Conflicto bélico, consecuencia del fracasado golpe de Estado de una gran parte de la oficialidad del Ejército contra la II República, que enfrentó a los españoles entre el 18-VII-1936 y el 1-IV-1939. Desde el mismo día de su proclamación, el 14-IV-1931, la II República hubo de afrontar las amenazas de involucionismo procedentes de sectores militares, monárquicos y derechistas, cada vez más influidos por el fascismo europeo. La crisis del sistema de la Restauración, especialmente a partir de 1917, propició en el ejército el desarrollo de una conciencia corporativa de su función política no solo contraria al civilismo de Cánovas, sino también al modelo de pronunciamiento establecido durante el s. XIX. El golpe de estado del general Primo de Rivera (13-IX-1923) fortaleció la idea castrense del Ejército como árbitro de la situación política y garante del orden social.

Un amplio sector de las fuerzas armadas coincidía en su rechazo absoluto de la democracia liberal con el bloque social, políticamente hegemónico hasta 1931, formado por la aristocracia monárquica, los grandes propietarios y latifundistas y la derecha católica. El fallido intento del general Sanjurjo, el 10-VIII-1932, fue el resultado del acuerdo entre monárquicos alfonsinos y militares. Con su fracaso la Sanjurjada demostró la ineficacia de los pronunciamientos al estilo decimonónico, frente a una sociedad ampliamente movilizada a favor de la República.

A partir de entonces resultó evidente que cualquier acto de rebelión militar contra la legalidad vigente debería contar con el apoyo exterior y con el respaldo de un movimiento político de masas, como el que propugnaba el falangismo o proporcionaba el carlismo en algunas zonas del país. La participación de la CEDA en el gobierno durante el bienio negro (1933-1936) determinó un cambio de planes: no se trataba ya de acabar con la República mediante una rotunda acción militar, sino acatar la legalidad para emprender su transformación desde el poder.

En los dos casos el objetivo era el mismo: derogar casi en su totalidad la legislación promulgada durante el Bienio Social-Azañista (1931-1933), desvirtuar la representatividad de las instituciones republicanas, reformar la Constitución y otras leyes fundamentales y, en último término, recuperar la hegemonía social perdida. Con el triunfo del Frente Popular en las elecciones del 16-II-1936 el golpe de Estado se erigía en la única alternativa viable para quienes no aceptaban el resultado de las urnas y contaban con un apoyo social notable (como muestra la coincidencia entre el mapa político de los comicios de febrero y el de la sublevación de julio).

En la noche del 16 de febrero el general Franco, todavía jefe del Estado Mayor Central, pretendió que el jefe del Gobierno, Portela Valladares dictara medidas de emergencia para impedir la transferencia de poderes al Frente Popular. El 8 de marzo siguiente los generales, Franco, Mola, Orgaz, Villegas, Varela y Fanjul, así como el teniente coronel Galarza, se reunieron en el domicilio del político cedista José Delgado para sentar las bases de una acción militar coordinada.

A finales del mes de abril circuló entre las guarniciones la Instrucción reservada nº1, firmada por Mola con el nombre de El Director, declaración de principios ideológicos que introducía una descripción detallada del aparato organizativo de los conspiradores. El 5 de junio apareció la instrucción titulada El Directorio y su obra inicial. En ella se recogía ya la premisa del movimiento sedicioso: el Ejército como institución arbitral y decisoria puesta al frente de una amplia coalición de fuerzas sociales y políticas unidas a pesar de sus divergencias, en la reacción contra la II República. Nada quedaba definido acerca del nuevo Estado que debía surgir tras la victoria de la sublevación, excepto su carácter corporativo, resultado de influencias diversas: el regeneracionismo finisecular, la doctrina social de la Iglesia, el corporativismo tradicionalista y el moderno fascismo europeo.

Para entonces Mola había contactado con Franco –destinado a Tenerife– y Sanjurjo –exiliado en Portugal– y había entablado negociaciones con los carlistas de la CT, con los monárquicos de Renovación Española, con los falangistas de FET y de las JONS, y con la derecha católica, cada vez más radicalizada que representaba la . Los preparativos militares no habían progresado lo suficiente, pero en el mes de junio quedó ultimado el organigrama de la rebelión: Goded en Valencia, González Carrasco en Barcelona, Queipo de Llano en Valladolid, Villegas y Fanjul en Madrid, González de Lara en Burgos, López Pinto y Varela en Cádiz, Patxot en Málaga y el coronel Cascajo en Córdoba. El teniente coronel Yagüe se responsabilizaba de sublevar el Ejército de Marruecos, cuyo mando definitivo tomaría Franco, mientras que la adhesión de Cabanellas en Zaragoza resultaba fundamental por cuanto de trataba del único jefe de División Orgánica que ponía al servicio de los conspiradores importantes recursos militares.

Entre los principales implicados se encontraban también los generales Orgaz, Ponte, Saliquet, Kindelán, Dávila y García de la Herrán; los teniente coroneles Muñoz Grandes y Valentín Galarza; los coroneles García Escámez, Sáenz de Buruaga, Monasterio, Aranda, Martín Alonso y Serrador, y los comandantes García Valiño, Esparza, y Fernández Cordón. Se acordó que el General Sanjurjo abandonara su exilio en Portugal para tomar el mando supremo de la sublevación. El trece de julio fue asesinado José Calvo Sotelo, como respuesta al asesinato de José Castillo, teniente de la Guardia de Asalto, y el 14 de julio quedaron superadas las últimas reticencias de los carlistas, gracias a la mediación de Sanjurjo.

Ese mismo día llegó a Tenerife el avión Dragón Rapide que Luis Bolín, corresponsal de ABC en Londres había adquirido con dinero del banquero mallorquín Juan March para trasladar a Franco hasta Marruecos. Dos días después en el monasterio de Irache (Navarra), Mola "juró por su honor "ante el general Batet– su superior jerárquico como jefe de la VI División Orgánica– que no estaba implicado en intentona golpista alguna. La fecha prevista para la sublevación en la Península y Marruecos era el 18-VII-1936

Los acontecimientos se precipitaron en la tarde del 17 de julio, después de que los conspiradores detuvieran en Melilla al general Romerales. Las fuerzas del tercio y regulares abandonaron sus cuarteles en Segangan y Tahuima para ocupar la ciudad, objetivo cumplido pocas horas más tarde tras vencer la resistencia que encontraron en barrios obreros. Al mismo tiempo el coronel Juan Yagüe de apoderaba de Ceuta con tropas de la legión acampadas en Dar Riffien y el coronel Sáenz de Buruaga dominaba Tetuán con los regulares del coronel Asensio. Apresado el alto comisario Álvarez Buylla en Tetuán "capital del Protectorado español de Marruecos– solo resistía el aeródromo a las órdenes del comandante Lapuente Bahamonde, primo hermano de Franco. En Melilla una columna se preparaba para cruzar el Estrecho de Gibraltar a bordo del destructor Sánchez Barcáiztegui, pero la tripulación del navío se negó a ello desobedeciendo las órdenes de sus oficiales y, tras realizar varios disparos de cañón contra la ciudad, zarpó a media noche.

