Batalla de Navas de Tolosa

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La Batalla 1212

La Batalla

La batalla de las Navas de Tolosa marca uno de los hitos de la Reconquista; con ella termina definitivamente la amenaza africana sobre la España cristiana. Los mismos historiadores árabes, que llaman a esta batalla al Ikab cf. Lévi-Provencal, Encyclopédie de l'Islam, III, págs. 944.945 la consideraban como «la primera señal de debilidad que se manifestó entre los almohades, sin que en adelante las gentes magrebíes se encuentren ya en disposición de hacer expediciones» al Himyarí, ar-Rawd al Mitar, ed, y traducción Lévi-Provençal, pág. 166.

Batalla de Las Navas de Tolosa, óleo de Van Halen.Batalla de Las Navas de Tolosa, óleo de Van Halen.

La caída de Salvatierra (1211), la principal fortaleza de la Orden de Calatrava, que había tenido que entregarse al ejército almohade, sin que Alfonso VIII se hubiese atrevido a socorrerla, causó una gran impresión tanto en España como fuera de ella. El monarca castellano la explotó hábilmente y consiguió que el papa Inocencio III expidiera breves por los que se daba carácter de cruzada (con las indulgencias correspondientes a quienes participasen en ella) a la magna expedición que preparaba Alfonso para el verano de 1212.

Al mismo tiempo, el Papa conminaba a los otros reyes cristianos, que tenían cuestiones pendientes con el castellano, a guardar, durante el tiempo de la misma, las treguas en vigor, bajo pena de excomunión. Embajadores castellanos, entre los que se contaban varios prelados y el físico francés del rey, propagaron los breves por Francia y la promesa de Alfonso VIII de pagar sueldo y avituallar a los caballeros que viniesen a España, y a sus gentes de armas. Fijaba como plazo para la concentración la octava de Pentecostés (31 de mayo) y como lugar de reunión Toledo, al cuidado de su arzobispo don Rodrigo Jiménez de Rada, que había de ser a la vez actor e historiador de la campaña.

Los extranjeros (ultramontanos) empezaron a llegar ya en el mes de febrero, acampando bajo los árboles de la Huerta del Rey, que se extendían más allá del puente de Alcántara, abrazada por un meandro del Tajo. Entre los señores extranjeros que acudieron, casi todos franceses, figuraban como más destacados los arzobispos de Narbona y Burdeos y el obispo de Nantes, reuniéndose, según el testimonio del propio Alfonso VIII, en la carta en que dio cuenta de su victoria al papa Inocencio III, dos mil caballeros con sus pajes de lanza, hasta diez mil soldados de a caballo y cincuenta mil peones. Otros de los que participaron en la batalla dan cifras bastante diferentes cf. Defourneaux, Les Français en Espagne, Paris, 1949, pág. 185.

El rey de Aragón tuvo que forzar sus jornadas para conseguir llegar dentro del plazo fijado; sin embargo, todavía tardó tiempo en comenzar la campaña, y los cruzados, impacientes de dar muestras de su celo, empezaron a matar judíos de Toledo, siendo necesaria la intervención de Alfonso y del rey de Aragón para que cesase la matanza.

El 21 de junio se pusieron en marcha los ejércitos. Eran estos tres: el de los cruzados ultramontanos, que capitaneaba Diego López de Haro, el del rey de Aragón y el de los castellanos, mandado por Alfonso VIII. La vanguardia de cruzados tuvo su primer hecho de armas, después de tres días de marcha, tomando la fortaleza de Malagón, donde pasaron a cuchillo a casi todos los musulmanes que había dentro de ella. De allí siguieron los tres ejércitos a Calatrava, castillo muy fuerte y defendido. Después de haberlo cercado y combatido, los moros de la guarnición, entre los que figuraba un alcaide almohade, entregaron el castillo, con la condición de que se les permitiese salir libremente con sus cosas. Recibió la fortaleza Alfonso VIII, que la entregó a la Orden de Calatrava, no queriendo aceptar para sí nada del botín, que dejó se repartiesen entre el rey de Aragón y los cruzados extranjeros.

