Antecedentes

Los sublevados contaban con una lucha breve. La confusión y desorden que imperaban en el campo democrático, la mutua desconfianza de los partidos, la hostilidad entre los líderes, la indisciplina de las muchedumbres, la floja disposición del gobierno les permitían sospechar que el pronunciamiento no tropezaría con ningún obstáculo invencible.

Los generales se apoyaban en clases sociales poderosísimas —la aristocracia territorial, la Iglesia, la Banca, la alta burguesía y un vasto sector de la clase media— y dispondrían, en el orden militar, calculando razonablemente, de dos terceras partes de la oficialidad del Ejército, de la marina de guerra, de la Guardia Civil, de un par de divisiones marroquíes, del Tercio extranjero, de los fanáticos requetés.

En posesión de fuerzas tan considerables, no es de extrañar que los generales y los aristócratas dieran por muerta a la República, o a España, como ellos decían, por salvada, desde el punto y minuto en que iniciaron la agresión. En treinta días, a lo más —pensaban— el enemigo estará despachado. Dos semanas, quizás, separaban a Franco de Madrid.

Cuando el emperador Carlos V invadió a Francia, preguntó a un prisionero a cuántos días de distancia estaría París de la frontera. Doce, tal vez, pero serán días de guerra, respondió el patriota francés.

Diego Martínez Barrio, político español.Diego Martínez Barrio, político español.

Esto mismo pudieron advertir en seguida los insurgentes españoles. Su menosprecio del pueblo les indujo a ignorar las formidables energías del proletariado español y no se detuvieron a meditar que las desavenencias en el seno de los partidos democráticos podían nacer y alimentarse en no escasa medida de la falta de un claro objetivo común. La rebelión lo creó.

El pueblo se alzó en masa contra los facciosos, y la reconciliación de los bandos en la calle impuso a poco a los líderes el olvido de lo pasado. No solo el pretérito inmediato de la democracia española, sino, asimismo, las miserias del presente, inseparables de toda guerra y agravadas por las insoslayables injusticias de la revolución, se fundían ya al fuego del heroísmo popular.

La penuria de elementos de combate que padecía España, esto es, el atraso nacional, consintió justamente al pueblo desplegar sus grandes virtudes. El factor hombre, el hombre sin la técnica, contaba aún en España. Medio año después contaría menos, porque la guerra se haría a la moderna, al afluir las máquinas de las naciones en que la época de las barricadas había pasado, pero, entre tanto, el proletariado de Madrid y Barcelona hizo cosas memorables y salvó a la República. Estos insignes sucesos solicitan ahora nuestra atención, pero previamente hemos de detenernos un instante a considerar acontecimientos políticos de muy otro carácter.

El 18 de julio estaba fuera de duda la inminencia del alzamiento del Ejército en la Península. Se esperaba que el gobierno dispondría la distribución de armas entre los partidos del régimen. El pueblo estaba en la calle, en nerviosa expectación, con los ojos puestos en aquellos lugares donde se decidía su destino y el de la República.

Los cuarteles se hallaban sitiados, mejor que vigilados, por multitudes, que, apostadas a discreta distancia, seguían en suspenso los movimientos y rumores de la tropa.

Los ministros sufrían el permanente asedio de los líderes obreros, que les incitaban a adoptar, sin pérdida de tiempo, resoluciones de gravedad correspondiente a la situación. En este estado de tensión, alarma y peligro, que predisponía a las clases populares a desear, antes que temer, el encuentro definitivo con el enemigo, se anunció a los españoles, en la madrugada del 19, la constitución del gobierno Martínez Barrio, un gobierno encargado de capitular.

Espantados de las circunstancias, Azaña y los republicanos moderados —los republicanos que entregaron la República a la reacción en 1933— resolvieron intentar la reconciliación con los generales de la Península que estaban a pique de secundar a Franco.

El nuevo gabinete buscaba un compromiso imposible. Ni Azaña ni los republicanos respetables se habían persuadido, ni, al parecer, se persuadirían jamás, del linaje de hombres y clases sociales que la República tenía enfrente. Sobre todo, desconocían que el drama que les abrumaba en aquel momento se había originado, precisamente, en la falta de carácter de los políticos del régimen; y ahora se proponían coronar la tragedia con otra muestra de cobardía cívica, con una claudicación tan impracticable como deshonrosa.

No obedecía tanto la desgraciada solución Martínez Barrio a una política de clase media, temerosa del proletariado, como, en el fondo, a una tradición de pavidez moral, por virtud la cual se avino siempre esa suerte de republicanismo a transigir en las cosas fundamentales.

Cierto es que los más ilustres republicanos no habían sabido precaverse contra la propaganda enemiga, ni contra los cantos de sirena de los prejuicios de clase, ni se habían enterado de que el movimiento que acababa de estallar comenzó a ser organizado en 1931. En lo íntimo de su conciencia creían que la rebelión la había provocado el marxismo; y quizás se imaginara Azaña que la historia le reservaba el desafortunado papel de Kerensky español. De todo ello sobraban síntomas, pero todo ello eran paparruchas.

Ni en España había bolcheviques, ni otro Lenin, ni Lenin hubiera intentado en España lo que llevó a cabo en Rusia, ni el proletariado español quería otra cosa sino que los republicanos gobernaran con mano firme y realizaran la revolución a que su apellido político y sus discursos les comprometían.

La ausencia de firmeza, la fácil inmolación de los principios, el huir de la realidad nacional: estos fallos de los partidos democráticos trajeron a la República al presente precipicio, y ahora iban a despeñarla con el mismo funesto sentido del deber, ofreciendo a los insurgentes la participación en el gobierno y a Mola el ministerio de la Guerra.

Se daba al espectador motivo para pensar si no habría más honor y más lealtad a los principios, siquiera hubiese menos justicia y menos patriotismo, en el otro lado. No sin cierta dignidad respondió Mola a Martínez Barrio:

Si yo acordase con usted una transacción, habríamos los dos traicionado a nuestros ideales y a nuestros hombres. Mereceríamos ambos que nos arrastrasen.

Por fortuna, el pueblo republicano y obrero lo entendía de modo opuesto. El pueblo, tras lo experimentado, tenía la profunda convicción de que en una España que ansiaba regenerarse no quedaba margen para la convivencia con las clases sociales que hacían organizado la guerra civil; clases sin noción del interés público, que preferían el hundimiento de la nación a desprenderse del menor de sus seculares privilegios.

La República se defendería, gracias a la entereza popular, pero, como síntoma, el gobierno Martínez Barrio denotaba un alarmante estado de espíritu en las altas regiones del régimen.

Ni la decisiva respuesta de los insurgentes a estos primeros tanteos —rendición incondicional de la República— ni el a este respecto aleccionador desarrollo del conflicto persuadieron nunca a ciertos personajes y partidos de que para la democracia española no había más opción que resistir; que la capitulación no ahorraría sangre, ni miseria ni dolor, pudiendo sus consecuencias, previsiblemente, rebasar en gravedad a los desastres de la guerra; y que la salvación de la República anidaba, aunque se perdiera esta importante batalla, en sustituir la política del compromiso, de la paz y la concordia, del no saber qué hacer con el régimen ni con sus enemigos, por otra de claridad en el propósito, conocimiento de los problemas nacionales e insobornable resolución ejecutiva.

Lo cierto es que el 19 de julio se insinuó ya una actitud desmayada y errónea ante la guerra civil en medios sobremanera influyentes de la República, y que este error, de recibir el favor de las circunstancias en el decurso de la contienda, podía serle fatal a la democracia española. El pueblo recibió con tales muestras de disgusto y reprobación al gobierno de la utópica componenda, que los autores de la iniciativa hubieron de despertar en seguida a la realidad.

Don José Giral formó otro ministerio, con generales republicanos en los departamentos de mayor responsabilidad en aquel instante. Gobierno republicano, moderado y todo lo demás, para que no se asustaran ni los facciosos ni las cancillerías. Poco o nada se ganaba en el exterior con esta farsa y mucho se perdía dentro en ímpetu, en eficacia y en autenticidad.

El gobierno Giral surgía en puntual coincidencia con el comienzo de la rebelión en la Península. Al quebrar el alba rompían marcha en Barcelona los regimientos desleales sobre una ciudad que parecía reposar confiada, pero que no dormía.

El temple moral de las masas, cuyo lema era el animoso y expresivo ¡No pasarán! pronosticaba el fracaso cierto del alzamiento en Madrid. El factor sorpresa había desaparecido después de iniciada la rebelión en África. Las precauciones adoptadas por el gobierno en la capital de la República eran adecuadas al peligro.

Los centros oficiales se hallaban rigurosamente custodiados protegidos con barricadas y sacos terreros. Desde las primeras horas del domingo las milicias recorrían la ciudad en taxis u otros vehículos o se estacionaban ante los edificios oficiales a la espera de noticias y de armas, al tiempo que las fuerzas policíacas patrullaban por los lugares amenazados. Los cuarteles seguían estrechamente vigilados desde fuera.

El lunes —escribía Carlyle del París que iba a asaltar la Bastilla— la inmensa ciudad despierta, no a la industria del día de trabajo, sino a otra muy distinta. El obrero se ha trocado en combatiente; solo necesita armas.

El 19-VII-1936 no era lunes, sino domingo, y para el pueblo español no amanecía un día de fiesta, sino una jornada de muy diferente emoción, y como el pueblo de París, solo necesitaba armas.

El cuartel de la Montaña

No entra en mi designio escribir la historia de la guerra civil, si por tal cosa se entiende la narración eslabonada de los tremendos acontecimientos que se desarrollaron en España en los treinta y tres meses que duró la resistencia organizada de la República a la agresión de los insurgentes y sus aliados extranjeros. Pero no pueden faltar en estas páginas hechos tan expresivos y memorables como son las jornadas de julio en Madrid y Barcelona.

Cuartel de la MontañaCuartel de la Montaña

Unas escaramuzas, sin rango de novedad, entre las milicias y los fascistas, que disparaban desde azoteas y, al parecer, desde algunas iglesias, anunciaron la ruptura de hostilidades en Madrid. El proletariado asaltó los centros políticos de la reacción y tornó a quemar iglesias y conventos.

En curso estos incidentes, se sublevó el regimiento de artillería de Getafe y bombardeó el aeródromo vecino; tras porfiada y sangrienta lucha con la aviación leal, la Guardia Civil y las milicias obreras, hubo de someterse.

El cuartel de Ingenieros del Pardo quedó desierto; la oficialidad condujo a la tropa hacia el Norte, en busca de Mola; entre estos soldados iba el hijo menor de Largo Caballero.

En el de Pacífico, parte de las fuerzas allí acuarteladas secundaron a Franco, y se registraron furiosos combates; mas también en unas horas aniquilaron los gubernamentales este foco rebelde. Es evidente que la exaltación popular actuó de manera positiva sobre fuerzas como la Guardia Civil, que se hubieran adherido al alzamiento de no haberse visto envueltas en este círculo de entusiasmo y heroísmo, que como todos los estados de pasión eran contagiosos.

La fuga del regimiento del Pardo denunciaba el escepticismo de los insurgentes respecto de Madrid. Madrid era la posición que mayores inconvenientes ofrecía al pronunciamiento; y se comprende con dificultad, o no se comprende en absoluto, que requiriendo la empresa de abatir a la capital de la República las energías, la intrepidez y la autoridad de los mejores capitanes del complot, los conjurados delegaran esta hazaña, primero en Villegas, que renunció, con buen juicio, y luego en Fanjul, un general sin psicología de soldado, y tan poco inteligente o tan tímido o tan abnegado, que no supo rehusar el encargo que todos, con su cuenta y razón, rechazaban.

Por sus especiales características —un vasto caserón de gruesos muros situado en una eminencia y a dos pasos del centro de Madrid—, el cuartel de la Montaña, en poder de los insurgentes, podía constituir una amenaza seria para la República.

Como todos los demás, este centro militar se hallaba celosamente vigilado por las milicias. No se le ocultaba al gobierno la equivocada inclinación de la oficialidad de la Montaña, pero, como en los demás casos, privaba la política de dejar la iniciativa al enemigo y no se salía al encuentro del peligro por temor a empeorar la situación.

Así, a mediodía del domingo se había podido congregar en ese cuartel una excitada multitud de oficiales de otros regimientos, aristócratas y jóvenes falangistas, además de una parte de los cuadros de mando de la tropa allí domiciliada. De aquí tenía que proceder la ofensiva principal contra los órganos vitales del Estado republicano, movimiento que acaudillaría el general Fanjul.

Pero el general se hizo esperar más de lo que la impaciencia de sus secuaces deseaba y mucho más de lo que el éxito del ataque requería, y hasta las primeras horas de la tarde no apareció entre su gente. Aun entonces Fanjul dilapidó un tiempo valioso en discursos y arengas superfluos, en declarar el estado de guerra, en anunciar la instauración de la dictadura militar y en otros prolegómenos de índole política. Para irrumpir en la calle eligieron los amotinados las últimas horas de la tarde.

El cuartel estaba ya sitiado como en ningún momento anterior, y el hormiguear del pueblo por las vías adyacentes preludiaba que aquellas fuerzas se encontrarían, en cuanto salieran de la fortaleza, frente a una masa humana indomable.

Declinando la tarde, sin embargo, tampoco abandonaron los rebeldes el cuartel, y prefirieron iniciar las hostilidades con una descarga de fusilería o ametralladora. Esta mal aconsejada agresión fue el toque de alarma que conjuró la resistencia de los de fuera y señaló el comienzo del asedio. En seguida se generalizó el fuego y la batalla absorbió a los bandos.

Uno a cubierto tras los espesos muros del cuartel, otro disperso por edificios y esquinas, o parapetado en árboles y barricadas. El gobierno había distribuido al cabo las armas ligeras de que disponía, y las milicias estaban mejor provistas de medios de combate; pero era corto el número de fusiles completos de que podía hacerse uso, dado que en el cuartel de la Montaña, precisamente, se guardaban cincuenta o sesenta mil cerrojos de fusil, circunstancia que acrecía la urgencia, para los republicanos, de extinguir este foco faccioso.

Estaba de manifiesto que los insurgentes habían optado por la defensiva. Les faltó resolución para desafiar al pueblo en la calle y se constituyeron en cercados, creyendo, tal vez, que otras fuerzas de la sedición llegarían a tiempo para levantar el sitio.

Pero no habían de venir tales socorros, y los guardias de Asalto y las milicias populares, rápidamente reforzadas por nuevos grupos de obreros armados y por oficiales leales del Ejército, se hubiesen bastado para desorganizar a las tropas en el supuesto de que hubieran intentado salir.

Ante aquella Bastilla se agitaba un pueblo enfurecido, la masa desesperada de toda auténtica revolución, los de abajo, provistos de la más varia y curiosa armería.

Solo faltaba, quizás, para rematar el parentesco de la ocasión con el inolvidable asalto a la fortaleza de París, la triunfal llegada del cañón del 75, que entró en escena con el entusiástico cortejo de una muchedumbre de chicos y grandes, procesión hermana de las turbas que arrastraron el cañón del rey de Siam.

El arribo de la artillería reforzó el asedio de la hueste insurgente. La calle atacaba con dos piezas del 75 y una de 155 mm., con ametralladoras, fusiles y pistolas. Un potente altavoz de los gubernamentales invitaba a lo soldados a desertar.

Dos carros blindados de asalto patrullaban por la plaza. Del cuartel hacían fuego con artillería ligera, morteros, ametralladoras y fusiles. Pero restablecida la situación en Getafe y Cuatro Vientos, la aviación leal comenzó a arrojar hojas intimando a lo facciosos a la rendición y amenazando con bombardear.

Al finar el domingo, la posición de los sitiados era insostenible, pero continuaban resistiendo. De madrugada rechazaron un ultimátum, y la aviación republicana bombardeó el cuartel.

Bien entrada la mañana del lunes, se vio una bandera blanca en una de las ventanas; los republicanos suspendieron el fuego, y las milicias, o la masa popular trataron de aproximarse a la fortaleza. Una ráfaga de ametralladora les cortó el paso, con bajas.

Probablemente, algún soldado quiso rendirse sin conocimiento de los oficiales. Este incidente se reprodujo dos veces más en el curso del día, exasperando a los sitiadores muchos de los cuales carecían de armas y contaban con obtener las de los sublevados.

Los oficiales republicanos lamentaban la animosa imprudencia de su aguerrida e insumisa tropa. Había que dejar —decían— que la artillería y la aviación forzaran al enemigo a entregarse. Pero ni la cautela de los mandos profesionales, ni la ciencia militar se avenían con la impulsiva y temeraria resolución del pueblo, que atropellando a sus líderes se lanzó, al fin, con su precario armamento, al asalto del cuartel.

La moral rebelde estaba muy quebrantada. Los ataques de la aviación les habían impresionado en extremo. El incesante bombardeo, la incomunicación en que se hallaban, la desmoralización de la tropa, les señalaban ya la inutilidad de persistir en la resistencia.

Las milicias se dispararon hacia el cuartel. Los primeros atacantes recibieron el fuego enemigo de cara. Para la masa que los siguió ya no hubo peligro.

De los sitiados, pocos escaparon con vida. Unos se suicidaron, otros perecieron al hierro de los invasores. El general Fanjul fue salvado con dificultad por la oficialidad de Asalto, que le precipitó en un coche blindado.

Ese fue el histórico asalto del cuartel de la Montaña por el pueblo de Madrid, hazaña sombreada por una tragedia no menos espeluznante por pronosticada en aquella sentencia que nos advierte que seremos tratados según las obras de nuestra mano, como Haman expiró en el garabato que él mismo levantó para Mordecai.

A la sierra!

Madrid despertaba lentamente de su larga y acongojante pesadilla. En la capital, el enemigo estaba desorganizado y sometido. Con todo, el peligro no había pasado. Mola bajaba del Norte por la ancha meseta, sin obstáculo, con diez mil hombres, abundante artillería y algunos aeroplanos.

Milicianas republicanas en el verano de 1936.Milicianas republicanas haciendo un descanso en los combates en el verano de 1936, en la sierra de Guadarrama.

Al grito de A la Sierra!, el pueblo de Madrid le salió, alborotado, al encuentro. En los vehículos más diversos —taxímetros, camiones industriales, autobuses, autos particulares requisados— la masa popular, sin oficiales, sin armas apenas, volaba por las carreteras que enlazan Madrid con el Norte. Los insurgentes habían ocupado el Alto del León, a caballo sobre ambas Castillas, y se habían distribuido por los parapetos y trincheras construidos en el periodo que Gil Robles regentó el ministerio de la Guerra.

Desde estas posiciones camufladas segaban a las multitudes que corrían ciegas, con incauta decisión, a alcanzar las alturas. Unos milicianos se internaban en territorio dominado por el enemigo y continuaban el avance con riesgo de ser copados; otros se daban de rostro con las ametralladoras insurgentes; otros, en fin, ascendían sin oposición a lugares donde, gracias a tanto intrépido entusiasmo, tendría pronto la República firmes bastiones.

En algunos puntos las fuerzas de Mola tuvieron que retroceder, y vieron los facciosos sin demora que tenían delante, en cierto modo, al pueblo que desconcertó a Napoleón.

El Alto del León, no sin disputa, continuó en poder del enemigo, pero en las demás eminencias del Guadarrama ondeaba la bandera de la República. Dos columnas de milicianos habían pasado la Sierra; una con Segovia como objetivo, otra camino de Ávila, a cuyas murallas llegaría a dar vista. Con pan y hierro se va a China. Pero hubieron de replegarse para no ser copadas.

Mientras tanto, otras columnas de voluntarios rompían por los demás puntos del horizonte madrileño, confundidas también con la Guardia Civil y las fuerzas de Asalto. En la ruta de Zaragoza, las milicias entraron en Alcalá de Henares, avanzaron sobre Guadalajara, donde se defendían con denuedo los insurgentes al mando del turbulento general Barrera, que allí fue pasado por las armas. Dominado este lugar, los milicianos continuaron a Sigüenza, y la ganaron para la República, y prosiguieron hasta la raya de Aragón.

El mismo pueblo abatió la insurrección en Toledo, pero los facciosos, ejecutando un plan meditado, se refugiaron con mujeres y niños en el inexpugnable Alcázar, donde luego se desarrollaron episodios dantescos.

Madrid, con su ancho cinturón melancólico, pertenecía al cabo a la República. El noble pueblo madrileño y las fuerzas leales habían alcanzado la victoria sobre el alzamiento en las jornadas más críticas —se creía entonces— para el régimen. Y de Barcelona y otras provincias llegaban nuevas alentadoras. La epopeya popular de Madrid no era, por ventura, una excepción.

El pueblo de Barcelona

En las primeras horas del 19 de julio, los regimientos sublevados en Barcelona abrían fuego sobre las patrullas de Asalto. Las tropas acuarteladas en Pedralbes avanzaban hacia la plaza de la Universidad y la plaza de Cataluña, probablemente con el propósito de unirse a las fuerzas del cuartel de Atarazanas, que de subir por las Ramblas y establecer contacto con esta columna en el corazón de la capital haría sobremanera dificultosa la defensa, por no disponer allí la República de medios de combate equivalentes.

Pero la oficialidad facciosa de las Atarazanas se situó a la defensiva, y protegida, como el gobierno militar y en cierta manera Capitanía —desde donde los generales Goded y Burriel y el capitán López Varela dirigían la insurrección— por una ametralladora que habían emplazado los insurgentes en el monumento a Colón, se atenía, sin duda, a conservar aquel importante distrito.

La Guardia Civil, a las órdenes del general Aranguren, permaneció leal a la República, a imitación de la guardia de Asalto. Estas fuerzas aguantaron con tenacidad los primeros ataques de los sublevados, y secundadas por las milicias hostilizaron con algún efecto a la tropa en la calle de las Cortes y ante la Universidad.

No pudieron, sin embargo, impedir que el Ejército, con su artillería, llegara a la plaza de Cataluña, y ocupase, entre otros edificios de valor militar, la Telefónica. Pero ocupar la plaza de Cataluña y acampar allí exponía a los insurgentes al asedio. De las calles adyacentes se disparaba contra la columna, y los militares se defendían con las piezas del 75 contra los edificios y enfilando las avenidas con las ametralladoras.

Convocado por el estruendo y el peligro, el proletariado subía, entre tanto, de la Barceloneta y barrios populosos del puerto hacia la plaza de Cataluña. Una ametralladora, emplazada en una de las esquinas, contuvo a la multitud, pero a su vez, los milicianos, apostados en los árboles y en los quicios de las puertas, iban a detener durante cinco horas preciosas el avance del Ejército hacia Atarazanas y Capitanía.

A esta altura del conflicto, la escena está ya dominada por el tumultuoso pueblo de Barcelona.

El pueblo se derrama por las calles con el frenesí de las muchedumbres embaladas a lo épico. El heroísmo es tan contagioso como el miedo, el otro extremo de la psicopatología colectiva, y no hay poder humano que resista a una masa popular en vena heroica. Una vez que el instinto de conservación ha sido encadenado por el entusiasmo, nada hay imposible para la multitud. El peligro tira de las turbas como un imán, el sacrificio convoca los mejores atributos de la especie, y la muchedumbre se emborrasca con la incoercible grandeza de una fuerza natural. En estas condiciones, una revolución es una tempestad: todo zozobra ante ella. Frente al delirante proletariado de Barcelona, los planes militares de los rebeldes tenían que fallar y fallaron.

No se puede hacer la guerra en una gran ciudad con un enemigo a quien la ignorancia de las reglas militares le consiente audacias increíbles e imprevistas. Con golpes de mano, hombres del pueblo tomaron puestos de ametralladoras que parecían irreductibles, militarmente inasequibles. Por procedimientos asombrosos se adueñó la masa popular de varios cañones, que pronto bombardearían la Telefónica y Capitanía General.

El flanco más débil de la rebelión, la falta de apoyo popular, se evidenció en Barcelona como en Madrid, sin pérdida de tiempo. En cuanto se les presentaba coyuntura, los soldados se pasaban a las filas republicanas y fraternizaban con las milicias. La moral de la tropa era francamente baja.

A mediodía del domingo se combatía en varios puntos de la capital con furor. Pero la insurrección había recibido ya un golpe mortal.

En la mañana del lunes, Capitanía sufrió un fuerte bombardeo y fue asaltada por las milicias. La oficialidad que rodeaba al jefe del alzamiento, pereció por la mayor parte. Goded salvó la vida, de momento. Conducido a la Generalidad se dirigió por radio a sus amigos y les aconsejó que se rindieran. Mala suerte, les dijo.

Goded era valeroso, inteligente y franco, pero inveterado conspirador.

Sólo restaba ya por sofocar la rebeldía del cuartel de Atarazanas. Las milicias decidieron asaltarlo, y montando dos ametralladoras en un camión abierto se lanzaron contra la vasta puerta principal, al suicidio, o a acabar de una vez. Los insurgentes, paralizados se sometieron.

Las columnas infernales

El 19 de julio, el pueblo español salvó a la República, y no por última vez. La salvó a fuerza de sacrificio y de heroísmo, como hemos visto. Sin duda, en el otro lado también había héroes y patriotas, pero las oligarquías que los dirigían tenían probada su perversidad y las ideas que impulsaban aquel movimiento eran, a la luz de la razón perniciosas.

El pueblo luchaba por el pan y la escuela y por la libertad, incluso para sus enemigos; pero ante todo por su vida, dado que los insurgentes perseguían su exterminio. Los generales y los aristócratas peleaban por perpetuar el hambre y la ignorancia, por la subordinación de la sociedad civil a la fuerza bruta, al Ejército; por el libertinaje para los poderosos y la esclavitud para los débiles; la República nunca amenazó su existencia física como ellos amenazaban la del pueblo.

El fanatismo o la ciega superstición podía estimular a algunos de los sublevados a desear el martirio o la gloria, pero la historia testifica, como he dicho, que una oligarquía degenerada puede saber morir, circunstancia que no amengua, sino que acrece, su peligrosidad, por cuanto pone en la defensa de la impía desigualdad, de la corrupción, del oscurantismo y del poder despótico, bríos dignos de más noble causa.

En una guerra civil, en suma, la abnegación y el altruismo han de valorarse a la luz del ideal que tratan de favorecer, y el ideal de los insurgentes era funesto para España.

Dominado el alzamiento militar en Madrid y en Barcelona, la guerra civil entraba, en la zona republicana, en una nueva fase. La revolución que debió haberse hecho en el siglo XIX o, al menos, en 1931 estaba en marcha. Se debía a la aristocracia y a los generales una subversión que los republicanos se guardaron mucho de producir.

Los sediciosos habían destruído los restos de las antiguas instituciones. Habían disuelto el Ejército. Habían roto el Estado. Habían aniquilado el viejo orden. Cuanto quedaba de la monarquía seudoconstitucional y de la República de los abogados desaparecía por horas en el informe montón de lo inservible, lo utópico y lo irreal

La futura constitución de la nación española estaba naciendo no escribiéndose en la arena, como en 1931. El instinto de conservación de la sociedad buscaba una salida al nuevo día o a la nueva era. Bajo el humo de los templos, entre el fuego de las trincheras y los estertores de la anarquía se habría paso, penosa, dramáticamente, otra sociedad.

Pero entanto se formaba en las entrañas de la sociedad la nueva constitución o el nuevo Estado, el caos seguiría su curso. España estaba haciendo, con el retraso que se advierte, su Revolución francesa; media España, se entiende. El pueblo de Madrid y Barcelona luchaba como el pueblo de París al cerrar el siglo XVIII.

España, en lo fundamental, vivía en aquella época. ¿Quién nota la distancia entre una y otra edad? Las clases sociales que asaltaban a la República discurrían con las ideas que la filosofía denunció hace dos siglos. ¿Y qué valía que viviéramos en la edad de la industria?

El pueblo español se defendía de la rebelión con las manos, con picas y palos, con las herramientas de labor o con armas tan primitivas como las de los asaltantes de la Bastilla. La teoría de que en nuestro tiempo no puede hacerse la revolución con barricadas resultó, en realidad, inaplicable a la España de 1936. El número y la intrepidez de las turbas mantuvieron a raya al brazo del Estado, al Ejército.

Todas las revoluciones tienen mucho de común entre sí, pero la española de 1936 sorprende por su curiosa analogía de fondo y de forma con la Revolución francesa. Ese pueblo español se parecía ostensiblemente al francés de centuria y media antes. Su mentalidad era la misma, idéntico el problema histórico que trataba de resolver.

Milicianos vestidos con ropas litúrgicasMilicianos vestidos con ropas litúrgicas tras el saqueo de una iglesia. Madrid, 1936

También provocaría la intervención extranjera en España un rampante nacionalismo popular. Madrid y Barcelona y Valencia verían partir a sus columnas infernales y a su Armée revolutionnaire (especializada en desmontar el culto católico), al mando de los Durrutis y los Ascasos, contrafiguras de los Rossignol y los Ronsin. (Ronsin admitió que sus tropas eran el elixir del hampa de la tierra), Madrid tendría sus matanzas de noviembre, como París tuvo las de septiembre, por otro nombre severa justicia del pueblo.

Y habría carmañola completa, especialmente en Barcelona; carnaval revolucionario o lupercales de la democracia como solo se vieron en Revolución francesa. Una bacanal de disfraces, barbas de treinta días, la nigromancia anticlerical danzando en torno a las hogueras de misales y sotanas, exposición de momias auténticas, y en el campanario un loco tocando furiosamente a rebato. Juicio final necesario, al parecer, para que nadie se burle de los Derechos del Hombre

Estas son las consecuencias de querer poner fin al desorden con la guerra civil.

Las dos Españas

En lo que cabe definir como su fase nacional, la guerra civil ofrecía un sesgo definitivamente favorable a la República y a la revolución. La mayor parte de la aviación militar y el grueso de la flota de guerra permanecían al servicio del régimen. Por el gobierno legítimo quedaban: Madrid, Cataluña, todo el litoral levantino Murcia, Almería. Jaén, Málaga, parte de Extremadura Ciudad Real. Toledo (con los insurgentes en el Alcázar), Guadalajara. Cuenca, Bilbao, San Sebastián, Santander, Asturias (salvo Oviedo).

Parecía incuestionable que el conflicto, aunque largo y enconado, habría de resolverse en contra de los sublevados. Concluyó, sin embargo, como bien sabido es de muy otra manera, asunto que estudiaremos en seguida. Antes, es de interés llama la atención del lector sobre un fenómeno de enorme significación, a mi juicio, siguiera solo sea visible para quienes exploren las regiones más profundas del desastre.

Este fenómeno es la desigual respuesta de la nación a alzamiento de las oligarquías. En cuestión de pocas jornadas España se dividió en territorio faccioso y territorio leal. Dos Españas se odiaban y se batían. Pero no las dos Españas metafísicas que han descubierto los liberales, haciéndolas arrancar de los Reyes Católicos o de Felipe II: no la España católica y la España liberal.

Las dos Españas que se despedazaban eran la enferma y la sana en punto a la estructura de la propiedad y al carácter de la economía. Bajo la República permanecían las dos regiones industriales y mercantiles del Norte; Asturias y la costa vascongada; todo el Oriente, Cataluña abajo, hasta Almería y Málaga, y Madrid, con la Castilla que domina.

Espontáneamente, pues, se alzaron por la República las regiones industriales y mercantiles, las zonas de clase media y proletariado moderno.

Mapa de España durante la Guerra Civil Española.Mapa de España durante la Guerra Civil Española.

Por el contrario, los insurgentes se adueñaron, sin apenas hallar oposición —lo que hace más heroica y honrosa la que encontraron— de toda la España socialmente enferma: de la Galicia y Castilla minifundistas, de la Andalucía y Extremadura latifundistas. Esto, en línea general.

A buen seguro, esa peculiar distribución del territorio en faccioso y leal, en absolutista y liberal, aunque no se nos mostrase tan ajustada a las condiciones sociales valdría, a mi entender, por la más honda lección de historia que cabe extraer de la guerra civil. Descubre la raíz del drama nacional en nuestros días, y confirma que la República o la democracia parlamentaria solo puede aclimatarse en las regiones de clase media, preferentemente allí donde están algo desarrollados la industria y el comercio.

La enseñanza es notoria: por la misma razón que la República burguesa, liberal o mesocrática no pudo penetrar en las regiones latifundistas y minifundistas, el absolutismo es planta que ya no prospera en Madrid, ni en el Levante ni en las mayores ciudades del Norte, aun siendo católicas.

Que estamos ante dos Españas es de toda evidencia, Pero no la de los curas y los librepensadores, sino la España civilmente aniquilada, medieval, estática, misoneísta, sin comercio con Europa: la de Galicia, Burgos, Salamanca, Pamplona, Sevilla, Cádiz, etc., y la España moderna, ganosa de progresar, dinámica, filoneísta, abierta a la corriente del espíritu europeo: la de Madrid, Barcelona, Valencia y Bilbao.