A las dos de la madrugada del día 18 el general Franco recibía en La Palmas de Gran Canaria de un telegrama anunciando la rebelión del ejército de África y, al amanecer, Radio Canarias emitió su llamamiento a la rebelión militar, que garantizaría a España "por primera vez y en este orden, la trilogía de fraternidad, libertad e igualdad". Tras encomendar al general Orgaz el mando de la sublevación en Canarias, Franco partió en el Dragon Rapide hacia Casablanca, en el Marruecos francés, donde pernoctó, y el domingo 19 de julio aterrizó en Tetuán. En Madrid el Consejo de Ministros se había reunido en sesión ordinaria la tarde del viernes 17 y el presidente del Gobierno, Casares Quiroga informó sobre la rebelión en Marruecos, si bien no se acordó medida alguna.

El gobierno no tomó la iniciativa salvo para ordenar a los gobernadores civiles que se negaran a la entrega de las armas reclamadas por los partidos y organizaciones obreras. Con esta media se pretendía evitar cualquier motivo de provocación a las guarniciones militares cuya fidelidad se sabía, en el mejor de los casos insegura. La prudencia, sin embargo, se evidenció como una táctica equivocada en aquellos momentos: en Sevilla el inspector general de carabineros, Queipo de Llano, detuvo al general Villa Abrille, y, poco después del mediodía, controlaba la totalidad de la guarnición militar. Solo la Guardia de Asalto ofreció resistencia en el centro de la ciudad hasta las seis de la tarde; posteriormente su jefes, el comandante Loureiro y los capitanes Álvarez y Escribano, fueron fusilados.

Los obreros se reagruparon entonces en los barrios periféricos de Triana, la Macarena, San Bernardo, San Julián y el Pumarejo, donde prosiguieron la lucha durante varios días. Los militares y policías republicanos, así como los obreros y miembros de organizaciones políticas, combatían todavía en Larache (Marruecos) y, bajo las órdenes de los respectivos gobernadores civiles, en Almería, Huelva, Granada y Cádiz. El día 18 por la tarde Casares Quiroga presentó la dimisión y, poco después de la medianoche, Azaña encargó a Martínez Barrio la formación de un Gobierno de conciliación. Con la ayuda del general Miaja, ministro de Guerra, Martínez Barrio entabló negociaciones con los generales Mola y Cabanellas, aunque sin éxito. En Zaragoza había sido detenido ya el general Núñez de Prado, enviado desde Madrid para conferenciar con su amigo Cabanellas y, posteriormente, ejecutado en Pamplona.

En la capital navarra, el mismo día 18, había sido asesinado por orden de Mola el comandante en jefe de la Guardia Civil, Rodríguez Medel, cuando se encaminaba hacia su cuartel. Durante la noche del día 18 los sublevados detuvieron en Burgos a los generales Mena y Batet –este fusilado meses más tarde–y al general Molero en Valladolid, donde tomaron el mando los generales Ponte y Saliquet.

El día 19 resultó decisivo en la generalización del conflicto y la clarificación de las fuerzas contendientes. Había fracasado el programa de Martínez Barrio, que incluía un alto el fuego bilateral, el desarme de todas las milicias, la incorporación de los trabajadores a sus empresas, la formación de un Gobierno Nacional con exclusión de los comunistas, la restitución de los militares sublevados a sus puestos sin represalias, la disolución de las Cortes y la creación de un consejo consultivo de carácter constituyente.

José Giral, hasta entonces ministro de Marina, formó nuevo Gobierno –con el general Pozas en Gobernación y el general Castelló en Guerra– y ordenó la distribución de armas entre los partidarios del Frente Popular y sindicatos obreros. Franco había tomado el mando del ejército de Marruecos y controlaba totalmente la colonia mediante una represión tan rápida como implacable: su primo Lapuente Bahamonde, los también capitanes Leret, López de Haro y Bermúdez de la Reina, los comandantes Seco, De la Puente, Ferrer, Madariaga y Guimerá, el alto comisario Álvarez Buylla, el teniente coronel Caballero y el general Romerales, entre otros mucho militares y civiles, fueron fusilados. Sin embargo, el éxito o fracaso del golpe de Estado se decidía en Madrid, como sede de las principales instituciones del poder nacional, y en Barcelona, en su condición de centro económico más importante del país.

Barcelona

Los diferentes regimientos que integraban la guarnición de esta ciudad salieron de sus cuarteles en la madrugada del día 19 y avanzaron convergentemente sobre la plaza de Cataluña siguiendo las instrucciones del general Fernández Burriel, quien asumió el mando tras la detención del general Llano de la Encomienda. A diferencia de los ocurrido en otros lugares, en Barcelona la Consellería de Orden Público de la Generalitat había adoptado medidas destinadas a impedir una acción militar que se consideraba inminente.

La decidida actuación de los militantes anarco sindicalistas y las fuerzas de seguridad catalanas, la colaboración de la Guardia de Asalto, los Carabineros y la aviación y, sobre todo, la lealtad de la Guardia Civil, permitieron hacer frente a las tropas nacionales. En los intensos combates urbanos destacaron los dirigentes de la CNT-FAI Buenaventura Durruti y Francisco Ascaso, este muerto durante el asalto al cuartel de las Atarazanas; el teniente coronel del Aire, Díaz Sandino, y los mandos de la Guardia Civil, general Aranguren y coronel Escobar.

La lucha se había decidido a favor del Gobierno cuando, a mediodía, llegó la flotilla de aviones que trasladaba al general Goded desde Mallorca a Barcelona para dirigir personalmente la insurrección. Tras su apresamiento, siete horas después, leyó por radio un mensaje en el que solicitaba la rendición de las tropas bajo su influencia. En agosto de ese año fue condenado por un consejo de guerra y ejecutado.

