Batalla de Pavía 1525

De José Luis Cano Sinobas

Batalla de Pavía 1525.Batalla de Pavía 1525.

Al comenzar la primera guerra entre Carlos V y Francisco I, los franceses fueron expulsados del Milanesado. Una nueva expedición bajo el mando de Lautrec fue derrotada en la batalla de la Bicocca, con resultados aún más decisivos. Poco después el condestable de Borbón se pasó al bando imperial. Bonnivet condujo otra expedición sobre Lombardía, pero en la primavera de 1524 se vio forzado a retirarse bajo la presión del ejército imperial, que a las órdenes de Borbón le siguió de cerca. En agosto, Borbón, con Lannoy, Pescara y el marqués del Vasto, sitió infructuosamente a Marsella, retirándose a últimos de septiembre.

El pensamiento de Francisco I siguió puesto en Milán. El 25 de octubre de 1524 pasó los Alpes por Mont-Cenis, al frente de un poderoso ejército. La velocidad de su marcha frustró cualquier intento de defensa organizada en el Milanesado, y los imperiales hubieron de refugiarse en las plazas fuertes. Seguido el parecer de Pescara, el ejército de 10.000 hombres que defendía a Milán se retiró a Lodi, 22 millas al sudeste. Antonio de Leiva, con 2.000 españoles y 5.000 alemanes, se encerró en Pavía, donde procedió a sabias medidas de fortificación.

El rey de Francia dejó a La Tremouille asediando el castillo de Milán, y con el grueso del ejército pasó a poner sitio a Pavía el 28 de febrero. Todos los esfuerzos por rendir la plaza resultaron inútiles; la ciudad, situada sobre el Tesino, flanqueada por un arroyo de este río y bien amurallada, rechazó los asaltos franceses. El ejército francés se mantuvo inmovilizado todo el invierno delante de Pavía, dando tiempo a que los imperiales de Lodi recobrasen su fuerza y su moral Merriman, Carlos V el emperador, Buenos Aires, 1940, página 170. En los últimos días de noviembre, Pescara sorprendió a la guarnición francesa de Melzi —a cinco leguas de Lodi— y cobró importante botín. Mientras, Francisco I desmembraba su ejército con imprudentes expediciones a Génova y Nápoles.

En enero de 1525 se unió Borbón a Pescara con los 12.000 lansquenetes que había reclutado en Alemania. Al mismo tiempo llegaron 2.000 hombres y 200 lanzas que enviaba Fernando de Austria. A mediados de dicho mes, Borbón, Lannoy y Pescara decidieron levantar el campo y marchar sobre Pavía para forzar a los franceses a abandonar el sitio. El día 30 se avistaron ambos ejércitos, pero Francisco I ordenó al suyo encerrarse en el parque de Mirabello, en espera de que el ejército imperial se deshiciera por falta de pagas Santa Cruz, Crónica del emperador Carlos V edic. Madrid, 1921, pag. 95. Durante veinte días hubo escaramuzas continuas por ambas partes, lo cual aprovechó Leiva para hacer una afortunada salida, en la que se apoderó de víveres y municiones para completar sus depósitos, Los contingentes de los ejércitos eran aproximadamente iguales, menos de 25.000 hombres cada uno, pero los franceses tenían gran ventaja en caballeria y artilleria.

El 23 de febrero decidieron los imperiales dar la batalla. En la noche del 24 envió Pescara dos compañías de infantería para romper el muro del parque, donde estaba atrincherado Francisco I. Realizaron la misión envueltos en camisas blancas, al objeto de reconocerse en la oscuridad, y el muro fue roto por tres sitios. Al amanecer, y a pesar de los eficaces disparos de la artillería francesa, el ejército imperial entró en el parque de Mirabello. La arremetida de la infantería del ejército francés fue impetuosa y desbarató las primeras líneas imperiales, apoderándose de su artillería. Pero con ello abandonaron imprudentemente el campo atrincherado, de lo cual se aprovechó el marqués del Vasto para, en rápido contraataque, penetrar en las líneas francesas y poner en fuga a los suizos.

