Guerra Civil Española

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Partiendo de arriba a la izquierda, en el sentido de las agujas del reloj: un tanque republicano en la batalla de Belchite; Granollers tras ser bombardeada por la aviación nazi en 1938; una bomba en el Sáhara; tropas durante el asedio del Alcázar de Toledo; y el batallón Lincoln.

Preliminares

Conflicto bélico, consecuencia del fracasado golpe de Estado de una gran parte de la oficialidad del Ejército contra la II República, que enfrentó a los españoles entre el 18-VII-1936 y el 1-IV-1939. Desde el mismo día de su proclamación, el 14-IV-1931, la II República hubo de afrontar las amenazas de involucionismo procedentes de sectores militares, monárquicos y derechistas, cada vez más influidos por el fascismo europeo. La crisis del sistema de la Restauración, especialmente a partir de 1917, propició en el ejército el desarrollo de una conciencia corporativa de su función política no solo contraria al civilismo de Cánovas, sino también al modelo de pronunciamiento establecido durante el s. XIX. El golpe de estado del general Primo de Rivera (13-IX-1923) fortaleció la idea castrense del Ejército como árbitro de la situación política y garante del orden social.

Un amplio sector de las fuerzas armadas coincidía en su rechazo absoluto de la democracia liberal con el bloque social, políticamente hegemónico hasta 1931, formado por la aristocracia monárquica, los grandes propietarios y latifundistas y la derecha católica. El fallido intento del general Sanjurjo, el 10-VIII-1932, fue el resultado del acuerdo entre monárquicos alfonsinos y militares. Con su fracaso la Sanjurjada demostró la ineficacia de los pronunciamientos al estilo decimonónico, frente a una sociedad ampliamente movilizada a favor de la República.

A partir de entonces resultó evidente que cualquier acto de rebelión militar contra la legalidad vigente debería contar con el apoyo exterior y con el respaldo de un movimiento político de masas, como el que propugnaba el falangismo o proporcionaba el carlismo en algunas zonas del país. La participación de la CEDA en el gobierno durante el bienio negro (1933-1936) determinó un cambio de planes: no se trataba ya de acabar con la República mediante una rotunda acción militar, sino acatar la legalidad para emprender su transformación desde el poder.

En los dos casos el objetivo era el mismo: derogar casi en su totalidad la legislación promulgada durante el Bienio Social-Azañista (1931-1933), desvirtuar la representatividad de las instituciones republicanas, reformar la Constitución y otras leyes fundamentales y, en último término, recuperar la hegemonía social perdida. Con el triunfo del Frente Popular en las elecciones del 16-II-1936 el golpe de Estado se erigía en la única alternativa viable para quienes no aceptaban el resultado de las urnas y contaban con un apoyo social notable (como muestra la coincidencia entre el mapa político de los comicios de febrero y el de la sublevación de julio).

En la noche del 16 de febrero el general Franco, todavía jefe del Estado Mayor Central, pretendió que el jefe del Gobierno, Portela Valladares dictara medidas de emergencia para impedir la transferencia de poderes al Frente Popular. El 8 de marzo siguiente los generales, Franco, Mola, Orgaz, Villegas, Varela y Fanjul, así como el teniente coronel Galarza, se reunieron en el domicilio del político cedista José Delgado para sentar las bases de una acción militar coordinada.

A finales del mes de abril circuló entre las guarniciones la Instrucción reservada nº1, firmada por Mola con el nombre de El Director, declaración de principios ideológicos que introducía una descripción detallada del aparato organizativo de los conspiradores. El 5 de junio apareció la instrucción titulada El Directorio y su obra inicial. En ella se recogía ya la premisa del movimiento sedicioso: el Ejército como institución arbitral y decisoria puesta al frente de una amplia coalición de fuerzas sociales y políticas unidas a pesar de sus divergencias, en la reacción contra la II República. Nada quedaba definido acerca del nuevo Estado que debía surgir tras la victoria de la sublevación, excepto su carácter corporativo, resultado de influencias diversas: el regeneracionismo finisecular, la doctrina social de la Iglesia, el corporativismo tradicionalista y el moderno fascismo europeo.

Para entonces Mola había contactado con Franco –destinado a Tenerife– y Sanjurjo –exiliado en Portugal– y había entablado negociaciones con los carlistas de la CT, con los monárquicos de Renovación Española, con los falangistas de FET y de las JONS, y con la derecha católica, cada vez más radicalizada que representaba la . Los preparativos militares no habían progresado lo suficiente, pero en el mes de junio quedó ultimado el organigrama de la rebelión: Goded en Valencia, González Carrasco en Barcelona, Queipo de Llano en Valladolid, Villegas y Fanjul en Madrid, González de Lara en Burgos, López Pinto y Varela en Cádiz, Patxot en Málaga y el coronel Cascajo en Córdoba. El teniente coronel Yagüe se responsabilizaba de sublevar el Ejército de Marruecos, cuyo mando definitivo tomaría Franco, mientras que la adhesión de Cabanellas en Zaragoza resultaba fundamental por cuanto de trataba del único jefe de División Orgánica que ponía al servicio de los conspiradores importantes recursos militares.

Entre los principales implicados se encontraban también los generales Orgaz, Ponte, Saliquet, Kindelán, Dávila y García de la Herrán; los teniente coroneles Muñoz Grandes y Valentín Galarza; los coroneles García Escámez, Sáenz de Buruaga, Monasterio, Aranda, Martín Alonso y Serrador, y los comandantes García Valiño, Esparza, y Fernández Cordón. Se acordó que el General Sanjurjo abandonara su exilio en Portugal para tomar el mando supremo de la sublevación. El trece de julio fue asesinado José Calvo Sotelo, como respuesta al asesinato de José Castillo, teniente de la Guardia de Asalto, y el 14 de julio quedaron superadas las últimas reticencias de los carlistas, gracias a la mediación de Sanjurjo.

Ese mismo día llegó a Tenerife el avión Dragón Rapide que Luis Bolín, corresponsal de ABC en Londres había adquirido con dinero del banquero mallorquín Juan March para trasladar a Franco hasta Marruecos. Dos días después en el monasterio de Irache (Navarra), Mola "juró por su honor "ante el general Batet– su superior jerárquico como jefe de la VI División Orgánica– que no estaba implicado en intentona golpista alguna. La fecha prevista para la sublevación en la Península y Marruecos era el 18-VII-1936

Comienzo de la guerra civil

Los acontecimientos se precipitaron en la tarde del 17 de julio, después de que los conspiradores detuvieran en Melilla al general Romerales. Las fuerzas del tercio y regulares abandonaron sus cuarteles en Segangan y Tahuima para ocupar la ciudad, objetivo cumplido pocas horas más tarde tras vencer la resistencia que encontraron en barrios obreros. Al mismo tiempo el coronel Juan Yagüe de apoderaba de Ceuta con tropas de la legión acampadas en Dar Riffien y el coronel Sáenz de Buruaga dominaba Tetuán con los regulares del coronel Asensio. Apresado el alto comisario Álvarez Buylla en Tetuán "capital del Protectorado español de Marruecos– solo resistía el aeródromo a las órdenes del comandante Lapuente Bahamonde, primo hermano de Franco. En Melilla una columna se preparaba para cruzar el Estrecho de Gibraltar a bordo del destructor Sánchez Barcáiztegui, pero la tripulación del navío se negó a ello desobedeciendo las órdenes de sus oficiales y, tras realizar varios disparos de cañón contra la ciudad, zarpó a media noche.

A las dos de la madrugada del día 18 el general Franco recibía en La Palmas de Gran Canaria de un telegrama anunciando la rebelión del ejército de África y, al amanecer, Radio Canarias emitió su llamamiento a la rebelión militar, que garantizaría a España "por primera vez y en este orden, la trilogía de fraternidad, libertad e igualdad". Tras encomendar al general Orgaz el mando de la sublevación en Canarias, Franco partió en el Dragon Rapide hacia Casablanca, en el Marruecos francés, donde pernoctó, y el domingo 19 de julio aterrizó en Tetuán. En Madrid el Consejo de Ministros se había reunido en sesión ordinaria la tarde del viernes 17 y el presidente del Gobierno, Casares Quiroga informó sobre la rebelión en Marruecos, si bien no se acordó medida alguna.

El gobierno no tomó la iniciativa salvo para ordenar a los gobernadores civiles que se negaran a la entrega de las armas reclamadas por los partidos y organizaciones obreras. Con esta media se pretendía evitar cualquier motivo de provocación a las guarniciones militares cuya fidelidad se sabía, en el mejor de los casos insegura. La prudencia, sin embargo, se evidenció como una táctica equivocada en aquellos momentos: en Sevilla el inspector general de carabineros, Queipo de Llano, detuvo al general Villa Abrille, y, poco después del mediodía, controlaba la totalidad de la guarnición militar. Solo la Guardia de Asalto ofreció resistencia en el centro de la ciudad hasta las seis de la tarde; posteriormente su jefes, el comandante Loureiro y los capitanes Álvarez y Escribano, fueron fusilados.

Los obreros se reagruparon entonces en los barrios periféricos de Triana, la Macarena, San Bernardo, San Julián y el Pumarejo, donde prosiguieron la lucha durante varios días. Los militares y policías republicanos, así como los obreros y miembros de organizaciones políticas, combatían todavía en Larache (Marruecos) y, bajo las órdenes de los respectivos gobernadores civiles, en Almería, Huelva, Granada y Cádiz. El día 18 por la tarde Casares Quiroga presentó la dimisión y, poco después de la medianoche, Azaña encargó a Martínez Barrio la formación de un Gobierno de conciliación. Con la ayuda del general Miaja, ministro de Guerra, Martínez Barrio entabló negociaciones con los generales Mola y Cabanellas, aunque sin éxito. En Zaragoza había sido detenido ya el general Núñez de Prado, enviado desde Madrid para conferenciar con su amigo Cabanellas y, posteriormente, ejecutado en Pamplona.

En la capital navarra, el mismo día 18, había sido asesinado por orden de Mola el comandante en jefe de la Guardia Civil, Rodríguez Medel, cuando se encaminaba hacia su cuartel. Durante la noche del día 18 los sublevados detuvieron en Burgos a los generales Mena y Batet –este fusilado meses más tarde–y al general Molero en Valladolid, donde tomaron el mando los generales Ponte y Saliquet.

Generalización del conflicto

El día 19 resultó decisivo en la generalización del conflicto y la clarificación de las fuerzas contendientes. Había fracasado el programa de Martínez Barrio, que incluía un alto el fuego bilateral, el desarme de todas las milicias, la incorporación de los trabajadores a sus empresas, la formación de un Gobierno Nacional con exclusión de los comunistas, la restitución de los militares sublevados a sus puestos sin represalias, la disolución de las Cortes y la creación de un consejo consultivo de carácter constituyente.

José Giral, hasta entonces ministro de Marina, formó nuevo Gobierno –con el general Pozas en Gobernación y el general Castelló en Guerra– y ordenó la distribución de armas entre los partidarios del Frente Popular y sindicatos obreros. Franco había tomado el mando del ejército de Marruecos y controlaba totalmente la colonia mediante una represión tan rápida como implacable: su primo Lapuente Bahamonde, los también capitanes Leret, López de Haro y Bermúdez de la Reina, los comandantes Seco, De la Puente, Ferrer, Madariaga y Guimerá, el alto comisario Álvarez Buylla, el teniente coronel Caballero y el general Romerales, entre otros mucho militares y civiles, fueron fusilados. Sin embargo, el éxito o fracaso del golpe de Estado se decidía en Madrid, como sede de las principales instituciones del poder nacional, y en Barcelona, en su condición de centro económico más importante del país.

Barcelona

Los diferentes regimientos que integraban la guarnición de esta ciudad salieron de sus cuarteles en la madrugada del día 19 y avanzaron convergentemente sobre la plaza de Cataluña siguiendo las instrucciones del general Fernández Burriel, quien asumió el mando tras la detención del general Llano de la Encomienda. A diferencia de los ocurrido en otros lugares, en Barcelona la Consellería de Orden Público de la Generalitat había adoptado medidas destinadas a impedir una acción militar que se consideraba inminente.

La decidida actuación de los militantes anarco sindicalistas y las fuerzas de seguridad catalanas, la colaboración de la Guardia de Asalto, los Carabineros y la aviación y, sobre todo, la lealtad de la Guardia Civil, permitieron hacer frente a las tropas nacionales. En los intensos combates urbanos destacaron los dirigentes de la CNT-FAI Buenaventura Durruti y Francisco Ascaso, este muerto durante el asalto al cuartel de las Atarazanas; el teniente coronel del Aire, Díaz Sandino, y los mandos de la Guardia Civil, general Aranguren y coronel Escobar.

La lucha se había decidido a favor del Gobierno cuando, a mediodía, llegó la flotilla de aviones que trasladaba al general Goded desde Mallorca a Barcelona para dirigir personalmente la insurrección. Tras su apresamiento, siete horas después, leyó por radio un mensaje en el que solicitaba la rendición de las tropas bajo su influencia. En agosto de ese año fue condenado por un consejo de guerra y ejecutado.

Madrid

En la capital la confusa situación quedó definida el día 20: Los sublevados contaban con los cuarteles de Artillería de Getafe, de Zapadores de Campamento y de la Montaña donde el día anterior, el general Fanjul había declarado el estado de guerra. También con el regimiento de Transmisiones de El Pardo, el cual ocupó Segovia. El gobierno disponía de los regimientos de Carros y 6º de Infantería, el parque de Artillería, los aeródromos de Getafe y Cuatro Vientos, la Guardia de Asalto y la Guardia Civil. Hacia las seis y media de la mañana se inició el bombardeo artillero del cuartel de la Montaña, que se rindió a mediodía tras el asalto de centenares de milicianos.

Unos cincuenta mil fusiles y grandes cantidades de municiones que se almacenaban en su interior fueron trasladados al ministerio de Guerra. Los generales Fanjul y Fernández Quintana, cuyo linchamiento evitaron los soldados leales al Gobierno, fueron juzgados en consejo de guerra el 15 de agosto y fusilados dos días después. A las dos de la tarde se habían rendido los cuarteles de Getafe y Campamento, donde el ataque de los milicianos terminó con el asesinato del general García de la Herrán, aunque los sublevados controlaban todavía Alcalá de Henares (Madrid), Guadalajara y Toledo. Una columna mandada por el coronel Puigdengola ocupó Alcalá el día 21 y Guadalajara el 23, donde fueron ejecutados el general González de Lara y el contraalmirante Fontela.

Toledo

Otra columna dirigida por el general Riquelme entró en Toledo, pero el coronel Moscardó se hizo fuerte en el Alcázar con un grupo de cadetes de la Academia de Infantería, falangistas y un numeroso grupo de la Guardia Civil, además de familiares y rehenes tomados entre la población civil.

País Vasco

En Bilbao la Guardia Civil y de Asalto dominaron el intento de sedición del cuartel de Basurto, pero en Vitoria (Álava) el teniente coronel Camilo Alonso Vega se apoderó de la ciudad sin dificultades y en San Sebastián (Guipúzcoa) los cuarteles de Loyola resistieron hasta el 29 de julio el cerco de las milicias republicanas. El mismo día 19 los dirigentes del PNV declararon públicamente su disposición a defender la legalidad republicana.

Asturias

En Oviedo el coronel Aranda entregó armas a una columna de mineros que partía hacia Madrid pero, cuando esta abandonó la ciudad, declaró el estado de guerra con 3.500 soldados y 856 voluntarios falangistas y derechistas al mando de Fernández Ladreda. En el resto de la provincia las organizaciones obreras mantuvieron la legalidad con la ayuda de la Guardia de Asalto, aunque en Gijón (Asturias) el cuartel de Simancas resistió hasta el 21 de agosto.