Media España ha progresado, a otra media ha quedado estancada, y por esta razón lo que hasta el siglo XIX, por estar toda la nación igualmente atrasada, pudo ser el drama de una minoría ilustrada, se agranda y aclara hoy como drama geográfico y económico.

El conflicto entre dos Españas no existió realmente hasta nuestro tiempo. Lo que los liberales llaman las dos Españas carecía hasta hoy de expresión geográfica, y no eran dos Españas. De una parte estaba el grueso de la nación, de otra una élite intelectual.

No había, en rigor, tales dos naciones, sino una España agraria y supersticiosa que abrumaba a un grupito de filósofos y humanistas sin influjo sobre el pueblo ni sobre clase social alguna. La clase social capaz de recibir las ideas de Renacimiento, la burguesía, no existía en España en el siglo XVI.

Hoy, el problema es distinto. Un hemisferio español vive aún en la Edad Media, el otro ha avanzado política y moralmente hasta el siglo XIX. Ahora sí que España está partida en dos. Dos maneras de propiedad, dos mundos económicos, dos tendencias morales y políticas de difícil compenetración.

En contacto con el mar, con la industria y con el extranjero, el vasco y el catalán que hasta ayer era carlista ha ido abrazando la tolerancia religiosa. Lejos del mar y de las factorías y del comercio, el navarro y el castellano continúan abominando la libertad y la civilización; el gallego, cogido en la red minifundista, no puede defenderlas, y el andaluz, siervo de la propiedad señorial o anonadado por el hambre, es fácilmente sojuzgado por la oligarquía.

No es la religión lo que divide ahora a España en absolutista y en republicana, por decirlo de algún modo, sino las condiciones de vida, cada día más diferentes, de las dos naciones económicas diseñadas. La reacción de cada zona al estallar la guerra civil, la facilidad con que perdió la República el Oeste, el Noroeste y el Sur y la rapidez con que fueron arrollados los insurgentes en el Norte. en el Levante y en Madrid vinieron a subrayar, justamente, la misma incompatibilidad que originó la explosión de 1936.

El efecto nos descubre la causa. Y la inferencia es esta: la República no existió jamás en la España de la gran propiedad y la propiedad atomizada. La España de los latifundios y los minifundios no solo admitía, sino que reclamaba el régimen monárquico absoluto, y la España de las grandes ciudades, de algún tráfico comercial e industrial, tenía en la República, no solo el régimen que deseaba, sino también, naturalmente, el más adecuado a su interés.

La situación que se creó al comenzar la guerra civil y partirse la nación, con imperioso motivo, en dos mitades, la agraria y antiliberal, pobre en centros urbanos, y la mercantil, industrial y mesocrática, representada por las ciudades de mayor consideración no era, apurando la tesis, sino una más palmaria. reproducción del fenómeno que se registró en las elecciones de abril de 1931, como consecuencia de las cuales fue proclamada la República.

Entonces, el campo votó por la continuación de la monarquía y ahora se avenía, en la parte en que no se sublevaba, a dejar que pereciese la República. El nuevo régimen tenía que haber introducido cambios casi cósmicos en las regiones constitucionalmente enfermas, transformaciones formidables en la economía y en el sistema de la propiedad agraria, para hacerse tan amable y adecuado a la España pastoril y rústica como lo era ya a la España urbana.

La pasividad de los pueblos

Bien se echa de ver, atendiendo a cuanto queda apuntado en el capítulo anterior, que los insurgentes se hallaban en una situación desesperada. Se alzaban contra el Estado, empresa siempre aventurada, y contra el pueblo, y para que todo les fuera adverso, la industria importante del país, factor indispensable para la guerra, se encontraba en zonas y regiones que permanecían bajo el gobierno legítimo de la República.

En las primeras semanas de la guerra civil, el movimiento que acaudillaba el general Franco prometía, pues, concluir como la asonada del general Sanjurjo, aunque fuese más arduo y lento el trabajo de dominarlo. La confianza o la fe de los rebeldes solo podía justificarse por los tratos que habían cerrado en el extranjero.

La sublevación militar estaba vencida y triunfó gracias al favor, en todo linaje de ayudas y socorros, de las grandes potencias fascistas y parlamentarias.

El complot aristocrático-militar contra la República española tuvo desde sus orígenes, según vimos, una ramificación internacional, debida, del lado italiano y alemán, al resuelto propósito de debilitar económica, política y militarmente a Francia y a Inglaterra. Esto es el abecé de todo el caso. Pero la simpatía de los ultraconservadores de las democracias parlamentarias por el fascismo se sobreponía al sentimiento nacionalista y patriótico.

Para la burguesía decadente de Europa y América, Hitler y Mussolini eran dos héroes, dos genios, a quienes el destino había confiado la alta y providencial faena de salvar la civilización. En París y en Londres, y en Washington no preocupaba especialmente el rearme alemán, ni la expansión de esta potencia, porque se suponía que todo ello eran los preliminares de un formidable asalto contra la Rusia comunista.

Sobre esta peligrosa hipótesis trazaron sus planes militares y montaron las grandes democracias capitalistas su diplomacia. (La razón principal, a mi modo de ver, del fulminante derrumbamiento de Francia en 1940 fue que el alto mando y la oficialidad del Ejército francés no estaban psicológicamente preparados para luchar contra la Alemania nazi.) En fin, lo cierto es que en virtud de la indulgencia con que se trataba al fascismo internacional, ya no hubo nación débil que no corriera el riesgo de desaparecer.

A este respecto, España no constituía una excepción, pero las circunstancias particulares del caso, el hecho de que fuera víctima de la primera agresión militar del Eje en Europa, la pertinaz resistencia del pueblo español, la No Intervención, la duración del conflicto, etc., vertieron luz abundantísima sobre la brutalidad del terrorismo italoalemán, así como sobre el cinismo de las naciones espectadoras.

Claro es que la República española no había sido abandonada, fuera de España, por todo el mundo, y la minoría que en las naciones democráticas se agitaba contra la cruel política de los Estados, y los animosos voluntarios que acudían a dar la vida por la causa antifascista, proclamaban, en fuerte contraste con la indiferencia egoísta en que se refugiaba la opinión internacional, que no había muerto completamente en la humanidad civilizada el altruismo ni la pasión por la justicia.

Estos héroes mitigaban con su sacrificio, aun sin proponérselo, la pésima conducta de los países de donde procedían, pero al propio tiempo, ellos y cuantos de algún modo se alzaban contra la ignominia de que era víctima el pueblo español, ponían de manifiesto, por sufrir la persecución de sus gobiernos y no obtener el aplauso de sus conciudadanos, la deplorable pasividad de los pueblos.

Hilar la historia completa de la intervención extranjera en la guerra civil española convertiría este capítulo en un libro voluminoso. Omitir la información que nos aclara como pasó el conflicto de la guerra civil a asedio de la República por las potencias capitalistas, privaría, por otro lado, al tema de su más dramático e importante aspecto. Vamos, pues, a interesarnos en la intervención extranjera hasta aquel punto en que el dato comienza a ser redundante.

La impresión o la noticia concreta de que no tardaría en producirse el alzamiento militar había ido congregando en las semanas que precedieron a este incalculable suceso a gran número de aristócratas y personajes de la oligarquía en el Sur de Francia y en Portugal, Estoril y Lisboa fueron desde 1934 importantes centros de la conspiración contra la República española, y allí pudo situarse el avión en que Sanjurjo habría de partir para dirigir la rebelión de julio de 1936, movimiento frustrado por el oscuro accidente que costó la vida a este obstinado general.

Gil Robles estaba y no estaba en el complot. Al despedirse del conde de Peña Castillo en la última sesión de la Diputación Permanente de las Cortes, alguien apuntó que su presencia en Madrid iba a ser necesaria, pero el jefe de la CEDA replicó, según dicen, que ya había hecho bastante cuando fue ministro de la Guerra.

De momento, Gil Robles se había instalado en Biarritz, pero al mejorar la situación para los insurgentes pasó, con otros emigrados, a Lisboa. Lisboa era ya el cuartel general de los rebeldes en territorio extraño, y Portugal ofrecía el raro espectáculo de una región peninsular más sublevada contra la República española. Para los facciosos se había borrado la frontera entre las dos naciones hermanas, y para los republicanos, cruzar esta raya acarreaba tantos peligros como internarse en territorio enemigo.

La intervención portuguesa

A mediados de agosto, el acercamiento de las operaciones militares y la presencia en Portugal de una considerable masa de monárquicos españoles, que se movían allí con tanta libertad como en el territorio español dominado por la insurrección, estremecieron a esta nación, y el gobierno de Lisboa, verdaderamente preocupado, acentuó su hostilidad hacia la República vecina.

Cuantas veces se le antojaba, la oficialidad de Franco penetraba en Portugal armada y ondeando la bandera proscrita; recorría las regiones fronterizas buscando a los fugitivos republicanos, y con el siniestro auxilio de la policía portuguesa, los trasladaba a Extremadura, donde inmediatamente eran ejecutados sin formación de proceso. Centenares de republicanos, entre los que se encontraban Madroñero, alcalde de Badajoz, y Nicolás de Pablo, diputado socialista, fueron devueltos a España o entregados a los facciosos por las autoridades portuguesas.

En Lisboa, una fracción del partido de la aristocracia española, con Gil Robles y los individuos que habían desertado de la embajada de la República, habían constituido un organismo diplomático y comercial que para el gobierno portugués pasaba por la legítima representación de España. El embajador de la República, Sánchez Albornoz, estaba virtualmente sitiado y sometido a ultrajes y amenazas innúmeros. Carecía de comunicación con Madrid, ignoraba si transmitían los telegramas que enviaba, y los que recibía le llegaban con increíble retraso, amputados e ilegibles.

La entidad diplomático-comercial de los insurgentes tenía su domicilio en el hotel Aviz, y en ella se destacaban, no en buena armonía con Gil Robles, los aristócratas, algunos, nombres familiares para el lector que haya seguido las transacciones del complot. La oligarquía española se hallaba cabalmente representada por los marqueses de Quintanar, Foronda, de la Vega de Anzó y por los condes de las Torres y las Cortes. La marquesa de Rubio Argüelles, activa como el que más, representaba, sin duda, a aquellas damas de la sociedad española que afirmaban que el Rolls-Royce no era un lujo, sino una necesidad.

Una tarde, cuando doña María de Bolín me describía, como muy naturalmente y muy a menudo hacía, el esplendor de su finca cerca de Bilbao y el lujo de su piso en Madrid, me confió: Estoy segura de que usted, Sir Peter, coincidirá conmigo en que el Rolls-Royce no es un lujo, sino una necesidad. SIR PETER CHALMERS MITCHEL, My House in Malaga, p. 108, Faber and Faber, Londres.

Mientras parte de Extremadura , permaneció bajo la República, Franco en el Sur y Mola en el Norte se comunicaban telefónicamente vía Lisboa, y se había instalado en el hotel Aviz una línea privada que ponía en relación a Burgos con Sevilla. La estratégica ventaja, para los republicanos, de la división del territorio rebelde en dos zonas, no existía en la práctica, dado que, los insurgentes pasaban de una a otra parte y se comunicaban por hilo a través de Portugal. Pero aquella situación desapareció pronto.

La aviación militar de Franco venía usando los puertos y aeródromos portugueses con absoluta libertad desde antes de la rebelión. El 17 de julio, dos hidroaviones españoles Savoia, de servicio en África, números 23 y 35, se repusieron de combustible en el puerto naval del Bonsuceso, donde más tarde, declarada la guerra civil, obtuvieron iguales facilidades los números 33 y 34.

Con la connivencia de Portugal, las tropas de Franco conquistaron en seguida Extremadura. El asalto de Badajoz les fue relativamente fácil, gracias a la superioridad de su aviación. Los aeroplanos rebeldes, todos Junkers alemanes, que bombardearon esta capital extremeña tenían su base a dos kilómetros de la aldea portuguesa de Caia, donde eran reparados y de donde salían para atacar.

No admitía duda que la dictadura portuguesa se consideraba, ni más ni menos que los insurgentes españoles, en guerra con la República. Las estaciones emisoras de radio portuguesas se hallaban al servicio de los facciosos, y una de ellas, la Unión Club, a su completa disposición. La prensa, como controlada por el gobierno, imprimía cuanta información podía quebrantar a la República española y no le era dable publicar lo que pudiera favorecerla.

Ningún apoyo regateó el Portugal de Oliveira Salazar a los insurgentes, quienes incluso pudieron negociar importantes empréstitos con los Bancos Nacional de Portugal y Espíritu Santo. Pero ninguna ayuda a los facciosos le era más fatal a la República española que la concerniente al armamento. En este aspecto Portugal prestó a Franco servicios tan oportunos como estimables.

La primera remesa considerable de material de guerra que obtuvieron de Alemania las fuerzas de Franco fue descargada en Lisboa. como se verá cuando demos noticia del accidentado viaje del vapor Kamerun.

La fábrica portuguesa de armas Barcarena les facilitó inmediatamente ametralladoras y bombas de mano, y otra fábrica, la de Bemfica, se comprometió a facturarles la totalidad de su producción. Y con frecuencia lamentable para la resistencia republicana, pasaban la frontera por Elvas cargamentos de gasolina, precioso e indispensable combustible del que andaban cortísimos los insurgentes.

Dos acontecimientos escandalosos pusieron de manifiesto definitivamente en la segunda quincena de agosto que el gobierno portugués se consideraba en guerra con la República española. El 20 de ese mes entró en el puerto de Lisboa el vapor español Romeu, procedente de Tenerife, que transportaba tropas falangistas, el ejército de la retaguardia, y tanques de gasolina. La gasolina fue descargada y transportada a Badajoz, tras lo cual el Romeu zarpó para Vigo con los fascistas a bordo y escoltado por el torpedero portugués Lima.

El otro alarmante suceso fue la entrada del vapor alemán Kamerun, con 800 toneladas de material bélico para los insurgentes, en el puerto de Lisboa. Haremos historia de esta expedición al hablar de la intervención alemana, pero es de este lugar que el 25 de agosto, el Kamerun y el vapor sueco Wisborg descargaban en el muelle de Santa Polonia tanques ligeros, aeroplanos militares desmontados, bombas de aviación y granadas de mano, Vaciaban estos vapores, al paso que los custodiaban, soldados portugueses del cuerpo de Artillería. The Times, Londres, 25 de agosto.

Proseguir la historia de la intervención portuguesa haría monótono e interminable, como advertí, este trabajo. La agresiva política que el gobierno de Lisboa desarrollará hasta la total destrucción de la República española está inequívocamente expresada en esos primeros incidentes. Pero la actitud portuguesa requiere un comentario especial.

Portugal hizo la guerra a la República española y se declaró beligerante contra el régimen legalmente establecido en España. El cinismo de la delegación portuguesa en el Comité de No Intervención debió de asombrar a los diplomáticos más curados de espanto. Y tan desgraciada era a la sazón la política exterior británica que la procacidad portuguesa hallaba en Londres lamentable indulgencia, en parte porque el gobierno de Chamberlain era hostil a la República española y en parte porque, siendo más bajo que nunca el prestigio de la Gran Bretaña en el mundo, podría cambiar de amo el más viejo aliado de Inglaterra.

La violenta intervención de la reacción portuguesa en la política española es un error histórico evidente. Durante más de dos centurias, España y Portugal, aun habiendo conocido idéntico proceso político, huyeron instintivamente de influir en la política interior de la nación hermana. Esa tradición la ha quebrado el régimen de Oliveira Salazar.

Portugal ha contribuido espectacularmente a cambiar la forma de gobierno de España. Difícil parece que el pueblo español pueda olvidar la torpe e impolítica agresión de la dictadura vecina. El tiempo dirá si este insólito hecho va a quedar sin alguna manera de respuesta. Para lo por venir se ha roto, con toda probabilidad, aquella tradición de indiferencia en Madrid por lo que pasaba en Lisboa y en Lisboa por lo que pasaba en Madrid.

La intervención italiana

La intervención italiana comenzó con significativa prontitud. El 30 de julio, cinco aeroplanos militares italianos aparecieron sobre territorio argelino, en vuelo hacia el Marruecos español. Cuatro eran Savoia-Marchetti y el otro, un Savoia. Hasta el 20 de julio habían formado parte de los escuadrones 55, 57 y 58 de la aviación militar italiana. Por falta de gasolina, dos se vieron forzados a aterrizar en la zona fronteriza.

Parte de la tripulación pereció en el siniestro, parte fue capturada por las autoridades francesas. Estos aeroplanos llevaban su equipo militar completo, con excepción de bombas, y poseían abundante munición de ametralladora. No tenían número identificativo y la bandera nacional había sido recientemente sobrepintada de blanco.

Según la investigación realizada por las autoridades francesas la expedición fue preparada con precipitación, tanto por los organizadores como por los que habían de transportar los aparatos, y ello explica la falta de precauciones para ocultar la verdadera identidad de las máquinas y los pilotos. Componían las tripulaciones pilotos militares y civiles. La filiación de los militares quedó de manifiesto por documentos especiales hallados en la persona de uno de los muertos y por su pasaporte, licencia de vuelo y cartilla militar de pagos.

La expedición se formó en Bolonia, desde donde volaron los aparatos el 29 de julio al aeródromo de Elmas, en Cagliari, Cerdeña. Salieron de Cagliari a las cinco de la mañana del 30 de julio con intención de volar a Melilla. Todos los mapas hallados en las máquinas eran de origen italiano e indicaban la dirección de Melilla y Ceuta.

El tercer aparato siniestrado desapareció sin dejar rastro a unas cuarenta millas de Orán, el mismo día que llegaron los otros dos de aterrizaje forzoso a territorio francés. Por tanto, de toda esta primera expedición solo dos aeroplanos arribaron al punto de destino.

Horas después del accidente, un avión español voló sobre las máquinas italianas y arrojó un saco con uniformes de la Legión extranjera y con este mensaje en italiano:

Pónganse estos uniformes y digan a las autoridades francesas que pertenecen ustedes a la Legión, con base en Nador. Les enviaremos dos barriles de petróleo y mecánicos para que puedan reanudar el vuelo. No se metan en la boca del lobo. The Times, 31 de julio.

Interrogados por el general Denain, los supervivientes admitieron su condición de militares y declararon que transportaban los aparatos a los insurgentes españoles.

El 1 de agosto había en Nador (Marruecos español) catorce aeroplanos militares italianos Savoia-Marchetti. El 2 se contaban veintiuno en el mismo aeródromo. Y el 24 del dicho mes de agosto, tres aparatos Caproni bombardeaban Irún y los pueblos a lo largo de la carretera de San Sebastián, mientras otras máquinas del mismo tipo atacaban las líneas republicanas cerca de Beobia. The Times.

Todos estos incidentes disipaban, ya en el primer mes de la rebelión, cuantas dudas pudiera haber sobre la política del gobierno italiano respecto de España. Y con no menos celeridad se vio que las democracias parlamentarias no se consideraban amenazadas por tan cruda intervención.

A este tenor, fue sumamente reveladora la sentencia dictada, en el Marruecos francés, contra los seis aviadores italianos capturados. Fueron condenados a un mes de prisión, con promesa de ser libertados antes si observaban buena conducta, y a pagar una multa de doscientos francos. The Times, 11 de agosto.

La intervención alemana

No vaciló tampoco el gobierno de Hitler en manifestar sin demora que tenía a la causa de los insurgentes españoles por suya, política que confirmó, con siniestro síntoma para la República española, la entrada, el 3 de agosto, del acorazado Deutschland en el puerto de Ceuta, desde donde se trasladó el almirante alemán a Tetuán para almorzar con el general Franco.

La primera prueba material que tuvo el gobierno de Madrid de la llegada de material de guerra alemán para los facciosos se presentó una semana más tarde con el aterrizaje en el aeródromo de Barajas (Madrid) de un trimotor Junker dotado de ametralladoras. Este aparato huyó así que los republicanos advirtieron que era militar, pero fue perseguido y apresado por la aviación leal cerca de Azuaga (Badajoz).

En las primeras fechas de agosto se unían en el Marruecos español a los aeroplanos militares italianos los potentes Junkers alemanes. El 5 había ya varios trimotores alemanes en Tetuán. El 12 se registraban veinte pesados Junkers de bombardeo y cinco cazas en Sevilla. Despacho del corresponsal del New York Times en Sevilla, transmitido desde Gibraltar.

El mismo día se anunciaban desde Tetuán por el enviado de L'Intransgeant, de París, los preparativos de intensa acción por parte de la aviación rebelde y la llegada, el día anterior, de unos veinte pilotos militares alemanes. Mientras tanto, salían de los puertos alemanes los primeros barcos cargados con material de guerra para los insurgentes españoles: el sueco Wisborg y el alemán Kamerun.

El Kamerun fue detenido dentro de las tres millas, en el Estrecho de Gibraltar, por el crucero Libertad y un submarino, ambas unidades al servicio de la República. Con motivo de este suceso intervino el jefe de las fuerzas navales alemanas en el Mediterráneo y se produjo un ruidoso incidente que no dejó de alarmar al gobierno de la República española.

Los alemanes calificaron la acción de la marina republicana de crimen contra el derecho de libre navegación en alta mar, de piratería, etc. y amenazaron con tomar represalias. El 20 de agosto, la agencia oficial alemana negó, sobremanera ofendida, que el Kamerun transportara material de guerra y afirmó, apelando a los sentimientos humanitarios del mundo civilizado, que solo se proponía recoger refugiados alemanes en Cádiz.

El Kamerun quedó en libertad y siguió viaje, sin haber sido investigado su cargamento; bien que no pudiera atracar en el puerto español de destino por oponerse a ello la flota republicana. A los pocos días, como dijimos, este vapor, cuya misión, según los alemanes, no podía ser más inocente, descargaba 800 toneladas de armamento, para los insurgentes españoles, en Lisboa.

Superflua es la observación de que la República, habiendo comenzado a luchar con una aviación superior a la de los rebeldes, no disfrutaba ya esta ventaja ni por la calidad ni por la cantidad de los aparatos; y la favorabilísima circunstancia de que la mayor parte de los barcos de guerra continuara al servicio de la República también quedaba desvirtuada a poco por la acción de las flotas alemana e italiana, prácticamente beligerantes contra el gobierno legítimo de España.

Los escuadrones alemanes e italianos mantenían constante comunicación con las unidades navales de Franco; situándose con las luces encendidas frente a las ciudades del litoral orientaban a la aviación rebelde en sus bombardeos; por radio les transmitían importantes informaciones. Los rebeldes no poseían ningún submarino, y no obstante, los barcos gubernamentales eran torpedeados por misteriosos sumergibles en la misma boca de los puertos.

Examinados los fragmentos de un torpedo a raíz de la agresión que sufrió el crucero republicano Miguel de Cervantes se vio que pertenecían a un torpedo White Head, 533, fabricado en la ciudad italiana de Fiume. Esto acontecía, ya bien avanzada la intervención, en noviembre.

Seguro es que basta con lo expuesto para advertir el peligro en que estuvo en seguida, merced a la hostilidad militar de Alemania, Italia y Portugal, la República española. El escaso y deficiente armamento de que podía disponer la República, los pocos aviones de bombardeo, los casi inexistentes aparatos de protección, la anticuada artillería, las ametralladoras, los fusiles, desaparecían o quedaban inservibles con la rapidez natural en máquinas de vieja factura, enfrentadas con el material de guerra moderno y usadas sin interrupción.

La posibilidad de reemplazar aquel pobre material era cada día más inasequible para el gobierno de Madrid, en tanto que nuevas remesas, que en calidad y cantidad sobreexcedían siempre a las anteriores, enriquecían los arsenales de los insurgentes.

Testigos neutrales señalaban la abnegación y el entusiasmo de los milicianos y los oficiales de la República al tiempo que subrayaban la penuria de elementos de combate en que se debatían. Apenas los hay —escribían— que estén provistos de armas eficientes. En muchos casos los milicianos se defienden con escopetas de caza y a algunos se les han dado armas sacadas de los museos y que no han sido utilizadas desde hace cien años.

El avance de las tropas facciosas —por la mayor parte, marroquíes y legionarios— que remontaban la cuenca del Tajo recibía incontenible impulso de la aplastante superioridad que los rebeldes disfrutaban en el aire. The Times, 19 de octubre.

Madrid corría ya serio peligro. Tres columnas convergían sobre Navalcarnero, al sudoeste de la capital. Las fuerzas de la Junta de Burgos —nombre del gobierno de Franco— parecían haberse asegurado la superioridad en el aire.

Los aeroplanos del gobierno brillan por su ausencia en todos los sectores que acabo de visitar. JAMES ABBE, corresponsal del Morning Post en Burgos.

Los ataques de las fuerzas facciosas iban precedidos de fuertes bombardeos aéreos, que espantaban a pueblos enteros, lo que hacía que se formaran las lastimosas columnas de fugitivos, que con sus burros, mulas, carros y enseres llenaban las carreteras hacia Madrid. La artillería rebelde concentraba el fuego sobre el objetivo del ataque, y la batalla comenzaba en serio cuando los potentes aeroplanos Caproni, en grupos de tres o cuatro, aparecían con sus escoltas de Fiats.

Entonces, las posiciones gubernamentales recibían granizadas de bombas de todas clases y avanzaban los tanques de los insurgentes en número de seis a la vez, moviéndose con rapidez y maniobrando con facilidad, pero sin dejar de disparar sobre las líneas abiertas de la milicia republicana. Este alarde de fuerza se bastaría para reducir la moral de tropas veteranas incapaces de responder con armamento equivalente, y la mayoría de los milicianos están pobremente instruidos en el arte militar y más pobremente armados. The Times, 23 de octubre.

En los Papeles Diplomáticos, del conde de Ciano (a la sazón ministro de Negocios Extranjeros de Italia), se halla la siguiente nota: Conversación del conde de Ciano con Von Neurath, ministro de Negocios Extranjeros de Alemania, Berlín, 21-X-1936.

  1. Pregunté a Von Neurath qué noticias tenía sobre la situación militar de las fuerzas revolucionarias. Carece de información exacta, pero cree que atraviesan una fase crítica de inactividad. Le digo que esta es también nuestra opinión, y que a tal respecto el Duce me ha dado instrucciones para que comunique al Führer que se propone realizar un esfuerzo militar decisivo para derribar al gobierno de Madrid.
  2. Desea saber si el Führer está dispuesto a tomar parte en esta operación. Por nuestro lado, además de las nuevas fuerzas aéreas que enviaremos, podemos facilitar dos submarinos que expulsarán del mar a las fuerzas rojas. Neurath dice que, desde luego, el Fuehrer estará de acuerdo: sin embargo, de esta cuestión se tratará finalmente durante la conversación de Berchtesgaden (con Hitler).
  3. Sobre la cuestión de España, Neurath y yo acordamos lo siguiente: (I) Esfuerzo militar conjunto inmediato. (II) Reconocimiento (de Franco) tras la ocupación de Madrid. (III) Acción conjunta, a definir oportunamente, para impedir el establecimiento y la consolidación de un Estado catalán.

La ayuda rusa

En vano invocaba el gobierno republicano español cerca de los gobiernos de París, Londres y Washington la ley y la razón que le asistían en su necesidad de obtener material de guerra para hacer cara a la rebelión y a la agresión extranjera. El mundo oficial de Europa y América había cerrado contra la República española, cuya tribulación se tenía por augurio cierto de su rápido fin.

Pero si las democracias capitalistas, aventurando su interés de naciones amenazadas en España, y confesando su menosprecio por los altos principios humanitarios y progresivos, se complacían en asistir a la ruina de la República, otra potencia seguía con justa alarma y escándalo de su interés el curso de los acontecimientos.

La Unión Soviética no podía desear, como parecían desearlo las democracias parlamentarias, el triunfo de los insurgentes españoles, pero si el conflicto se hubiera desarrollado como cuestión puramente interior, el gobierno de Moscú, aun debiendo, como todos los demás, favorecer a la parte que tenía de su lado el derecho, se habría abstenido, con toda seguridad, de erigir su conducta en excepción.

La intervención de los Estados fascistas creó, sin embargo, a la Unión Soviética, en el interior y en el exterior, una situación delicada y violenta. Multitud de razones aconsejaban ya al gobierno ruso no cerrar los ojos ante los inquietantes sucesos españoles.

Las sacudidas sentimentales que mueven a veces la política de los partidos y suelen constituir, ante casos como el de España, el incentivo que impulsa a los pueblos a agitarse, raramente hacen presa en los Estados. Incluso cuando un Estado ajusta su política al romántico clamor de la calle pone la mira en su interés.

Para suspender su pasiva actitud en la cuestión española, la Rusia soviética tuvo motivos tan poderosos como difíciles de ignorar para los estadistas de Moscú. Si, como torpemente se dijo y repitió, la política de Stalin respecto de España hubiera consistido en instaurar o contribuir a instaurar en comunismo en la Península Ibérica, Stalin habría probado por primera vez que no es el político sagaz que tantos triunfos a dado a su partido y a su nación.

Los gobernantes más incapaces de las democracias parlamentarias creían, o lo afirmaban sin creerlo, que Rusia se proponía convertir a España en otra Unión Soviética, porque ellos, en la situación de Stalin, no habrían descubierto otra alternativa.

El famoso complot comunista organizado en Moscú, contra el cual se alzaron, horas antes de estallar, los generales y aristócratas españoles, era un efugio fantástico, una alarma sin fundamento serio, aunque la invención de este peligro allegara positivos auxilios a Hitler, a Mussolini y a Franco allí donde el ambiente era propicio a recibir todo linaje de patrañas contra Rusia y contra la República española.

Los que, por otra parte, creyeran de buena fe en la existencia de un siniestro complot concebido y organizado en Moscú contra el Estado español, dejaban de percibir que ante la amenaza hitleriana estaba en la conveniencia de la Unión Soviética alumbrar las condiciones de un rapprochement con Francia y con Inglaterra, interés incompatible con el fomento de la guerra civil en Europa, o en cualquier país aislado, por Moscú.

El pacto francorruso y los acuerdos del VII Congreso de la Tercera Internacional atestiguaban que Stalin subordinaba la revolución europea a la más urgente y vital política de contener la expansión alemana; y nada podía ser más forastero al interés soviético que la hostilidad que provocaría en las democracias capitalistas el intento de levantar un nuevo estado comunista en España.

La acción de los partidos comunistas, a tono con la perspicacia de Stalin, se dirigió en todas partes, desde principios de 1935 a apaciguar a la burguesía; pero la burguesía no se sosegó y siguió sin conciliar el sueño porque en el periodo a que me refiero abominaba cuanto no fuera el régimen fascista. Justamente, el partido comunista español, de todos los grupos obreros, dio la nota más conservadora, o menos turbulenta, en los meses que antecedieron a la insurrección.

De otro lado, quienes propalaban la existencia del complot comunista, como quienes eran víctimas fáciles de esta propaganda, lanzaban implícitamente sobre Moscú y la Tercera Internacional una acusación de negligencia que por sí sola destruiría todos los argumentos con que se trataba de aterrorizar a las señoras devotas y a los propietarios; por cuanto no se concibe que siendo, según los ultraconservadores, tan sutiles y peligrosos los agentes de Moscú y los políticos del Kremlin, organizaran para el mes de julio de 1936 una conjura que habría de encender la guerra civil y dar el poder a los comunistas españoles y olvidaran la inexcusable obligación de facilitarles armas.

La guerra civil o de otra clase, se hace con armas, y quienes sostenían que Rusia había provocado el conflicto español, extendían de modo implícito a Stalin y los hombres de la Tercera Internacional patente de imbéciles.

La fraudulenta historia del complot comunista en España —cuya documentación tanto se parecía al protocolo de los sabios de Sión— tenía todas las características de las conspiraciones inventadas con fines públicos para justificar el movimiento contrario. Este juego es tan viejo como la historia de las luchas políticas y religiosas. Era una paparrucha, pero una paparrucha que hería a la República española, dado que vastos sectores de la opinión internacional, y no todos capitalistas, le prestaban fino oído.

La misma crisis —el peligro alemán— que indujo a Moscú a imprimir nueva orientación a la Tercera Internacional impulsaría a Rusia a no participar indefinidamente en la tragicomedia de la No Intervención. Nada preocupaba más a los gobernantes del Kremlin que el aislamiento diplomático de su nación. La antigua aspiración rusa de contar como gran potencia en Europa, revivía en el régimen soviético con nuevo vigor, debido al peligro teórico en que siempre estuvo la Rusia comunista de verse envuelta en guerra con todo el mundo capitalista.

La Tercera Internacional era un instrumento político eficaz y necesario para Moscú en tanto subsistiera su aislamiento diplomático y militar. En caso de agresión contra la Unión Soviética, los partidos comunistas podían debilitar positivamente la acción antirrusa en los países enemigos; y como para el comunismo internacional la primera tarea estribaba en evitar que desapareciese el sistema socialista que ya funcionaba en una sexta parte del globo, el interés del movimiento marxista general coincidía sin esfuerzo —en opinión de los comunistas— con el interés nacional ruso y aun con el de Rusia en cuanto potencia. Era pues, de indudable transcendencia para la Unión Soviética que la Tercera Internacional no cayera en impopularidad.