Madrid

En la capital la confusa situación quedó definida el día 20: Los sublevados contaban con los cuarteles de Artillería de Getafe, de Zapadores de Campamento y de la Montaña donde el día anterior, el general Fanjul había declarado el estado de guerra. También con el regimiento de Transmisiones de El Pardo, el cual ocupó Segovia. El gobierno disponía de los regimientos de Carros y 6º de Infantería, el parque de Artillería, los aeródromos de Getafe y Cuatro Vientos, la Guardia de Asalto y la Guardia Civil. Hacia las seis y media de la mañana se inició el bombardeo artillero del cuartel de la Montaña, que se rindió a mediodía tras el asalto de centenares de milicianos.

Unos cincuenta mil fusiles y grandes cantidades de municiones que se almacenaban en su interior fueron trasladados al ministerio de Guerra. Los generales Fanjul y Fernández Quintana, cuyo linchamiento evitaron los soldados leales al Gobierno, fueron juzgados en consejo de guerra el 15 de agosto y fusilados dos días después. A las dos de la tarde se habían rendido los cuarteles de Getafe y Campamento, donde el ataque de los milicianos terminó con el asesinato del general García de la Herrán, aunque los sublevados controlaban todavía Alcalá de Henares (Madrid), Guadalajara y Toledo. Una columna mandada por el coronel Puigdengola ocupó Alcalá el día 21 y Guadalajara el 23, donde fueron ejecutados el general González de Lara y el contraalmirante Fontela.

Toledo

Otra columna dirigida por el general Riquelme entró en Toledo, pero el coronel Moscardó se hizo fuerte en el Alcázar con un grupo de cadetes de la Academia de Infantería, falangistas y un numeroso grupo de la Guardia Civil, además de familiares y rehenes tomados entre la población civil.

País Vasco

En Bilbao la Guardia Civil y de Asalto dominaron el intento de sedición del cuartel de Basurto, pero en Vitoria (Álava) el teniente coronel Camilo Alonso Vega se apoderó de la ciudad sin dificultades y en San Sebastián (Guipúzcoa) los cuarteles de Loyola resistieron hasta el 29 de julio el cerco de las milicias republicanas. El mismo día 19 los dirigentes del PNV declararon públicamente su disposición a defender la legalidad republicana.

Asturias

En Oviedo el coronel Aranda entregó armas a una columna de mineros que partía hacia Madrid pero, cuando esta abandonó la ciudad, declaró el estado de guerra con 3.500 soldados y 856 voluntarios falangistas y derechistas al mando de Fernández Ladreda. En el resto de la provincia las organizaciones obreras mantuvieron la legalidad con la ayuda de la Guardia de Asalto, aunque en Gijón (Asturias) el cuartel de Simancas resistió hasta el 21 de agosto.

Valencia

En la ciudad levantina la indecisión del jefe de la III División Orgánica, general Martínez de Monge, se prolongó hasta el día 23, tiempo durante el cual las agrupaciones políticas y sindicales formaron un Comité Ejecutivo Popular y se estableció una Junta Delegada de Levante, presidida por Martínez Barrio. La opción de la Guardia Civil por la legalidad decidió definitivamente la situación el día 23, cuando Martínez de Monge declaró su lealtad al Gobierno, aunque seis días después se produjo el asalto a los cuarteles.

Galicia

En Galicia se mantuvo la calma hasta el día 20, cuando los rebeldes detuvieron en la Coruña a los generales Salcedo y Caridad Pita, así como al gobernador civil Pérez Carballo, y el la base naval de El Ferrol (La Coruña) al contralmirante Alzarola y al capitán de navío Sánchez Ferragut. Todos ellos fueron fusilados. En Vigo (Pontevedra) los obreros resistieron hasta el día 22, cuando la Guardia Civil se sumó a la sublevación, y en Tui (Pontevedra) hasta el día 29 gracias al apoyo de los Carabineros.

Otras zonas

También quedaron en poder de los nacionales las ciudades de Albacete –conquistada por efectivos de la Guardia Civil– y Granada tras la detención del general Campins, posteriormente fusilado en Sevilla, aunque grupos de obreros resistieron en el Albaicín hasta las últimas horas del día 21. Centenares de personas que huían de la ciudad formaron una columna cuya intervención resultó decisiva, con la ayuda del destructor Lepanto, para rendir en Almería a los efectivos sublevados del Ejército y la Guardia Civil. Asimismo, en Málaga, la presencia en el puerto del destructor Sánchez Barcáiztegui determinó la retirada de las tropas nacionales a sus cuarteles.

La lucha por el control de la flota resultó especialmente compleja y cruenta. El ministro de Marina, José Giral, fue el único de sus compañeros de gabinete que adoptó medidas preventivas tendentes a controlar un posible trasvase de tropas desde Marruecos en caso de producirse una sublevación en ese territorio, como aseguraban los rumores e informes. El 18 de julio los destructores Lepanto, Sánchez Barcáiztegui, Almirante Valdés y Churruca, así como el cañonero Dato y el torpedero T-19 vigilaban los puertos de Melilla y de Ceuta. También se dirigían al Estrecho de Gibraltar desde Ferrol, Santander y Cartagena los cruceros Miguel de Cervantes y Libertad, el acorazado Jaime I y el destructor Almirante Antequera, además de cuatro submarinos C y uno B.

El día 19 las naves destinadas en Ceuta, Churruca, Dato y T-19, se sumaron a los rebeldes y realizaron con otros buques el primer transporte de tropas hasta Algeciras y Cádiz, con las cuales pudo concluirse la ocupación de ambas ciudades, así como de Sevilla, e iniciarse la conquista de Huelva. La incógnita sobre qué unidades permanecían fieles al Gobierno se resolvió gracias a la actuación del Cuerpo de Auxiliares Radiotelegrafistas, que, en el centro emisor instalado por la Marina en Madrid, impidió la retransmisión del mensaje de Franco, posibilitó la detención del vicealmirante Salas y mantuvo la comunicación con las diferentes naves, informándoles de la situación.

Gracias a esta iniciativa el Gobierno conservó la mayor parte de las unidades que integraban la flota, después de que las tripulaciones detuvieran a sus mandos y oficiales, dos de los cuales –un capitán de corbeta y un teniente de navío– resultaron muertos en el Jaime I.