Valencia

En la ciudad levantina la indecisión del jefe de la III División Orgánica, general Martínez de Monge, se prolongó hasta el día 23, tiempo durante el cual las agrupaciones políticas y sindicales formaron un Comité Ejecutivo Popular y se estableció una Junta Delegada de Levante, presidida por Martínez Barrio. La opción de la Guardia Civil por la legalidad decidió definitivamente la situación el día 23, cuando Martínez de Monge declaró su lealtad al Gobierno, aunque seis días después se produjo el asalto a los cuarteles.

Galicia

En Galicia se mantuvo la calma hasta el día 20, cuando los rebeldes detuvieron en la Coruña a los generales Salcedo y Caridad Pita, así como al gobernador civil Pérez Carballo, y el la base naval de El Ferrol (La Coruña) al contralmirante Alzarola y al capitán de navío Sánchez Ferragut. Todos ellos fueron fusilados. En Vigo (Pontevedra) los obreros resistieron hasta el día 22, cuando la Guardia Civil se sumó a la sublevación, y en Tui (Pontevedra) hasta el día 29 gracias al apoyo de los Carabineros.

Otras zonas

También quedaron en poder de los nacionales las ciudades de Albacete –conquistada por efectivos de la Guardia Civil– y Granada tras la detención del general Campins, posteriormente fusilado en Sevilla, aunque grupos de obreros resistieron en el Albaicín hasta las últimas horas del día 21. Centenares de personas que huían de la ciudad formaron una columna cuya intervención resultó decisiva, con la ayuda del destructor Lepanto, para rendir en Almería a los efectivos sublevados del Ejército y la Guardia Civil. Asimismo, en Málaga, la presencia en el puerto del destructor Sánchez Barcáiztegui determinó la retirada de las tropas nacionales a sus cuarteles.

El control aeronaval

La lucha por el control de la flota resultó especialmente compleja y cruenta. El ministro de Marina, José Giral, fue el único de sus compañeros de gabinete que adoptó medidas preventivas tendentes a controlar un posible trasvase de tropas desde Marruecos en caso de producirse una sublevación en ese territorio, como aseguraban los rumores e informes. El 18 de julio los destructores Lepanto, Sánchez Barcáiztegui, Almirante Valdés y Churruca, así como el cañonero Dato y el torpedero T-19 vigilaban los puertos de Melilla y de Ceuta. También se dirigían al Estrecho de Gibraltar desde Ferrol, Santander y Cartagena los cruceros Miguel de Cervantes y Libertad, el acorazado Jaime I y el destructor Almirante Antequera, además de cuatro submarinos C y uno B.

El día 19 las naves destinadas en Ceuta, Churruca, Dato y T-19, se sumaron a los rebeldes y realizaron con otros buques el primer transporte de tropas hasta Algeciras y Cádiz, con las cuales pudo concluirse la ocupación de ambas ciudades, así como de Sevilla, e iniciarse la conquista de Huelva. La incógnita sobre qué unidades permanecían fieles al Gobierno se resolvió gracias a la actuación del Cuerpo de Auxiliares Radiotelegrafistas, que, en el centro emisor instalado por la Marina en Madrid, impidió la retransmisión del mensaje de Franco, posibilitó la detención del vicealmirante Salas y mantuvo la comunicación con las diferentes naves, informándoles de la situación.

Gracias a esta iniciativa el Gobierno conservó la mayor parte de las unidades que integraban la flota, después de que las tripulaciones detuvieran a sus mandos y oficiales, dos de los cuales –un capitán de corbeta y un teniente de navío– resultaron muertos en el Jaime I.

Entre los días 18 y 21 de julio se reunió en el puerto de Tánger la denominada Flota de Operaciones de la República, al mando del capitán de fragata Navarro Capdevila, integrada por el acorazado Jaime I, los cruceros Miguel de Cervantes y Libertad, los destructores Churruca, Sánchez Barcáiztegui y Almirante Ferrándiz, cañonero Laya, torpedero T-14, guardacostas Uad-Muluya y Uad-Lucus y buque planero Tofiño. En su misión de controlar el Estrecho contaba con la ayuda de los destructores Lepanto, Almirante Antequera y Alseldo, en la vertiente mediterránea.

Los sublevados compensaron en parte este fracaso al apoderarse de las bases navales de Ferrol y San Fernando (Cádiz), donde se encontraban sometidos a reparaciones el crucero República y el cañonero Lauria, y anclados el cañonero Cánovas del Castillo, el buque-escuela Juan Sebastián Elcano y los guardacostas Arcila y Larache. En la base ferrolana, ocupada tras un intenso enfrentamiento con la marinería y los obreros del astillero, los rebeldes hallaron el germen de su futura flota: el acorazado España, el crucero Almirante Cervera, el destructor Velasco, los guardacostas Xauen y Uad-Martín, los torpederos T-2 y T-7, el transporte Contramaestre Casado y, en distintas fases de construcción, los cruceros Canarias y Baleares y los minadores Júpiter, Vulcano, Neptuno y Marte. La República conservó otra base estratégica, la de Cartagena, así como la aeronaval de San Javier (Murcia) y la secundaria de Mahón, donde se produjo una matanza de oficiales.

En cuanto a la Aviación, la ventaja gubernamental resultaba considerable con las bases aéreas de Getafe, Albacete, Barcelona, Cuatro Vientos, Alcalá de Henares, Guadalajara, Los Alcázares (Murcia), San Javier y el Prat (Barcelona), además de la factorías de CASA en Getafe, Hispano Suiza en Guadalajara y Loring en Cuatro Vientos. Los insurgentes contaban con la bases de León, Sevilla, Granada, Logroño, Pollença (Mallorca), Tetuán, Melilla, Larache, y con la factoría de CASA en Puntales (Cádiz). El 20 de julio el general Sanjurjo falleció al estrellarse en Cascais (Portugal) el avión que le conducía a España para asumir el mando de la rebelión. Un día después esta podía considerarse fracasada en su objetivo de tomar el poder, pero el estado tampoco había conseguido dominarla, y el país, dividido en dos zonas, se enfrentaba a una guerra civil que se prolongó durante casi tres años.

Los primeros combates

A finales-VII-1936 los insurgentes –ocupada Huelva y perdidas Albacete y Guadalajara– dominaban Galicia, casi toda Castilla la Vieja (Salamanca, Zamora, Burgos, Avila, Logroño, Valladolid, Palencia, Segovia y Soria), León, Álava, Navarra, la mitad occidental de Aragón con sus tres capitales (Huesca Zaragoza y Teruel), parte de Andalucía (Sevilla, Cádiz y Córdoba), Cáceres, la ciudad de Oviedo, Canarias y Baleares (a excepción de Menorca), además de los territorios coloniales en África.

En total 29 capitales de provincia y unos 230.000 km2 peninsulares, frente a las 21 capitales y 270.000 km2 que permanecían en poder del gobierno. Este controlaba las zonas mineras e industriales más importantes (Asturias, País Vasco, Cataluña) y las de agricultura especializada (Levante), mientras que los sublevados poseían las principales extensiones trigueras (Castilla la Vieja), vinícolas y olivareras (Andalucía), los productos específicos de Canarias y minería en León y Huelva. En consecuencia, a la hegemonía industrial y urbana en la zona republicana se oponía el carácter agrario y rural de la nacional.

Los primeros combates se desarrollaron en las sierras de Guadarrama y Somosierra, barrera orográfica entre Castilla la Vieja y Madrid, hasta la cual convergían las columnas formadas en Burgos por el coronel Gistau y los voluntarios monárquicos al mando de los hermanos Miralles, en Valladolid por el coronel Serrador y en Pamplona por el coronel García Escámez. Procedentes de Madrid y reforzadas con efectivos de los cuerpos de Seguridad, las columnas de milicianos dirigidas por el coronel Castillo, el comandante Burillo, el capitán Galán y el teniente coronel Mangada consiguieron estabilizar el frente en Robregordo y Paredes de Buitrago (Madrid), Valsaín (La Granja, Segovia), y Cebreros y Navalperal (Ávila). Al mismo tiempo las columnas catalanas avanzaban hacia a Aragón, entre ellas la Durruti que, a las órdenes del comandante Pérez Farrás, ocupó Fraga (Huesca) y Bujaraloz (Zaragoza) el día 25. En el norte, Mola había iniciado una operación por los valles vascos de Bidasoa, Urumea y Orio, y el teniente coronel Beorlegui quedaba inmovilizado en Oiartzun (Guipúzcoa) el día 23, mientras que en el Sur Queipo de Llano procedía a la ocupación de poblaciones como Utrera, Carmona y Écija (Sevilla) con tropas moras y legionarias.

El conflicto se internacionaliza

La evidencia de que la lucha sería larga y difícil motivó que ambos bandos, ya desde el día 20, buscaran apoyos en el exterior, origen de la internacionalización del conflicto. Giral se dirigió a León Blum, desde el 4 de julio jefe del gobierno del Frente Popular en Francia quien acogió favorablemente la propuesta de enviar armas y aviones a la República española. Sin embargo, el 25 de julio el Consejo de Ministros francés prohibió la exportación de material de guerra. Al cambio de actitud había contribuido la reunión de Blum y su ministro de asuntos exteriores, Delbos, con sus homólogos británicos Baldwin y Eden, respectivamente, así como la intensa campaña pública emprendida por la prensa conservadora después de que un agregado militar de la embajada en París (Francia) filtrara la noticia sobre la proyectada compra de aviones por el Gobierno español.

Ese mismo día dos miembros de la colonia alemana en Tetuán enviados por Franco se entrevistaban en Bayreuth (Alemania) con Hitler, quien se comprometió a prestar ayuda inmediata a los sublevados, los cuales también habían confirmado la colaboración italiana gracias a las gestiones realizadas por Goicoechea y Sainz Rodríguez –representando a Mola– en Roma (Italia). En un primer momento la iniciativa militar correspondió al Gobierno que, el 27 de julio, ordenó al general Miaja marchar con una columna por el camino de Despeñaperros hacia Córdoba y Sevilla. En su apoyo habían partido de Cartagena y Murcia sendas columnas, mientras el general Martínez Cabrera marchaba sobre Granada. El día 29 Miaja llegó a Montoro (Córdoba) pero retrasó el asalto a la capital de la provincia hasta el 20 de agosto y entonces hubo de replegarse ante la acción del general Varela.

Únicamente el ejército de África podía alterar el equilibrio de fuerzas existente en la Península. El día 25 dos faluchos consiguieron transportar 150 legionarios, que se sumaban a los 400 desembarcados el día 19, pero el bloqueo naval ejercido por la flota republicana en el Estrecho hacia necesario el establecimiento de un puente aéreo entre Marruecos y la Península. En Alemania Göring se encargó personalmente de diseñar la operación y para ocultar el envío de aviones y armamento fue creada una sociedad mercantil, la HISMA, táctica repetida más tarde con la ROWAK para la compra de materias primas y mercancías.

Las gestiones de Sainz Rodríguez en Italia y un millón de libras esterlinas adelantadas por Juan March posibilitaron el envío desde Cerdeña (Italia) de doce aviones, de los cuales dos se desviaron de su ruta y, el 30 de julio, aterrizaron en la zona del Protectorado marroquí bajo soberanía francesa. Este hecho motivó la protesta francesa y la revocación del decreto que impedía la exportación de material de guerra al Gobierno español.

Sin embargo, el 8 de agosto Francia declaró públicamente su política unilateral de no intervención, restableció el decreto del 25 de julio y amplió la prohibición a las empresas privadas. En un momento clave para el desarrollo posterior del conflicto la participación internacional se decantaba decisivamente a favor de los sublevados. Entre el 20 y 31 de julio había pasado a la Península unos 900 hombres con su armamento y, hasta el 5 de agosto se contabilizaron 2.300, cifra insuficiente para reforzar las columnas que se encontraban detenidas en su avance hacia Madrid. El 23 de julio Franco había conseguido que las potencias internacionales obligaran a la flota republicana a abandonar el puerto de Tánger en cumplimiento del Estatuto de Zona Neutral. Como consecuencia de la negativa británica a fondear en Gibraltar, la flota hubo de retirarse a Málaga, dificultando el bloqueo, cada vez más ineficaz conforme se imponía la supremacía aérea de los sublevados.

El 5 de agosto partió una agrupación naval con importante cobertura aérea que, tras la retirada del destructor Alcalá Galiano a causa de los disparos efectuados desde los aviones, el cañonero Dato, el torpedero T-19 y las baterías costeras de Punto Carnero, consiguió llegar a Algeciras. Transportaba unos tres mil soldados y un importante volumen de armamento, aunque el principal éxito del denominado "convoy de la victoria" tuvo carácter propagandístico y, para reafirmarlo, Franco se trasladó un día después a Sevilla para ponerse al frente de sus tropas. Sin embargo, el Gobierno mantuvo el cerco naval y a través del puente aéreo cruzaron el Estrecho 6.500 hombres en agosto, 5.500 en septiembre y 1.100 en octubre. En total unos 13.000, hasta que los cruceros Canarias y Almirante Cervera rompieron definitivamente el bloqueo.

Los frentes se consolidan

Desde Sevilla Franco secundó la marcha hacia Extremadura, que unos días antes habían iniciado Tella, Asensio y Castejón, que reforzó con tropas de choque del Tercio y Regulares al mando de Yagüe. Los campesinos extremeños ofrecieron resistencia al avance coordinado, pero fueron derrotados en Jerez de los Caballeros, Zafra y Almendralejo (Badajoz) y, el 1 de agosto, la columna de Yagüe ocupó Mérida (Badajoz). El día 13 comenzó el ataque sobre Badajoz, defendido por 3.000 milicianos y 500 soldados, que se prolongó hasta la tarde del día 14, cuando moros y legionarios alcanzaron el centro de la ciudad.

Luego emprendieron una represión generalizada y unos 4.000 prisioneros fueron asesinados siguiendo órdenes directas de Yagüe. El 26 de agosto la columna prosiguió su avance hacia Madrid por el valle del río Tajo, y ese mismo día, Franco asentó su Cuartel General en Cáceres. Mientras tanto, Queipo de Llano estableció contacto con Granada al apoderarse de Antequera y Archidona (Málaga) y Loja (Granada) y, con la acción de Varela en Córdoba, aseguró una línea de frente que se mantuvo con escasas modificaciones hasta el final de la guerra. También en la sierra madrileña se desarrollaba una lucha de posiciones, que por parte republicana, mantenían las columnas anarquistas de Cipriano Mera (Somosierra), comunistas del 5º Regimiento (Navacerrada) y mixtas de Líster (Guadarrama), bajo la dirección del coronel Asensio Torrado como jefe del recién constituido TOC.

En Cataluña la iniciativa bélica del Comité Central de Milicias Antifascistas, integrado por todos los partidos del Frente Popular pero controlado por los anarcosindicalistas, estuvo dirigida a la recuperación de las tres capitales aragonesas. La columna de Durruti CNT-FAI avanzó hasta Pina de Ebro, a 18 Km. al E. de Zaragoza, hacia donde también convergían las columnas de José del Barrio PSUC y Luis Trueba UGT que, desde Lleida, se dirigieron a Monzón, Sariñena y Tardienta (Huesca). La CNT-FAI organizó también las columnas de Antonio Ortíz, Hilario Carmona y Saturnino Carod, que tomaron Caspe (Zaragoza) y Alcañiz (Teruel), y las conocidas como Francisco Ascaso –con efectivos del POUM, luego escindidos en la columna Lenin– y Los Aguiluchos, que establecieron el cerco de Huesca.