A pesar de ello, les ultramontanos, que encontraban escandaloso que no se degollase a todos los musulmanes, práctica que estaba totalmente en desacuerdo con la seguida en la reconquista española, y que por otra parte, debieron desilusionarse con el botín cogido en Malagón, sufriendo al mismo tiempo mucho del calor y sequía a que no estaban acostumbrados, lo que se traducía en un estado sanitario poco satisfactorio, se retiraron en masa, con el arzobispo de Burdeos y el obispo de Nantes, quedando solo Arnaud Amalric, el arzobispo de Narbona. de origen catalán, con unos ciento cincuenta caballeros, y Teobaldo de Blasón, que era de linaje castellano.

Disminuida así su hueste, de lo que pronto fueron enterados los musulmanes por sus escuchas y enaciados, siguieron los cristianos hasta Alarcos, combatiendo algunos castillos de sus alrededores, Caracuel y Almodóvar entre ellos. Entonces llegó Sancho el Fuerte de Navarra, a quien su enemistad con el castellano había retraído en un primer momento de participar en la expedición; pero que había sido convencido por las exhortaciones del arzobispo de Narbona. Después de haber hecho un alarde ante Salvatierra, los ejércitos llegaron al pie del puerto de Muradal.

Entretanto, An-Nasir, que había salido de Sevilla, el 22 de junio, con sus soldados descontentos por las pagas que se les adeudaban y por los actos de arbitraria violencia que él había cometido, se había establecido en Jaén, adelantándose de allí hasta Baeza, desde donde envió fuerzas a las Navas de Tolosa, para que tomaran los pasos e impidieran el paso de los cristianos. Estos habían llegado el 12 de julio al pie del monte, y al día siguiente subieron los tres reyes a la cumbre, donde días antes elementos destacados de las vanguardias habían tenido los primeros encuentros con el enemigo, apoderándose de Castroferral.

A la vista ya la roja tienda del emir almohade, se ofrecía entre ella y el ejército cristiano el paso de La Losa, estrecho y bien guardado. Mientras los jefes cristianos deliberaban sobre la determinación a tomar y Alfonso parecía decidido a la más peligrosa de forzar el paso del desfiladero costase lo que costase, un hombre de aquella serranía, pastor y cazador de conejos, les mostró otro pasaje y camino ancho, que permitió trasladar el ejército cristiano a un llano inmediato al real de los moros, dejando abandonado Castroferral, que fue ocupado con gran prisa por los musulmanes, contentos creer que los cristianos se retiraban.

Pero pronto hubieron de desengañarse, tratando entonces, por medio de tropas ligeras de caballería, de estorbar que levantasen sus tiendas. Sucedía esto el sábado, 14 de julio, y este mismo día y el domingo que le siguió, trató An-Nasir de provocar el combate; pero la batalla no empezó hasta el lunes 16. Hubo un momento en que las vanguardias parecían flaquear, pero una decidida carga de Alfonso VIII, a la cabeza de sus caballeros, restableció la situación para los cristianos, convirtiendo el encuentro en un espantoso desastre para los musulmanes, aumentado por el comportamiento de su emir, que fue el primero en iniciar la fuga, sin preocuparse por la suerte de los suyos.

La batalla de las Navas, que la defección de los cruzados convirtió en una victoria española exclusivamente, tuvo inmediatas consecuencias, como la toma de Baeza y Úbeda; pero fueron de mayor trascendencia las futuras, como preparación de las grandes y gloriosas campañas de San Fernando. El equilibrio entre la España cristiana y la España musulmana, respaldada por el Islam africano, quedaba roto definitivamente a favor de la primera.

VÁZQUEZ DE PARGA, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo N-Z, págs. 27-29.