Entre los días 18 y 21 de julio se reunió en el puerto de Tánger la denominada Flota de Operaciones de la República, al mando del capitán de fragata Navarro Capdevila, integrada por el acorazado Jaime I, los cruceros Miguel de Cervantes y Libertad, los destructores Churruca, Sánchez Barcáiztegui y Almirante Ferrándiz, cañonero Laya, torpedero T-14, guardacostas Uad-Muluya y Uad-Lucus y buque planero Tofiño. En su misión de controlar el Estrecho contaba con la ayuda de los destructores Lepanto, Almirante Antequera y Alseldo, en la vertiente mediterránea.

Los sublevados compensaron en parte este fracaso al apoderarse de las bases navales de Ferrol y San Fernando (Cádiz), donde se encontraban sometidos a reparaciones el crucero República y el cañonero Lauria, y anclados el cañonero Cánovas del Castillo, el buque-escuela Juan Sebastián Elcano y los guardacostas Arcila y Larache. En la base ferrolana, ocupada tras un intenso enfrentamiento con la marinería y los obreros del astillero, los rebeldes hallaron el germen de su futura flota: el acorazado España, el crucero Almirante Cervera, el destructor Velasco, los guardacostas Xauen y Uad-Martín, los torpederos T-2 y T-7, el transporte Contramaestre Casado y, en distintas fases de construcción, los cruceros Canarias y Baleares y los minadores Júpiter, Vulcano, Neptuno y Marte. La República conservó otra base estratégica, la de Cartagena, así como la aeronaval de San Javier (Murcia) y la secundaria de Mahón, donde se produjo una matanza de oficiales.

En cuanto a la Aviación, la ventaja gubernamental resultaba considerable con las bases aéreas de Getafe, Albacete, Barcelona, Cuatro Vientos, Alcalá de Henares, Guadalajara, Los Alcázares (Murcia), San Javier y el Prat (Barcelona), además de la factorías de CASA en Getafe, Hispano Suiza en Guadalajara y Loring en Cuatro Vientos. Los insurgentes contaban con la bases de León, Sevilla, Granada, Logroño, Pollença (Mallorca), Tetuán, Melilla, Larache, y con la factoría de CASA en Puntales (Cádiz). El 20 de julio el general Sanjurjo falleció al estrellarse en Cascais (Portugal) el avión que le conducía a España para asumir el mando de la rebelión. Un día después esta podía considerarse fracasada en su objetivo de tomar el poder, pero el estado tampoco había conseguido dominarla, y el país, dividido en dos zonas, se enfrentaba a una guerra civil que se prolongó durante casi tres años.

A finales-VII-1936 los insurgentes –ocupada Huelva y perdidas Albacete y Guadalajara– dominaban Galicia, casi toda Castilla la Vieja (Salamanca, Zamora, Burgos, Avila, Logroño, Valladolid, Palencia, Segovia y Soria), León, Álava, Navarra, la mitad occidental de Aragón con sus tres capitales (Huesca Zaragoza y Teruel), parte de Andalucía (Sevilla, Cádiz y Córdoba), Cáceres, la ciudad de Oviedo, Canarias y Baleares (a excepción de Menorca), además de los territorios coloniales en África.

En total 29 capitales de provincia y unos 230.000 km2 peninsulares, frente a las 21 capitales y 270.000 km2 que permanecían en poder del gobierno. Este controlaba las zonas mineras e industriales más importantes (Asturias, País Vasco, Cataluña) y las de agricultura especializada (Levante), mientras que los sublevados poseían las principales extensiones trigueras (Castilla la Vieja), vinícolas y olivareras (Andalucía), los productos específicos de Canarias y minería en León y Huelva. En consecuencia, a la hegemonía industrial y urbana en la zona republicana se oponía el carácter agrario y rural de la nacional.

Los primeros combates se desarrollaron en las sierras de Guadarrama y Somosierra, barrera orográfica entre Castilla la Vieja y Madrid, hasta la cual convergían las columnas formadas en Burgos por el coronel Gistau y los voluntarios monárquicos al mando de los hermanos Miralles, en Valladolid por el coronel Serrador y en Pamplona por el coronel García Escámez. Procedentes de Madrid y reforzadas con efectivos de los cuerpos de Seguridad, las columnas de milicianos dirigidas por el coronel Castillo, el comandante Burillo, el capitán Galán y el teniente coronel Mangada consiguieron estabilizar el frente en Robregordo y Paredes de Buitrago (Madrid), Valsaín (La Granja, Segovia), y Cebreros y Navalperal (Ávila). Al mismo tiempo las columnas catalanas avanzaban hacia a Aragón, entre ellas la Durruti que, a las órdenes del comandante Pérez Farrás, ocupó Fraga (Huesca) y Bujaraloz (Zaragoza) el día 25. En el norte, Mola había iniciado una operación por los valles vascos de Bidasoa, Urumea y Orio, y el teniente coronel Beorlegui quedaba inmovilizado en Oiartzun (Guipúzcoa) el día 23, mientras que en el Sur Queipo de Llano procedía a la ocupación de poblaciones como Utrera, Carmona y Écija (Sevilla) con tropas moras y legionarias.

La evidencia de que la lucha sería larga y difícil motivó que ambos bandos, ya desde el día 20, buscaran apoyos en el exterior, origen de la internacionalización del conflicto. Giral se dirigió a León Blum, desde el 4 de julio jefe del gobierno del Frente Popular en Francia quien acogió favorablemente la propuesta de enviar armas y aviones a la República española. Sin embargo, el 25 de julio el Consejo de Ministros francés prohibió la exportación de material de guerra. Al cambio de actitud había contribuido la reunión de Blum y su ministro de asuntos exteriores, Delbos, con sus homólogos británicos Baldwin y Eden, respectivamente, así como la intensa campaña pública emprendida por la prensa conservadora después de que un agregado militar de la embajada en París (Francia) filtrara la noticia sobre la proyectada compra de aviones por el Gobierno español.

Ese mismo día dos miembros de la colonia alemana en Tetuán enviados por Franco se entrevistaban en Bayreuth (Alemania) con Hitler, quien se comprometió a prestar ayuda inmediata a los sublevados, los cuales también habían confirmado la colaboración italiana gracias a las gestiones realizadas por Goicoechea y Sainz Rodríguez –representando a Mola– en Roma (Italia). En un primer momento la iniciativa militar correspondió al Gobierno que, el 27 de julio, ordenó al general Miaja marchar con una columna por el camino de Despeñaperros hacia Córdoba y Sevilla. En su apoyo habían partido de Cartagena y Murcia sendas columnas, mientras el general Martínez Cabrera marchaba sobre Granada. El día 29 Miaja llegó a Montoro (Córdoba) pero retrasó el asalto a la capital de la provincia hasta el 20 de agosto y entonces hubo de replegarse ante la acción del general Varela.