Desde Valencia partieron diversos efectivos al mando del general Uribarri y la Columna de Hierro de Pérez Salas, que, con otras procedentes de Tarragona (Martínez, Peñalver, Mena y Maciá-Companys), ocuparon la zona S. del valle del Ebro. El frente quedó estabilizado durante meses en una línea que, se N. a S., pasaba por Formigal, Biescas, Sabiñánigo, Siétamo y Tardienta (Huesca); Leciñena, Pina de Ebro, Quinto de Ebro y Belchite (Zaragoza) y Teruel.

No solo Aragón se convirtió en escenario de las empresas bélicas catalanas; Mallorca (Baleares) constituía un objetivo militar y político prioritario para la Generalitat. El 6 de agosto milicias de Estat Catalá, CNT y PSUC, a las órdenes del capitán Bayo, desembarcaron en Porto Cristo protegidas por el acorazado Jaime I y el crucero Libertad, y penetraron hasta acercarse a 12 Km. de Manacor, segunda ciudad de la isla. Sin embargo, en la organización de la cabeza de playa se perdieron doce días durante los cuales los rebeldes lograron improvisar una defensa eficaz y erigirse con la supremacía aérea, gracias a los Savoia-81 y tres cazas Fiat CR-32 enviados desde Italia. Privadas de aviación y sin capacidad ofensiva, las tropas de Bayo debieron reembarcar y abandonar la isla, donde los voluntarios del fascista italiano Arconovaldo Bonacorsi, conocido como Conde Rossi, pudieron actuar con total impunidad.

El gobierno renunciaba a una empresa contra la cual Prieto se había manifestado en reiteradas ocasiones, pero también perdía el control de una base marítima cuya importancia estratégica no dejó de aumentar en el transcurso de la contienda. En el N. los rebeldes proseguían su avance pese a la enconada resistencia de las milicias republicanas; el 30 de agosto las columnas de Alonso Vega se reunieron en La Espina (Asturias, a unos 50 Km. de Oviedo, donde Aranda continuaba sitiado.

El día 9 de ese mes las unidades de Mola y del coronel Beorlegui habían iniciado el ataque directo contra Irún (Guipúzcoa), posición clave para asegurar la comunicación entre el País Vasco y la frontera francesa. En los intensos combates participaron carros italianos L-3/35 y, por primera vez se recurrió a la artillería y la aviación de forma masiva. Finalmente, el 4 de septiembre tropas marroquíes y legionarios entraron en las ruinas de la ciudad. En el S. diversos focos rebeldes, en especial el Alcázar de Toledo y el Santuario de la Virgen de la cabeza, en Jaén, resistían a la espera de su liberación por la columna de Yagüe, que el 3 de septiembre, tomó Talavera de la Reina (Toledo).

En Madrid la tensión social provocada por la rápida progresión de las columnas de Yagüe culminó con los asaltos populares a la Cárcel Modelo ocurridos durante los días 22 y 23 de agosto. En su transcurso fueron asesinados los ex ministros Manuel Rico Avello y José Martínez de Velasco, el diputado Melquíades Álvarez, los falangistas Fernando Primo de Rivera –hijo del dictador– y Julio Ruiz de Alda, el policía e informador de los rebeldes Martín Báguenas, el doctor Albiñana –fundador del primer partido fascista español, el PNE y los generales Villegas y Capaz, el primero partícipe de todas las conspiraciones contra la II República y el segundo un prestigioso oficial que había abandonado África para no implicarse en la sublevación.

En ambos bandos comenzó a ser evidente que la guerra no tendría un desenlace rápido, constatación que implicaba grandes cambios políticos. Especialmente la adopción de un mando único responsable no solo de las cada vez más complejas operaciones militares, sino también depositario de la representatividad legal y diplomática ante sus partidarios en el interior y la opinión pública internacional. El 24 de julio se había constituido en Burgos la Junta de Defensa Nacional, antecedente del mando único y origen de la futura administración nacionalista. Presidida por el general Cabanellas e integrada únicamente por militares, los generales Saliquet, Ponte, Mola y Dávila y los coroneles Montaner y Moreno Calderón, durante el mes de agosto se incorporaron a ella los generales Franco, Gil Yuste, Queipo de Llano y Orgaz.

En Madrid el fracaso de la política militar de Giral, así como el escaso poder real de su gabinete republicano, motivó su cese el 4 de septiembre y la designación por Azaña de Largo Caballero, líder de la izquierda del PSOE, como presidente del nuevo gobierno. Este contaba con mayoría socialista (Álvarez del Vayo, Galarza, Negrín, Prieto y Gracia) y la participación de republicanos (Giral, Giner de los Ríos y Ruiz Funes), comunistas (Uribe) y nacionalistas vascos (Irujo) y catalanes (Tomás Piera). Por primera vez en Europa católicos y comunistas compartían las tareas gubernamentales, una muestra más del aislamiento internacional de la República.

El Pacto de No Intervención

El 1 de agosto Francia había planteado a Reino Unido e Italia la posibilidad de adoptar una serie de reglas comunes para la no intervención en el conflicto español, tratando de evitar con ello su generalización. El día 6 el Gobierno británico se adhirió a la postura francesa, como también los de la URSS, Portugal e Italia en los días siguientes. A principios de septiembre la casi totalidad de naciones europeas, incluida Alemania, habían aceptado el Pacto de No Intervención y, el día 9 de ese mes, se reunió en Londres el comité encargado de garantizar su cumplimiento.

Asimismo, el 7 de agosto el Gobierno de EE.UU. había dirigido una circular a sus embajadas y consulados con instrucciones para la no injerencia en los asuntos españoles. El 6 de septiembre Francia prohibió el tránsito de armamento por su territorio y, el día 19, el Reino Unido declaró un embargo general sobre el material de guerra existente en el país. Sin embargo, tales medidas no se correspondían con la actitud de Italia y Alemania, que durante ese periodo, incrementaron su ayuda a la causa de los sublevados.

En esa coyuntura se produjo un cambio decisivo en la política de Stalin, respecto al conflicto español que, desde la indiferencia inicial, evolucionó hacia una colaboración subordinada a los interese soviéticos y nunca exenta de reticencias. La URSS se convertía en el principal mercado de armas de la República, aunque a un precio elevado, con pago adelantado –mediante las reservas de oro acumuladas en el Banco de España– y sometido a constantes interrupciones. Tal situación, que por razones distintas desagradaba tanto a los republicanos y socialistas como a los anarquistas o el POUM, era resultado del boicot de las democracias occidentales. En estas los respectivos gobiernos denunciaban el riesgo de sovietización de España al mismo tiempo que ultimaban con la URSS un sistema de seguridad común para afrontar la expansión del fascismo en Europa.

Operación Alcázar de Toledo

El gobierno de concentración de Largo Caballero, quien había sustituido a Riquelme por el general Asensio Torrado como jefe del ejército del Centro, no pudo tampoco detener la progresión del ejército de África. El 21-XI este ocupó Maqueda (Toledo) pero, en contra de la opinión de Yagüe, Franco decidió entonces aplazar la marcha sobre Madrid para liberar a los sitiados del Alcázar de Toledo. Con esta maniobra, más que una victoria fácil, trataba de conseguir un éxito propagandístico que pudiera contrarrestar el logrado por Mola con la toma de San Sebastián el día 13.

El 29-IX Franco entró en Toledo, el mismo día de la promulgación del decreto que le convertía en "Generalísimo de la fuerzas nacionales de Tierra, Mar y Aire" y "Jefe del Gobierno del Estado español". El 1-X se celebró en Burgos y Salamanca la investidura oficial de Franco, a quien asistía una Junta Técnica de Estado concebida con carácter de Gobierno e integrada por militares (generales Dávila –presidente de la Junta–, Fermoso y Yuste) y civiles (Amado, Cortés, Bau, Olmedo, Gallo, Pemán, Serret, Serra Bonastre y Nicolás Franco). La liberación de Toledo constituía una prueba no solo del conservadurismo de la estrategia militar de Franco, sino también de su planteamiento político de la guerra: el objetivo no consistía en una victoria rápida, sino en una solución total a una contienda civil, cuyo final debía implicar la desaparición del enemigo.

La Batalla de Madrid

Los días perdidos en la operación de Toledo, sin embargo, dieron tiempo a los republicanos para organizar la defensa de Madrid con dos contribuciones importantes: Las Brigadas Internacionales y el armamento soviético. El primer buque de esa nacionalidad atracó el 15-X en Cartagena con material bélico y, el día 19 de ese mes, los quince primeros tanques soviéticos T-26 entraron en combate en Seseña (Madrid). El 4-XI las columnas de Franco, Varela y Yagüe dominaban la línea de frente entre Brunete, Alcorcón, Leganés y Getafe (Madrid), al mismo tiempo que aumentaban los bombardeos aéreos sobre la capital.

El día 6 el Gobierno decidió abandonar la ciudad para dirigirse a Valencia, así como la evacuación de unas ocho mil personas recluidas en las diferentes cárceles madrileñas. El momento de confusión fue aprovechado en los días siguientes para proceder al asesinato, durante su traslado, de unos 2.400 prisioneros en las localidades de Paracuellos del Jarama y Torrejón de Ardoz. La Junta de Defensa de Madrid presidida por el general Miaja en integrada por socialistas, comunistas, anarquistas, sindicalistas y republicanos, pasó a desempeñar la autoridad delegada del Gobierno de la República. Su actividad se extendió a un amplio conjunto de problemas –no solo militares, sino también de abastecimientos, sanidad, fortificación, industrias, energía, transportes, evacuación, orden público y propaganda– planteados con motivo de la denominada "Batalla de Madrid".

Las operaciones y acontecimientos bélicos conocidos con este nombre resultaron fundamentales para el transcurso de la contienda y determinaron una transformación substancial de los métodos de combate heredados de las campañas de Marruecos, entre 1911 y 1927, en las cuales se habían formado los oficiales de uno y otro bando. Las columnas mixtas, independientes entre sí pero agrupadas bajo un mando único, resultaban muy eficaces contra un enemigo débil, cuya resistencia se desplegaba en una sola línea que, una vez superada, se desarticulaba en su totalidad por temor a quedar rodeada.

Sin embargo, ante una defensa sólida estas unidades se mostraban excesivamente débiles porque, a diferencia de las modernas divisiones, no concentraban su artillería y carecían de reservas. Franco elaboró un ataque frontal conforme a los principios de la guerra de columnas, de manera que estas debían penetrar en Madrid a través de cada uno de los puentes que salvaban el foso del río Manzanares, para proseguir el avance principal por la casa de Campo.

El asalto se inició el 8-XI, pero los defensores conservaron sus posiciones gracias a la estabilidad de la retaguardia y el máximo aprovechamiento de los recursos que posibilitó la Junta de Defensa de Madrid. Los soldados marroquíes y legionarios solo consiguieron una progresión significativa el día 13 con la toma del cerro de Garabitas, que les permitía dominar la llanura circundante. Durante los días siguientes se produjeron intensos combates en el sector de la Ciudad Universitaria, mientras los aviones italianos Fiat y alemanes Junker y Heinkel disputaban a los Polikarpov soviéticos el dominio del aire.

El día 23 de ese mes Franco renunció al asalto frontal sobre Madrid: como antes las columnas de Mola, por primera vez el ejército de África había fracasado en la consecución de sus objetivos. Desde el 30-IX hasta el 15-01-1937 se desarrolló la primera fase del ataque indirecto y envolvente, la denominada "Batalla de la Carretera de la Coruña". Los batallones franquistas consolidaron su precaria situación en la Ciudad Universitaria, conquistaron las poblaciones de Boadilla del Monte, Majadahonda, el Plantío, Las Rozas, Pozuelo y Aravaca (Madrid), y cortaron la carretera de la Coruña. Sin embargo, no pudieron cumplir los objetivos estratégicos marcados: aislar Madrid por el O. y, en último término, impedir las comunicaciones entre la capital y el sector occidental de la sierra.

El equilibrio de las fuerzas contendientes resultó evidente en el transcurso de la Batalla del Jarama, iniciada el 5-02-1937 tras la ocupación de Ciempozuelos (Madrid) por la columna de García Escámez. Esta acción era la primera de una maniobra envolvente en el S. de la capital que debía culminar con el corte de las comunicaciones entre Madrid y Valencia por Arganda (Madrid). La Batalla del Jarama constituyó uno de lo enfrentamientos directos de la guerra, una lucha de desgaste en la que tanto la cantidad de armamento empleado masivamente, como el número de hombres disponibles, decidían el resultado final.

Por lo tanto ambos bandos incrementaron las peticiones de ayuda extranjera: la Legión Cóndor alemana entró en combate y los carros soviéticos, aunque infrautilizados, demostraron su superioridad sobre alemanes e italianos. Las unidades republicanas que habían aprendido a defenderse en Madrid, debieron organizar amplios contraataques en campo abierto contra un enemigo en marcha, para lo cual se requería una preparación y disciplina que entonces no conocían. A pesar de ello, tras los intensos combates del 23-II en torno al monte Pingarrón, lograron detener la ofensiva de las columnas marroquíes y agotar sus reservas. Franco hubo de ceder entonces a las insistentes peticiones de los italianos para abrir un nuevo frente en Guadalajara, a través del cual comenzaría el asalto a Madrid por el N. apoyado desde el S. por los batallones destacados en el Jarama.

Los voluntarios y soldados regulares italianos, luego encuadrados en el Corpo Truppe Volontarie sumaban una fuerza numerosa –48.823 hombres llegados hasta el 18-II– y auxiliada por la Aviación Legionaria, una abundante artillería y el principal conjunto de transportes existente en España en ese momento. La superioridad de este moderno ejército, al mando del general Roatta, quedó de manifiesto durante la conquista de Málaga, realizada el 8-II, a la que siguió una cruenta represión.

La operación diseñada por el Estado Mayor italiano en Guadalajara destacaba, asimismo, por su moderna concepción: la guerra celere aplicaba los mismos principios que la "guerra relámpago" que el ejército alemán preparaba en secreto durante ese periodo. Conforme a lo previsto, una vez superadas las líneas republicanas en Sigüenza (Guadalajara), la vanguardia motorizada avanzaría rápidamente y en profundidad hacia Madrid, bajo la cobertura de casi un centenar de aviones. Sin embargo, las desorganizadas milicias malagueñas no podían compararse a las unidades recién creadas: el Ejército del Centro que, con Miaja como general en jefe y Rojo como jefe de Estado Mayor, había sustituido el 27-II a la Junta de Defensa de Madrid, y el Ejército de Maniobra, a las órdenes del teniente coronel Burillo, formado por las tropas que habían demostrado su eficacia durante las últimas batallas en torno a la capital. La 12ª División del Ejército del Centro defendía, con quince cañones para más de diez mil hombres, el frente contra el cual se planeaba el ataque italiano que, protegido su flanco derecho por la División Soria del general Moscardó, comenzó el 8-III.

El día 10, efectivos del CTV entraban en Brihuega y el día 11 en Trijueque (Guadalajara), pero ese mismo día Rojo organizó el contraataque creando el IV Cuerpo del Ejército, al mando del teniente coronel Jurado, con las divisiones 11ª (Líster), 14ª (Cipriano Mera) y 12ª (Nino Nanetti), que contaban entre sus efectivos con experimentadas tropas internacionales. El día 13 la brigada de Valentín González el Campesino recuperó Trijueque, y el día 18 divisiones republicanas reconquistaron y rebasaron Brihuega, hasta la estabilización del frente tres días después. En la Batalla de Guadalajara la República obtuvo un éxito moral y propagandístico en mayor medida que una victoria militar, aunque con ella se frustró la última iniciativa de los sublevados contra Madrid.

