra de 20 millones de duros, en cuatro plazos que terminaban el 26-XII-1860, ocupando mientras tanto Tetuán las tropas españolas; autorización para adquirir allí terreno donde edificar una iglesia católica, con promesa de ser respetada, y para establecer en Fez una casa por los misioneros españoles; compromiso para que el representante en Marruecos de España pudiese residir en el lugar que nuestro Gobierno estimase más conveniente, y promesa de celebrar a la mayor brevedad un tratado de comercio concediendo a España las ventajas de nación más favorecida.

Este tratado de comercio fue firmado en Madrid el 20-XI-1861, y derivados del de paz citado y de las dificultades con que tropezaba el imperio para el pago de la indemnización de guerra fueron el acuerdo de Tánger de 4-III-1861, que no llegó a ser ratificado por Marruecos, y el tratado firmado en Madrid el 30-X del mismo año por el ministro de Estado, Calderón Collantes, y Muley el Abbas, por el cual nos comprometíamos a abandonar Tetuán al terminar de hacerse efectivos diez millones de duros, respondiendo el Gobierno xerifiano el pago de los restantes con la mitad de los ingresos de las aduanas del imperio. Al fin, el 2-VIII-1826, las tropas españolas evacuaron aquella ciudad.

RAMOS CHARCO-VILLASEÑOR, Aniceto, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 54-57.