En 1936, el aislamiento político, diplomático y militar de Rusia era absoluto, a pesar del pacto francosoviético de ayuda mutua. Y la adhesión de Rusia a la farsa de la No Intervención —compromiso sinceramente observado por ella— situaba a la Tercera internacional y al Kremlin en una postura muy incómoda.

La Unión Soviética se hallaba tan obligada como Inglaterra y Francia a no contradecir las leyes internacionales que hacían a la República española acreedora a adquirir los elementos de guerra necesarios para defenderse.

Mas el incumplimiento de este deber presentaba mayor gravedad moral de la parte de Rusia que la de los demás países, por ser el español un régimen popular y recibir casi todas sus energías del proletariado. Para los partidos comunistas iba siendo labor penosa la de justificar la pasividad de Rusia ante el atropello de la democracia española.

La Unión soviética no podía abandonar a la República española sin quebrantar a la Tercera Internacional. Iba a apoyar, por consiguiente, al gobierno de Madrid; pero no era este el único motivo, ni, desde luego, el más alto. Rusia, en cuanto probable víctima de la agresión militar de los estados fascistas, comprendía que el aplastamiento de la República española por los insurgentes y sus aliados extranjeros entrañaría la victoria de Italia, Alemania y el Japón sobre las naciones interesadas en mantener la paz.

En este punto la coincidencia del interés soviético con el de las democracias parlamentarias era absoluta y notoria. Rusia temía a la guerra, y a las naciones ricas y saciadas les convenía el statu quo defendido por el pacifismo soviético.

No solo interesaba a Rusia, como debería haberles interesado a Inglaterra y Francia y los Estados Unidos, que la República española venciese a sus enemigos, evitando así que surgiera una España aliada de Alemania, sino también que España, gobernada por las izquierdas, fuera aliada de las naciones democráticas en la inevitable y próxima conflagración mundial.

De sucumbir la República, habría en Europa una nación más, y espléndidamente situada, contra la Unión Soviética. Ello enriquecería notablemente al frente fascista internacional. El potencial militar y económico de Italia y Alemania recibiría un refuerzo considerable y el aislamiento de la Rusia comunista volvería a ser tan grave como en los peores días del bolchevismo.

Siempre preocupados con romper el cerco político-diplomático contra su país y defenderse del aislamiento, los políticos del Kremlin entrevieron, sin duda, que de contribuir Rusia a la derrota de Franco y sus protectores fascistas, sin otro ademán que el de cumplir la ley internacional, podría contar en Europa con una nación verdaderamente amiga.

La posición diplomática de la Unión Soviética mejoraría, dado que el Kremlin tendría en su mano lo que siempre ambicionó: una carta diplomática importante que jugar en sus relaciones con Francia e Inglaterra, a los fines de crear las condiciones de una estrecha alianza tripartita.

Amagada por la Alemania de Hitler y el militarismo japonés, Rusia sentía esta necesidad en 1936 más imperiosamente que nunca, y bien puede decirse que a tan alto objetivo hubiera sacrificado, de no haber sido en cierto modo compatible con el de la Unión Soviética, el interés del proletariado mundial.

Por los motivos reseñados, al gobierno de Moscú no le era dable continuar sujeto perpetuamente a un acuerdo de No Intervención que solo ligaba, al parecer, a los estados democráticos, bien porque les fuese indiferente la suerte de la República española, bien porque desearan, estúpidamente, su destrucción.

A fines de 1936, cuando ya había corrido tres meses la intervención alemana, italiana y portuguesa, aparecieron en España los primeros aeroplanos y elementos de combate rusos. Pero la República nunca llegaría a resolver el problema del material de guerra, y esto la aniquiló.

A Franco le sobraba siempre armamento y a menudo le faltaban soldados; a la Republica le sobraron, tal vez, hombres y le faltaron máquinas; pero los insurgentes podían importar tropas italianas y técnicos alemanes sin tope y el gobierno republicano tropezaba con insalvables obstáculos para obtener material de guerra.

En ocasiones mejoró la situación: la proporción de las fuerzas aéreas, que llegó a ser al principio de diez o doce aparatos insurgentes por uno republicano, fue a veces de dos o tres por uno. Mas en el aire, como en ningún otro elemento, la simple superioridad otorga ventajas decisivas, y en el periodo más vivo de la guerra, cuando la batalla de Teruel, los facciosos disponían de 500 aeroplanos y el gobierno de 150.

La Unión Soviética hacía honor al deber que se había impuesto, pero el deber que se había impuesto respecto de la República española no era el que Alemania e Italia habían adquirido con los sublevados. Para Hitler y para Mussolini, la guerra de España era su guerra; para Stalin, no.

Los rusos realizaban un esfuerzo con un límite, un límite condicionado por la distancia, las posibilidades del transporte y los intereses permanentes y circunstanciales de la política soviética.

En alcance y carácter de la ayuda rusa —y de la ayuda francesa— a la República española, así como la posibilidad de haber evitado la agresión italoalemana en España, con solo que lo hubiera querido Inglaterra, son puntos que se destacan en los documentos diplomáticos del periodo. En los Papeles del conde de Ciano aparece le siguiente: Conversación entre el Duce y el presidente Goering, a presencia del conde de Ciano y de Herr Schmidt. Roma (Pallazo Venezia, 23-I-1937)

  1. Al llegar aquí, el ministro-presidente Goering preguntó que situación se crearía si fuera imposible llegar a un acuerdo sobre la prohibición del envío de voluntarios a España. En la cuestión española, Alemania se propone ir solo hasta el límite de los posible, evitando así que salga una guerra general de las complicaciones en España. Es de temer que Moscú haga de la cuestión española una cuestión de prestigio y apoye a las fuerzas rojas españolas con tropas propias en mayor medida que hasta hoy.
  2. El Duce replicó... Italia se propone llevar las cosas en España al límite, sin correr el riesgo de una guerra general. León Blum y sus colaboradores desean evitarla, y si gritan pidiendo aeroplanos y armas para España lo hacen puramente por razones de política interior. También Inglaterra teme un conflicto general, y Rusia, ciertamente, no dejará que las cosas pasen del límite. Por otro lado, Rusia no ha enviado voluntarios, sino oficiales y material, y desde luego, se plegaría a aceptar la derrota de los rojos. Ciano´s Diplomatic Papers, pp. 85, 86.

De sumo interés es también para la Historia la conversación entre Mussolini y Ribbentrop (ministro de Negocios Extranjeros en Alemania) celebrada en Roma el 6-XI-1937:

  1. Si... algún nuevo factor amenaza la posición de Franco y si el logro de la victoria demandara un nuevo esfuerzo, el Duce está dispuesto a realizarlo, incluso si ello significara el envío de nuevas fuerzas regulares. Entretanto estamos resolviendo positivamente el bloqueo naval, habiéndole entregado a Franco seis submarinos y cuatro barcos de guerra más. La actitud de Inglaterra respecto de Franco es digna de examen en esta fase.
  2. No hay duda que Londres comprende que ha apostado por el caballo malo, y ahora trata de cambiar rápidamente de actitud en relación con la España nacionalista. Italia y Alemania han de estar muy alerta, pues el problema tiene particular interés para nosotros desde dos puntos de vista: el financiero y el político.
  3. En primer lugar, hemos gastado en España unos 4.500 millones. Lo desembolsado por Alemania según dijo Goering, se eleva a unos 3.500 millones. Queremos que se nos page y se nos pagará. Pero sobre todo está el aspecto político. Deseamos que la España nacionalista, que se ha salvado gracias a la ayuda alemana e italiana de toda clase, permanezca estrechamente asociada a nuestras maniobras. Ciano´s Diplomatic Papers, pp. 143, 144.

Rusia quería poco de España; Alemania e Italia iban por todo. Rusia estaba sola; Alemania e Italia contaban con la complicidad de las grandes democracias capitalistas. Los estados fascistas intervenían con un interés imperialista agresivo; el Estado ruso cumplía un deber inexcusable y defensivo.

La desigualdad, de concepto y de impulso, que separaba a la ayuda rusa de la intervención italoalemana, era manifiesta, aunque oficialmente se divulgara la impresión contraria en las democracias parlamentarias.

El Gobierno de Largo Caballero

Guerra y revolución seguían cursos paralelos en la zona democrática. Los problemas que agobiaban al gobierno eran los que siempre plantea, en la vertiente popular, una guerra civil de profundo sentir social. Menos que otras instituciones podían la propiedad y la economía sustraerse a la convulsión general. El impulso reivindicativo del movimiento de las masas, si ya no lo exigieran las necesidades de la guerra, imponía grandes transformaciones en estos dominios. Pero una manera de orden era indispensable para que la República pudiera subsistir y continuar la lucha. Todo ello requería tiempo.

Había cosas que tenían que morir de muerte natural, y otras que solo podrían nacer tras un periodo insoslayable de gestación. El centro de gravedad de la guerra y la política estaba en la calle. El poder lo tenían las masas, los partidos, los comités. La revolución, y la misma guerra, en el territorio dominado por los republicanos, seguían el proceso de la prueba y el error. Avanzar y retroceder es el vaivén característico de una sociedad no vertebrada todavía y que trata de hallar un eje sobre el cual girar.

En el orden militar, como en el económico, la revolución atacaba y se replegaba, erraba y rectificaba, y estaría errando y rectificando hasta que la experiencia de sus acerbas lecciones, hiciese lo que aún no podía hacer el gobierno: mostrar a las masas los graves peligros de la indisciplina y los trágicos resultados de la ignorancia.

El ministerio Largo Caballero constituido el 4-IX-1936, significaba un progreso en esa ruta. La dirección de la guerra y la política comenzaban a pasar a manos del gobierno. Nadie disfrutaba entonces mayor autoridad sobre el proletariado que el viejo líder de los sindicatos socialistas. Todos los partidos de la República se hallaban representados en esta coalición, menos los anarquistas.

Indalecio Prieto se encargaba d ela cartera de Marina y Aire, con medro inmediato para el orden y la disciplina ene stos departamentos. Don Juan Negrín recibía el embrollado fardo de la Hacienda, que gracias a él, de toda evidencia, se salvaría del colapso que la amenazaba. Largo Caballero se reservaba, con la presidencia del gobierno, la jefatura del ministerio de la Guerra.

Un nuevo paso de importancia se dio en 3 de noviembre con la entrada en el gobierno Largo Caballero de cuatro representantes de la CNT; y si más de una vez se había atribuido a España, por eruditos optimistas y con dudoso motivo, la introducción de elementos originales en la historia política del mundo, al menos en lo de tener ministros anarquistas, sentaba nuestra nación un precedente incontrovertible.

La tiranía de los hechos y el cambio de las condiciones sociales conspiraban para transformar al anarquismo en una fuerza constructiva y responsable, del mismo modo que la revolución, al acabar con el lujo y establecer una mayor igualdad, había retirado ya de la calle a los mendigos. España, en la parte señoreada por el pueblo, iba eliminando rápidamente las excrecencias patológicas de una sociedad anormal en extremo, como no había otra, quizás, en Occidente.

Las masas sintieron pronto vivísimo deseo de unidad y de coordinación. La hora de las saturnales libertarias iba de vencida. Lo que hasta poco antes había satisfecho, y aun halagado, a muchos oídos populares: el elogio a la indisciplina, la recusación del mando y el orden, provocaba ahora en el pueblo una reacción de fatiga y de sospecha. Por el contrario, el llamamiento a la acción concertada, la demanda del mando único, el anhelo de tener un Ejército y concentrar todas las energías en la guerra, ganaba el ánimo de las masas obreras.

El gobierno Largo Caballero inicia la formación del nuevo Ejército republicano, a base de las milicias populares. Crea el cuerpo de Comisarios políticos. Porque es indudable que la República tenía que fundar un Ejército político, revolucionario, harto distinto del que aún prevalecía en la España de Franco. Sin disciplina, que es simplemente una ortopedia contra el miedo, no hay milicia; pero uno era el carácter de la disciplina bajo los insurgentes y otro tenía que ser bajo la revolución.

La moral de un Ejército regular se sostiene por el terror que pende de arriba; no hay ejército de este género, como ya descubrieron los romanos, si el soldado no teme más a sus jefes que al enemigo. Pero en un ejército revolucionario ese terror produce el efecto opuesto: desmoraliza; aquí el rigor no basta y ha de acompañarse de acción política, de persuasión ideal. Esto es clásico en la historia, y de consiguiente, como dije en otro lugar, el comisario, el agitador, el delegado político aparece en todas las guerras revolucionarias, con buenos y malos resultados, y desde luego, con inevitable contrariedad para los oficiales de la academia.

La empresa de crear el nuevo Ejército republicano era excepcionalmente ardua, porque, en general, se creía que la guerra podría ser corta, y cada grupo político quería tener sus soldados y sus armas propios para imponerse, o para no ser preterido, al volver la paz. La subsistencia de gran número de agrupaciones políticas sería el obstáculo que más tenazmente se opondría, en el interior, a la victoria republicana.

Largo Caballero asumió el poder en el periodo más difícil de la guerra, justamente por ser aquél en que lo viejo estaba derrumbado y lo nuevo habría de surgir penosamente. Comenzó el viejo secretario de la UGT a recoger las fuerzas dispersas y desorbitadas, incluyendo, como se ha visto, a los anarquistas en el gabinete, ordenando la retirada de las tropas catalanas que habían desembarcado, en una aventura, en la isla de Mallorca (rectificación impuesta por la Marina republicana) y tratando de crear un Estado Mayor.

Pero la situación militar se agravó, los italianos tomaron Málaga sin encontrar resistencia y estalló en Barcelona la turbia y alarmante insurrección de mayo de 1937; sucesos unos fatales, que correspondían al periodo de eliminación de lo desencajado e inadaptable; otros, menos fatales, pero difíciles de impedir aún.

Por otra parte, entre el grupo socialista de Largo Caballero y el partido comunista se agrió la desavenencia, oriunda acaso del estrecho parentesco filosófico de ambos movimientos, y acentuada por disputarse comunistas y socialistas de izquierda la dirección de la revolución. Esta rivalidad hacia enojosa la colaboración ministerial de estos dos grupos republicanos.

Los comunistas eran, sin duda, injustos con Largo caballero exigiéndole éxitos militares que tal vez no fueran ellos los más interesados en facilitarle, y Largo Caballero y sus asesores doctrinales, en guardia, ya desde antes de la guerra, contra los comunistas, acogían con desconfianza y recelo las iniciativas de este partido. La pugnacidad de los comunistas inclinaba cada día más al movimiento de Largo Caballero a reconciliarse con el anarquismo, y la CNT, igualmente amagada por el impulso proselitista del comunismo, no rechazaba, sino que aceptaba con impaciencia, saliéndole al encuentro, la solidaridad política de ese sector del socialismo.

El partido comunista, que solo contaba unos miles de adherentes en 1931, al nacer la República, fue engrosando sus filas a medida que se radicalizaba el proletariado en virtud de la oposición de la oligarquía a toda reforma. Pero el consagrado nombre de la UGT y la CNT, cada cual en las zonas de su tradicional predominio, impidió que surgiese una fuerza sindical comunista independiente. La sección española de la Tercera Internacional se desenvolvió, pues, con sus pequeños cuadros en los sindicatos socialistas, como una fuerza política minoritaria, no del todo exenta de clase media intelectual.

Con todo, la unanimidad interna, el entusiasmo y la facilidad para exponer sin prolijidad fórmulas de acción de tendencia constructiva hacían del partido comunista una agrupación más importante por su estilo de lucha que por su número. Hasta 1935 este partido predicó una política cerrada de clase, y esa fue la razón, entre otras, de que no avanzara más rápidamente en la República. Pero si no creció notablemente la sección comunista española se radicalizó el partido socialista, cuya numerosa juventud adoptó el marxismo de Lenin y quiso hacer de Largo Caballero un líder revolucionario de este corte.

Mas cuando la juventud socialista advirtió que Largo Caballero no podía, ni había pensado seriamente ser el Lenin español, cambió de mentor y puso sus esperanzas en Stalin. Más de 100.000 jóvenes socialistas ingresaron en bloque en el partido comunista. Por tanto, el prestigioso partido socialista, además de hallarse lamentablemente dividido por cuestiones personales y de táctica, perdió sus cuadros juveniles. Las disidencias internas le privaban de cohesión; la huída de los jóvenes al comunismo le sustrajo su vena dinámica.

Esto es, ningún partido de la República se hallaba, al estallar la insurrección militar, en mejores condiciones para la lucha que el comunista. Ninguno había tan coherente, ni tan disciplinado ni tan seguro de sí mismo. Y al abandonar las democracias parlamentarias —inspiración de todos los demás partidos de la República— al pueblo español y cumplir la Unión Soviética la ley internacional, el partido comunista medró mucho moralmente en los ámbitos del régimen.

Las masas, ante el material de guerra y las provisiones de todo linaje que arribaban de Rusia —en contraste con el bloqueo que mantenían a la República Francia e Inglaterra—, se consideraron salvadas por el Estado comunista ruso.

Las Trades-Unions británicas habían aprobado la política de No Intervención en el Congreso de Plymouth (11-IX-1936) por 3.029.000 votos contra 51.000. Asimismo, el Partido Laborista, en su Conferencia de Edimburgo (5-X) se pronunció a favor de la No Intervención.

La clase media republicana, admirada del moderado tono de la propaganda comunista y no menos impresionada por la unión y sentido de las realidades que imperaban en este partido, afluía en gran número a sus cuadros.

La mejor forma de catequesis es el éxito, y los comunistas, en el interior y en el exterior, eran una fuerza positiva. Jefes del Ejército y funcionarios que jamás habían ojeado un folleto marxista se hicieron comunistas, unos por cálculo, otros por flojedad de carácter, algunos contagiados por el entusiasmo que exhalaba esta organización; y políticos moderados hubo que quizás estimaron sana política alentar a los comunistas para debilitar al socialismo.

En mayo de 1937, el partido comunista, con su inconfundible manera, sometió a Largo Caballero e hizo público un programa de ocho puntos a poner en práctica inmediatamente por el gobierno. Las cláusulas comunistas se enderezaban a establecer mayor ilación entre los servicios y a acelerar la formación del nuevo Ejército.

El partido comunista anunciaba que de no aceptarse sus proposiciones abandonaría el gobierno.

Largo Caballero respondió con otro plan, en el que se otorgaba a la UGT y a la CNT preponderancia sobre los partidos políticos en el gabinete y se prometía un organismo central de guerra presidido por el primer ministro.

Largo Caballero advertía que de no ser aceptado su programa en su totalidad dejaría de presidir el gobierno.

Los anarquistas abrazaron al idea de Largo Caballero con entusiasmo, y manifestaron que no participarían en ningún ministerio que no tuviera a Largo Caballero como jefe. La Comisión Ejecutiva de la UGT respaldó el proyecto, pero si bien las organizaciones sindicales lo aprobaban, ningún partido político lo consideró acertado.

Había cambiado tanto en tan poco tiempo el sentir popular y era tan grave la situación de la República, que ni las masas resintieron la ausencia de los anarquistas y los socialistas de Largo Caballero del gobierno, ni a los hombres y organizaciones excluidos, quizás porque lo fueron de propia voluntad, les faltó entonces el patriotismo necesario para dejar gobernar a otros.

El Gobierno Negrín

El nuevo gobierno lo presidía don Juan Negrín, y sobre esta novedad contenía otra, como la de que Indalecio Prieto pasara a regentar el nuevo ministerio de Defensa Nacional, que incluía a todas las fuerzas militares sin excepción de armas. Prieto había organizado ya eficazmente la aviación republicana.

El ministerio Negrín entró en funciones en otro momento crítico para la República. En realidad, todos eran momentos críticos para la República. La intervención de los estados fascistas se desenmascaraba ya de disimulo. La flota alemana bombardeó Almería el día último de mayo. Bilbao estaba en peligro, por carecer de aviación y artillería; caería el 19 de junio, y le seguiría en tres meses todo el norte.

Jamás se hubiera creído que Inglaterra no solo permitiría la conquista del Norte de España —la zona donde su interés era más sensiblemente perjudicado— por alemanes e italianos, sino que, además, acentuaría el bloqueo de la República, desalentando y amenazando a su flota mercante para que no penetrase en aguas españolas.

Pero junto a tales desastres, que solo Francia e Inglaterra hubieran podido impedir, abundaban las señales de orden y organización en la España democrática, y la República se disponía a sobrevivir. El gobierno Negrín dio desde el primer instante sensación de fortaleza. La libertad empezaba a ser compatible con la autoridad.

Se rectificaban los experimentos perniciosos en el terreno revolucionario; se fundaban nuevas factorías de guerra; se ponía coto a la arbitrariedad en la administración de justicia, e iba surgiendo el Ejército popular capaz de hacer rostro a las fuerzas disciplinadas y excelentemente armadas del general Franco y los estados fascistas que le apoyaban.

Bueno será que paremos ahora atención en la situación militar.

Madrid se había salvado por segunda vez en noviembre de 1936, y lo había salvado, en el primer momento del nuevo peligro, el mismo pueblo de julio. Los voluntarios internacionales llegaron con providencial oportunidad para apuntalar la defensa; también fueron útiles los 20.000 fusiles que envió México, y los primeros aviones de caza soviéticos acabaron de realizar el milagro, que no otra cosa fue aquello, de hacer imposible la entrada de los insurgentes en la capital de España.

El gobierno Largo Caballero se había trasladado a Valencia el 7 de noviembre, después de encomendar la defensa de Madrid al general Miaja, quien realizó su misión al frente de una Junta compuesta, por la mayor parte, de jóvenes, algunos casi niños. Nunca cayó sobre hombros juveniles trabajo tan difícil ni tan grandioso ni nunca fue tan noble y cabalmente administrada una confianza.

Pero la batalla de Madrid no concluyó en noviembre, ni terminaría sino con la guerra. Impenetrable de frente, los facciosos trataron de aislar la capital, amenazando sus comunicaciones con el Este mediante una impetuosa ofensiva que dio lugar, en las márgenes del Jarama, a combates excepcionalmente cruentos. Aquí, como antes en los suburbios de Madrid, la brigada internacional opuso una resistencia de acero y tuvo pérdidas considerables.

En marzo de 1937 la ofensiva italiana sobre Guadalajara amagó de momento las comunicaciones de Madrid por el Nordeste. Treinta mil italianos mandados por el general Bergonzoli sufrieron, sin embargo la espectacular derrota de Brihuega. Y la batalla de Brunete (julio), una de las más sangrientas y enconadas de toda la guerra, fue el primer signo de que el nuevo Ejército republicano no estaba ya completamente exento de condiciones para la ofensiva, dato confirmado a poco por la que el ejército de Este desencadenó (septiembre) con Zaragoza como objetivo.

La pesadilla que privará del sueño hasta el final a los gobernantes republicanos, la escasez de armas, era, con todo, un serio obstáculo incluso para la formación del Ejército. La República padecía virtualmente un bloqueo que no solo afectaba al material de guerra, sino también a víveres y materias primas, a cuanto, en resolución, tenía que ser importado. Por este motivo eran mayores las privaciones que sufría la población civil. En cuanto al armamento, la situación, siempre dentro de la penuria, variaba. Unos meses era menos mala que otros. Por el instante, la República iba obteniendo lo necesario para no sucumbir.

Vista la complacencia con que en Londres, París y Washington se seguía por los gobiernos la guerra del fascismo internacional contra la democracia española, Alemania, Italia, Portugal y Franco lo osaban ya todo. En el verano de 1937, el Mediterráneo comenzó a tornarse intransitable para los barcos que acarreaban mercancías rusas para la República. Los submarinos italianos hundían a diestra y a siniestra. Ello obligó al gobierno republicano a buscar nuevas rutas o a realizar combinaciones para no carecer de las vitales remesas soviéticas.

Los gobiernos de las democracias capitalistas cohonestaban su complicidad en el desafuero fascista de que era víctima España con la especie de que su intervención redoblaría la de Italia y Alemania y todo acabaría en otra gran guerra. Semejante argumento era insostenible en teoría, y su falsedad no tardó en evidenciarse en la práctica cuando la Marina de guerra inglesa decidió poner fin a la piratería en el Mediterráneo. Los submarinos italianos desaparecieron. Y es que tampoco buscaban las potencias fascistas un conflicto universal; antes bien lo temían, por prematuro para sus planes.

El 31-X-1937, el gobierno Negrín dejó Valencia, donde apenas podían desenvolverse los servicios ministeriales, por la más espaciosa residencia de Barcelona. Azaña se había instalado en Barcelona pocos meses después de comenzar la guerra civil, lo cual le permitió comprobar con holgura los progresos del separatismo, la debilidad del gobierno autónomo, el insuficiente rendimiento para la guerra de esta riquísima y afortuna región y sufrir, en calidad de asediado, los turbulentos sucesos de mayo de 1937.

Teruel

En la sinóptica relación de hechos que he emprendido corresponde el próximo lugar a las operaciones de Teruel, un acontecimiento que pareció variar el curso de la guerra, y que, con el hundimiento del crucero insurgente Baleares por la flota republicana, está unido a los días en que más altas fueron las esperanzas de los republicanos desde que comenzó la No Intervención.

La ofensiva del Ejército popular sobre Teruel (batalla de Aragón), fue iniciada el 17-XII-1937, en las primeras horas de la tarde, bajo un espantable temporal de hielo y nieve. Las líneas republicanas se hallaban desde que estalló el conflicto muy próximas en varios puntos a esta capital. Con habilidad y cautela, el Estado Mayor de la República concentró cerca de Teruel un numeroso ejército, entre 40.000 y 50.000 hombres, con todo su aparato de guerra.

Cuatro horas duró la operación de aislar a la ciudad: las fuerzas del comandante Líster cortaron las precarias comunicaciones que enlazaban a Teruel con el mando de Franco. Quince mil soldados rebeldes y 20.000 habitantes quedaron copados. Las tropas se refugiaron en los edificios más sólidos: Gobierno civil, Banco de España, Seminario y Convento de Santa Clara. En estas posiciones se aprestaron a resistir unos 4.000 facciosos, en tanto era sacada la población civil por caminos de herradura.

El tiempo era infame, pero no impedía volar a la aviación enemiga, que enseguida se presentó con la superioridad de costumbre. Junkers, Capronis y Fiats bombardeaban y ametrallaban a las fuerzas republicanas sin reposo. Tampoco descansaba la artillería, que pronto concentraron también los insurgentes.

El cerco republicano se consolidó rápidamente con la argamasa del entusiasmo y el heroísmo, a pesar del implacable temporal. El 28 contraatacó Franco, con lujo de derroche de elementos, por el Norte y por el Oeste, en el primer intento serio de levantar el sitio. Las tropas republicanas, todas españolas, aguantaron firmemente la contraofensiva.

El 31 tornó el mando enemigo descargar otra ofensiva, más furiosa aún, sobre la barrera republicana. Este día soplaba un huracán insufrible, al que añadía rigor la incansable aviación italoalemana, siempre en el aire, y el perpetuo cañoneo de los insurgentes. Tropas de refresco se estrellaban contra las líneas republicanas, que apenas cedieron un palmo en toda la batalla. Fuera de Teruel, la posición enemiga más cercana quedaba todavía a cuatro kilómetros.

Los fascistas ya no darían tregua hasta reconquistar esta medieval capital del Maestrazgo. No podían perder prestigio ni en el interior ni en el exterior.

Las tropas rebeldes asediadas dentro de Teruel se rindieron el 7-I-1938, faltas de agua y alimentos.

Pero Franco atacaba cada día con más furor y con más máquinas y tropas nuevas. El mando republicano tuvo que meter a la postre a las Brigadas Internacionales, pero el enemigo poseía mucho hierro y luchaba bien.

La batalla de (Aragón) duró seis semanas, hasta el 22 de febrero en que la República abandonó la ciudad. Teruel resultó un esfuerzo excesivo, aunque necesario, para el Ejército de la República.

Las mejores tropas populares se agotaron y el mejor material republicano se melló o se perdió. Concebida como un medio de privar al enemigo de la iniciativa, tan peligrosa cuando la fuerza atacante sobrepuja desmesuradamente en elementos de combate al bando situado a la defensiva, la ofensiva de Teruel obligó, sin duda, a los fascistas a desistir de una nueva operación contra las comunicaciones de Madrid en el sector de Guadalajara. Desde este punto de vista alcanzó su objetivo el mando republicano. En realidad, para la República, en aquellas condiciones de inferioridad material, tantos inconvenientes tenía atacar como no atacar.

La frontera francesa estaba cerrada a cal y canto. Por allí no entraba nada en Cataluña. Y no todos los barcos que traían armamento arribaban. Indalecio Prieto apresuraba y multiplicaba la producción de guerra, pero el problema excedía las posibilidades interiores de la República.

Esta fue la causa principal de la catástrofe que siguió en el frente pirenaicoaragonés a la batalla de Teruel.

Derrumbe del frente republicano

El 8-III-1938 inició el enemigo en Aragón una ofensiva general —quizás retrasada varios meses por el ataque republicano sobre Teruel— desde los Pirineos hasta el Maestrazgo. Las líneas republicanas daban entonces vista a Zaragoza, se cernían en torno a Huesca, casi rodeándola, y pasaban por la vecindad de Jaca.

Franco atacó desde Huesca hacia el Norte; de Zaragoza en dirección a Lérida; de Zaragoza con la costa como objetivo, por el valle del Ebro; de Montalbán con rumbo a Valencia.

Aun conociendo los republicanos la abundancia de medios que disfrutaban los facciosos, tan vasta operación, después del desgaste que el enemigo sufrió en Teruel, tenía que sorprenderles; y la sorpresa, con la enorme superioridad del armamento, dio a las fuerzas atacantes una ventaja irresistible.

La República no disponía de aviación, ni de artillería, ni de tanques, ni de fuerzas de choque con que contener al ejército fascista. Había unidades republicanas que entraban en acción sin que la mitad tuvieran, no ya ametralladoras o bombas de mano, pero ni siquiera fusiles.

El frente republicano se derrumbó en toda su inmensa longitud.

De estas jornadas quedará como una de las grandes hazañas del Ejército republicano la resistencia de la división 43, mandada por el coronel Beltrán, que, aislada en las raíces de los Pirineos, aguantó al enemigo una semana, en una lucha épica. Solo cuando careció de alimentos y municiones se retiró la división 43 a Francia, ordenadamente, con nieve hasta la cintura.

Lérida cayó el 3 de abril, después de resistir en tremendas condiciones de inferioridad ocho o diez días. Las fuerzas republicanas poseían, como siempre, poca artillería y el enemigo señoreaba el aire. El mismo día perdió la República Gandesa, una posición de gran valor estratégico al sur del Ebro. El frente republicano quedó desorganizado, en confusión inextricable, rebasando los fascistas a contingentes gubernamentales numerosos, con grandes pérdidas para la República.

El 8 de abril llegaron los insurgentes al Noguera-Pallaresa y la República perdió Tremp y otros centros generadores de la energía eléctrica que alimenta a las zonas industriales de Cataluña. Este grave contratiempo fue paliado por la puesta en marcha de las instalaciones generadoras de corriente a vapor. De hecho, Cataluña había quedado sin electricidad días antes, al ocupar los fascistas Balaguer, al norte de Lérida, lugar por donde pasan los cables de alta tensión procedentes de Tremp, Camarasa y Capdella.

La ofensiva del general Franco y de los alemanes e italianos se sostuvo en toda la línea un mes . En parte por el desgaste natural y en parte por la reorganización de la defensa republicana, cada día más efectiva, el avance de los fascistas se detuvo, al fin, más o menos exactamente, en las rayas de Cataluña. Los grandes obstáculos naturales, principalmente los ríos —Noguera-Pallaresa, Ebro, Segre— marcaron, en general, la nueva división del territorio entre los beligerantes. Por el Norte la línea de fuego ascendía hasta la frontera francoespañola, a poniente de la Seo de Urgel.

Pero al sur del Ebro, la ofensiva iniciada el 8 de marzo proseguía, incontenible, y los italianos, provistos de aviación, tanques y artillería en la acostumbrada proporción, se abrían camino hacia el Mediterráneo.

Franco se desentendió de momento de Cataluña para concentrar el ataque al sur del Ebro, y el 15 de abril los insurgentes entraban en Vinaroz. El avance fascista continuó en dirección sur, al filo de la costa, con Castellón de la Plana y Valencia por objetivos. El territorio dominado por los republicanos quedó, por tanto, dividido en dos zonas.

Bombardeos aéreos de Barcelona

Entre tanto, la población civil en los dominios de la República habría sufrido inusitados ataques de la aviación italoalemana. Desde enero las agresiones aéreas contra Barcelona y otras ciudades catalanas causaban víctimas innumerables y grandes daños. Pueblos como Granollers conocieron, más o menos, la suerte de Guernica.