En el invierno de 1936-1937 ambos bandos emprendieron ofensivas en diversos frentes con el objetivo de distraer tropas del enemigo y aliviar la presión ejercida sobre la capital. En el N. las ofensivas republicanas contra la tropas de Mola en Villarreal (Álava), del 30-XI al 12-12-1936, y contra las de Aranda en Oviedo, donde se habían concentrado numerosos efectivos tras la ruptura del cerco el 17-10-1936, se realizaron con inferioridad aérea manifiesta y una creciente escasez de suministros. Especialmente la última, desarrollada del 21-II al 17-III, demostró la debilidad de las columnas asturianas, santanderinas y vascas, que no habían iniciado todavía el proceso de militarización, y motivó la adopción en el futuro de una estrategia defensiva. En el S. la ofensiva emprendida por Queipo de Llano en el frente de Córdoba del 15-12-1936 al 24-03-1937. aunque consiguió tomar Porcuna (Jaén), tampoco cumplió sus objetivos de ocupar la zona avanzada de Montoro (Córdoba) y liberar a los sitiados en el santuario de la Virgen de la Cabeza, cuya resistencia terminó el 1-05-1937.

La "Batalla de Madrid" tuvo otras importantes consecuencias políticas, tácticas y militares: evidenció la necesidad de superar la guerra de columnas para sentar las bases de modernas unidades de combate y contribuyó a los intentos realizados en ambas zonas para la consolidación de los respectivos poderes centrales. Además determinó un acertado cambio táctico de Franco, quien renunció a la conquista de la capital para trasladar el frente al N. y, con ello, evitar la dispersión de esfuerzos e incorporar la segunda región industrial de España al territorio dominado por los rebeldes.

Reorganización política y militar

En la zona republicana la organización militar había desaparecido y Largo Caballero trató de reconstruirla desde bases nuevas, sometiendo el poder miliciano a un programa de mando, como primer paso para convertirlo en un Ejército controlado por el Gobierno. En octubre de 1936 se formaron las primeras brigadas mixtas, unidad básica del Ejército Popular durante toda la guerra. Esta solución enlazaba con las campañas de Marruecos y suponía un retroceso tanto respecto a la estructura diseñada por Azaña durante la II República, como a las tendencias predominantes en Europa sobre la creación de grandes divisiones.

Sin embargo, no se trataba de repeler una agresión exterior, sino de afrontar una guerra civil con intensa participación popular y en la cual resultaba casi imposible organizar un amplio entramado de intendencia, sanidad y otros cuerpos auxiliares. Como antes había ocurrido con la columnas, las brigadas mixtas favorecían la dispersión y, al ser las divisiones republicanas producto de su simple yuxtaposición, multiplicaban proporcionalmente el número de soldados dedicados a tareas secundarias y apartados de la primera línea del frente.

Además se establecieron los Tribunales Especiales de Guerra, las Milicias de Vigilancia de la Retaguardia, las Escuelas Populares de Guerra y el Comisariado Político, recursos para formar un Ejército eficaz y políticamente seguro. Con la asistencia de los generales Asensio (subsecretario de Guerra), Miaja (presidente de la Junta de Defensa de Madrid) y Pozas (jefe del Ejército del Centro), Largo Caballero reformó el Estado Mayor Central que, desde el 16-10-1936, ejerció el mando único de la fuerzas combatientes. Su autoridad se impuso sobre el Consejo Superior, órgano consultivo transformado en comité político al iniciarse la guerra, que integraban seis ministros del segundo Gobierno presidido por Largo Caballero desde el 5-09-1936.

Basado en la unidad y hegemonía de las organizaciones obreras, este gabinete contaba con los socialistas: Ángel Galarza en Gobernación; Anastasio de Gracia en Industria y Comercio; Indalecio Prieto en Marina y Aire; Julio Álvarez del Vayo en Estado; Juan Negrín en Hacienda, dos comunistas: Jesús Hernández en Instrucción Pública y Vicente Uribe en Agricultura, republicanos: Bernardo Giner de los Ríos en Comunicaciones; Julio Just en Obras Públicas; Mariano Ruiz Funes en Justicia y José Giral, sin cartera; uno de la Esquerra Republicana de Cataluña, José Tomás Piera en Trabajo y uno del PNV (Manuel de Irujo, sin cartera y catalanes (Jaume Aiguader), y anarco-sindicalistas (García Oliver, Federica Montseny, Peiró y López). La participación de estos últimos se decidió tras intensos debates en al dirección de la CNT-FAI y constituyó una ruptura sin precedentes con la tradición anti política del anarquismo español.

Sucesos en Barcelona V-1937

En Cataluña este proceso se había realizado con anterioridad: el 26-09-1936 se formó un Gobierno presidido por Companys e integrado por la Esquerra Republicana de Catalunya de Tarradellas, Gassol, y Artemi Aiguader; la CNT de Fábregas, Doménech y García Birlán; el PSUC de Valdés y Comorera y el POUM de Andreu Nin. El 1-X siguiente quedó disuelto el Comité de Milicias Antifascistas de Cataluña y, una semana después, los comités locales fueron sustituidos por ayuntamientos con representación de todos los partidos y sindicatos. El Gobierno autónomo adoptó las mismas medidas respecto a las patrullas de control y fronterizas, los comités hegemónicos en diversas industrias y servicios públicos, y la intervención directa de los anarco-sindicalistas en los asuntos militares, a través de la Consejería de Defensa. El conflicto provocado por la reticencia de la CNT-FAI y POUM a renunciar —en beneficio de la Generalitat y el PSUC— al poder conseguido en las jornadas revolucionarias-VII-1936, culminó con los sucesos-V-1937.

La lucha en las calles de Barcelona finalizó con unos quinientos muertos y casi dos mil heridos, tuvo una amplia repercusión internacional y determinó una grave división en la retaguardia republicana. Los esfuerzos de la Generalitat por imponer su autoridad coincidían con los del Gobierno central para recuperar sus atribuciones en Cataluña, en especial las referentes a las industrias de guerra y orden público, de cuyos servicios se incautó nombrando al general Pozas como jefe de la IV División Orgánica.

Como resultado de la crisis, una semana después dimitió Largo Caballero y, el 17 de octubre el doctor Juan Negrín formó nuevo gobierno con tan solo ocho ministros. El presidente asumía además la cartera de Hacienda y Economía, Prieto la de Defensa y su directo colaborador, Julián de Zugazagoitia, la de Gobernación. Fracasada la fórmula del gobierno sindical, la escisión entre el sector radical del PSOE liderado por Largo Caballero —preponderante durante el primer bienio republicano (1931-1933)— y el más moderado que representaba Prieto, se había consumado a favor de este. Aunque inicialmente ligado al prietismo Negrín ofrecía una alternativa cuya relevancia y viabilidad aumentaron en el transcurso de la guerra gracias al apoyo del PCE, que contaba con dos ministros en el nuevo gabinete: Vicente Uribe en Agricultura y Jesús Hernández en Instrucción Pública.

A partir de ese momento los comunistas españoles se beneficiaron de la aislada ayuda soviética a la causa republicana para imponer su programa de unidad militar, centralización política y control económico, cuya aplicación les enfrentó con la CNT-FAI y el POUM. La lucha contra esta última organización culminó con el asesinato de Andreu Nin por la policía secreta soviética, mientras que los anarquistas —que habían tenido un protagonismo esencial en el primer año de la contienda— desempeñaron desde entonces una función subordinada. La presencia de los republicanos Giral y Giner de los Ríos en los ministerios de Estado y Obras Públicas, respectivamente, manifestaba la voluntad de normalización que Negrín pretendía ofrecer a la opinión pública internacional.

Los Planes de Control

En la zona sublevada Franco adoptó diversas medidas dirigidas a reforzar su indiscutido poder personal, confirmar la supremacía del Ejército sobre el conjunto de fuerzas reaccionarias y unir las diferentes tendencias políticas bajo su jefatura. El 20-12-1936 decretó la militarización de los voluntarios, lo que motivó el exilio de Fal Conde en Portugal y, el 9-04-1937, la unificación de falangistas y carlistas en una nueva organización política: FET y de las JONS. Con este decreto, redactado por Serrano Suñer, se pretendía fundamentalmente la configuración del Movimiento como un Estado y convertir el Alzamiento en una empresa política. El 22 se constituyó la Junta Política de FET y de las JONS, cuyos seis miembros serían designados a partes iguales por el Jefe del Estado y por el Consejo Nacional, segundo órgano rector del partido.

Tres días después Hedilla, jefe nacional de Falange tras imponerse en la denominada crisis de Salamanca, fue detenido por oponerse al decreto de unificación. Al proceso de institucionalización contribuyó, de manera decisiva, el reconocimiento oficial del régimen de Franco por Italia y Alemania, el 18-11-1936, una semana después de que el comité de Londres aprobara un primer Plan de Control. El 20-01-1937 fue aceptado por el gobierno español a condición de que, además de los envíos materiales, fueran computados también los de tropas regulares y voluntarios extranjeros, cuyo reclutamiento habían prohibido Reino Unido y Francia ese mismo mes, pero Franco rechazó la propuesta.

El 8 de marzo siguiente el Comité aprobó un segundo Plan de Control, en vigor desde el 20 de abril, que preveía la creación de una comisión responsable de su aplicación, el establecimiento de un control de fronteras terrestres, el nombramiento de observadores marítimos para supervisar la mercancía de los buques y la vigilancia de las costas españolas por patrullas de las diferentes potencias europeas. El proyecto era el más completo y ambicioso de los elaborados por el Comité, pero contenía graves defectos que anulaban su efectividad en la práctica. La URSS renunció a su respectiva misión de patrulla, las Canarias quedaban excluidas de la zona de control, no existía vigilancia aérea y se encargó precisamente a Alemania e Italia la supervisión de las dos zonas que comprendían casi toda la franja costera del territorio republicano.

El Gobierno de la República denunció reiteradas ocasiones la vulneración del acuerdo y, entre mayo y junio de 1937, se produjeron con este motivo graves incidentes. El 26-V aviones republicanos bombardearon el acorazado italiano Barletta en el puerto de Palma de Mallorca y, tres días después el acorazado alemán Deutschland, fondeado en la bahía de Ibiza (Baleares). Según el Plan de Control los buques encargados de la vigilancia no debían acercarse en ningún caso a más de diez millas de la costa y, además, el control de las Baleares correspondía a las patrullas francesas e inglesas. El 30 de mayo Italia y Alemania abandonaron la Comisión de Control Naval y, un día después, una escuadra alemana bombardeó Almería en represalia, causando graves daños y numerosas víctimas, aunque de nada sirvieron las protestas diplomáticas del Gobierno español.

La Batalla del Norte

Desde los primeros momentos de la contienda la existencia de una zona republicana en el N. peninsular —Vizcaya, Cantabria y Asturias, excepto Oviedo— constituyó una de las claves estratégicas para ambos bandos. Respecto a los sublevados, provocó la dispersión de las fuerzas de Mola en detrimento de la ofensiva sobre Madrid y supuso un obstáculo para la propaganda franquista de la guerra como cruzada, argumento que ignoraba la declarada confesionalidad del PNV.

La defensa de una estrecha franja del territorio —entre 30 y 40 Km. de anchura, 300 de costa y distante unos doscientos en línea recta de las posiciones republicanas más cercanas— constituía un grave problema para el Gobierno. El alejamiento geográfico tuvo como consecuencia no solo la dificultad en los abastecimientos y suministro de armamento, especialmente aviones, sino también la autogestión política, militar y económica.

En el País Vasco, desde que las Cortes aprobaran el Estatuto de Autonomía (1-10-1936), existía un Gobierno presidido por el lehendakari Aguirre, mientras que en Cantabria y Asturias ejercieron el poder sendos comités hasta la constitución de una junta interprovincial con presidencia socialista. El proceso general de militarización hubo de superar en la zona N. numerosos obstáculos, como la falta de mandos cualificados, la ausencia de aviación, la escasez de artillería, la inexistencia de una frontera terrestre tras la toma de Irún y el bloqueo naval ejercido por la flota franquista, la única activa en el Cantábrico.

Contribuyó a agravar la situación el conflicto de competencias suscitado entre los gobiernos central y vasco, especialmente tras la llegada a Bilbao (Vizcaya) del general Llano de la Encomienda, delegado desde Madrid para asumir el mando del Ejército del N. Formaba parte de este el XIV Cuerpo de Ejército, que el PNV consideraba como Ejército Vasco, a las órdenes directa de Aguirre hasta que el gobierno de la República envió al general Gamir Uribarri el 29-05-1937; tenía sus batallones, tardíamente agrupados en brigadas y divisiones, los capellanes castrenses sustituían a los comisarios políticos. Como afirmó el cardenal Gomá, los dos sectores más declaradamente militantes del catolicismo nacional —nacionalistas vascos y carlistas— se enfrentaron el la denominada —batalla del Norte—.

Esta comenzó el 31-03-1937, suspendido el ataque franquista sobre Madrid y fracasado el republicano sobre Oviedo, con una ofensiva de las fuerzas de Mola: cuatro brigadas navarras, puestas bajo el mando del general Solchaga, que sumaban en conjunto más de 25.000 soldados, protegidos por ochenta carros blindados, unos cien bombarderos Heinkel 51, cincuenta Fiat CR 32 y dos escuadrones de aparatos de persecución. A ellas se añadía dos unidades de Corpo Truppe Volontarie CTV italiano, la División motorizada 23 de Marzo y la Brigada Flechas Negras, con 250 piezas de artillería y unos sesenta tanques.

El Cuerpo de Ejército Vasco les oponía 51 batallones —aún no se habían constituido brigadas— con 46 piezas de artillería y una docena de aviones en los improvisados aeródromos, siempre expuesto a un ataque por la proximidad de las líneas enemigas. En los primeros momentos las unidades navarras e italianas, reforzadas con marroquíes, consiguieron tomar Ochandio (Vizcaya) pero, el 4-IV, las unidades vascas al mando del comandante Ibarrola detuvieron el avance unos 10 Km. al N. de la población. Detenido también Mola en sus ataques frontales sobre la sierra de Elgeta y los montes Inchortas, veinte días después emprendió una maniobra envolvente de las peñas de Udala que, por primera vez, le permitió romper las líneas defensivas republicanas y ocupar sucesivamente Elorrio, Elgeta y Eibar (Vizcaya).

Esta última ciudad, como antes Durango (Vizcaya), había sido casi totalmente destruida por los aviones JU-52 de la Legión Cóndor, siguiendo órdenes del Estado Mayor franquista, en los primeros bombardeos masivos conocidos sobre poblaciones civiles.

El auxilio aéreo reclamado con insistencia por Aguirre y Llano de la Encomienda era inviable por razones técnicas e, incluso, el abastecimiento resultaba cada vez más difícil como consecuencia del bloqueo naval decretado por Franco el 6 de abril. El día 22 de ese mes solo quedaba un aparato de caza en los aeródromos vascos y, el día 26, la Legión Cóndor destruyó con bombas explosivas e incendiarias la villa de Guernika (Vizcaya), símbolo de las instituciones vascas. La guerra total, como la represión sistemática y otras formas de terror, mostraba su efectividad para vencer la resistencia de la población, aunque tuvo como contrapartida el descrédito de la propaganda franquista ante ciertos sectores de la opinión católica internacional.