El centro del ejército imperial, al mando de Borbón, cayó sobre la vanguardia francesa, mientras Pescara, que había puesto en línea a los expertos arcabuceros españoles, diezmaba a los lansquenetes alemanes que estaban al servicio de Francia. La Palice murió al frente del ala derecha francesa, igual que Diesbach, jefe de los suizos; Montmorency fue apresado. Francisco I se lanzó entonces alocadamente en medio del combate, al frente de su brillante escuadrón, en el que formaba la flor de los caballeros franceses.

Esta imprudencia fue causa de que su principal ventaja, la artillería, hubiera de suspender el fuego para no herir a su propio ejército. El marqués de Pescara, experimentado en las campañas italianas, mezcló sus tropas con los arcabuceros, lanzándolas sobre la caballería francesa. Los arcabuceros se deslizaron por entre las patas de los caballos, y con sus certeros disparos fueron abatiendo a los principales señores franceses: La Tremouille, Tonnerre, Longueville, Bonnivet, etc. En el momento más crítico de la lucha salió Antonio de Leiva, conducido en una silla de manos, al frente de la guarnición de Pavía. Después de romper el puente sobre el Tesino, para evitar la huida de los enemigos, cayó sobre el flanco del ejército francés.

A las pocas horas estuvo virtualmente decidida la batalla, y todo se redujo a una serie de combates individuales aislados. Uno de los más importantes tuvo lugar alrededor de Francisco I. Luchó el rey hasta el último momento; herido en un brazo y muerto su caballo, cayó en tierra rodeado de soldados enemigos, que se disputaban tan rica presa. El español Juan de Urbieta le puso el estoque al cuello, y al saber que era el rey, con la ayuda de otros soldados, le llevó a través del campo de batalla. Los arcabuceros quisieron disputar a los otros rehén tan codiciable, pero Francisco fue reconocido por monsieur de la Motte, compañero de Borbón, que le prestó homenaje. En aquel instante apareció Lannoy, al que el rey francés se rindió, haciéndole entrega de su espada y de una manopla.

La victoria imperial fue completa; más de 8.000 hombres del ejército francés quedaron sobre el campo del combate Santa Cruz, op. cit., pág. 98, y murieron o quedaron prisioneros los nobles principales de Francia. Las consecuencias fueron también enormes; el primer duelo entre Habsburgos y Valois se había decidido de la manera más rotunda a favor de los primeros. España fue quien recibió toda la gloria de la batalla de Pavía, a pesar de haber desaprobado la campaña en que se ganóMerriman, op. cit., página 172, y fue decisiva para unir sus destinos a la dinastía austriaca.

En cuanto a la situación europea, Carlos V comprendió que su victoria le creaba posición de extremo peligro, por la envidia y el temor que iba a suscitar la grandeza de su fortuna. En efecto, Enrique VIII de Inglaterra, aliado del emperador, pero que había sostenido contactos con Francia durante la lucha, se acercó a la regente del reino, Luisa de Saboya, mientras la prisión de su hijo Francisco I. El cambio de frente impuesto por el cardenal Wolsey cristalizó en un tratado defensivo con Francia. Por otra parte, el trato riguroso que Francisco sufrió en Madrid le enajenaron al emperador las simpatías de Europa.

Las condiciones estipuladas en el tratado de Madrid (1526) se desvanecieron como el humo en el mismo instante que el rey de Francia recobró la libertad. Su respuesta a las instancias del embajador imperial Lannoy para que cumpliera su palabra fue la formación de la Liga de Cognac, firmada con Clemente VII y los príncipes italianos para librar a Italia de la hegemonía de Carlos V, esperando que también Inglaterra se uniría a la Liga en leve espacio de tiempo.

CANO SINOBAS, José Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. N-Z, págs. 190-191.