El bombardeo de ciudades abiertas desprovistas en absoluto de significación militar, es particularmente odioso cuando se realiza sin riesgo alguno, a mansalva. De ahí el carácter francamente cobarde de los ataques aéreos de los alemanes e italianos contra las ciudades de la España republicana.

Barcelona sufrió la primera incursión aérea grave el 25 de enero; se contaron unos cien muertos en el centro de la ciudad. El 30 una nueva agresión llevada a cabo por los aparatos italianos con base en Mallorca causó trescientas cincuenta muertes, entre ellas las de ochenta niños.

Pero fue en marzo cuando Barcelona padeció los grandes y frecuentes raids que, al cabo, comenzaron a alarmar a la opinión internacional. Estos excesos de la aviación italoalemana se prolongaron desde la noche del 16, a razón de una agresión cada tres horas, hasta la tarde del 18, y ascendieron los ataques, sobremanera mortíferos, a diecisiete. A consecuencia de uno de ellos perecieron cerca de cuatrocientas personas.

El número de muertos a cuenta de los bombardeos de estos dos días se elevó a mil trescientos y el de heridos pasó de dos mil.

Los desmanes de las fuerzas aéreas al servicio de los insurgentes provocaron, al final, en todo el mundo una ostensible reacción de disgusto, bien que no tan enérgica como el hecho merecía. El Papa envió su protesta a la junta o gobierno de Burgos. Los gobiernos de París o Londres acordaron dirigir un llamamiento a ambas partes españolas para que cesaran bombardeos como los de Barcelona. Semejante amonestación —que ignoraba de intento la nacionalidad del personal y los aparatos causantes del daño— al agresor y a la víctima testificaba que la diplomacia francobritánica no podía dejar de mostrar perfidia en la cuestión española, ni incluso cuando quería tener un gesto humanitario.

A partir de marzo, la posibilidad de que los fascistas volvieran a cometer nuevas salvajadas aéreas mantuvo alerta por algún tiempo al público internacional amigo de la República española y no cesó de condenarse en Londres y en París el bombardeo de ciudades abiertas.

Negrín en Defensa

Los sucesos de todo género que asaltaron a la República en los comienzos del año 1938 habían de acompañarse de consecuencias políticas, dentro y fuera de España. El 5 de abril se encargó Negrín de la cartera de Defensa Nacional, por estimar que el estado de espíritu de Prieto no era el más apropiado para dirigir la guerra; y abierta la crisis ministerial dio entrada en el gabinete a la CNT y a la UGT, representadas respectivamente por Segundo Blanco y Ramón González Peña.(Sobre esta crisis véase Julián Zugazagoitia, Historia de la guerra en España, La Vanguardia, Buenos Aires.)

Partidos y hombres de la República sufrían con resultados diversos los bandazos del proceso político-militar trenzado por la marcha de la guerra y la revolución. El anarquismo se disolvía; desaparecidas las condiciones sociales que lo engendraron y lo alimentaron, moría de muerte natural.

Ni la acción directa ni la existencia clandestina tenían ya razón de ser; y a nadie causó sorpresa que el 4-VII-1937 el pleno peninsular de la FAI decidiese trocarse en un movimiento legal. Este transcendental acuerdo del pleno fue confirmado el 11 del mismo mes en la Conferencia regional de Valencia. El movimiento anarquista se convertía en una organización política y sus miembros quedaban autorizados para aceptar puestos en todas las instituciones públicas.

El avatar del anarquismo denunciaba una crisis vital en este importante sector del proletariado; y la crisis filosófica y moral de la CNT y la FAI no podía presentarse, ciertamente, sin suscitar la división interna de ambos partidos cognados.

El partido socialista, como hemos dicho, se hallaba sobremodo despotenciado por las disidencias personales y de principios. Sus tres o cuatro cabezas directoras interpretaban la situación general y aun los incidentes de cada día a luces muy distintas y a veces inconciliables.

Los partidos republicanos, privados de Azaña y Martínez Barrio —aquél encastillado en la presidencia de la República, este políticamente inmovilizado en la de las Cortes— se movían torpemente, acéfalos y sobreexcedidos por el dinamismo de las circunstancias. Además, numéricamente carecían de poder, y para mayor quebranto se hallaban embargados también por conflictos de opiniones en punto a extremos fundamentales de la revolución y de la guerra.

En el concierto —o desconcierto— de los partidos continuaba imponiéndose el comunista. Por virtud de su infrangible unidad, su ardor combativo, su unánime y resuelta disposición a no capitular (en otros partidos había gentes que consideraban deseable y posible una componenda con Franco), la organización comunista era un partido de guerra de dimensión superior a los demás de la República.

Las circunstancias, sobre todo las circunstancias exteriores, ya subrayadas, imponían el crecimiento del partido comunista.

Al frente del gobierno, don Juan Negrín no solo encarnaba, con su realismo, el sentimiento popular, sino que respondía, con los atributos más salientes de su carácter, a las inusitadas exigencias de la hora. Negrín, hombre de guerra y político improvisado, era una creación de circunstancias poderosas, que, como tantas veces en la historia, arrastraban al centro de la vorágine a quien más idóneamente podía encararse con la situación. En 1937 este hombre de ciencia era, por tal coyuntura, sin buscarlo, el director insustituible de la guerra y la República.

Naturalmente, este suceso no se producía, en cuanto dependía de Negrín, por virtud solamente de su vigor intelectual, ni por su mero conocimiento de los problemas nacionales e internacionales, y menos en virtud a su experiencia de político o gobernante, aunque su gestión en el Ministerio de Hacienda le calificase para más amplias empresas de gobierno. Azaña era también cabeza bien organizada, persona de muchos libros, algunos viajes y considerable práctica política; y no obstante, se había extraviado políticamente antes de la guerra civil y durante la guerra civil.

No bastaba ser inteligente ni culto, ni perspicaz político para dirigir la República en aquella encrucijada. Había de ser, además, hombre de acción, es decir, poseer energía moral bastante para arrostrar con cabeza clara las responsabilidades más intimidantes. La acción es la madre del conflicto y el conflicto entraña responsabilidad, y a esta responsabilidad no se puede hacer frente si no se es hombre de acción.

Negrín frisaba en los cuarenta y cinco cuando estalló la guerra civil. Extraordinariamente vital, dotado, a un tiempo, de una fisiología de hierro y de desusada energía vital, había en él, en todos los órdenes, a manera de un exceso de vida que pudiera haberle lanzado, con éxito seguro, en la absorbente lucha política de una nación en crisis mortal, como España, si Negrín hubiera sentido vocación por la vida pública y ambición de inmortalidad.

De aquella estaba exento, de esta se burlaba. En cuanto ciudadano no se había hallado de espalda a los problemas nacionales —¿quién lo estaba en España?—, pero había asistido a la tragicomedia política como preocupado espectador y no como actor. En 1928, durante la dictadura del general Primo de Rivera, Negrín había diputado un deber afiliarse a un partido y mostró su predilección por el socialismo, con cuyos postulados y filosofía se había familiarizado en Alemania en sus años de estudiante. Pero aparte aspirar, en sustancia, a ganar los grises laureles de miembro anónimo y disciplinado del partido socialista, Negrín, sumándose a esta organización, distaba mucho, contra lo que pudiera parecer, de querer encasillarse en un sectarismo.

Todo lo que hacía era proclamar que el partido fundado por Pablo Iglesias era, a su juicio, el más solvente, el llamado a dirigir los destinos de la nación y el mejor preparado para este alto menester. Porque para Negrín el partido, cualquier partido, no podía ser un fin en sí mismo sin riesgo de condenarse a esterilidad. Nada más remoto de su espíritu antidemagógico, vuelto a toda la gama de la vida, que el pensar que el partido pudiera subordinar a la nación en aras del interés de clase. Quiere decirse que Negrín, que veía con ojos filosóficos a los hombres de un solo libro, no era marxista no se sentía eslabón de una clase social determinada.

Como es natural, y como acontecía a otros españoles eminentes en las artes o en las ciencias, Negrín no pudo sustraerse, a la postre, a la actividad política. En España, como en toda nación en crisis, se ha hecho sobremanera difícil la compatibilidad del patriotismo con la inhibición en la brega política; y por tratarse de una nación de tan honda desigualdad social, todo español menor de sesenta años que no sea un revolucionario es un inferior. Ya hemos apuntado la sospecha de que probablemente Azaña tampoco hubiese roto una lanza en las luchas políticas de su país, si la tragedia nacional no le hubiera sacado de la literatura, que era su innata y tiránica vocación.

Pero en Negrín la resistencia a militar en la vida pública era más obstinada que en otros. En parte porque abominaba la publicidad; a este respecto, su ideal hubiera sido poseer el anillo de Giges y trocarse invisible ante públicos y fotógrafos; y en parte porque no se creía con condiciones para la política. Negrín no era orador, cosa frecuente en el hombre de acción; lo cual acaso le recomendase como gobernante nuevo y original a los ojos de aquellos que sabían cuánto daño había hecho a España la elocuencia.

Negrín, en síntesis, repudiaba la demagogia —tan útil incluso a los políticos españoles más austeros— y estaba totalmente huérfano de aficiones proselitistas; se diría que le daba igual tener adeptos que no tenerlos. Fue, por tanto, diputado sin haber pronunciado lo que se llama un discurso, y llegaría a presidir un gobierno democrático —fenómeno notable en España— sin haber popularizado su silueta en las tribunas.

Otra condición apartaba, acaso, a Negrín, instintivamente, de la política activa: el sentimiento defensivo de su libertad individual, su libre albedrío de hombre habituado a conducirse con una norma muy personal. Le extraía a la vida todo su zumo amable, y por esta razón, quienes le conocieran superficialmente podrían tenerle por frívolo. Pero bajo la máscara de frivolidad, o bajo la máscara antípoda de hombre duro y hosco —su otra careta defensiva— había un espíritu fino, cultivado y grave y un corazón sensible.

Los Copperheads

El derrumbamiento del frente pirenaicoaragonés y la llegada de los insurgentes al Mediterráneo confirmó a muchos en la convicción —que algunos padecían desde el 17-VII-1936— de que la guerra estaba perdida para la República. Para Negrín, la República, en el peor de los casos, no tenía otra opción que resistir y caer luchando. Sostenía, pues, como era su deber, afortunadamente respaldado por su convencimiento, que se podía ganar la guerra.

No puede decirse que abundasen entre los republicanos de toda clase los partidarios de la rendición sin condiciones, aunque algunos había que hubieran comprado la paz a cualquier precio. Pero los que creían que merecía la pena intentar la capitulación sumaban cierto número en la esfera influyente del régimen. A este linaje de personas las bautizaron en la guerra civil norteamericana con el nombre de Cooperheads por alusión a la serpiente más venenosa de los Estados Unidos.

Imaginarse que la República podía capitular en otras condiciones que no fueran las de quedar a merced del enemigo sin escrúpulos, enajenado por el odio y por el miedo, era ignorar supinamente el calibre de los fascistas españoles y desconocer no menos crasamente el carácter del apoyo que Franco recibía de Italia y de Alemania. Franco había respondido hasta entonces de manera invariable a cuantas exploraciones particulares y oficiosas buscaban el fin de la guerra por un compromiso con el monótono y tajante: Rendición sin condiciones.

Deliraban también quienes creían que la República podría contar en algún caso con el socorro diplomático de las democracias parlamentarias. Las clases directoras de Inglaterra y Francia deseaban la victoria de Franco —alemanes o no alemanes, italianos o no italianos— tan vivamente como los gobiernos de Berlín y Roma.

La reacción del gobierno francés ante la catástrofe de marzo y abril se expresó en el envío a aguas catalanas de un crucero para que escaparan Azaña y su gobierno. En los círculos oficiales de Londres se vio con satisfacción el corte de la España republicana en dos zonas, por cuanto se suponía que ya no podía demorarse mucho la defunción de la República.

Y a fortalecer esta impresión contribuían las palabras de angustia de destacados políticos de la República que llegaban a las cancillerías; palabras bien intencionadas, claro es, porque nacían de la asunción de que el triunfo de los rebeldes alarmaba, como debería haber alarmado, a los gobiernos de París o Londres; pero de efecto perniciosísimo, pues no había tal temor en Londres, sino todo lo contrario, y en París, donde existía mayor preocupación, ningún gobierno movería un dedo, a buen seguro, por una República que según algunas de sus eminencias, estaba desahuciada.

Los enemigos de la democracia española no harían nada por salvarla, e irles con jeremiadas era perder el tiempo, y presentar la situación como irreparable a quienes pudieran facilitar a la República elementos para defenderse era retraerlos o disuadirlos, dándoles la impresión de que cuanto hicieran llegaría demasiado tarde.

En resolución, los republicanos, cualquiera que fuese su subfiliación política, que imaginaban viable el compromiso con los rebeldes y buscaban mediadores donde creían poder hallarlos, no solo quebrantaban a la República, por si no lo estuviera bastante, en el exterior, sino que propagaban en el interior, primero entre una minoría, más tarde era considerable el número de republicanos, el trágico espejismo de que cabía esperar del enemigo alguna justicia.

La guerra no estaba perdida para la República en abril de 1938, a pesar del serio descalabro de Vinaroz. El avance insurgente contra Castellón tropezaba con enérgica resistencia republicana, y en penetrar cien kilómetros hacia el sur, hasta tomar el puerto, llevó a Franco dos meses de lucha encarnizada. Castellón cayó el 16 de junio, y se estabilizó el frente a unos 25 kilómetros de Sagunto.

Esos dos meses había estado abierta la frontera francesa al tránsito de material de guerra para la República. Los arsenales del gobierno recibieron el ansiado refuerzo de artillería ligera, cañones antitanques, tanques, alguna aviación, ametralladoras y fusiles; por la mayor parte armas adquiridas a Rusia, aunque también llegaban máquinas compradas en Estados Unidos y otros países, dondequiera podía obtenerlas el gobierno republicano.

En Levante se afirmó la resistencia gubernamental. Valencia se hallaba protegida en el Norte por la Sierra de Espadán y por excelentes fortificaciones construidas por los republicanos en esas anfractuosidades, entre Viver y la costa. Persuadidos, gracias a la tenaz oposición de las fuerzas antifascistas, de que no podrían abrirse paso a través de las posiciones inasaltables que defendían Sagunto, los italianos iniciaron una nueva ofensiva el 15 de julio, desde Teruel, con Valencia como objetivo.

Constituían las fuerzas facciosas las divisiones de Littorio, 23 de marzo y la mixta de Flechas Azules, mandada por oficialidad italiana. El enemigo atacó con desmesurada fuerza artillera (unos 600 cañones) y cerca de 400 aeroplanos. Las fuerzas italofranquistas ascendían a unos 80.000 hombres.

El ataque insurgente rompió con el ímpetu habitual. Una a una se fueron derrumbando las primeras posiciones republicanas, si bien el enemigo no dejase de tropezar con heroica resistencia en algunos puntos, como en Mora de Rubielos.

Viver

Centenares de aviones habían pulverizado los pueblos en la ruta de Teruel a Valencia. El 18, sin embargo, llegaron las columnas italianas ante las fortificaciones que defendían Viver. Los ingenieros republicanos habían construido fuertes solidísimos, algunos capaces de aguantar bombas de 500 kilos. Estas obras militares enfilaban todos los accesos que pudieran utilizar las tropas facciosas en el avance sobre Valencia.

Los italianos, que probablemente habían dado por vencida la resistencia republicana y se veían ya en Valencia, se precipitaron sobre las fortificaciones. Comenzó entonces la más considerable matanza en combate de toda la guerra. Según iban surgiendo los fascistas, las ametralladoras gubernamentales los segaban literalmente.

Los nacionalistas —escribe un testigo inglés— emplazaron la artillería y comenzaron a batir las defensas con intensidad que recordaba a la gran guerra. Difícil es saber cuántos proyectiles caían por minuto sobre las fortificaciones; y cuando cesaba el fuego artillero aparecían los aeroplanos de bombardeo, descargaban y regresaban por más bombas, que volvían a descargar. Parecía imposible que alguien viviese en aquellas colinas. Sin embargo, en cuanto concluía el infernal ataque aéreo y artillero, y los nacionalistas trataban de avanzar hacia las fortificaciones, las ametralladoras republicanas volvían a escupir fuego furiosamente desde las ruinas. Luego, más horas de castigo, más bombas. Los aparatos insurgentes de bombardeo podían volar tan bajo como se les antojase, dado que el gobierno no poseía cañones antiaéreos en el sector. Buckley, Ibídem, cap. XLII, p. 379.

En fin, el 25 los republicanos continuaban resistiendo en Viver. En ocho días había sufrido el enemigo de 15.000 a 20.000 bajas; la matanza, como hemos dicho, más considerable de toda la guerra; tantas pérdidas como tuvieron, juntos, los ejércitos de Wellington y Blücher en Waterloo.

Cualesquiera que fueran los planes del enemigo ante la insuperable defensa antifascista en el sector de Viver, una nueva ofensiva republicana en el Ebro le forzó definitivamente a renunciar a la conquista de Valencia y a suspender operaciones ofensivas en Extremadura.

Ofensiva republicana del Ebro

En la madrugada del 25 de julio pasaban las primeras unidades del ejército republicano el caudaloso río aragonés, tramos abajo de su confluencia con el Segre. La ofensiva cogió desprevenidos a los insurgentes. Los republicanos penetraron las líneas enemigas 45 kilómetros e hicieron gran número de prisioneros, principalmente moros e italianos; al quinto día habían reconquistado un área de 700 kilómetros cuadrados y ensanchado la cabeza de puente en una extensión de treinta y dos kilómetros.

Las fuerzas gubernamentales realizaron prodigios en estas operaciones del Ebro. En pocas jornadas cruzaron el río más de 50.000 hombres, con material, incluidas 200 piezas de artillería, y aprovisionamiento general. Los incesantes ataques de la aviación enemiga sobre posiciones y fuerzas desprovistas de defensas antiaéreas complicaban dramáticamente los movimientos de las tropas y los trabajos de los ingenieros. De añadidura, los facciosos abrieron algunos diques y la crecida arrastró en ocasiones los puentes improvisados, que los republicanos reconstruían con pasmosa celeridad.

Pero era evidente que luego que se entablase batalla en la zona occidental del Ebro, la superioridad del armamento enemigo había de destruir las ventajas alcanzadas por los republicanos mediante la audacia y la sorpresa. En tales condiciones se acentuaba la situación de inferioridad estratégica del ejército gubernamental, aislado prácticamente en territorio básico del enemigo y solo ligado al republicano por un puente de ferrocarril próximo a Mora de Ebro.

El ejército de la República atestiguó sus excelentes cualidades en una lucha desigual que duró cerca de cuatro meses. El 15 de noviembre pasaron las últimas unidades republicanas a la orilla oriental.

El corresponsal de la Agencia Stefani en Zaragoza hizo público el 8 de agosto el apoyo recibido por los insurgentes de la aviación italiana en los días críticos de la batalla del Ebro. Del 25 de julio al 5 de agosto los aeroplanos legionarios intervinieron en 1.672 combates, con un total de 2.817 horas de vuelo; arrojaron 462 toneladas de explosivos. El número total de aviones usados, 541.

Madrid, Teruel, Sagunto, Viver y el Ebro habían probado que la República tenía un Ejército y que algunas de las unidades de este ejército eran formidables, habida cuenta de la parvedad de medios materiales. Como en toda guerra-revolución, una parte del mando militar republicano recaía en figuras populares, soldados formados en la lucha, pequeños Cromwells, hasta poco antes entregados a su oscura profesión y —algunos— a su Biblia marxista, y que no hubieran creido, si se les hubiera dicho, que un día mandarían cuerpos de ejército.

De este linaje de soldados eran Juan Modesto, obrero de la madera, jefe del ejército que realizó la operación del Ebro; Enrique Líster, cantero, que alcanzó particular distinción en Teruel, defendió a Tortosa y encabezó el 5º Cuerpo de Ejército en el Ebro; Valentín González, el Campesino, muy inferior a Modesto y a Líster, pero que se había distinguido en Guadalajara y había contenido al enemigo una semana en Lérida; Cipriano Mera, obrero manual también, jefe de una división en el sector de Guadalajara; Tagüeña, universitario, que detuvo en Cherta con media división durante dos semanas a la división de Littorio, provista de abundante artillería y aviación; y en suma, tantos otros como Medina, mano derecha del Campesino, menos conocidos y a las órdenes de los jefes populares y profesionales.

Todos estos soldados de la República procedían de las primeras milicias, no de las academias, y aunque algunos revalidaran su derecho al mando con algunos estudios, dependían, en el orden técnico, de los jefes y oficiales del antiguo Ejército. Pero, a su vez, en general, los militares profesionales eran tributarios, en punto al mando, de esos soldados de generación espontánea. A estos les faltaba preparación técnica, a aquellos el empuje y don de mando necesarios en circunstancias revolucionarias.

El más ilustre de los profesionales era don Vicente Rojo, comandante al comenzar la guerra, el más competente y estudioso de los militares que sirvieron a la República en su hora más crítica. Rojo había sido profesor en la Academia de Infantería de Toledo, y en la guerra civil llegó a general y a la Jefatura del Estado Mayor. En rigor, ambas plantillas, la de jefes improvisados y la de profesionales, se complementaban, poniendo una la moral y la energía y la otra la inteligencia técnica.

Pero el Ejército popular se resintió siempre, como toda la guerra en el bando democrático, de un defecto radical. Al principio, cada partido fundó su milicia, y cada milicia constituía el brazo armado de un partido o una organización sindical. Al transformarse las milicias en el nuevo Ejército, la subsistencia de los partidos políticos, cada cual plantado en su posición partidista de los viejos tiempos, como si no hubiera pasado nada, tenía que reflejarse, por manera perturbadora, en las fuerzas armadas.

Aunque ya no existían unidades comunistas, socialistas, republicanas, anarquistas, etc., los jefes, los populares y los profesionales, no habían perdido su neta significación política; la mayor parte eran hombres de partido, que atisbaban de soslayo la contienda política en que siempre estaban enzarzados los partidos en retaguardia. Cada oficial, cada soldado, tenía en el bolsillo su carnet de afiliado a una organización política o sindical. Por su parte, los políticos partidistas también estaban atentos, con extremado celo, al sesgo político del Ejército.

Imbuidos en la necesidad de no perder la paz, los partidos políticos contribuían en no escasa medida a que la República perdiera la guerra. La filiación política de los jefes del Ejército, singularmente la de los populares, era tan ostensible, que en cierto modo ninguno podía triunfar o fracasar sin implicar automáticamente a su partido en la victoria o en la derrota personal. Consecuentemente, ninguno podía ascender sin disgusto o sospecha de sus émulos, que veían en ello medro político o aumento de la influencia de partido.

El ascenso de Líster, comunista, a teniente coronel, como premio a su brillante intervención en la batalla de Teruel, fue seguido días más tarde del ascenso de Mera, anarquista, al mismo grado.

Todo eso era absurdo, pero probablemente difícil de evitar en una guerra-revolución que dependía del humor de los partidos políticos, cosa rara vez vista en la historia, al menos en la historia de las revoluciones triunfantes.

Hay pues que maravillarse de que en tales condiciones llegase a tener la República un Ejército disciplinado y eficiente. Ello habla muy alto a favor de la capacidad del pueblo español para construir en las circunstancias más adversas.

Pasemos ahora a ocuparnos de otro asunto, no menos atravesado en la senda de la victoria republicana.

La perturbación separatista

El 17-VIII-1938 habían suscitado los nacionalistas vascos y catalanes una nueva crisis ministerial, abandonando el gobierno de la República el señor Ayguadé, ministro de Trabajo, y el señor Irujo, ministro sin cartera. El motivo fue la promulgación por el gobierno de tres decretos, dos relacionados con Hacienda y el tercero con Justicia. Con estas medidas se proponía el gobierno de la República sustraer a la jurisdicción de los poderes regionales facultades, atribuciones u organismos de la competencia del Estado.

El ministerio Negrín siguió su marcha con la incorporación de nuevos nombres: Don Tomás Bilbao, de Acción Nacionalista Vasca; Paulino Gómez, socialista vasco, y Moix, del Partido Socialista Unificado de Cataluña.

No era la primera vez en la guerra que el gobierno de la República entraba en colisión con los gobiernos autónomos del País Vasco y Cataluña. Antes bien, el conflicto jurisdiccional no dejó de existir un solo instante desde que fueron promulgados los Estatutos. Pero los nacionalistas catalanes y vascos se lucraron del desconcierto reinante y de la agonía republicana para repudiar, primero en la práctica, luego en la práctica y en la teoría, los Estatutos autonómicos.

El 25-VII-1936 apareció un decreto del poder regional catalán por virtud del cual se extendía la jurisdicción del Rector de la Universidad Autónoma de Cataluña (hasta entonces Universidad Autónoma de Barcelona) a la Segunda Enseñanza, de competencia del gobierno nacional. La Universidad pasaba bajo la jurisdicción directa del Consejo de Cultura de la Generalidad y del Consejo directivo desaparecían los representantes del gobierno de la República.

Por otro decreto la Generalidad disolvía las Juntas de Obras del Puerto de Barcelona y Tarragona, en las cuales había tenido delegación el gobierno nacional.

Otra medida inmediata de la Generalidad fue el decreto de 20 de agosto por el que se traspasaban al Departamento catalán de Gobernación todas las funciones de la delegación nacional de la República en Cataluña. Aduanas, pasaportes, etc., eran desde ahora de competencia de la Generalidad.

El Boletín Oficial de la Generalidad se convirtió en Diario Oficial, y solo las disposiciones aparecidas en esta publicación debían ser obedecidas y cumplidas por los catalanes.

Creó la Generalidad una escolta para el Presidente de Cataluña, quien trocaba el tratamiento de Honorable por el de Excelencia; y el 15 de octubre de arrogó el Presidente de Cataluña la facultad de indultar, derecho privativo del jefe del Estado.

A fines de agosto, la Generalidad dirigió al gobierno nacional la triple urgente demanda de un crédito de cincuenta millones de pesetas para cubrir los gastos de la guerra en Aragón y Mallorca, otro de treinta millones de francos, en París, para adquirir materias primas, y autorización del Centro de Contratación de Moneda para obtener cien millones de pesetas en divisas.

El gobierno de la República concedió todo ello, con algunas modificaciones, el 8 de septiembre.

El 22 de agosto, el ministerio de Hacienda de la República solicitó de la Generalidad contribuyese con 373.176.000 pesetas oro y 1.060.000 pesetas plata al fondo de reservas metálicas de la nación. El gobierno de la nación manifestaba el designio de concentrar el oro y la plata en Madrid para impedir la ocultación y la exportación clandestina.

La Generalidad se negó. Las negociaciones entre el gobierno de la República y Cataluña concluyeron con el aplazamiento de esta vidriosa cuestión hasta después de la guerra. Lo mismo pasó con los fondos metálicos de la región vasca.

La respuesta de la Generalidad no solo fue negativa, sino que denunciaba, además, el propósito de crear una organización financiera independiente, tendencia expresada enseguida por el nombramiento de un inspector de la Generalidad para cada sucursal del Banco de España en Cataluña. Los separatistas catalanes tramaban la creación de un sistema propio de Banca central y emisora. El 28 de agosto la Generalidad fundó el Banco de Descuento Oficial.

El 26 de septiembre Companys reconstruyó el gobierno de la Generalidad y sobre confirmar como consejero de Finanzas a Terradellas, le nombró primer consejero o jefe del gobierno autónomo. Con ello Companys pasaba a ser, de hecho, presidente de la República de Cataluña. El nuevo gobierno se asignaba atribuciones de poder soberano, incluyendo un consejero de Defensa, Sandino.

El 21 de octubre creó la Generalidad un Comisariado de Comercio Exterior, y todas las mercancías de exportación comenzaron a llevar el sello Made in Catalunya. Un mes más tarde el Comisario catalán se arrogó todas las funciones de la Cámara Oficial de Comercio y Navegación de Barcelona.

El 11 de diciembre. la Generalidad inició la emisión de billetes de Banco, con un lote de veinte millones de pesetas.

El 27 de diciembre la Generalidad fundó una Secretaría de Relaciones exteriores, aneja a la presidencia.

El nuevo sistema financiero independiente de Cataluña fue desarrollado por José Terradellas en cincuenta y ocho decretos promulgados por el Presidente de Cataluña entre el 8 y el 12 de enero de 1937. Por el decreto d e20 de noviembre, el consejero de Finanzas de la Generalidad se arrogaba plenos poderes para la unificación de las finanzas catalanas. Entre otras cosas se preveía en ese plan la nacionalización del comercio exterior.

La Generalidad —escribía Azaña— se ha alzado con todo.

Nadie, en la República, había batallado tanto y con tanto éxito como Azaña para sacar adelante la autonomía de Cataluña. Ni su pluma ni su palabra se fatigaron de proclamar la buena fe de los nacionalistas catalanes, su mesura, según Azaña, en la visión del problema de las relaciones de la región autónoma con el Estado y su coincidencia de sentimientos con los propugnadores de la autonomía no catalanes.

Esos hombres —había opinado Azaña de los autonomistas catalanes— para nosotros representan un sentido de libertad republicana y un sentido de autonomía que coincide exactamente con los programas, con las ideas y con los propósitos de nuestro partido republicano. Discurso en las Cortes, 22-X-1931. El líder de la República reconocía a poco que se había producido en España, con motivo de la discusión parlamentaria del Estatuto catalán una agitación, una propaganda, una protesta, una alarma. Discurso en las Cortes, 22-V-1932.

Justamente, vastos sectores dee la opinión pública, y no todos reaccionarios, diputaban que el Estatuto entrañaría un gran paso a la secesión. Incluso la clase media susceptible de apoyar a la República, particularmente entre los comerciantes —sin excluir a muchedumbre de catalanes— existía la convicción que detrás de las aspiraciones autonomistas se agazapaba un incoercible designio separatista.

Azaña salía al encuentro de estas voces, al parecer apasionadas, calificando tales temores de prejuicio.

La única manera de resolver el problema de Cataluña —puntualizaba Azaña— es resolverlo en sentido liberal. La clase media republicana y el proletariado eran de igual opinión. Por su parte, los nacionalistas catalanes aceptaban el Estatuto con palabras de buena fe: Por primera vez en la historia —escribía uno de ellos— hemos iniciado el camino de una acertada y justa organización política interior. Sepamos seguirla sin vacilaciones. Renovación completa política y social, y para conseguirla, cumplir sinceramente la Constitución.

En este ambiente, pensaban los republicanos, fiados de las palabras de Azaña y los nacionalistas catalanes, que estos últimos no rebasarían la autonomía ni crearían ya ningún conflicto grave a la República, régimen, que aun a riesgo de enfurecer a la oligarquía, soliviantar a la mayor parte del Ejército y concitarse la indiferencias o hostilidad de otros muchos españoles, se mostraba liberal con sus aspiraciones.

Para el hombre que más fervorosamente había luchado en España por la autonomía de Cataluña, la conducta de la Generalidad aniquilaba sus últimas ilusiones, si ya le quedaba alguna. Con este espíritu escribió Azaña la más desolada condenación de su propia obra.

El gobierno de Cataluña —subrayaba Azaña—, por su debilidad o por los fines secundarios que favorece al amparo de la guerra, es la más poderosa rémora de nuestra acción militar. La Generalidad funciona insurreccionada contra el gobierno. Mientras dicen privadamente que las cuestiones catalanistas han pasado a segundo término, que ahora nadie piensa en extremar el catalanismo, la Generalidad asalta servicios y secuestra funciones del Estado, encaminándose a una separación de hecho. Legisla en lo que no le compete, administra lo que no le pertenece. En muchos asaltos contra el Estado toman por escudo a la FAI. Se apoderan del Banco de España para que no se apodere de él la FAI. Se apoderan de las aduanas, de la policía de fronteras, de la dirección de la guerra en Cataluña, etc. Cubiertos con el miserable pretexto de impedir abusos de las sindicales para despojar al Estado, se quejan de que el Estado no les ayuda, y ellos mismos caen prisioneros de la sindical. El gobierno de Cataluña existe de nombre. Las representaciones de los sindicatos en el gobierno significan poco o nada; sus camaradas no los obedecen ni cumplen los acuerdos penosamente elaborados en consejo. Se aprobó el decreto de colectivización de la industria, como parte de una componenda, a cambio de que los sindicatos aceptaran los decretos de movilización y militarización. Se cumple el primero, pero no los otros. Cuando el gobierno de la Generalidad lanzó de una vez cincuenta y ocho decretos, cada uno de los cuales era una transgresión legal, no ha obtenido la observancia de ninguno, porque a los sindicatos no les gustan. Con eso disfrutamos la doble ganancia de entrometerse la Generalidad en lo que no le compete y una desobediencia anárquica. Ya se está viendo la repercusión en la guerra. Un país rico, populoso, trabajador, con poder industrial, está como amortizado para la intervención militar. Mientras otros se baten y mueren Cataluña hace política. En el frente no hay casi nadie. Que los rebeldes no hayan tratado de romperlo, da que pensar. Si quisieran llegarían a Lérida. A los ocho meses de la guerra, en Cataluña no han organizado una fuerza útil, después de oponerse a que la organizase y mandase el gobierno de la República... Los periódicos, e incluso los hombres de la Generalidad, hablan a diario de la revolución y de ganar la guerra. Hablan de que en ella interviene Cataluña no como provincia, sino como nación. Como nación neutral, observan algunos. Hablan de la guerra en Iberia. ¿Iberia? ¿Eso qué es? Un antiguo país del Cáucaso... Estando la guerra en Iberia puede tomarse con calma. A este paso, si ganamos, el resultado será que el Estado le deba dinero a Cataluña. Los asuntos catalanes durante la República han suscitado más que ningunos otros la hostilidad de los militares contra el régimen. Durante la guerra de Cataluña ha salido la peste de la anarquía. Cataluña ha sustraído una fuerza enorme a la resistencia contra los rebeldes y al empuje militar de la República. La velada de Benicarló, p. 101 y ss.