Desde principios de mayo la defensa vasca se apoyaba en las alturas de Jata, Sollube y Bizcargui, triángulo fortificado —el conocido como cinturón de hierro — que protegía Bilbao. En él 85 batallones vascos, cántabros y asturianos resistieron durante casi un mes la acometida de 95 batallones navarros, varios tabores de Regulares marroquíes e importantes efectivos del CTV., con una cobertura artillera y aérea —más de 200 aparatos— sin precedentes. La inferioridad republicana resultaba evidente, a pesar de la llegada a Bilbao y Santander (Cantabria) de dos escuadrillas, una veintena de cazas cuyo radio de acción había sido ampliado.

El 12-VI las defensas cedieron ante la acometida de las brigadas de Solchaga, apoyadas por cien piezas de artillería, setenta aviones trimotores de bombardeo y cincuenta cazas. Cuatro días después el Estado Mayor Central ordenó una ofensiva sobre Huesca, que fracasó tanto en su finalidad inmediata —la distracción de fuerzas de Vizcaya— como en sus objetivos últimos: completar el cerco sobre la plaza e, incluso, proceder a su conquista. El 17-VI el Gobierno vasco abandonó Bilbao y, en la mañana del día 19, las tropas franquistas entraron en la ciudad. Esa misma tarde los cinco batallones de gudaris encargados de defender la ría se rindieron sin resistencia al general García Valiño: para la ejecutiva del PNV la defensa del territorio primaba sobre la estrategia del gobierno de la República de salvar todas las unidades que fuera posible para continuar la lucha en posiciones más retrasadas.

También por decisión del Gobierno autónomo la infraestructura industrial vasca pasó casi intacta al Estado de Burgos que, de esta manera, incorporaba a sus recursos un amplio potencial bélico y económico. El 23-VI Franco decretó la derogación del Estatuto de Autonomía del País Vasco y del Concierto Económico de las Provincias de Guipúzcoa y Vizcaya como castigo a su comportamiento. La máxima penetración de las brigadas navarras alcanzó hasta Balmaseda (Vizcaya), población ocupada el día 29, pero el general Gamir consiguió estabilizar sus fuerzas en una línea comprendida entre Ontón (Cantabria) al N. y la sierra de Ondurte y el puerto de Tornos (Burgos) al S. Las estructuras del Cuerpo de Ejército vasco habían quedado deshechas y resultaba preciso reorganizar la defensa con centro en Santander.

La Batalla de Brunete

Sin embargo, la actividad en el frente N. quedó suspendida casi dos meses con motivo de la ofensiva republicana en Brunete (Madrid) y la consiguiente réplica franquista, desarrolladas entre los días 6 y 28-07-1937. Para la operación, planeada por Rojo y dirigida por Miaja, se formaron el V Cuerpo del Ejército, al mando de Modesto, que contaba con las divisiones de Líster, Valentín González El Campesino y Walter; el X08 Cuerpo, al mando de Casado, con las divisiones de Jurado, Enciso y Gal, y el II Cuerpo de Romero, muy inferior a los otros dos y preparado para una acción secundaria.

En total, unos ochenta mil hombres apoyados por cien carros de combate, treinta blindados y 164 piezas de artillería. Como en otras ocasiones, el factor sorpresa hizo posible el avance inicial republicano, detenido como resultado de la falta de coordinación entre las grandes unidades, la escasa preparación y disciplina de las tropas para maniobrar en el ataque, las vacilaciones del Estado Mayor Central y la pérdida de tiempo en liquidar las bolsas de resistencia surgidas.

En la segunda fase de la operación —contraofensiva y lucha de desgaste— se impuso la supremacía del ejército franquista que, de nuevo mostró su capacidad para el traslado a gran escala de tropas de un frente a otro. Del N. llegaron la 105ª división de Saénz de Buruaga, la 108ª división gallega, las IV y V brigadas de Navarra y toda la Legión Cóndor con los nuevos Messerschmitt 109 y Heinkel III. Al final de la batalla el Ejército Popular había adelantado sus posiciones en un entrante de terreno de varios kilómetros al NO. de Madrid, mantenido durante toda la contienda, una ventaja estratégica mínima en consideración al número de bajas y la cantidad de material perdido, en cifras que doblaron las del enemigo.

Reanudación campaña del Norte

La campaña del Norte se retoma El Estado Mayor del general Franco, decidió entonces reemprender la campaña por el N., centrada en la conquista de Cantabria y de su capital Santander. El general Dávila, responsable de la ofensiva, contaba con unos noventa mil soldados agrupados en las seis brigadas navarras, la Brigada de Castilla y el CTV. italiano, con más de trescientas piezas de artillería, un centenar de blindados ligeros y casi doscientos aparatos de la Legión Cóndor y la Aviación Legionaria.

Frente a ellos había catorce divisiones distribuidas en tres cuerpos de Ejército: el XIV, al mando del coronel Prada y formado por las unidades restantes del Cuerpo de Ejército Vasco, el XV y el XVII, a las órdenes de los tenientes coroneles García Vayas y Linares, respectivamente. El ejército del Norte, cuyo mando había asumido el general Gamir en substitución de Llamo de la Encomienda, disponía en total de unos cien mil hombres, cien piezas de artillería, cuarenta aviones y algunos blindados antiguos de la clase Renault o fabricados en Trubia (Asturias). En la mañana del 14-08-1937 comenzó en Cantabria la ofensiva de las tropas franquistas que, tres días después habían tomado Peña Labra, alcanzado el Puerto del Escudo y ocupado Reinosa, cuyas instalaciones fabriles destruyeron, con la oposición de los obreros, unos técnicos enviados desde Madrid.

Mientras tanto, el avance de las agrupaciones navarras por el valle del río Besaya hacia Torrelavega obligó al comandante Ibarrola, cuya división se encontraba en la zona de Cabuérniga, a ordenar un despliegue de sus batallones vascos. Sin embargo, el día 23, tres de éstos, siguiendo instrucciones de la ejecutiva del PNV, abandonaron el frente e iniciaron su retirada hacia Santoña y Laredo, donde debían concentrarse. Este hecho se producía como resultado de las negociaciones mantenidas entre Ajuriaguerra —presidente del Euskadi Buru Batzar— y el coronel italiano De Carlo para conseguir una capitulación de las unidades vascas por separado, de cuya ejecución y garantía se responsabilizaba el CTV.

El día 23, Ajuriaguerra regresó de Francia a Santoña, el día 24 el lehendakari Aguirre —enfrentado a la ejecutiva de su partido y totalmente opuesto a las negociaciones— abandonó Santander en un avión y, el día 25, los italianos entraron sin resistencia en Laredo. Las condiciones de la capitulación consensuada entre Ajuriaguerra y general Manzini en el conocido como pacto de Santoña —libertad de las tropas vascas una vez desarmadas y evacuación de civiles y jefes políticos— comenzaron a cumplirse el día 25, cuando unos veinte mil gudaris de doce batallones se entregaron al CTV. Sin embargo, la intervención de Franco impuso una rendición incondicional a esas tropas, paralizó la operación de embarque de civiles y provocó la detención de miles de oficiales y responsables políticos vascos, entre ellos el mismo Ajuriaguerra, muchos de los cuales fueron luego fusilados.

La defección de los batallones del PNV dificultó la maniobra de repliegue del Ejército del Norte republicano hacia Asturias, aunque finalmente pudo establecerse una primera línea defensiva a partir de San Vicente de la Barquera (Cantabria). El bloqueo total de los puertos por la flota franquista intensificó el aislamiento, agravó el suministro de manera extraordinaria y determinó la autonomía operativa del Consejo Asturias-León. Presidía este el socialista Belarmino Tomás, quien decretó la sustitución de Gamir por el coronel Prada al frente de los noventa batallones —unos ochenta mil hombres, pero con solo cincuenta mil fusiles— que quedaban en el Ejército del Norte.

El 1-09-1937 se inició la ofensiva franquista sobre Asturias: cuatro brigadas navarras y la de Castilla, al mando de Solchaga, superaron la línea de San Vicente de la Barquera, mientras Aranda atacaba en el S. a través de los puertos leoneses, con tres divisiones y dos brigadas más de Navarra. En total, unos 110.000 soldados y 250 aviones bajo la dirección del general Dávila, quien hubo de reforzar sus efectivos con unidades del CTV y una agrupación de 24 batallones al mando de Muñoz Grandes a causa de la resistencia ofrecida por los republicanos.

En la línea del río Sella, defendida por el XVI Cuerpo del Ejército reorganizado a las órdenes de Francisco Galán, las brigadas navarras solo consiguieron avanzar 12 Km. hasta el 8-X. En el S. Aranda no pudo tomar el puerto de San Isidro hasta el día 4 de ese mes y fracasó en los sucesivos ataques sobre el puerto de Pajares. La situación cambió a partir del 10-X cuando, tras una intensa preparación aérea y artillera, Solchaga logró desbordar la línea del Sella por su ala derecha.

El autoproclamado Consejo Soberano de Asturias abandonó Gijón el 20-X y, al día siguiente, la IV Brigada de Navarra entró en la ciudad. Como resultado final, 22 batallones quedaron prisioneros, nueve o diez pudieron ser evacuados, cinco o seis se dispersaron en grupos que, en algunos casos, tuvieron continuidad en la guerrilla antifranquista y el resto fueron deshechos. Combatientes y civiles huyeron en toda clase de barcos, sin ninguna protección tras el hundimiento del destructor Ciscar y del submarino C-B, de los cuales más de la mitad fueron apresados o hundidos por la flota franquista, aunque unas nueve mil personas lograron llegar a Francia.

El frente de N. había desaparecido, lo cual permitía a Franco concentrarse en una línea única —desde los Pirineos hasta la costa de Granada— sin necesidad de dispersar sus fuerzas. 150 batallones de su ejército quedaban disponibles, a los cuales se sumaban unos cien mil combatientes capturados en las diferentes fases de la campaña, que pasaron a integrarse en unidades normales o de castigo. Asimismo pudo concentrar la tropa en el Mediterráneo e incorporó a sus recursos un importante potencial industrial que le permitía negociar mejor con Alemania e incluso, con el Reino Unido. La guerra se decidía al mismo tiempo que Franco confirmaba su liderazgo entre los oficiales sublevados, especialmente tras la muerte de Mola en accidente de aviación el 3-06-1937.

Por el contrario la campaña del N. supuso para la República la pérdida de 14 divisiones, unos treinta y cinco mil muertos y una alteración en el proyecto de Estado Mayor Central para la formación del Ejército de Maniobra. Reserva estratégica indispensable, este suponía una cuarta parte del total de efectivos republicanos, mientras que el alto mando franquista cubría todos los frentes con el 60% de su contingente y mantenía el 40% restante en reserva estratégica como masa de maniobra.

La Batalla de Belchite

La crítica situación de Santander precipitó los planes de Rojo para la apertura de un nuevo frente en Aragón que cumpliera dos objetivos, uno de carácter estratégico y otro táctico: provocar un aplazamiento de las operaciones en el N. y cercar o, en última instancia, tomar Zaragoza. La batalla de Belchite supuso el fracaso del Estado Mayor Republicano en el cumplimiento de ambos objetivos, especialmente en el primero (Dávila aplazó únicamente cinco días la ofensiva sobre Asturias). A pesar de la amplia movilización realizada (unos ochenta mil hombres), de la sorpresa inicial y de los éxitos parciales como la conquista del Quinto de Ebro y Belchite (Zaragoza), de nuevo el Ejército Popular mostró sus deficiencias para maniobrar a la ofensiva.

La 5ª División de Líster alcanzó la localidad de Fuentes de Ebro, a 30 Km. de Zaragoza, pero el avance quedó una vez más paralizado por el temor del mando republicano al estrangulamiento de las bolsas creadas en cada ruptura del frente y la consiguiente preocupación por guarnecer los flancos y liquidar resistencias aisladas. A entorpecer la penetración republicana contribuyó la resistencia tenacísima de Belchite, que restó a la acción de los atacantes un número excesivo de fuerzas; Belchite, bien fortificado y con unos 2.000 hombres de guarnición, quedó aislado el 26-08 y cayó en manos republicanas el 6-IX. El gobierno aprovechó los preparativos de la ofensiva para proceder a la disolución del Consejo de Aragón, órgano autónomo de hegemonía anarquista, según un decreto de Zugazagoitia de cuya aplicación se encargó la división de Líster.

Aislamiento y Reconocimiento

Durante 1937 se intensificó el aislamiento internacional de la República y, de manera paralela, aumentó su dependencia a la URSS, especialmente tras la formación del Gobierno de Negrín en mayo. Los esfuerzos diplomáticos se dirigieron tanto a intentar detener el intervencionismo de las potencias del Eje a favor de los sublevados, como a reiterar la apelación a la Sociedad de Naciones para que esta recuperara su protagonismo ante el Comité de Londres. Incluso, con la participación de Luis Araquistáin, se emprendieron diversas negociaciones ajenas a los cauces diplomáticos, destinadas a conseguir un aislamiento efectivo del conflicto español y el cese de toda intervención extranjera. Franco boicoteó con éxito esas iniciativas y su causa resultó muy favorecida con los relevos producidos en Reino Unido y Francia con los nombramientos de los conservadores Chamberlain y Chautemps como jefes de sus respectivos gobiernos.

El nuevo primer ministro británico orientó toda su política exterior hacia un acercamiento con Italia y Alemania, manteniendo firme la alianza con Francia, para lo cual reafirmó su no intervención en el conflicto español e inició un acercamiento a la Junta Técnica de Burgos. A la retirada de las potencias fascistas del Comité de Control Naval, definitiva desde el 22-06-1937, siguieron durante ese verano numerosos ataques submarinos contra barcos de países neutrales —entre ellos Reino Unido— que se dirigían hacia puertos republicanos.

Con pruebas concluyentes el Gobierno español denunció a Italia como única responsable de la piratería marítima que, a propuesta franco-británica, motivó una conferencia internacional de países ribereños del Mediterráneo y del Mar Muerto celebrada en Nyon (Suiza) entre los días 10 y 14-IX-1937. En un primer momento, Alemania e Italia rehusaron acudir, pero aceptaron luego su inclusión en los acuerdos cuando se concedió al Gobierno italiano el control de la zona marítima comprendida entre Cerdeña y Baleares para evitar todo ataque que contraviniese el derecho internacional.

El 16-IX Negrín pronunció ante la Sociedad de Naciones un discurso en el que denunciaba los acuerdos de Nyon como insuficientes y peligrosos. Además solicitaba que se reconozca la agresión de que España es objeto por parte de Alemania e Italia; que se devuelva íntegramente al Gobierno español el derecho de procurarse libremente todo el material de guerra que estime necesario; que los combatientes no españoles sean retirados del suelo de España, y que se asegure a España la participación que legítimamente le corresponde.

La Sociedad de Naciones no adoptó ninguna medida efectiva y mantuvo durante los meses siguientes una política ambigua que favorecía a los sublevados, al igual que ocurría en el Comité de Londres tras la retirada de las potencias del Eje. El 16-10-1937 se reunió el subcomité para estudiar la propuesta francesa sobre la retirada de efectivos extranjeros, control y beligerancia, aunque hasta 4-XI siguiente no fue aprobado un plan de retirada de voluntarios, que debía someterse a la aprobación de los dos bandos contendientes. El Gobierno español lo aceptó el día 30 de ese mes, pero Franco supeditó su decisión final al reconocimiento del derecho de beligerancia, objetivo prioritario de su diplomacia por cuanto le equiparaba legalmente con la República.