Únicamente el ejército de África podía alterar el equilibrio de fuerzas existente en la Península. El día 25 dos faluchos consiguieron transportar 150 legionarios, que se sumaban a los 400 desembarcados el día 19, pero el bloqueo naval ejercido por la flota republicana en el Estrecho hacia necesario el establecimiento de un puente aéreo entre Marruecos y la Península. En Alemania Göring se encargó personalmente de diseñar la operación y para ocultar el envío de aviones y armamento fue creada una sociedad mercantil, la HISMA, táctica repetida más tarde con la ROWAK para la compra de materias primas y mercancías.

Las gestiones de Sainz Rodríguez en Italia y un millón de libras esterlinas adelantadas por Juan March posibilitaron el envío desde Cerdeña (Italia) de doce aviones, de los cuales dos se desviaron de su ruta y, el 30 de julio, aterrizaron en la zona del Protectorado marroquí bajo soberanía francesa. Este hecho motivó la protesta francesa y la revocación del decreto que impedía la exportación de material de guerra al Gobierno español.

Sin embargo, el 8 de agosto Francia declaró públicamente su política unilateral de no intervención, restableció el decreto del 25 de julio y amplió la prohibición a las empresas privadas. En un momento clave para el desarrollo posterior del conflicto la participación internacional se decantaba decisivamente a favor de los sublevados. Entre el 20 y 31 de julio había pasado a la Península unos 900 hombres con su armamento y, hasta el 5 de agosto se contabilizaron 2.300, cifra insuficiente para reforzar las columnas que se encontraban detenidas en su avance hacia Madrid. El 23 de julio Franco había conseguido que las potencias internacionales obligaran a la flota republicana a abandonar el puerto de Tánger en cumplimiento del Estatuto de Zona Neutral. Como consecuencia de la negativa británica a fondear en Gibraltar, la flota hubo de retirarse a Málaga, dificultando el bloqueo, cada vez más ineficaz conforme se imponía la supremacía aérea de los sublevados.

El 5 de agosto partió una agrupación naval con importante cobertura aérea que, tras la retirada del destructor Alcalá Galiano a causa de los disparos efectuados desde los aviones, el cañonero Dato, el torpedero T-19 y las baterías costeras de Punto Carnero, consiguió llegar a Algeciras. Transportaba unos tres mil soldados y un importante volumen de armamento, aunque el principal éxito del denominado "convoy de la victoria" tuvo carácter propagandístico y, para reafirmarlo, Franco se trasladó un día después a Sevilla para ponerse al frente de sus tropas. Sin embargo, el Gobierno mantuvo el cerco naval y a través del puente aéreo cruzaron el Estrecho 6.500 hombres en agosto, 5.500 en septiembre y 1.100 en octubre. En total unos 13.000, hasta que los cruceros Canarias y Almirante Cervera rompieron definitivamente el bloqueo.

Desde Sevilla Franco secundó la marcha hacia Extremadura, que unos días antes habían iniciado Tella, Asensio y Castejón, que reforzó con tropas de choque del Tercio y Regulares al mando de Yagüe. Los campesinos extremeños ofrecieron resistencia al avance coordinado, pero fueron derrotados en Jerez de los Caballeros, Zafra y Almendralejo (Badajoz) y, el 1 de agosto, la columna de Yagüe ocupó Mérida (Badajoz). El día 13 comenzó el ataque sobre Badajoz, defendido por 3.000 milicianos y 500 soldados, que se prolongó hasta la tarde del día 14, cuando moros y legionarios alcanzaron el centro de la ciudad.

Luego emprendieron una represión generalizada y unos 4.000 prisioneros fueron asesinados siguiendo órdenes directas de Yagüe. El 26 de agosto la columna prosiguió su avance hacia Madrid por el valle del río Tajo, y ese mismo día, Franco asentó su Cuartel General en Cáceres. Mientras tanto, Queipo de Llano estableció contacto con Granada al apoderarse de Antequera y Archidona (Málaga) y Loja (Granada) y, con la acción de Varela en Córdoba, aseguró una línea de frente que se mantuvo con escasas modificaciones hasta el final de la guerra. También en la sierra madrileña se desarrollaba una lucha de posiciones, que por parte republicana, mantenían las columnas anarquistas de Cipriano Mera (Somosierra), comunistas del 5º Regimiento (Navacerrada) y mixtas de Líster (Guadarrama), bajo la dirección del coronel Asensio Torrado como jefe del recién constituido TOC.

En Cataluña la iniciativa bélica del Comité Central de Milicias Antifascistas, integrado por todos los partidos del Frente Popular pero controlado por los anarcosindicalistas, estuvo dirigida a la recuperación de las tres capitales aragonesas. La columna de Durruti CNT-FAI avanzó hasta Pina de Ebro, a 18 Km. al E. de Zaragoza, hacia donde también convergían las columnas de José del Barrio PSUC y Luis Trueba UGT que, desde Lleida, se dirigieron a Monzón, Sariñena y Tardienta (Huesca). La CNT-FAI organizó también las columnas de Antonio Ortíz, Hilario Carmona y Saturnino Carod, que tomaron Caspe (Zaragoza) y Alcañiz (Teruel), y las conocidas como Francisco Ascaso –con efectivos del POUM, luego escindidos en la columna Lenin– y Los Aguiluchos, que establecieron el cerco de Huesca.

Desde Valencia partieron diversos efectivos al mando del general Uribarri y la Columna de Hierro de Pérez Salas, que, con otras procedentes de Tarragona (Martínez, Peñalver, Mena y Maciá-Companys), ocuparon la zona S. del valle del Ebro. El frente quedó estabilizado durante meses en una línea que, se N. a S., pasaba por Formigal, Biescas, Sabiñánigo, Siétamo y Tardienta (Huesca); Leciñena, Pina de Ebro, Quinto de Ebro y Belchite (Zaragoza) y Teruel.