La situación catalana que con pincel tan cáustico pinta Azaña en las páginas transcritas perdió virulencia al instalarse el gobierno Negrín en Barcelona. Poco a poco fue el gobierno de la República recuperando las atribuciones y el poder conculcados. Y los decretos en que tomaron pie para abandonar el gobierno nacional los representantes del nacionalismo catalán y vasco cuentan entre las últimas medidas adoptadas a este fin.

Como se verá a continuación, no le fue a la zaga el nacionalismo vasco al catalán en justificar los temores de los Casandras antiautonomistas.

El improvisado gobierno vasco —escribía Azaña— hace política internacional.

En efecto, el gobierno Aguirre creó un Departamento o Dirección de Negocios Extranjeros, que confió a un miembro del Partido Nacionalista, personaje que gustaba de repetir.

Blancos y rojos son lo mismo en España. G. L. Steer, The Tree of Gernika, p. 132.

La guerra en el País Vasco

La guerra en las Provincias Vascongadas concluyó en junio de 1937. Nada había ocurrido allí que no fuese común a toda la España republicana en el primer año del conflicto armado, si bien el terror aéreo alemán alcanzó su máxima intensidad en la destrucción de Guernica, y el bloqueo marítimo creó a la población civil una situación angustiosa que solo conoció más tarde el resto de la España antifascista. En suma, heroísmo, hambre y desesperación, a ratos templada por la fe en la justicia de la propia causa.

La dirección de la guerra y la política en esta región recayó de hecho en la fuerza más conservadora, que era a la vez la más considerable: el nacionalismo vasco. Y el nacionalismo vasco, en su lucha, no ya por el Estatuto, que estaba superado en su conciencia, sino por la independencia, perdió de vista que además de una guerra aquello era una revolución nacional.

Se ofreció a los nacionalistas vascos una coyuntura excelente para comprender la historia de España y comprender a los demás españoles. Comprender, de una parte, a los españoles que llegaban de Asturias, de Santander, de Madrid, y de otra a los que atacaban desde Navarra. En fin, advertir que todos no eran lo mismo ni iguales. Mas, los nacionalistas vascos no comprendieron ni a unos ni a otros en la guerra, como no los habían comprendido ni habían querido comprenderlos, antes. Era imposible de que se persuadiesen de que estaba en juego algo más hondo y universal que su Estatuto.

Partido conservador, católico y de orden, los líderes del nacionalismo recelaron más, a todas luces, de los aliados que de los enemigos, sobre todo si aquéllos no eran vascos y estos lo eran. Obsesos con no perder respetabilidad y consagrar su fama de católicos mostraron una indulgencia con los fascistas rayana en la frivolidad.

Por ejemplo, el jefe de la censura militar era un comandante de Estado Mayor apellidado Arbex, que gritaba en un consejo convocado para examinar si Bilbao podía o no resistir: ¿Qué sentido tiene dejarse matar aquí? Arbex, naturalmente, se pasó al enemigo días más tarde, con todo lo que sabía. El jefe de Estado Mayor vasco, coronel Montaud, era también hombre franco: Nuestros campesinos, si usted quiere oír la verdad —decía— están de corazón más con el enemigo que con nosotros. Steer, p. 223.

Esta increíble tolerancia del gobierno vasco respecto de los sospechosos y los traidores manifiestos pronosticaba una catástrofe. La catástrofe se produjo al fin. El capitán vasco Goicoechea, oficial del antiguo Ejército, inspector del cinturón de fortificaciones que había de defender Bilbao metió un día los planos del cinturón en una cartera, tomó su coche para el frente y se pasó al enemigo.

La traición de Goicoechea selló a corto plazo la suerte de Bilbao.

Con todo, los líderes nacionalistas vascos no dieron importancia a la grave infidencia de Goicoechea.

Le conocíamos bien, decían. Es un buen sujeto; se llevaba muy bien con nosotros. No, no es fascista; es un vasco de corazón. En su caso no ha sido una traición vulgar; es que estaba aterrado de la pobreza de nuestros recursos cuando se marchó. Acudía con frecuencia a las oficinas del partido (Nacionalista Vasco) y pudimos convencernos de que favorecía realmente nuestra causa. G. L. Steer, The Tree of Gernika, p. 151.

La paz de Santoña

En peligro Bilbao, el gobierno vasco se trasladó a Santander, donde organizó la evacuación a Francia de una parte de la población civil vasca allí refugiada. Aguirre se instaló en una villa de Cabo Mayor.

Entre cinco y seis de la tarde del 19-VII-1937 el enemigo ocupó Bilbao. El ejército republicano se retiró hacia Santander, en buen orden, con su material. Las unidades nacionalistas vascas, formadas por unos 25.000 hombres, acamparon entre Castro-Urdiales, en la costa, y Valmaseda, al Sur. En Santander, las fuerzas republicanas sumaban otros 25.000 hombres. El material de guerra de ambos ejércitos era, como de costumbre, muy inferior en número y, en parte también, en calidad al que pudiera poner el enemigo en los nuevos combates.

La única novedad al respecto era el refuerzo de nueve monoplanos de combate rusos llegados de Madrid a Santander en vuelo directo después de la caída de Bilbao. La aviación gubernamental en el aeródromo santanderino de la Albericia se componía de dieciocho aeroplanos rusos de combate, diecisiete Gourdous de bombardeo y una colección de viejos Potezs y Breguets.

El día 14 los fascistas habían iniciado una ofensiva por el Mediodía contra Santander. Las fuerzas participantes en este ataque eran predominantemente italianas, y con su habitual abundancia de artillería y aviación rompieron pronto las líneas republicanas en el Puerto del Escudo. El día 18 las fuerzas de Franco se hallaban a medio camino entre el punto de partida y Santander. Sin embargo, tardarían aún cerca de dos meses en entrar en la capital de la Montaña.

El enemigo dirigió una de sus columnas contra las comunicaciones de Santander con Asturias por objetivo, con propósito de cortarlas en Torrelavega. En este instante, el general Gamir Ulibarri, uno de los militares republicanos más competentes, jefe de la fuerzas de la República en el Norte, ordenó a dos batallones vascos cubrir posiciones en la línea de Santander.

Por primera vez los vascos se negaron a luchar. No estaban dispuestos a dejarse matar por Santander. Ya se habían apartado demasiado de su propio país; no se moverían de donde estaban, en la frontera de Vizcaya. G. L. Steer, The Tree of Gernika, p. 380.

Más tarde llegó la orden de retirarse hacia Asturias, dada por el Estado Mayor de la República, pero el ejército nacionalista vasco, en vez de obedecer, comenzó a concentrarse en Santoña. Los nacionalistas vascos tenían otro plan. Un batallón, el de Pandura, ocupó Santoña y los demás batallones nacionalistas se repartieron Laredo y Colindres.

Los jefes del nacionalismo vasco habían decidido firmar una paz por separado con las fuerzas italianas. Juan de Ajuriaguera, presidente de la comisión ejecutiva del partido Nacionalista Vasco, había marchado a parlamentar con el general Mancini, comandante de la división italiana Flechas Azules.

Aguirre, presidente del gobierno autónomo, salía en avión para Francia.

Rezola y el resto del Departamento de Defensa llegaban a Santoña con los archivos. Supieron que en breve saldrían para Francia en unos barcos ingleses, pero antes habían de asistir a la rendición del ejército vasco.

No sin sorpresa para la mayor parte, cuantas personas civiles y militares, se habían concentrado en Santoña advirtieron que no podían marchar a Santander, ni por mar ni por tierra. Los batallones nacionalistas vascos y la comisión ejecutiva de este partido habían constituido un junta de defensa para la capitulación, habían ocupado el puerto y enfilado todas las carreteras con ametralladoras y tenían a todo el mundo en situación virtual de prisioneros.

Las condiciones de rendición suscritas por Juan de Ajuriaguera y su lugarteniente Arteche, con el general Mancini eran las siguientes:

Por parte de las tropas vascas:

  1. Deponer las armas en orden y entregar el material de guerra a las fuerzas legionarias italianas, que ocuparían la región de Santoña sin resistencia.
  2. Mantener el orden público en la zona que ocupaban.
  3. Asegurar la vida y la libertad de los presos políticos en las cárceles de Laredo y Santoña.

Por parte de las fuerzas italianas:

  1. Garantizar la vida de todos los combatientes vascos
  2. Garantizar la vida y autorizar la salida al extranjero de todas las personalidades políticas y funcionarios vascos al presente en el territorio de Santander y Santoña.
  3. Considerar a los combatientes vascos sujetos a esta capitulación libres de toda obligación de tomar nueva parte en la guerra civil
  4. Asegurar que la población vasca, leal al gobierno provisional de Euskadi no sea perseguida.

De cierto que jamás se firmó una paz por separado en condiciones de mayor deslealtad para un aliado, en este caso para las fuerzas militares y la población republicana no vascas. La injusticia sube de punto cuando se sabe que los republicanos no vascos, privados de los beneficios de esa capitulación, también lo estaban, por los nacionalistas vascos, del derecho a huir, por mar o por tierra, a Santander, o retirarse a Asturias o embarcar para el extranjero.

Entabladas las negociaciones con Mancini, los nacionalistas vascos se deshicieron de la bandera de la República e izaron en Laredo y en Santoña la suya.

Porque antes de rendirse, los vascos se habían declarado libres de ambas Españas. G. L. Steer, The Tree of Gernika, p. 386.

Pasemos por alto el incidente de que los nacionalistas vascos se habían anexado ya territorios fuera de la jurisdicción del gobierno vasco, que no significaba otra cosa arriar la bandera de la República en Santoña y sustituirla por otra nacionalista.

En el ayuntamiento de Santoña los jefes políticos y funcionarios del nacionalismo aguardaban ahora el arribo de Francia de los barcos que habían de ponerlos a cubierto de peligro.

La campaña de Santander se prolongó hasta el 26 de agosto en que los fascistas ocuparon esta capital. Corría el 24, todavía no había caído Santander, y los nacionalistas vascos esperaban aún en Santoña la llegada de los italianos. Habían tenido tiempo de marcharse todos, no ya a Francia, sino a los Estados Unidos, por ejemplo.

El 25 las tropas vascas comenzaron a manifestar descontento. Unos decían que no se fiaban de los italianos y que temían que se les forzara a luchar por Franco; otros llegaban al ayuntamiento reclamando iguales derechos que los líderes para salir de España. Los más exasperados gritaban que si no salían ellos no saldría nadie.

Por la tarde el puerto se llenó de pequeños pesqueros armados y sin armas. Los más impacientes se decidieron a embarcar. Estos barcos permanecieron en el puerto toda la noche por no autorizar la junta de defensa que se hicieran a la mar. No había prisa; la Junta creía en la palabra de honor de los italianos.

Al anochecer, los italianos habían entrado en Laredo. Un teniente coronel de esta nacionalidad llegaba al frente de las tropas en el side-car de una motocicleta, y tan pronto como ocuparon Laredo leyeron en la plaza al público las condiciones de la rendición negociada con los nacionalistas vascos. Izaron la bandera italiana y debajo, en una pared, pegaron el documento.

Al alborear el día 26 la junta de defensa en Santoña ordenó a los bous y pesqueros que se aproximaran al muelle, y a la gente, que desembarcase. Las tropas quedaron desarmadas y acuarteladas. Se sabía que los italianos entrarían por la tarde en Santoña y regularían el embarque de la gente, de acuerdo con las listas que los jefes vascos escribían en el ayuntamiento.

En efecto, hacia las cinco de la tarde, los italianos penetraban en Santoña y la junta de defensa traspasaba al coronel Fergosi la administración de la ciudad, de una ciudad en la cual ni el gobierno autónomo de Vasconia ni el Partido Nacionalista Vasco tenían jurisdicción ni súbditos. A continuación, los vascos entregaron las armas, el material de guerra y los prisioneros fascistas. Además, se encargaron de mantener el orden público en aquella zona, esto es, de que nadie se moviera.

En este momento dieron en la boca del puerto dos barcos británicos de modesto tonelaje. Habían sido enviados de Bayona, sin duda, por otros nacionalistas vascos, para evacuar a los vascos responsables. Eran el Bobie y el Seven Spray.

Al capitán del Bobie, un francés, Georges Dupuy, debemos un emocionante y puntual relato de cuanto aconteció en Santoña desde su llegada hasta el remate de la tragedia vasca. Helo aquí.

A las cuatro de la tarde del jueves —cuenta Dupuy— estábamos ante Santoña. Inseguros, naturalmente, sobre cual sería la situación de la ciudad, navegamos con tiento hacia el puerto. A las cuatro y veinte vimos pasar un pequeño remolcador. Llevaba bandera, pero la luz no impidió durante algún tiempo identificarla. Al fin nos pudimos persuadir de que era la de Euskadi. Entonces dimos marcha hacia el puerto y echamos el ancla. El puerto estaba animadísimo. Gran número de pesqueros anclados rebosaban gente. El Gazteiz, un pesquero armado, y dos o tres pequeñas embarcaciones más se unían, también llenos de gente, a los pesqueros. En el muelle se movía una multitud que amontonaba todas sus armas: fusiles, revólveres, ametralladoras, municiones, todo. Hombres armados, vascos, custodiaban el muelle y los alrededores. Otras tropas, en buen orden, llegaban por las carreteras que conducen al puerto; una vez allí eran desarmadas y se dispersaban. Salté a tierra con el capitán del Gazteiz. Gran animación en la ciudad; banderas, telas de los colores de Franco aparecían por todas partes. Casi todas las mujeres de Santoña lucían cintas y emblemas fascistas. En dos plazas había soldados italianos sentados y cantando, con las armas abandonadas al lado. Me fui para el ayuntamiento —continúa el capitán del Bobie—, que se hallaba asediado por una multitud de vascos sin armas. Dentro, el corredor y las escaleras bullían de gente, y me costó trabajo abrirme camino hasta la habitación que ocupaban los líderes nacionalistas. Esta habitación también había sido invadida por la multitud y había heridos por todas partes. Una puerta al otro extremo daba a otro cuarto lleno de heridos. Pregunté por Ajuriaguera, a quien se me había recomendado que viera primero, y me dijeron que se encontraba en Vitoria y que se le esperaba de un momento a otro.

(Dupuy —anota Steer— quedó informado de las condiciones de la rendición. Pidió instrucciones sobre el embarque de las milicias y le dijeron que estaban esperando noticias. Aunque Dupuy —añade— les aconsejó que actuaran con rapidez y enviaran los pesqueros fuera por la noche, nada hicieron y la única orden que recibió y cumplió fue la de trasladar los archivos y el equipo de radio al Bobie.

A mi vuelta —prosigue el marino francés— no noté nada extraño. Las calles y los muelles estaban abarrotados de público, pero había orden. Los italianos no parecían más agresivos que antes, y no se veían falangistas con uniforme azul. A las diez de la noche aún no había noticias. A las siete de la mañana del 27 volví al ayuntamiento y encontré allí a varios italianos, con los vascos. Los líderes no parecían controlar sus hombres como ayer. Ninguna noticia de Ajuriaguera. El ayuntamiento rodeado de soldados italianos. A todo esto, los vascos comenzaron a concentrarse en el muelle, siempre con buen orden, dispuestos a embarcar. A las nueve recibí la orden de iniciar el embarque de aquellos en posesión de un papel especial dado por los líderes, una especie de pasaporte del gobierno de Euskadi. El oficial observador del Comité de No Intervención, M. Costa e Silva, examinaba conmigo los papeles, y la tarea continuó de un modo regular en los dos barcos, el Bobie y el Seven Seas Spray. A las diez, un individuo de uniforme del ejército italiano, pero español, y con las insignias falangistas se me acercó y me dijo que interrumpiera el embarque y esperase hasta nueva orden. Le pregunté quien le había dado tales órdenes y me respondió que el coronel Fergosi, comandante de Santoña. Interrumpí el embarque, y en ese momento —hacia las diez y cuarto—, unas secciones de soldados italianos aparecieron en el muelle, rodearon a la muchedumbre de vascos que esperaban embarcar, colocaron ametralladoras en posiciones excelentemente elegidas y pusieron una guardia de doce hombres y un oficial en el puente del Bobie. Toda comunicación entre el barco y tierra quedó prohibida. Los italianos cargaron en camiones el material de guerra abandonado por los vascos. Camino de Laredo, por la carretera, vi una nutrida columna de tropas vascas desarmadas y camiones con la bandera italiana. A las dos de la tarde Silva y yo, escoltados por cuatro soldados italianos, visitamos al coronel Fergosi en el ayuntamiento. No había allí ningún líder vasco y el edificio se hallaba totalmente ocupado por italianos. El coronel Fergosi me dijo que había recibido órdenes expresas del generalísimo —Franco—, según las cuales nadie, ni vasco ni extranjero, debía abandonar Santoña. Le llamé la atención sobre el hecho de que todos los vascos que había en nuestros dos barcos estaban bajo la protección de la bandera británica y que si no podían embarcar otros, yo podría partir, al menos, con los ya embarcados, y lo mismo el Seven Seas Spray. Su respuesta fue definitiva. A nadie le está permitido salir de Santoña, y el Almirante Cervera, que vigila fuera, lo sabe. Silva insistió, pero sin éxito. Al final, a las nueve —continúa Dupuy— volví al barco. El mismo oficial español ordenó a todos los pasajeros abandonar el Bobie. Todo se hizo ordenadamente y el barco fue registrado a continuación de arriba a abajo por esta persona y otros cuatro oficiales falangistas. Después, los falangistas se cercioraron de la identidad de la tripulación del Bobie, examinaron sus papeles palabra por palabra, especialmente la de los dos oficiales maquinistas (ambos vascos) y los míos. Al clarear el sábado, vi a los vascos desembarcados la tarde anterior camino de Laredo. Otros iban en camiones con bandera italiana por carretera. No sé dónde los llevarían. Más tarde aparecieron otros vascos en dirección del muelle y se concentraron allí; los custodiaba una guardia italiana mandada por el teniente coronel Farina. También estaban allí los coroneles Fergosi y Piesch, el último encargado de los campos de concentración. En el muelle se formaron dos grupos: a un lado los vascos que habían luchado en la guerra y habían sido desarmados, al otro, los jefes políticos. Me fue permitido comunicarme con ellos y supe: —Que no había noticias de Ajuriaguera, que debía haber salido de Vitoria la tarde anterior —Que había cierta esperanza de que negociaciones en curso terminaría en una orden que permitiera embarcar a todos. Por esta razón se me pidió que demorase mi salida todo lo que pudiera. En verdad la fe y la esperanza reinaban en Santoña, al menos entre los líderes. En esto recibo la orden de desembarcar los archivos y la radio. Me resistí cuanto pude, pero sin resultado, a pesar del ardor y la nobleza de mis argumentos. Tuve que hacer el desembarco, que quedó terminado a las diez y media. Entre tanto había estado yo conversando con los coroneles Piesch y Farina. Farina, hablando francamente expresó su amargura y se mostró indignado con todo lo que estaba pasando. Es humillante —decía— ver que un general italiano no puede cumplir la promesa que ha dado, y no hay rastro en la historia que esto haya ocurrido. El coronel Piesch asentía. Hacia las once el coronel Farina ordenó al Bobie que anclara y esperase órdenes, y al Seven Seas Spray que se acercase al muelle y desembarcara a los que estaban dentro. Antes de que el Bobie se apartase del muelle vi al coronel Fergosi y le pregunté, delante del coronel Farina, si los vascos eran realmente prisioneros del ejército italiano y solo del ejército italiano. Me aseguró que este era el caso y que no estaba en la intención del general Mancini entregar a los vascos, quienesquiera que fuesen, a los falangistas. Le di las gracias y le expresé mi más fervorosa esperanza de que se cumpliera la promesa. En el último instante estreché la mano de los líderes nacionalistas y les pregunté si querían algo para la presidencia. Desgraciadamente su optimismo era aún desmesurado y no pensaban enviar recado alguno. Solo me pidieron que prolongara lo más que pudiera mi estancia en Santoña, pues esperaban que las conversaciones llegarían a buen resultado. A mediodía estábamos quietos donde anclamos. Después allí pudimos divisar la carretera de Laredo, llena de columnas de hombres, y de cuando en cuando filas de camiones con la bandera italiana. A las nueve de la noche un oficial italiano, acompañado de cuatro falangistas, también oficiales, vinieron a bordo para darnos la orden de marcha. Nuevo registro del barco, y a las diez rompíamos para alta mar... La noche transcurrió sin incidentes, salvo la aparición sobre cubierta de seis hombres que se habían escondido en la maquinaria. A la mañana siguiente estábamos en Bayona.

Recapitulación

Al cerrar el año 1938, la República había exigido ya al pueblo español aun no oprimido por los insurgentes, sacrificios de tal naturaleza, que solo a muchedumbres harto advertidas de lo que se dilucidaba en su lucha con fuerzas de la reacción fascista, las propias y las internacionales, les era dable conllevarlos. Sobre las espaldas del pueblo español cayó todo el peso del conflicto de clases y naciones latente en el mundo.

La guerra civil universal y la guerra internacional habían elegido a España por teatro de su prolegómeno, y en el campo español chocaban intereses poderosos e innumerables. Los republicanos españoles pagaban por todo; pagaban por su resistencia a Franco y pagaban por su oposición al expansionismo imperialista de Alemania e Italia.

En general, las masas europeas y americanas eran incapaces de discernir los sufrimientos del pueblo español más que en cuanto calamidad de la que ellas escapaban y de la que se proponían seguir escapando, costase lo que costase a otros.

En aquel sobrecogimiento moral de Occidente, los republicanos españoles eran el emblema de la abnegación. Si el pueblo español no hubiese tenido conciencia de que agonizaba por intereses más altos que su propia libertad, no hubiera podido rayar a tal altura. De esa persuasión universalista, le nacían al pueblo español los bríos para perseverar en la lucha. Y no era otro el secreto de la grandeza moral de Madrid.

Si los insurgentes no hubiesen pertenecido a clases sociales podridas y sin honor se habrían afrentado de estar dos años y medio a las puertas de Madrid, impotentes antes sus muros, máxime contando con innúmeras fuerzas extranjeras y sobre exceso de material de guerra modernísimo. Jamás sufrió una oligarquía degenerada y soberbia tan grande humillación.

Al cabo de medio lustro de asedio, el corazón de Madrid no había cambiado; era el mismo de julio y noviembre de 1936. Bombardeado por la aviación y la artillería, con la línea de fuego pegada, en el sur y en el oeste, al casco de la población, transido por el hambre y el frío y por todos los rigores capaces de hacer insufrible la vida y de quebrantar la moral de un pueblo, Madrid era el más vivo y genuino exponente de las virtudes de la raza, perennes en el alma popular española.

La escasez de alimentos, común a toda la zona republicana, era extremadamente grave en la capital de la República. No lo era menos en Barcelona, pero en Madrid el hambre estaba más equitativamente repartida que en Cataluña.

Batalla de Roncesvalles en 778. Muerte de Roldán, en las Grandes Crónicas de Francia, ilustradas por Jean Fouquet, Tours, hacia 1455-1460, .Los cuatro firmantes de los acuerdos de Múnich del 30 de septiembre de 1938: Benito Mussolini, Adolf Hitler, Édouard Daladier y Arthur Neville Chamberlain. Este hecho —procedente del exterior—fue determinante para la derrota de la República

A los treinta meses de guerra, y yendo cada día peor las cosas para él, el pueblo, en los dominios de la República, no se concebía vencido. Podía flaquear el cuerpo, pero no flaqueaba el espíritu. No estaba libre el soldado republicano de la desesperanzadora influencia de las privaciones que padecía, y no era la menor la del armamento. Tampoco podían dejar de impresionarle la privaciones que sufría la familia en la retaguardia.

Este soldado formaría parte de una de las unidades de choque del Ejército republicano o se hallaría incluido en una de las menos eficientes. En cualquier caso su corazón estaba con la República.

La adversidad no logró modificar un sentimiento en el pueblo que desde el primer día probó a los facciosos, por si se habían forjado otra ilusión, que las clases populares jamás les amarían.

Cuando la 43 división se retiró por los Pirineos a Francia, las autoridades francesas anunciaron a estas tropas que quedaban en libertad para pasarse al enemigo o seguir luchando bajo la bandera republicana. De 4.000 soldados solo 168 se fueron con los insurgentes.

El pueblo español se mantenía fiel a su República; y en una Europa satisfecha, que ponía su paz precaria y sus pequeñas expansiones por encima de deberes universales inexcusables, la proeza de los republicanos españoles constituía la esperanza de los generosos y los inteligentes. Pero esa misma gesta era continuo reproche y estorbo enojoso para los egoístas y una pesadilla para los reaccionarios. Los egoístas y los cínicos antes que admirar la esplendida resistencia republicana la deploraban.

Temían que si no se sofocaba pronto la hoguera española acabaría por extenderse a toda Europa y los abrasaría a ellos. Les urgía, pues, la destrucción de la República española en beneficio —pensaban— de la paz. Los reaccionarios de prosapia iban más lejos. Estos ansiaban la victoria del fascismo en España, y hubieran abierto las puertas de su nación al enemigo —como hicieron en Francia— si esa era la condición de la ruina de la libertad en Europa.

Ofensiva italiana en Cataluña

La campaña del Ebro había engolfado al enemigo durante cuatro meses, lo cual valía por una gran victoria republicana; pero Franco, como a raíz de la lucha por Teruel, estaba en condiciones de empalmar a la contraofensiva del Ebro una nueva ofensiva tan irresistible como la de principios de 1938. El gobierno republicano, en cambio, no podía reemplazar las pérdidas de material sufridas en los últimos combates.

En junio habían vuelto a cerrar los franceses la frontera a toda entrada de armamento para la República española.

El embajador inglés en Roma, comunicaba al conde de Ciano el 26 de julio d e1938 que Franco había expresado su satisfacción al gobierno británico por el cierre de la frontera francoespañola, que se había demostrado cerrada a cal y canto. Ciano´s Diplomatic papers, p. 229.

De las encarnizadas operaciones del Ebro, el ejército democrático salvó cuanto podía salvarse, porque la retirada al margen occidental, en noviembre, fue una operación brillante en extremo, llevada a cabo con impecable destreza. Mas las tropas y las máquinas de la República se resentían del tremendo esfuerzo realizado.

Al propio tiempo el bloqueo que aprisionaba a la España antifascista era a la sazón más absoluto que nunca. La situación de nuevo, no podía ser más difícil para la República. Bien lo percibía el Gobierno, advertido de la concentración de fuerzas insurgentes en el frente catalán, una amenaza que Negrín denunció en palabras que dirigió al Ejército el 11 de diciembre. La batalla de Cataluña iba a comenzar de un momento a otro.

Debía de haber roto el 15 de diciembre, pero el tiempo, sobremanera revuelto, obligó al mando rebelde a aplazar la ofensiva. El 23, imponentes bombardeos aéreos y artilleros contra las líneas republicanas preludiaron el gran ataque. El enemigo pasó el Segre al sur de Lérida con inesperada facilidad, y esta brecha puso en seguida en peligro a Cataluña.

Operaban aquí las fuerzas mejor armadas del ejército fascista, los italianos. Los republicanos tuvieron que evacuar la orilla del Segre en buen espacio para no ser sorprendidos por el flanco, y entonces comenzó el enemigo a rebasar una posición tras otra sin hallar apenas resistencia. El alto mando republicano echó mano inmediatamente de las reservas, ordenando al 5º Cuerpo de Ejército, mandado por Líster, que contuviera el avance insurgente a toda costa.

Durante nueve días, los italianos —cabeza del ejército atacante— se estrellaron contra la contumaz oposición republicana en las montañas delante de Castelldans. Pero una fuerte columna enemiga se abrió paso hacia Borja Blancas (en la carretera de Lérida a Tarragona), y el 4 de enero la República perdió este importante centro de comunicaciones.

El 5 de enero anotaba el conde de Ciano en su Diario: Buenas noticias de España. El único peligro en perspectiva es la posible intervención de los franceses en gran escala por los Pirineos. Ya hay rumores de esto. Para evitar semejante amenaza e informado a Londres y a Berlín que si se mueven los franceses acabará la política de No Intervención. También nosotros enviaremos nuestras divisiones de tropas regulares. Quiere decirse que haremos la guerra a Francia en territorio español. He pedido a los alemanes que den una nota sobre la correspondencia diplomática apoyando nuestra tesis. (p. 5).

Al día siguiente, 6 de enero, escribía el conde Ciano en el mismo Diario.

Calma en España. Gambara dispone sus fuerzas para reanudar mañana el ataque. Esta noche hablé con el jefe de la Comisión económica española que ha llegado a Roma para negociar un tratado comercial. (p. 6.).

Entrada del 8 de enero en el Diario.

El señor Aunós ha traído al Duce un mensaje de Franco, en el que se resume la situación y se confirma que la victoria es inminente. El Duce agradeció mucho el mensaje, y lo elogió por la forma en que estaba redactado, definiéndolo como el informe de un subordinado. (p. 8.).

El 9 de enero anotaba el ministro italiano en su Diario.

El Duce ha contestado a Franco con una carta cordial, recomendándole que proceda con cautela hasta que haya terminado virtualmente la guerra, sin aceptar compromisos ni mediaciones de ninguna clase. Asimismo, en punto a la restauración de la monarquía, sugiere el Duce que Franco vaya despacio. Prefiere una España unida y pacificada bajo el caudillo, cabeza del país y del partido. Para Franco será fácil gobernar después de haber triunfado por entero militarmente. El prestigio de un jefe victorioso en la guerra jamás se discute. (pp. 8 y 9.).

El enemigo pudo ya desarrollar sus planes tácticos sin graves contratiempos, aunque había batallones republicanos que se batían con insuperable heroísmo. El Ejército democrático se desconcertaba, sin embargo, ante el avasallador y mortífero despliegue de máquinas que en tierra y en el aire hacían los fascistas.

Intentó el alto mando de la República trazar un frente desde Vendrell, en la costa, hasta el sector de Tremp, pero antes de que pudieran recogerse las fuerzas que habían de formarlo, los tanques enemigos rebasaron esta línea.

Diario del conde de Ciano.

Enero, 12, 1939. Conferencia con Lord Halifax (ministro británico de Negocios extranjeros) en el Palacio Chigi... La conversación recayó especialmente sobre España. Le repetí nuestro punto de vista y él expuso el suyo. Pero no parece muy convencido, y creo que en su fuero íntimo se alegraría de que la victoria de Franco liquidara la cuestión. (p. 10).

El 15 penetraron los italianos en Tarragona.

Diario del conde de Ciano.

Enero, 15, 1939. Las noticias del avance de las tropas en Cataluña son cada vez más alentadoras. El general Gambara ha asumido afortunadamente el papel de jefe de todas las fuerzas españolas. Enero, 16, 1939. El avance en Cataluña continúa con mayor rapidez. Ayer cayeron Reus y Tarragona; hoy, al parecer, también Cervera. A este tren, se hará también insostenible la situación en Barcelona. El Duce está convencido de ello: dice que un ejército agotado queda paralizado cuando corre. La victoria parece ya cierta. Por esta razón no permitiremos que intervengan los franceses. Esta mañana vi a Lord Perth (el embajador británico), y le hablé de esta suerte: Le advierto a usted que si los franceses intervienen con elementos importantes a favor de los rojos de Barcelona, atacaremos a Valencia. Están listos para embarcar a la primera señal treinta batallones completamente equipados. Lo haríamos, aunque ello provocase una guerra europea. Por tanto, le ruego recomiende a los franceses que se conduzcan con moderación y observen el sentido de la responsabilidad que la situación reclama. (p. 13.).

En el ínterim Barcelona se desplomaba moralmente. La aviación italoalemana bombardeaba la ciudad como en marzo del año anterior, a mansalva. Desorganizados los transportes e inutilizado el puerto por los bombardeos aéreos, el problema del abastecimiento de la ciudad se agravó por modo irremediable en unos días.