La actividad del Comité de Londres quedó bloqueada por este asunto y, a finales de 1937, resultaba evidente el fracaso de la No Intervención, que no solo constituía una manera de afrontar el problema español, sino también un elemento substancial de la política exterior británica. El 16-X Robert Hodgson fue nombrado agente comercial del Reino Unido en Salamanca —asistido por dos militares y con subagentes en Bilbao, Santander, Sevilla, Málaga, Palma de Mallorca y la Coruña— y ese mismo día llegó a Londres Jacobo Fitz James Stuart, XVII duque de Alba, con el mismo cargo.

El acuerdo de intercambio de agentes no suponía un reconocimiento diplomático del régimen de Franco, pero sí la legalización de una situación de facto mantenida desde mayo por medio de representantes oficiosos, al mismo tiempo que permitía la firma de acuerdos comerciales relativos al mineral procedente de Río Tinto (Huelva) y Vizcaya. Los respectivos agentes tenían acceso directo a los diferentes organismos y departamentos estatales, podían comunicarse confidencialmente con sus gobiernos, recibían protección oficial y sus funciones eran las reconocidas a los cónsules para la protección de súbditos y defensa de intereses comerciales.

Además, el duque de Alba disponía de subagentes en Newcastle, Cardiff, Liverpool y Manchester, y como miembro de una de las principales casas nobiliarias de Escocia, contaba con excelentes relaciones entre las más altas magistraturas del Reino Unido. El 21-IX la Santa Sede nombró a monseñor Antoniutti encargado de negocios en Burgos y, el 1-XII, Japón reconoció oficialmente a la Junta Técnica de Burgos, con la que Checoslovaquia, Bulgaria, Noruega, Polonia, Dinamarca, Finlandia y Uruguay habían ya realizado canje de notas o firmado acuerdos comerciales.

El reconocimiento internacional del régimen franquista hacía más apremiante la reforma de la estructura de poder improvisada en los primeros meses de la contienda y su conversión en un estado soberano. La Junta Técnica —dirigida por Gómez Jordana desde que, en junio de 1937, Dávila tomara el mando del Ejército del Norte tras la muerte de Mola— no había adquirido la importancia política específica que le correspondía en teoría. Se había demostrado incapaz de culminar la unificación política y militar en el bando nacionalista, lo cual favorecía la existencia de poderes casi autónomos en el Ejército —caso de Queipo de Llano en Andalucía— y de un continuo conflicto de competencias con FET y de las JONS.

El 2-12-1937 quedó constituido el Consejo Nacional de Movimiento y el falangista Fernández Cuesta fue nombrado secretario general del partido único. Aunque no desempeñara cargo político alguno, se debió a la influencia de Serrano Suñer la formación del primer Gobierno de Franco el 31-01-1938, con Gómez Jordana en Vicepresidencia y Asuntos Exteriores, Serrano Suñer en Interior, el conde de Rodezno en Justicia, Martínez Anido en Orden Público, Amado en Hacienda, Fernández Cuesta en Agricultura y Sainz Rodríguez en Educación Nacional.

Ese mismo día se promulgó en Burgos la Ley de Administración Central del Estado, que concedía a Franco la suprema potestad de dictar normas jurídicas de carácter general y, el 9-III siguiente, apareció el Fuero del Trabajo como declaración de los principios doctrinales de la política social del nuevo Estado. A la estructuración organizativa del régimen franquista correspondía un afianzamiento ideológico basado en dos doctrinas, ocasionalmente discordantes en sus objetivos pero generalmente coincidentes en sus métodos: el falangismo y el catolicismo.

El 1-07-1937 había sido publicada la Carta Colectiva del episcopado español, texto de amplia difusión internacional que legitimaba la sublevación antirrepublicana y cuya firma solo rechazaron Mateo Múgica y Vidal i Barraquer, obispos de Vitoria y Tarragona, respectivamente. A pesar de ello los fusilamientos de sacerdotes vascos y de políticos católicos, como el catalán Carrasco y Formiguera (9-04-1938), evidenciaban la importancia otorgada a la lucha contra lo que, en la ideología castrense, se denominaba separatismo. A la derogación del Estatuto de Autonomía del País Vasco (23-06-1937) y de Cataluña (9-04-1938) siguió la promulgación de diversas normas para la uniformidad lingüística de ambas regiones (21-05-1938).

En la zona republicana las Cortes prosiguieron su actividad y, el 1-2-10-1937, se reunieron en Valencia 166 diputados, por primera vez algunos no pertenecientes al Frente Popular, como Portela Valladares y Rafael Guerra del Río. El día 31 de ese mes, coincidiendo con el fin de la campaña en el N., el gobierno decidió su traslado a Barcelona, entre otros motivos para ejercer un control efectivo de las industrias de guerra. Esta medida provocó una ratificación de la confianza del Parlamento catalán a Companys, cuya finalidad radicaba en reafirmar el poder autonómico en circunstancias que hacían prever la desaparición de la importancia específica que había tenido hasta ese momento. La marginación de los anarquistas y del sector socialista liderado por Largo Caballero continuó e, incluso, UGT llegó a contar con dos comisiones ejecutivas presididas, respectivamente por González Peña y Díaz Alor.

Composición de los Ejércitos

La inestabilidad política no impidió que continuara la organización del Ejército Popular, debiendo recurrir con insistente frecuencia a la movilización. En febrero de 1937 cada uno de los bandos había llamado a filas a doce reemplazos completos, de manera que la cifra total de combatientes se aproximaba a 1.900.000 hombres, que, sumados los voluntarios extranjeros y los marroquíes reclutados en el Protectorado, superaban ampliamente los dos millones. La cifra de los incorporados con cada reemplazo fue inicialmente mayor en la zona republicana, pero quedó equilibrada en el verano de 1937 y, a partir de entonces se modificó a favor de los sublevados.

Integraban el Ejército Popular los ejércitos del Centro (Miaja), con los cuerpos de Ejército I, II, III, IV y VI; el de Extremadura (Burillo ), VII y 08; de Andalucía (Prada ), IX y XXIII; de Levante (Hernández Sarabia ), XIII y XIX; del Este (Pozas ), X, XI y XII, y de Maniobra, a las órdenes directas del ministro, con los cuerpos de ejército V, X08, XX, XXI y XXII, además de la división de Ingenieros Blindados. De los 23 cuerpos de Ejército, 73 divisiones y 225 brigadas mixtas que había organizado, instruido y equipado hasta entonces el Ejército Popular, solo le restaban 19 cuerpos del Ejército, 56 divisiones y 167 brigadas mixtas, lo que suponía una pérdida aproximada de una cuarta parte de los efectivos totales. Los cuerpos de Ejército XIV, XV, XVI y XVII —con 16 divisiones mixtas— del Ejército del Norte habían sido incorporados en su mayor parte a las fuerzas terrestres de Franco.

Estas se componían de los ejércitos del Centro (Saliquet), con las agrupaciones divisionarias de Somosierra-Soria y Segovia-Ávila y el I Cuerpo de Ejército; del Sur (Queipo de Llano), con los cuerpos de Ejército II y III, y del Norte (Dávila), con los cuerpos de Ejército de Navarra, Aragón, Marroquí, Galicia, Castilla y CTV, en total, cincuenta divisiones más dos de caballería. La aviación republicana, a las órdenes del general Hidalgo de Cisneros, disponía de unos trescientos aviones distribuidos en las escuadras 1, 5, 7 y 11, mientras que la franquista, dirigida por el general Kindelán, contaba con tres grandes agrupaciones —Hispana, Legionaria y Legión Cóndor— que sumaban un total de quinientos aparatos.

Por último, en 1937 la inicial superioridad del gobierno en el mar desapareció en beneficio de los sublevados, especialmente tras la entrada en servicio de los cruceros Canarias y Baleares. La renuncia a Mallorca, en septiembre de 1936, proporcionó a estos últimos una base fundamental para controlar todo el tráfico marítimo en el Mediterráneo, y el hundimiento del destructor Almirante Ferrándiz por los cruceros Canarias y Almirante Cervera, el 29 de ese mismo mes, supuso la ruptura definitiva del bloqueo republicano en el Estrecho. En el Cantábrico, la flota franquista impuso, sin oposición considerable, un dominio absoluto, aunque los dragaminas republicanos consiguieron mantener abiertos a la navegación los accesos a los puertos más importantes. El 5-03-1937 el Canarias hundió varios barcos pesqueros que integraban la Flota Auxiliar de la Armada de Euskadi en el denominado combate de Cabo Machichaco y, tres días después, fue apresado el buque Mar Cantábrico, que transportaba un importante cargamento de material bélico comprado por la República en Méjico y EE.UU.

La única baja de la flota franquista en la zona se produjo el 30-IV, cuando el viejo acorazado España chocó con una de sus propias minas en el transcurso de una acción de bloqueo sobre el puerto de Bilbao, si bien el destructor Velasco consiguió salvar a los 820 hombres de su tripulación. La desaparición del frente N. permitió a los sublevados concentrar en el Mediterráneo todos sus efectivos, aumentados por la compra a Italia de los destructores, Ceuta, Melilla, Huesca y Teruel, y de seis submarinos de las clases C-3 y C-5, con los cuales se formó una base en Sóller (Baleares). La principal amenaza para la República, sin embargo, prevenía de las escuadras italianas y alemanas que patrullaban el Mediterráneo occidental en cumplimiento de los acuerdos internacionales de No Intervención.

Desde finales de 1936 se encontraban en la zona unos 25 submarinos italianos que, en diversos ataques, causaron graves daños al crucero Miguel de Cervantes y al destructor Churruca. Además el 17-06-1937 el acorazado Jaime I, mientras era reparado en Cartagena, quedó totalmente destruido a consecuencia de una explosión fortuita que provocó la muerte de trescientos miembros de su tripulación. El 6-03-1938 la marina republicana culminó con éxito una importante operación ofensiva, el hundimiento del Baleares, pero tanto en 1937 como en 1938 su principal misión consistió en proteger los convoyes que transportaban alimentos, material bélico y toda clase de suministros a la costa mediterránea. Esta actitud defensiva permitió a la flota rebelde apresar o hundir numerosos buques mercantes, entre ellos el soviético Komsomol (14-12-1936) y el Ciudad de Barcelona (30-05-1937), en este último caso provocando más de doscientos muertos.

Las acciones ilegales de los submarinos italianos entre el 6-08 y el 12-09-1937 iniciaron un periodo de bloqueo de los puertos republicanos que dificultó la recepción de armamento soviético, especialmente en los meses de mayor actividad, durante la primavera de 1938. La ruta del Mar Negro fue substituida por otra que, a través de Báltico, llegaba hasta los puertos de El Havre y Cherburgo (Francia) para continuar en ferrocarril hasta la frontera española, solución extremadamente insegura por cuanto dependía de los cambios coyunturales de la política francesa.

En los tres años de guerra la flota franquista, con ayuda de la italiana, hundió 35 mercantes españoles (57.159 t) y 18 extranjeros (71.668); y apresó 227 españoles (257.577 t) y 99 extranjeros (230.000), sobre todo soviéticos y británicos. A ellos deben sumarse los 39 cargueros españoles (79.252 t) y 20 extranjeros (72.213) que hundieron bien sus aviones, bien los de la Aviación Legionaria o la Legión Cóndor. Ni la flota ni la aviación republicanas consiguieron hundir ni capturar buque mercante alguno.

La Batalla de Aragón

A los tres meses de concluida la campaña del N., Franco no había conseguido sacar provecho de su ventajosa situación, aunque su Estado Mayor preparaba una nueva ofensiva sobre Guadalajara que, en mayor escala, reproducía la realidad sin éxito en marzo del año anterior. También Rojo y su Estado Mayor elaboraban planes para recuperar la iniciativa, especialmente uno destinado a romper el frente adversario en Extremadura con unas 25 divisiones y otros dos, de carácter estratégico, cuyos objetivos últimos consistían en la ocupación de Huesca y Teruel. El Gobierno y su ministro de Defensa, Prieto, rechazaron por irrealizable el plan presentado por Rojo y optaron por el (ofensiva sobre Teruel) en una reunión celebrada el 8-12-1937.

A nivel estratégico esta operación tenía un carácter eminentemente defensivo, por cuanto la ocupación de Teruel suprimía un peligroso saliente de las líneas enemigas, pero cerraba toda posibilidad de proseguir un avance en profundidad. Se desplegaron tres de los cinco cuerpos de Ejército –XX (Menéndez ), XXII (Ibarrola ) y X08 (Heredia )– que tenía el recién formado ejército de Maniobra, bajo el mando directo del general Rojo. En total unos 40.000 soldados, apoyados por 125 piezas de artillería, 92 tanques y 80 carros, que iniciaron la ofensiva en la madrugada del 15-12-1937.

Una semana después las primeras tropas republicanas entraban en la ciudad, aunque los defensores —unos 7.000, dirigidos por los coroneles Rey d'Harcourt y Barba — se hicieron fuertes en el Gobierno Civil, el Banco de España, el Seminario Conciliar y un convento. Franco ordenó entonces el envío de dos cuerpos de Ejército —con un total de ocho divisiones y 296 cañones— mandados respectivamente por Aranda y Varela, que sin embargo, no lograron sus objetivos.

El 7-01-1938 Rey d'Harcourt —como antes Barba— se rindió con sus oficiales: por primera vez en la guerra, las tropas gubernamentales recuperaban una capital de provincia y la retenían en su poder. Sin embargo, como en otras ocasiones, Franco no se resignó a esta pérdida y, con la idea de restablecer la situación inicial, emprendió una contraofensiva con el Ejército de Operaciones de Teruel. Al mando de Dávila, este quedó constituido por las trece divisiones de los cuerpos de Ejército Marroquí, de Galicia y de Castilla, además de la reserva del Ejército del N., compuesta por la división de caballería de Monasterio y las divisiones 85ª y 52ª, que cubrían el frente pasivo. En total unos 125.000 soldados, con cuatrocientas piezas de artillería y dominio aéreo absoluto, que convergían sobre Sierra Palomera y el río Alfambra.

Se les oponían las divisiones republicanas reforzadas por los dos cuerpos restantes – V (Modesto) y XXI (Perea )– del ejército de Maniobra. El 22-02-1938 la 1ª división de Navarra entró en Teruel, evacuada horas antes por la 46ª división de Valentín González El Campesino, a costa de numerosas bajas, y tres días después Modesto logró estabilizar el frente en la margen derecha del Alfambra. Finalmente las posiciones quedaban escasamente modificadas respecto al inicio de la ofensiva, pero la República hubo de poner en combate la totalidad del Ejército de Maniobra, cuando Franco todavía completaba sus reservas estratégicas e, incluso dejaba sin intervenir al Corpo Truppe Volontarie CTV.

El 9-03-1938 los cuerpos de Ejército Marroquí (Yagüe) y de Galicia (Aranda), el CTV y la Agrupación García Valiño, con 165 baterías y 400 aparatos de la Brigada Aérea Hispana, la Aviación Legionaria y la Legión Cóndor, rompieron el frente por una línea comprendida entre Vivel del Río Martín (Teruel) y Medina de Aragón (Zaragoza). El XII cuerpo del Ejército republicano abandonó sus posiciones, el X08 de Fernández Heredia fracasó en su intento de contener la penetración y solo el XXI resistió el ataque de Aranda, aunque hubo de replegarse a la derecha del río Martín al quedar su flanco descubierto.