No solo Aragón se convirtió en escenario de las empresas bélicas catalanas; Mallorca (Baleares) constituía un objetivo militar y político prioritario para la Generalitat. El 6 de agosto milicias de Estat Catalá, CNT y PSUC, a las órdenes del capitán Bayo, desembarcaron en Porto Cristo protegidas por el acorazado Jaime I y el crucero Libertad, y penetraron hasta acercarse a 12 Km. de Manacor, segunda ciudad de la isla. Sin embargo, en la organización de la cabeza de playa se perdieron doce días durante los cuales los rebeldes lograron improvisar una defensa eficaz y erigirse con la supremacía aérea, gracias a los Savoia-81 y tres cazas Fiat CR-32 enviados desde Italia. Privadas de aviación y sin capacidad ofensiva, las tropas de Bayo debieron reembarcar y abandonar la isla, donde los voluntarios del fascista italiano Arconovaldo Bonacorsi, conocido como Conde Rossi, pudieron actuar con total impunidad.

El gobierno renunciaba a una empresa contra la cual Prieto se había manifestado en reiteradas ocasiones, pero también perdía el control de una base marítima cuya importancia estratégica no dejó de aumentar en el transcurso de la contienda. En el N. los rebeldes proseguían su avance pese a la enconada resistencia de las milicias republicanas; el 30 de agosto las columnas de Alonso Vega se reunieron en La Espina (Asturias, a unos 50 Km. de Oviedo, donde Aranda continuaba sitiado.

El día 9 de ese mes las unidades de Mola y del coronel Beorlegui habían iniciado el ataque directo contra Irún (Guipúzcoa), posición clave para asegurar la comunicación entre el País Vasco y la frontera francesa. En los intensos combates participaron carros italianos L-3/35 y, por primera vez se recurrió a la artillería y la aviación de forma masiva. Finalmente, el 4 de septiembre tropas marroquíes y legionarios entraron en las ruinas de la ciudad. En el S. diversos focos rebeldes, en especial el Alcázar de Toledo y el Santuario de la Virgen de la cabeza, en Jaén, resistían a la espera de su liberación por la columna de Yagüe, que el 3 de septiembre, tomó Talavera de la Reina (Toledo).

En Madrid la tensión social provocada por la rápida progresión de las columnas de Yagüe culminó con los asaltos populares a la Cárcel Modelo ocurridos durante los días 22 y 23 de agosto. En su transcurso fueron asesinados los ex ministros Manuel Rico Avello y José Martínez de Velasco, el diputado Melquíades Álvarez, los falangistas Fernando Primo de Rivera –hijo del dictador– y Julio Ruiz de Alda, el policía e informador de los rebeldes Martín Báguenas, el doctor Albiñana –fundador del primer partido fascista español, el PNE y los generales Villegas y Capaz, el primero partícipe de todas las conspiraciones contra la II República y el segundo un prestigioso oficial que había abandonado África para no implicarse en la sublevación.

En ambos bandos comenzó a ser evidente que la guerra no tendría un desenlace rápido, constatación que implicaba grandes cambios políticos. Especialmente la adopción de un mando único responsable no solo de las cada vez más complejas operaciones militares, sino también depositario de la representatividad legal y diplomática ante sus partidarios en el interior y la opinión pública internacional. El 24 de julio se había constituido en Burgos la Junta de Defensa Nacional, antecedente del mando único y origen de la futura administración nacionalista. Presidida por el general Cabanellas e integrada únicamente por militares, los generales Saliquet, Ponte, Mola y Dávila y los coroneles Montaner y Moreno Calderón, durante el mes de agosto se incorporaron a ella los generales Franco, Gil Yuste, Queipo de Llano y Orgaz.

En Madrid el fracaso de la política militar de Giral, así como el escaso poder real de su gabinete republicano, motivó su cese el 4 de septiembre y la designación por Azaña de Largo Caballero, líder de la izquierda del PSOE, como presidente del nuevo gobierno. Este contaba con mayoría socialista (Álvarez del Vayo, Galarza, Negrín, Prieto y Gracia) y la participación de republicanos (Giral, Giner de los Ríos y Ruiz Funes), comunistas (Uribe) y nacionalistas vascos (Irujo) y catalanes (Tomás Piera). Por primera vez en Europa católicos y comunistas compartían las tareas gubernamentales, una muestra más del aislamiento internacional de la República.

El 1 de agosto Francia había planteado a Reino Unido e Italia la posibilidad de adoptar una serie de reglas comunes para la no intervención en el conflicto español, tratando de evitar con ello su generalización. El día 6 el Gobierno británico se adhirió a la postura francesa, como también los de la URSS, Portugal e Italia en los días siguientes. A principios de septiembre la casi totalidad de naciones europeas, incluida Alemania, habían aceptado el Pacto de No Intervención y, el día 9 de ese mes, se reunió en Londres el comité encargado de garantizar su cumplimiento.

Asimismo, el 7 de agosto el Gobierno de EE.UU. había dirigido una circular a sus embajadas y consulados con instrucciones para la no injerencia en los asuntos españoles. El 6 de septiembre Francia prohibió el tránsito de armamento por su territorio y, el día 19, el Reino Unido declaró un embargo general sobre el material de guerra existente en el país. Sin embargo, tales medidas no se correspondían con la actitud de Italia y Alemania, que durante ese periodo, incrementaron su ayuda a la causa de los sublevados.

En esa coyuntura se produjo un cambio decisivo en la política de Stalin, respecto al conflicto español que, desde la indiferencia inicial, evolucionó hacia una colaboración subordinada a los interese soviéticos y nunca exenta de reticencias. La URSS se convertía en el principal mercado de armas de la República, aunque a un precio elevado, con pago adelantado –mediante las reservas de oro acumuladas en el Banco de España– y sometido a constantes interrupciones. Tal situación, que por razones distintas desagradaba tanto a los republicanos y socialistas como a los anarquistas o el POUM, era resultado del boicot de las democracias occidentales. En estas los respectivos gobiernos denunciaban el riesgo de sovietización de España al mismo tiempo que ultimaban con la URSS un sistema de seguridad común para afrontar la expansión del fascismo en Europa.

El gobierno de concentración de Largo Caballero, quien había sustituido a Riquelme por el general Asensio Torrado como jefe del ejército del Centro, no pudo tampoco detener la progresión del ejército de África. El 21-XI este ocupó Maqueda (Toledo) pero, en contra de la opinión de Yagüe, Franco decidió entonces aplazar la marcha sobre Madrid para liberar a los sitiados del Alcázar de Toledo. Con esta maniobra, más que una victoria fácil, trataba de conseguir un éxito propagandístico que pudiera contrarrestar el logrado por Mola con la toma de San Sebastián el día 13.