El barullo político, que nunca cesó; la acción corrosiva del separatismo, las luchas personales y de los partidos, que se reflejaban incluso en el acaparamiento de las provisiones por organismos partidistas, agudizaban el malestar público. Las privaciones de todo linaje, el largo sufrimiento, y sobre todo, la súbita disipación de la esperanza de contener al enemigo en las montañas, se coligaron para anunciar el fin de la resistencia republicana en Cataluña.

Entre el 20 y el 22 de enero Barcelona padeció quince ataques aéreos; entre el 24 y el 25, dieciocho.

Gran parte de la población civil de la capital catalana y de otros innumerables lugares ocupados o amenazados por los insurgentes estaba ya en las carreteras, en carros, a pie, embarazada con sus humildes enseres, hombres, mujeres y niños camino de Francia. Un ejército de fugitivos anunciaba uno de los éxodos más patéticos de la historia moderna. Ciertamente, esta multitudinosa huída entrañaba la lección moral de un plebiscito; el pueblo español prefería expatriarse a soportar el infame gobierno de los facciosos.

El 26 los insurgentes ocupaban Barcelona y el Ejército republicano se batía en retirada, con más orden del que pudiera esperarse (con un orden que no observó el Ejército francés en su retirada de 1940), hacia la frontera.

Diario del conde de Ciano.

—Enero, 16, 1939. El Duce espera con inquietud recibir noticia de la ocupación de Barcelona. Me telefonea a menudo, porque teme que se repita lo que ocurrió en Madrid; yo tengo confianza. Nuestros voluntarios están venciendo la resistencia final de la División Líster. Barcelona está ya a su alcance. La empresa ha sido durísima y se desviven por llegar. (pp. 15 y 16.) —Enero, 26, 1939. Me encontraba en el club de golf cuando llegó la noticia de que había caído Barcelona. Se lo comuniqué al Duce en Terminillo, y me puse de acuerdo con Starace (secretario del partido fascista) sobre la celebración del acontecimiento en toda Italia. Solo había que fijar el día; no hace falta animar a la gente, pues los italianos se muestran espontáneamente entusiasmados con la noticia. También el Duce estaba profundamente emocionado, a pesar de que siempre le gusta aparecer imperturbablemente tranquilo. Pero tiene buenos motivos para estar realmente satisfecho, porque la victoria de España lleva un solo nombre, el nombre de Mussolini, que hizo la campaña con bravura, firmemente, incluso cuando mucha gente que ahora le aplaude estaba contra él. (p. 16.) —Enero, 27, 1939. El ministro griego nos felicitó por la toma de Barcelona. (p. 17.) —Enero, 29, 1939. Nada interesante, salvo buenas noticias de Gambara sobre su nuevo avance hacia los Pirineos. Hemos bombardeado y destruido veinticuatro baterías y un aeroplano que estaba a punto de despegar. —Febrero, 1, 1939. Ha vuelto Muti (general italiano en España). La cosa marcha extremadamente bien. Pidió refuerzos y armamentos para el golpe final a Valencia y a Madrid. Decidimos dárselos.. (p. 20.) —Febrero, 4, 1939. Cuando me encontraba jugando al golf recibí un telegrama de Gambara anunciándome la ocupación de Gerona por la División Littorio. Ya está Cataluña completamente ocupada, y resta solamente el golpe final en el centro. A tal fin comenzaremos inmediatamente a organizar nuestras fuerzas en España, que de nuevo tienen que asumir el papel de arrastrar consigo a los (fascistas) españoles. (p. 22.).

La ofensiva que culminaba en la conquista de Cataluña por los fascistas había sido una operación italiana y como tal debe quedar en la historia. En contraste elocuente, todas las fuerzas del Ejército republicano eran españolas, pues en octubre había licenciado el gobierno a las Brigadas Internacionales.

Las unidades italianas constituían el núcleo principal y decisivo del ejército fascista que atacó a Cataluña, y el general que se distinguió en la campaña fue, asimismo, un italiano, Gambara. Desde el Segre hasta Gerona donde para disimular con los franceses, —los italianos dejaron de combatir— fueron las fuerzas italianas las que arrollaron al Ejército republicano. Las unidades puramente españolas inquietaron menos al mando del Ejército popular. Su movilidad era menor, sin duda por no disponer de tan gran número de armas automáticas y máquina ligeras.

Apoyándose en las montañas de Valls, los republicanos contuvieron, quebrantándolas visiblemente, a las tropas españolas de Franco, que no pudieron desalojarlos de sus posiciones. Algo parecido aconteció durante algún tiempo en el sector Tremp-Balaguer. Solo la abundancia de personal y material italianos despejó para los fascistas la ruta de Tarragona, en la que, como hemos dicho, fueron los expedicionarios de Mussolini los primeros en entrar.

Gambara mandaba 40.000 infantes y 15.000 o 20.000 hombres más, unos al servicio de las máquinas y otros en calidad de reserva. Estas fuerzas se agrupaban en las divisiones Littorio, 9 de Marzo, Flechas Verdes, Flechas Azules y Flechas Negras, las tres últimas mixtas, con elementos españoles, bien que en minoría. Eran unidades móviles, provistas en cantidad desapoderada de fusiles automáticos, ametralladoras, artillería ligera y tanques. La artillería ligera ascendía a unos 400 cañones italianos, y la gruesa se cifraba en cerca de 100 piezas alemanas. Los tanques ligeros italianos sumaban alrededor de 200, y los Mercedes alemanes también figuraban en abundante número.

Añádase a estas fuerzas italianas —para completar el censo del ejército atacante— la Legión Cóndor alemana, en el aire, varias divisiones de moros, una división de Requetés y una tropa de aventureros fascistas de diversas naciones.

Las tropas republicanas de Cataluña sumaban unos 120.000 hombres y el número de fusiles que poseían no pasaba de 37.000. Al comenzar la ofensiva, los republicanos solo disponían, desde Lérida a la costa, de sesenta piezas de artillería, y de ellas la mitad en malas condiciones. En el sector de Valls se registraban una o dos ametralladoras por batallón y veintiocho cañones para todo el Cuerpo de ejército. Los republicanos carecían casi en absoluto de cañones antitanques y artillería pesada; y en el aire los fascistas podían poner entre diez y veinte aeroplanos por uno del gobierno.

No obstante, en ese momento más de un puerto francés rebosaba material de guerra de todo género propiedad de la República española, la última remesa de armamento adquirido por el gobierno español en la Unión Soviética. La última y la más considerable, al punto de representar una cantidad de material de guerra superior a cuanto hasta entonces había servido el gobierno ruso a la República española.

Se incluían en este envío más de 500 aeroplanos y treinta lanchas torpederas. Si el gobierno francés, en vez de haberlo paralizado, hubiese permitido el tránsito de tan importantes elementos de combate en septiembre, antes de que comenzara la ofensiva contra Cataluña, el Ejército republicano hubiera estado mejor equipado que nunca. Pero cuantas gestiones llevó a cabo el gobierno republicano para entrar en posesión efectiva de las armas rusas, a las que se unían otras adquiridas en distintos países, fracasaron.

Al fin, el gobierno francés, preocupado por el avance italiano en Cataluña, atendió los angustiosos ruegos de los representantes de la República española y parte de aquel armamento comenzó a pasar la frontera. Mas ya no podía variar el curso de los acontecimientos. Era demasiado tarde. Tanto, que algunos cargamentos cayeron en poder del enemigo antes de que hubieran tenido tiempo los republicanos de proceder a desembalarlos.

El Éxodo

La pérdida de Cataluña enfrentó al gobierno republicano con una situación pavorosa en la frontera. Pronto se apiñó ante la raya de Francia una multitud inmensa de fugitivos en la que predominaban las mujeres y los niños, muchedumbre extenuada, presa de un terror pánico fomentado, en parte, por la aviación italoalemana, que venía ametrallando y bombardeando a esta masas desde Barcelona, y a no pocos desde Borjas Blancas, y en parte por la intimidante perspectiva de caer en manos de los fascistas.

Los primeros refugiados españoles fueron relativamente bien recibidos en los tres puntos de entrada: Cèrbere, Le Perthus y Bourg Madame. Pero el 28 de enero cerraron los franceses la frontera y devolvieron a los soldados al territorio español, decisión que aplicaban a los heridos inclusive, si bien no iban en camilla. Comenzaron entonces a verse escenas de un patetismo escalofriante. La Guardia Móvil conducía sin piedad hacia la frontera, bajo una lluvia torrencial, a grupos de soldados que caminaban penosamente, algunos con heridas gangrenadas, hambrientos, empapados hasta los huesos.

El 30 los fugitivos españoles que pugnaban por abrirse paso en Francia sumaban unos 10.000. Miles de ancianos, mujeres y niños que se habían calado en la marcha por las montañas a pie pasaron la noche del 30 al 31 a la intemperie, con un tiempo de helada.

Volvieron los franceses a abrir la frontera, y el 31 se contaban en aquellos lugares alrededor de 35.000 fugitivos; y por todos los caminos, por montes y carreteras, descendían interminables filas de gentes desfallecidas. El 2 de febrero habría en la región fronteriza unas 45.000 almas pidiendo entrada en Francia.

Los franceses reforzaron la guardia con senegaleses, que prohibían a la población francesa socorrer a los refugiados. El 3, la aviación italoalemana bombardeó cobardemente Figueras, cuando mayor era la afluencia de refugiados en las calles; entre muertos y heridos las víctimas se acercaron al millar. El 5 entraron los italianos en Gerona, y 60.000 fugitivos más huyeron a Figueras, y de allí a la frontera.

El ejército republicano, exceptuadas las unidades que cubrían la retirada, se fue retirando a Francia por Le Perthus y entraba formado en divisiones de 5.000 hombres que, al pisar tierra francesa, eran conducidos por gendarmes, guardias móviles y tropas senegalesas a varios campos de concentración, principalmente el de Argelés, una extensión de arena acotada por alambradas con púas. En estos campos recibían a los soldados republicanos otros senegaleses con la bayoneta calada y spahis con los sables en alto. Los españoles recibían trato de prisioneros de guerra.

El 14 de febrero había en el campo de Saint-Ciprien unos 60.000 refugiados, hombres, mujeres y niños en abigarrada promiscuidad. En el campo de soldados de Argelés estaban concentrados alrededor d e70.000 hombres.

En aquellas condiciones, las naturalezas quebrantadas por los años de privaciones, sucumbían. Tras largos días a la intemperie, sin alimentación ni cuidados, los ancianos, los niños, los enfermos, los heridos graves no resistían la prueba. En una sola noche expiraron en La Junquera doce niños. Otros se acababan en las carreteras o debajo de un árbol, en los brazos de su madre, como Ismael, en la Biblia, se moría en el regazo de Agar. En el campo de Argelés se registraban unas diez muertes diarias.

En las arenas de Argelés, Saint-Ciprien y Prat de Mollo dejaron tirados al profesor, al militar, al médico, al artista, al obrero, al poeta, al héroe, a la flor del espíritu y del pensamiento y la juventud liberal de España. Sin agua potable, sin alimentos —pasaron semanas antes de que los refugiados pudieran apaciguar el hambre—, sobre un suelo sobre el que se filtraba el agua del mar, cegados por la arena de las dunas, los republicanos españoles poblaron estas playas inolvidables. Como hemos dicho, muchos por poco tiempo, porque Caronte llenaba todos los días su barca. Bien pudo colgarse de una de las alambradas el aviso de Dante.

Per me si va nella Cittá dolente; / Per me si va nell eterno dolore; / Per me si va tra la perduta gente. Infierno, canto III, v. I.

El gobierno republicano busca la paz

El gobierno republicano permaneció junto al ejército de Cataluña hasta que se verificó por completo la retirada. Luego se pasaron las últimas unidades, el gobierno se dirigió a Toulouse, desde donde se proponía trasladarse a las regiones españolas aun regidas por la República. El jefe del Estado, don Manuel Azaña, pasó a Francia también y halló residencia temporal en la embajada de España en París.

En los días que estuvieron en la zona fronteriza, le presidente del Consejo español y los ministros que le acompañaban no solo se vieron embargados por los tremendo problemas derivados del éxodo de la población civil y la retirada del Ejército. El porvenir de la República y de España se hallaba comprometido como jamás, y sin duda se imponía en el ánimo de los gobernantes republicanos el dramatismo de la situación general con más fuerza que insólitos acontecimientos a que asistía.

Ya vimos que por múltiples caminos habían buscado los republicanos desde le primer día de la rebelión militar la paz con los insurgentes. Emisarios sinnúmero del presidente de la República se afanaron por entablar con los facciosos el diálogo que pudiera conducir al fin de la guerra. Raras fueron las figuras de la República que dejaron de utilizar relaciones privadas y políticas, ni de poner en juego su prestigio, para ablandar la invencible e impatriótica contumacia de los fascistas españoles. Pero en ningún momento se remontó la esperanza de alguna altura en este horizonte.

De nuevo exploraba ahora el gobierno republicano la generosidad del enemigo con proposiciones de una modestia proporcionada a la delicadísima situación de la República.

A despecho de la inaudita confusión que reinaba en la frontera, logró el ministro de Estado de la República mantener el contacto con los principales miembros del cuerpo diplomático. Expuso estos días Álvarez del Vayo al encargado de negocios británico, Mr. Stevenson, la trágica situación en que se hallarían miles de republicanos en la zona Centro-Sur, privados de los medios para abandonar España, si la derrota de Cataluña fuera seguida de análoga catástrofe, más pronto o más tarde, en el resto del territorio republicano.

El diplomático británico se declaró dispuesto a sugerir al Foreing Office la preparación de un plan para evacuar a los republicanos con ayuda de las flotas de la Gran Bretaña y Francia, tal como se había hecho con la población civil del País Vasco.

En cuanto a la paz, interesa consignar que el 1º de febrero, las Cortes reunidas en Figueras, facultaron al gobierno para que la negociara, si ello era posible, en las siguientes condiciones:

  1. Evacuación de los extranjeros al servicio de los insurgentes
  2. Libertad para que el pueblo español eligiera su propio régimen político sin injerencia exterior
  3. Ausencia de represalias

Sobre esta base, jornadas después el gobierno de la República celebró conversaciones con el encargado de Negocios británico y el embajador francés, M. Jules Henry.

El 5 de febrero, en un cambio de impresiones que el ministro español tuvo el Le Perthus con ambos diplomáticos, el representante del gobierno británico, cumpliendo instrucciones del Foreing Office, preguntó al ministro español si su gobierno admitiría la mediación británica para poner fin a la guerra en condiciones aceptables para la República.

Corolario de estas conversaciones fue la reunión al día siguiente, 6, en Agullana, donde residía de momento Negrín, del encargado de Negocios británico, el embajador francés, el jefe de gobierno español y su ministro de Estado.

Negrín aclaró a Mr. Stevenson y a M. Herry el sentido y el alcance de los tres puntos de Figueras. Hizo notar que las dos primeras condiciones habían de tenerse por puramente teóricas, visto cuanto había acontecido desde entonces, y que solo la relativa a las represiones sería mantenida a todo trance por los representantes de la República.

Para dejar de combatir, el gobierno republicano necesitaba garantías de que los republicanos no perdieran la vida ni la libertad por haber defendido a un régimen legítimo contra una rebelión. Si el poder republicano recibía tales seguridades y obtenía ayuda para situar fuera de España a aquellos ciudadanos cuya existencia en el régimen de los insurgentes sería materialmente imposible, así como una tortura moral, se trataría de ver el modo de poner fin a las hostilidades. Ahora bien —puntualizó el presidente del Consejo español—, de negarse tales garantías a los republicanos, la lucha continuaría hasta el último hombre y el último cartucho.

A continuación Negrín aludió a las posibilidades de resistencia que aun tenía la República, mencionando los elementos de combate existentes en la zona Centro-Sur en aquella medida en que podían ser divulgados, y volvió a afirmar el propósito del gobierno de no deponer las armas mientras no se le diera satisfacción en el capital extremo de la ausencia de venganza.

El encargado de Negocios británico y el embajador francés comprendieron que los republicanos no podían exigir menos de los rebeldes y se retiraron prometiendo hacer llegar a sus respectivos gobiernos el punto de vista que acababan de escuchar.

El 9 de febrero, después de presenciar en Le Perthus e paso a Francia de las últimas fuerzas republicanas, Negrín y los ministros que le acompañaban en la frontera salieron para Toulouse. En el consulado español en esta ciudad el gobierno republicano en pleno celebró consejo de ministros y tras acordar desplazarse a Madrid, según lo fueran permitiendo los medios de transporte, el jefe de Gobierno y el ministro de Estado marcharon a Alicante en un avión francés del Servicio Toulouse-Casablanca.

En esto se había desarrollado en la isla de Menorca uno de los sucesos más extraños de toda la guerra.

El extraño incidente de Menorca

Menorca, leal al gobierno republicano desde el comienzo de la lucha, se mantenía aún, firme como una roca, por la República. A las poderosas defensas militares de la isla, los republicanos habían añadido nuevas fortificaciones, trincheras, refugios, etc., trabajos en los que tomó parte toda la población. Del temple de los 43.000 españoles que habitaban a la sazón en Menorca fue constante testimonio la entereza con que aguantaron los bombardeos aéreos y las privaciones de todo linaje.

Con tales defensas y tales gentes, Menorca era inexpugnable. Su protección antiaérea dejaba poco que desear, tanto por lo que atañe a refugios como a artillería. Las incursiones aéreas de los fascistas solo habían causado veintiocho víctimas desde 1936, y en el mismo periodo los cañones antiaéreos habían derribado quince aparatos italianos. Ni los barcos de guerra de los insurgentes ni las flotas italiana ni alemana osaban acercarse a la isla. Pero dueños de Barcelona, los fascistas decidieron añadir a sus recientes conquistas esta fortaleza del Mediterráneo.

Es indudable que el jefe de la base de Menorca tenía noticia de la pérdida de Cataluña. Con todo, el propósito de defender la isla era en la guarnición y en los mandos tan resuelto como siempre. El mando supremo estaba en manos de uno de los valores militares de la República, el almirante Ubieta, quien ni siquiera se tomó la molestia de contestar a un ultimátum de los insurgentes de Mallorca.

El 9 de febrero tocó el puerto de Mahón el crucero británico Devonshire y su capitán saltó a tierra para efectuar la protocolaria visita de cortesía al gobernador de la plaza. Devolvió seguidamente la visita el almirante Ubieta, para lo que se trasladó al Devonshire. En este instante, la aviación italiana con base en Mallorca bombardeó Mahón con desacostumbrada intensidad, y en la capital menorquina estallaron disturbios promovidos por los secuaces de Franco, pocos en número.

Una vez a bordo del crucero británico, le fue comunicado al almirante republicano que se encontraba allí el conde de San Luis, gobernador fascista de Mallorca. El conde de San Luis buscaba la capitulación de Menorca.

Rechazó el almirante Ubieta la idea de parlamentar con el jefe insurgente, y se dispuso a retirarse para regresar a su puesto, máxime por estar Mahón alborotado. El capitán del Devonshire le señaló los peligros que correría desembarcando. Los ingleses se oponían a que el almirante republicano tomara de nuevo el gobierno de Menorca, Perseguían la rendición, y la situación personal de Ubieta era en la práctica la de un secuestrado.

El incidente concluyó con la capitulación de los republicanos, y el Devonshire puso a 400 a salvo en Francia.

Traslado del Gobierno a la zona Centro

El jefe del gobierno republicano y el ministro de Estado estuvieron de nuevo en territorio español en las primeras horas del 10 de febrero. Pocas veces se halló un gobernante ante perspectivas tan dramáticas como los que se le ofrecían a Negrín al reaparecer al frente de su gobierno en la zona Centro. (los demás ministros regresaron en los días subsiguientes.)

El dilema no podía ser más trágico. Perdida Cataluña, solo un milagro podía salvar la República. Por otra parte, la República no podía rendirse sin condiciones, que era la única manera de rendición que aceptaban los insurgentes. Es decir, podía hacerlo si había un gobierno irresponsable y apocado capaz de tomar tan gravísima determinación.

En febrero de 1939, reducida la República a la extremidad que conocemos, la paz dependía exclusivamente de que Franco garantizara que respetaría la vida y la libertad de los republicanos que quedaran en España y que no estorbaría la huída de los que quisieran marchar al extranjero.

Pero de semejante enemigo no podían esperarse garantías de ninguna clase; porque el deseo de venganza consumía a los rebeldes y hubieran considerado pírrica su victoria si no hubieran podido saciarlo en millones de españoles. La República estaba ante una deidad bárbara, ante un Moloch o Belial fascista, cuya sed de sangre solo se aplacaría con hecatombes de cientos de miles de republicanos sin excepción de sexo ni edad.

Sin embargo, en las alturas de la República la unanimidad, aquella unanimidad en la apreciación de que la República no podía rendirse sin condiciones, se había quebrado. Azaña se negaba a continuar presidiendo la guerra civil y dimitiría la presidencia de la República el 27 de febrero. Martínez Barrio, llamado a ocupar el puesto de Azaña, tampoco quería volver a España. Los generales republicanos, por la mayor parte, abogaban por la terminación de la guerra como fuese.

Más clarividente y más dueño de sí mismo, Negrín pensaba que cualesquiera que fuesen las posibilidades de resistir, los republicanos debían agotarlas. No tenía opción la República, no se le deparaba al pueblo alternativa mejor.

El gobierno barajaba los medios de que disponía para continuar la guerra y anotaba que en sus dominios habitaban ocho millones de almas repartidas en la cuarta parte del territorio nacional, con diez capitales de provincia. Las fuerzas militares de la República se cifraban en 800.000 hombres distribuidos en cuatro ejércitos:

  1. Ejército del Centro. Cuatro Cuerpos de Ejército destinados a la defensa del sector de Madrid bajo el mando del coronel Segismundo Casado.
  2. Ejército de Levante, mandado por el general Menéndez, con las provincias de Cuenca y Valencia y la costa entre Nules y Valencia a su cargo.
  3. Ejército de Andalucía, dirigido por el coronel Moriones. Defensor de una vasta extensión de territorio desde Motril a las proximidades de Córdoba.
  4. Ejército de Extremadura. Cuatro Cuerpos de Ejército a las órdenes del general Escobar, conectado con el Ejército del Centro en Extremadura y el valle del Tajo.

La flora republicana comprendía tres cruceros (dos de 9.000 toneladas y uno d e6.000); trece destructores, dos cañoneros, cuatro submarinos, tres torpederos y barcos auxiliares.

La República contaba aún con cierto número de puertos importantes: los de Valencia, Alicante, Sagunto, Gandía, Denia, Torrevieja, Cartagena, Almería.

En aviación, la situación de la República era crítica, como lo había sido a lo largo de toda la guerra.

En cuanto al material de guerra y municiones, había fábricas en Madrid, Albacete, Ciudad Real, Alicante, Sagunto, y se producían municiones en cantidad y armas ligeras: fusiles, ametralladoras, morteros y algunos tanques.

Negrín calculaba que con los elementos de combate que todavía poseía la República la resistencia podía prolongarse, por lo menos, durante seis meses.

Alegaba en apoyo de su tesis que si bien era cierta la cortedad de medios materiales, esa había sido desde el principio la relación respecto de los efectivos de los insurgentes; que confiaba en obtener parte, al menos, del material que la República tenía detenido en Francia; que si había poca aviación, nunca tuvo bastante la República; que de lo ocurrido en Cataluña no debía inferirse igual suerte para la zona Centro-Sur, supuesto que en Cataluña había menos material de guerra, menos ejército y la retaguardia padecía excepcional desmoralización como resultado del barullo político, el separatismo y la escasez de alimentos, más acentuada que en ninguna parte.
Que si 60.000 hombres del Ejército republicano habían podido contener al enemigo durante cuatro meses en la campaña del Ebro, no era absurdo esperar que los 800.000 hombres de los ejércitos de la zona Centro-Sur —material humano inmejorable— más larga defensa; que no se le ocultaba el hambre, verdaderamente trágica, que sufría la población de Madrid, pero que podría aliviarse con medidas que inmediatamente adoptaría; que en la revuelta y cambiante situación europea no consideraba un desatino, de resistirse varios meses más, que se produjeran en el exterior acontecimientos capaces de modificar estado de cosas tan adverso para la República; y, por último, y sobre todo, que la República no tenía más remedio que resistir, a menos que se avinieran todos los republicanos a someterse a la despiadada venganza de los insurgentes, y el gobierno a contraer la incalculable responsabilidad de entregar a un pueblo que tantas pruebas había dado de heroísmo y de nobleza a la reacción más tenebrosa que jamás haya existido en ningún país.

Con este criterio y estas ideas y estos propósitos y estas esperanzas de su presidente, inició el gabinete republicano sus trabajos para defender las últimas posiciones republicanas.

Una vez que estuvieron todos o la gran mayoría, de los ministros en Madrid, el gobierno se dirigió al pueblo en una nota oficiosa, puntualizando que no había otra política posible sino la de defender la parte no invadida de España mientras no existieran perspectivas de paz con independencia, seguridad y libertad.

De nuestra resolución y voluntad comunes —decía el gobierno— depende solamente que salgamos airosos de esta prueba difícil. Renazca el espíritu que inmortalizó a Madrid en los días memorables de noviembre de 1936; extiéndase ese espíritu por toda la España leal, aun pletórica de energía, de suerte que todos, sin excepción, marchemos juntos, sin rivalidades de partidos, que serían suicidas. Solo de este modo podrá el gobierno cumplir con éxito su dificultosa misión.

No ofrece duda, sin embargo, que la política de la resistencia, la única política posible, iba a contrahilo de la voluntad de vastos sectores republicanos. La pérdida de Cataluña había causado estragos formidables en la moral de los jefes políticos y militares de la zona Centro-Sur; y desde que cayó Cataluña, la propaganda enemiga agudizó la desmoralización republicana insistiendo en que Franco no tomaría represalias y solo castigaría a los autores de crímenes y delitos comunes.

De todos los cuadrantes soplaba la música con que se trataba de adormecer el instinto de conservación del pueblo. A las palabras tranquilizadoras de las emisoras de radio fascistas se unían las de los fascistas que siempre anduvieron sueltos por Madrid con máscara republicana. Estaban seguros de que Franco sería generoso si los republicanos se entregaban, pero, ¡ah!, su furor no conocería lindes si aun se empeñase la República en continuar la resistencia.

La prensa extranjera formaba en el coro de los que no dudaban un instante que Franco trataría humanamente a los republicanos. El Times del 9 de febrero escribía.

El doctor Negrín todavía tiene Madrid, pero si lo entrega sin derramamiento de sangre aun puede obtener del general Franco cierta mitigación de las condiciones de paz. El general Franco se ha conducido razonablemente en el territorio ocupado por él.

Los extranjeros avecindados en Madrid —ingleses, franceses, yanquis— que nada tenían que temer de los fascistas; los representantes diplomáticos y otra clase de agentes de las potencias interesadas en la victoria del fascismo o simplemente en la rápida conclusión de la guerra de España, no perdían coyuntura de contribuir a crear esa sensación de confianza y seguridad que llevaba paso a paso a los generales republicanos y a buen número de líderes políticos al abismo.

Negrín celebró con los jefes del Ejército republicano una interminable reunión en Los Llanos (Albacete). Los generales expusieron sus impresiones sobre la situación de los distintos frentes y hablaron de las posibilidades militares de la República en conjunto. El general Escobar, jefe del ejército de Extremadura y el coronel Moriones, del de Andalucía, se mostraron confiados en poder resistir en sus respectivos sectores. Pero el resto de los generales no ocultaron su pesimismo. Aunque no lo dijeran de este modo, creían que no había nada que hacer.

Por los mismo días, Negrín recibió a los directivos del Frente Popular y examinó con ellos la situación. Les llamó la atención sobre el indudable peligro de hacerse a la idea de que sería posible la paz sin que antes comprobaran Franco y sus aliados extranjeros que la República poseía medios para resistir por más tiempo del que a ellos les conviniera, y que estaba dispuesta a emplearlos.

Con un partido no precisaba el jefe del gobierno de arengas ni consejos de este linaje: el comunista. Ni el derrumbamiento de Cataluña ni la propaganda fascista habían hecho la menor impresión a los comunistas. No más concluir aquella campaña regresaron de Francia a la zona central republicana los jefes comunistas del Ejército y los líderes de este partido, decididos a batirse mientras fuera menester.

Era de lamentar el exagerado impulso proselitista y la ausencia de escrúpulos con que a menudo perseguían sus fines de partido los comunistas. Estas cualidades negativas, que sin duda estaban compensadas con el entusiasmo y la resolución con que luchaban contra el fascismo, herían, sin embargo, vivamente la susceptibilidad de partidos y personas menos combativos, a expensa de los cuales crecía este movimiento marxista.

En febrero de 1939 el partido comunista era el único partido que seguía propugnando la continuación de la resistencia. En las demás organizaciones políticas y sindicales había hombres que preveían los desastres morales y físicos de considerar única salida posible la rendición incondicional, y rechazaban de plano esta solución.

Pero pocos eran los que se atrevía a enfrentarse con la corriente pacifista; por manera que en este instante crítico de la República, el gobierno no contaba para su política con más apoyo que el de individualidades aisladas de diversa filiación política, trozos de partidos, y el de los comunistas en bloque. El pueblo, en cuanto entidad difusa, se había preparado por los sucesos recientes y por las privaciones de treinta y tres meses para creer todo aquello que halagara su justificadísimo anhelo de paz.

Las masas en general, se irían detrás de quien les prometiera una paz inmediata con garantías de pan y libertad. Pero solo un gobierno demagógico e irresponsable le habría dicho al pueblo que esta paz era posible.

Besteiro

Como sabemos, los republicanos no habían menospreciado medio de obtener una paz sin venganza, y ahora trataban formalmente de entablar negociaciones con los rebeldes por conducto de las potencias particularmente interesadas en el rápido final de la guerra.

Fotografía de Besteiro (1931)Fotografía de Besteiro (1931)

El 13 de febrero, en embajador de la República en Londres, señor Azcárate, presentó al Foreing Office una nota en la que se manifestaba la esperanza de que el gobierno británico adoptaría las medidas necesarias respecto de los insurgentes para crear las condiciones de un compromiso que permitiera el cese inmediato de las hostilidades.

Días después marchó a París el ministro de Estado de la República, llamó al embajador en Londres y reunidos ambos con el doctor Pascua, embajador de la República en la capital francesa, concluyeron a la luz de las circunstancias que pronto crearían la defección de Azaña y el inminente reconocimiento del gobierno de Franco por Francia e Inglaterra, que sería inútil e incluso perjudicial seguir estableciendo como condiciones de paz la evacuación de los extranjeros y el derecho del pueblo español a darse el régimen político que deseara.

Decidieron concentrar sus gestiones en el extremo relativo a las represalias, tratando de obtener facilidades para que salieran de España los republicanos, civiles y militares, que mayor peligro habrían de correr bajo los fascistas. El embajador de Londres quedó encargado de comunicar al Foreing Office la actitud definitiva del gobierno de la República.

Al propio tiempo, en España continuaba estudiando Negrín con los jefes del Ejército la situación militar. El ministro de Defensa se propondría introducir sin demora la reorganización del Estado Mayor y la creación de unidades móviles de choque. Pero los generales republicanos más desalentados consideraban en su fuero íntimo, y confiaban a cuantos querían oírles, que todo intento de mejorar la disposición combativa del Ejército sería estéril y engañoso. Los enemigos de la resistencia, esto es, los partidarios de acabar la guerra como fuese, eran numerosos e influyentes en España y fuera de España. Diversos sentimientos y aspiraciones les movían a desear la rendición de la República. Unos, de buena fe, esperaban justicia del injusto, cosa de locos: Justum ab injustis petere insipientia est. Otros estaban seguros de obtener un puesto honroso en la historia si negociaban la paz con éxito. Otros, los traidores, se lanzaban al fin sobre su presa, tras dos años y medio sin haber podido destruir la infrangible moral de las masas madrileñas.

Había también los republicanos que desde el primer día del conflicto hubiesen entregado, si hubieran podido la República, simplemente porque preferían la dictadura fascista a una República genuinamente popular. Se contaban, por último, esas almas ruines que favorecerían la victoria de Franco, o no harían nada por impedirla, para holgarse con el fracaso del gobierno republicano propio, al que querían ver aniquilado y sin gloria.

Digna representación de la condición humana en horas de tribulación y desastre, esta lastimosa amalgama de militares y políticos preparaba ya la ruina de la República antes de que el gobierno Negrín regresara al Centro.

Don Julián Besteiro era el centro de uno de los círculos de la conspiración; el centro de otro círculo opuesto a la resistencia era el coronel Segismundo Casado, jefe del Ejército de Madrid. Ambos núcleos se pusieron pronto de acuerdo.

Besteiro era un político divorciado de la realidad española, con una política de compromiso utópica e impracticable para España. Tenía del fascismo una idea moderada y quiso introducir en la Constitución republicana elementos corporativos, propugnando en las Cortes la fundación de una Cámara corporativa. Besteiro era de los que creían que el avance de los comunistas en la política española aseguraba a la República un porvenir soviético.