El día 10 Yagüe entró en Belchite, el día 13 las tropas de Valiño cruzaron el Martín y el día 14 efectivos del CTV ocuparon Alcañiz, mientras atravesaban el río Ebro el resto de las divisiones republicanas encuadradas en una improvisada Agrupación Autónoma del Ebro. Los días siguientes fueron de relativa calma impuesta a las doce divisiones de Dávila por el agotamiento y por la presencia, en el sector del río Guadalope, de la línea defensiva que ocupaban las principales unidades enemigas: los cuerpos de Ejército de Modesto e Ibarrola, y las divisiones de Walter, Hans, Durán, Cristóbal, Tagüeña, Fresno, Aldo Morandi, Martín Calvo y Cortina.

La organización del nuevo frente correspondía al coronel Menéndez, jefe del Ejército de Maniobra, en el que se integraron los efectivos de los cuerpos de Ejército XII y X08 que no habían cruzado el Ebro. Sin embargo, el Estado Mayor de Franco reanudó la ofensiva más al N. con la intención de que el cuerpo de Ejército Marroquí cruzara el Ebro en la inmediaciones de Gelsa (Zaragoza), para continuar hasta Fraga (Huesca) y copar la retaguardia republicana. El 22-III las divisiones navarras de Solchaga rompieron el frente de Huesca, estabilizado desde el principio de la guerra, y durante la tarde de ese mismo día, la vanguardia de la 13ª división de Barrón atravesó el Ebro y arrolló la Agrupación de Martín Barco.

Como simultáneamente el X cuerpo de Ejército republicano abandonaba sus posiciones, el XI se retiró detrás del río Alcanadre mientras las tropas de refresco y el resto de la 35ª división se disponían a ocupar una nueva línea de detención a lo largo del Cinca, desde Monzón a Mequinenza (Huesca). Sin embargo, las divisiones navarras de Solchaga cruzaron el Alcanadre con dirección a Barbastro —rendido el día 29— y cortaron las comunicaciones entre las divisiones 43ª y 31ª, que optaron por buscar refugio en los valles pirenaicos junto a la frontera francesa.

La desarticulación del X cuerpo de Ejército fue aprovechada por Moscardó para desbordar las posiciones del XI Cuerpo en la sierra de Alcubierre, que Montaner abandonó ante el temor de ser copado por las tropas de Yagüe, las cuales habían ocupado Bujaraloz (Zaragoza) y proseguían su avance hacia Fraga. Las divisiones navarras cruzaron el río Cinca el 30-III, y cuatro días después. el Noguera Ribagorzana y el Noguera Pallaresa, lo que les permitió apoderarse de Tremp (Lérida) y de las centrales hidroeléctricas que suministraban energía a Cataluña.

En su avance por las cabeceras de los valles pirenaicos dejaron atrás a la 43ª división de Beltrán, El Esquinazau, que, aislada en el valle de Bielsa, resistió hasta el 16-VI. El cuerpo de Ejército de Aragón (Moscardó) cruzó el Cinca, ocupó Sariñena y, el 29-III, se reunió en Monzón (Huesca) con las tropas de Solchaga, mientras que el cuerpo de Ejército Marroquí, después de tomar Fraga el día 27, entró en Lérida el 3 de Abril. En el S. la división de Líster rechazó un ataque frontal del CTV, al mando de Berti, pero este desvió sus unidades hacia el N. y, tras unirse con las divisiones de Valiño y Monasterio, tomó Gandesa (Tarragona) el 3-IV. El día 15 de ese mes la 4ª división navarra, dirigida por Camilo Alonso Vega, alcanzó la costa mediterránea en Vinaròs (Castellón): el territorio de la España republicana quedaba dividido en dos partes.

Segundo gobierno de Negrín

Cuando la conmoción provocada en la retaguardia republicana por el desastre de la conocida "batalla de Aragón" hacía presagiar un rápido fin del conflicto, el PCE intensificó sus iniciativas encaminadas a imponer una política de resistencia con la colaboración del Ejército Popular. El 5-04-1938 Negrín formó un "Gobierno de Unidad Nacional", con la participación de todos los partidos políticos y las dos centrales sindicales: Álvarez del Vayo (Estado) y Gómez (Gobernación) del PSOE; González Peña (Justicia) de la UGT; Uribe (Agricultura) del PCE; Blanco (Instrucción Pública y Sanidad) de la CNT; Méndez Aspe (Hacienda y Economía), Velao (Obras Públicas) y Giral (ministro sin cartera) de IR; Aiguader (Trabajo) de Esquerra Republicana de Cataluña e Irujo (ministro sin cartera) de PNV. Además de la Presidencia Negrín asumía la cartera de Defensa Nacional en sustitución de Prieto, cuya salida del gabinete evidenciaba tanto el enfrentamiento personal surgido entre ambos, como las dificultades reales existentes para lograr la necesaria unidad.

A pesar de ello el Gobierno contaba con el apoyo de todas las organizaciones y partidos del Frente Popular y, el 15-IV recibió el voto de confianza de la Diputación Permanente de las Cortes. Su objetivo inmediato era la creación de un ejército que reemplazara las considerables pérdidas humanas y materiales ocasionadas por las ofensivas franquistas en el N. y Aragón. Para ello se establecieron los Centros de Recuperación de Personal y se ordenó la incorporación de los reservistas de 1928 y 1927, de los reclutas de 1941 y de los obreros técnicos de la construcción comprendidos en los reemplazos de 1926 a 1922.

La operación constituyó un éxito –Rojo calcula más de cien mil hombres movilizados– y las nuevas brigadas fueron equipadas con el armamento soviético recibido pronto a través de la frontera francesa. Completando esta política de guerra, el Consejo de Ministros aprobó el 30-04-1938 un programa con el cual pretendía proclamar el carácter nacional de sus acciones y de sus fines, para oponerlo a la propaganda adversa y sentar las bases de una futura convivencia entre los españoles.

Conocido como los "trece puntos de Negrín", constituía una oferta para concluir la guerra, asegurar la paz y restaurar la democracia, independencia e integridad del territorio nacional. Proponía la existencia de un Ejecutivo fuerte elegido por sufragio universal; una estructura jurídica y social del Estado determinada en plebiscito al final de la contienda; respeto de las libertades regionales sin comprometer la unidad española; respeto a la propiedad privada dentro de los límites dictados por los intereses superiores de la nación; indemnización a los extranjeros cuyos bienes hubiesen sufrido daños a causa de la guerra; libertad de conciencia y religión; reforma agraria; garantía de los derechos de los trabajadores; ejército al servicio de la nación, ajeno a las influencias partidistas; política de paz, seguridad colectiva y apoyo a la Sociedad de Naciones y amnistía para todos los españoles que desearan participar en la reconstrucción de España.

Una vez más el apoyo al programa fue unánime, pero la oposición al presidente del Gobierno y a los comunistas que secundaban su política militar aumentaba conforme la situación bélica se agravaba. Los bombardeos realizados por la aviación italiana, con base en Mallorca, sobre Barcelona los días 16, 17 y 18 habían sido los más devastadores y cruentos –unos 1.200 muertos– de toda la guerra. El 18-IV las tropas de Franco controlaban sólidamente toda la orilla derecha del Ebro y, tras la ocupación de Benicarló (Castellón) por Aranda, la escisión entre los ejércitos gubernamentales superaba los 40 Km. La situación internacional tampoco favorecía a la República: el 13-II Chautemps había formado Gobierno en Francia sin la participación de los socialistas y, una semana después, Eden había dimitido como secretario del Foreing Office, en desacuerdo con Chamberlain sobre la apertura de negociaciones con Italia. La anexión de Austria por el III Reich alemán el 15-III, comenzada la ofensiva franquista en Aragón, provocó en Francia la dimisión de Chautemps y la formación de un nuevo Gobierno presidido por León Blum, quien se planteó la posibilidad de intervenir militarmente en España.

Sin embargo, las informaciones de su Estado Mayor sobre la escasa capacidad del ejército francés para afrontar una guerra generalizada, así como las presiones británicas, limitaron la acción de Blum a la reapertura de la frontera pirenaica. El 16-IV, coincidiendo con la llegada del CTV al Mediterráneo, se firmó el pacto italo-británico que reconocía la anexión de Etiopía por Italia y la presencia de tropas de esta nacionalidad en España mientras durase el conflicto. El 12-V el Gobierno de Burgos logró el reconocimiento diplomático de Portugal y, cinco días después, el de la Santa Sede. El 12-VI el Gobierno francés, presidido por Dadalier, cerró de nuevo la frontera con Cataluña, pero la República aún pudo recibir las últimas remesas de armamento soviético, destinadas a su próxima y más importante ofensiva.

La Batalla de Levante

El 5-VII el Comité de No Intervención aprobó un plan de retirada de voluntarios, aceptado en Barcelona el día 26 de ese mes. Franco demoró su contestación, no definitiva además hasta el 15-08; trataba de ganar tiempo mientras recibía, a través de Portugal, cuantiosa ayuda militar procedente de Italia y Alemania. Unos y otros se preparaban para afrontar la última fase de la guerra, al mismo tiempo que el presidente Azaña, solicitaba "paz, piedad y perdón" y recordaba que "el exterminio del adversario es imposible; por muchos miles de uno y otro lado que se maten, siempre quedarán los suficientes de las dos tendencias para que se les plantee el problema de si es posible o no seguir viviendo juntos".

Dividido en dos partes el territorio republicano, el Estado Mayor de Franco podía elegir entre proseguir su avance hacia Valencia o hacia Cataluña. Razones no solo estratégicas o tácticas, sino también políticas, como el temor a una hipotética reacción francesa en caso de ataque sobre Cataluña, aconsejaron la elaboración de un ambicioso plan cuyo objetivo final era la conquista de Castellón de la Plana, Sagunto, (Valencia) y Valencia. Se encargarían de aplicarlo los Cuerpos de Ejército de Castilla (Varela) y Galicia (Aranda), así como la Agrupación divisionaria de García Valiño, unos 130.000 hombres apoyados por seiscientos cañones y cuatrocientos aviones.

Entre esas fuerzas se encontraba CTV (Berti), con 38 batallones de Infantería, dos batallones de carros, dos motorizados y 348 piezas de artillería. La ofensiva debía realizarse sobre un extenso frente, desde los Montes Universales hasta el Mediterráneo, defendido por cinco cuerpos de los ejércitos de Maniobra (Menéndez) y Levante (Hernández Saravia); en total casi 200.000 soldados, 200 piezas de artillería y 120 aviones. El 17-04-1938 el Cuerpo de Ejército de Galicia avanzó por la carretera de la costa, y, seis días después, Cuerpo de Ejército de Castilla comenzó el ataque contra el saliente republicano de Aliaga (Teruel), donde no alcanzó objetivos importantes hasta el 20-V.

Ese mismo día la Agrupación de García Valiño ocupó las poblaciones de Cantavieja. Iglesuela del Cid y Valdelinares (Teruel), reforzados sus efectivos con una división italiana y tras dieciséis días de lucha encarnizada con el XXII Cuerpo de Ejército republicano (Cristóbal Errandonea). La penetración de esta unidades hasta Lucena del Cid (Castellón) obligó al XXII Cuerpo de Ejército republicano a abandonar la línea costera de Alcossebre-Albocàsser y situarse en la más retrasada de Oropesa-Villafamés para proteger Castellón de la Plana.

Sin embargo, el 14 de VI las tropas de Aranda entraron en la ciudad, completamente ocupada tras desalojar a los últimos defensores de la 6ª División republicana. La denominada "batalla de Levante" comenzó el 23-VI cuando todas las unidades de la Agrupación de García Valiño asaltaron en masa las posiciones republicanas de Onda (Castellón), cuya conquista no pudieron culminar hasta cinco días después. Los contraataques republicanos paralizaron la ofensiva durante casi dos semanas hasta que, el 6-VII, los cuerpos de Ejército de Galicia y Castilla consiguieron tomar Nules (Castellón) en una acción conjunta.

Su avance, sin embargo, quedó de nuevo paralizado en la sierra d´Espadà y los sucesivos ataques frontales contra Segorbe fracasaron. En consecuencia el 13-VII once divisiones franquistas iniciaron una maniobra envolvente que, después de superar la defensa republicana entre Mora de Rubielos y Sarrión (Teruel), tenía como objetivo alcanzar Segorbe a través de Viver (Castellón). En esta última población se situaba la línea prevista por el Estado Mayor de la República para la defensa de Valencia, encomendada al Ejército de Levante y, especialmente a los experimentados cuerpos de Ejército XXII (Ibarrola) y XVI (Palacios).

Entre el 19 y el 23 de VII los insistentes asaltos masivos de la infantería franquista, apoyada por una concentración aérea de casi cuatrocientos aparatos, fueron rechazados en el sector de Viver, en un éxito defensivo sin precedentes desde la "batalla de Madrid" en 1936. Franco hubo de renunciar entonces al ataque frontal para intentar una operación de envolvimiento, que debería realizar al NO. del frente, en una zona cercana a Teruel, pero sus planes quedaron en suspenso cuando el Ejército Popular pasó a la ofensiva.

La Batalla del Ebro

Esta fue el resultado de motivaciones políticas y estratégicas: prolongar la resistencia de la República hasta la generalización del conflicto español, obtener un éxito propagandístico que elevara la moral combativa en la retaguardia, paralizar el avance franquista sobre Valencia, concentrar en una sola operación todos los efectivos humanos y materiales de Cataluña y, por último, permitir la reorganización de los ejércitos del Centro y del S.

El 25-VII el Ejército del Ebro republicano, al mando del teniente coronel de milicias Juan Modesto e integrado por los cuerpos de Ejército V (Líster), XII (Etelvino Vega) y XV (Tagüeña), cruzó el río Ebro con la colaboración de las divisiones 27, 43 y 60, además del 7ª Regimiento de Caballería, del Ejército del Este. Fracasada la conquista de Gandesa (Tarragona), el 1-08 Modesto ordenó pasar a la defensiva en todo el frente: quedaba una gran cabeza de puente y otra secundaria, entre Mequinenza y Fayón (Zaragoza), que la 42ª División hubo de abandonar el día 7 de ese mes con numerosas bajas. Entre el 10-08 y el 15-XI se sucedieron siete ofensivas, dirigidas personalmente por Franco, contra las posiciones republicanas fortificadas en las sierras de Pandols, Caballs, Vals de la Torre y la Fatarela, en el vértice Gaeta, la Venta de Camposines y Corbera (Tarragona)

Con las mayores concentraciones aéreas y artilleras conocidas entre las dos guerras mundiales, la magnitud de los combates y el número de bajas no tenían precedentes en la contienda española. Al igual que en otras ocasiones anteriores, Franco desarrolló una estrategia conservadora basada en el ataque frontal, el desgaste y la absoluta superioridad de medios disponibles. Sus reservas afluían libremente desde la retaguardia al Ebro y los cada vez más abundantes suministros alemanes e italianos llegaban sin problemas a los puertos españoles o portugueses. Cataluña, por el contrario, se encontraba aislada del resto del territorio republicano, con la frontera francesa cerrada y sometida a un amplio bloqueo naval, de manera que sus reservas humanas se agotaban con celeridad y su industria de guerra se revelaba insuficiente para cubrir las necesidades de la batalla.

La claudicación de Chamberlain y Dadalier ante las exigencias de Hitler respecto a Checoslovaquia, en el Pacto de Munich (Alemania, 30-09-1938), evidenciaba el empeño del Reino Unido y Francia en mantener la paz y su incapacidad para establecer una política de resistencia contra el fascismo. Para la República suponía la derrota definitiva de su causa internacional, la extinción de cualquier posibilidad de ayuda procedente de las potencias democráticas, interesadas en la más rápida liquidación del conflicto español. A partir de ese momento sus respectivas diplomacias iniciaron los trámites para el reconocimiento del régimen franquista, cuya victoria se consideraba segura, al mismo tiempo que el Gobierno republicano era marginado en los foros internacionales ante el surgimiento de cuestiones más acuciantes de la política europea.