El 29-IX Franco entró en Toledo, el mismo día de la promulgación del decreto que le convertía en "Generalísimo de la fuerzas nacionales de Tierra, Mar y Aire" y "Jefe del Gobierno del Estado español". El 1-X se celebró en Burgos y Salamanca la investidura oficial de Franco, a quien asistía una Junta Técnica de Estado concebida con carácter de Gobierno e integrada por militares (generales Dávila –presidente de la Junta–, Fermoso y Yuste) y civiles (Amado, Cortés, Bau, Olmedo, Gallo, Pemán, Serret, Serra Bonastre y Nicolás Franco). La liberación de Toledo constituía una prueba no solo del conservadurismo de la estrategia militar de Franco, sino también de su planteamiento político de la guerra: el objetivo no consistía en una victoria rápida, sino en una solución total a una contienda civil, cuyo final debía implicar la desaparición del enemigo.

Los días perdidos en la operación de Toledo, sin embargo, dieron tiempo a los republicanos para organizar la defensa de Madrid con dos contribuciones importantes: Las Brigadas Internacionales y el armamento soviético. El primer buque de esa nacionalidad atracó el 15-X en Cartagena con material bélico y, el día 19 de ese mes, los quince primeros tanques soviéticos T-26 entraron en combate en Seseña (Madrid). El 4-XI las columnas de Franco, Varela y Yagüe dominaban la línea de frente entre Brunete, Alcorcón, Leganés y Getafe (Madrid), al mismo tiempo que aumentaban los bombardeos aéreos sobre la capital.

El día 6 el Gobierno decidió abandonar la ciudad para dirigirse a Valencia, así como la evacuación de unas ocho mil personas recluidas en las diferentes cárceles madrileñas. El momento de confusión fue aprovechado en los días siguientes para proceder al asesinato, durante su traslado, de unos 2.400 prisioneros en las localidades de Paracuellos del Jarama y Torrejón de Ardoz. La Junta de Defensa de Madrid presidida por el general Miaja en integrada por socialistas, comunistas, anarquistas, sindicalistas y republicanos, pasó a desempeñar la autoridad delegada del Gobierno de la República. Su actividad se extendió a un amplio conjunto de problemas –no solo militares, sino también de abastecimientos, sanidad, fortificación, industrias, energía, transportes, evacuación, orden público y propaganda– planteados con motivo de la denominada "Batalla de Madrid".

Las operaciones y acontecimientos bélicos conocidos con este nombre resultaron fundamentales para el transcurso de la contienda y determinaron una transformación substancial de los métodos de combate heredados de las campañas de Marruecos, entre 1911 y 1927, en las cuales se habían formado los oficiales de uno y otro bando. Las columnas mixtas, independientes entre sí pero agrupadas bajo un mando único, resultaban muy eficaces contra un enemigo débil, cuya resistencia se desplegaba en una sola línea que, una vez superada, se desarticulaba en su totalidad por temor a quedar rodeada.

Sin embargo, ante una defensa sólida estas unidades se mostraban excesivamente débiles porque, a diferencia de las modernas divisiones, no concentraban su artillería y carecían de reservas. Franco elaboró un ataque frontal conforme a los principios de la guerra de columnas, de manera que estas debían penetrar en Madrid a través de cada uno de los puentes que salvaban el foso del río Manzanares, para proseguir el avance principal por la casa de Campo.

El asalto se inició el 8-XI, pero los defensores conservaron sus posiciones gracias a la estabilidad de la retaguardia y el máximo aprovechamiento de los recursos que posibilitó la Junta de Defensa de Madrid. Los soldados marroquíes y legionarios solo consiguieron una progresión significativa el día 13 con la toma del cerro de Garabitas, que les permitía dominar la llanura circundante. Durante los días siguientes se produjeron intensos combates en el sector de la Ciudad Universitaria, mientras los aviones italianos Fiat y alemanes Junker y Heinkel disputaban a los Polikarpov soviéticos el dominio del aire.

El día 23 de ese mes Franco renunció al asalto frontal sobre Madrid: como antes las columnas de Mola, por primera vez el ejército de África había fracasado en la consecución de sus objetivos. Desde el 30-IX hasta el 15-01-1937 se desarrolló la primera fase del ataque indirecto y envolvente, la denominada "Batalla de la Carretera de la Coruña". Los batallones franquistas consolidaron su precaria situación en la Ciudad Universitaria, conquistaron las poblaciones de Boadilla del Monte, Majadahonda, el Plantío, Las Rozas, Pozuelo y Aravaca (Madrid), y cortaron la carretera de la Coruña. Sin embargo, no pudieron cumplir los objetivos estratégicos marcados: aislar Madrid por el O. y, en último término, impedir las comunicaciones entre la capital y el sector occidental de la sierra.

El equilibrio de las fuerzas contendientes resultó evidente en el transcurso de la Batalla del Jarama, iniciada el 5-02-1937 tras la ocupación de Ciempozuelos (Madrid) por la columna de García Escámez. Esta acción era la primera de una maniobra envolvente en el S. de la capital que debía culminar con el corte de las comunicaciones entre Madrid y Valencia por Arganda (Madrid). La Batalla del Jarama constituyó uno de lo enfrentamientos directos de la guerra, una lucha de desgaste en la que tanto la cantidad de armamento empleado masivamente, como el número de hombres disponibles, decidían el resultado final.

Por lo tanto ambos bandos incrementaron las peticiones de ayuda extranjera: la Legión Cóndor alemana entró en combate y los carros soviéticos, aunque infrautilizados, demostraron su superioridad sobre alemanes e italianos. Las unidades republicanas que habían aprendido a defenderse en Madrid, debieron organizar amplios contraataques en campo abierto contra un enemigo en marcha, para lo cual se requería una preparación y disciplina que entonces no conocían. A pesar de ello, tras los intensos combates del 23-II en torno al monte Pingarrón, lograron detener la ofensiva de las columnas marroquíes y agotar sus reservas. Franco hubo de ceder entonces a las insistentes peticiones de los italianos para abrir un nuevo frente en Guadalajara, a través del cual comenzaría el asalto a Madrid por el N. apoyado desde el S. por los batallones destacados en el Jarama.

Los voluntarios y soldados regulares italianos, luego encuadrados en el Corpo Truppe Volontarie sumaban una fuerza numerosa –48.823 hombres llegados hasta el 18-II– y auxiliada por la Aviación Legionaria, una abundante artillería y el principal conjunto de transportes existente en España en ese momento. La superioridad de este moderno ejército, al mando del general Roatta, quedó de manifiesto durante la conquista de Málaga, realizada el 8-II, a la que siguió una cruenta represión.