Estas ideas, gobernadas por un carácter extraordinariamente complejo, digno, pero no humilde, muy sensible a las cuestiones personales, hicieron de Besteiro un abogado de la capitulación aun antes de que comenzara la guerra civil.

En mayo de 1937, el profesor Besteiro asistió a la coronación de Jorge VI, y emisario especial del presidente d ela República, a espaldas del gobierno, visitó a Mr. Eden con una embajada evidente: la de ver cómo podía acabarse la guerra de España. Su gestión no dio más fruto que todas las demás.

La incontestable autoridad de Besteiro no era intelectual, sino moral y procedía, en buena parte, de su integridad personal y de haber defendido los intereses del proletariado, dedicándose activamente a la política socialista, cuando el socialismo apenas seducía a los intelectuales y solo contaba con líderes obreros.

Durante la guerra civil, el profesor Besteiro se aisló en Madrid, se negó a aceptar ningún puesto de los que le ofreció el gobierno, salvo el nominal de presidente de una Junta de Reconstrucción de la capital, y en esta actitud pasiva, que no implicaba indiferencia, permaneció hasta que consideró que la situación estaba madura para la paz que el preconizaba, una paz cualquiera.

Desde que don Julián Besteiro ingresó en el Partido Socialista procedente del lerrouxismo, arrastró una tragedia personal, engendrada más por su carácter que por sus ideas. En el partido socialista se creó desde el principio una situación de aislamiento. Estando llamado, quizás, a suceder a Pablo Iglesias en la dirección del movimiento obrero y socialista, fue desplazado por el carácter más flexible y más político de Largo Caballero.

La tragedia personal de Besteiro continuó manifestándose en un ir a contrahilo de cuanto la dinámica política española exigía de un líder socialista, y culminó en la cruel condena que le impuso Franco al entrar en Madrid, sin que este profesor hubiera alzado una mano contra los insurgentes ni antes ni después de la guerra ni en el curso de las hostilidades, habiendo contribuido por el contrario, como ninguna otra personalidad a que cesara la resistencia. Besteiro murió el 28-IX-1940 en la cárcel de Carmona (Sevilla).

Casado

Si Besteiro era la figura civil que mayor impulso dio al complot contra el gobierno de Negrín, el coronel Casado aventajó al resto de los militares republicanos desmoralizados en la empresa de persuadir a los partidos y a los mandos de que el gobierno de Negrín representaba el único obstáculo considerable para la paz.

Casado, jefe del ejército del Centro, nombrado por Negrín, que no quiso dar ese empleo a un comunista, estaba convencido de que Franco jamás negociaría con Negrín y más convencido aún de que haría la paz con él en cuanto él se la pidiera. Este punto de vista lo expuso el coronel Hidalgo de Cisneros en un almuerzo, el 2-III-1939, en la Alameda de Osuna, cuartel general de Miaja..

En el curso de la conversación Casado expresó su convicción de que Franco no deseaba negociar con el gobierno Negrín y de que en tanto dependiera de este gobierno entablar tratos de paz nada podía hacerse. Por otro lado, no había tiempo que perder. Era esencial que se llegara a un acuerdo en dos o tres días. Y solo nosotros, los militares, podemos lograrlo, añadió el coronel.

A continuación se refirió a las entrevistas que había celebrado en Madrid con funcionarios británicos. No puedo entrar en detalles, pero le doy a usted mi palabra de honor de que yo puedo conseguir de Franco mucho más que el gobierno Negrín pueda lograra jamás. Luego dijo.

Estoy seguro, y comprometo en esto también mi palabra de honor, de que será posible obtener de Franco que prometa que ni alemanes ni moros ni italianos entrarán en Madrid; que no habrá represalias; que todo el que lo desee podrá abandonar España y que será reconocida nuestra categoría militar.. Casado pensaba que después de la guerra, Franco necesitaría oficiales republicanos para cubrir las enormes pérdidas que había sufrido. Álvarez del Vayo, Freedom´s Battle, Nueva York, 1940, p. 306 ss.

La persuasión de que Franco haría la paz con un nuevo gobierno republicano era firme en el coronel Casado:

Negrín —escribió— terminó diciéndonos que no había tenido éxito en sus esfuerzos por la paz y que por consiguiente, no había más remedio que resistir. No se le ocurrió decirnos que habiendo fracasado él había decidido dimitir para que se pudiera formar un gobierno capaz de lograr lo que él no había podido conseguir. El doctor Negrín —apunta en otro lugar— había perdido la esperanza de iniciar negociaciones de paz, y en vez de dar paso a un gobierno que estuviera en condiciones de discutir el asunto con el enemigo, se hallaba decidido, o forzado, a resistir en su lema de resistencia a todo coste. Coronel Casado, The Lasy Days of Madrid, Londres, Peter Davies, 1939, p. 119.

¿Qué gobierno estaría en condiciones de discutir la paz con el enemigo? Según el coronel, un gobierno dirigido por los militares, de preferencia por él mismo, o en el que tuviera parte, porque el coronel se hallaba convencidísimo de que él podía obtener una paz aceptable para la República.

Esta otra idea tampoco abandonó a Casado un momento. No más llegar Negrín a Madrid se le ofreció, al decir del propio Casado, para tomar parte en las negociaciones de paz, si se entablaran. De creer a Casado, el 1 de marzo, en otra conversación con el jefe del gobierno, le dijo que yo me creía muy respetado en el campo enemigo, a pesar de mis bien conocidas simpatías republicanas y antifascistas y que me pondría a su disposición para que si se iniciaban las negociaciones utilizara mis servicios. Casado concreta que la única solución era la discusión directa entre los dos ejércitos, opinión que ya había comunicado al general Hidalgo de Cisneros, como hemos visto.

El nuevo gobierno que preconizaba el coronel no debería comprender, claro es, a los comunistas. El 24 de febrero, Casado conferenció con dos representantes de Izquierda Republicana y quedamos en que irían a París a llevarle un mensaje al señor Azaña invitándole a volver a España, a retirar su confianza al gobierno Negrín y a formar otro gobierno de republicanos y socialistas.

La exclusión de los comunistas de un ministerio decidido a poner fin a la guerra que les parecía a estos republicanos obligada, por cuanto habían llegado a la conclusión de que el partido comunista era el gran obstáculo para la paz. Creían que Franco no negociaría mientras existiera traza de influencia comunista en la zona leal a la República, un prejuicio fomentado por la propaganda fascista, según la cual los insurgentes luchaban solamente por el bolchevismo.

Para que los fascistas se entendieran con los republicanos —pensaban los republicanos moderados— habían de dar pruebas inequívocas de anticomunismo. De añadidura, los comunistas eran unos fanáticos que no se fiaban de las palabras de Franco y estaban dispuestos a seguir combatiendo. Con ellos, en suma, no podía contarse para la paz decente y honrosa. Había, pues, que suprimir el partido comunista.

Para semejante misión, el coronel Casado estaba preparado mentalmente, y las enconadas luchas de los partidos, en las que los comunistas medraron largo con su disciplina y su táctica, prometían apoyos muy amplios a quien se propusiera enlistar al resto de las organizaciones republicanas contra la sección española de la Tercera Internacional.

Los líderes del Frente Popular, salvo los comunistas, se movían en febrero de 1939 en dramática perplejidad, irresolución comprensible si se tiene en cuenta que las cabezas directoras del movimiento republicano y socialista no estaban en Madrid y que la descomposición política de la República, estrangulada por las rivalidades de los partidos, se hallaba en estado muy avanzado.

Los líderes del Frente popular eran, la mayoría, adversarios de la política de resistencia, pero no cabe duda que vacilaban ante el supuesto de apoyar una sublevación militar contra el gobierno, particularmente después de oír a Negrín. Las vacilaciones de los directores de los partidos —socialistas y republicanos, sobre todo, porque los anarquistas se hallaban, como siempre, resueltos a probar fortuna— exasperaban al coronel Casado, quien pretendía que debían obligar a Negrín a pedir la paz, al parecer por radio, como luego haría el Consejo de Defensa.

El coronel les reprochaba su imperdonable debilidad, considerada la gravedad de la situación. Esta debilidad —dice Casado— me hizo pensar que la ayuda que en tantas ocasiones me habían ofrecido no sería tan efectiva como pudiera desearse.

El coronel se impacientaba. Circunstancias para él abrumadoras le habían privado del juicio crítico y estaba seguro del éxito de su iniciativa pacifista. Desde luego, la inculpación de que Casado, de acuerdo con el enemigo, se proponía entregarle la República no me parece suficientemente fundada en los hechos; que esa era la intención de gentes que marchaban con él, gentes confabuladas con los fascistas, no ofrece duda, porque en el Consejo de Defensa que luego se constituyó y en torno a este desgraciado organismo había de todo. Pero no es menos cierto que la irreflexiva política de Casado le llevaba a entregar la República, inerme, al enemigo, como ocurrió, aunque este no fuera su designio.

Casado transmitía su desesperación a cuantos le rodeaban o se acercaban a él y destruía la moral que pudiera restarles a la mayor parte de los líderes políticos y jefes militares de la República.

Decía, por ejemplo, que el enemigo había concentrado una gran parte de sus reservas en la zona sur de Madrid con la idea de comenzar la batalla decisiva; que los fascistas tenían listas treinta y dos divisiones, con abundantes armas automáticas, grandes masas de tanques y artillería; que en esa situación, si se esperaba hasta la ofensiva que el enemigo tenía ya preparada para la conquista de Madrid —insistía—, el frente republicano saltaría en el primer día de combate.
Que si el enemigo llegara a cortar las comunicaciones con Levante, como trataría de hacer, los republicanos tendrían que entregarse en cuarenta y ocho horas, o morir de hambre; que existía la posibilidad de que parte de la población pereciera en las ruinas como resultado de los terribles ataques aéreos que había preparado el enemigo para combinarlos con su poderos fuego artillero; que el Ejército carecía de elemento de combate; que el suministro de víveres que había prometido Negrín para Madrid no llegaría por falta de medios de transporte, etc.

Un mes más tarde, el propio Casado se ofrecía a Franco para ayudarle a resolver el problema de la alimentación en Madrid cuando entraran las tropas fascistas utilizando los suministros de víveres que la Junta ha adquirido en el extranjero y que pueden ser traídos a esta zona con relativa facilidad.

Es indudable que días trágicos aguardaban a la zona republicana. En el desfiladero en que se encontraba la República difícilmente podía evitarse la catástrofe, por un camino o por otro. Pero Casado, que creía que todos los medios eran lícitos en la consecución del alto fin de lograr la paz, exageraba sin escrúpulo la debilidad de la República y la fuerza de los insurgentes.

En primer lugar, el enemigo no tenía preparada ninguna ofensiva contra Madrid. Además, en ningún momento podía había podido poner Franco en un solo frente treinta y dos divisiones, y menos tenerlas concentradas en las afueras de la capital de la República a la hora en que el grueso del ejército fascista ocupaba Cataluña. Cuando, un mes después, Madrid, capituló, las unidades móviles de los insurgentes se hallaban todavía en aquella región.

La realidad era que los insurgentes no se proponían atacar de momento. En parte, porque lo mejor de su ejército estaba asegurando la conquista de Cataluña, conquista que para algún tiempo tenía que ser para Franco una carga y una preocupación, y en parte, porque Franco se había hecho a la idea de que vencida Cataluña, Madrid se rendiría.

Franco disponía de exacta información sobre el éxito con que trabajaban sus agentes en Madrid y en el extranjero, sabía que muchos republicanos actuaban, sin proponérselo, como si fueran agentes suyos y esperaba que le entregarían la República sin necesidad de acometer nuevas operaciones militares. A los fascistas, por tanto, no les urgía reanudar la ofensiva, política que hubiera sido imprudente, porque podría haber unido a los republicanos, sino que, antes bien, se avenían a dejar que fructificaran en su favor las intrigas y odios que destrozaban los partidos democráticos.

Si se prescinde de la descomposición política republicana, se comprueba que la República era más fuerte y Franco más débil de lo que se imaginaba o decía el coronel Casado. El hecho de que los fascistas dieran por concluida la guerra con la conquista de Cataluña les situaba en una disposición de ánimo peligrosa para ellos y que tal vez les hubiera obligado a aceptar la capitulación de la República en las condiciones que proponían los republicanos, esto es, sin venganzas ni represalias, si en la zona democrática hubiera habido designio unánime de respaldar al gobierno.

Con justicia podría haberse abierto camino en el campo rebelde la idea de que no valía la pena seguir sacrificando al Ejército en varios meses más de combates, siendo tan modesto el precio a que Franco podía comprar la paz.

Las luchas intestinas y el descontento general también existían entre los facciosos. Las discordias políticas y el malestar provocado por la enorme multitud de fuerzas extranjeras mantenían a lo vivo la inquietud en la zona insurgente. La incurable desavenencia de falangistas y requetés había dado lugar por aquellos días a choque violentos en el Norte. Tal era la situación —aunque tampoco sería lícito exagerarla—, que los republicanos que vivían bajo Franco conservaban la fe en la victoria republicana aun después de haber perdido la República los territorios catalanes.

Una de nuestras más grandes sorpresas fue advertir, al establecer contacto con la zona llamada facciosa, como la fe en nuestra victoria era infinitamente más viva que en la nuestra. La mayoría de la población de la zona no leal a la República, creía a pies juntillas en nuestra victoria y esperaba, aun después de la pérdida de Cataluña —cosa a mi juicio ya imposible—, que nosotros podíamos vencer. Rodríguez Vega, conferencia en México, 10-III-1943.

Quizás porque no concebía que hubiera alguien que creyera en la posibilidad de solventar la tremenda cuestión que tenía planteada la República de modo distinto que el gobierno, a Negrín no parece haberle preocupado la idea de una rebelión contra su política.

Pues, ¿quién que estuviera en su juicio se atrevería a echar sobre sus hombros las responsabilidades de una usurpación del poder, que además llevaría anejas las de dirigir la República en aquella desesperada coyuntura? Sin embargo, el derrumbamiento moral de la mayoría de los jefes militares republicanos delataba una insubordinación latente.

El gobierno debía tener la persuasión de que solo en los mandos comunistas podía confiar sin vacilación. Los jefes militares comunistas que habían regresado de Francia aun no habían sido empleados; los primeros en obtener puesto fueron los tenientes coroneles Etelvino Vega y Tagüeña, que pasaron a encargarse de las comandancias militares de Alicante y Murcia, respectivamente.

La iniciativa del ministerio de Defensa de crear unidades móviles de choque que pudiera acudir donde más falta hiciesen cobraba cuerpo en la práctica. Constarían estas unidades de 50.000 hombres y al parecer —porque este extremo está oscuro— las mandarían, en el Centro, Modesto, que ascendería a general; en Andalucía, Líster, y en Extremadura, Galán, los tres comunistas.

Los nombramientos de comunistas que ya se habían hecho públicos y los proyectados contrariaron profundamente a muchos políticos y militares de los demás partidos. A unos, porque se negaban a reconocer la utilidad para la guerra de los jefes comunistas y ponían los intereses de partido sobre los de la República, como si feneciendo la República pudieran salvarse los partidos; a otros, porque la creación de las unidades móviles bajo mandos comunistas precisamente certificaba que el gobierno estaba decidido a resistir, que habría más guerra y que las probabilidades de dar el golpe contra el gobierno con buena fortuna se desvanecerían en un dos por tres.

Otro paso alarmante para los conjurados iba a producirse a poco. Negrín anunció que se dirigiría a la nación por la radio, y con anterioridad de días comunicó las líneas generales del discurso que iba a pronunciar a `políticos y militares, entre ellos, al coronel Casado.

El Consejo de Defensa

Todo ello precipitó los acontecimientos. Negrín iba a hablar por la radio el 5 de marzo. Casado se adelantó y a medianoche del 4 los españoles oyeron por el mismo conducto un manifiesto subversivo del Consejo Nacional de Defensa, un organismo en el que no había consejo, sino ofuscación; ni podía llamarse nacional, porque excluía a sector tan importante de la República como era el partido comunista; ni venía a defender nada, sino a dejar a la República indefensa.

El manifiesto de la Junta sublevada es claro ejemplo de cuán fácilmente puede inducir la desesperación a un grupo de hombres, hasta ayer servidores de causas nobles, a enajenar los escrúpulos morales y trocarse en juguete de las pasiones más bajas. Me limitaré a reproducir los párrafos más notables de este documento.

Varias semanas han transcurrido desde que terminó la guerra en Cataluña con la deserción general... Mientras el pueblo sacrificaba a varios miles de sus mejores hijos en la arena sangrienta de la batalla, los hombres que se habían destacado predicando la resistencia desertaron de sus puestos y buscaron medio de salvar sus vidas incluso a costa de su dignidad en la más vergonzosa fuga... Para evitar esto, para borrar la memoria de esa vergüenza, para evitar la deserción en los momentos más graves, se ha constituido el Consejo Nacional de Defensa que ha recogido la autoridad de donde el gobierno del doctor Negrín la había abandonado... Afirmamos nuestra propia autoridad de honestos y sinceros defensores del pueblo español, de hombres decididos a dar su vida como garantía y a unir su destino al de los demás, de manera que nadie escape a los sagrados deberes que a todos nos incumben. Hemos venido a mostrar el camino por donde se puede evitar el desastre y a seguir ese camino con el resto del pueblo español, cualesquiera que sean las consecuencias. Nos oponemos a la política de resistencia para evitar que nuestra causa termine en el ridículo o en la venganza. O todos nos salvamos, o todos nos hundimos, decía el doctor Negrín, y el Consejo Nacional de Defensa se ha dado por principio y por fin, como su única tarea, la conversión de esas tres palabras en realidad. Casado, pp. 140, 141, 142.

A continuación leyó un discurso don Julián Besteiro.

La verdad es, conciudadanos, que después de la batalla del Ebro, los ejércitos nacionalistas han ocupado totalmente Cataluña y el gobierno republicano ha andado errante y durante largo tiempo en territorio francés. El gobierno del señor Negrín, con sus veladuras de la verdad y con sus propuestas capciosas, no podía aspirar a otra cosa que a ganar tiempo, tiempo que se ha perdido para el interés de la masa ciudadana combatiente y no combatiente, y esta política de aplazamiento no podía tener otra finalidad que alimentar la morbosa creencia de que la complicación de la vida internacional desencadenase una catástrofe de proporciones universales, en la cual, juntamente con nosotros, pereciesen las masas proletarias de muchas naciones del mundo. De esta política de finalidad catastrófica, de esta sumisión a órdenes extrañas, con una indiferencia completa al dolor de la nación, está sobresaturada ya la opinión republicana. Yo os pido, poniendo en esta petición todo el énfasis de la propia personalidad, que en estos momentos graves asistáis, como nosotros lo asistimos, al poder legítimo de la República, que transitoriamente no es otro que el poder militar.

Por último habló el coronel Casado, cuyas palabras fueron dirigidas casi en su totalidad.

a los españoles allende las trincheras, a quienes dijo que también les afectaba la frase con que hemos expresado el dilema que tenemos delante: O todos nos salvamos o todos nos hundimos. Volver los ojos al interés patriótico, la mirada a España, les pidió. Esto es lo que nos importa como base de cualquier aspiración que lícitamente podamos tener. Nuestra lucha no terminará mientras no se asegure la independencia de España. El pueblo español no abandonará las armas mientras no tenga la garantía de una paz sin crímenes.

El pueblo español empuñó las armas en julio de 1936 para poner fin a un pronunciamiento y acabar para siempre con la violenta usurpación del poder de los militares, y ahora, partidos políticos y respetables republicanos destruían su propio gobierno civil, proclamaban al Ejército como única institución legal y se situaban a las órdenes de un coronel, ni más ni menos que los partidos de la reacción habían secundado a Franco.

El Consejo de Defensa no era sino la máscara grotesca de una dictadura militar como otra cualquiera. El general Miaja se había prestado a presidirlo, pero Casado era el típico dictador militar rodeado de una junta consultiva. (Formaron el Consejo el general Miaja, el coronel Casado, Besteiro, González Marín, San Andrés, Del Río, Val, A. Pérez y W. Carrillo.)

El Consejo de Defensa apenas halló oposición. Le favoreció sobremanera la pasividad de sus enemigos y el desconcierto o la expectación de la masa general. Los adversarios de la Junta estaban en minoría en todas partes, y esta minoría se resistía a luchar contra los autores del golpe de Estado.

Casado, que no venía dispuesto a proseguir la guerra contra Franco, venía, en cambio, preparado para luchar contra otros republicanos, y consecuentemente quienes aún querían batirse con los fascistas rehusaban el conflicto armado con el nuevo poder. Ambas actitudes eran leales al principio que las animaba.

El Consejo hipnotizó al pueblo, o se lo atrajo con el golpe demagógico de la promesa implícita de la paz honrosa, y la fe que por este procedimiento encendió en la falacia taumatúrgica de la junta, sirvió a esta de estímulo para defender la superchería sin reparar en medios.

Creyeron los sublevados, además, que serían asistidos en su empresa por las potencias que anhelaban liquidar cuanto antes la guerra de España, ilusión que les infundieron los representantes diplomáticos y los agentes especiales que actuaban alevosamente en Madrid.

Se explica perfectamente la expectación con que el pueblo republicano siguió los sucesos de marzo. Los jefes de la rebelión declaraban que se oponían a la política de resistencia para evitar que la causa popular terminara en el ridículo o en la venganza, y con estas palabras afirmaban que traían una solución por virtud de la cual la República no perecería sin gloria ni ventaja.

Las masas suspiraban por la paz, como es natural, y quien se la prometiera con ciertas garantías, como dije antes, las tendría a su lado, aunque el autor de la promesa hubiera sido el propio general Franco. Pero el pueblo no quería rendirse sin condiciones y la política de la junta conducía a eses trágico desenlace.

Es inconcebible que el jefe del ejército del Centro no sospechara que al sublevarse destruía las posibilidades de resistencia que les restaran a los republicanos, y que, por consiguiente, dejaba a la República ante la alternativa de rendirse incondicionalmente.

El coronel Casado había dicho en su discurso en la radio que el pueblo español no depondría las armas mientras no obtuviera garantías de una paz sin crímenes. Era la misma política del gobierno Negrín, solo que después de la insurrección de la junta esa política no podía llevarse a la práctica.

El coronel venía a decir: si Franco no nos concede las condiciones mínimas de paz que le vamos a pedir, resistiremos; pero minutos antes, en el manifiesto y en otros discursos, se había afirmado que la resistencia llevaría a la República al ridículo y a la venganza. Se desarmaba, pues, moralmente al pueblo para seguir defendiéndose y a continuación se le advertía que estuviera preparado para resistir.

En sustancia, El Consejo de Defensa anunciaba a todo el mundo que la guerra había terminado y que la República estaba ya al albedrío del enemigo. Esta era la situación creada, en todo caso, por el pronunciamiento del de marzo.

La huída de la flota republicana

Las primeras consecuencias no tardaron en verse.

Para los partidarios de la rendición como fuese había sido desde la pérdida de Cataluña una necesidad urgente demostrar que la República no podía continuar la guerra. Lógicamente, veían un obstáculo para la paz en los elementos defensivos que aún les quedaban a los republicanos; pensaban que cuanto mayor fuese la desmoralización del pueblo y más desamparado estuviera el régimen de medios de resistencia más ganaría la causa de la paz. Así se explica la huída de la flota republicana a África a las pocas horas de constituirse el Consejo de Defensa.

Cuando el almirante-jefe, don Miguel Buiza, ordenó a la escuadra, en las circunstancias que diremos, que saliera para Argel. le pareció al comandante del destructor Antequera que en vez de desertar, la marina debía ponerse a la disposición del Consejo de Defensa; pero el comandante de la flotilla de destructores le respondió a las siete de la mañana que la decisión del almirante venía en apoyo del nuevo gobierno y facilitaría su misión.

La huída de la flota fue corolario fatal de la sublevación de Madrid. Dos días antes de que este hecho se produjera, el 2 de marzo, anunció el almirante Buiza a los mandos de la marina republicana que era inminente un golpe de Estado contra el gobierno de Negrín y que se formaría un Consejo Nacional de Defensa, que representaría al Ejército, a los partidos políticos y a los sindicatos. La flota también iba a sublevarse para ponerse a las órdenes del Consejo nacional de Defensa.

Tuvo conocimiento el gobierno de lo que pasaba en Cartagena y al día siguiente, 3, envió al ministro de la Gobernación, Paulino Gómez, para que advirtiera a los mandos que el gobierno estaba decidido a frustrar la conjuración. El 4, el gobierno nombró al teniente coronel Francisco Galán jefe de la base naval.

La designación de Galán fue recibida con disgusto y protesta y su presencia en Cartagena precipitó la insurrección del coronel Armentía, de otros jefes y oficiales y de un regimiento de Marina. Con ellos se confundieron en la calle los falangistas, quienes se apoderaron de la estación emisora de radio de la base naval y de los fuertes y las baterías.

La coincidencia de los enemigos de la resistencia y la Falange imprimió a los sucesos de Cartagena un aspecto de turbiedad del que nunca estuvo limpio el propio Consejo de Defensa. Pero la revuelta de capituladores y falangistas quedó pronto sofocada por fuerzas al mando de un comunista Rodríguez, que acababa de llegar de Francia.

Consumado el golpe de Estado en Madrid, el almirante-jefe de la flota republicana tuvo noticia del acontecimiento por un mensaje que le envió el comandante del crucero Libertad

En el manifiesto del Consejo de Defensa —subraya el comandante del Libertad— se ha dicho al pueblo la verdad sobre la guerra y que el gobierno Negrín era culpable de traición e intentaba fugarse. Casado, p. 162.

El almirante comunicó en las horas subsiguientes con los comandantes de los barcos y ordenó que al amanecer la flota se refugiara en Argel. Pero cuando los buque republicanos se hacía a la mar, las autoridades francesas indicaron al almirante que los llevara a Bizerta. Por primera vez se admitía de buen grado a la marina de guerra de la República en un puerto francés.

La situación del gobierno

Ante el golpe de Estado del jefe del Ejército del Centro, el gobierno Negrín se dispuso a salir por los fueros de la ley, pero no tardó en comprobar que su aislamiento era casi absoluto. Moralmente, el gobierno se encontraba no menos desasistido que físicamente. En particular porque la propaganda fascista, que coincidía con la de los partidarios de la capitulación, había convencido a las gentes que había llegado el momento de hacer la paz y de que era posible una paz sin venganza, dado que nada estaba más lejos de la intención de Franco que perseguir a los que no hubieran cometido crímenes.

Por otro lado, hacía mucho tiempo que la población madrileña no había visto al gobierno; la ausencia de autoridad superior, influyó considerablemente en sentido favorable a la desmoralización. Parte de este quebranto comenzaba a remediarse con la presencia de los ministros en Madrid. Pero el gobierno permaneció escaso tiempo en la capital de la República.

El presidente del Consejo deseaba conocer personalmente la situación de las provincias, y se decidió a visitarlas, un hecho que facilitó de manera decisiva los trabajos subversivos de los capituladores en Madrid; y no solo porque volvían a tener campo libre para sus combinaciones, sino porque, además, el incierto paradero del gobierno debilitaba su ascendencia sobre el sentimiento popular.

Negrín se proponía dirigir la guerra desde las provincias levantinas, acaso recordando el deplorable efecto producido por la precipitada marcha del gobierno a Valencia en noviembre de 1936, y tal vez pensando que de situarse en Madrid atraería con mayor motivo sobre la ciudad el castigo de la aviación y la artillería de Franco.

Por último, la presencia de Besteiro y del general Miaja en la junta inducía al público republicano a pensar que no sería defraudado en su esperanza de obtener un desenlace digno. El Consejo traía una solución —creían las masas— que Negrín no tenía, impresión fomentada de consumo por la seguridad con que hablaban los autores del golpe de Estado, como quien actúa con garantías, y por el silencio del gobierno, cuya declaración había sido ahogada en proyecto por los insurgentes republicanos.

El gobierno percibió enseguida su impotencia ante el alzamiento, pues no pudo establecer contacto con los mandos del Centro adictos a su política. Casado se había hecho con el control de las comunicaciones.

La idea de enzarzarse en una guerra civil republicana repugnaba a toda persona responsable. Una vez desencadenada todo podía darse por perdido. Según apunté, psicológicamente, los partidarios de la resistencia no estaban preparados para luchar con otros republicanos. Del enemigo únicamente cabía esperar condiciones aceptables de paz si la República testimoniaba voluntad de resistir.

La guerra intestina republicana destruiría o mellaría sin remedio esta arma. Negrín se inclinaba, por consiguiente, a sacrificar su posición en beneficio de la concordia antifascista. Intentó negociar con Casado, ofreciéndole el traspaso del poder en ciertas condiciones. Pero la actitud del coronel era inflexible.

El jefe del gobierno agotó las posibilidades de reconciliación con un mensaje en el que, entre otras cosas sugería.

Tenemos que rendir todos nuestras armas en el altar de los sagrados intereses de España, y si deseamos un arreglo con nuestros adversarios, primero hemos de evitar todo conflicto sangriento entre quienes han sido hermanos de lucha. Por tanto, el gobierno propone a la junta que se ha constituido en Madrid que designe una o más personas para resolver todas las diferencias de modo patriótico y amistoso.

Mas Casado estaba tan poseído del éxito de su misión, que recordaba a Mola cuando Martínez Barrio le invitaba a parlamentar.

Cuando el gobierno supo que las fuerzas del Consejo de Defensa se habían adueñado de los mandos en Alicante y que se hallaba en riesgo de ser hecho prisionero se resolvió a abandonar España.

La lucha en Madrid

A pesar de la aversión de los partidarios de la resistencia a participar en una guerra civil en el campo republicano, el conflicto se presentó y era inevitable que se presentara, y el coronel Casado sabía que lo provocaba. Conviene insistir en que los miembros de la junta estaban decididos a luchar contra las fuerzas y personas leales al gobierno, en tanto que las fuerzas y personas leales al gobierno querían esquivar la colisión.

Así, los adversarios del Consejo adoptaron una actitud pasiva. Gran número de militares y políticos republicanos, entre ellos el general Escobar, el coronel Moriones, Ossorio y Tafall, Comisario general; Rodríguez Vega, secretario de la UGT, se mantuvieron apartados del Consejo o lo repudiaron en privado con palabra dura, pero no lo combatieron en público. ¿Para qué, si la derrota de la junta hubiera impuesto la formación de otro organismo semejante tan falto de autoridad real como aquélla? La situación no admitía enmienda.

Pero otra cosa era el pleito con los comunistas. Casado tenía que reducirlos a la impotencia si había de moverse con absoluta libertad en sus tratos con los fascistas. El coronel había tomado, pues, medidas contra ellos anticipándose —según él mismo dice— a la agresiva actitud que el partido comunista adoptaría posiblemente con las fuerzas militares que le siguieran. Porque el partido comunista adoptaría probablemente una actitud de rebeldía, repite en otro lugar.

Casado estaba seguro de que los comunistas se alzarían contra el Consejo, porque entre los puntos principales de la política del Consejo se contaba la represión del comunismo y no era de esperar que los comunistas se resignaran a desaparecer.

El Consejo de Defensa tenía que suprimir los gritos histéricos y las absurdas consignas y la conducta intolerable del partido comunista, declara el coronel. Desde el primer instante —añade— el Consejo se dispuso a lograr esto, porque estábamos convencidos de que era el único camino que conduciría a la paz decente y honrosa. Casado. p. 131, 184, 198.

La junta trataría de eliminar el influjo comunista, no solo, naturalmente, porque los comunistas preconizaban la resistencia y afirmaban que los republicanos no podían fiarse de las palabras de Franco, sino también porque, como hemos visto, privaba la ilusión de que suprimiendo todo rastro de comunismo, los fascistas verían en los negociadores republicanos personas respetables con las que podrían entenderse.

El carácter defensivo de la reacción de los comunistas ante el Consejo es, por tanto, palpable. Casado les impuso la necesidad de luchar contra la junta y en el curso del conflicto fue obligando a los mandos militares de este partido, según comprobaremos, a esgrimir las armas contra él.

A las órdenes del coronel Casado había en el Centro cuatro Cuerpos de Ejército. El 1º lo mandaba el coronel Barceló, el 2º el teniente coronel Bueno, el 3º el coronel Ortega, los tres comunistas: el 4º Cuerpo de Ejército estaba subordinado a Cipriano Mera, anarquista, el más íntimo aliado de Casado en el golpe de Estado.

En la mañana del 5 de marzo, el comunista Ascanio, jefe de la 3ª división, movilizó sus fuerzas contra el Consejo. Enfermo Bueno, Ascanio se puso al frente del 2º Cuerpo de Ejército antes de que Casado pudiera sustituir a Bueno por Zulueta, un ex comunista al servicio de la junta. Ascanio situó sus tropas en las carreteras de Aragón y Francia, impidió el contacto de las tropas de Gutiérrez de Miguel, pertenecientes a la 65 división, con las de la junta y recibió el refuerzo de parte de aquellas tropas, que advertidas del papel que se les asignaba, se pasaron a las de Ascanio.