El reparto territorial de una nación democrática como Checoslovaquia unida por un tratado de amistad con Francia, representaba para el gobierno de Negrín y los partidarios de la resistencia la pérdida de sus últimas esperanzas en la inminente declaración de un conflicto bélico en Europa, principal argumento de su política hasta el final de la guerra., En esta coyuntura internacional sorprendió el anuncio realizado por Negrín ante la Asamblea de la Sociedad de Naciones, el 21-09-1938, sobre su decisión unilateral de retirar inmediata y completamente "todos los combatientes no españoles que tomaban parte en la lucha de España del lado gubernamental". Además solicitó a la Sociedad de Naciones el establecimiento de una comisión encargada de supervisar la retirada de las Brigadas Internacionales que, el 28-X, desfilaron en Barcelona por última vez ante Azaña, Negrín, Martínez Barrio, Companys, Dolores Ibárruri, el general Rojo y Antonio Machado. En total abandonaron el territorio republicano 12.673 voluntarios, casi la mitad de ellos procedentes de unidades que todavía luchaban en el Ebro.

Con el objetivo de contrarrestar el objetivo de Negrín, Franco promulgó el 1-X un decreto por el que ordenaba el licenciamiento de todos los soldados italianos con más de dieciocho meses de servicio, lo que suponía la repatriación de unos diez mil hombres. En España quedaban más de cuarenta mil soldados y especialistas del CTV: durante el mes de noviembre sus divisiones, así como la Aviación Legionaria y la Legión Cóndor, recibieron importantes remesas procedentes de Italia y Alemania para afrontar la próxima y definitiva batalla de la guerra española.

La Batalla de Cataluña

El 23 de diciembre de 1938, los cuerpos de Ejército de Urgel (Muñoz Grandes), Aragón (Moscardó), Navarra (Solchaga), CTV (Gambara), Marroquí (Yagüe) y del Maestrazgo (García Valiño), con un total de casi trescientos mil soldados, un millar de piezas de artillería y unos quinientos aviones, avanzaron sobre Cataluña. Las tropas republicanas se encuadraban en el Grupo de Ejércitos de la Región Oriental (G.E.R.O.), al mando del general Hernández Saravia, formado por los ejércitos del Este (Perea) y del Ebro (Modesto). La situación en Cataluña era de extrema gravedad: bloqueada por tierra y mar, sometida a incesantes bombardeos aéreos, con más de un millón de refugiados y con sus reservas humanas y económicas agotadas en la Batalla del Ebro. El armamento comprado en la URSS por Hidalgo de Cisneros estaba retenido en la frontera francesa y la esperada ofensiva republicana, a cargo de los ejércitos del Centro y del Sur, no se producía.

Cuando se inició en Extremadura, el 5-01-1939, resultaba demasiado tarde para ayudar a Cataluña. El 15-I se rindió Tarragona y, un día después, Álvarez del Vayo afirmaba ante el Consejo de la Sociedad de Naciones: "Llegará un día en que se acuerden de nuestras advertencias y en que se den cuenta de que España era el primer campo de batalla de la segunda guerra mundial que se aproxima inevitablemente". El día 23 los organismos oficiales abandonaron Barcelona, confundidos entre las columnas formadas por miles de civiles y militares que se encaminaban hacia la frontera. Los frentes habían desaparecido, las tropas republicanas carecían de fusiles, contaban con escasa artillería y ninguna cobertura aérea, y solo la resistencia escalonada de algunas unidades –como los XII y V cuerpos de Ejército– ganaba tiempo para la retirada en retaguardia.

El 1-II las Cortes de la República celebraron en el castillo de Figueras (Gerona) su última reunión antes de marchar al exilio, a la cual asistieron 64 diputados. Ante ellos Negrín expuso sus gestiones con los embajadores de Francia y Reino Unido para alcanzar una paz sin represalias, que fracasaron como antes sus propias iniciativas, o las ajenas al Gobierno de Azaña y Besteiro, para concertar con los sublevados una suspensión de las hostilidades. Franco, sin embargo, solo aceptaba una rendición sin condiciones.

El 4-II Gerona se rendía sin resistencia y, el día 5, Azaña cruzó la frontera acompañado por su esposa, también Martínez Barrio y Giral, seguidos horas después por Companys y Aguirre. En la madrugada del 8-II el general Rojo firmaba la directiva para el repliegue de las unidades sobre los pasos fronterizos y, al día siguiente, iniciaban su entrada en Francia. Negrín y Álvarez Bayo tomaron en Toulouse (Francia) un avión para dirigirse a Alicante y, unos días después se reunieron en Valencia con los restantes ministros del gabinete excepto Giral, quien permanecía junto a Azaña en París. El V y XV cuerpos de Ejército pasaron la frontera a través de Portbou, el X08 por La Junquera, la 46ª División por Le Perthus, la 2ª por la Bajol y el XI cuerpo de Ejército por Puigcerdà, el 13-02-1939.

Últimos días de la guerra

La soberanía de la República quedaba reducida a la llamada "Zona Centro-Sur", con Madrid y Valencia como capitales más importantes, perdidos también los últimos territorios insulares tras la rendición de Menorca el 7-I. El aparato de Estado, concentrado en Cataluña, había desaparecido y resultaba extremadamente difícil la transmisión de decisiones y, más aún, el control de su ejecución. Después de nueve meses de aislamiento y también como consecuencia del decreto gubernamental el 19-01-1939, en virtud del cual se declaraba el estado de guerra en todo el territorio republicano, los militares ejercían el poder en Madrid.

En la ciudad, el Frente Popular estaba dividido y el coronel Segismundo Casado, jefe del Ejército del Centro, mantenía contactos con los agentes británicos y los servicios secretos de Franco. Las tropas conservaban un elevado espíritu combativo, pero la población civil comenzaba a ceder al desaliento tras dos años y medio de asedio. A mediados de febrero, Negrín reunió en el aeródromo de los Llanos (Albacete) a todos los altos mando militares: al general Miaja, jefe del Grupo de Ejércitos, y a su jefe de Estado Mayor, general Matallana; a los jefes de los Ejércitos Centro (coronel Casado), Levante (general Menéndez), Andalucía (coronel Moriones) y Extremadura (coronel Escobar); al contraalmirante Buiza, jefe de la Flota; al general Bernal, jefe de la base naval de Cartagena, y al teniente coronel Camacho, jefe de la Aviación.

Casi todos ellos se mostraron partidarios de no continuar la guerra, pero Negrín destacó la necesidad de resistir para alcanzar una paz con garantías, que de hecho se reducían a una sola: que no hubiera represalias. Una mediación internacional entre ambos bandos constituía el objetivo central de sus gestiones directas con los representantes del Reino Unido y Francia, así como de las negociaciones de Pablo de Azcárate y Marcelino Pascua en Londres y París, respectivamente.

Sin embargo, la política exterior republicana encontraba bloqueadas todas sus opciones frente a la decidida actitud de las potencias democráticas europeas respecto al problema español. Francia admitió la entrada de tropas republicanas en su territorio, siempre que llevasen a sus jefes y entregaran el armamento en la frontera, para confinarlas en campos de internamiento, lo que suponía la pérdida completa de las últimas unidades del Ejército de Cataluña. El 25-II el senador francés León Bérard y el ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de Burgos, Gómez-Jordana, firmaron un acuerdo en virtud del cual Francia cedía a este último el oro depositado por la República al iniciarse la contienda y todo el armamento requisado a las tropas republicanas al atravesar la frontera.

Dos días después Francia y el Reino Unido reconocieron oficialmente al régimen de Franco, al mismo tiempo que Azaña enviaba una carta con su dimisión al presidente de las Cortes Martínez Barrio, quien pasó a ocupar de manera interina la Presidencia de la República. La entrada de las divisiones alemanas en Praga (Checoslovaquia), el 15-III, confirmaba la definitiva victoria del franquismo en el ámbito internacional.

Para entonces la conspiración del coronel Casado se encontraba muy avanzada, tanto en las negociaciones con los opositores al Gobierno de Negrín, especialmente con el dirigente socialista Julián Besteiro, como en los contactos mantenidos con el enemigo a través del Servicio de Información y Policía Militar (SIPM), que dirigía el teniente coronel José Ungría. En la base naval de Cartagena, donde los partidarios de Casado y algunos oficiales relacionados con el mando franquista coincidían en sus objetivos, la insubordinación se impuso y, el 5-III, la flota abandonó el puerto rumbo a Bizerta (Túnez). La República no solo perdía casi la totalidad de sus barcos de guerra, sino también toda posibilidad de realizar con ellos un repliegue organizado que ofreciera cobertura a la expatriación de millares de combatientes, civiles y dirigentes políticos que huían hacia los puertos levantinos.

Franco dispuso un desembarco en Cartagena para ayudar al general retirado Barrionuevo, quien, con ayuda de falangistas de la zona y algunos oficiales pro franquistas, se había apoderado de la ciudad tras la marcha de la flota. La operación quedó suspendida cuando se supo que la 206ª Brigada Mixta había reconquistado la base, pero entraron en ella dos barcos del convoy que no recibieron las contraordenes: el Castillo de Olite fue alcanzado por una batería de costa y 1.223 hombres de su tripulación perecieron. Mientras tanto Negrín reunía al gobierno en Elda (Alicante), en la militarmente denominada "posición Yuste", y el recién ascendido general Casado ultimaba sus planes en la Alameda de Osuna o "posición Jaca", en Madrid. Esa misma tarde Besteiro anunció por radio la formación de un Consejo Nacional de Defensa que asumía la legalidad republicana. Lo integraban Miaja (Presidencia), Casado (Defensa), Wenceslao Carrillo (Gobernación), San Andrés (Justicia), González Marín (Economía y Hacienda), Val (Propaganda), Del Río (Instrucción Pública) y Antonio Pérez (Trabajo), además del propio Besteiro en la cartera de Estado.

Fracasadas las conversaciones telefónicas entre los distintos miembros de Gobierno y del Consejo, el día 6-III Negrín y todos los ministros de su gabinete –a excepción de Uribe– abandonaron España a bordo de dos aviones Douglas desde el aeródromo de Monóvar (Alicante). Durante las horas siguientes despegaron desde el mismo sitio los aviones que trasladaban a la ejecutiva política y militar del PCE: Dolores Ibárruri, Delicado, Moix, Líster, Modesto, Tagüeña, Fusimaña, Soliva, Mateo Merino, Melchor, Ángel Álvarez, Benigno Rodríguez, Irene Falcón, Rafael Alberti, María Teresa de León y el diputado francés Jean Cattelas. En Valencia el general Menéndez, partidario de Casado, estableció un acuerdo con los comunistas, pero en Madrid éstos se opusieron al Consejo desconocedores de lo que ocurría en el resto del país.

Los combates desarrollados en las calles de la capital entre la unidades republicanas bajo la dirección del PCE y las controladas por Casado, especialmente las tropas de Cipriano Mera, provocaron casi dos mil muertos. Los comunistas asesinaron a tres coroneles de Estado Mayor y Casado mandó fusilar al coronel Barceló y a José Conesa, comisario de la VII División, al día siguiente de que ambos se reintegraran a sus puestos tras la entrada en vigor de una tregua el 12-III. Asimismo ordenó la detención del coronel Ascanio y de Eugenio Mesón, secretario de las JSU, entregados luego al mando franquista, que los fusiló dos años después. Ejerciendo la represión sobre el PCE Casado pensaba ganarse la confianza de Franco, quien también había justificado su golpe de Estado con la idea de que este prevenía una supuesta e inminente acción semejante de los comunistas. Una vez restablecida la calma en Madrid, el Consejo Nacional de Defensa se centró en su declarado objetivo fundacional: la consecución de una paz honrosa.

La política del Gobierno de Burgos al respecto, sin embargo, había quedado plenamente definida mediante la Ley de Responsabilidades Políticas del 9-02-1939, publicada en el Boletín Oficial el día 13. En virtud de esta se estipulaba como delito toda responsabilidad política no derechista anterior al 18-07-1936 y, desde entonces, cualquier acto de oposición activo o pasivo al denominado "Movimiento Nacional". La ambigüedad del texto legal y su carácter ampliamente retroactivo hacían posible el ejercicio de una represión indiscriminada, sistemática y generalizada ajena a las más elementales normas jurídicas.

En consecuencia resultaban coherentes con esta política las reiteradas negativas de Franco a entablar negociaciones formales con el Consejo, los altos mando militares o los representantes políticos de la República. Como explicaba un telegrama remitido desde Burgos: "Rendición incondicional incompatible con negociación y presencia en Zona Nacional de mandos superiores enemigos". Al final Casado capituló y, el 22-III, el coronel Centaño –uno de los principales agentes de (SIPM) franquista– pudo enviar a sus superiores el siguiente mensaje: "Consejo acepta rendición sin condiciones, generosidad del Caudillo y acucia al Servicio para abreviar plazos". Franco rechazó, asimismo, cualquier clase de pacto que supusiera una entrega escalonada de las diferentes unidades del Ejército Popular e, incluso, la posibilidad de consignar por escrito las condiciones de la capitulación, aunque estas fueran unilaterales.

Se trataba de provocar un derrumbamiento generalizado de las líneas defensivas republicanas para simular "una ofensiva victoriosa en todos los frentes", cuyo inicio estaba previsto para la madrugada del 26-III. Efectivamente ese día los Ejércitos franquistas avanzaron desde los sectores de Toledo y Pozoblanco (Córdoba) sin encontrar resistencia y, en la mañana del 28-III, en la Ciudad Universitaria de Madrid, el coronel Prada realizó un acto simbólico de rendir la plaza. En las Normas para la rendición del Ejército enemigo y ocupación de su territorio, impuestas por el alto mando franquista, se exigía además la entrega inmediata de los puertos de Valencia, Cartagena, Alicante y Almería, con la única finalidad de impedir la huida de millares de republicanos que marchaban hacia ellos formando largas columnas en las carreteras.

En el puerto de Alicante, al que debían acudir los barcos fletados en Francia y Reino Unido por el Comité de Coordinación y Ayuda a la España Republicana, se reunieron más de quince mil personas. Entre ellas había jefes militares y combatientes, dirigentes y militantes de todos los partidos y organizaciones del Frente Popular, personalidades destacadas y civiles comprometidos de una forma u otra con la II República, acompañados en muchos casos por sus familias. Solo algunos, seleccionados por la Junta de Evaluación del Puerto pudieron embarcar: en el último momento las flotas británica y francesa negaron la protección militar prometida a los transportes del Comité internacional de Coordinación.

En la mañana del 30-III el crucero Canarias y el minador Vulcano enfilaron la bocana del puerto alicantino, al que llegaron las tropas italianas de la División Littorio esa misma tarde. Todavía hubo un intento de mediación entre la Junta de Evacuación y el jefe de las fuerzas italianas, general Gambara, suspendido un día después cuando este último recibió un despacho del general Saliquet en el que se ordenaba "que se les reduzca por la fuerza de las armas". Al atardecer, la muchedumbre comenzó a rendirse, aunque numerosos oficiales del Ejército Popular y dirigentes políticos optaron por el suicidio. En la mañana siguiente las tropas que se habían sublevado casi tras años antes ocupaban el último territorio español bajo soberanía republicana, mientras los vencidos eran conducidos a improvisados campos de concentración. El 1-04-1939 el general Franco escribía de su puño y letra el último parte de la guerra civil: "En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado.". A miles de personas les esperaba el hambre, la marginación, el exilio, la cárcel o la muerte.

VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo X págs. 4913-4934.