La operación diseñada por el Estado Mayor italiano en Guadalajara destacaba, asimismo, por su moderna concepción: la guerra celere aplicaba los mismos principios que la "guerra relámpago" que el ejército alemán preparaba en secreto durante ese periodo. Conforme a lo previsto, una vez superadas las líneas republicanas en Sigüenza (Guadalajara), la vanguardia motorizada avanzaría rápidamente y en profundidad hacia Madrid, bajo la cobertura de casi un centenar de aviones. Sin embargo, las desorganizadas milicias malagueñas no podían compararse a las unidades recién creadas: el Ejército del Centro que, con Miaja como general en jefe y Rojo como jefe de Estado Mayor, había sustituido el 27-II a la Junta de Defensa de Madrid, y el Ejército de Maniobra, a las órdenes del teniente coronel Burillo, formado por las tropas que habían demostrado su eficacia durante las últimas batallas en torno a la capital. La 12ª División del Ejército del Centro defendía, con quince cañones para más de diez mil hombres, el frente contra el cual se planeaba el ataque italiano que, protegido su flanco derecho por la División Soria del general Moscardó, comenzó el 8-III.

El día 10, efectivos del CTV entraban en Brihuega y el día 11 en Trijueque (Guadalajara), pero ese mismo día Rojo organizó el contraataque creando el IV Cuerpo del Ejército, al mando del teniente coronel Jurado, con las divisiones 11ª (Líster), 14ª (Cipriano Mera) y 12ª (Nino Nanetti), que contaban entre sus efectivos con experimentadas tropas internacionales. El día 13 la brigada de Valentín González el Campesino recuperó Trijueque, y el día 18 divisiones republicanas reconquistaron y rebasaron Brihuega, hasta la estabilización del frente tres días después. En la Batalla de Guadalajara la República obtuvo un éxito moral y propagandístico en mayor medida que una victoria militar, aunque con ella se frustró la última iniciativa de los sublevados contra Madrid.

En el invierno de 1936-1937 ambos bandos emprendieron ofensivas en diversos frentes con el objetivo de distraer tropas del enemigo y aliviar la presión ejercida sobre la capital. En el N. las ofensivas republicanas contra la tropas de Mola en Villarreal (Álava), del 30-XI al 12-12-1936, y contra las de Aranda en Oviedo, donde se habían concentrado numerosos efectivos tras la ruptura del cerco el 17-10-1936, se realizaron con inferioridad aérea manifiesta y una creciente escasez de suministros. Especialmente la última, desarrollada del 21-II al 17-III, demostró la debilidad de las columnas asturianas, santanderinas y vascas, que no habían iniciado todavía el proceso de militarización, y motivó la adopción en el futuro de una estrategia defensiva. En el S. la ofensiva emprendida por Queipo de Llano en el frente de Córdoba del 15-12-1936 al 24-03-1937. aunque consiguió tomar Porcuna (Jaén), tampoco cumplió sus objetivos de ocupar la zona avanzada de Montoro (Córdoba) y liberar a los sitiados en el santuario de la Virgen de la Cabeza, cuya resistencia terminó el 1-05-1937.

La "Batalla de Madrid" tuvo otras importantes consecuencias políticas, tácticas y militares: evidenció la necesidad de superar la guerra de columnas para sentar las bases de modernas unidades de combate y contribuyó a los intentos realizados en ambas zonas para la consolidación de los respectivos poderes centrales. Además determinó un acertado cambio táctico de Franco, quien renunció a la conquista de la capital para trasladar el frente al N. y, con ello, evitar la dispersión de esfuerzos e incorporar la segunda región industrial de España al territorio dominado por los rebeldes.

En la zona republicana la organización militar había desaparecido y Largo Caballero trató de reconstruirla desde bases nuevas, sometiendo el poder miliciano a un programa de mando, como primer paso para convertirlo en un Ejército controlado por el Gobierno. En octubre de 1936 se formaron las primeras brigadas mixtas, unidad básica del Ejército Popular durante toda la guerra. Esta solución enlazaba con las campañas de Marruecos y suponía un retroceso tanto respecto a la estructura diseñada por Azaña durante la II República, como a las tendencias predominantes en Europa sobre la creación de grandes divisiones.

Sin embargo, no se trataba de repeler una agresión exterior, sino de afrontar una guerra civil con intensa participación popular y en la cual resultaba casi imposible organizar un amplio entramado de intendencia, sanidad y otros cuerpos auxiliares. Como antes había ocurrido con la columnas, las brigadas mixtas favorecían la dispersión y, al ser las divisiones republicanas producto de su simple yuxtaposición, multiplicaban proporcionalmente el número de soldados dedicados a tareas secundarias y apartados de la primera línea del frente.

Además se establecieron los Tribunales Especiales de Guerra, las Milicias de Vigilancia de la Retaguardia, las Escuelas Populares de Guerra y el Comisariado Político, recursos para formar un Ejército eficaz y políticamente seguro. Con la asistencia de los generales Asensio (subsecretario de Guerra), Miaja (presidente de la Junta de Defensa de Madrid) y Pozas (jefe del Ejército del Centro), Largo Caballero reformó el Estado Mayor Central que, desde el 16-10-1936, ejerció el mando único de la fuerzas combatientes. Su autoridad se impuso sobre el Consejo Superior, órgano consultivo transformado en comité político al iniciarse la guerra, que integraban seis ministros del segundo Gobierno presidido por Largo Caballero desde el 5-09-1936.

Basado en la unidad y hegemonía de las organizaciones obreras, este gabinete contaba con los socialistas: Ángel Galarza en Gobernación; Anastasio de Gracia en Industria y Comercio; Indalecio Prieto en Marina y Aire; Julio Álvarez del Vayo en Estado; Juan Negrín en Hacienda, dos comunistas: Jesús Hernández en Instrucción Pública y Vicente Uribe en Agricultura, republicanos: Bernardo Giner de los Ríos en Comunicaciones; Julio Just en Obras Públicas; Mariano Ruiz Funes en Justicia y José Giral, sin cartera; uno de la Esquerra Republicana de Cataluña, José Tomás Piera en Trabajo y uno del PNV (Manuel de Irujo, sin cartera y catalanes (Jaume Aiguader), y anarco-sindicalistas (García Oliver, Federica Montseny, Peiró y López). La participación de estos últimos se decidió tras intensos debates en al dirección de la CNT-FAI y constituyó una ruptura sin precedentes con la tradición anti política del anarquismo español.

VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo X págs. 4913-4934.