El sesgo que en un principio había tomado la lucha militar era desfavorable al Consejo. Casado lo había fiado todo en este dominio, en rigor, al apoyo del 4º Cuerpo de Ejército, mandado por Mera, y del cual se habían desplazado a Madrid dos batallones antes del golpe de Estado. Pero una columna de este cuerpo, que procedente de Guadalajara se dirigía a la capital de la República al mando de Liberino González, no pudo pasar por Alcalá de Henares, donde pueblo y tropas se declararon leales al gobierno Negrín.

En este momento los comunistas iniciaron gestiones para llegar a un compromiso con Casado, y el conflicto pareció en vías de acabarse. Oficialmente, en efecto, se daba por resuelto, pero la lucha continuaba, porque ni la junta ni los comunistas querían ser los primeros en cumplir las condiciones acordadas; y viendo pronto Casado que la columna de Liberino González había conseguido, al fin, abrirse camino por Alcalá de Henares —un hecho que colocaba al Consejo en situación más favorable—, se desvanecieron las probabilidades de paz entre los republicanos; antes bien, la batalla se tornó más enconada y odiosa.

A continuación Casado trató de hacer uso de la 7ª división, mandada por otro González, comunista. La 7ª división defendía las líneas de la Casa de Campo y Rosales y no había mostrado ni hostilidad ni simpatía hacia el Consejo de Defensa. Pero cuando el coronel pidió por teléfono a González que le enviase la artillería y un batallón de ametralladoras, dicen que González le respondió: Ven tú por ellos, traidor. Lo cierto es que esta división se negó a obedecer a Casado y Casado ordenó que las fuerzas de que disponía la junta en la Puerta del Sol atacasen el puesto de mando de González, situado cerca de la Plaza de España.

Entonces se produjo un suceso sintomático: la 7ª división tuvo que hacer frente a un tiempo al ataque de las fuerzas de Casado y al de las tropas de Franco. Las últimas le acometieron en la línea del estanque de la Casa de Campo. González derrotó a las fuerzas de la junta, les causó bajas y las obligó a retroceder hasta su punto de partida, pero en la Casa de Campo tuvo que replegarse ante los fascistas, que avanzaron ante la misma puerta del estanque.

La 7ª división organizó un ataque contra los fascistas, después de haber puesto en fuga a las fuerzas de Casado, y al día siguiente reconquistó las posiciones perdidas, hizo al enemigo más de 300 bajas y le tomó unos noventa prisioneros.

Entre tanto, la aviación y la artillería de Franco bombardeaban los sectores dominados por los comunistas que guerreaban contra el Consejo de Defensa.

En otro orden de cosas la tragedia de la zona fascista se repetía ahora en el territorio republicano como farsa. Desde el principio, el Consejo de Defensa se colocó respecto de sus adversarios en la posición que ocupaba Franco en relación con la República. La junta de Madrid llamaba insurgentes y rebeldes a los defensores de la legalidad y del gobierno y calificaba de comunistas a todos los republicanos no entusiasmados con el golpe de Estado de Casado.

El desarrollo de la lucha intestina republicana en las calles de Madrid, en el seno de una población indiferente y fatigada, podemos obviarlo sin riesgo de defraudar a la historia. El Consejo se impuso al cabo de una semana de sangrientos combates y, en realidad, debido a la falta de entusiasmo de sus enemigos por disputarle el poder en el terreno militar; pero la derrota de los comunistas fue acompañada de una severa persecución policíaca, en la que tomaron parte, con toda seguridad, los fascistas embozados que servían al nuevo organismo.

Las cárceles republicanas se llenaron de comunistas, aunque no pocos de los más destacados se sustrajeron a las represalias refugiándose en los ejércitos del Sur y de Levante, donde no tuvo interés en buscarlos el coronel Casado.

Los comunistas, por su parte, no se habían detenido en el calor de la lucha ante excesos reprobables que ni siquiera justificaba la fanática convicción de que combatían contra traidores de la causa popular. Entre sus excesos o desmanes se contaba la muerte de los coroneles de la junta Otero, Fernández Urbano y Pérez Gazzolo. Nunca se supo en qué circunstancias habían muerto esto militares ni quienes fueron sus ejecutores. Lo único cierto es que sus cadáveres aparecieron en el Pardo.

Fusilamiento de Barceló y Conesa

El Consejo condenó a muerte a dos jefes militares, miembros del partido comunista: el teniente coronel Eduardo Barceló y el comisario Conesa. Ambos fueron fusilados.

En la corta y penosa historia de la junta no hay, si bien se considera, episodio más desgraciado que el de la ejecución a sangre fría de estos dos militares republicanos. Las razones que aduce Casado para justificar estas sentencias podrían proceder de uno de los tribunales de Franco.

Hubo algunos comunistas —escribe el coronel— que se mantuvieron en sus posiciones hasta el último momento, y entre los más dignos de censura figuraban el teniente coronel Barceló y el comisario Conesa. El Consejo aprobó la última pena para Barceló y Conesa —agrega—, no solo como líderes de la rebelión, sino también porque bajo su autoridad, o quisiera decir, bajo su mando, se habían cometido toda clase de delitos y se había asesinado. Casado, p. 179.

La justicia del Consejo venía pisando sobre las huellas de la justicia de Franco desde que Casado prometió, en el primer intento de paz con los comunistas, que solo castigaría a los que hubieran cometido crímenes y delitos comunes. Era la justicia de los fascistas, pero con una diferencia importante que conviene señalar.

Las luchas de los partidos —de las que se sirvió la reacción fácilmente para destruir a la República y darle el golpe de gracia— habían culminado en la pequeña guerra civil republicana que analizamos, y los militares del Consejo asesinados por los comunistas cayeron en el furor de la contienda, cuando las pasiones corrían más desenfrenadas.

Pero en la desaparición de Barceló y Conesa concurren por el contrario, circunstancias que dan a este doble asesinato el repugnante carácter que siempre presenta la venganza cuando se engalana con los arreos de la justicia. Los individuos de la junta se erigieron jueces en una causa de la que eran parte, y verdaderos reos, y decidieron ejecutar en nombre de la ley una sentencia dictada por el odio de partido.

Probablemente, no le bastaba al Consejo derrotar a los comunistas; tenía, además, que apoderarse de algunas víctimas propiciatorias, y de ahí también la ejecución de Barceló y Conesa.

El Consejo no solo acreditó imperdonable fariseísmo en la ejecución de los dos jefes comunistas, sino que eligió torpemente a sus víctimas. Barceló era uno de los militares profesionales que mayores servicios habían prestado a la República en la guerra civil. Leal a la causa popular desde el primer día de la sublevación de Franco, distribuyó las armas al pueblo desde el ministerio de la Guerra y coadyuvó eficazmente a organizar a las masas para la lucha.

En los combates de Pozuelo y las Rozas, en noviembre de 1936 sufrió graves heridas. Su conducta durante toda la guerra fue la de un republicano cabal. Nada se le podía reprochar, en conciencia, y exigirle cuentas por las demasías cometidas por comunistas fanáticos en momentos de general ofuscación, era pura arbitrariedad. La moderación personal de Barceló era tan notoria como su lealtad a la República y a su partido, a los que servía sin alharacas ni excentricismo; quizás esta moderación indujo a Casado a creer que Barceló no era comunista de corazón.

Al concluir la guerra civil entre los republicanos la República quedaba tan mal parada como Patroclo en La Ilíada después que Apolo le dio el soberbio golpe que le aflojó la armadura. El golpe de Estado del 5 de marzo había costado la vida a dos mil republicanos. Los vencedores estaban tan perdidos como los vencidos. Dejemos al propio Casado que nos pinte la situación.

Desgraciadamente —escribe— nuestro propósito de conseguir semejante paz —una paz decente y honrosa— tropezó con la hostilidad de los comunistas. Su subversiva actitud duró siete días y los estragos fueron tan considerables que el Consejo Nacional de Defensa no podía ya abrir negociaciones (con los fascistas) esgrimiendo el poder de resistencia de las tropas y la población civil. La lucha entre las fuerzas comunistas y las del Consejo Nacional de Defensa debilitó nuestra efectividad, condujo al abandono de sectores del frente que quedaron a merced de los nacionalistas durante varios días y causó la desesperación de la población civil. Nos encontrábamos en la más precaria situación como resultado de los daños morales y materiales que había originado la revuelta comunista.

Naturalmente, Casado se niega a reconocer que todos esos males eran consecuencia de su golpe de Estado, y sorprende que los lamente no habiendo retrocedido el 5 de marzo ante la perspectiva de suscitar en la zona republicana, precisamente, la subguerra civil que ha quedado descrita. Es más: Casado confesaría más tarde que cuanto ocurrió estaba de acuerdo con sus planes. Discurso del 26 de marzo.

Condiciones de paz del Consejo

La constitución del Consejo de Defensa había tenido ya repercusiones fatales para la República: había huido la flota y se había acentuado hondamente la desmoralización republicana; se daba por terminada la guerra. En estas condiciones ¿qué cabía esperar de Franco?

El Consejo se había ocupado de las negociaciones de paz en el transcurso del conflicto con los preconizadores de la resistencia, y había llegado, incluso a pedir la apertura de los tratos por la radio. Casado seguía creyendo, a pesar de todo, que luego que él se pusiera en contacto con los generales fascistas se desvanecería la intransigencia enemiga. Se consideraba, como sabemos, muy respetado en el Ejército de Franco y tenía desmesurada confianza en sus dotes de persuasión. Veía la paz como un asunto a resolver por los ejércitos, entre caballeros militares.

La junta se proponía recabar de los nacionalistas que garantizaran la independencia e integridad nacionales, la expatriación de todo aquel que deseara abandonar España y la ausencia de toda suerte de represalias. La misión de parlamentar con los generales de Franco, recayó, claro es, en el coronel Casado, a quien acompañaría el general Matallana, jefe del Grupo de Ejércitos

Convenido el alcance de las condiciones de paz aceptables para los republicanos y designados sus plenipotenciarios, el Consejo hizo público el documento que habría de servir de base de discusión con los nacionalistas.

El Consejo se declara en el preámbulo expresión viva de la España republicana (con indiscutible propiedad, porque después de la derrota de los comunistas había una expresión muerta o encarcelada), y se disculpa ante Franco por no haber podido dedicarse a obtener la paz debido a la circunstancia de que ciertos elementos comunistas han realizado una rebelión contra su autoridad... Afortunadamente —aclara—, el alzamiento ha quedado sofocado y ha servido para demostrar una vez más que el Consejo cuenta con el apoyo de todos los españoles cuyo sentido del honor les hace poner sus esperanzas de paz ante todo los demás.

Siguen las condiciones de paz de la junta, a saber:

  1. Declaración final y categórica de respeto a la soberanía y la integridad nacionales.
  2. Seguridad de que todos los que han tomado parte honorable y limpiamente en la guerra serán tratados con el mayor respeto para sus personas y sus intereses.
  3. Garantía de que no habrá represalias ni otras sentencias que las dictadas por tribunales competentes.
  4. Respeto para la vida y la libertad de los militares republicanos y comisarios políticos republicanos que no sean culpables de ningún delito criminal.
  5. Respeto para la vida, la libertad y empleo de los militares profesionales que no hayan sido culpables de ningún crimen.
  6. Respeto para la vida, libertad e interese de los funcionarios públicos en las mismas condiciones.
  7. Concesión de veinticinco días para la expatriación de todas las personas que deseen abandonar el país.
  8. Que en la zona republicana no haya soldados italianos ni moros.
  9. Que una vez aceptado por el Consejo este documento, el consejero de Defensa y el general jefe del Grupo de Ejércitos lo presentarán al enemigo.

El Consejo acreditaba absoluta desorientación yéndole a Franco, que no admitía que se hablara de paz condicionada, con las pretensiones que se registran en el documento precedente. El gobierno Negrín se había manifestado dispuesto a poner fin a las hostilidades si el enemigo garantizaba que no tomaría represalias y permitiría la salida al extranjero de los republicanos que lo desearan.

Conocida es, sin embargo, la negativa de los rebeldes a pactar en condiciones tan favorables para ellos. La junta del coronel Casado era más exigente, y a las aspiraciones del gobierno Negrín añadía las de que no hubiera moros ni italianos en la zona republicana, que Franco prometiera final y enérgicamente la salvaguardia de la soberanía nacional y la integridad del territorio, que se respetase en sus puestos a los funcionarios públicos y que a los militares profesionales se les reconociera la graduación y el empleo.

Por lo que concierne al Ejército de la República, el Consejo traza una línea divisoria entre los militares no profesionales y los profesionales. A los primeros los alude en la condición 4ª, y a los segundos en la 5ª. Ello testifica cuan dominada estaba la junta por el coronel Casado y los generales del antiguo Ejército. Es evidente que los militares profesionales sublevados contra el gobierno Negrín trataban de salvarse a toda costa, y no solo salvarse físicamente; se disponían a ingresar en el Ejército nacional con el empleo que disfrutaban en el Ejército de la República.

Casado suponía que Franco necesitaría oficiales, y se forjó la ilusión que los nacionalistas no podrían prescindir de los militares republicanos de antiguo Ejército competentes en su especialidad: Casado lo era, sin duda. Y es harto probable que los agentes de Franco aseguraran a estos militares profesionales de la República que sus servicios en pro del cese de la resistencia les serían reconocidos con ventaja para su carrera. Con algunos, el Caudillo fue generosos después.

Negrín había ascendido a Casado a general y Casado había recibido el ascenso con satisfacción, según afirma el general Hidalgo de Cisneros, en cuya presencia dio el coronel órdenes para que prendieran las nuevas insignias en su uniforme. Pero a poco cambió de parecer, y cuando se sublevó lo hizo como coronel. Había comprendido que la categoría de general le perjudicaría en el futuro ante Franco, y los hechos justificaron su recelo.

Reiteremos que el papel de los nueve puntos nos presenta al Consejo de Defensa plenamente extrañado de la realidad. Esta junta era mucho más ambiciosa, siendo militarmente mucho más débil, que el gobierno Negrín. Negrín se hallaba al frente de fuerzas militares que, bien dirigidas y administradas, hubieran dado a Franco serias preocupaciones, porque nunca se insistirá bastante en que la prolongación de la guerra no era, a pesar de sus victorias, deseable para Franco. La junta del coronel Casado no tenía propósito de combatir y había aniquilado la mayor parte de los medios de resistencia que pasaron a su poder.

En aquella situación, la República estaba encomendada a la voluntad de los fascistas y los fascistas lo sabían. Y si antes menospreciaba Franco el anhelo de paz condicional de los republicanos, ahora reaccionaba respecto de las aspiraciones del Consejo de Defensa con estúpida, pero explicable soberbia. Los de Burgos declaraban que Franco considera como una injuria grave todo paso que se dé cerca de él para llegar a una paz con condiciones, ya que, como ha dicho repetidas veces, solo aceptará una rendición absolutamente incondicional.

En la mañana del 11 de marzo, el Consejo aprobó el documento de los nueve puntos y decidió comenzar las negociaciones de paz con el gobierno nacionalista. Es decir, ya habían pedido la paz repetidamente por la radio, logrando solamente respuestas inciviles de los fascistas, y ahora iba a ver quiénes eran los fascistas de Madrid aceptables para Franco como intermediarios.

Asunto tan importante se llevó —apunta Casado— con el mayor secreto. La reunión del Consejo tuvo lugar por la mañana, y por la tarde se presentaron a Casado, espontáneamente, con la audacia de los poderosos, los representantes de Franco en Madrid. Los representantes de Franco en Madrid conocían ya el documento de las condiciones de paz del Consejo. Un consejero traidor los había informado de todo.

Las negociaciones

El agente principal de Franco en Madrid era el teniente coronel de Artillería Cendaños, ¡jefe de uno de los departamentos militares de la República! Le acompañaba otro sujeto. Cendaños felicitó a Casado por la decisión del Consejo de negociar la paz y le anunció que él y su acompañante se ponían a su disposición. La declaración de sus visitantes, tan impulsiva e inesperada, alarmó a Casado. Pensó —dice— detenerlos y juzgarlos sumarísimamente por alta traición, pero prefirió aceptarlos como enlaces para tratar con Franco.

Los representantes de Franco advirtieron a Casado

que los representantes del Consejo solo tendrían la misión de buscar un acuerdo con los nacionalistas sobre el modo de entregar la zona y el Ejército republicanos, puesto que el generalísimo exigiría en breve la rendición incondicional.Casado, p. 210.

Casado respondió que el Ejército republicano estaba preparado para luchar hasta el final, y los agentes de Franco, con una sonrisa, sin duda, le alargaron un documento con las condiciones fijadas por el Caudillo

El Consejo de Defensa estudió detenidamente el papel. Se podía ver —anota Casado— que este documento había sido redactado tan hábilmente que, sin conceder nada, alimentaba la confianza en todos los que lo leyeran de buena fe.

El jefe de la junta, que se había alzado contra el gobierno impelido por la convicción de que él podía obtener mejores condiciones de paz que Negrín, advertía ahora, un poco tarde, que con aquel enemigo no se podía tratar. Las declaraciones hechas por los representantes del enemigo y un estudio de las concesiones que hacía el generalísimo —concluye amargamente el coronel— me hacían dudar de que hubiera posibilidad de negociar.

Con todo, Casado se calla su impresión.

Sin embargo, no quería yo que mi escepticismo afectara a los demás miembros del Consejo, porque teníamos que evitar la depresión y la excitación, las consecuencias de las cuales pudieran haber sido fatales. Mas a pesar de mi silencio, comprendí que los demás miembros del Consejo pensaban, como yo, que el general Franco se negaría a entablar conversaciones de paz. Casado, p. 214.

Casado pidió a Burgos que aclarara el sentido de varias proposiciones, pero a Franco no le urgía contestar. Durante una semana las negociaciones estuvieron paralizadas, y el Consejo desesperó, quizás, por primera vez, de obtener la paz decente y honrosa que ya le iba saliendo tan cara en indecencias y en deshonor.

En este intervalo, el coronel pensó en ordenar la retirada del Ejército del Centro por el Tajo y se dispuso —dice— a organizar la evacuación de la población civil de Madrid. Pero el temor a acentuar la desmoralización decidió al Consejo a aplazar todo movimiento hasta el día 26.

La junta no tomaba ninguna medida porque, en síntesis, había prometido al pueblo la paz en condiciones de justicia y decoro y no osaba anunciar al público su fracaso. Nada se decía a los republicanos del estado de las negociaciones, pero la prensa —no tolerados los periódicos de oposición— insistía en persuadir a las gentes de que todo republicano que no hubiera asesinado ni robado podía mirar con confianza el porvenir. Se preparaba psicológicamente al pueblo para recibir sin alarmas a las tropas de Franco.

En su afán de aplacar las iras del Júpiter de Burgos, Casado ordenó que fueran puestos en libertad los presos fascistas. Los comunistas continuaron encerrados.

El 19 anunciaron al coronel que los representantes de franco deseaban verle. Cendaños y su acompañante le comunicaron que el generalísimo accedía a negociar, pero que los rechazaba a él y a Matallana como plenipotenciarios, en vista de su alta graduación militar. En lugar de ambos debían elegir dos oficiales del Ejército republicano, cuya sola misión consistiría en disponer los detalles para la rendición.

El Consejo convino que si bien Franco insistía en la rendición incondicional no era mal síntoma que se prestara a negociar.

Casado recomendó como negociadores por la junta al teniente coronel Antonio Garijo y al comandante de caballería Leopoldo Ortega, los dos pertenecientes al Estado Mayor.

Dos días después los agentes nacionalistas comunicaron a Casado un mensaje del generalísimo en el que se establecía que los representantes del Consejo se trasladaran a Burgos el 23, en aeroplano, que cruzaran Somosierra en vuelo directo y que aterrizaran en el aeródromo de aquella capital entre las nueve y las doce horas.

Antes de que el teniente coronel Garijo y el comandante Ortega pasaran a cumplir la misión que les habían confiado, Casado informó al cónsul británico en Madrid del desarrollo de las negociaciones, y este diplomático manifestó que no podía dar opinión oficial sobre tan importante extremo, pero en privado y amistosamente consideraba que ese era el único camino y quizás la única solución. Personalmente, yo estimé —dice Casado— que esta opinión particular del señor Milanés coincidía con la del gobierno británico.

Con el fin de ver cuáles eran las posibilidades de evacuación de los republicanos más seriamente amenazados por la venganza de los fascistas, Besteiro y Casado realizaron gestiones cerca de los cónsules de la Gran Bretaña y Francia. El cónsul francés no prometió nada en concreto y el señor Milanés declaró que el gobierno británico no tendría inconveniente en contribuir a la obra humanitaria de la evacuación con los barcos de guerra estacionados en la costa levantina española si el general Franco lo permitía.

Casado envió a París al Intendente General del Centro, Trifón Gómez, para asuntos relacionados con igual problema y para que gestionase el reconocimiento diplomático del Consejo de Defensa. Pero las potencias parlamentarias, cuyos agentes hicieron creer al Consejo de Defensa que contaría con su apoyo en cualquier dificultad, comenzaban a desentenderse de la tragedia republicana y dejaban a Besteiro y a Casado en la estacada. Ya no los necesitaban.

Los plenipotenciarios de la junta despegaron del aeropuerto de Barajas a las diez y media de la mañana del 23 de marzo. Con ellos viajaban los representantes de Franco en Madrid y eran portadores de un mensaje del Consejo Nacional de Defensa al Mando Nacionalista.

En este documento, suscrito solamente por Casado, se expresa el deseo de entregar la zona republicana.

en las mejores circunstancias posibles, sin efusión de sangre; se piden al gobierno nacionalista facilidades para la evacuación de las personas que deseen salir de España; se reclama que no se ofenda a Madrid con el desfile de fuerzas extranjeras; se propone la entrega del territorio republicano por zonas o teatros de operaciones, para que haya organización y orden, y se concluye prometiendo ayuda al gobierno nacionalista en el problema de la alimentación de la zona Centro.

Los emisarios de la junta estuvieron de regreso de Burgos a las siete de la tarde. Contaron sus aventuras. En el aeródromo de Burgos habían visto algunos alemanes, quienes tiraron varias placas del aeroplano Douglas en que viajaban. Pasaron a un pequeño edificio destinado a los aviadores. Fueron recibidos fríamente por los señores Gonzalo y Ungría, coroneles de Franco, con quienes se reunieron en el comedor de oficiales del aeródromo.

Los señores Garijo y Ortega transmitieron a sus interlocutores el plan del Consejo de Defensa, según el cual la zona republicana le sería entregada a Franco en el término de veinticinco días, por teatros de operaciones. Primero el Centro, luego Extremadura, después Andalucía y finalmente Levante.

Franco no aceptó la entrega por zonas y replicó con un elaborado y extenso plan de ocupación. El Caudilloexigía la entrega simbólica de la aviación republicana antes de las seis horas del veinticinco de marzo y la rendición del resto de las fuerzas militares de la República el día 27.

Los plenipotenciarios de la junta propusieron la firma de un pacto, pero los representantes nacionalistas aclararon que no se firmaría pacto alguno, que no habría ampliación de las concesiones y que el Consejo de Defensa tendría que ajustarse estrictamente a las instrucciones que le diera el generalísimo.

Casado decía que la actitud de los nacionalistas carecía de precedente en la historia.

El Consejo pidió a Burgos otra entrevista y el 25 contestó Franco concediéndola.

Otra vez aparecieron en el aeródromo de Burgos, para sostener el mismo punto de vista del Consejo, el teniente coronel Garijo y el comandante Ortega. Pero los representantes de Franco tornaron a rechazar el deseo de la junta de entregar la República por zonas, si bien accedieron a que se redactara un convenio que suscribieran ambas partes.

El teniente coronel Garijo quedó encargado de escribirlo. Y en esta tarea se hallaba ocupado cuando, a las seis de la tarde, un representante de Franco le comunicó que las negociaciones debían darse por rotas, supuesto que la junta no había entregado la aviación republicana en el plazo estipulado. A tan desconcertante noticia, los representantes del Caudillo añadieron la conminación de que los emisarios del Consejo de Defensa abandonaran Burgos al instante.

Lo avanzado de la hora y las malas condiciones atmosféricas en que se les obligaba a emprender el vuelo motivaron una lamentación de los militares republicanos, pero no consiguieron ablandar el corazón de sus antagonistas.

El teniente corone Garijo y el comandante Ortega salieron, pues, de Burgos, afrentados.

A las siete y media de la tarde llegaron a Madrid, y el Consejo, después de escuchar a sus defraudados plenipotenciarios, resolvió entregar la aviación republicana al día siguiente, 26. En tal sentido dirigió a Burgos un radiograma; pero Franco respondió con otro en el que invitaba al Consejo a que ordenara a las fuerzas republicanas de las primeras líneas, que alzaran bandera blanca y comenzaran la rendición.

El ultimátum de Burgos fue seguido de tres ataques a cargo de las fuerzas fascistas, uno en Pozoblanco hacia Almadén, otro de Toledo a Mora y otro hacia las colinas de Ocaña. Solo en estos sectores hostilizaron las tropas de Franco al Ejército republicano y aun estas agresiones las realizaron con muy escasas fuerzas, según el propio Casado.

En los ejércitos de Levante y Andalucía —agrega el coronel— nuestras fuerzas permanecieron en sus posiciones sin ser atacadas por el enemigo. Si este avanzó sobre Almadén y Mora de Toledo lo hizo, no con idea de aislar al ejército de Extremadura, sino simplemente con objeto de obligar a nuestras fuerzas a retirarse, de suerte que pudiera ocupar la zona rápidamente y sin lucha.

En este momento, como desde la caída de Cataluña, la preocupación esencial de Franco le llevaba a evitar nuevos combates. Temía el dictador que las fuerzas republicanas, desobedeciendo al Consejo de Defensa, ofrecieran resistencia; y la benevolencia con que los fascistas acogían a los militares republicanos que se rendían (en contraste con la crueldad con que los trataron después) era debida al temor de que actos de violencia de su parte provocaran una reacción en las fuerzas republicanas.

No le faltaban motivos a Franco para recelar oposición, porque la junta del coronel Casado era ya un pelele tragicómico. No pudo entregar la aviación, aun habiéndolo acordado, porque buen número de los pilotos huyeron a Orán con los aparatos. Y cuando el pueblo republicano supo que tenía que rendirse incondicionalmente se sintió, naturalmente, perdido y angustiado. Las gentes, como tantas veces hemos dicho, ansiaban la paz, pero nadie concebía la entrega al enemigo de ocho millones de habitantes, diez provincias y un ejército glorioso de 800.000 hombres sin alguna concesión o garantía compensadora.

La alarma y el descontento públicos forzaron al Consejo a dirigirse por la radio a los republicanos. El 26 por la noche desfilaron por el micrófono varios consejeros y líderes comprometidos en la política del coronel Casado. José del Río, secretario del Consejo, dijo, entre otras cosas.

El Consejo Nacional de Defensa ha sido sorprendido por lo que ha pasado y no puede comprender las intenciones del gobierno nacionalista, a quien le ofreció todo lo necesario para la rendición de la zona republicana en las mejores condiciones posibles.

El coronel Casado debió de dejar confusos a sus oyentes con esta revelación.

Puedo asegurar que en toda la zona leal nada ha acontecido que no estuviera en los planes concebidos por nosotros al tomar el poder constitucional de la España republicana el 5 de marzo.

Pero el discurso más notable fue el de González Marín, anarquista y consejero de Hacienda y Economía en la junta.

Para realizar la reorganización total de este país y dedicar las energías del pueblo a la guerra —afirmó— no teníamos más remedio que derribar al gobierno Negrín, actuando por encima de consideraciones de carácter constitucional y jurídico... Casado, p. 243.

La desbandada

En la tarde del 27 de marzo los soldados republicanos comenzaron a abandonar los frentes. El jefe del ejército del Centro pidió instrucciones a Casado y el coronel le mandó que no se opusiera a la desbandada. A las siete de la mañana del 28, el mismo jefe del ejército del Centro recibió la orden de ponerse en contacto con los nacionalistas para ejecutar formalmente la rendición; y cuando este jefe republicano compareció ante los generales de Franco en el Hospital Clínico, Casado consideró que su misión en Madrid había terminado y se dispuso a salir para Valencia para liquidar los demás ejércitos del mismo modo..

El coronel marchó en su automóvil oficial al aeródromo en que le esperaba el aeroplano que le trasladaría a la capital levantina. Desde el avión divisó columnas de camiones y grupos de soldados que se marchaban a sus casas, comprendiendo, quizás, la inutilidad de su magnífico sacrificio.

El coronel se encontró con la guarnición de Valencia alarmada. Mandó que formaran las tropas y les dijo que según las promesas de Franco, todo el que no hubiera cometido crímenes de sangre quedaría en libertad.

En la misma Valencia, ante los miembros de la Delegación Internacional y una docena más de personas, Casado declaró.

El generalísimo Franco me ha prometido que no se opondrá a la evacuación. No ha firmado ningún documento, porque eso hubiera sido una humillación que no pude exigirse de un vencedor; pero ustedes pueden confiar en su palabra. Todas las promesas que me ha hecho las ha cumplido.

En la mañana del 29 prácticamente todos los ejércitos republicanos se habían disuelto y a las once Casado dio instrucciones para la rendición, aun comprendiendo que semejante acto carecía de sentido.

La junta había aconsejado a los republicanos que querían huir que se concentrasen en Alicante y en este puerto se contaron pronto unas diez mil personas deseosas, con la ansiedad imaginable, de salir de España.

Los miembros del Consejo de Defensa, reunidos en Valencia con Casado —salvo Besteiro y algún otro, que prefirieron permanecer en Madrid— decidieron marchar al puerto de Gandía, donde, con otros cien españoles, embarcaron para Inglaterra en el buque de guerra británico Galatea.

En el puerto de Alicante no hubo barcos para la evacuación, y la multitud innumerable de fugitivos, entre los que se encontraban de dos a tres mil niños y mujeres, fue inmediatamente rodeada por las fuerzas italianas del general Gambara. Indescriptible desesperación anonadó a muchos y en pocas horas se registraron cuarenta y cinco suicidios.

Del puerto de Alicante, la mayoría de los hombres fueron conducidos al campo de concentración de Albatera, donde pronto se apretaron 17.000 o 18.000 republicanos en un espacio acotado por la República para 800 personas. Durante varios meses vivieron a la intemperie, prácticamente sin alimentación, a menudo sin agua. Dos o tres veces a la semana, oían los reclusos las detonaciones de los fusilamientos de republicanos que habían intentado fugarse o injustamente acusados de haberlo pretendido.

Fue por entonces cuando se inició una reacción que nos permitió discernir por qué habíamos luchado y por qué hubiera sido útil el mantenimiento de la resistencia. Rodríguez Vega, de UGT, conferencia en México, 10-III-1943.

Exterminio de los republicanos

Del campo de concentración de Albatera, a la vuelta de varios meses, fueron saliendo los republicanos para ser procesados y juzgados. La entrada en Madrid —relata Rodríguez Vega— nos dio una idea de cual iba a ser el panorama de espanto, de dolor y de tragedia que habríamos de presenciar o vivir por espacio de unos años: apaleamientos de compañeros, palizas propinadas sin respetar sexo ni edad, lo mismo a un anciano que a una mujer; tormentos refinados que en el tiempo que yo estuve en aquella comisaría —la de la calle de Almagro— dieron lugar a tres suicidios...

En julio de 1939 visitó a España, invitado por Franco, el conde Ciano. Acedía a participar, con innegable derecho, de la victoria. En sus papeles diplomáticos escribió:

Todavía hay muchas ejecuciones. Solo en Madrid entre 200 y 250 diarias; en Barcelona, 150; en Sevilla, una ciudad que nunca estuvo en manos de los rojos, 80... Durante mi estancia en España, habiendo en las cárceles más de 10.000 condenados a muerte a la espera del inevitable momento de la ejecución, solo dos, repito, solo dos peticiones de perdón me fueron hechas por las familias. Ciano´s Diplomatic Papers, p. 294.

Acusados de rebelión —denunciaba Mr. A. V. Phillips en 1940— cientos de miles de españoles están siendo condenados a muerte, cientos de miles a treinta años de presidio, y a cientos de miles más se les imponen penas de veinte, doce o seis años de prisión.

Según Mr. A. V. Phillips, a fines de 1939 cien mil republicanos habían sido ya ejecutados por Franco en lo que era a principios de ese año zona republicana. A. V. Phillips, autor del folleto Spain under Franco, residió en Madrid desde 1927 hasta 1939. Fue corresponsal de Reuter, la Exchange Telegraph Company y el News Chronicle de Londres.

RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 274-405.